domingo, 13 de junio de 2021

LA CARTA

 (Publicado en prensa)



La carta que Oriol Junqueras ha dirigido al orbe ha gustado más al Gobierno central que a los correligionarios del propio Junqueras, que se han apresurado a matizar los razonamientos difusos de su mártir más emblemático.  Dejando a un lado a la CUP, instalada en la inmovilidad del dogma, a quien menos ha gustado esa carta, no obstante, es a la derecha ultracatalanista, asociada con ERC para definir una “nueva Generalitat republicana” a través de un gobierno “escogido con normalidad parlamentaria”, dentro de lo normal que resulta que un partido de izquierdas se alíe con uno de derechas, en una unión de conveniencia que no se sustenta en un programa, sino en una utopía.

         Casi todo en esta vida tiene sus derivas paradójicas: si bien la de Junqueras ha sido recibida como una carta de amor en el Gobierno central, ha sido abierta como un paquete bomba en la política catalana, a pesar de esa ilusión de armonía que los partidos independentistas intentan exportar. Cataluña tiene un conflicto con España, pero tiene, sobre todo, un conflicto consigo misma, a menos que se calcule que la instauración de una república concertaría allí unas ideologías antagónicas, ya que el vínculo coyuntural entre ERC y JxCat no pasa de ser un acuerdo artificial establecido sobre la base de un futurible más que improbable, lo que no parece que sea un punto de partida especialmente prometedor.

         ¿Y qué dice la carta de Junqueras? En esencia nada. O al menos nada novedoso. Pero lo que se lee entre líneas resulta claro: que su permanencia en la cárcel supone una pérdida de tiempo no sólo para él, sino también para la consecución de una Cataluña libre. Si invadimos el territorio de la conjetura, cabe suponer que esa carta no responde tanto a una inspiración espontánea de Junqueras como a una sugerencia del Gobierno central, necesitado de “gestos” que fortalezcan la concesión del indulto y neutralicen el vocerío justiciero de las derechas españolistas.

         Fiel a su talante eclesiástico y tendente al mesianismo, Junqueras sugiere que el indulto paliará “el dolor de la represión y el sufrimiento de la sociedad catalana”. Bueno, el sufrimiento de la sociedad catalana en pleno no podemos saberlo con exactitud, pero el suyo personal desde luego que sí, lo que no es poco, sobre todo si identifica su dolor con el de todo un pueblo.

         Hay quien supone que la experiencia carcelaria ha hecho reflexionar a Junqueras y atemperar sus afanes, aunque resulta raro que una persona tenga que pasar por la cárcel para caer en la cuenta de que el incumplimiento de la ley puede llevarlo a la cárcel.

         Se trataría, al parecer, de desjudicializar el conflicto, a pesar de tratarse de un conflicto esencialmente judicial. Pero no olvidemos que la política tiene su magia: lo mismo desjudicializa que politiza. Y no estaría mal, al menos de vez en cuando, despolitizar también la política.


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lunes, 31 de mayo de 2021

INDULTAR

 

El historial de los indultos concedidos en España en las últimas décadas indica que si bien la justicia puede ser arbitraria, no menos arbitraria resulta la concesión de indultos por parte de un Gobierno, de modo que parece inevitable que nos movamos en esto –como casi en todo- en el terreno aleatorio de la tendenciosidad.

         El Gobierno se encuentra ahora, por una mera cuestión de supervivencia, y temeroso del coste electoral que pueda tener, ante el trago amargo de verse obligado a promover un indulto a los presos del procés tras haber asegurado el presidente Sánchez, en 2019, que cumplirían íntegramente su condena, promesa que tampoco sabe uno si resultaba ineludible y pertinente, ya que conviene tener claro que la realidad suele ser voluble y que no merece la pena dar una impresión complementaria de volubilidad en las apreciaciones personales. Por su parte, los independentistas catalanes, en su afán inamovible de tensar la cuerda, exigen no el indulto, sino la amnistía; es decir, la negación del delito, exigencia a la que se ha sumado UP, aunque la propuesta de tramitación de la ley de amnistía ha sido rechazada, por inconstitucional, en el Congreso.

         Al flamante presidente de la Generalitat debemos esta estimación: “La voluntad popular no puede estar limitada por las leyes. Nuestro límite es la voluntad popular”. Por su parte, ante el informe desfavorable del Supremo a la concesión de los indultos, el presidente congresual de UP-ECP ha arriesgado un dictamen mareante: “El tiempo de los jueces ha terminado y empieza el de la política”. Con lo cual parece quedar claro que la justicia no sólo está jerárquicamente por debajo de la voluntad popular con respecto a las leyes, sino que además puede estar sometida a la enmienda política de las leyes, según se avenga no al espíritu de las leyes en sí, sino según convenga a las estrategias políticas. Sánchez se ha limitado a optar por el tono bíblico: “Hay un tiempo para el castigo y otro para la concordia”.

         La sección socialista del Gobierno sabe de sobra que un indulto no atemperaría el conflicto catalán, y es posible que sospeche que lo potenciaría, por la interpretación entre épica y melodramática que el independentismo –conociendo como conocemos sus resortes victimistas- puede hacer de la aplicación de esa medida de gracia. Al margen de eso, y por si a alguien le quedaba alguna duda, el nuevo ejecutivo catalán ha reafirmado su voluntad de declarar a corto plazo la república, que no es tanto una quimera ensoñada como una meta imposible que, no obstante, se plantea como posibilidad única.

         Y piensa uno que no estaría mal, en fin, que de vez en cuando los políticos indultaran a la ciudadanía de la condena de asistir a estas pantomimas disfrazadas de asuntos de Estado.


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viernes, 21 de mayo de 2021

FRANCISCO BRINES

 






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Caballero Bonald y Francisco Brines fueron vecinos en Madrid. Han muerto con muy pocos días de diferencia.

Solemos aplicar con una generosa despreocupación la categoría de "gran poeta", y más aún cuando alguien acaba de morir. Pero Brines lo fue: su obra está a la altura de lo mejor de la poesía en lengua española de todos los tiempos.

