jueves, 9 de diciembre de 2021

martes, 30 de noviembre de 2021

DISCURSOS

 (Publicado en prensa)





No es algo que se antoje todos los días, pero hay veces en que uno desearía que algún alto cargo lo contratase como redactor de discursos, esos discursos entre tecnicistas y solemnes que los mandatarios nos regalan para que seamos conscientes de que sus acciones se rigen por un razonamiento táctico y no por una improvisación aleatoria, puesto que un discurso tiene la virtud de racionalizar incluso la sinrazón.

         No sé, que te encargase un discurso un jerarca del Gobierno –preferiblemente del central, aunque de un gobierno regional también serviría- con responsabilidades en el ámbito del transporte, pongamos por caso, y escribieras: “En función de las demandas concretas del sector, hemos implementado 14 medidas, que podrían ser 16 en atención a las variables no previstas ni tipificadas en el acuerdo suscrito entre la administración, la patronal y los agentes sindicales, lo que entendemos como el cumplimiento de una reivindicación histórica a la que por fin se da cauce a través de unas nuevas medidas de desarrollo exponencial, en torno al 15% sobre las ya existentes, con arreglo a los beneficios fiscales contemplados en el anterior convenio, lo que, sumado a las ayudas específicas previstas en el convenio actual, nos permite calcular en un 0,3 % la modernización -mediante reinversiones fijadas en una tercera parte de los beneficios netos- de la flota, lo que supera en medio punto las directrices dadas por las autoridades europeas con respecto a la implantación progresiva de medidas eficaces para el sostenimiento medioambiental”.

         De todas formas, y sin quitar mérito a los de índole técnica, creo que estarán de acuerdo conmigo en que los discursos más conmovedores son los que apelan de manera abstracta a la emocionalidad popular, a la presentación de la realidad colectiva como un cuento de hadas, aunque esos discursos tienen el inconveniente de estar reservados para los reyes y los presidentes, aunque excepcionalmente podemos oírlos en boca de un concejal o concejala. No sé, algo así como: “Hemos demostrado en repetidas ocasiones que sabemos sobreponernos a la adversidad, y lo hemos hecho con esa valentía y decisión que es distintiva de las grandes naciones, de los pueblos que confían en el futuro sin olvidarse de su pasado, pues es allí, en esa ansia de futuro, donde la ilusión germina como el motor común para la apertura de nuevos horizontes, de los que somos merecedores gracias al impulso decidido y solidario de todos, unidos en el afán de acercarnos día tras día a un escenario de igualdad, de prosperidad y de justicia”.

         ¿Qué sería de este mundo, en fin, si alguien, en los albores de nuestra civilización, no hubiese inventado los discursos?

Más vale ni pensarlo. 


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domingo, 14 de noviembre de 2021

LOS FUTUROS

 


Vivimos en un mundo en que las novedades e invenciones de todo tipo nos asedian y maravillan, a veces para bien, a veces para mal y a veces para nada en concreto.

En su día, el fax, pongamos por caso, nos parecía cosa de magia, y nos sentíamos como el mago Merlín cuando metíamos un papel en la ranura y sabíamos que su réplica exacta estaba saliendo en ese mismo instante por otra ranura en cualquier parte del mundo. Era lo más cerca que hemos estado, al menos que yo sepa, de la teletransportación, así sea a mero nivel de papeles.

Aún no acabábamos de entender cómo podía llevarse a cabo aquel portento cuando, de la noche a la mañana, el fax se nos quedó obsoleto y ascendimos un grado en la escala de la prestidigitación tecnológica con la universalización del correo electrónico, que nos pareció el non plus ultra de la comunicación instantánea… hasta que apareció WhatsApp y esa instantaneidad se acrecentó hasta el límite quizá de lo imprudente, ya que no solo nos obliga a confiar en nuestra sensatez a la hora de escribir tonterías o en nuestro sentido de la oportunidad a la hora de reenviar un meme, sino que también tiene la facultad prodigiosa de convertirnos en una especie de pelmazos virtuales que ejercen a distancia el viejo arte de incordiar al prójimo, y además gratis.

