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lunes, 6 de abril de 2009

SOBRE "OFICIOS ESTELARES"


VIDAS, PORTENTOS, PESADILLAS

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN


(Artículo publicado en La Nueva España, 18-3-09)



UNA cita de Walter Arias, protagonista de la más desquiciada y atinada de sus novelas, El novio del mundo, inicia el volumen en el que Felipe Benítez Reyes reúne su cuentos completos: «Hay que contar todo: lo que ocurre y lo presentido, lo previsto y lo improbable, lo que creemos ver y lo que imaginamos soñar».

En la nota final, sin énfasis ninguno, con un reiterado escepticismo hacia las formulaciones teóricas, ofrece algunas observaciones sobre su manera de entender la narración: «Para mí el relato es un espacio irremplazable para ensayar voces de entelequias fugitivas, para experimentar con tonos de conciencia, para calcular estructuras narrativas que se sostienen sobre el pilar de lo visto y lo no visto, para arriesgar en unas líneas la sugerencia de algo inabarcable, para componer universos que caben en la palma de la mano y que aspiran sin embargo a ofrecer una medida del mundo». Y luego añade que «importa tanto lo que se cuenta como lo que se deja de contar», puesto que «todo relato es más una sugerencia que una especificación, menos una explicación que un indicio. Algo que en gran medida empieza cuando acaba».

Pocos narradores tan variados y tan unitarios como Felipe Benítez Reyes. Comienza Un mundo peligroso (1994), su primer libro de cuentos, con «Herramientas de viaje», la historia de un hombre que viaja con la imaginación; termina Fragilidades y desórdenes, el libro inédito que cierra el volumen, con «Todos los demás», la historia de un hombre que se dedica, después de jubilarse, a «ensoñar destinos», a vivir las vidas que le habría gustado vivir. La sátira del ambiente literario, iniciada en el libro inicial con «El alumno», se continúa en «El mundo como juego de billar», de Maneras de perder (1997), y concluye por ahora con «Círculo restringido», del libro inédito. El tono se va haciendo cada vez más sarcástico; la amable parodia se convierte en farsa, los personajes en muñecos. Gusta Felipe Benítez Reyes del mundo del circo («El Oriente casual), de los juegos de magia («El aprendiz de mago»), de las historias de fantasmas («La visita»), de los sueños que se sueñan dentro de otro sueño («La trama hipnótica»).

Gómez de la Serna y Borges se encuentran entre sus maestros, también Nabokov y Kafka. Una breve fábula del último libro se titula, con doble homenaje, «Un borrador de Borges encontrado entre los papeles neoyorquinos de Abelardo Linares». De Borges toma Benítez Reyes los apuntes breves, a medio camino del poema en prosa, no las elaboradas ficciones metafísicas de falsa erudición. «La soledad», «Crossroad» o «Trafalgar: trece simetría», incluidos cada uno en un libro distinto, pueden servir de ejemplo. Miméticamente borgiano resulta el final de «Taller de imaginero»: «Como en un ritual de espejos, un hombre ha dado forma al dios que le dio forma». De Gómez de la Serna le viene el gusto por el mundo del circo y la juguetona fantasía disparatada, casi infantil; también el estilo ingenioso que a veces se enreda con alguna greguería. De Kafka, elaboradas parábolas de plurales e imprecisos sentidos como «Necesidad del monumento» o «Historia universal». El humor perverso, la astucia narrativa, provienen, me parece, de Nabokov.

Pero el resultado es, con mínimas excepciones, inconfundiblemente propio. Hay unas cuantas obras maestras en esta suma narrativa, escrita a lo largo de más de un cuarto de siglo, que algo tiene de enloquecido caleidoscopio. Dejo al lector el placer de encontrarlas. Yo voy a limitarme a señalar algunos de mis relatos preferidos. «Nunca entre en Rodie's», por ejemplo, con su comienzo realista y su final fantástico; «El vigilante», breve historia de terror; «El maestro» y su sabio manejo de la elipsis, todos ellos incluidos en Un mundo peligroso. Del libro siguiente, me quedo con «La condición quimérica», que comienza entremezclando fantasías de espadachines con humillada cotidianidad y acaba, más allá de los habituales juegos, convertido en una hermosa historia de amor imposible; añado «El vendedor de zumo de naranja», donde un ciego imagina las naranjas como «pequeñas esferas mágicas, cargadas de dulzor y de aspereza, que aromaban el mundo, esa casa pequeña y tenebrosa».

En el último libro hay un ejercicio de ingenio que puede dar mucho juego en las clases de lengua española, «La cosa», un relato que en todas sus frases emplea la palabra «cosa», dándole toda la infinidad de sentidos que tiene en el habla cotidiana. Jardiel Poncela, que escribió relatos sin una letra, gustaba de estos juegos. Yo prefiero la ternura escondida tras «El fantasma familiar» o el humor fantasioso y costumbrista de "El hermano».