Muchos tuvimos la suerte de tratarlo y de apreciar en él al maestro magnánimo y al amigo afectuoso, al alegre vitalista, al diligente noctámbulo enamorado de la naturaleza y de los cuerpos, al pensador profundo y gozador de los dones de la vida.

Tan bondadoso, además.

Cuando reunió en un volumen su poesía, nos ofreció a los amigos que eligiésemos un poema para dedicárnoslo, para que de ese modo estuviésemos vinculados para siempre a él.

Elegí este, este breve compendio de sabiduría vital:

 


LOS PLACERES INFERIORES

 

No desdeñes las pasiones vulgares.

Tienes los años necesarios para saber

que ellas se corresponden exactamente con la vida.

No reduzcas su acción,

pues si del breve tiempo en que consistes

las sustraes,

es todavía el existir más deficiente.

Descubre su verdad tras la apariencia,

y así no habrá falsía,

y no podrás mentir que fue razón de vida lo que sólo fue tránsito.

Mas ellas te evitaron el fiel aburrimiento de las horas.

Exigen lucidez, no en su experiencia

sino en su escaso ser;

valóralas exactas,

para lo cual has de saber lo que la vida vale,

y esa sabiduría hace tiempo que es tuya.

Si cometes error cuando las midas,

hazlo siempre en tendencia de la degradación.

Nunca mejores lo que vale poco.

y que no tengan nombre, ni tiempo detenido

y queden confundidas en su promiscuidad.

Sabes que tu memoria es débil, y te ayuda.

Todas son una sola,

como es una la vida.

Y las otras pasiones, que merecen un nombre

y el cobijo de un tiempo,

sálvalas lejos de ellas,

y siempre te recuerden lo que la vida no es.

Y agradece a la vida esos errores.


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martes, 18 de mayo de 2021

LA EVALUACIÓN

 Cuando nuestra vida en común recupere su plena condición de vida, de vida que merezca ese nombre, haremos recuento de muchísimas cosas desde una perspectiva aliviada, pero también extrañada, porque extraño está siendo todo, y la extrañeza suele exigirnos un proceso de interpretación, de dilucidación y de clarificación de la anomalía.

         Llevamos mucho tiempo instalados en el temor, pues lo que era cotidiano se ha convertido en peligroso y lo que era inocente ha pasado a ser culpable. A estas alturas, todos tenemos una difusa conciencia delictiva: ¿quién no ha se ha saltado el toque de queda, quién no se ha apuntado a una reunión clandestina en casa ajena o ha montado una celebración secreta en casa propia, quién se resistió a abrazar a sus mayores o allegados cuando aún la vacunación era una esperanza remota, quién no ha terminado por asumir miles y miles de muertes con la insensibilidad de quien recibe un mero dato estadístico?

¿Estamos al límite? En estos días, vemos a muchísima gente echarse festivamente a la calle no ya como si se hubiese acabado la pandemia, sino como si el mundo fuera a acabarse mañana mismo. Y es algo que censuramos, a la vez que, en el fondo, lo comprendemos: si resultaba difícil sobrellevar la realidad que solíamos considerar normalizada, ¿cómo vamos a soportar una irrealidad del todo anómala? Los políticos nos piden responsabilidad, pero ni siquiera ellos se atreven a sugerirnos que nos comportemos como héroes, porque en eso llevarían las de perder: somos lo que somos y como somos. Como podemos ser, y no más.

Cuando esto pase y analicemos este periodo extraño, tal vez nuestros gobernantes no salgan muy bien parados de la evaluación, y no por la manera inevitablemente errática en que están gestionando esta crisis, con tantos aciertos como errores, con tantas medidas efectivas como normativas absurdas, sino por su falta de altura no en la gestión, ya digo, sino en el concepto profundo de la política misma.

Y es que han pedido a la gente unos sacrificios que no se han aplicado a ellos mismos. El sacrificio, por ejemplo, de que desideologicemos esta catástrofe para ir todos en el mismo barco, a la vez que ellos han acentuado –e incluso enfatizado- sus disputas partidistas, conforme a esa especie de supramundo olímpico en que han decidido asentarse para ejercer la hostilidad mutua como norma irrenunciable.

En un clima social proclive a la crispación y al desánimo, la clase política ha decidido, en suma, fomentar la crispación y promover el desánimo. No parece, así de entrada, una buena estrategia para la reconstrucción emocional de una sociedad golpeada en su centro.

         Pero, como siempre, ellos sabrán mejor que nadie lo que nos conviene.

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lunes, 17 de mayo de 2021

lunes, 10 de mayo de 2021

CABALLERO PERPETUO

 (Publicado ayer en EL MUNDO)



Tenía 94 años, sí, pero nos habíamos hecho a la idea de que era inmortal, como se sospechaba que lo era el conde de Saint Germain, y que nos sobreviviría a todos.

No ha podido ser, aunque cuesta trabajo creerlo: ¿cómo que ha muerto Pepe, si ya lo difícil para él era morirse, después de haber sobrevivido a varios naufragios, circunstancia que, según una antigua superstición a la que él se acogía, otorga la inmortalidad a los mortales? Dábamos por hecho, en fin, que la metódica dama Muerte se había olvidado de llamar a su puerta, como si nuestro tío adoptivo Pepe se hubiese convertido en el personaje venturoso de una de esas fantasías paranormales de las Mil y una noches

Hasta el último momento estuvo lúcido, con el cuerpo rendido pero con la mente en estado permanente de alerta, con el pensamiento vivísimo y rápido, lo que en parte era un don y en parte una condena: consciente de su acabamiento progresivo, de la muesca que el paso de los días dejaba en su cuerpo castigado. Él, que siempre tuvo andares y hechuras de emperador de un país exótico, a prueba de madrugadas y de botellas vaciadas de manzanilla....

“Estoy caducado”, te decía, con el senequismo de un epicúreo. “Esto se acaba”. En los últimos meses, al otro lado del teléfono, presumía de que se le olvidaban las cosas, incluidas algunas palabras, pero, al mismo tiempo, soltaba una agudeza sorprendente, una divertida frase epigramática sobre algún personaje de actualidad, un juego afortunado de palabras en modo alguno olvidadas.

