domingo, 18 de septiembre de 2022

LA REINA

 (Publicado en prensa)



A estas alturas, la reina de Inglaterra sigue sin enterrar y se diría que continúa reinando ahora más que nunca: una presencia fantasmagórica que determina en estos días la cotidianidad de sus súbditos, aunque no solo de ellos: en otros países no sé, pero aquí en España parece que se nos ha muerto algo así como la abuela universal, y no hay cadena televisiva, periódico, revista del corazón o emisora de radio que no esté empeñada en abocarnos al duelo por la pérdida de una soberana que, a pesar de los beneficios de la globalización, nos pilla un poco a trasmano.

Esta celebración fúnebre, tan teatral como maratoniana, tiene un componente de cuento gótico, de fasto faraónico y de ceremonia tribal: el espíritu supremo y mágico que, tras su muerte, permanece en el mundo de los vivos como una presencia sobrenatural y prodigiosa. La muerta que no ha muerto. La difunta que sigue en la realidad y en la realeza, que, bien mirado, son dos términos antagónicos, ya que el sustento básico de la realeza no es la realidad, sino la irrealidad, la pura fantasía.

         Ese despliegue de irrealidad en torno a la realeza sabe disponerlo la casa real británica con una profesionalidad casi inigualable, o solo igualada por la parafernalia que despliegan algunas tribus salvajes en torno a sus monarcas. La reina Isabel entendió como nadie que la monarquía no soporta un relato acogido al patrón del realismo, sino que tiene que convertirse en un cuento de hadas, con carroza dorada incluida, y en eso anduvo durante su largo reinado, proyectando una imagen de ente mutante: lo mismo aparecía en público caracterizada como una anciana que acaba de arreglarse para ir a tomar el té con unas amigas que disfrazada de reina pomposa a la que le hubiesen puesto encima todo el vestuario de un teatro de variedades.

Se trataba tal vez de jugar con dos tiempos: el pasado y el presente. Pero sobre todo con el pasado, por esa necesidad que parece tener el pueblo de que le regalen espejismos retrospectivos de fastuosidad y de feudalismo.

         Lee uno las semblanzas que se publican en estos días y llega a la conclusión de que lo más elogiable de la reina Isabel fue el acertar a no meterse en política, que es lo mismo de lo que al parecer presumía Franco, otro muerto que tardó mucho en morir, en el caso optimista de que haya muerto del todo.

         La serie televisiva The Crown nos ofreció un relato de la intimidad de la familia real británica. No puedo saber si se trata de un retrato fidedigno, pero sí que se trata de un retrato convincente: una familia real que, en el fondo, es una familia vulgar, con sus problemas vulgares, con sus aficiones vulgares, con sus mentes vulgares. Porque puedes ponerte una corona, pero lo importante no acaba siendo la corona, sino la cabeza sobre la que se sostiene, y ahí el asunto se complica un poco. Si no, que se lo pregunten a Miss Mundo, por ejemplo.


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domingo, 4 de septiembre de 2022

LA CORBATA

 (Publicado en prensa)



Tras la tregua veraniega, incluso los más optimistas auguran un otoño conflictivo y un invierno potencialmente catastrófico si la conjunción de adversidades presentes no se corrige, ya sea por la acción humana o por un milagro divino. Visto lo visto, la segunda posibilidad parece la más razonable.

         De todas formas, hay espacio para la esperanza: las cosas van mal, pero podrían ir peor, lo que no deja de ser un consuelo, aunque triste, como lo son todos los consuelos. Eso sí: el hecho de que las cosas vayan mal –y de que puedan ir peor- es algo que preocupa más a la gente que a un sector significativo de la clase política, que se supone que está ahí para solucionar problemas, no para agravarlos. En momentos de crisis, uno espera que los consensos se impongan a las divergencias, los entendimientos a las trifulcas habituales y el sentido común a la estrategia partidista. Pero se ve que es esperar demasiado de quienes ya esperamos, en el fondo, muy poca cosa.

         El espectador de la contienda política está acostumbrado a admitir las trapacerías que se traen entre sí los valedores del bien común, pero no sé si podrá acostumbrarse del todo a admitir el infantilismo como método de pensamiento y de acción. Ante la crisis energética, pongamos por caso, el PP se empeña en reducir el problema a la corbata de Sánchez, que en realidad es la no-corbata de Sánchez. Una crisis global sintetizada en un producto textil: vamos bien. De acuerdo en que lo de la corbata fue una tontería, pero se da el caso curioso de que hay ocasiones en que las tonterías, a pesar de ser tonterías, no dejan de ser sensatas, en el caso de que la auténtica tontería no sea el llevar corbata, esa prenda ornamental que para algunos simboliza –a estas alturas- la formalidad, la decencia y el decoro: te pones una corbata y ya estás en condiciones de gobernar, de prevaricar o de casarte, al tratarse de una prenda multiuso.