La exigencia de que los libros de relatos mantengan una unidad le parece a Benítez Reyes «lo mismo que exigirle unidad a un bosque o, en un plano más modesto, a una ensalada». Él prefiere que sean «una caja de sorpresas».

Sorpresas para todos los gustos hay en Oficios estelares, colección de vidas, portentos y pesadillas, que nos habla de la verdad de los sueños, la condición quimérica del hombre, la improbable realidad de cualquier realidad.




sábado, 4 de abril de 2009

BIBLIOGRAFÍA DE FBR





BIBLIOGRAFÍA



POESÍA

Paraíso manuscrito, Calle del Aire, Sevilla, 1982
Los vanos mundos, Maillot Amarillo, Granada, 1985
Pruebas de autor, Renacimiento, Sevilla, 1989
La mala compañía, Mestral, Valencia, 1989
Sombras particulares, Visor, Madrid, 1992
Vidas improbables, Visor, Madrid, 1995; 2ª ed. Rusadir, Melilla, 1995; 3ª ed. Casa del Pueblo de la UGT, Sevilla, 1997 (Edición norteamericana: Boa Editions)
El equipaje abierto, Tusquets, Barcelona, 1996; 2ª ed. Orbis-Fabbri, Barcelona, 1997
Escaparate de venenos, Tusquets, Barcelona, 2000
La misma luna, Visor, Madrid, 2006





RECOPILACIONES Y ANTOLOGÍAS

Poesía 1979-1987, Hiperión, Madrid, 1992
Paraísos y mundos (Poesía reunida), Hiperión, Madrid, 1996
Trama de niebla (Poesía reunida, 1978-2002), Tusquets, Barcelona, 2003
Poesie scelte, ed. bilingüe, traducción de F. Luti, Pagliai Polistampa, Florencia, 2004
Simmetria e altre poesie, traducción de A. Ghignoli, Via del Vento, Pistoia, 2004
Poética y poesía, Fundación Juan March, Madrid, 2006
Poemas escogidos, Universidad de las Américas, Puebla (México), 2007
Laboratorio de irrealidades, Diputación de Cádiz, Cádiz, 2008
Libros de poemas (y otros poemas, 1978-2008), Visor, Madrid, 2009


NOVELAS

Chistera de duende, Seix Barral, Barcelona, 1991; 2ª ed. Tusquets, Barcelona, 2004
Tratándose de ustedes, Seix Barral, Barcelona, 1992; 2ª ed. Tusquets, Barcelona, 1999 (Edición italiana: La Nuova Frontiera)
La propiedad del paraíso, Planeta, Barcelona, 1995; 2º ed. Tusquets, Barcelona, 2001
Humo, Planeta, Barcelona, 1995; 2ª ed. Booket, Barcelona, 1998 (Edición francesa: Quai Voltaire/La Table Ronde)
El novio del mundo, Tusquets, Barcelona, 1998 (Edición italiana: Fazi)
El pensamiento de los monstruos, Tusquets, Barcelona, 2002 (Edición italiana: Fazi. Edición rusa: AST)
Mercado de espejismos, Destino, Barcelona, 2007; 2ª ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 2007; 3ª ed. Booket, Barcelona, 2008 (Edición italiana: Fazi. Edición portuguesa: Sextante. Edición rumana: Rao)



RELATOS

Un mundo peligroso, Pre-Textos, Valencia, 1994
Maneras de perder, Tusquets, Barcelona, 1997
Oficios estelares (Los relatos, 1982-2008), Destino, Barcelona, 2009

NARRATIVA JUVENIL

Lo que viene después de lo peor, Booket, Barcelona, 1998 (Edición italiana: Mondadori)
El caballo cobarde, Alfaguara, Madrid, 2008


ENSAYO Y OTROS

Rafael de Paula, Quites, Valencia, 1987
Bazar de ingenios, La General, Granada, 1991
La maleta del náufrago, Renacimiento, Sevilla, 1992
Palco de sombra, Renacimiento, Sevilla, 1996
Gente del siglo, Nobel, Oviedo, 1997
Ronda. Cuaderno de ruta, Ceder, Ronda, 1999
El ocaso y el oriente, Arguval, Málaga, 2000
Papel de envoltorio, Renacimiento, Sevilla, 2001
Los libros errantes, Anaya, Madrid, 2002
Don Quijote y don Juan, muñecos míticos, Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga, 2005


TEATRO

Los astrólogos errantes, Espuela de Plata, Sevilla, 2005


TRADUCCIÓN

-T.S. Eliot, Prufrock y otras observaciones, Pre-Textos, Valencia, 2000.
-Vladimir Nabokov, Cinco poemas, Ultramar, Santander, 2004


miércoles, 1 de abril de 2009

UN PRINCIPIO INCONCRETO




UN PRINCIPIO
INCONCRETO

(Artículo publicado en EL CULTURAL de El Mundo,
en la sección PRIMERA MEMORIA)


Sonará raro, pero no tengo conciencia de ningún primer libro como tal. Lo primero que publiqué, en 1979, a mis 19 años, fue un cuadernillo de poemas. Lo titulé Estancia en la heredad, aunque no sé qué puede sugerir ese título, en el caso de que pueda sugerir algo. Salió como separata de una revista que llevaba yo en mi pueblo con unos amigos aficionados a las divagaciones. Se hicieron 350 ejemplares.