Presumía también de tener un carácter difícil, pero selectivo: podía ser impertinente con los impertinentes, pero fiel como ninguno a sus afectos.

Es muy raro esto de que se nos mueran los amigos, porque los amigos nunca se nos mueren: sólo morirán con nosotros, no en nosotros.

Muy raro esto de que no volvamos a reunirnos con Pepe y Pepa, su mujer, la pareja inseparable, en una venta a pie de playa, frente a una bandeja de huevos fritos con patatas de Sanlúcar, para hablar de todo en abstracto y de nada en particular, como si fuésemos inmortales, como si el tiempo fuese una mera ficción del pensamiento.

Como si la vida no tuviese al dorso, en fin, una implacable fecha de caducidad.


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lunes, 3 de mayo de 2021

LA HORA DEL VOTO

 

Mañana los madrileños irán a votar y el resto de los españoles descansaremos al fin de una campaña electoral especialmente crispada que, en un plano estrictamente territorial, ni nos iba ni nos venía, pero que se nos coló en casa gracias a ese centralismo informativo que sobrevive a la fragmentación autonómica, hasta el punto de que conocemos mejor a los candidatos de allí que a nuestros respectivos gobernantes regionales.

         De la campaña podemos concluir varias cosas, todas ellas tan desconcertantes como edificantes. Por ejemplo, que los madrileños, según la percepción de quienes se ven como afectados, son víctimas de una creciente madrileñofobia. Y es que si Cataluña disfruta –y nunca mejor dicho- de la catalanofobia, Madrid no podía ser menos: ¿qué región del mundo puede vivir sin una idiosincrasia y sin agravios a su idiosincrasia?

También se deduce, con arreglo a las proclamas de algunos candidatos, que Madrid atesora la esencia milenaria del españolismo, previa incluso a la existencia de España: algo así, no sé, como un bastión irreductible frente a la amenaza del comunismo, al que algunos combaten mediante la defensa de una especie de vitalista anarquismo de derechas, ideología parapolítica que defiende aspectos tan variados como pueden serlo la bajada de impuestos como método para garantizar los servicios públicos o bien el consumo de cerveza, en tiempos de pandemia, como un acto cívico de libertad y rebeldía identitaria. (No en vano la actual presidenta en funciones dejó claro en su día que a Madrid emigra lo mejor de las Españas, mientras que en el resto del territorio se supone que se queda la gleba improductiva y subvencionada, dato que ya conocíamos, no obstante, por boca de algunos líderes catalanes.)

         Por si faltaba algo, entraron en campaña las amenazas de muerte, lo que añadió una dimensión épica a lo que en principio estaba limitado a ser una mera trifulca. Un asunto desagradable, por supuesto, pero todo el mundo sabe –y mejor que nadie los políticos- que el peligro de verdad no está en que te amenacen de muerte, sino en que te maten sin amenaza previa, porque quien tiene decidido matarte, salvo que medie un chantaje previo, no suele practicar la cortesía de avisarte de sus intenciones, aunque ¿quién renuncia –y menos en campaña- al prestigio de lo dramático?

Todos nos llevamos una sorpresa al saber que el único identificado como autor de esas amenazas es un enfermo mental, cuando se supone que deberíamos dar por sentado que ese tipo de acciones las llevan a cabo las personas que están plenamente en sus cabales.

“Nuestra democracia está amenazada”, enfatizaron algunos, elevando la anécdota a categoría con la misma lógica con que podríamos deducir que, tras el atraco a una joyería de barrio, la industria joyera del país está al borde de la extinción.

         En estos casos, en suma, todo vale. Y mañana votarán. Y entonces, pase lo que pase, empezará allí el verdadero lío.


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miércoles, 28 de abril de 2021


Esta fotografía anónima podría haberla firmado Cristina García Rodero.

El retratado es Arturito, que ni de viejo perdió el diminutivo, en atención a su candidez.
Se dedicaba a rifar cosas: cestas de alimentos, radiocasetes, ventiladores, niños jesús de escayola...
Creo que nadie se preocupaba por enterarse de si su cupón había sido premiado, porque aquello tenía mucho de rifa abstracta: no te importaba el premio, sino el echar una mano a Arturito en su ilusionado negocio de azares.
Era afectuoso y respetuoso con todo el mundo y no se le entendía lo que hablaba, pero sabías que era amable lo que intentaba decirte cuando te alargaba, con una sonrisa rígida, la papeleta, firmada al dorso por él con un garabato.

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martes, 20 de abril de 2021

lunes, 19 de abril de 2021

POSTULANTES

 (Publicado ayer en prensa)


Convocar elecciones, así sean autonómicas, en medio de una pandemia viene a ser como empezar a estudiar el temario de unas oposiciones en medio de un terremoto: no puede decirse que sea el momento propicio. Y no porque haya que extremar las medidas sanitarias de seguridad tanto en los mítines como en los colegios electorales, pues ya hemos visto en Cataluña que eso puede resolverse con éxito, sino porque una campaña electoral exige a la gente un esfuerzo psicológico complementario al que ya supone soportar este desastre que ha hecho que se tambalee nuestra salud, nuestra economía, nuestras rutinas y nuestros equilibrios emocionales.

Lo que menos necesitamos, en definitiva, es asistir al espectáculo vociferante de una pugna política para ocupar sillones y, de paso, y si se tercia, para llevar a la ciudadanía en bloque al paraíso sociológico con el que la humanidad sueña desde que empezamos a caminar erguidos, hará de eso unos cuantos millones de años, aunque el disfrute de ese paraíso sea nuestra principal asignatura pendiente, pues se ve que el género humano es un mal estudiante de sí mismo y lleva demasiado tiempo suspendiendo los exámenes, hasta el punto de que casi podemos dar por agotadas las convocatorias.

         Se nos hace raro, en fin, asistir en estos tiempos a esa confusa función teatral que son las campañas electorales, pues, a pesar de nuestras profundas convicciones democráticas, todo nos suena a comedia de capa y espada ante un decorado de cartón piedra. Los actores parecen sobreactuar más que nunca. El argumento de la obra nos resulta inverosímil. Los aplausos que reciben parecen venir sólo de la clac.

