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jueves, 27 de agosto de 2020

LA MORALIDAD A MEDIAS Y LA HIPOCRESÍA AL MÁXIMO



El British Museum ha retirado el busto de sir Hans Sloane, cuya colección de arte sirvió de base para la fundación de dicho museo.¿El motivo? Que el tal Sloane se enriqueció gracias a una mano de obra esclavizada en una plantación de azúcar que poseía en Jamaica.
Eso está muy bien, por supuesto, y al sótano lóbrego con Sloane, pero no pasa de ser un gesto de hipocresía retrohistórica si no se ve acompañado de gestos menos simbólicos -y de paso menos... "demagógicos".
Por ejemplo, devolver a Grecia y a Egipto las obras de arte que se exhiben allí gracias al saqueo, al robo y al expolio, empezando por las piezas del Partenón vendidas al gobierno británico en el siglo XIX por el espabilado embajador lord Elgin.
Y, ya puestos, mandar a Jamaica, como compensación póstuma, todas las obras de arte que el tal Sloane compró gracias a los esclavos de allá.
Pero eso ya no.
Se retira el busto y la conciencia nacional queda limpia y redimida ante el mundo civilizado.
La moral también tiene, en fin, aparte de sus consabidas hipocresías, sus cursilerías.

domingo, 23 de agosto de 2020

LO QUE HAY


(Publicado ayer en prensa)

A estas alturas, raro es quien no tiene una solución expeditiva para acabar con esta pandemia. Todos sabemos lo que habría que hacer, que suele ser justo lo contrario de lo que hacen los responsables de tomar decisiones al respecto. Todos padecemos, en fin, el síndrome de Casandra, esa maldición mitológica según la cual nuestras advertencias alarmistas están condenadas a no ser tomadas en consideración por nuestros semejantes.

         Si me permiten el descenso a lo personal, a mediados de mayo conjeturé, en un medio público, que en la primera quincena de agosto asistiríamos a una expansión masiva y descontrolada de los contagios.

No es que sea uno adivino ni nada similar: para ese pronóstico bastaba con sumar 2 y 2, como quien dice. Por desgracia, el curso de los acontecimientos me ha dado la razón, lo que no quiere decir que haya acertado: simplemente aventuré lo obvio, que es algo diferente del acierto.

         A pesar del empeño de nuestras autoridades por fomentar una ficción de calma, así se trate de una calma en vilo, las cosas van muy mal y es posible que vayan a peor, dado que el concepto de “nueva normalidad” se ha revelado como una absoluta falta de normalidad, tanto de la antigua como de la nueva, por no decir que se nos presenta como una anormalidad sucesiva, sujeta no al patrón que marquemos artificiosamente al curso de la pandemia, sino al patrón que la pandemia nos marque.

         Estamos a expensas, en definitiva, de lo que el virus decida hacer con nosotros, no a lo que decidamos hacer con respecto al virus. Esa es la cadena de mando, por más que nos hagamos la ilusión de ejercer un control tanto político como sanitario sobre algo que, al menos de momento, no admite control alguno.

         Estamos en la carrera acelerada por la vacuna, convertida en una especie de competición de los orgullos patrióticos más que en una experimentación estrictamente científica. Con todo, habrá que pararse a pensar en que, una vez aprobada para su uso, quedará por delante otra cuestión: el acceso a esa vacuna, que por fuerza habrá de ser menos universal que selectivo.

         En este complicado pandemonio, ni siquiera los negacionistas de la pandemia parecen estar felices. En una reciente concentración celebrada en Madrid, muchos de ellos coreaban: “Queremos ser normales, no subnormales”, lo que no deja de ser una reivindicación muy justa: sólo pedían ser normales, no lo que demostraban ser.

         El horizonte otoñal se nos presenta menos incierto que inquietante, porque la incertidumbre no está lejos de la certidumbre: todo apunta a que la pandemia volverá a la casilla de salida.

         En cuanto a la vuelta a las aulas, por ejemplo, milagro será que no acabe siendo una vuelta inmediata a casa, a menos que el optimismo nos haga suponer que el virus se someterá obedientemente a la disciplina escolar durante diez meses.

         Pero ojalá Casandra se equivoque.

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domingo, 16 de agosto de 2020

LAS DOS CORONAS

(Publicado ayer en prensa)



En este siglo XXI, cualquier institución monárquica tiene un problema primario: mantener su credibilidad -desde su anacronismo intrínseco- como tal institución. Es decir, procurar que una sociedad que se ha habituado a regirse por mecanismos democráticos -ya sea para constituir el Congreso o para llegar a un acuerdo en una reunión de vecinos- admita la legitimidad de la sucesión dinástica como el sustento constitucional de la jefatura del Estado.

Hasta ahora, ese pacto ficcional se ha mantenido en España tanto por el apoyo activo de los monárquicos como por la renuncia pasiva de los republicanos. En los tiempos de la Transición, se convino aceptar la fórmula de la monarquía parlamentaria como una especie de elemento de permanencia frente a la volubilidad gubernamental, desde la convicción de que un país que salía de una larga dictadura necesitaba un referente de estabilidad frente a los vaivenes electorales.

         La fórmula tuvo éxito, hasta el punto de que el cuestionamiento de la monarquía se ha convertido en tabú incluso para partidos de base republicana como el PSOE. Hoy por hoy, algunos han roto ese tabú, y lo han hecho en un momento que es el más adecuado y a la vez el más inadecuado de todos los posibles. Es el momento adecuado porque las sospechas de enriquecimiento anómalo que recaen sobre el rey emérito traspasan la suposición para invadir el terreno de la evidencia, lo que fragiliza la institución monárquica hasta extremos potencialmente destructivos e irredimibles, y es el más inadecuado porque el  país se enfrenta a una crisis socioeconómica severa a la que no parece conveniente sumar una crisis de simbología, ya que los símbolos, por raro que parezca, tienen efectos políticos más poderosos que los que cabría atribuir a una sugestión colectiva como lo es, a fin de cuentas, el acatamiento de que la figura del jefe del Estado no esté sujeta a la decisión popular, sino a los azares hereditarios.

         A falta de las conclusiones a que llegue la administración de justicia –sin duda más por vía suiza que española-, la figura del rey emérito se nos presenta de momento bipolarizada: una especie de Jekyll y Hyde. Hay quien ensalza sus méritos tanto políticos como diplomáticos durante su reinado, aunque queda la duda de que una figura de esencia simbólica pueda permitirse la dualidad: un símbolo puede ser ambivalente, pero no debe ser contradictorio. Aparte de eso, la moral no es fraccionable.