En 1982 publiqué el que sería, en rigor, mi primer libro de poemas: Paraíso manuscrito. Hace años, me hubiese dado apuro decir que ese título me vino a lo largo de un sueño. Hoy ya no. (La anomalía, como saben ustedes, tiene precedentes ilustres y mucho más graves: el poema “Kubla Khan” de Colerigde, sin ir más lejos.) Alguien, a lo largo de ese sueño, me decía que había escrito un libro titulado Paraíso manuscrito. Cuando desperté, comprendí que ese alguien era yo.

El libro reúne los poemas que escribí entre 1979 y 1981. Mejor dicho: algunos de ellos, porque a esa edad resulta muy cómodo el tránsito de la revelación estética al desengaño estético, a veces en cuestión de horas, quizá porque anda uno configurando un modo de entender la poesía en general y un modo particular de escribir poemas, así que la inseguridad se alía con el optimismo, que es una alianza bastante exótica. El resultado –se me olvidaba decirlo- suele ser una escritura excesiva: cree uno que es suficiente que se le ocurra un poema para poder escribir un poema, cuando el proceso suele ser muy diferente: escribir un poema para intentar que ocurra un poema, al margen incluso del poema mismo. De todas formas, ese casi obligado periodo de escritura entusiasta lo pasé en la adolescencia, en torno a los 16 años, y llegué a la mayoría de edad con el ánimo más sosegado; es decir, con más prejuicios a la hora de escribir, y me gusta suponer que esos prejuicios constituyen una guía indispensable para quien no quiera perderse en los laberintos de sus propias ocurrencias.

Mi primera novela la titulé Chistera de duende. Mi primera novela publicada, claro está, ya que la primera empecé a escribirla a los 14 años, una edad mala para casi todo, aunque me temo que especialmente mala para escribir novelas. Creo recordar que llegué a la página 12, y ya resultaba heroica aquella extensión, porque lo cierto es que no sólo no sabía qué hacer con los personajes, sino que ni siquiera atinaba a configurarlos de la forma esquemática en que se traza un monigote en un papel: me limitaba a darles un nombre, que es tal vez el atributo ínfimo en la escala de necesidades de un personaje de novela -a menos que se trate, claro está, de una novela rusa.

Un día de 1989, Abelardo Linares me preguntó qué estaba escribiendo y le dije que acababa de terminar una novela. “¿Qué vas a hacer con ella?”, y no supe qué contestarle, porque la verdad es que no se me había ocurrido darle ningún destino. Me dijo que le gustaría leerla, de modo que se la envié, la leyó y, metido a agente espontáneo, se la hizo llegar, en una operación para mí secreta, a Pere Gimferrer, poeta postsimbolista y editor de Seix Barral.

A los pocos meses, me telefoneó Gimferrer y, a través de esos rodeos metafísicos que sólo él sabe dar para llegar a la formulación de un aspecto práctico, me dijo que estaba dispuesto a publicarla. Le di las gracias, firmé un contrato, corregí pruebas y me olvidé del asunto, hasta que, año y pico después de aquellos trámites, en enero de 1991, me llegó a casa un paquete con ejemplares de aquella Chistera de duende, que es un título que consiente una dislocación: ninguno de los duendes que conozco va tocado con chistera, al contrario, por ejemplo, que el Sombrerero chiflado de Carroll –y también en buena parte de Tenniel, que le dio un aspecto concreto e inmodificable a la entelequia.

Y todo parece que ocurrió ayer mismo.

lunes, 30 de marzo de 2009

ANDREA CAMILLERI




ANDREA CAMILLERI

(Prólogo a la traducción italiana de la novela Tratándose de ustedes, publicada por La Nuova Frontiera en 2002, en versión de Giorgio de Marchis, con el título de In via del tutto eccezionale.)




Antes de leer Tratándose de ustedes, reconozco que no conocía el nombre de su autor. Quiero inmediatamente confesar mi ignorancia porque sé muy bien las dimensiones de su vastedad y también porque, en este caso, sé que puedo encontrar fáciles justificaciones. La principal probablemente es que Felipe Benítez Reyes tiene la suerte de ser joven y de escribir en España: es casi imposible conocer todo lo que uno tiene tan cerca…

Pero tengo que reconocer que esta vez la sorpresa ha sido especialmente grata. Porque Benítez Reyes – autor del que yo espero se traduzcan pronto otras obras- con Tratándose de ustedes ha conseguido escribir un libro apacible y (¡cosa rara, rarísima!) también muy inteligente.

