(PUBLICADO EN PRENSA A TRAVÉS DE LA AGENCIA COLPISA)
No sé si ustedes se habrán enterado, pero el papa León XIV ha pasado unos días en España. En una de sus alocuciones públicas ha hecho una petición: la de la renuncia al lenguaje hiriente tanto en los supramundos de la política como en los inframundos de las redes sociales. El efecto ha sido inmediato: a los políticos les ha faltado tiempo para reanudar sus insultos recíprocos y las redes se han saturado con barbaridades y memes sobre la visita papal. Nadie esperaba menos.
Lo
de las redes no tiene remedio posible, para qué vamos a engañarnos, pues aún no
existen mecanismos eficientes para amansar a esa legión mundial de mentes
desatadas que han encontrado en las redes sociales su paraíso tóxico. Pero en
lo que refiere a los políticos no debemos perder del todo una leve esperanza de
redención, pues no es del todo imposible que ellos mismos se harten algún día
de jugar a los adolescentes pandilleros, en especial si en su próxima visita el
papa se trae a un exorcista para que expulse a los malos espíritus de las
respectivas sedes centrales de dos partidos políticos de cuyas siglas no quiero
acordarme. Con un crucifijo, un hisopo bien cargado de agua bendita y las
frases adecuadas (a ser posible en latín), igual se les limpia la lengua a los
representantes públicos y se dedican a debatir como debaten las personas cuando
buscan entenderse en vez de insultarse y de retarse como matachines de taberna.
De paso, aprovechando
su visita –y es solo una sugerencia-, el exorcista podría darle un repasillo
santificador a alguna que otra fontanera de cloacas poseída por los poderes
malignos del lado oscuro, no sea que, a fuerza de tentar al diablo, acabe el
día menos pensado como la niña de la célebre película, la que bajaba las
escaleras a cuatro patas, de lo esclavizada que estaba la criatura por las
fuerzas satánicas.
En
un momento histórico en que los jueces se dedican a prevaricar, según la
revelación desgarradora que acaba de hacer al país el ministro Óscar López, lo
que, como quien no quiere la cosa, echa por tierra todo nuestro sistema
democrático, solo nos queda confiar en la justicia divina, siempre y cuando le
parezca bien, claro está, al otro ministro Óscar, de apellido Puente, que,
aparte de sus menesteres ministeriales, ejerce de azote democrático en las redes
sociales con una compulsión solo equiparable a la de otro prohombre igualmente infantilizado:
Donald Trump, que, por cierto, se vio a sí mismo, en una de sus crisis agudas
de delirio narcisista, como papa de Roma, aunque ahora parece que está más por
verse como Alejandro Magno. (Lo suyo se ve que va por rachas).
Por
su parte, los dos líderes de la derecha no atinan a encajar los mensajes que ha
dejado Leon XIV sobre la inmigración, y se malicia uno que no se atreven a
contradecirlos en público por miedo al infierno teológico, aun a costa de que esa
ocurrencia de “la prioridad nacional” conduzca a muchos otros al infierno en
vida.
Y
así vamos.
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