         Felipe VI no sólo ha heredado una corona de oro, sino también una corona de espinas. Si no logra deshacerse de la segunda, es posible que, tarde o temprano, se vea obligado a renunciar a la otra.

Pero ninguna de las dos opciones depende de él: un símbolo soporta cualquier cosa, salvo la realidad.


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domingo, 26 de julio de 2020

LO UNO Y LO OTRO


(Publicado ayer en prensa)

A estas alturas, tenemos la sensación de habernos convertido en actores del teatro del absurdo, tras pasar por situaciones que han puesto a prueba no solo nuestra responsabilidad colectiva, sino también nuestra credulidad individual.

Nos hemos visto encerrados, por decreto, en nuestra casa, de la que podíamos salir para comprar tabaco, pero no para comprar utensilios para repintar el salón y así distraer el ocio y la angustia. Podíamos ir al supermercado a comprar garbanzos o ginebra, pero no a la zapatería a comprar unas babuchas que nos hicieran más confortable el confinamiento. Podíamos ir al hospital pero más cuenta nos traía el no ir. Podíamos hacer cola en la frutería o en la panadería, pero no podíamos pisar la playa.  

Se trataba de aceptar, en definitiva, la gestión caótica del caos. La alternativa consistía en no gestionarlo ni bien ni mal, como decidieron en un principio mentes de lucidez tan acreditada como las de Trump, Johnson o Bolsonaro.

Todo era un poco incoherente, sin duda, pero decidimos darlo por necesario, y eso me parece modélico y plausible. ¿Obedecimos por responsabilidad? ¿Por miedo? Lo mismo da una cosa que otra: hubo que asumir la evidencia de una catástrofe para evitar una catástrofe mayor. Al fin y al cabo, lo que hasta hace nada considerábamos un patrón de vida normal tampoco es que fuese demasiado normal, y esta nueva normalidad es tan anormal, en esencia, como la antigua. Simplemente hemos cambiado de parámetros sociales mediante el cambio forzoso de nuestros parámetros mentales: antes de esto, el peligro estaba en que nos picase el mosquito del dengue o en que nos mordiera una víbora si andábamos de turismo por la Amazonia; ahora, el peligro puede estar en que un familiar te bese o en que un amigo te estreche la mano.

De repente, todos hemos ido a parar, en fin, a la categoría de los hipocondríacos.

Bueno, todos no… En los mundos alternativos de la conspiranoia, donde la realidad se convierte en una fantasía oscura, se ha optado por negar la existencia del virus, lo que en principio debería ser una fuente de tranquilidad para ellos, pero el caso es que los conspiranoicos han entrado en pánico: están convencidos de que la presunta pandemia no es más que una maniobra camuflada para exterminar a buena parte de la población mundial, al dictado de Gates y de Soros, que serían en realidad unos genocidas disfrazados de filántropos.

Se ve, en definitiva, que nadie puede ser del todo feliz en tiempos de desventura global.
Tampoco puede ser feliz el PP con el fondo europeo de ayudas, pues lo que puede ser beneficioso para los españoles puede no serlo para su España, según parece. De ahí el que opte por convertir una buena noticia en una noticia pésima, gracias al mismo procedimiento psicológico por el que otros deciden que lo peor que puede ocurrirnos es que se encuentre una vacuna para una enfermedad.

Ante situaciones absurdas, tendemos a volvernos absurdos. 

Ahora la mascarilla es obligatoria y la discoteca opcional, por ejemplo. 

Y ahí vamos.


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domingo, 14 de junio de 2020

LA PUGNA


Se supone que la política debe girar en torno a las circunstancias, pero tiende a girar en torno a sí misma. De ahí que tengamos la impresión de que el virus ha desaparecido como tal para convertirse en un pretexto para la controversia parlamentaria: el problema sanitario de todos rebajado a un problema retórico de ellos.

         Hemos soportado un confinamiento estricto gracias en parte a lo que tenía de estupor novedoso, de experiencia anómala, de aventura aterradora para muchos. Era todo tan raro que acabamos aceptándolo como algo normal. A estas alturas, no obstante, nuestra tolerancia colectiva a las restricciones empieza a decaer y se traduce en inquietud, en irresponsabilidad e incluso en hastío.

Una sociedad nerviosa puede acabar siendo una sociedad peligrosa, pero resulta que, cuando más necesitábamos una transmisión de serenidad por parte de los políticos, hemos recibido de ellos una dosis extra de crispación, como si estuviesen sujetos a un guion teatral inalterable, al margen del escenario en que lo interpreten.

         Entiende uno que cualquier ideología política es en esencia una creencia sectaria, proclive al dogma e incapacitada en principio -y por principios- para el consenso,  pero hubiésemos preferido que, por la fuerza de la coyuntura, todos los partidos se acogieran al sentido común antes que al sentir disgregado. ¿Ingenuidad? Sin duda, pero no se trata con exactitud de ser ingenuos ante los mecanismos internos de la política, que son los que son y como son, sino de la necesidad de ser ingenuos para no acabar decepcionados de la política.  Ante la dislocación magnífica de la realidad que ha supuesto esta pandemia, las estrategias partidistas podrían haber entrado, en fin, en fase de suspensión transitoria para hacer frente de forma conjunta a un problema que ningún partido llevaba en su programa electoral y que ningún gobierno podría haber gestionado –quién va a engañarse a estas alturas- de manera intachable, porque en todo experimento hay que equivocarse muchas veces para acertar alguna vez, y estábamos -y seguimos- en pleno experimento.

         Reacios a la concertación, la impresión general que nos han dejado nuestros parlamentarios durante esta crisis es parecida a la que nos dejaría alguien que llegase a una casa tras un terremoto y se dedicara a romper los platos que se habían salvado de la catástrofe.

         La aprobación mayoritaria del salario mínimo vital es una muestra de lo que debería ser la política: el acuerdo razonable y razonado, más meritorio por el hecho de que muchos de los apoyos con que ha contado parten del recelo. (Está por ver que ese logro no acabe usándose como un arma arrojadiza en manos de un sector de la oposición, pues el disentimiento vendrá sin duda por la gestión específica de la medida, aunque no adelantemos acontecimientos.)

         Por lo demás, aquí seguimos, entre informaciones científicas que nos resultan confusas y entre el vocerío espontáneo de los profetas conspiranoicos. Necesitados de algunas certezas. Anhelando un poco de serenidad. Esperanzadamente desalentados.