         Doctores tiene la Iglesia y asesores tienen en Génova, pero no acierta uno a interpretar la estrategia misteriosa que ha adoptado la cúpula del PP, que no es otra que la práctica continuada del gamberrismo político, cercano a posiciones antisistema: todo es un desastre y todo hay que cambiarlo de raíz. No recuerda uno que los periodos de gobierno del PP estuviesen marcados por las grandes revoluciones, pero, en fin, igual la memoria nos falla o se queda únicamente con lo peor: la Gürtel, Bárcenas, Villajero y otras fatalidades de ese tipo.

         No hace falta decir que los diputados de la derecha siguen llevando corbata. Como símbolo, tal vez, de su martirio. O como un emblema del progreso. O de la rebeldía. O quién sabe.

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domingo, 28 de agosto de 2022

DE FIESTA

 (Publicado en prensa)



Una noticia ha eclipsado la guerra en Ucrania, la sequía, la crisis energética, la inflación, el riesgo de una catástrofe nuclear en Zaporiyia, los incendios, las olas de calor, la amenaza china a Taiwán y la viruela del mono, por no seguir. Esa noticia estelar y neutralizadora de todas las restantes se ha presentado con tintes apocalípticos: la primera ministra de Finlandia, de 36 años de edad, estuvo de fiesta con unos amigos. Bailando, cantando y riéndose. Nada menos. ¿Cuándo se ha visto un escándalo semejante? Habría que remontarse a los tiempos del emperador Calígula, que era muy fiestero, para encontrar un parangón. No solo el neopuritanismo internacional se ha rasgado las vestiduras, sino que incluso algunos miembros de su partido se han echado las manos a la cabeza con el argumento de que pueden perder el voto de las personas mayores que ya no tienen el cuerpo para fiestas.

         Según algunos, la conducta de la primera ministra no admite disculpa: una mandataria puede emplear su ocio en rezar el rosario, en practicar la meditación trascendental a la manera tibetana o, como poco, en distraerse con la jardinería. Pero ¿asistir a una fiesta? ¿Eso es tener sentido de Estado? Porque luego pasa lo que pasa: que los politólogos amarillistas te comparan con Boris Johnson y alegan que estás amparándote en los privilegios del feminismo para hacerte la víctima, aunque pasan por alto un pequeño detalle: que al primer ministro británico no se le afeó el que organizara fiestas, sino que las celebrase cuando el resto de la población estaba confinada en virtud de un decreto firmado por él.

         Tal vez, no sé, digo yo, no debería preocuparnos el que una mandataria cante, beba y baile con unos amigos, y sí el que algunos mandatarios ocupen su tiempo libre en planear invasiones, en cobrar comisiones o en planificar corrupciones. Por decir algo, ¿eh? (Y sin señalar a nadie).

         A partir del vídeo de la fiesta de la primera ministra, surgió –cómo no- la sospecha del consumo de drogas, dando por hecho que la alegría solo puede ser artificial. Es el signo de los tiempos: tienes derecho a conjeturar sin fundamento, o con el solo fundamento de la insidia, y a obligar al inocente a demostrar su inocencia con respecto a una culpabilidad imaginaria. (Hay por ahí alguna que otra presidenta que parece vivir en el mundo alucinatorio de la Alicia de Carroll, pero no por eso vamos a suponer que desayuna LSD).

         Conclusión generalizada: si una joven se va un día de fiesta, significa que está incapacitada para gobernar un país. No sé… Yo mismo estuve ayer en la fiesta de despedida veraniega de unos amigos y es posible que me haya salido un artículo repleto de faltas de ortografía. Por decirlo de una manera regia: “Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”.


