martes, 10 de mayo de 2022

LOS VACÍOS

 (Publicado en prensa)



Quien se siente con derecho a destruir la casa de alguien no es raro que se sienta con derecho a destruir el mundo, porque en ese caso la escala no admite mucha gradación: entre una cosa y otra apenas hay distancia moral, precisamente por tratarse de un vacío moral.

Vemos a diario cómo las tropas rusas destruyen ciudades ucranianas, y nuestros ojos se habitúan, con estupor e incredulidad, a ese proceso irracional de devastación, a esa escenografía de escombros y de estructuras metálicas retorcidas, a esos planos con cadáveres en escorzo, a esas secuencias de personas que huyen de su lugar en el mundo con un gesto que mezcla la fatalidad con el espanto.

         Una casa debería ser un lugar sagrado: el espacio en que cada cual desarrolla su intimidad y su soledad, en que concibe sus espejismos y en que afronta sus adversidades. El espacio, en suma, en que todos nos sentimos refugiados de la realidad y a la vez integrados en ella. Una casa puede tener las ventanas abiertas de par en par o ser por el contrario, y a la vez, un baluarte: es nuestro sitio. La geopolítica no debería entrar allí sin nuestro consentimiento.

         Nos pasamos años y años dando forma a nuestra casa, que acaba siendo un reflejo de nosotros. La llenamos de recuerdos, de baratijas que acaban siendo valiosas porque nos gustan, de muebles que aprenden a ser útiles, de sillones que aprenden a resultarnos confortables, de objetos que adquieren la condición de fetiches privados. Pero, de repente, en cuestión de segundos, todo eso puede saltar por los aires y desaparecer, convertido en ceniza y chatarra, por la decisión de un fantoche que ha decidido alimentar en su cabeza delirante un sueño imperial, una fantasía megapatriótica, sin tener en cuenta que la patria esencial de una persona está en su casa, de puertas para adentro, donde cada uno es el emperador de su insignificancia, sí, pero también el gobernante de sus ilusiones, que son las que nos engrandecen.

         Vemos ciudades destruidas que son metáforas desoladoras de la barbarie por la barbarie, del sinsentido por el sinsentido, de la crueldad que se satisface a sí misma.

         Alguien camina por una calle en la que antes bullía la vida y ahora es un páramo desolador, el decorado fantasmagórico de una pesadilla. Alguien se asoma al escaparate destruido de un negocio que alguien se afanó en decorar, mimando los detalles, y ahora es la ruina de un sueño. Alguien mira el vacío en que hasta hace poco había algo. Alguien vuelve a su casa y su casa no existe.


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domingo, 8 de mayo de 2022

viernes, 29 de abril de 2022

REGRESIONES

(Publicado en prensa)



Las epidemias nos sonaban a cosa medieval, pero nos sobrevino una pandemia que nos trasladó en un abrir y cerrar de ojos no solo a un ámbito de incertidumbre y de angustia, de extrañeza y de estupor, sino también al territorio de la pura irrealidad, hasta el punto de vernos cautivos en nuestra casa, temerosos de un mal invisible que nos asediaba como un arma química de expansión aérea.

Pensábamos que las erupciones volcánicas eran algo que pasaba en algunas películas catastrofistas y en algunos países exóticos, pero durante unos meses seguimos en tiempo real el ritmo del fluir de la lava en la isla de La Palma, sobrecogidos por la grandiosidad aterradora de una fuerza destructiva ante la que la acción humana quedaba limitada al papel de espectador, a la espera del aplacamiento espontáneo de aquella voracidad pavorosa que nos brindaba diariamente, en los informativos, un espectáculo propio de la pesadilla.

Creíamos que la Segunda Guerra Mundial sería la última, pero estamos hoy con el alma en vilo ante la posibilidad de una tercera, que podría detonarse por la voluntad del delirante autócrata ruso y por una sencilla y desventurada conjunción de azares imprevistos. Creíamos también que los autócratas delirantes eran  una lacra propia de los países subdesarrollados, pero ahí tenemos de vecino a un gobernante que se comporta menos como tal gobernante que como un patrón del narcotráfico y que se permite amenazar al mundo con una guerra nuclear, mientras destruye un país con estrategias que tienen  menos de militares que de homicidas.