         No sé. Es un mal momento para alentar ilusiones colectivas a partir de futuribles, precisamente porque lo que más necesitamos es otro tipo de utopías: que la vida vuelva a nosotros, que nos vacunen, que se encuentre un remedio para el virus y que la gente pueda regresar sin miedo a su trabajo y a sus ocios. La promesa del paraíso en la tierra no es ahora un artículo de primera necesidad, y nos conformamos con salir de este purgatorio, cuando no, en los casos más desventurados, de este infierno en vida.

         Hay que reconocer que los políticos son muy valientes al someterse a un escrutinio en tiempos de crispación, de desaliento y de escepticismo globales, con la desconfianza hacia ellos acentuada por unas circunstancias muy adversas (algo así como si se incendia el bloque y aparece el vecino del 6ºA disfrazado de Spiderman), porque corren el riesgo de no resultar creíbles, de ser vistos como actores pendencieros y malhumorados que venden un discurso que en su mayor parte se quedará, a la hora de la gestión, en un mero discurso.

         Lo de siempre, se dirá. Sí. Pero tal vez en el peor momento posible.


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jueves, 8 de abril de 2021

MAE WEST as herself

 


Esta película de 1933, dirigida por Wesley Ruggles, con guion -al menos en parte- de Mae West, resulta fascinante por lo que tiene de disparate casi del todo involuntario.

A sus 40 años, la divertidísima y narcisista Mae West se adjudica el papel de adolescente fatal, de flapper, de sex symbol irresistible, de perdición de los hombres, que con solo verla caen fulminados ante el esplendor rubio de su belleza. (Como dato curioso, creo que ella inventa en esta película los andares característicos de los vacilones de Harlem.)

Mae West está absurdamente grandiosa, en fin, en un papel del todo absurdo.

Por su parte, Cary Grant, que por entonces tenía 29 años, pasa las fatiguitas de la muerte para meterse en el papel de enamorado rendido de la diva.

Una cautivadora majadería kitsch, en definitiva, de cabo a rabo.

(En FILMIN. También disponible en Youtube.)

lunes, 5 de abril de 2021

 





Honrarás a tu padre (Sweepings), película de 1933 de John Cromwell basada en una novela de Lester Cohen e inspirada vagamente en El rey Lear, con un impresionante Lionel Barrymore, sólo tiene, a mi entender, un defecto: sus 3 segundos finales.
Lo demás me parece espléndido.

(La he visto en FILMIN)

viernes, 2 de abril de 2021

UNA RESEÑA

 


Ana Rodríguez Fischer, hoy, en EL PAÍS / Babelia: 

https://elpais.com/babelia/2021-04-02/majaretas-y-charlatanes.html


Creo que sólo está accesible para suscriptores. La copio:

MAJARETAS Y CHARLATANES

Son dos tipos humanos que parecen necesitarse mutuamente o al menos mantener entre sí cierta dependencia. Así lo percibimos en La conspiración de los conspiranoicos, novela protagonizada por cinco amigos que, en plena pandemia, se dedican a analizar la situación, recogiendo las múltiples noticias y opiniones que van aflorando, valorándolas y elucubrando sobre los oscuros propósitos que esconden o los intereses a que sirven, dando rienda suelta a disparatadas hipótesis y llegando a conclusiones no menos chocantes.

Los materiales proceden en gran medida de la realidad que estamos viviendo y el acierto de Felipe Benítez Reyes es organizarlos conforme a un designio inequívocamente literario. Empezando por los personajes: Montse Montenegro, maestra en una guardería, viuda y muy dada a fantasías espirituales de diversa índole; Beltrami, de elevada alcurnia pero que fue dependiente raso en un bazar chino; Mangoli, acrónimo de Manuel González Lira, muy versado en cientifismos, trabaja en la Diputación Provincial coordinando eventos, aunque lleva un año de baja por depresión; Tomi Guerra, profesor de literatura en secundaria, colabora en el Diario de Cádiz y es autor de una novela histórica, y Lorenzo Aguado Menéndez, propietario de una gestoría y narrador de la novela.

El segundo acierto es articular todo el discurso a partir de la tertulia mensual que mantienen estos amigos que se conocieron en un taller literario y que, por motivos paranoicos, pasa a ser ambulante. Benítez Reyes toma la tradición satírica del XVIII y articula esta hilarante crónica a partir de una tertulia provinciana. Los espacios que la acogen o el rito que la preside añaden variedad y amenidad al relato, pues en cada sesión un tertuliano pronuncia un discurso que después se debate, proyectando la especulación hacia el trascendentalismo religioso o la ambición enciclopédica. Por último, el lenguaje o la maestría de Benítez Reyes en el manejo del humor, la ironía y la parodia. Como adenda, un divertido desenlace novelesco.

    Y ahí lo dejamos, que diría un contertulio.

domingo, 28 de marzo de 2021

MIA, WOODY Y DYLAN

 


Visto esto, que deja muy mal cuerpo.

Por decirlo todo: en general, me gusta poco el cine de Woody Allen.
¿Un genio? Bueno, la genialidad es un concepto fluctuante, y cabría suponer que para reconocer y calibrar la genialidad ajena habría que disponer de una genialidad propia, pero bien está: para muchos, un genio. Vale.

Los cuatro capítulos de este documental se centran en los presuntos abusos sexuales a los que Allen sometió a su hija adoptiva cuando ella tenía 7 años.

En su momento, Mia Farrow acusó a Allen de tales abusos y Allen acusó a Farrow de manipular a la niña como venganza por su separación: la célebre "alienación parental", trastorno considerado como pseudocientífico por muchos psicólogos y coartada habitual para los abusadores: gracias a ese concepto, la mayoría de las madres estadounidenses que denuncian abusos cometidos por el padre pierden la custodia de sus hijos. (Y se estima que en el 88% de esos casos los menores vuelven a ser víctimas de abusos por parte de su padre.)