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domingo, 21 de agosto de 2022

EL TRAMO FINAL

 (Publicado en prensa)



La temporada de vacaciones entra en su tramo final y empieza a definirse en el horizonte mental de los ociosos esa estación que es menos meteorológica que anímica: el resto del año. En estos días finales de agosto, la luz parece adquirir un matiz un tanto mustio, con pátina de oro viejo, sin ese vigor cristalino que hasta hace poco exhibía. Los amaneceres se retrasan y se adelantan los anocheceres, como si el sol se hubiese vuelto perezoso y la luna, en cambio, madrugadora. A estas alturas, hay quienes han vuelto de su fuga veraniega y quienes aún la disfrutan, y todos andarán, imagino, en una fase emocional marcada por la nostalgia: los que volvieron por haber vuelto y los que aún están por ver que esto se les acaba. Y es que todos los paraísos son provisionales, pues no hay paraíso conocido del que el ser humano no acabe siendo expulsado… dejando al lado el de ultratumba, que parece ser que permite su disfrute a perpetuidad, aunque quién sabe: se supone que uno accede a él por méritos propios cuando se muere, pero los teólogos no precisan si un mal comportamiento en el paraíso conlleva el que te manden al purgatorio… y más vale que te portes bien allí para no seguir descendiendo de ambiente. Todo paraíso es, en fin, una ficción transitoria, y con esa condena vivimos desde los tiempos que se narran en los primeros capítulos del Génesis, libro sagrado que no soportaría una revisión laica por atribuir a la mujer el grueso de la culpa de que tengamos que ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, que es algo que se agrava bastante a causa de las olas de calor que venimos padeciendo.

         Las grandes ciudades que se vaciaron durante los meses vacacionales van repoblándose, y sus avenidas dejan de ser perspectivas fantasmagóricas y con un ligero aspecto de escenario entre postnuclear y pandémico, mientras que los pueblos turísticos recuperarán de golpe, el 1 de septiembre, su aire fantasmal y solitario, perdiendo su banda sonora de música, de cláxones y de gritos jubilosos en la madrugada.

Algo tiene el verano de gran festival del nomadismo, de huida a lo desconocido y de alteración de la realidad en beneficio de una teatralización colectiva en la que todos vamos disfrazados, procurando profesionalizarnos como seres despreocupados y dichosos, aunque a contrarreloj, dado que el tiempo de la felicidad es volandero.

         Dentro de unos días, todo volverá a su ser, como quien dice. La realidad, que tiene fama de dura, se impondrá a la fantasía, que tiene fama de libre, y el verano será el recuerdo del verano, a la vez que nosotros vamos siendo cada vez más, en fin, el recuerdo de nosotros mismos.


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domingo, 14 de agosto de 2022

LA ESPADA

 (Publicado en prensa)



En otros países no sé, pero en el nuestro se percibe la tendencia creciente de los partidos de la oposición a convertirse en partidos antisistema, transformación que tiene su aplicación práctica en una postura paradójicamente sistemática: oponerse a cuanto diga el Gobierno, así diga que el agua del mar es salada. Como fenómeno pintoresco, contamos ahora en el Gobierno central con una especie de intraoposición antisistema disfrazada de sistema alternativo, lo que nos depara la emoción de un ejecutivo bifronte sustentado en la virtud de la desconfianza mutua.

         Bien. Como ustedes saben, el rey de España viajó a Colombia para asistir a la toma de posesión del presidente Petro, quien dispuso a última hora, al margen del protocolo fijado para la ceremonia, que se sacase en procesión la espada de Bolívar, reliquia sagrada para la gente de allí. Se supone que los ocupantes de la tribuna debían levantarse al paso de la espada, como muestra de respeto, pero se dio el caso de que nuestro monarca se quedó sentado, supuesto desplante o presunto despiste que hizo que de inmediato tanto el líder emérito Iglesias como el portavoz en activo Echenique pusieran el grito no en el cielo, que está pendiente de asalto, pero sí en Twitter, que es donde los políticos y politólogos estelares del momento exponen sus ideas para instruir ideológicamente al vulgo popular, por usar la inspirada acuñación de Lola Flores.

         Lejos de mí cualquier fervor monárquico, pero lejos también la afición de algunos de nuestros prohombres a dar categoría de maremoto al hecho de que un grifo gotee. ¿Es posible que el rey tuviera jet lag y en ese instante padeciera ese estado de sopor del que hizo gala su padre? ¿Puede que estuviera en todo su ser, pero, como no le habían dicho nada de la espada mítica, el hombre la viese pasar ante sí sin saber de qué se trataba, que es tal vez lo mismo que le pasaría al flamante presidente colombiano si viniese a España y le pasearan por delante la Tizona del Cid sin avisarle de que se trata de un glorioso símbolo nacional, equiparable a la espada del Libertador, ya que podría pensar algo tan simple como que es la espada con que se corta aquí la tarta en los banquetes de gala?

Claro que también cabe la posibilidad de que el rey fuese al país americano con la intención de desairar no solo a Bolívar y a Petro, sino al pueblo colombiano en su totalidad, con el propósito secreto -siguiendo instrucciones de la OTAN y con el beneplácito de Sánchez- de detonar una guerra entre España y Colombia, que es lo que deseamos todos. Es posible, ya digo. Porque en nuestro País de las Maravillas, repleto de sombrereros que no pueden dejar de hablar, ya no se extraña uno de nada.