Hay quienes se distraen en suponer que algún día, gracias al perfeccionamiento de nuestros códigos de civilización, el mundo será un lugar sin conflictos ideológicos, sin tensiones internacionales y sin luchas interclasistas, pero es muy probable que ese futurible no pase de ser una utopía demasiado cándida, sobre todo porque el factor determinante para la consecución de esa utopía es el género humano, que tiende por naturaleza al desarrollo afanoso de distopías. Llevamos en la mente ese defecto de fábrica, esa irracionalidad congénita, esa atracción por los abismos. Ahora, cuando deberíamos estar escarmentados por los precedentes históricos, los caudillos de la ultraderecha ganan fuerza en Europa, nostálgica de repente de no sabe uno qué antiguas esencias patrióticas y, a la vez, entusiasta de la ingenuidad colectiva ante los discursos simplificados que mezclan la demagogia chulesca y burda con la promesa de purificación de la clase política como paso previo para purificar la sociedad en pleno.

         Y es que ya no sabe uno si lo que nos corresponde es llevar en la mano un teléfono de última generación o un garrote.


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martes, 22 de marzo de 2022

EL TRÁNSITO

 (Publicado el viernes en EL CULTURAL)




Una paloma ha elegido mi terraza para su agonía.

El encuentro inesperado nos sobresalta a ambos,

pero ella al instante parece comprender:

yo no soy el heraldo de su muerte,

y sigue, indiferente, en un rincón,

con el plumaje hinchado.

 

Diré lo previsible: en sus ojos creo leer

una súplica, un desvalimiento

ante lo para ella incomprensible:

¿qué es la muerte,

la enemiga de su vuelo,

esa cosa invisible que la postra

en territorio extraño?

 

Hace un momento se ha mudado a una zona de sol,

buscando alivio al frío que sin duda le invade,

el bálsamo de luz que ahuyente el mal.

 

Sé que dentro de unas horas

tendré que recoger su cadáver

y escribo esto por no poder decirle:

“Tranquila, pasará pronto.

Lo peor de la muerte es conocerla

desde mucho tiempo antes de morir.

Tú pudiste volar y fuiste eterna”.


F.B.R. 2021

lunes, 21 de marzo de 2022

domingo, 20 de marzo de 2022

LA GENTE

 (Publicado en prensa)



Los analistas geopolíticos se afanan en desentrañar las causas de la invasión de Ucrania, pues no hay sinsentido que no admita un examen razonado, pero lo que resulta difícil es encontrarle -con geopolítica o sin ella- la más mínima justificación, en especial si partimos de la convicción de que una guerra, la gane quien la gane, la perdemos todos, al ser cualquier solución bélica un fracaso no sólo de nuestro concepto de civilización, sino también de nuestro concepto de mera humanidad.

A estas alturas de la Historia, con su cúmulo de escarmientos, una guerra degrada al género humano y lo sitúa a la altura del salvajismo, de la sinrazón y del delirio. Hoy por hoy, la barbarie es más barbarie que nunca, entre otras cosas porque parece comprobado que el recurso a la fuerza para solucionar un conflicto deriva en una paradoja: la solución acaba siendo el problema.

Putin ni siquiera se ha molestado en apoyar su guerra en un discurso acogido a la lógica de la irracionalidad, ya que le han bastado los simples pretextos. Entre otros, el de evitar un presunto genocidio en las zonas prorrusas del este de Ucrania, aunque ha optado por evitarlo de una manera un tanto extravagante: llevando a cabo un genocidio en el resto del país invadido, y a costa además de la vida de un número considerable de soldados rusos, que han muerto o van a morir para satisfacer el sueño megalómano de una mente criminal.

Nadie ignora que la OTAN no se rige por el mismo código que un santuario budista ni que EEUU tiene un largo historial de hipocresía y de vandalismo en su política exterior, pero no parece oportuno en este momento recurrir al memorial de infamias propias, sobre todo a partir del instante en que Putin, un narcisista embriagado de poder y de sí mismo, ordenó activar el estado de alerta en el arsenal nuclear ruso o, lo que es lo mismo, a amenazar al mundo con una destrucción a gran escala. Dar ese paso supone cruzar la frontera del infierno. Resulta complicado, en fin, aplicar parámetros de estrategia geopolítica a una estrategia de apariencia meramente psicótica.