Apacible porque, leyendo la novela, se experimenta la sensación tranquilizadora de conocer perfectamente el mapa para encontrar indemnes la salida de su laberinto. Tratándose de ustedes nos habla, de hecho, en una lengua antigua pero conocida por todos aquellos lectores que desde siempre aman los inextricables enredos de historias.

Inteligente porque, una vez leída la novela, notamos que hemos pasado por un lugar totalmente nuevo, nos damos cuenta de que hemos visitado un país desconocido para el que nuestro mapa era completamente inutil y que hemos desafiado un laberinto del que, en realidad, no hemos salido nunca. Un lugar desconocido donde sobre todo se hablaba una lengua distinta, para la que simplemente no estabámos preparados.

Con esta novela de estructura al mismo tiempo tradicional y modernísima se experimenta, en dos palabras, el sutil placer de perderse, se goza de la renuncia a cualquier punto de referencia y, como en cualquier viaje, afortunadamente no turísticamente organizado, la unica pena es sólo cuando se llega al final, cuando volvemos a nuestra casa y nuestras sorpresas inevitablemente se domestican.

Es esta alternancia de modernidad y tradición, de dejá-vu y novedades sabiamente desconcertantes, lo que hace de la lectura de esta novela de Felipe Benítez Reyes un autentico placer. Yo la aconsejo como lector, no sólo como escritor.

Empresa meritoria publicarla. Creo que no hay mejor manera de estrenar una colección de novelas que publicar un libro como este que, a mi parecer, es sobre todo un cariñoso homenaje y una explícita declaración de amor a la sabiduría de quien escribe y al placer de quien lee.

sábado, 28 de marzo de 2009

ENTREVISTA CON FBR


ENTREVISTA CON PEDRO ESPINOSA


(Publicada en EL PAÍS, edición Andalucía. 20.3.09)




Lo primero es una cita. Un recuerdo a Walter Arias, uno de sus personajes de novela más inolvidables. "Hay que contar todo: lo que ocurre y lo presentido, lo previsto y lo improbable, lo que creemos ver y lo que imaginamos ver". Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, 1960) abre así su último libro, Oficios estelares (Editorial Destino), un repaso a 26 años de relatos, que incluye todos sus anteriores libros de narrativa breve y uno inédito.
"En literatura se puede contar todo, aunque también hay que saber lo que no hay que contar para que quede un margen de misterio, digamos. Un relato se hace de evidencias y de sugerencias, de revelaciones y de secretos. Se cuenta una historia y de fondo se está contando otra, que suele ser la importante", explica el autor. Benítez Reyes se recrea en la variedad de sus cuentos. "Soy partidario de que los libros de relatos no sean unitarios. Prefiero los caleidoscopios".

Es la segunda recopilación de su carrera y la publica muy poco después de repartirse entre las librerías su antología de poemas, artículos y novelas Laboratorio de irrealidades (Diputación de Cádiz). "Las recopilaciones son fundamentalmente prácticas. Rescatan libros agotados y ofrecen un dibujo de conjunto. Esta recopilación mía incluye además un libro inédito", detalla casi a modo de justificación.

El repaso de tantos años de literatura permite descubrir a un creador diverso y sorprendente, que se mueve a gusto rastreando en la cotidianidad de la realidad como indagando en los senderos más oscuros de la imaginación. "Practico ambas estrategias. En este libro hay de todo: historias realistas y fantásticas, probables e imposibles, suposiciones quiméricas y cotidianidad, personas de carne y hueso y monstruos imaginarios", repasa.
Sus musas son inesperadas pero él siempre está atento a sus repentinas apariciones. "Muchos de mis relatos suelen partir de la observación de un detalle minúsculo que luego someto a un proceso de amplificación. Observas algo, un hecho trivial, y adivinas de pronto la posibilidad de una historia. A fin de cuentas, el escritor tiene mucho de espía de realidades. Bueno, y de irrealidades también".
Benítez Reyes reconoce que se fija mucho en los que le rodean. "Yo observo mucho el comportamiento de los desconocidos en lugares públicos y les invento luego una historia que seguramente no tiene nada que ver con ellos, pero mi oficio es ése".

Hay en la labor de recopilación siempre un esfuerzo nostálgico, una autoevaluación de la que el escritor no huye pero en la que tampoco se recrea. Más que orgullo, sus relatos, leídos de nuevo ahora, le producen tranquilidad. "Salieron como quería que saliesen. Ya es bastante. No sé si lo último siempre es lo mejor. Hay que tener en cuenta que no todas las trayectorias literarias son ascendentes. De modo que hay que andarse siempre con cuidado: el hecho de haber escrito algo que esté bien no es garantía de que lo siguiente vaya a estar mejor. Ni siquiera igual. Uno no puede fiarse ni de sí mismo".