         Por no hablar de los avances en telefonía: los de mi generación hemos pasado de las llamadas mediante centralita y del teléfono de baquelita negra no ya al teléfono móvil con pantalla táctil, sino al teléfono plegable que puede doblarse como la suela de un zapato aerodinámico, pues en la industria del calzado los adelantos no van a la zaga de los propios de la industria tecnológica en general, hasta el extremo de que comprarse hoy unos zapatos tradicionales resulta más extravagante que comprarse unos zapatos con ruedas y con luces led.

         Este progreso vertiginoso habla muy bien del ingenio humano, lo que no quita que nos sintamos como idiotas cuando, en una limpieza de cajones y de altillos de armario, nos encontramos con nuestro radiocasete, con nuestro walkman, con nuestro discman, con nuestro Mp3, con nuestro reloj Casio de primera generación, con nuestra cámara fotográfica, con nuestra grabadora portátil o con nuestra calculadora de escritorio. De repente, ante esos restos arqueológicos de una época que considerábamos futurista, nos sentimos un poco catetos y otro poco melancólicos, porque caemos en la cuenta que, por definición, el futuro es lo que no llega nunca, en parte porque el futuro no nos cabe en la imaginación y la desborda y sobrepasa siempre. Creemos, en fin, que estamos en el futuro y, a la vuelta de unos años, nos vemos en una fotografía y nos decimos “¡Vaya peinado!” o “¡Vaya blusa!”. Y nos reímos por no llorar.


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domingo, 7 de noviembre de 2021

 


Ha muerto la pintora Carmen Laffón, que tan delicada fue en su obra como en su trato y que tan enérgica y exigente fue con respecto a su arte.

Tan querida por muchos como admirada por todos.

En 1996 le escribí este poema para el catálogo de una exposición de sus esculturas.



ANTE UNAS ESCULTURAS DE CARMEN LAFFÓN

 

La mano sobre el bronce toca el frío

corazón detenido de una niebla.

                                                  Toca

la inconmovible soledad de los objetos

dispuestos en un orden de espectros cotidianos.

 

La blancura desnuda

la exacta realidad, sobrecogida

de su propia extrañeza, y tan inmóvil.

 

La blancura parece

un tiempo destruido, un rastro de ceniza afantasmada.

Y fantasmal se expresa, y rotunda a la vez, la realidad,

detenida en su helor.

 

Quieta en su hondura.

 

Un fragmento de mundo

contiene la inquietud de todo un mundo.

 

Y qué espectral y en sí,

y qué ajena y qué firme

en su propia existencia cada cosa.

 

Aquí la claridad más honda de la nada:

 

lo blanco es una forma del vacío.

 

Y el tiempo pasa, con su guante blanco,

sobre la vida inerte.

 

Y el tiempo son las cosas que se rompen

por la presión desamparada

de su afán de existir entre nosotros. 


lunes, 1 de noviembre de 2021

OTRO VOLCÁN

 (Publicado en prensa)



A pesar de que todos apelamos continuamente a la solidaridad, al bien común, a la empatía, a la convivencia o a la tolerancia, parece ser que estamos condenados a vivir en la divergencia, cuando no en la mera trifulca.

         El volcán de La Palma, por ejemplo, ha supuesto una tragedia para miles de personas, una erupción de ruina y de angustia, una especie de ensayo general del fin del mundo, lo que no quita que se haya convertido para algunos en una alegre atracción turística. Es cierto que, tragedias al margen, un volcán en activo puede considerarse un espectáculo grandioso, uno de esos hitos que quedarán en la memoria de sus espectadores, ya sean víctimas desoladas o fisgones ociosos, pero una voz interior, tal vez un tanto puritana, nos susurra que hay algo irrespetuoso en el hecho de convertir en una diversión lo que para otros muchos ha supuesto una calamidad. Entre ver tu casa engullida por un río de lava y hacerte un selfie con un fondo volcánico media un mundo. Lo extraño es que no parece existir incompatibilidad entre ambos extremos: nadie está obligado a hacer penitencia por los males del prójimo. A veces, la desdicha cae de un lado y otras veces de otro, nos decimos, y a quien le toque le tocó: hoy por ti y mañana por mí. Comoquiera que nos hemos sugestionados de que vivimos en una civilización decididamente hedonista –incluso desesperadamente hedonista-, no dejamos escapar ni un solo baile, así sea en la cubierta del Titanic.