La enseñanza más desoladora que nos proporciona esta guerra es la de la fragilidad de nuestro mundo, de nuestra forma de vida y de nosotros, los espectadores de este juego macabro en cuyo desencadenamiento y solución no pintamos nada y en el que estamos implicados de lleno por vía tangencial. Tendemos a confiar nuestro destino común en manos peligrosas y somos esos entes abstractos que votan de vez en cuando como quien juega a la ruleta, incluida la rusa. Somos los extras que padecen o mueren en medio de una obra teatral que escriben otros. Somos “la gente”. Es decir, nadie.


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sábado, 19 de marzo de 2022

LA PROPIEDAD DEL PARAÍSO


Hasta el 28 de marzo está disponible la opción de reservar un ejemplar con dedicatoria y recibirlo a principios de abril.

En la web de El Paseo Editorial se indican los pasos:

http://elpaseoeditorial.com/es/inicio/103-la-propiedad-del-paraiso-9788419188021.html?fbclid=IwAR0BFCQFYthvwXn6p_KW-8BFN56dxdZJE3-fXv5ztvM-aIYKDoEjOxw_WJk

En librerías, a partir de la tercera semana de abril.

miércoles, 9 de marzo de 2022

LA PIEL

 



LA PIEL

Directora: Liliana Cavani

(1981)

FILMIN

40 años después, he vuelto a ver esta película, basada en el libro homónimo de Curzio Malaparte, aquel personaje escurridizo, acomodaticio, narcisista y sumamente turbio que fue protegido de Mussolini y a quien Mussolini acabó encarcelando, aunque no porque el escritor derivase en antifascista, sino más bien porque fue un ultrafascista que se enfrentó, desde su vanidad intelectual, a jerarcas más poderosos que él. Tuvo suerte: aquellas detenciones le sirvieron a la larga para blanquear su pasado.

Tanto Kaputt (fruto de su tarea como corresponsal en el frente oriental durante la Segunda Guerra Mundial) como La piel (sobre la vida en Nápoles tras la llegada de las tropas de liberación norteamericanas) me parecen libros magníficos, tanto por lo que cuentan como por cómo lo cuentan... aunque en Malaparte nunca se sabe si cuenta una media verdad o una media mentira. (Se sospecha, por ejemplo, que la primera versión de Kaputt era germanófila, hasta que se dio cuenta de que los alemanes iban a perder la guerra y la modificó).

Estilista barroco, tendente al efectismo -incluso al tremendismo-, vanaglorioso y de principios morales sospechosamente variables, esos dos libros suyos resultan, en fin, fascinantes, aunque tal vez más como literatura que como testimonio, por lo dicho de su volubilidad moral.

Liliana Cavani, en su película, que en esta revisión me ha parecido bastante buena, pone el acento en los aspectos más grotescos y macabros del libro, y lo hace a mi entender, en fin, con muy buen pulso -no era fácil- y con muy buen resultado.

domingo, 6 de marzo de 2022

LA FRAGILIDAD

 









La pandemia puso a prueba nuestra capacidad para enfrentarnos a un dislocamiento repentino de la realidad. Por una cosa o por otra, todos nos convertimos en epidemiólogos, en virólogos y en vacunólogos espontáneos. Ahora hemos pasado de la fatiga pandémica al estupor bélico: Rusia invade Ucrania y de repente nos vemos obligados a añadir a nuestro currículo el título de experto en geopolítica, a pesar de que el punto de partida no es el idóneo: incluso algunos de nuestros cargos públicos siguen convencidos de que el de Rusia es un régimen comunista, lo que no deja de ser tan exacto como suponer que la Junta de Andalucía está en manos de caudillos musulmanes.

         Puesto que la ultraderecha española se ha concedido el derecho a legitimar todos los disparates que se les pasen por la cabeza a sus histriónicos representantes, no duda en achacar a los socios del Gobierno central una complicidad ideológica con el dirigente ruso, lo que no deja de resultar un poco desconcertante, dada la simpatía recíproca –más estratégica que estrictamente emocional- entre Putin y los líderes de las ultraderechas europeas, a las que se sospecha –y algo más- que financia, en parte por sintonía ideológica y en gran parte por su afán de desestabilizar desde dentro las democracias occidentales.