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domingo, 7 de agosto de 2022

LA COMPRENSIÓN

 (Publicado en prensa)



Supongo que a causa de la degeneración neuronal que trae consigo el paso de los años, cada vez tengo un nivel más bajo de comprensión, de ahí que no alcance a comprender ni la mitad de las cosas que antes creía comprender, por incomprensibles que fueran a veces.

         Tras haber aplicado la sociedad mundial una especie de amnesia colectiva al covid -a pesar de que la tasa de incidencia sigue siendo alarmante-, ha venido nuestro antepasado el mono con su viruela para avisarnos de que esto de las plagas víricas –a la espera de las bacterianas- va a ser menos una excepción que una costumbre.

Imagino que por tratarse de un simple mono, se optó en un principio por quitar importancia a su viruela, de igual modo que algunos se la quitaron en su momento al coronavirus, empezando por el añorado doctor Simón, que no era precisamente uno de esos médicos o paramédicos negacionistas que animaron Youtube con sus pintorescas teorías conspiranoicas, sino el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, que se dice pronto… o no tan pronto, ya que el título es largo. Comoquiera que estamos en temporada turística, da la impresión de que hemos dejado al mono en una jaula y su viruela en una probeta, lo que no quita que el yo astral del mono deambule ya por todo el mundo. Es lo que hemos aprendido de la pandemia de Covid-19: que siempre será mejor curar que prevenir.

         Y ahora vienen los aspectos incomprensibles del asunto, al menos para mí, que de ciencia médica sé menos no ya que un mono, sino que una simple ameba. Bien. La ministra de Sanidad se apresuró a aclarar que la viruela del mono no es una enfermedad de transmisión sexual, a pesar de que está transmitiéndose de manera predominante por vía sexual, lo que viene a ser como decir que el asma no es una enfermedad respiratoria, salvo que te empeñes en respirar. No paró ahí: “Es un virus, por tanto no es una enfermedad de transmisión sexual”, aseveró la ministra, licenciada en Derecho, y se pregunta uno, desde la ignorancia: ¿no es también un virus el VIH, pongamos por caso?. 

        La cuestión nos lleva a un territorio menos médico que metafísico: ¿no es una enfermedad de transmisión sexual aquella que puedes contraer al mantener relaciones sexuales, aunque se dé el caso de que también puedas contraerla practicando taekwondo con una persona infectada, sin necesidad de acostarte con ella tras el combate?. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud, en vista de que la casi totalidad de los casos registrados se han dado entre varones homosexuales, recomendó que se limitasen las relaciones sexuales en ese colectivo, a lo que el colectivo en cuestión respondió de manera airada, al sentirse estigmatizado y considerarlo un aviso paternalista de trasfondo homofóbico, aparte de atentatorio contra la libertad de ejercer la promiscuidad.

         En fin, lo que les decía al principio: que ya no comprendo ni la mitad de las cosas que antes comprendía, incluidas –ay- las incomprensibles.

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domingo, 31 de julio de 2022

EL HADA

 (Publicado en prensa)



Ignoro si la religiosidad es una competencia transferida a las comunidades autónomas, de modo que los rezos de un extremeño no tengan efecto en Cantabria, pongamos por caso, y viceversa, pero me arriesgaría a suplicar a la Virgen de Montserrat -a la que por motivos territoriales nunca he pedido nada- que la presidenta cesante del Parlament catalán sea inocente de los delitos -falsedad documental y prevaricación- que se le imputan, a pesar de que las pruebas no resultan tranquilizadoras, lo que justificaría aún más la intermediación divina en el asunto. Y se lo suplico, con la humildad debida y con el pudor del forastero, porque si se demostrase que la expresidenta es culpable de lo que se le acusa, supondría un mazazo para nuestra democracia, tanto en su versión catalana como en sus variantes estatales, y no porque le añadiese un caso de corrupción, que eso al fin al cabo no sorprende ni escandaliza ya a nadie, sino porque evidenciaría uno de los males que asedian a un sector significativo de la clase política: el infantilismo.

            Un infantilismo que podría resumirse en un lema: “Yo no he sido”.