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sábado, 16 de mayo de 2020

LAS EVIDENCIAS

A estas alturas, empezamos a tener algunas cosas claras. A saber:

1) que este virus fue creado en un laboratorio chino como continuación del legado sociopático de Fu Manchú

2) que de momento el único tratamiento efectivo consiste en una inyección de desinfectante de uso doméstico


3) que el confinamiento ha sido una medida política encaminada a coartar nuestras libertades, con el fin de crear una dictadura socialcomunista o bien ultracapitalista, según las latitudes


4) que Bill Gates quiere vacunar a toda la población para inyectarle un chip de control mental


5) que el nuevo orden mundial estará regido por la industria farmacéutica, por los dueños de las redes sociales y por las logias masónicas


6) que esto es una simple gripe


7) que la presidenta Ayuso es un androide inspirado en Betty Boop


(Continuará)

domingo, 3 de mayo de 2020

MÁSCARAS Y MASCARILLAS


Estamos en el intento no sólo de interpretar a diario las informaciones –a veces discordantes- que van dándonos sobre la pandemia, sino también intentando asumir que unos datos escalofriantes pueden ser unos datos esperanzadores. A estas alturas, todos hemos tenido uno de esos momentos de debilidad cognitiva en que formulamos una solución instantánea para algo de momento irresoluble. Todos amanecemos con la ilusión de enterarnos de que un medicamento de uso corriente resulta efectivo contra este virus. Todos alimentamos la fantasía de que un científico va a dar con la clave de una vacuna de la noche a la mañana.

Mientras sí y mientras no, pasan los días, idénticos, sometidos como estamos a esta especie de realidad surreal en la que una peluquería puede resultarnos tan peligrosa como Chernóbil.

El desconcierto de los políticos lo consideramos normal, entre otras cosas porque en ningún programa electoral se especifica el protocolo de actuación ante una catástrofe de esta envergadura, pero, en cambio, el que los científicos reconozcan su ignorancia sobre cómo neutralizar de momento al agente de esta pandemia es algo que nos promueve la impaciencia y la desolación, aparte de un sentimiento de fragilidad que afecta tanto a nuestra vida biológica como a nuestra forma de vida.

Aquí, entre tanto, los partidos opositores han mantenido un margen temporal de prudencia pasiva antes de lanzarse de cabeza a la imprudencia activa, convencidos de que lo que más necesitamos es sumar a esta calamidad sanitaria la teatralización de una batalla política. Algo que, en estos momentos, chirría más que nunca: el desplazamiento de un problema al ámbito de la retórica.

La ultraderecha tremendista ha llegado a solicitar la dimisión en pleno del gobierno, lo que, dadas las circunstancias, resulta tan sensato como tirar por la borda al capitán de un barco en peligro de naufragar y poner al mando al clarinetista de la orquesta. La derecha independentista catalana ha sugerido que sus índices de contagiados y de muertos hubiesen sido inferiores en la república liberada. En el PP, por su parte, intentan fingir un equilibrio entre el sentido de Estado –nada menos que eso- y el sentido del oportunismo: cuanto peor salga todo, mejores expectativas electorales.

Resulta curiosa esa nube olímpica en que vaga y divaga la clase política, no sé si por encima o por debajo de la vida de la gente, pero desde luego no al mismo nivel. ¿Está haciéndolo mal el gobierno? Digamos que está gestionando esta crisis de una forma aceptablemente desastrosa. Como lo haría, en fin, cualquier otro gobierno, y quien suponga lo contrario está mintiéndose o mintiéndonos, o ambas cosas a la vez.

         Tarde o temprano, esto se controlará. Pero se abre una perspectiva preocupante: en cuanto recuperemos la actividad económica, volveremos a ejercer una presión insostenible sobre el planeta. Y resulta que contra las consecuencias del cambio climático no sirven de mucho las mascarillas.

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miércoles, 25 de marzo de 2020

ENTRE VIRUS Y ALUCINACIONES

PANDEMIC
DOUG SHULTZ
(NETFLIX)

WORMWOOD
ERROL MORRIS
(NETFLIX)




PANDEMIC


La serie documental Pandemic (How to Prevent an Outbreak), estrenada justo antes de la identificación y propagación de la Covid-19, ha tenido el mérito de ser tristemente –e inminentemente- profética: la advertencia por parte de los científicos de una pandemia provocada por un agente infeccioso desconocido. No tenían duda alguna de que esa pandemia se produciría. La única duda era la de dónde y cuándo. No se trataba, en fin, de una conjetura, sino de una certeza sin fechar. (Y ahora comprobamos que las películas catastrofistas en torno al efecto masivo de unos virus malignos podían ser poca cosa como tales películas, pero que no eran del todo ciencia-ficción: ya estamos dentro de una de esas películas, en calidad de figurantes atónitos.) Al igual que con respecto al cambio climático, los políticos mundiales llevan décadas sobre aviso, aunque suelen optar por darse por enterados a medias, cuando no con el fatalismo de un encogimiento de hombros.

No creo que pueda decirse que Pandemic sea un trabajo resuelto con brillantez, pues es de ritmo algo lento, con un montaje un tanto desordenado y con tramos inertes, aunque sí muy didáctico, a la vez que desalentador: nuestra vulnerabilidad individual ante un patógeno emergente y nuestra incapacidad colectiva para afrontar una crisis sanitaria desmesurada.

Quizá no sea el momento de promovernos la angustia, de la que vamos sobrado, pero esta docuserie resulta muy útil para que los legos en ciencia no andemos hablando por boca de ganso ante esta pandemia que no sólo ha puesto de manifiesto lo mejor, lo regular y lo peor de la condición humana, sino también las muchas fragilidades de nuestro sistema, así como las consecuencias imprevisibles de la globalización, de la que tendemos a cantar más sus alabanzas que sus peligros. ¿Qué lección aprenderemos de esta especie de suspensión transitoria de nuestra realidad? Tal vez ninguna: que la vida siga su curso. Y hasta la próxima.

