CULTURA
"Las teorías conspirativas tienen detrás una ideología peligrosa, por
lo general cercana a la ultraderecha"
El autor roteño
Felipe Benítez Reyes estrena La conspiración de
los conspiranoicos, una novela en la
que aborda con humor e ironía las múltiples teorías negacionistas surgidas
durante la pandemia
FRANCISCO ROMERO
1 de enero de 2021
Foto: MANU GARCÍA
Reírse de la idiotez
Hablar de Felipe Benítez Reyes (Rota, 1960) es hacerlo de un
autor total. Novelista, poeta, ensayista, columnista, en definitiva, escritor
de todo tipo de géneros, todos ellos con una brillantez y lucidez poco comunes.
Desde su atalaya, situada en el despacho de su vivienda habitual en su
localidad natal, rodeado de libros y de recuerdos, dio forma durante el
confinamiento a su última creación, la novela La conspiración de los
conspiranoicos (editorial Renacimiento, 2020), que gira en
torno a teorías conspiranoicas y negacionistas de la pandemia, con tramas que
se desarrollan por las calles de Cádiz.
El multipremiado escritor —Premio de la Crítica, Premio Nacional de
Literatura, Premio Nadal de novela, Premio Julio Camba de Periodismo o Premio
Nacional de Poesía, entre otros reconocimientos— retrata en su última obra a
varios perfiles de conspiranoicos cuyas conversaciones giran en torno a
discursos negacionistas, con Bill Gates, George Soros o Elon Musk
como “fuerzas del mal”, aunque también aparecen artistas como Miguel
Bosé o Bunbury, así como youtubers e influencers de todo pelaje, en una sátira en la
que el humor y la ironía que le caracterizan también están muy presentes.
"Ante un disparate tienes dos opciones básicas: reírte o irritarte",
dice el autor. Él opta por la primera opción.
No es
habitual que emplee tan poco tiempo en dar forma a una obra, ¿por qué
publicarla ahora y no más adelante con la perspectiva que da el tiempo?
El
presente también es una perspectiva. Mis novelas suelen tener un proceso de
escritura muy lento, pero está iba dictándomela el día a día, de modo que eso
funcionó como un acelerante.
¿Hay
vacuna para la conspiranoia?
Podría
suponerse que la sensatez, o el conocimiento, o el control de la imaginación,
pero mucho me temo que el conspiranoico no admite filtros racionales. Va por
libre y tiene una seguridad absoluta en sus deducciones y una suficiencia
intelectual que excluye cualquier duda en su proceso deductivo. Y en eso, al
fin y al cabo, tampoco se distingue mucho del resto. Todos somos conspiranoicos
con respecto a según qué. Debe de tratarse de una configuración de fábrica de
nuestra mente. Todo depende del grado, supongo.
¿Las teorías
de la conspiración más vale tomárselas a risa?
Bueno, sí
y no. Depende de su ámbito de influencia. Detrás de esas teorías conspirativas
suele haber una ideología peligrosa, por lo general cercana a la ultraderecha.
Si se trata de charlatanes de barra de bar, no pasa gran cosa, pero ya hemos
visto que algunos de esos botarates pueden llegar incluso a la presidencia de
un país.
¿Es el
humor la herramienta que deberíamos utilizar para contrarrestar estas teorías?
El humor
es un arma que suele servir para desarmar. Es posible, no sé. Ante un disparate
tienes dos opciones básicas: reírte o irritarte.
¿No es paradójico que, cuanto más acceso a
la información tenemos, peor la utilizamos?
Sí, es un fenómeno curioso.
Disponemos de un acceso casi absoluto y casi gratuito a la información, lo que
tiene como consecuencia unos niveles altísimos de desinformación. Aparte de
eso, la información más o menos objetiva tiene que competir con la información
fantasiosa, que suele ser más seductora.
¿Cuánta culpa tienen las redes sociales de
la “democratización” de la idiotez?
Hoy cualquiera puede tener su
simulacro de programa televisivo y su hojilla parroquial, y casi todo el mundo
tiene sus días tontos.
¿Por qué ambientada en Cádiz?
Porque es una de mis ciudades
predilectas y también porque es un buen escenario novelístico.
¿Cómo
le ha cambiado la pandemia? ¿Para qué le ha servido?
Cambiarme
no sé hasta qué punto. La verdad es que soy de salir muy poco. Mi lugar
favorito es mi casa, de modo que por ahí no tengo problema. Quizá me ha vuelto
un poco más neurótico, como a casi todo el mundo. ¿Servirme? Pues para escribir
esta novela, por ejemplo. Para poco más.
¿Cree
que ahora se valora más la cultura, refugio durante estos meses, o fue un
espejismo?
No lo sé, pero me extrañaría
que la cultura se hubiera revalorizado a partir de esto. Es posible que esa
revalorización afecte más a la industria del entretenimiento, que incluye por
supuesto a lo que llamamos cultura, pero no con
total exactitud.
¿Tuvo
algún momento de bloqueo creativo durante el confinamiento?
Sí,
durante un par de meses, los primeros. La muerte se había convertido en una
presencia casi visible. De repente, se impuso una especie de pesadumbre
colectiva. Pasamos de la despreocupación a la fragilidad.
Saldremos mejores, se decía durante la
primera ola… ¿lo comparte?
Me gustaría pensar que sí,
pero me temo que saldremos igual que entramos, en el caso optimista de que no
salgamos un poco peor. Los traumas globales no se arreglan de la noche a la
mañana.
Hace poco anunció la donación de su
archivo al Ayuntamiento de Rota, ¿qué espera que hagan con él?
Pues catalogarlo para que
pueda servir como un centro de investigación, no sobre mí, sino sobre esta
época literaria. He aportado mucho material ajeno, en forma de libros, de
cartas, de revistas… Lo mío es el vehículo, no el objetivo.