          Pocos días antes de saber que iba a acabar ante un juez, la ahora expresidenta tuvo la valentía teatral de presidir una cumbre contra la corrupción, en la que dejó muy claras las cosas, con el mismo espíritu exculpatorio de una colegiala a la que pillan copiando en un examen: “En democracias viciadas con tics autoritarios, a veces la corrupción también puede dejar de ser un problema que es necesario eliminar y convertirse, de manera perversa, en una arma para combatir la disidencia política”. Democracias viciadas y perversidades al margen, su tono fue ascendiendo a la esfera suprema del melodrama: “Los que me quieran muerta, me tendrán que matar y mancharse las manos”, pero el primer escollo vino cuando pretendió que el Parlament ignorase la norma –calificada por ella de “infame”- que dispone que un parlamentario investigado por corrupción sea apartado de su cargo: “Espero, deseo y quiero creer que los miembros de la Mesa actuarán como diputados demócratas y respetuosos con los derechos fundamentales, no como jueces o inquisidores”. Por desgracia, no hubo suerte: se portaron como jueces e inquisidores, desde la premisa escandalosa de que las normas están para cumplirse.

          Insisto: le suplico a la Virgen de Montserrat –que ya hizo el milagro de fundir en un mismo gobierno a la izquierda telúrica y a la derecha corrupta autóctona- que nada de lo que se le imputa a la señora Borràs sea cierto y que quienes se han manchado las manos con su sangre inocente se vean obligados a dimitir o, como poco, a pasearse por las Ramblas con un capirote penitencial.

            Porque, allá en los mágicos mundos infantiles, las hadas, seres alados y fosforescentes, no deben ser víctimas de los monstruos.



domingo, 24 de julio de 2022

CAMBIO DE MENTALIDAD

 (Publicado en prensa)


El verano tiene fama de liberador por su capacidad de sacarnos de nuestro ser habitual y convertirnos en extraños para nosotros mismos, incluso en lo externo, pues algo tiene el verano de carnaval a deshora: te miras de refilón en la luna de un escaparate y ves a alguien con una camiseta de color chillón o con un pareo más o menos hawaiano, con una gorra de propaganda o con una pamela, con un pantalón corto y con unas sandalias, y te preguntas: “¿De dónde has salido tú, fenómeno de la civilización y de la naturaleza?”. Se trata, claro está, de una pregunta retórica, pues de sobra sabes de dónde has salido: de esa persona que durante el resto del año tiene que ir disfrazada de otra cosa.

Aparte de eso, los papeles se invierten: el oficinista trajeado que durante meses se cruza cada mañana con los adolescentes que van al instituto en chándal y los mira con sorna -e incluso con indignación- se convierte en verano, cuando se pone el uniforme de turista, en una figura estrafalaria y cómica para los adolescentes, en tanto que la abuela que se cubre pudorosamente las rodillas en el autobús y que se escandaliza de que las niñas vayan al colegio enseñando el ombligo o el canalillo no tiene inconveniente en ir al supermercado en tanga. El verano viene a ser, en fin, un periodo de rebeldía ontológica.

         Dejando al margen la cuestión indumentaria, aunque sin quitarle la importancia que tiene como factor de transformación de la personalidad, el verano resulta idóneo para una transformación mental profunda. De igual modo que en estos meses abjuramos de nuestra vestimenta habitual, sería saludable liberarnos, durante al menos una quincena, de los mecanismos automatizados de nuestro pensamiento, de nuestros prejuicios y convicciones. No es difícil, sobre todo si tenemos la suerte de que nos lo propongamos durante una ola de calor, cuando los circuitos neuronales se derriten y nuestro cerebro adquiere la textura de un flan.

         Por salir del ámbito especulativo, pondré un ejemplo: hace unos días, oí a uno decir que la cadena de incendios que padecemos se debe a la exhumación sacrílega de Franco, y lo razonaba de este modo: al igual que los antiguos faraones, tan aficionados a las maldiciones ejemplarizantes cuando se les profana la cámara funeraria, el excaudillo estaría vengándose de la España social-comunista mediante el método de pegarle fuego al país. Alguien le objetó que en otros países también hay incendios, pero lo fulminó con un argumento autocrático: “Lo que pase por ahí no es asunto mío. Yo estoy hablando de lo que pasa en España”.

         A los otros no sé, pero a mí me convenció. Desde ese instante, cada vez que voy a encender un cigarrillo, en mi mente resuena un mantra: “¡Franco, Franco, Franco!”, y el cigarrillo arde solo.