Como no podía ser de otra manera, hay quienes dan por hecho que este coronavirus es un arma biológica creada en un laboratorio de EEUU para exterminar a la población mundial -y cabe suponer que de paso a ellos mismos-, un invento del gobierno chino para paliar un poco su superpoblación o incluso una guerra biológica emprendida por Rusia para desestabilizar Europa. Vale. Bien. Las conspiranoias tienen el privilegio de poder ir en vuelo libre. Pero para ese tipo de conspiraciones devastadoras tendríamos que irnos un poco hacia atrás en el tiempo…

En el caso de que la dejasen ustedes correr cuando se estrenó, me arriesgo a recomendarles Wormwood, un docudrama centrado en la extrañísima muerte de Frank Olson, un bioquímico del ejército de EEUU que fue reclutado por la CIA. En 1953, Olson cayó –digámoslo así- desde la ventana del décimo piso de un hotel de Manhattan. La versión oficial fue concluyente: suicidio. (Como dato curioso, cabe señalar que el manual para los agentes de la CIA de aquella época especificaba el siguiente protocolo: “El accidente más eficaz para un asesinato sencillo es el de una caída desde al menos unos 23 metros de altura sobre una superficie dura”.)

Durante los días previos a la muerte de Olson, sus superiores le administraron, sin su conocimiento, unas altas dosis de LSD como parte de un experimento encaminado a calcular el efecto de las drogas como elementos de uso para el control mental, en una época en que los ensayos psicológicos ocultaban bajo su barniz científico una metodología casi nigromántica. Aquella experiencia psicodélica no consentida le produjo paranoia y una crisis nerviosa severa, imagina uno que porque pensó que estaba perdiendo la razón y que el mundo se le había transformado en una pesadilla multicolor y cambiante, de modo que fue enviado por sus superiores a la consulta de un psiquiatra -que no era tal psiquiatra, sino un pediatra alergólogo aficionado a las fantasías experimentales con la mente humana- que colaboraba con la CIA en el estudio de los efectos psicotrópicos de determinadas sustancias. A falta de mejor remedio, aquel psiquiatra espontáneo y aventurero prescribió a Olson el ingreso inmediato en un manicomio.

En contra de lo que suele ser habitual, la parte dramatizada de Wormwood es excelente, acogida a un inquietante registro sombrío con toques expresionistas. La parte estrictamente documental tiene como protagonista a Eric, hijo de Frank Olson, que traza un coherente relato retrospectivo, fruto de su afán  por aclarar -a lo largo de varias décadas- los motivos, detalles y circunstancias de la muerte de su padre. Él mismo reconoce que ese afán derivó en obsesión, hasta el punto de sacrificar su vida profesional -y buena parte de su salud mental- en beneficio de ese esclarecimiento.

Pero no debo contarles mucho más. Estando por medio la CIA, las escabrosidades más impensables están aseguradas, pues son pocas las instituciones públicas que han alcanzado su grado de criminalidad y de sordidez: un poder descontrolado dentro del Poder, al margen de la ley y del Poder mismo, con el pretexto sagrado de la seguridad nacional. Si a eso añadimos el FBI del abominable Hoover, el macartismo, la guerra de Corea, el cine patriótico y las tensiones de la Guerra Fría, con sus complejas redes de espionaje, pongamos por caso, nos trasladamos al escalofriante escenario sociopolítico en que encontró la muerte Frank Olson, el hombre que quizá sabía demasiado.


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domingo, 15 de marzo de 2020

GLORIAS CATALANAS


(Publicado ayer en la prensa)


El Institut Nova Història lleva a cabo una labor que no sólo resulta asombrosa por sus conclusiones, sino también por la aplicación de un componente mágico a la aridez de la investigación histórica. Según tales conclusiones, Cervantes, Colón, Teresa de Jesús o Hernán Cortés, entre otras eminencias, fueron catalanes, lo que no deja de ser una noticia inmejorable para Cataluña, aunque dolorosa para los lugares que tenían a esos próceres por nativos.

La ilustración –una batalla naval- que encabeza la página web del INH lleva sobreimpresa una cita de Cocteau: "La historia es una combinación de realidad y mentiras. La realidad de la historia llega a ser una mentira. La irrealidad de la fábula llega a ser la verdad". (Cocteau nació en la localidad francesa de Maisons-Laffitte, aunque no debemos perder la esperanza de que en realidad naciera –o de que al menos fuese concebido- en algún lugar del Ampurdán.) La cita revela el espíritu que anima al INH: la denuncia de la prevalencia de la fabulación sobre la verdad. No hace falta decir que, para sus historiadores y parahistoriadores, la verdad es la suya y la fábula es el relato histórico que España lleva siglos manipulando para privar a Cataluña del orgullo legítimo de ser cuna de celebridades.

Tras laboriosas pesquisas, hay quien ha llegado a la conclusión de que el Quijote –al igual que el Lazarillo- fue escrito originariamente en catalán, aunque la presión españolista –cabe suponer que llevada a cabo por el CNI de la época- la convirtió en la obra escrita en castellano por un alcalaíno. Pero hay más: hay quien da por hecho que Cervantes y Shakespeare no sólo eran catalanes, sino que eran además la misma persona: un alicantino apellidado Sirvent, políglota.

A este historicismo mágico debemos otra revelación importantísima: que Leonardo da Vinci tiene orígenes catalanes, aunque tal vez en este caso la manipulación no se debe a los españoles encargados de falsear la historia, sino a sus homólogos italianos, de lo que puede sospecharse una conjura internacional para restar méritos a los países catalanes como manantial de genios universales. ¿En qué se sustenta la catalanidad de Leonardo? En un detalle contundente: que en algunos de sus cuadros se ven al fondo unas montañas que recuerdan a la de Montserrat, fenómeno orográfico sin igual en el resto del mundo. Por si fuese poco, una investigadora ha demostrado científicamente que los ropajes de la Gioconda son de origen valenciano, aunque de momento no se ha animado a afirmar que la modelo del cuadro fuese asimismo valenciana, extremo que se hubiese dilucidado de haber tenido Leonardo la ocurrencia de pintarla con el atuendo de fallera mayor.

         Todo esto cuesta unos cuantos millones de dinero público. Pero la verdad es que merece la pena.

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domingo, 1 de marzo de 2020

LA PELÍCULA


(Publicado ayer en prensa)

La aparición del coronavirus ha tenido un lado bueno: no ya el de convertirnos a todos en virólogos repentinos, sino sobre todo el de habernos convertido en personajes de una película catastrofista, de esas en las que un patógeno maligno –creado por lo común en el laboratorio de un científico loco- amenaza con destruir a la humanidad, aunque al final las cosas se arreglen, al menos si los guionistas andan con un grado aceptable de optimismo. 