Los 17 relatos inéditos se engloban bajo un mismo título: Fragilidades y desórdenes. Son nuevas aportaciones tras un intenso ejercicio de repaso. "Casi preferiría que el sorprendido fuese el lector. El escritor está dispensado de tener que sorprenderse a sí mismo". Aunque confiesa haberse encontrado alguna ocurrencia inesperada. Es un viaje a un pasado literario pero no una búsqueda de sí mismo. Aunque de su nuevo libro broten las manías intransferibles y los recursos estilísticos de un mismo autor, se complace de la variedad del resultado final. Lo dice recién abierto su caleidoscopio.

Las neblinas de un Cádiz fantasmagórico


Ponerse a repasar toda una vida de relatos no detiene al ganador del Premio Nadal de 2007 con Mercado de espejismos. Su próximo trabajo será una novela. Una novela ambientada en las calles de Cádiz. Pero su viaje a la capital gaditana se llenará de tinieblas. "Un Cádiz fantasmagórico, un poco envuelto en neblinas", describe. Es un recorrido por una ciudad que admira. "Me parece una de las más bonitas y vivaces del mundo, al menos de las que conozco. Paso buena parte de mi tiempo allí, callejeando. El habla gaditana es muy creativa. La gente, en la vida cotidiana, se esfuerza por salirse de los patrones expresivos previsibles y se pone a jugar con el lenguaje", explica el autor.

Poeta. Novelista. Narrador. Felipe Benítez Reyes no encuentra género chico. Y no le gusta mezclar. "Las novelas las concibo como tales y los relatos como tales. Si se piensa, el relato tiene mucho de despilfarro, ya que una novela suele ser un relato prolongado. El relato, como el poema, se basa en la intensificación", reflexiona. "En cualquier caso, no hay que entender el relato como una novela escatimada ni como una novela embrionaria. El relato tiene su autonomía como género. Un género que ha dado muchas de las mayores obras maestras de la literatura".

No oculta su admiración a Borges. "Es un uno de mis autores magistrales, aunque más como poeta y ensayista que como narrador, a pesar de ser un narrador prodigioso con esa habilidad que tenía para convertir el truco en magia".

Paseará en su próximo trabajo por una Cádiz de neblinas. Una ciudad volcada ahora en el bicentenario de la Constitución de 1812, aclamada entonces entre las calles que le inspiran su nueva novela. Comparte el espíritu de la conmemoración pero le pide compromiso. "Estaría bien que sirviera para que los gaditanos recordaran su historia y se decidieran a hacer de nuevo de Cádiz un referente de progresismo".

ENTREVISTA


ENTREVISTA CON NURIA AZANCOT EN "EL CULTURAL" de EL MUNDO (2008)





Se ve que, como él mismo escribe , “la vida es demasiado larga, al menos para ser tan corta”, o quizá sea que a Felipe Benítez Reyes (Rota, 1960) le ha cundido mucho, porque acaba de reunir en Laboratorio de irrealidades (Diputación de Cádiz) una antología de poemas, relatos, novelas, teatro, ensayo y traducciones que son “espejos que reflejan espejismos de quita y pon”.


Pregunta: ¿Qué ha descubierto de sí mismo con esta antología general?


Respuesta: Precisamente, que uno siempre acaba siendo más o menos el mismo, aunque reflejado en espejos extraños. Espejos que reflejan espejismos de quita y pon.


P: ¿Qué le sorprende más del poeta que fue?


R: Que lo fuera. De todas formas, supongo que nadie está capacitado para sorprenderse de su pasado. Sería un malabarismo psicológico muy pintoresco. Llega un momento en que ni siquiera resulta sorprendente el futuro.


P: ¿Y del narrador?


R: Quizá que acertara a poner el punto final a historias potencialmente infinitas.


P: De todas formas, ¿se reconoce en sus primeros poemas, en sus primeros balbuceos narrativos?


R: En la misma medida fantasmagórica en que uno se reconoce en las fotografías antiguas.


P: Si escribir es una forma de entender la vida, ¿cómo explicaría la suya?


R: Es posible que una vida no admita explicación: se configura a fuerza de hechos incoherentes y pensamientos contradictorios, y lo curioso es que todo eso tiene como resultado una armonía anómala, aunque armonía al fin y al cabo.


P: ¿Se ha descubierto más poeta que narrador, más ensayista que poeta, más...?


R: Me temo que soy un escritor que padece diversos trastornos bipolares.


P: ¿Podría recordarnos alguno de sus primeros versos, esas letras de canciones en inglés-comanche?


R: La memoria es compasiva. Las tengo por ahí, en una carpeta, pero me da vergüenza leerlas. Uno se debe a sí mismo un poco de respeto.


P: ¿Soñó quizá ser Bob Dylan y se quedó en ...?


R: Yo soñaba más bien con ser Jimi Hendrix, pero ya estaba muerto.


P: De los autores que admiraba cuando comenzó a escribir, ¿a quién le ha perdido el respeto?