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domingo, 17 de julio de 2022

EL CHOCO MUTANTE

 (Publicado en prensa)



Anoche fui a cenar a un restaurante playero y, tras descifrar la literatura conceptual de la carta, me decidí por lo que me pareció más estrambótico, que no era otra cosa que un plato denominado “choco vietnamita con mayonesa de yuzu”. Como es natural, trasladé al camarero mi extrañeza por el hecho de que comprasen ellos los chocos en Vietnam teniéndolos autóctonos y frescos a pocos metros del establecimiento en cuestión. El camarero me reconoció, como quien reconoce un pecado, que los chocos no eran estrictamente vietnamitas, lo que se dice vietnamitas del todo, pero que estaban preparados en cocina a la manera indudablemente vietnamita. Un trasvase de nacionalidad, como si dijésemos, gracias a la magia del arte culinario, capaz de transformar un choco de la bahía gaditana en un choco del sudeste asiático.

Por suerte, los chocos no se caracterizan por su sentir nacionalista, de modo que un choco gaditano puede asumir sin traumas irreversibles el que un cocinero imaginativo lo transmute en vietnamita, aunque estoy seguro de que el alma gaditana del choco sobrevive a cualquier metamorfosis, afirmación que hago, por supuesto, sin ninguna base científica, por ese hermetismo que rodea el mundo de los cefalópodos en general y de los chocos en particular. En cualquier caso, el choco gaditano que pedí tenía ya poco que objetar a su transmutación, al reposar en una nevera en calidad de choco gaditano difunto que habría de reencarnarse en choco vietnamita al pasar a mi plato.

         Nada más pedirlo, me arrepentí: ¿qué mal me han hecho a mí los simpáticos chocos de mi tierra para que me sienta con derecho a someterlos a un cambio de nacionalidad a título póstumo? Esperé con curiosidad nerviosa la llegada del plato, que imaginaba aderezado con brotes de bambú, ralladuras de lima, especias exóticas, salsa housin y ese tipo de cosas que los vietnamitas se atreven a echar en sus guisos. Por si fuera poco, percibí que, al igual que el choco que me preparaban en la cocina, iba transformándome un poco en vietnamita, en un proceso nunca visto de empatía con el choco que minutos antes era paisano mío. Fue una experiencia emocionante, aunque rara, como lo son todas aquellas en las que se involucran las energías de condición paranormal. No puedo presumir de que fuese una experiencia espiritual plena, pero sí de que al menos la mitad de mis chacras eran asiáticos en ese instante.

         El plato llegó: una ración de chocos fritos como los que se despachan en cualquier freidor tradicional y un dedalito con un poco de mayonesa de bote. Respiré aliviado y volví a mi ser: aunque me lo cobraron como si tanto el choco como yo fuésemos vietnamitas, el choco y yo seguíamos siendo, en fin, cien por cien gaditanos.

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domingo, 10 de julio de 2022

YA ESTAMOS

 (Publicado en prensa)


El verano viene a ser una especie de experimento sociológico para que comprobemos cómo sería la vida si no tuviésemos que trabajar y anduviésemos todos ociosos por ahí durante los siete días de la semana. No sería un mundo fácil, desde luego, porque el ocio permanente es un trabajo bastante duro, tanto para el ánimo como para el bolsillo. Dormiríamos poco, eso por descontado, o al menos a deshora, pues lo primero que se le ocurre al ser humano en cuanto se siente liberado es hacer ostentación de su alegría de liberto, al dar por hecho que una persona discreta y silenciosa no puede ser sino un ente deprimido y melancólico.

            En verano, todos decimos que queremos descansar, pero se trata sólo de una verdad a medias, o al menos de una verdad fragmentaria: lo que en realidad pretendemos es descansar de nosotros mismos. Descansar de nosotros mismos aun a costa de nuestro propio descanso y, sobre todo, del descanso del prójimo, ya que el verano tiende a convertirse en una democratización del ruido, que, nos guste o no, es la música de la libertad.

Por si fuera poco, el verano trae consigo una fiesta de disfraces multitudinaria: nos echamos a la calle con sandalias de colores, arrastrando los pies a causa del peso invisible del bochorno, y recurrimos a las camisetas de propaganda, de modo que vamos por ahí como anuncios ambulantes de cerveza, de refrescos gaseosos, de entidades bancarias o de empresas de telefonía, con una sombrilla de propaganda al hombro, con una gorra de propaganda, con un bolso de propaganda en el que llevamos el tabaco y el mechero de propaganda, un llavero de propaganda y el folleto propagandístico de un restaurante especializado en paellas.