        A estas alturas, cuando las autoridades sanitarias siguen hablando de epidemia en vez de pandemia, aun sospechando que el ascenso de categoría parece estar más que cantado, todos manejamos conjeturas contundentes sobre el origen del virus (esos menús de carne de murciélago, de perro, etc.), e incluso tenemos soluciones tan personales como expeditivas para erradicarlo, ya sea mediante el cierre inmediato de todas las fronteras mundiales o de la interrupción drástica del comercio con China, según. Sorprende, desde luego, nuestra capacidad de sugestión ante las palabras: pensamos que todos los problemas se solucionan por la vía retórica, y mejor si esa retórica se ejerce con el codo apoyado en la barra de un bar.

            Andamos, ya digo, dentro de una película de terrores científicos, con el miedo de que, cada vez que respiramos, el virus exótico pueda entrarnos por la nariz para, desde allí, alojarse dondequiera que ese virus se encuentre a sus anchas dentro de nuestro organismo, pues cada enemigo de nuestra salud tiene sus preferencias en ese particular. (Para que el terror se amplifique, y ahora que ya nos habíamos reconciliado con los pollos, están detectándose nuevos casos de gripe aviaria, que hace unos años nos promovió la aprensión colectiva de morir cacareando.)

En este guirigay paracientífico que nos traemos los legos en medicina, no faltan los relativistas que, con aplomo de eminencias sanitarias improvisadas, quitan importancia al coronavirus al comparar su tasa de mortalidad con la de la gripe común, por ejemplo. Y tienen razón, al menos relativamente: el hecho de que un cáncer de páncreas sea un diagnóstico pésimo no resta gravedad al hecho de que tengan que amputarte las piernas por gangrena, pongamos por caso. Por fortuna, las autoridades políticas actúan como agentes sedantes: “Nuestro sistema sanitario está de sobra preparado para…”. (Quién lo duda.)

En una época en la que el destino de cualquier acontecimiento global es el de acabar siendo materia de memes chistosos, todos estamos viviendo, según decía, dentro de una ficción, como personajes de una película coral en que la verdad es mentira y la mentira es verdad, en que la enfermedad genera risa y a la vez pánico, en que todo es real y al mismo tiempo fantasía. Y así vamos tirando. Muy entretenidos.

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lunes, 3 de febrero de 2020

PRESENTE DE SUBJUNTIVO


El gran problema de la política no es la política en sí, sino la necesidad que tiene la política de dejar de ser una abstracción ideológica –o una de esas fantasías que se incorporan a los programas electorales- para convertirse en una estrategia de gestión desarrollada por unos entes de carne y hueso que deciden sacrificarse por el bien común.

El ministro Ábalos, por ejemplo, no desvelará nunca qué hacía de madrugada en un aeropuerto ejerciendo labores de vigilancia policial de una mandataria extranjera, pero ha dejado muy clara su vocación: “Vine para quedarme y no me echa nadie”. Por si había dudas de la firmeza de su propósito, lo dijo como si mordiera un puro en la barra de un saloon del Lejano Oeste. Y sí, es posible que no lo eche nadie, porque incluso si lo echaran los votantes, seguro que encontraría un hueco laboral en la diversificada industria de la política, por esa capacidad que tienen los partidos de convertirse en una agencia de colocación para descolocados, pero es posible que un político con vocación de perpetuidad como tal político haría mejor en no alardear de su profesionalización vitalicia como benefactor de la sociedad, en especial si se trata de una sociedad en la que abundan el paro y el empleo precario.

         Por su parte, el presidente Torra ha decidido marcharse antes de que lo echen, tras dar por quebrada la fraternidad patriótica que cohesionaba a la izquierda y a la derecha en un ideal superior: la república catalana, esa entelequia que va camino de convertirse menos en un ensueño catalán que en una pesadilla gubernamental para Sánchez, quien no sólo está dispuesto a reconocer la existencia de un conflicto político en Cataluña, según exigen los creadores del conflicto, sino que, a este paso, también puede acabar reconociendo la existencia de un conflicto psicológico paralelo. El sueño que no le quitó su ahora vicepresidente puede robárselo Junqueras con su discurso de fraile laico y con su aura trágica de conde de Montecristo. ¿Diálogo? Sí, pero el guion parece previsible: referéndum y amnistía a cambio de presupuestos y de gobernabilidad.

         En cuanto a desjudicializar el conflicto, ¿de qué hablamos? Sin ir más lejos, la vía judicial –con todas sus carencias y arbitrariedades- está empezando a servir de parapeto contra el discurso retrofranquista de la ultraderecha: la libertad de expresión no es sinónimo de impunidad de expresión, de igual modo que la libertad de pensamiento no siempre conlleva la libertad de actuación. Desjudicializar las acciones de los políticos no sólo rompería nuestro frágil y sospechoso equilibrio de poderes, sino que haría trizas el contrato social más básico, que no es otro que el de la preservación de una legalidad consensuadamente alterable, pero individualmente inviolable.

Se mantiene, en fin, la expectación.

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lunes, 20 de enero de 2020

EL EXPERIMENTO


(Publicado en prensa)

Los políticos suelen equivocarse en algunas cosas y acertar en otras, como cualquiera, pero resultan infalibles cuando optan por distorsionar la realidad. Es decir, cuando deciden que las cosas no son como son, sino como les conviene que aparenten ser. Ahora estamos en eso, a diversas bandas.

            Bien es cierto que el nuevo gobierno genera dudas sobre su fortaleza y su perdurabilidad, y sospecho que esas dudas las tiene el gobierno mismo, que acaba de nacer al son de la retórica triunfalista que resulta propia de estas ocasiones (ilusión, diálogo, etc.), aunque se le percibe una inquietud de fondo frente a la posibilidad de las deslealtades internas y frente a la presión de factores externos, empezando por los independentistas y terminando por la UE.  Pero negar legitimidad al nuevo gobierno, según el empeño de algunos, no pasa de ser una negación de la legitimidad del sistema democrático, que se sustenta, al menos en lo básico, en los números. No creo que a nadie del PSOE le haya resultado plato de gusto el tener que gobernar con UP gracias a la abstención de ERC y de Bildu, pero platos igual de amargos ha tenido que tragarse el PP durante algunas de sus etapas de gobierno, por mucho que ahora apele a la irreprochabilidad de su trayectoria de pactos.