R: Creo que hay que ser respetuoso con los antiguos maestros aunque se les derrumbe el pedestal.


P: ¿Pero quién, y por qué, le resulta hoy imposible?


R: A los 20 años me gustaban mucho los poetas modernistas, incluidos los de cuarta fila. Hoy sólo llego a los de tercera. Va uno degenerando.


P: ¿Qué es lo que viene después de lo peor?


R: La calma, al menos si se es un poco taoísta.


P: ¿Y como escritor?


R: Como escritor, conviene ponerse siempre en lo peor en todos los aspectos, por lo que pudiera pasar, aunque nunca pase gran cosa.


P: ¿Qué tiene de Quijote y de don Juan, dos personajes que estudió?


R: De don Quijote, el desprecio por las armas de fuego. De don Juan, tal vez la capacidad de improvisar ripios de viva voz a la luz de la luna, o incluso a mediodía.


P: Al final de su antología confiesa que hay algunos libros que suprimiría... ¿Cuáles y por qué?


R: Varios. Pero no voy a delatarlos, porque son inocentes: la culpa es sólo mía. Además, la cosa no tiene ya remedio, y lo irremediable es un espacio hermético para el que no existe llave.


P: ¿Qué le gustaría escribir a continuación?


R: Una novela que tengo ya clara, dentro de lo que cabe. Pero el proyecto es tan imprudente y tan laborioso, que no veo el momento de abordarlo. Aunque está bien así: las obras aún no escritas tienen el privilegio de flotar en el ámbito platónico de la perfección. Luego viene lo que viene: la sombra.


P: ¿Sigue teniendo cuento para rato...? Lo digo porque acaba de ganar el NH de relatos...


R: Muchos piensan que el relato es una especie de faena de alivio. A mí me parece un género prodigioso si el resultado alcanza a ser prodigioso, claro está, como ocurre con todo. No hay géneros mayores ni menores, sino autores mayores o menores en el género que sea.


P: Incluye en el libro un ensayo sobre Luis García Montero, “poeta con brújula”. ¿Qué relación mantiene con él?


R: Una relación fraternal que dura ya treinta años. Al cariño puedo unir la admiración.


P: ¿Y con Ángel González?


R: Aparte del poeta único que fue, fue una persona única. No he conocido a otro melancólico tan respetuoso con la felicidad, que él sabía encontrar en cosas muy pequeñas.


P: ¿Qué fue de la saña contra los poetas de la experiencia como usted?


R: Eso se calmó un poco. Sólo parece persistir Gamoneda, él sabrá por qué.


P: ¿Qué clásico sigue entusiasmándole?


R: Todos aquellos que han sobrevivido a la fosilización y todos aquellos que han conseguido transformarse en fósiles portentosos.


P: ¿Y por qué poeta joven apuesta sin dudar?


R: Por todo aquel que dude de sí mismo sin dejar de estar seguro del poeta que es.


P: ¿Qué verso suyo recomendaría a un joven lector que no le haya leído?


R: Recomendar algo es siempre una imprudencia, porque se corre el riesgo de defraudar, pero recomendar algo propio es una petulancia. Aparte de eso, uno escribe por escribir, no para ser leído.


P: ¿Y un verso ajeno?


R: Tal vez uno de Lope: “Dar la vida y el alma a un desengaño”.

MERCADER DE ESPEJISMOS




MERCADER DE ESPEJISMOS


JUAN BONILLA

(Publicado en el diario SUR, 02-02-07)

A sus veintipocos ya era un maestro considerado como tal por los mayores y admirado por los más jóvenes. Sólo había publicado dos o tres libros de poemas de insólita madurez, y dirigía la mejor revista literaria de la época, Fin de Siglo, que uno buscaba ansiosamente cada tres o cuatro meses y bebía en un solo día entusiasmado. Su voz era elegante, descreída y sabia: la de alguien que prueba los trampolines que le ofrece la tradición para impulsar sus saltos a sabiendas de que los saltos importan más que los trampolines, porque aunque unos sean imposibles sin los otros, los trampolines no serían más que tablones situados a determinada altura sin que las piruetas de los saltos los justificasen.


Paraíso manuscrito -donde había un poema sobre un mercader que cada tarde extendía las manzanas, el tiempo-, Los vanos mundos, La mala compañía eran los títulos de sus primeros libros de poemas, en los que por una «solemne música hechizado», Felipe Benítez Reyes empezaba a construir un mundo donde triunfaba con enérgica gracia la mágica perplejidad ante el mundo, teñida a veces por el leve desengaño y el descreimiento de quien sabe que el mundo es una continua plantación de espejismos.