            Llega el verano y procuras hacer una especie de viaje astral, una salida de ti mismo a fin de convertirte en una persona exótica para ti mismo: alguien que se levanta cuando le parece, que come sardinas en un chiringuito, que se acuesta a las tantas y con unos centilitros de alcohol en la sangre, con la sugestión de vivir en un sábado eterno. Llega el verano y los aeropuertos se convierten en ferias, los bares en manifestaciones multitudinarias, las playas en cuadros de El Bosco y los supermercados en un hormiguero.

            En verano, el silencio está desacreditado, al considerarse el enemigo número uno de la diversión. La diversión debe ser sonora, porque el silencio es signo indudable de aburrimiento. Y en eso estamos ya: cada cual alardeando de diversión con sus gritos felices, con sus cantos de madrugada, con su moto a escape libre, con su moto acuática o con su coche-discoteca. Haciendo del verano un infierno alegre, una estación anómala en la que experimentamos el placer de no ser nosotros mismos mediante la apostasía transitoria de nuestras obligaciones y costumbres. Y es que en el fondo se trata de eso: estamos hartos de aguantar y de aguantarnos, cansados de ser quienes somos y cansados de ser quienes nos obligan a ser durante el resto del año, cansados de callar y de acallarnos. Y por eso nos ponemos, en fin, a hacer ruido. Digo yo, no sé.

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domingo, 3 de julio de 2022

EN LA CUMBRE

 (Publicado en prensa)


La cumbre de la OTAN ha sido un éxito, lo que significa que en esencia ha sido un fracaso: la aceptación de que vivimos en un mundo peligroso, asalvajado y convulso, en el que un autócrata desequilibrado puede ejercer de genocida en nombre de la nostalgia de unas fantasías imperiales y, a la vez, y contradictoriamente, en nombre de la añoranza de la política de bloques de la Guerra Fría. Si la paz se ve obligada a garantizarse mediante la potenciación de las estructuras militares, es señal de que la solución acaba siendo el problema, o tal vez de que el problema no tiene solución.

         Se da por hecho que la edad atempera los ensueños ideológicos juveniles, contrapesándolos con un fondo de desencanto y de escepticismo. Sin duda. Pero también ocurre que esos ensueños abstractos se modifican en función de las circunstancias concretas, en especial si admitimos la obligación tanto moral como social de establecer una negociación entre el pensamiento personal y la realidad de todos, lo que puede entenderse como una abjuración o como un imperativo de la sensatez, según se mire. A quienes en 1986 votamos en contra de la permanencia de España en la OTAN, por ejemplo, se nos plantearía hoy un dilema: soñar con el mundo que queremos o aceptar el mundo que tenemos. La primera opción disfruta del prestigio del idealismo, mientras que la segunda padece el descrédito del pragmatismo. A elegir.

         La puesta en escena de la cumbre de la OTAN ha tenido un componente de teatralización triunfalista, como si los acuerdos a los que se ha llegado allí supusieran la solución expeditiva para un problema que históricamente carece de solución, lo que no quita que todos los países implicados tuviesen el deber de llegar a esos acuerdos para proyectar ante el mundo un espejismo de seguridad y fortaleza frente a los envites de la barbarie, tanto los presentes como los venideros, aunque entre estos últimos se cuente el más preocupante de todos: lo que China tenga en mente con respecto a Taiwán.

         Por mucho que nos resistamos, el curso de la realidad pasa casi siempre por encima de nuestros anhelos y convicciones: propugnar hoy el antimilitarismo es como ser un náufrago al que arrojan un cabo de nailon desde una embarcación y se niega a cogerlo con el argumento de que los materiales plásticos contaminan los mares.

         Los sobrepasados por el curso de la realidad, como decía, nos consolamos pensando que la OTAN viene a ser como la quimioterapia: un mal necesario para intentar combatir un mal mayor. Una opción intermedia entre la esperanza y el desastre.

         Cómo estarán las cosas, en fin, para que lo inquietante nos proporcione un poco de tranquilidad.

jueves, 23 de junio de 2022

martes, 21 de junio de 2022

ENTRE LA SORPRESA Y LO SORPRENDENTE

 (Publicado en la prensa)


La demoscopia tiene una cosa en común con la videncia: que a veces acierta y a veces no, aunque casi nunca acierte del todo. Las elecciones andaluzas las ha ganado el PP con esa mayoría absoluta a la que el partido aspiraba en sus sueños más dulces para no tener que someterse a la pesadilla amarga que se le planteaba como alternativa: la negociación con Vox para formar un gobierno de coalición en el que Vox sería el caballo de Troya, con las riendas manejadas a distancia por Santiago Abascal en su papel de jinete del Apocalipsis.