            La estrategia de crispación social por la que han optado las derechas –acomodadas en el lecho de Procusto y en pugna entre sí por comprobar quién vocifera más alto- puede entenderse por la frustración de no haber podido sumar entre ellas, de modo que sólo les queda restar todo lo posible a quienes han conseguido llevar a cabo una suma parlamentaria un tanto extravagante. Pero esa táctica convulsionadora tiene sus peligros: alentar la nostalgia de la barbarie, las ideologías de brocha gorda, la indignación infundada, el patriotismo alfa y la traslación del pensamiento político a la esfera de la emocionalidad. No estoy seguro de que sea sensato ni convincente el pretender transformar una coyuntura gubernamental en un apocalipsis nacional: un gobierno dura a lo sumo cuatro años. Y su posible fracaso sería, a fin de cuentas, el fracaso –coyuntural, no apocalíptico- de todos, pues a todos –incluidos sus detractores de a pie- nos traería contrariedades una labor de gobierno ineficiente.

           Son muchas las incertidumbres en torno la viabilidad gestora de este ejecutivo, y será sin duda fascinante ver cómo aciertan a conciliarse dos egos muy acentuados, pero el afán de deslegitimación anticipada por parte de sus adversarios resulta tan teatral como la euforia de sus componentes. El pesimismo razonado no es incompatible con un optimismo razonable: simplemente, estamos en la fase del “ya veremos”. Ni menos ni más. Y como siempre.

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domingo, 5 de enero de 2020

FUNAMBULISMO


(Publicado ayer en prensa)


Salvo imprevistos de última hora, Sánchez va a tener gobierno en cuestión de horas. Lo que no sabemos es si España va a tener gobierno, pues cada cosa parece ir por su parte: el anhelo personal de gobernar y la necesidad colectiva de ser gobernados. El nuevo ejecutivo de Sánchez puede durar cuatro años, cuatro meses, cuatro semanas o cuatro días, como quien dice, porque nace en vilo y pendiente de las exigencias de quienes van a propiciarlo bajo ese lema que rige en nuestro Estado: “La solidaridad interautonómica bien entendida empieza por la solidaridad intrautonómica”. (O incluso por Teruel.) Al fin y al cabo, en estos días Sánchez ejerce menos de presidente en funciones que de cartero real, recogiendo en mano la lista de deseos de quienes van a propiciar, por activa o por pasiva, su acceso a la presidencia.

         Para empezar, ERC va a tardar nada y menos en exigir un referéndum que ni siquiera el aventurero Sánchez supongo que se atreva a concederle, y esa puede ser la primera piedra que se desprenda de un edificio gubernamental construido sobre arenas movedizas. No creo que resulte ilegítimo sospechar que la abstención de ERC es coyunturalmente estratégica: sabe que le conviene un gobierno central frágil y al mando de un político veleidoso, aliado además con Iglesias, que es a la vez el sosias y la némesis de Sánchez y que, con respecto a Cataluña, juega a una ambigüedad nada ambigua, aunque desde la vicepresidencia de un gobierno la sostenibilidad de las ambigüedades se complica un poco. Pero no todo son inconvenientes: es tal la dispersión partidista del congreso que resultaría difícil poner de acuerdo a los adversarios de Sánchez para someterlo a una moción de censura, aunque nada es imposible en el país de las maravillas. 

         Frente a la abstención condescendiente de ERC, asistimos a la intransigencia airada de JxCat no ya sólo con respecto al apoyo a Sánchez, sino también ante la abstención de ERC. Y es que la derecha independentista tiene mucho en común con la ultraderecha españolista: la prevalencia de las edulcoradas ensoñaciones patrióticas frente a la realidad, desde el convencimiento en este caso de que la catalana se trata de una suprautonomía forzosamente española que está a un paso de la conversión en una microrrepública europea, ya sea por la vía improbable de un acuerdo con el gobierno central o ya sea por la vía, no tanto improbable como imposible, de una ruptura unilateral con el Estado.

         A Sánchez hay que reconocerle sus artes de funambulista, pero todo funambulista corre unos riesgos que generan nerviosismo entre el público. De momento, todo le ha salido bien. Pero ahora tiene un problema latente: que quienes le han puesto la red acaben zarandeándole el cable.

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domingo, 22 de diciembre de 2019

EXPECTANTES


(Publicado ayer en prensa)


Estamos ante una coyuntura extraña: si no hay investidura, el país va a tener un problema de gestión; si la hay, el gobierno resultante va a tener el problema de gestionarse a sí mismo: un ejecutivo no sólo complicadamente compartido con UP desde el recelo mutuo y en el que cada cual se arrogará los éxitos y achacará a su socio las frustraciones, sino además en situación de precariedad parlamentaria, obligado a negociaciones conflictivas. 

          Ante la incertidumbre, las conjeturas tienden a dispararse. En principio, si el PSOE, tras sus prolongadas y misteriosas negociaciones, consigue la abstención de ERC, resulta improbable que cuente con su apoyo para aprobar medidas que vayan más allá de la más quimérica de todas ellas: la vía libre a un referéndum de autodeterminación, dado que el independentismo catalán vive ensimismado en su micropatriotrismo y poco va a interesarle que en Extremadura reclamen la modernización de su línea ferroviaria, que los agricultores murcianos demanden acuerdos de exportación tras el Brexit o que los olivareros de Jaén  se vean afectados por los aranceles impuestos por EEUU, pongamos por caso. Al fin y al cabo, patria no hay más que una, y la de ellos está donde está: concentrada en la bandera de una república fantaseada. Hay quien supone que a los independentistas catalanes les interesa más un gobierno de izquierdas que uno de derechas, aunque puede quedar un margen para la duda, ya que ellos juegan con las dos barajas: si un gobierno central de izquierdas no pone fin a sus siglos de opresión y no libera a sus presos, ya tienen potenciado su discurso de martirio histórico; si un gobierno de derechas les aplica el 155, ese discurso pasa a ser plenipotenciario. En cualquier caso, y a pesar de que todo tiene la apariencia de una teatralización con un desenlace previsible, es de elogiar que, frente a la gestualidad antisistema de la derecha catalana, ERC se haya aplicado el “sit and talk”, que en catalán significa algo así como “siéntate a hablar conmigo de lo que yo te diga para llegar a la conclusión que yo te dicte”.

            En el caso de que Sánchez sea investido y comparta gobierno con Iglesias, las incógnitas serán múltiples: ¿qué será de la reforma laboral, qué de la subida del SMI, qué de los impuestos a la banca y a las grandes fortunas, qué de la fiscalidad de la Iglesia, qué de la regulación del alquiler, qué del oligopolio de las eléctricas y qué del objetivo de déficit impuesto por la UE? Etc. Porque los matrimonios de conveniencia funcionan mal: pueden compartir la conveniencia, pero no la convivencia.