Como ya se había convertido en autor inevitable en nuestro panorama poético, le empezaron a crecer enemigos que, con insuficiente destreza, trataban de minusvalorar sus obras tomando de ellas lo anecdótico para representarlas: que si sólo hablaba de bares nocturnos y niñas fatales, que si con dos golpes de Borges y una rodaja de Cernuda construía meritorias imitaciones de Eliot. Entonces publicó su primera novela, Chistera de duende, y luego otro libro de poemas, Sombras particulares, y otra novela, Tratándose de ustedes, audaz como pocas en unos años de soberano aburrimiento narrativo.


Era a comienzos de los noventa y por mucho que les doliera a sus envidiosos atacantes, quedaba claro sin posibilidad de duda que Felipe Benítez Reyes era de esos autores que alcanzan a tener una voz inconfundible, de los que, siguiendo el precepto clásico que aconsejaba poner todo lo que uno sea en lo más insignificante que se haga -precepto que copió Pessoa-, lograba imponer la singularidad de su voz igual en una reseña que en un relato.


La reflexión -o el pasmo- ante el paso del tiempo, ante el tiempo como monstruo y como enemigo, la mirada a la vez fría y emocionada al carnaval de espectros que es la realidad, caracteriza a la poesía de Felipe. Cada vez que un poeta se decide a escribir novela se ve obligado a esquivar las balas necias de quienes, perezosos entomólogos, no consiguen dar crédito al hecho de que quien ha emocionado con sus versos pueda también divertirnos con sus relatos. Para eso inventaron el término "novela lírica": para rebajar la narrativa de los poetas.


Pero la de Benítez Reyes no tiene nada que ver con ese tipo de narrativa. Con suficiente audacia, ha ido creando un mundo absolutamente identificable, sobre todo en su novela El novio del mundo, una pieza mayor en la que caben cientos de carcajadas, escrita con una prosa luminosa, soberbia, que no se permite un desmayo a pesar de que la novela alcanza el medio millar de páginas. Su personaje, Walter Arias, es de esos que siguen latiendo una vez que se ha cerrado el libro en el que lo encontramos, de esos a los que nos topamos a menudo en las calles de la realidad, en las que reconocemos su huella en cosas que hacen los otros (inmediatamente etiquetados como plagios de Walter).


Algo parecido se puede decir del lector de filósofos y filósofo él mismo, Yeremi, el fantasma alucinante que protagoniza El pensamiento de los monstruos, novela donde hay un viaje a Puerto Rico que es uno de los capítulos más divertidos que se hayan escrito entre nosotros.


Las novelas de Felipe están pobladas de una extrañeza genuina, abordan la realidad como si fuera -lo que seguramente es- una fiesta de disfraces sin reglas y sin sentido. En cierta manera, los personajes de Felipe son náufragos que no tienen más remedio que inventarse islas donde sobrevivir con las herramientas a su alcance -las drogas valen, claro- sin perder del todo la conciencia de que en realidad esas islas son inventos a que han sido obligados por unas fuerzas que, de tan invisibles e insensatas, han perdido para ellos toda capacidad de influencia en sus actos. La realidad es una continua impostora, y los personajes mejores de Felipe son desubicados que se las arreglan para ubicarse hasta el punto de que, sabia y coherentemente, desubican a todo lo demás -los lectores entre ellos-. De ahí que, con ser divertidísimas, propongan también sabias lecciones morales, pues no es su autor de los que consideran que para ese propósito el novelista haya de hacer de la grave solemnidad y el aburrimiento contumaz armas con las que construir una ficción seria.


A mi ver, Felipe ha logrado lo que no consiguieron nuestros buenos humoristas de los años 20, cuyas ficciones perdían fuerza al conformarse con la, por otra parte, muy noble ambición de hacer gracia. Obras como Roque Six o Don Clorato de Potasa o algunas de las novelas de Ramón Gómez de la Serna, adolecen de una confianza en sus propias capacidades para, además de divertirnos, tocar los nervios de la emoción y llegar más allá de donde llega el que confía toda su suerte a los méritos de su humorismo, lo que no deja de ser una pena, pues obras que podrían haberse situado en la verdadera vanguardia de nuestra narrativa, como la novela de Neville o la de López Rubio, se quedaron en luminosas anécdotas que sólo son fallidas por las ansias del lector de que alcanzaran más lejos, no por las de los autores que parecen conformarse con hacernos pasar un buen rato ensayando sus «más difícil todavía».


Por eso el humorismo de Felipe Benítez Reyes es mucho más potente y eficaz: sus novelas no pierden de vista un solo momento que el deber primordial de un relato es entretener (incluso en el sentido que tiene ese verbo de impedir a alguien que se ponga a hacer lo que tenía que hacer), pero refuerza esa ambición con un dibujo del mundo en el que éste es una especie de juguete extraño cuyo mecanismo resulta imposible de comprender, y nosotros, espectros armados de dogmas, tácticas de defensa, miserias rotundas que apenas nos salvamos mediante los sanos delirios de la imaginación.