Este documental tiene el punto débil de ser un relato “de parte”. De la parte de Farrow. Aun así, se le da voz a Allen a través de intervenciones públicas en las que defendía su inocencia y denunciaba la malignidad de su expareja.

Hay quien esgrime como argumento exculpatorio que Allen jamás fue condenado judicialmente por esos abusos. Así es. Pero este documental revela un detalle: el juez que llevó el caso vio indicios claros de delito, aunque prefirió cerrarlo para evitar que una niña traumatizada se viese sometida a las presiones psicológicas derivadas de un juicio de repercusión mediática mundial. ¿Una decisión acertada o errónea? El propio juez sigue preguntándoselo hoy en día.

En un intento por ser ecuánimes, podríamos considerar la posibilidad de que Farrow -mujer más que extraña- manipulase a la niña y le impusiera y dictara el relato de los presuntos abusos. De acuerdo. Lo que resulta raro es que aquella niña, hoy ya mujer adulta, y tras pasar por la consulta de varios psicoterapeutas para gestionar sus traumas infantiles, mantenga sin fisuras ese relato: en el caso de tratarse de una fantasía inculcada por su madre, cabe suponer que, tarde o temprano, la mentira se hubiese derrumbado en su mente, de modo que hubiera pasado de considerarse víctima de su padre adoptivo a aceptarse como víctima de su madre adoptiva.

Y aquí podemos dar la vuelta al asunto: ¿y si es Woody Allen el que se ha hecho a sí mismo un relato falso en torno a un episodio vergonzante y vergonzoso? ¿Y si fuese Woody Allen el que ha engañado a su conciencia con mentiras sobre sí mismo inducidas por él mismo?

También es raro, de todas formas, que Woody Allen decidiera ejercer de pederasta ocasional -los psicólogos admiten esa figura- justo en medio de una ruptura sentimental bastante traumática y espinosa. ¿¿¿???

Como decía al principio, esta historia deja muy mal cuerpo, en parte porque obliga al espectador a convertirse en verdugo moral a partir de unos hechos que en esencia desconoce, por muchos detalles que se den: hay en todo este asunto un trasfondo muy turbio, una zona insondable.

Al final, no sabes qué pensar ni en qué -ni a quién- creer, y lo que queda es el sufrimiento de una niña que, ya de mujer, sigue sufriendo retrospectivamente a causa de unos episodios -¿imaginarios?-de su infancia. Ese daño permanente.


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martes, 23 de marzo de 2021

domingo, 21 de marzo de 2021

TERREMOTOS DE SALÓN

(Publicado ayer en la prensa) 




Son tiempos raros para todos, y nuestros políticos no iban a ser una excepción. Aun así, en estos últimos días, la rareza del comportamiento de algunos de ellos ha ido ascendiendo al rango de lo estrambótico.

         Se produce la primera detonación en Murcia, con la traída y llevada moción de censura promovida por el PSOE y Cs, hasta que el secretario general del PP decide negociar en la sombra con tres de los diputados de Cs que habían firmado dicha moción. Como por arte de hechicería o de hipnosis, el resultado acaba siendo inmejorable: a cambio de tres consejerías, el susodicho secretario general les neutraliza las ganas de censurar a nadie. Como efecto secundario del psicodrama murciano, la presidenta de la Comunidad de Madrid oye una voz interior que le dice que disuelva el parlamento autonómico y convoque elecciones, no sólo por el temor de que sus socios de gobierno exporten a Madrid la traición llevada a cabo en Murcia, sino también por la ilusión de obtener una mayoría absoluta: "Ahora quiero ser libre. Aspiro a hacerlo sola, a estar sola”.

         Quien no ha querido estar solo, en cambio, es Pablo Iglesias, que, tras sacrificar su vicepresidencia segunda para interpretar el papel de redentor repentino de la izquierda amenazada, tendió la mano a Más Madrid, formación que tiene su origen precisamente en el hartazgo del talante cesarista de Iglesias. En este caso, y al contrario que en Murcia, no ha habido un final feliz para nadie, en parte porque la mano que les tendía Iglesias no era la de un solícito servidor, sino la de un imperioso emperador. Se respeta así la tradición del egocentrismo suicida de las formaciones de izquierda, aunque en este caso la unión parece ser que no haría necesariamente la fuerza.

      ¿Qué consecuencias tendrán estos movimientos desconcertantes? No lo sabremos hasta mayo. Es posible que Ayuso consiga una mayoría absoluta para cumplir su sueño de soledad absolutista, pero también es posible que no, en cuyo caso tendría una recompensa: en vez de con Cs, podría gobernar con VOX, más en sintonía con la deriva populista de su discurso, resumido en el extraño lema “Comunismo o libertad”, disyuntiva que tiene el mismo fundamento que la de “Discoteca o yoga”, pongamos por caso.

         Mientras sí y mientras no, el PP acoge ya en su seno –a falta de nueva sede- a los arrepentidos de Cs, que regresan como hijos descarriados a la casa común de la derecha hegemónica, lo que compensa un poco la fuga de muchos de sus votantes a la ultraderecha emergente. ¿Y el efecto Iglesias? Es posible que ni él mismo acierte a calibrarlo, a pesar de que el narcisismo suele ser una variante del optimismo.

Será, eso sí, una campaña especialmente áspera e inmoderada. Ayuso apelará sin complejos al supremacismo madrileñista, VOX se aferrará a su patriotismo simplista y melodramático, Cs recurrirá –no sin razón- al victimismo y los partidos de izquierda defenderán más o menos lo mismo con tonos muy diferentes.

         Y nosotros, mientras tanto, esperando la vacuna… y a Godot.


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sábado, 20 de marzo de 2021

ESCRITO EN LA ARENA

 (Poema -hasta ahora inédito- que publico en El Cultural. El cuadro es de mi hermano Manuel Antonio.)




Qué extraña va la mar en su deriva

de inmovilidad palpitante.


El oleaje que busca sus orillas

en el confín desconocido,

en la playa remota en la que suenan

las caracolas por dentro de sí mismas,

o en un paraje helado,

o en el muelle con barcas con nombre de mujer.

