domingo, 22 de marzo de 2026

CULPABILIDAD PERMANENTE

 (Publicado ayer en prensa)


La cantante Rosalía, de gira por las Américas, concedió una entrevista en la que, preguntada por la figura de Picasso, hizo estas declaraciones: “Nunca me ha molestado diferenciar al artista de la obra. Quizás ese señor, si le hubiera conocido, no me hubiera caído tan bien por las cosas que me han explicado. Pero, quién sabe, a lo mejor sí. No me importa, disfruto de su obra”.

Lo más misterioso del asunto es que a una joven cantante del siglo XXI le pidan, sin venir a qué, que enjuicie a un viejo pintor del siglo XX -y que el juicio no se centre en su pintura, sino en su comportamiento conyugal-, y es misterioso, entre otras cosas, porque su opinión al respecto resulta tan relevante para su público como lo sería el hecho de solicitarle su valoración del teorema matemático de Fermat.

         Bien, ¿dijo alguna barbaridad Rosalía?, ¿fue la suya una declaración insultante para colectivos marginales, vulnerables o susceptibles de ser especialmente susceptibles? Creo que no, salvo que se padezca algún trastorno de discernimiento de las muchas realidades que componen la realidad: se puede disfrutar de la obra de Picasso y reprobar su conducta con sus sucesivos amores y amoríos, a menos que estemos convencidos de que el arte pictórico se sustenta en la moral.

Aparte de eso, al ver un retrato de Dora Maar pintado por Picasso no todo el mundo está informado de que, además de pintarla, el artista le daba palizas bestiales, según el testimonio de, entre otros, Paul Éluard. Cabe aplicar al espectador de la obra de Picasso, en fin, la presunción de inocencia. (Y que los más avisados se reserven la posibilidad de ver en “Las señoritas de Avignon” no un experimento cubista, sino una apología de la prostitución).

Hay quienes piden que la obra de Picasso, maltratador y machista, sea retirada de los museos, aunque de momento nadie se ha atrevido a proponer que el hueco que deje sea ocupado por la obra de un pintor intrascendente como tal pintor, pero ejemplar como marido.

         Sea como sea, la cantante Rosalía, tras la presión y la catarata de insultos que padeció por sus declaraciones, ha acabado pidiendo perdón en público, y ahí es donde creo que se ha equivocado: no resulta prudente ceder a la vocación inquisitorial de quienes se proclaman puros y puras de espíritu, porque de ese modo estamos dándoles argumentos para ejercer una de las aficiones más arraigadas en el ser humano: la censura y condena de cualquier insignificante divergencia del prójimo con respecto a la ortodoxia fijada como tal por algún colectivo dominante.

A poco que nos descuidemos, seremos culpables, en suma, de algo que ni siquiera sospechábamos.

         En otro ámbito, el rey Felipe VI ha reconocido –aunque de manera informal y con la boca chica- que hubo “abuso en la conquista de México”, cabe suponer que casi tanto como en la casa de Picasso. Al final, el expresidente López Obrador, hombre de pensamiento lento, se ha salido con la suya: exigía que España pidiese perdón de manera sumamente retrospectiva por los desmanes de la Conquista.

Ahora podemos devolverle la pelota al país hermano y exigir a la presidenta Sheinbaum que pida perdón a la Humanidad en pleno por las más de 5000 mujeres asesinadas en México durante 2025. O por las miles de muertes ocasionadas por el narcotráfico. O por el índice de corrupción política y policial de su país.

         Y es que Picasso no tiene la culpa de todo.  


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martes, 10 de marzo de 2026

MÁS IMPERIO

 


Es más fácil que sepamos si los androides sueñan con ovejas eléctricas que saber con exactitud lo que sueña Donald Trump con respecto al futuro del mundo, más allá de adivinarle al pintoresco presidente un talante imperialista y mesiánico, destructivo y mercantilista, conforme a su mentalidad megalómana e infantiloide, con el capricho por guía y con la pataleta como recurso de autoridad.

         Mientras anda entretenido en convertir Irán en otra escombrera, ya amenaza con hacerse con el control de Cuba, en la que parece ser que se reserva a Marco Rubio un destino de virrey. (“Dejen de lado por un momento el hecho de que en Cuba no hay libertad de expresión, ni democracia, ni respeto por los derechos humanos”, según Rubio. “El problema fundamental de Cuba es que no tiene economía”, agregó, por si no quedaba claro el único interés de EEUU por el dominio de la isla).

         En Cuba, llegado el momento, el payaso loco va a tenerlo fácil: aquello es ya prácticamente una escombrera, y no creo que necesite más explosiones que las de los fuegos artificiales que celebren el paseo triunfal de las tropas norteamericanas por las calles con socavones y cúmulos de basura de La Habana, porque allí la gente se ha pasado décadas viviendo bajo la bota del difunto Fidel, un charlatán disfrazado de militar que prometió igualdad y que, curiosamente, cumplió con lo prometido, bien que de una manera un tanto inesperada: convertir a todos los cubanos – sobre todo cuando la isla perdió su condición de concubina de la URSS- en pobres de solemnidad. Bueno, a todos no, porque la “nomenklatura” –y no hablo de oídas- vive allí en una plácida burbuja aproximadamente capitalista, hasta el punto de que a un enfermo no se le suministran medicamentos, alegando carestía de ellos por el celebérrimo y absurdo embargo, pero a una señora con un cargo público–y no hablo de oídas- se le practican cuantas operaciones de cirugía estética crea necesarias para sentirse a gusto con su imagen.

         Hace años, Fidel Castro apareció en la lista Forbes de los más ricos del mundo, cifrando su fortuna en 900 millones de dólares. Un amigo mío que vivió durante largas temporadas en La Habana me comentó: “No creo que sea cierto. Fidel no necesita tener dinero, porque es el dueño de Cuba entera. De las personas y de las cosas”.

         Más que un régimen comunista, Cuba ha sido –y sigue siendo- un régimen retórico. Frente a la eficiencia, la elocuencia. Frente a la gestión, la perorata. En sus muros pueden leerse eslóganes como el de PATRIA O MUERTE, que suena a aquel viejo chiste de “¿Makumba o muerte?”. Y es que entre la revolución y la muerte hay un abanico de opciones, casi todas preferibles para alguien que no tenga complejo de héroe nacional, y ese ha sido uno de los muchos problemas de los mandatarios cubanos: el haber reducido la realidad a esa disyuntiva desatinada.

La ciudadanía podía carecer de alimentos y de medicamentos, pero no de discursos de varias horas de duración.

         Tristemente, se imagina uno a los cubanos como a los habitantes de aquel reino indeterminado y decadente del poema de Cavafis que ansiaban la llegada de los bárbaros como una solución.

         Allí Trump, ya digo, va a tenerlo fácil, sin necesidad de disparar ni una bala. Además, la isla es idónea para construir resorts de lujo. Tan idónea como la franja de Gaza. De manera que todo en orden.

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