
En Lucera, un pueblo italiano -bonito, descacharrado y triste- de la región de Apulia, de pronto, al lado de la pulcra plaza del Duomo, este reclamo inquietante, porque calcula uno que el doctor De Peppo curará ya pocas cosas, aunque ahí sigue el cartel de su negocio, oxidado y artesanal, con la misma tenacidad que las ruinas clásicas, rotulado por alguien con poco pulso quirúrgico, desde luego.