 

Tú, el niño navegante de una mar infinita,

corsario de una arena con tesoros,

mírate llegar también a donde acaban

las olas de expirar con su grandeza

de dibujo en el aire y en el tiempo.

 

Mírate allá en el tiempo, que no es nada.

 

Mírate allá en el aire, en lo que eres.

 

La mar extraña en ti y en tu deriva.


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viernes, 12 de marzo de 2021

LA MUJER EN LA LUNA



No había visto esta película muda, de 1929, de Fritz Lang, con guion suyo y de su mujer Thea von Harbou.

Me parece un prodigio de la fantasía, con sus inevitables candideces futuristas y con sus imprevistas anticipaciones tecnológicas.

Hay quien le achaca un exceso de metraje (170 minutos en la versión restaurada), pero quizá hay que tener en cuenta que quien iba al cine en 1929 lo hacía con el ánimo de quien se adentra en una gruta encantada parecida a la cervantina cueva de Montesinos, sin prisas, dispuesto a dejarse fascinar durante el tiempo que hiciera falta por aquel ilusionismo novedoso. (Y, además, se podía fumar en la sala.)

Es cierto que en la primera mitad se demora mucho la acción, pero, en cuanto los protagonistas pisan territorio lunar, el cuento -es eso- se vuelve fascinante.

Y se transforma uno en el maravillado espectador infantil que una vez fue cuando se apagaban las luces, se iluminaba la pantalla y deseaba que aquello no acabase nunca.

miércoles, 10 de marzo de 2021


Esta película de Théo Court tiene algo de proceso hipnótico, debido en parte a la excelencia de su fotografía.

Apenas hay diálogos, pero queda dicho todo.
Apenas pasa nada, pero pasan muchísimas cosas.
Es lenta, como lo es el vacío.

Inquietante, turbia, con tempos desconcertantes.

Un retrato sombrío de la condición humana, siempre al borde de la barbarie.
(En FILMIN.)

domingo, 7 de marzo de 2021

LA PARADOJA

 

Esta pandemia tiene tres factores básicos de riesgo: el virus, la gestión política de la crisis sanitaria y nosotros. La combinación resulta bastante peligrosa, y más aún después de todo un año en que hemos aprendido a convivir más o menos racionalmente -y más o menos resignadamente- con el miedo a enfermar y con la esperanza de un remedio, con la resignación y con la desesperación, con la responsabilidad solidaria y con nuestra tendencia natural al “sálvese quien pueda”. (Los negacionistas, por su parte, lo tienen más fácil: su angustia no proviene del miedo a la enfermedad y a la muerte, sino del espanto de ver la docilidad con que la mayoría de la gente se ha sometido a una alucinación promovida por unos poderes ocultos.)

Nada ha sido fácil, nada sigue siendo fácil y es posible que nada lo sea de aquí a mucho tiempo, según corresponde a una situación en que prevalecen las incógnitas sobre las certezas: si el presente es hoy más confuso de lo que suele serlo, el futuro se presenta más difuso de lo acostumbrado. Saldremos de esto, pero no sabemos cuándo ni –sobre todo- cómo, ya que este trauma colectivo requerirá un complejo proceso de recuperación que irá de la estabilización económica global a la reconstrucción psicológica individual, y es posible que lo primero resulte más sencillo que lo segundo: ante la preponderancia de la realidad con respecto a nuestro acomodo en la realidad, nos hemos convertido en extraños ante nosotros mismos, en buena medida porque las circunstancias nos impiden ser del todo quienes éramos, o al menos quienes creíamos ser.

         A estas alturas, seguimos bajo el peso de la incertidumbre. Tenemos ya vacunas, por ejemplo, pero no sabemos cuándo estarán disponibles para una inoculación masiva. Tampoco sabemos si las vacunas nos inmunizan o simplemente nos protegen, ni si el inmunizado contagia, ni si las nuevas cepas serán vulnerables a las vacunas con las que contamos gracias a la labor urgente de unos científicos a los que en situaciones normales consideramos profesionales secundarios frente a los investigadores tecnológicos.

         Pero, por la ley de la paradoja, esa incertidumbre puede jugar a nuestro favor, pues neutraliza uno de esos factores de riesgo que señalé al principio: nosotros, que tenemos que controlar no sólo nuestro miedo, sino también nuestra temeridad. Y es que, dejando a un lado a los pintorescos negacionistas profesionalizados como tales, tendemos, por agotamiento, a convertirnos en seminegacionistas eventuales. (Anteayer, sin ir más lejos, la siempre desconcertante presidenta de la Comunidad de Madrid proclamaba que no está demostrada la relación entre una pandemia y la movilidad humana, convencida tal vez de que los virus viajan por su cuenta y riesgo, como las mariposas y los patos, sin necesidad de portadores.)

         Hemos estado tan mal que el hecho de estar un poco mejor nos parece, en fin, una buena noticia. Pero no olvidemos que, en estos momentos, la mejor baza para poder ser optimistas es el pesimismo.


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sábado, 6 de marzo de 2021

EL OLEAJE

 Los oceanógrafos de los virus nos avisan ya del peligro casi cierto de una cuarta ola.

Si llega, nos preguntaremos qué hicimos mal en la tercera, y prometeremos solemnemente no caer en los mismos errores.
Y luego vendrá tal vez una quinta gran ola, y nos preguntaremos qué hicimos mal en la cuarta para acabar en una quinta.

Y así sucesivamente, en ese bucle.

(Por asociación caprichosa, te acuerdas de cuando eras niño y te sorprendía una ola grande en la orilla, y te volteaba, y te dejaba tirado en la arena como si hubieses salido de una lavadora en plena centrifugación, con un sabor a sal en la garganta, entre perplejo y aterrado, y metiéndote otra vez en el agua para volver a sentir esa angustia trepidante.)

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lunes, 1 de marzo de 2021

MIS CONSPIRANOICOS SOBRE EL EMÉRITO

 


(...) Una vez abierto el debate, que prometía ser menos controvertido que avenido, Tomi Guerra tomó la palabra: “Tengo una duda… A ver cómo lo digo sin que se me malinterprete… ¿En qué quedamos? ¿La pandemia es real o es un invento?”, y abrió su cuaderno para tomar nota de las respuestas, según tiene por costumbre.