Dado que las formaciones de izquierda se apresuraron a dejar claro durante la campaña que no se abstendrían en la investidura para permitir un gobierno en minoría del PP, la responsabilidad directa de la entrada de Vox en el gobierno andaluz hubiese sido del PP, por supuesto, pero hubiese tenido como responsable subsidiario a las izquierdas, en una muestra palmaria de la prevalencia del tacticismo partidista frente al interés general. La oposición iba a divertirse mucho en el Parlamento autonómico echándose las manos a la cabeza con las propuestas pintorescamente regresivas de Vox, pero gran parte de la ciudadanía hubiese padecido las consecuencias prácticas de esas propuestas. Nunca sabremos hasta qué punto el anuncio de esa negativa ha fomentado el voto útil –o quizá, más exactamente, del miedo- entre sectores indecisos, que suelen ser los que al final deciden los resultados.

         Moreno Bonilla –que hizo una campaña basada menos en un discurso que en una imagen- sabía mejor que nadie que Vox, más que un socio, iba a ser un saboteador interno, y esa parecía ser la esperanza de las izquierdas: que el gobierno andaluz se desgastase hasta el límite del esperpento. Un esperpento ya desde el arranque: la incorporación a un gobierno autonómico de un partido que promueve el desmantelamiento de las autonomías. La consecución de una mayoría absoluta, que casi todo el mundo daba por improbable, ha supuesto un triunfo para el PP, pero también –quién lo diría- un respiro para muchos votantes progresistas.

         Con su falta de representación, C´s deja de ser el factor de moderación que Moreno Bonilla se ha atribuido en exclusividad, en tanto que el candidato del PSOE cumple con lo esperado: un político-antorcha para ser quemado a la espera de tiempos mejores para las siglas en Andalucía, donde ha sido el partido ganador durante casi cuatro décadas. Por su parte, la fragmentación de la izquierda de ala dura, provocada por su batalla de personalismos y por su divergencia en los detalles en detrimento de su conciliación en lo esencial, es un nuevo aviso –nunca tenido en cuenta- de que la atomización únicamente aporta confusión, dispersión y desencanto a su electorado potencial. 

         Se abre, en fin, el telón.

lunes, 6 de junio de 2022

LA DOSIS

 (Publicado en prensa)



Frente a la lentitud, conflictividad y laboriosidad que conlleva un avance social, tenemos la rapidez con que se implantan los discursos ideológicos regresivos, tal vez porque lo primero requiere una gestión eficaz y compleja, mientras que lo segundo apenas necesita una formulación simple basada en la retórica del agravio: una enmienda a la totalidad del presente. El señalamiento del desastre, en fin, y la promesa de una redención inmediata.

La dinámica política dispone que los partidos antagónicos se malentiendan de manera sistemática, al margen no ya solo de la razón, sino al margen incluso del interés público, a pesar de que alardeen de “sentido de Estado”, uno de esos grandes conceptos abstractos que solo sirven para ser conceptos, ya que su aplicación práctica acaba siendo más abstracta que el concepto mismo.

         A estas alturas de la Historia, parece sensata la conclusión de que nuestros códigos de civilización están condenados a conciliar la armonía con el caos, y el progreso dependerá del equilibrio entre una y otro: la armonía completa la damos por imposible, pero más nos vale no resignarnos a la prevalencia del caos, cuya solución puede disfrazarse con propuestas amparadas en la recuperación de unos supuestos valores supuestamente tradicionales, con arreglo a la premisa de que cualquier tiempo pasado fue mejor. El futuro, en definitiva, como una amenaza que sólo puede ser neutralizada por la recuperación de los valores del pasado. Un pasado además irreal, aunque presentado como una especie de edad de oro abolida por la deshumanización implantada por unos avances sociales que se supone que atentan contra Dios, contra la familia, contra la libertad individual o contra lo que sea que a alguien se le ocurra.

         Resulta desalentadora la rendición de una parte de la sociedad al discurso simplificado y simplista –aparte de incendiario- que dibuja la realidad como un escenario apocalíptico necesitado de una restauración tan integral como urgente. Resulta desalentadora la creencia popular en la demagogia mágica, en los caudillos vociferantes que prometen una purificación de la política mediante una oratoria tan rimbombante como hueca, ya que las grandes palabras pueden camuflar ideas muy pequeñas, de igual modo que las verdades enfáticas pueden esconder mentiras silenciosas.

         En política, la demagogia viene de fábrica, de acuerdo, pero su peligrosidad depende de la dosis, como pasa con los venenos. El peligro está en que la demagogia acabe siendo el fundamento del discurso y que ese discurso sea asumido por un sector significativo de la ciudadanía. Crucemos los dedos.