         Hemos decidido que estamos en el mundo, en fin, para pasarlo bien, no para pasarnos la vida preocupados por pandemias y volcanes. Y es que, de una manera más o menos difusa, andamos convencidos de que el progreso es un proceso sin retorno, de que nuestra civilización irá a más día tras día, a la espera de ese gran momento en que los coches vuelen y en que los médicos nos proporcionen la inmortalidad, entre otros prodigios. Sí, todo se andará, o casi todo. Y todo –o casi todo- será bienvenido.

Pero, en paralelo, conviene tomar conciencia, así sea de una manera también difusa, de la fragilidad de este retablo nuestro de las maravillas. Porque los cimientos de nuestra sociedad están excavados en la ladera de un volcán, y ese volcán simbólico lleva mucho tiempo avisándonos, mediante seísmos de intensidad variable, de que el día menos pensado, por muy turistas y hedonistas que seamos, igual nos da un susto.

domingo, 17 de octubre de 2021

EL CHIP

 (Publicado ayer en prensa)




Como tantos millones de incautos, y en contra del consejo de esos amigos que tuvieron la prudencia de convertirse de manera repentina en científicos, me vacuné. En mala hora. Con la presunta primera dosis me inocularon un virus gripal que me tuvo dos días postrado y febril. Me resistí a pensar que se trataba de un efecto calculado para sugestionarnos de que la vacuna hacía efecto en nuestro organismo. Tardé en enterarme de que con la segunda dosis, que no me provocó ningún tipo de reacción, me inocularon el chip. Eso fue lo grave.

         Al principio no noté nada, pero, a los pocos días, sentí una especie de pinchazo en el hombro. Consulté el caso con un amigo  versado en vacunología, a pesar de dedicarse él a la venta de coches usados, y me brindó una revelación estremecedora: el chip se me había quedado atascado en el hombro, lo que podía tener como consecuencia, si no se movía pronto de allí, una necrosis intramuscular irreversible, con lo cual lo más probable era que tuvieran que amputarme el brazo.

Tres o cuatro noches estuve sin pegar ojo, vigilándome el brazo en cuestión.

Por suerte, el chip consiguió desatascarse y prosiguió su ruta por mi organismo. Al principio, se me instaló en la vesícula, luego en el epigastrio y finalmente encontró su acomodo definitivo en el lóbulo parietal de mi cerebro, que es donde deben fijar su residencia los chips de control mental, al estar programados para eso, aunque existen chips defectuosos que toman los rumbos más extravagantes y acaban asentándose en cualquier sitio, lo que merma su efectividad controladora por parte de los grandes oligarcas. (A un conocido mío se le instaló en una oreja y desde entonces oye pitidos y voces de ultratumba.)

         Empecé a notar los efectos inductivos del chip cuando fui al supermercado y, al intentar coger de la estantería una lata de atún en aceite de mi marca habitual, se me paralizó la mano. Volví a intentarlo y la mano empezó a temblarme con paroxismo. Haciendo un esfuerzo mental de faquir, conseguí apresar la lata, pero entonces me dio un calambrazo. Al instante, la mano se me fue, por su cuenta, hacia una pila de latas de atún en aceite de una marca para mí desconocida: ATÚN BILL GATES. Para mi sorpresa, mi mano, automatizada, metió en el carro cinco latas de ese producto.

         Como ustedes saben, la producción de coches está paralizada por falta de chips, y no hay que ser muy espabilado para saber el motivo de esa carencia. Un grupo de afectados por la vacuna hemos alquilado un autobús para desplazarnos a una fábrica de automóviles y venderle el chip que llevamos dentro. Por 50 euros, permitiremos que nos lo extraigan y lo utilicen con fines industriales. Así, de paso, muchos volveremos a comprar la marca de atún de toda la vida, no la impuesta. Porque ya está bien de bromas.