         En el frente ideológico contrario, algunos socios gubernamentales se han opuesto a la ayuda militar a Ucrania con el argumento, igualmente desconcertante, de que las armas agravan los conflictos bélicos. (Sin duda, sobre todo si no tienes armamento para defenderte de quienes te atacan). Como alternativa, abogan por agotar la vía diplomática con un dirigente que se ha burlado desde el principio de la diplomacia internacional. Gracias a ese espíritu flower power, se supone, no sé, llevando las cosas al terreno de la caricatura fácil, que España debería enviar a Ucrania un lote de libros de autoayuda, en el que no podrían faltar El arte de no amargarse la vida y Cómo hacer que te pasen cosas buenas. Por otra parte, renegar de la OTAN en medio de una crisis bélica de alcance potencialmente mundial viene a ser, aparte quizá de inoportuno, tan sensato como beberte el gas de un extintor en mitad de un incendio para no deshidratarte a causa del calor.

         Pero incluso los despropósitos admiten matices… Lejos de representar un ideal comunista (por si alguien sigue empeñado en ignorarlo: el Partido Comunista es minoritario en la Duma Estatal), Putin es hoy un autócrata de facto acogido a la doctrina económica del todo vale -incluidas en ese privilegio las mafias, siempre y cuando no se inmiscuyan en las decisiones políticas-, aunque su figura quizá no puede entenderse sino como una herencia directa del KGB y, por tanto, del espíritu más siniestro de la URSS, aquella utopía humanista que derivó en una pesadilla distópica.

Cayó como tal la URSS, cambió de nombre el KGB, cambiaron de bando ideológico Putin y la mayor parte del pueblo ruso, pero lo que no cambió en su esencia fue el propio Putin, que ha pasado de ser un asesino selectivo a convertirse en un criminal de guerra con aspiraciones de genocida. Podría suponerse que el comunismo ruso acabó siendo una especie de enfermedad mental colectiva que optó por redimirse mediante la adopción de otra enfermedad mental: un capitalismo radicalizado que se avergüenza de serlo. Del “salvémonos todos”, en definitiva, al “sálvese quien pueda”.

         Otro matiz: con respecto al envío de armas a Ucrania, tal vez hay que entenderlo más como un deber moral que como una vía de solución. Por mucho que nos conmueva su discurso heroico de resistencia, Ucrania tiene perdida la guerra de antemano, por la sencilla razón de que Putin no puede permitirse perder esta guerra y tiene además capacidad sobrada para convertir Kiev, en un abrir y cerrar de ojos, en un escenario idéntico al de Berlín en 1945, por ejemplo. A poco que el presidente ruso se tope con un par de contrariedades en su plan de invasión y ocupación, es más que probable que opte por soluciones expeditivas que da escalofrío imaginar. La estrategia de destrucción progresiva puede dar paso, en cuestión de minutos, a una maniobra de destrucción fulminante.

         Los gobernantes ucranios, en su lógica desesperación, suplican la intervención de la OTAN en el conflicto, aun sabiendo de sobra que un simple disparo de un soldado de la OTAN en territorio ucranio magnificaría el conflicto hasta extremos de consecuencias casi inconcebibles, ya que si Putin tiene la habilidad –entre calculada y delirante- de acogerse a pretextos imaginarios para justificar sus acciones, mejor no imaginar nosotros lo que puede ocurrir si el pretexto fuese real.

         El corazón nos susurra que Ucrania debe vencer al invasor, pero la razón concluye que esa victoria es imposible. A lo sumo, una vez ocupada ante la obligada pasividad del resto del mundo para que el mundo siga siendo mundo, le quedaría la opción de la resistencia clandestina, de la escaramuza y el sabotaje, pero me temo que poco más, y tampoco en eso tendría el éxito asegurado, por la larga experiencia rusa en el control implacable de cualquier disidencia.

         Tanto la pandemia como ahora la amenaza bélica global nos han dado, en fin, la medida de nuestras fragilidades como civilización, cuyos cimientos pueden tambalearse por un virus y cuyo edificio puede demolerse por decisión de un megalómano con una mentalidad menos cercana a la politología que a la psicopatología.