Como ensayista Felipe ha dado constantes pistas de cuáles son los trampolines que utiliza para efectuar sus saltos: el temblor de Eliot, la capacidad de deslumbrar de Nabokov (otro gran humorista que no se conformaba con divertir), la hondura de Cernuda, el brillo de Chesterton. Como cuando los leemos a ellos, nos acompaña leyendo a Felipe Benítez Reyes la convicción de que será capaz de decir de modo memorable lo que se proponga: suscitar esa sensación es cosa sólo al alcance de aquellos que han logrado ganarle al mundo una parcela donde hacer ondear su bandera, una parcela en la que instalar su propio mundo, los que han logrado el milagro de imponer su voz y hacérnosla reconocer en cualquier parte donde suene.


La voz de Felipe es una voz amable, descreída, dispuesta a celebrar la belleza con imágenes fulgurantes y corregir cualquier atisbo de grandilocuencia con un golpe de humor rotundo.


Ahora agrega dos títulos a ese mundo distinguido: los poemas de La misma luna (Visor) y la novela Mercado de espejismos (Destino), con la que ganó el Premio Nadal.


Hace unos meses, en un bar de Madrid, nos contaba Felipe los avatares que rodearon la redacción de su novela, su viaje a Colonia y la aparición de un bobo best-seller que empezaba con una idea que está en su novela. Resultaba tan descacharrante que uno no podía sino apremiarlo para que la concluyese.


El nuestro es un tiempo en el que inevitablemente el género narrativo por excelencia había de ser la parodia: un tiempo en el que miles de lectores quedan enganchados a la pésima prosa de unos redactores que les hablan de insondables misterios que tienen que ver con reliquias legendarias, con documentos que poseen sectas inverosímiles, con secretos que han esperado siglos para salir todos a la vez y conmocionar el panorama literario, se merecía una obra que, utilizando esas apasionantes zarandajas, se atreviese a dar unas cuantas volteretas para que lo que saliera incólume de su sacudida fuese aquello que rara vez asoma en las expediciones esotéricas de moda: la literatura.


Es lo que ha conseguido Felipe Benítez Reyes con una novela que no sólo resulta, como todas las suyas, radiante y divertidísima, sino que también consigue ser aquello a lo que debería aspirar cualquier novela: necesaria.






viernes, 27 de marzo de 2009

LABORATORIO DE IRREALIDADES

MAGIAS COMPLETAS


José Luis García Martín

(PUBLICADO EN ABC DE LAS ARTES Y LAS LETRAS, Nº 853
07 de junio de 2008)








PRIVILEGIO de los contemporáneos de cierta edad y alguna curiosidad, es haber podido seguir paso a paso la trayectoria de un escritor desde sus balbuceos adolescentes. A Felipe Benítez Reyes lo leo desde 1979, cuando publicó Estancia de la heredad, que pronto hizo desaparecer de su bibliografía, y cada vez que le leo «nueva admiración me da», para decirlo con el verso de Calderón. Solo se me ha atragantado dos veces, una con Humo, una novela que a él tampoco le gusta mucho (no en vano ganó uno de esos millonarios premios de Planeta), y otra con Los astrólogos errantes, su modernista y refitolera incursión en el teatro.


Ahora publica Laboratorio de irrealidades (Diputación de Cádiz), una antología general que algo tiene de parque de atracciones y catálogo de magias. Pocos escritores, quizá solo Borges, pueden permitirse una hazaña así: ofrecer una muestra de todos sus libros, en orden cronológico, mezclando prosa y verso, sin distinguir obras mayores y menores, y sin que el interés, la maravilla, el asombro decaigan.


Incluso para el lector adicto que ha procurado no perderse ninguno de sus libros este magno volumen resulta novedoso. El autor lo enriquece con un prólogo divagatoriamente autobiográfico y con una entradilla a cada título. En algunos casos -la que precede a La maleta del náufrago, por ejemplo- valen como un capítulo más, y nunca falta en ellas un desplante o una volatería que las salva de su papel ancilar.


Pocos escritores con tanta variedad de tonos, con tantos registros como Benítez Reyes. Es un humorista capaz de la ironía más sutil y de la gamberra, ácrata carcajada que nada respeta. Es el mejor heredero de los jardines y flautas simbolistas y es también un continuador de la tradición del esperpento, sin incurrir en pastiches valleinclanescos. Y sabe hablar de literatura -nadie ha retratado mejor a Chesterton, Nabokov o Auden- sin dejar de hacer literatura, sin pedantes resabios profesorales.


Ni una línea ha escrito Benítez Reyes que no sea inequívocamente suya. De pocos escritores se puede decir lo mismo. Admirables resultan sus obras mayores -los poemas de El equipaje abierto, la novela El novio del mundo, que busca el circense más difícil todavía en cada capítulo, las prosas falsa y esencialmente autobiográficas de La propiedad del paraíso-, pero no menos lo son colecciones de artículos como Papel de envoltorio, áureos doblones disfrazados de diaria calderilla.