            Entretenidos estamos, desde luego. Aunque mucho me temo que esto no es nada comparado con lo que nos queda por ver. O por no ver.

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lunes, 9 de diciembre de 2019

LA CUMBRE



(Publicado el sábado en prensa.)


Toda empresa humana lleva implícita su contradicción: la Cumbre del Clima que se celebra en Madrid va a generar 65.000 toneladas de CO2. 


Y es que si convocas a 50 jefes de estado o de gobierno, cuenta con 50 aviones oficiales, pues no se imagina uno a un alto mandatario viajando en catamarán, como ha hecho la joven activista Greta Thunberg, convertida ya –por mano de muchos odiadores anónimos y por algunos periodistas que mejor estarían en el anonimato- en emblema sometido a la tortura mediática, por nuestra vieja costumbre de matar al mensajero. 


Si reúnes a 25.000 personas en un recinto de más de 100.000 metros cuadrados, no vas a tener la desconsideración de que pasen frío, de modo que hubo que activar la climatización de IFEMA antes que activar las medidas para frenar el deterioro climático.


Comoquiera que todo el mundo tiene la costumbre de comer, el menú de los mandatarios estuvo en manos de tres de los considerados como mejores cocineros del mundo. (El primer plato parecía la fórmula de un druida: “Caldo liofilizado de trompetas de la muerte, trufa, boletus edulis y garbanzos tostados. Agua vegetal transparente a 100º C vertida en el plato para convertirse en un caldo sucio, aunque sabroso”.) No va a decir uno que cada cual podría llevarse el bocadillo de casa, pues de sobra sabemos que, allá donde se reúnan más de dos gobernantes, habrá indefectiblemente un banquete a cuenta de los gobernados, pero los políticos parecen no darse cuenta de la obscenidad que hay en la celebración de un convite con el pretexto de poner remedio a una situación catastrófica. 


            Dejando a un lado los diagnósticos acreditados de los científicos, abocados a predicar en el desierto, durante estos días estamos asistiendo a un espectáculo retórico en torno a la destrucción global del ecosistema. No hay novedades: una salmodia que llevamos oyendo, en boca de los gobernantes, desde hace décadas. Golpes de pecho. Grandilocuencia. Apocalipsis pero con esperanza. Promesas de medidas a medio o largo plazo. Enaltecedores debates. (Aparte –cómo no- de conciertos, degustaciones y actividades lúdicas.) Por asistir, hemos asistido a las declaraciones de un cruzado de VOX para quien el cambio climático no es consecuencia de la acción humana, sino “de otros factores”, aunque nos ha dejado con el misterio de cuáles son esos factores secretos.


            El problema de la alteración climática es que no sólo requiere medidas urgentes, sino también medidas retrospectivas, con su correspondiente impacto económico –con los intereses de grandes empresas por medio- y, por tanto, y por derivación, con su impacto impopular en determinados sectores productivos como el de la minería, pongamos por caso, por no hablar de la ganadería  intensiva ni de la producción textil, de las compañías aéreas ni de prácticamente cualquier actividad industrial, por no entrar en el asunto espinoso de nuestros hábitos domésticos.


Está muy bien hablar de la emergencia climática y reconocer la necesidad urgente de actuaciones al respecto, pero el caso es que un político está programado para tener una perspectiva de actuación de cuatro años, prorrogables si hay vocación y suerte en las urnas. Más allá de ese periodo, la gestión de lo público empieza a considerarlo política-ficción. Conque a ver.

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domingo, 24 de noviembre de 2019

INOCENCIAS CULPABLES



(Publicado ayer en prensa.)


 La sentencia de los ERE ha supuesto una prueba de presión moral para el PSOE. ¿Cómo ha salido de esa prueba? Me arriesgo a sospechar que bastante quebrantado, precisamente por su empeño en salir incólume. Lo tenía fácil: asumir un capítulo deshonroso de su historia con la dignidad de quien agacha la cabeza cuando entiende que debe agacharla. Lejos de esa asunción, ha optado por sacar pecho: la corrupción es cosa de otros.

          Ante un delito palmario caben muchas excusas, pero pocos argumentos. Excusas hemos oído muchas. También algunos argumentos, invariablemente exculpatorios: la defensa de la inocencia a pesar de la evidencia.  

            La estrategia no está siendo buena ni mala, sino ineficiente, aparte de destructiva para el propio PSOE, obstinado en establecer jerarquías en torno a la corrupción: si viene del adversario, intolerable; si viene de dentro, discutible, sin entender que la gestión de lo público no siempre se corresponde con los anhelos ideológicos con respecto a lo público, ya que la responsabilidad de tramitar esos anhelos recae a veces en personas que anhelan cosas muy alejadas de cualquier principio ideológico, por aquello de que la prosperidad bien entendida empieza por uno mismo.

            En la defensa de lo indefendible creo que se lleva la palma de la sofística el ministro en funciones Ábalos: “No es un caso del PSOE, sino de antiguos responsables públicos de la Junta de Andalucía”. Un razonamiento que daría risa si no diese vergüenza ajena, no sólo por lo que tiene de mezquindad, sino también por lo que tiene de negación infantil de una realidad de apariencia innegable. En el capítulo de las ocurrencias prodigiosas, tenemos la propuesta de Pérez Royo, catedrático de Derecho Constitucional: que los condenados por prevaricación se querellen contra los jueces por prevaricación, con el argumento de que “el presidente de un gobierno autónomo no tiene capacidad para prevaricar”, desde la suposición –imagino- de que los presidentes se limitan a cortar cintas en las inauguraciones y a declamar el discurso navideño. El siempre locuaz Bono, por su parte, ha culpado del delito a la jueza instructora: más presos políticos.

      Según era previsible, algunos partidos de la competencia (Unidas Podemos se ha mantenido en una actitud forzosa de mansedumbre, al menos coyuntural) se han apresurado a reclamar la dimisión de Sánchez, por el efecto salpicadura, con lo cual se han equiparado en insensatez política a quienes procuran exonerarse de un problema interno. (Con arreglo a la lógica de los anacronismos, si Sánchez tiene que dimitir por la condena a dos expresidentes autonómicos de su partido, Casado tendría que disolver el suyo por la condena a muerte de Grimau que no conmutó un consejo de ministros franquistas del que formaba parte Fraga, pongamos por caso.)