Porque lo impensable acaba siendo posible. Porque así se escribe la Historia. Porque así se empeñan algunos en reescribirla.


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miércoles, 23 de febrero de 2022

LA CUOTA

 (Publicado en prensa)


Permítanme que me meta hoy en camisa de once varas, por mi desconocimiento técnico de lo que voy a tratar: la controvertida modificación de la cuota a la Seguridad Social por parte de los autónomos. Ese desconocimiento técnico se corresponde, no obstante, con un conocimiento práctico: llevo casi 30 años en ese colectivo, a menudo aportando una cuota mensual mayor que mis ingresos mensuales, sujetos no sólo a la irregularidad, sino también -y sobre todo- a la incertidumbre.

         En un principio, el Gobierno prometió la rebaja de la cuota, lo que tuvo como resultado paradójico la subida de la cuota. Gracias a esa subida, se supone que el autónomo adquirió un derecho que hasta entonces le estaba vedado: el derecho a enfermar. Es decir, la subida resultaba beneficiosa si tenías la suerte de caer enfermo, pero te resultaba gravosa en el caso de tener la mala suerte de estar sano.

         El ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones -que da la impresión de ser proclive a la ocurrencia, y de ahí que a veces haya tenido que retractarse… o de que lo retracten- anda hecho un lío matemático con los autónomos, como consecuencia de lo cual los autónomos andan hecho un lío metafísico con el ministro.

         Hace unas semanas, propuso rebajar la cuota a las personas con ingresos más bajos y aumentarla a las personas con ingresos más altos, que es lo que se espera no ya de un ministro socialista, sino de un ministro con un sentido elemental y humanitario de la equidad contributiva. Pero se ve que cualquier ideología casa mal con las cuentas: ahora –esto cambia por momentos- propone una subida de 30 euros en la cuota de las personas con ingresos más bajos y una rebaja de 279 euros en la de las personas con ingresos más altos. Ahí la ideología no acierta uno a saber por dónde andará, y los parias de la tierra, la famélica legión, nos quedamos entre estupefactos y temblorosos.

         Para 2023, el ministro propone que un autónomo que tenga un rendimiento neto de 600 euros mensuales pague una cuota de 282 euros, con lo cual le quedarían 318 para cubrir sus necesidades básicas y para gastar el resto en lujos y caprichos.

No estoy seguro, pero, así las cosas, parece más ventajoso echar la persiana del negocio y acogerse al salario mínimo vital que perder el tiempo trabajando, ya que el hecho de trabajar para ganar menos que un parado es un sacrificio patriótico que no todo el mundo tiene el temple necesario para asumir.

De todas formas, no hay padecimiento sin consuelo ni remedio: la clave está en no dormirse en los laureles, sino en luchar contra los imponderables de la macroeconomía y del destino, en hacerse estajanovista y ganar 4000 euros al mes, ya que de ese modo la cuota se te queda en 352 euros y puedes disfrutar a tu antojo de los 3648 restantes, lo que te daría incluso para convidar a marisco a fin de mes, en un gesto de caridad gremial, a uno de los menesterosos y desidiosos colegas del tramo inferior, que se supone que, en una economía boyante, no ganan más porque no quieren.

         Resulta muy coherente que ese ministerio se denomine de Inclusión, de Seguridad Social y de Migraciones, porque lo que te pide el cuerpo es excluirte de su régimen inclusivo, asumir con resignación tu inseguridad antisocial y emigrar, como antiguamente, en fin, a Alemania.


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domingo, 6 de febrero de 2022

TRÁMITES

 (Publicado ayer en prensa)


En nuestros días, hay pocas emociones tan intensas como la de intentar resolver un trámite administrativo por vía telemática.

Por no se sabe qué motivo, nuestros gobernantes suponen que quien más y quien menos es un experto informático y un habilidoso internauta, tal vez porque las historias de ciencia-ficción daban por hecho que, a estas alturas del siglo XXI, nos moveríamos por nuestras ciudades y pueblos en aeronaves aerodinámicas y llevaríamos trajes anatómicos de tejido plateado. No hace falta decir que esas predicciones no se han cumplido, al menos en el momento en que escribo estas líneas, pero parece ser que la obligación del manejo popular de Internet viene a servir de consuelo para esa decepción.