Hubo unos segundos de mudez antes de que Mangoli soltase una frase salomónica: “Bueno, sí y no”, y quedamos a la espera de la glosa pertinente, que no tardó en llegar: “Sí porque hay gente que está muriéndose, aunque no sabemos de qué. Y no porque no estamos ante una pandemia natural, sino ante una enfermedad artificial. De modo que es una pandemia y no lo es”. Tomi Guerra le replicó con esa condescendencia que suelen gastarse los profesores: “Bueno, tengo entendido que, más o menos desde los tiempos de Parménides, o incluso antes, las cosas son o no son”, a lo que Montse Montenegro añadió un veredicto de resonancias místicas, reflejo tal vez de su época taoísta o similar: “No estoy segura. Una cosa puede ser y a la vez no serlo. La existencia de algo no implica la posible negación simultánea de la existencia de ese mismo algo. Todas las cosas de la Creación son subsidiarias de una Existencia Superior, y por tanto son contingentes. Digo yo, no sé”.

Me atreví a sugerir que cabía la posibilidad de que la pandemia fuese verdadera como tal pandemia, pero falsa como alarma: una cortina de humo para ocultar una artimaña global de mayor calado, como por ejemplo la limitación de las libertades individuales en beneficio de la ampliación de las libertades gubernamentales.

Ítem más: arriesgué la hipótesis de que aún no podemos saber cuál es la finalidad de dicha maniobra, más allá de que parece ser que apunta a la manipulación despótica del sistema legislativo.

Beltrami pareció estallar: “¡Cómo que no lo sabemos! ¡Claro que lo sabemos! Aquí lo que buscan es la implantación sin luz y sin taquígrafos de un Nuevo Orden Mundial en el que las personas pasemos a ser meros elementos numerados de una trama productiva. Gente que trabaja para pagarles sus lujos y caprichos a los poderosos. Mano de obra barata y disciplinada. Gente que no puede abrazar a sus seres queridos por miedo a contagiarse. ¿O es que los impuestos son otra cosa que una extorsión?  ¿O es que la vacunación obligatoria no es más que una pantomima para hacernos creer que somos inmunes a las enfermedades que los propios gobiernos inventan para el control demográfico?”.  

Tomi Guerra nos informó de que en la filosofía profesional existe el concepto de “compromiso ontológico”, según el cual se decide cuáles son las entidades que se aceptan como reales y cuáles como figuradas.

“Pues mi compromiso ontológico está claro”, bramó Beltrami.

Como medida provisional, a la espera de acontecimientos ulteriores, acordamos declararnos “coronaescépticos”, a pesar de que Beltrami señaló que la gente podría pensar que somos antimonárquicos (“¿La gente? ¿Qué gente?”, preguntó Tomi Guerra, aunque no hubo contestación), asunto ese el de la monarquía en el que ni entramos ni salimos, a pesar de que las noticias que se publican en estos días sobre el rey emérito tienen la dinamita suficiente no sólo para hacer volar por los aires la institución real y que la corona aterrice abollada en el planeta Saturno y el cetro en los páramos de Urano, sino también para que estalle en pedazos la realidad constitucional de nuestro país, que al fin y al cabo es el jardín subterráneo de la masonería en sus diversas manifestaciones, y eso, por hache o por be, acaba pagándose. (...)

martes, 23 de febrero de 2021

A PROPÓSITO DEL PASAPORTE SANITARIO (Se veía venir)

 


(Páginas de LA CONSPIRACIÓN DE LOS CONSPIRANOICOS)


(...)

Mangoli estuvo anoche en modo profeta distópico radicalizado. Dio por hecho nuestro amigo que esto de la pandemia propiciará el reajuste del concepto de “clase social”, que ya no se medirá en términos de renta, como hacemos por inercia clasificatoria desde hace siglos, sino en términos de salud, aunque una cosa tendrá relación –¿cómo podría ser de otra manera?- con la otra: en la cumbre de la pirámide estarán los jerarcas –esos nunca se mueven de ahí- que hayan tenido acceso a la vacuna… pero no a una vacuna cualquiera, sino a la trifásica, de efecto vitalicio, que costará en torno a los doce mil euros la dosis; justo por debajo, estarán quienes hayan sobrevivido a la enfermedad y se hayan vuelto inmunes a ella, ya sean ricos o pobres; a continuación, los individuos sanos sin anticuerpos y, por último, a nivel de parias, los enfermos crónicos y sin anticuerpos, vulnerables a pillar cualquier patología y a disfrutar a corto plazo del Prado Eterno junto al Padre.

“Lo que acabará rigiendo el mundo no será el capitalismo ni el comunismo, sino el sanitarismo”, sentenció Mangoli a través de ese neologismo tan preciso como afortunado: el sanitarismo como ideología predominante.

         Mangoli no dudó en entrar en detalles concretos: los dos estamentos superiores –los vacunados y los inmunes- no tendrán que llevar mascarilla, lo que será un signo de distinción social y de poder. Aparte de eso, dispondrán de un certificado médico en el que se acredite su condición de ciudadanos inocuos, lo que les permitirá la libre circulación por el mundo, la asistencia a eventos sociales –incluidas las orgías- y el contacto físico ilimitado, aunque con una diferencia: los vacunados dispondrán de un certificado sin caducidad, mientras que los inmunizados se verán sometidos a revisiones mensuales para así evaluar su carga de anticuerpos, según los criterios que al respecto fije la OMS -de modo que vamos listos.

         Las personas sanas vivirán con el temor continuo a enfermar, lo que provocará psicopatologías muy diversas, incluidas las psicosomáticas, que tienen un tratamiento muy dificultoso, por brotar de una raíz misteriosa.

Por otra parte, comoquiera que no habrá vacunas para todo el mundo y que serán muy pocos los que puedan permitirse pagar la trifásica (con un coste total de unos treinta y seis mil euros), Mangoli dio por sentado que las falsificaciones se venderán sin control por Internet, lo que a su vez provocará la aparición de nuevas y atroces enfermedades y deformaciones físicas, pues si venenos son las vacunas supuestamente testadas, las fraudulentas serán ya venenos de ración múltiple: te pondrás una vacuna comprada en el mercado negro y tus hijos nacerán con una oreja en el sobaco o con una nariz en la oreja, por lo de la alteración del ADN.