         Tiempos revueltos, como casi todos. Tiempos desalentadores. Si la izquierda se resiste a asumir sus errores concretos de gestión, caerá en la contradicción generalizada de su discurso. Y, sobre todo, algunos deberían comprender que un entramado criminal no puede convertirse –como ha sugerido el muy tremebundo Guerrero- en el cuento de Robin Hood: un gobierno que robaba al gobierno para socorrer a los parias de la tierra, en especial a los de la Sierra Norte sevillana. 

Por ahí no.

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jueves, 7 de noviembre de 2019

THE FAMILY


En el suplemento La esfera de papel del diario El Mundo escribo sobre esta miniserie documental que no es gran cosa, pero que acierta a inquietar.

https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/11/07/5dbc0a96fc6c83ff058b458f.html

viernes, 1 de noviembre de 2019

LA VISTA ATRÁS



(Publicado en prensa)

El ser humano tiende a exigir ejemplaridad al prójimo, al margen del grado de ejemplaridad que cada cual se exija a sí mismo, que casi siempre es un grado que suele coincidir con el de la indulgencia plenaria, sin duda por la necesidad de aliviarnos la conciencia, ese ente que históricamente hemos tenido por abstracto –algo así como la cámara oscura de nuestro ser-  y que la neurociencia estudia como el resultado de unos procesos fisiológicos específicos.


            En los últimos tiempos, se somete a algunos artistas, tanto del pasado como del presente, a un severo escrutinio moral, al dar por hecho -tal vez con un optimismo imprudente, en el caso de que todo optimismo no lo sea- que la valía de una obra artística debe corresponderse con la valía humana de su creador.


            Bueno. Depende: rastrear rasgos machistas o racistas en una obra literaria del siglo XVIII, pongamos por caso, es legítimo y fácilmente constatable, pero también un poco absurdo, ya que tanto el machismo como el racismo son hechos inalterados en el tiempo -y se manifiestan tanto en el pleistoceno como en este mismo instante en cualquier lugar del mundo, incluido el más convencionalmente civilizado-, pero su percepción ha sido alterada por el paso del tiempo: de lo acostumbrado a lo condenable.


            Y es que sin el componente de una valoración moral o social de un asunto, el infractor moral o social carece de conciencia infractora, lo que no lo exime de culpa, por supuesto, aunque con la atenuante de la falta de un contexto moral y social –y sobre todo jurídico- que delimite y reglamente esa culpa. En caso contrario, los juicios retroactivos adquieren un ligero matiz no sólo de anacronía, sino también de artificialidad. 


            Vayamos a las obviedades: el hecho de que Caravaggio fuese un asesino no resta valor a su pintura, que Balthus pintase niñas al gusto de los pedófilos no es motivo para exigir la retirada de sus obras de los espacios públicos, que Nabokov escribiese una novela en torno a los laberintos emocionales de un pederasta no la convierte en un elogio de la pederastia, que Simenon fuese un cliente casi diario de prostitutas no devalúa su infatigable talento narrativo, suponer que el destino final de Emma Bovary o de Anna Karenina contiene una condena del adulterio femenino es demasiado suponer, sospechar que don Quijote acosaba a Dulcinea tal vez no se sostenga como argumento. Etcétera.


            La progresión de la humanidad no es una línea recta, sino una espiral tan compleja como en esencia insondable, y el pasado admite lecturas no sólo contradictorias entre sí, sino a veces descabelladas por sí mismas. Seamos prudentes, en fin, con estas retrospecciones admonitorias, por lo que decía al principio: la conciencia personal es lavable; la histórica, en cambio, es fácilmente ensuciable. Y el caso es que, si no queremos engañarnos, tenemos que convivir con ambas.

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lunes, 14 de octubre de 2019

SUEÑOS SON



(PUBLICADO EN LA PRENSA)


Pedro Sánchez duerme tranquilo. Según alertó, un pacto con Unidas Podemos hubiese desatado en el país una pandemia de insomnio: nadie podría pegar ojo ante la posibilidad de despertarse con la noticia de que le han expropiado sus latifundios, de que han nacionalizado la banca o de que la estatua de Cibeles ha sido sustituida por una de Hugo Chávez. Para evitar esos riesgos, y muchos otros que más vale no imaginar, por escalofriantes, se vio obligado a convocar nuevas elecciones, supone uno que para que la Seguridad Social no entrase en quiebra tras tener que surtir de medicamentos hipnóticos a toda la población. De modo que Sánchez duerme en paz, soñando tal vez con una mayoría absoluta o bien con ovejas eléctricas –lo que para el caso viene a dar casi lo mismo-, y los ciudadanos dormimos sosegados, soñando cada cual con lo que buenamente le dicte el subconsciente, que para eso está.

            Hace unos días, mientras Sánchez dormía tranquilo, el president Torra –que, por lo que se ve, cree en todas las separaciones posibles, salvo en la de la Iglesia y el Estado- asistió, en la basílica de Montserrat, a una vigilia de oración para rezar cristianamente por sus camaradas presos, cabe suponer que con la esperanza de que la Moreneta -la deidad más independentista dentro de la categoría de las vírgenes regionales- haga el milagro de dormir a los carceleros para que los políticos encarcelados puedan huir de sus mazmorras lóbregas y arrimar el hombro en la tarea de la construcción inminente de esa república pacifista en la que la oveja dormirá en el regazo del león, que es la gran ventaja que tienen las teocracias: que el orden divino siempre beneficia al partido en el poder, así sea a escala autonómica. Entre los orantes se hallaba, en actitud devota, el expresident Pujol. 

            Torra leyó un texto del pastor protestante Bonhoeffer, que fue ahorcado por los nazis. Nada más adecuado, desde luego, para extrapolarlo a la situación que se vive en Cataluña. Ha sido una medida política muy inteligente por parte de Torra la de trasladar al ámbito teológico la mediación entre la justicia arbitraria y los mártires soberanistas, ya que Dios cuenta con un historial muy acreditado como favorecedor de los pueblos oprimidos, empezando por el de Israel. (Imagina uno que, tras la vigilia, los devotos se fueron a la cama. Así que todo en orden.)

            Y aquí andamos, en fin, durmiendo a pierna suelta, cada cual con sus fantasías oníricas. Lo malo es que la realidad común está sufriendo pesadillas desasosegantes, en el caso de que no se haya convertido en una pesadilla colectiva salvo para quienes se han arrogado la responsabilidad de gestionar el funcionamiento de nuestra realidad.

            Pero ya digo: mientras todos conciliemos el sueño, la cosa va más o menos bien. 

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