         Entra uno en la página de algún organismo público y de inmediato empieza la aventura, muy parecida a la de adentrarse en una pirámide maldita repleta de trampas, de pasadizos engañosos que no llevan a ninguna parte, de laberintos que te devuelven al punto de partida y de cámaras herméticas en la que no sabes cómo has entrado ni cómo salir.

Para empezar, lo difícil es empezar: encontrar el apartado que buscas, que es algo que puedes lograr de tres maneras: 1) por intuición, 2) por azar y 3) mediante el método de hacer clic en todas las casillas hasta que des con la tuya.

Lo frecuente es que, durante el proceso, acabe uno maldiciendo al organismo en cuestión como ente abstracto y a los programadores como entes anónimos, aunque algo más concretos que el organismo en sí. (Algo es algo). Se imagina uno a esos programadores en el instante de colocar sus trampas. Por ejemplo: “Una vez que el usuario haya rellenado sus datos, pon una casilla en la que se le pida si se acoge al protocolo XBY o al DXL”, le indica el programador jefe a su ayudante, que le pregunta: "¿Y qué es eso?”. El jefe le responde: “Nada, pero así le creas la angustia de la indecisión”. Como no hace falta decir, tanto si eliges la casilla del protocolo XBY como la del DXL, te saldrá una ventana emergente para advertirte de que se ha producido un error de reconocimiento del requisito 135, de modo que tendrás que volver a la página de inicio, donde teclearás tus datos de nuevo, pues ese retroceso los habrá borrado. ¿Y? Pues lo lógico: una vez cumplimentados tus datos por segunda vez, de nuevo te dará error en lo del 135. Pinchas en AYUDA para enterarte de qué es con exactitud el requisito 135, y allí te lo explican amablemente: “Para verificar sus datos, adjunte archivo de identificación 156 en formato VTV o JXLI”, así que vuelves a pinchar en AYUDA para consultar en qué se diferencian esos formatos: “Seleccione interfaz de procesamiento correlativo en función de su IPTR. No válido en PC2W”.

De manera que te vas a la cocina, coges una cacerola, te la colocas bocabajo entre las piernas y te pones a aporrearla como si fuese un tantán, aullando para ahuyentar a los demonios telemáticos que se te han colado en la casa.

Nostálgico, en fin, de la vida salvaje, en la que la firma digital consistía en dejar la huella de tu mano en el muro de la cueva.


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domingo, 23 de enero de 2022

EL TENISTA

 (Publicado ayer en prensa)




El puritanismo moderno ha sabido adoptar muchos disfraces, incluido el del progresismo. Por motivos morales o ideológicos –en el caso de que ambos no sean casi lo mismo-, tendemos a darnos el gusto de censurar sin matices, en parte por la falta de conocimiento de esos matices, de modo que solemos disparar a bulto, que es la modalidad más cómoda del disparo después de la de disparar al aire.

         En medio del revuelo mediático formado en torno a Djokovic gracias al propio Djokovic, la directora de un periódico digital se indignó con un tertuliano televisivo que elogió los méritos tenísticos del jugador serbio: “¡No se puede ensalzar a ese individuo!”, de lo que cabría deducir que la militancia de Djokovic en el pintoresco y variopinto bando de los antivacunas convierte al actual número 1 del mundo en un deportista que sólo merece la condena y el ninguneo por parte de la sociedad civilizada y vacunada.

         Creo, no sé, que debería inquietarnos el hecho de que un vacunólogo eminente se negara a vacunarse por desconfianza en las vacunas, pero me temo que el negacionismo vacunal de un tenista –cuyos conocimientos científicos no suelen ir más allá de los relacionados con los dolores musculares- hay que encuadrarlo en el mismo ámbito intelectual que los principios politológicos de un individuo que se pone un gorro con cuernos de bisonte y asalta el Capitolio estadounidense, pongamos por caso.