“Se hará más verdad que nunca, en fin, ese dicho que inventaron los pobres para consolarse de ser pobres: lo importante no es el dinero, sino la salud”, apuntó Mangoli, que anoche estaba muy inspirado.

“¿Y qué pasará con los enfermos y los asintomáticos?”, se interesó Montse. Mangoli lo tenía clarísimo: a los más graves los aislarán en una especie de cápsulas herméticas de metacrilato que no serán más que una morgue anticipada, pues, a falta de medicamentos específicos, sólo se les administrarán narcóticos para que tengan al menos una muerte apacible y acorde con los derechos constitucionales, en tanto que los asintomáticos y los menos graves serán aislados en pabellones medicalizados y vigilados por el ejército, como una versión moderna de aquellas islas a las que mandaban a los leprosos, y sólo saldrán vivos de allí los que generen anticuerpos suficientes, con lo cual ascenderían de clase social de manera mecánica, aunque no se librarían de padecer los prejuicios clasistas de los individuos que no hayan padecido la enfermedad, pues uno de los pilares de cualquier disposición jerárquica es el prejuicio, ya sea fortuito o metódico.

“¿Y los que no generen anticuerpos suficientes?”, le preguntó Beltrami.

Mangoli no tenía dudas al respecto: “Pues mala suerte. Lo más probable es que no vuelvan a pisar la calle. Cadena perpetua”.

 


domingo, 21 de febrero de 2021

EXPRESÁNDONOS

 

El concepto de “libertad de expresión” solemos utilizarlo con una despreocupada libertad de expresión, hasta el punto de equipararlo a veces con el derecho irrenunciable a decir en público lo primero que se nos pase por la cabeza.

Hemos establecido la convención de que en una democracia consolidada deben garantizarse todas las libertades individuales, incluidas las que suponen un ataque a la libertad colectiva, desde la convicción optimista –y tal vez un tanto arrogante- de que nuestro sistema resulta invulnerable a cualquier intento de menoscabo. En España arrastramos un complejo histórico que nos impide reconocernos como tal democracia consolidada y vernos más bien como una chapuza postdictatorial, según se ha tomado la molestia de sugerir el vicepresidente segundo, más complaciente con algún que otro cesarismo militarista que con el llamado régimen del 78, al que en buena parte debe la posibilidad de vicepresidirnos.

Un rapero acaba de ingresar en prisión no tanto por decir unas cuantas tonterías tremendistas en Twitter y por dedicar una especie de canción denigratoria a la monarquía como por contar con antecedentes penales por delitos de violencia, porque casi nadie va a la cárcel por una condena de nueve meses. ¿Merece eso una pena? ¿Merece eso la pena? Según la ley, sí. Y las leyes las modifican o las derogan los gobernantes, de modo que, en este particular, suyo es el poder y la gloria, y no de los manifestantes airados –esos presuntos antifascistas acogidos a unos métodos de lucha genuinamente fascistas- ni de los compasivos firmantes de esos manifiestos que sólo sirven para ser manifiestos.

Amnistía Internacional, por su parte, ha lanzado una campaña que quizá peque de demasiado simplista: RAPEAR NO ES UN DELITO. Por supuesto que no. Si lo fuese, habría que desalojar todos los presidios para dar cabida a esos artistas de la rima. Comprar una catana, por ejemplo, tampoco es un delito, pero hay una diferencia entre comprar una catana para ponerla como elemento decorativo en el mueble del salón y comprar una catana para decapitar a los vecinos de tu bloque.

Hace unos días, otro de estos profesionales del rap combativo, condenado y finalmente absuelto, se quejaba del mal rato que le había hecho pasar el Estado represor tras publicar él unos tuits en los que expresaba su deseo de regalar una bomba al rey, su añoranza de los GRAPO y su recomendación de recurrir al secuestro como estrategia política. Su lamento lo acompañaba de una advertencia de tono bíblico: “Cualquiera que ose cuestionar mi inocencia tendrá que enfrentarse a las consecuencias legales”. Y es que con esto de la libertad de expresión viene a ocurrir lo mismo que con los escraches: si son en puerta ajena, bien; si en puerta propia, ya no tanto.

(Convendría recordar que, en 2017, la actual ministra de Igualdad llevó a los tribunales a un jubilado que había publicado en una revista irrelevante, sin apenas difusión, un poemilla pretendidamente satírico, aunque no pasaba de ser una bobada machista y burda, por el que se sintió ofendida y atacada en su dignidad, por considerarlo “una intolerable burla sexista”. Fijémonos en el adjetivo: “intolerable”. El autor del poemilla fue condenado al pago de 70.000 euros a la denunciante, aunque luego la sentencia fue revocada en una instancia superior. Pero lo significativo no es eso, sino que una defensora de la libertad de expresión se acogiese a los beneficios de la llamada “ley mordaza”.)

Por loable que sea, la defensa del derecho indiscriminado a la libertad de expresión presenta sus incoherencias potenciales. Por ejemplo, hemos conseguido convencer a algunos galanes rancios de que piropear a una mujer por la calle implica como poco un acoso, pero si le decimos a ritmo de rap a un transeúnte que es un ladrón y que vamos a matar a su familia, parece ser que estamos en el territorio sagrado de la libertad de expresión. El símil resulta chusco, pero es que el asunto tiene su cuota chusca.

Al fin y al cabo, lo que se debate no es tanto el derecho a la libertad de expresión como el derecho a soltar impunemente todas las barbaridades que se nos ocurran en un momento de fogosidad del ánimo, así invadan el territorio de la injuria y de la calumnia. Muchos opinan que es un lujo democrático que podemos permitirnos. Es posible. Pero sin olvidar que la barbarie, en alianza con la idiotez y con un temperamento con indicios psicóticos, puede ser una peligrosa variante de la libertad.


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