         Djokovic es un tenista prodigioso, lo que no quita que tenga repentes de botarate, tanto dentro como fuera de la pista. Gracias a lo primero, está deportivamente donde está; por culpa de lo segundo, está ahora en su casa en vez de estar defendiendo el título de campeón en Melbourne. No es raro que, en mitad de un partido, ese cable pelado que parece tener dentro de la cabeza haga un mal contacto y le provoque un arrebato de furia, más propio de un jugador adolescente que de un ganador de 86 títulos individuales, pero predomina en él la deportividad, el respeto al contrario, y es uno de los pocos jugadores del circuito que tienen un buen perder, aunque es algo que no puede exhibir a menudo, porque no pierde casi nunca. Incluso tiene sus inclinaciones espirituales: aparte de practicar el cristianismo ortodoxo, durante un tiempo contrató los servicios de un gurú, de nombre Pepe Imaz y riojano de nacimiento, que se dedica a advertir al mundo del peligro de los anunnakis, de los iluminati y de los reptilianos, y creo que con eso está dicho casi todo.

Minusvalorando la autoridad de esos seres maléficos, que sin duda están detrás de los gobiernos y de la industria farmacéutica, Djokovic, demasiado convencido de ser Djokovic, optó por retar a todo un país y, de paso, al sentido común. Perdió el partido en segunda ronda.

Como gesto desconcertante, o quizá no tanto, ha comprado el 80% de una empresa danesa que desarrolla un medicamento contra el covid.

Algo es algo.

domingo, 9 de enero de 2022

LA CARNE

 


(Publicado ayer en prensa)


Como el ambiente político está como está, un simple mechero puede convertirse en una bomba de hidrógeno.

A pesar de que la función de un ministro no consiste tanto en denunciar problemas como en intentar solucionarlos, el ministro de Consumo hizo unas declaraciones a la prensa británica que han sido consideradas por muchos como un ataque a la industria cárnica española. Hasta ahí bien: el ministro formuló algo constatable –el impacto medioambiental de la ganadería intensiva- y la industria ha replicado lo previsible. Cada cual, pues, en su sitio. La dialéctica, como quien dice.

Lo raro de este asunto es que ambos tienen razón, o al menos sus razones. Porque si bien los efectos dañinos de las macrogranjas están fuera de discusión, por mucho que se discuta sobre ellos, también lo está el hecho de que sin esas macrogranjas el consumo de carne no resultaría asequible para una familia por cuyas puertas solo entrase un salario mínimo interprofesional, pongamos por caso.

Y vamos así directos a la paradoja: la sostenibilidad puede acabar siendo insostenible.

Si queremos comprar un kilo de filetes a 14 euros, a alguien que no sea el comprador tiene que salirle caro, y ese alguien no es otro, en última instancia,  dejando al margen al animal que lo paga con su vida, que el planeta.

No cabe duda, al menos que yo sepa, de que un chuletón de Ávila o un solomillo de Kobe tienen mejor calidad que el paquete de carne picada que compramos en el supermercado, pero el problema no acaba siendo, en fin, la calidad, sino la posibilidad del acceso a su consumo. ¿Que sería conveniente reducir, por el bien del ecosistema y de nuestra salud, el consumo de carne? Parece ser que sí, pero tan conveniente como que no nos picasen los mosquitos o que existieran los unicornios. Porque la realidad no está hecha con nuestras ilusiones, sino más bien con nuestras contradicciones, y el objetivo no consiste tanto en neutralizar esas contradicciones como en conciliarlas con la sensatez y con el bien común, al menos dentro de lo posible, ya que no parecemos demasiado dispuestos a renunciar a los beneficios que nos brinda el progreso aun a costa de los perjuicios inherentes al progreso: queremos un planeta limpio a la vez que queremos estar en Madrid y a las siete horas estar en Nueva York, queremos frutas y verduras ecológicas, mimadas artesanalmente, al mismo precio que los alimentos transgénicos y tratados con pesticidas; queremos tener una vacunación triple mientras que buena parte de la humanidad no puede disponer de un analgésico, y así sucesivamente.

         La vida por la que hemos optado en el llamado primer mundo tiene su lado salvaje, su germen despreocupadamente destructivo, y nos sugestionamos de que estamos salvando el planeta cuando llevamos nuestros residuos a los contenedores de papel y de plástico. Sí. Tan sencillo como eso.

         A lo largo de la historia, el género humano ha demostrado una habilidad prodigiosa para darse la absolución, a menudo mediante la indolencia. Y en eso estamos. Entre el chuletón y la ecología. Entre la insostenibilidad de lo sostenible y la sostenibilidad peligrosa de lo insostenible.

Feliz año.


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