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domingo, 3 de octubre de 2021

LENGUA NATURAL

 (Publicado ayer en prensa)



El problema de los afanes identitarios colectivos es que acaban siendo más colectivos de la cuenta, ya que los micropatriotismos suelen provocar un efecto de mímesis, con arreglo a un patrón de pensamiento –o de sentimiento- muy básico: “Si ellos sí, ¿por qué nosotros no?”. La identidad, en suma, como una cuestión de orgullo comparativo.

         Uno de los pilares de la reclamación identitaria es el idioma, de modo que las regiones históricamente bilingües optan por la potenciación de la lengua de raíces autóctonas frente a la históricamente común, pues, por lógica, en los procesos identitarios no importa lo que une, sino lo que desune: la desunión hace la fuerza.

         Gracias a este fenómeno, en mi tierra, Andalucía, surgen de vez en cuando quienes defienden la existencia de una “lengua andaluza”, lo que, mirado con un poco de suspicacia, viene a ser lo mismo que suponer que en Aragón o en Costa Rica se habla andaluz, o incluso al contrario: que en Andalucía se habla aragonés o costarricense. (Cuestión, digamos, de perspectiva.)

         Una senadora de Adelante Andalucía, formación soberanista de izquierdas, ha reclamado el reconocimiento del andaluz como “lengua natural no estandarizada” y, para predicar con el ejemplo, ha colgado el siguiente tuit: “El andalûh êh nuêttra lengua naturâh. Y no êh inferiôh a ninguna otra lengua del êttao. Lo ablamô çin complehô. Y temenô, ademâh, linguîttâ andaluçê con propuêttâ pa una ortografía”. El hecho de que el andaluz sea una “lengua natural” –y con tantos signos diacríticos como el polaco, al menos a primera vista- es desde luego una noticia casi inmejorable, pues no existe cosa más artificiosa y triste que una lengua artificial. 

      Lo que no queda del todo claro es si la ortografía natural andaluza consiste en la transcripción fonética de unas modalidades de habla de una lengua común a casi 500 millones de personas, lo que nos llevaría a un punto complicado: ¿valdría esa ortografía andaluza para un almeriense y para un onubense, para un sanluqueño que cecea y para un sevillano que sesea, para la e de un gaditano y la e de un cordobés? En cualquier caso, la senadora se muestra optimista: “Llegará el día en que se escriba en andaluz”. Deseando todos que llegue ese día, como no hace falta decir. Porque no sé cómo llevamos los andaluces siglos y siglos soportando el tener que escribir en una lengua desnaturalizada, impuesta por los inquisidores -sean quienes sean- de las lenguas naturales.

Es posible que al principio cometamos muchas y muy pavorosas faltas de ortografía, pero iremos aprendiendo poco a poco, con tenacidad y entusiasmo de párvulos, felices por haber recuperado nuestra lengua natural perdida.

De aquí a nada, habrá que ir traduciendo a su lengua natural no estandarizada a autores como Góngora o Bécquer, por ejemplo.

Para ir abriendo boca, ya disponemos de una traducción al “andalûh” del Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. Para que el asunto arranque, en fin, con un rebuzno.


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lunes, 20 de septiembre de 2021

APRENDIZAJES

 (Publicado en prensa)


Durante este periodo excepcional de la Historia de la Civilización, todos hemos aprendido muchas cosas. Eso sí: algunos han aprendido más que otros. Hay quien ha aprendido que el virus no existe, por ejemplo, lo que no entra en contradicción con la certeza simultánea de que el virus inexistente ha sido lanzado al mundo por los chinos. 

        Según era de esperar, algunos han llegado a la conclusión de que Joe Biden es un agente comunista al servicio de China y que su tarea consiste en desestabilizar EEUU desde la Casa Blanca. ¿De qué modo? Pues, sin ir más lejos, poniendo trabas a la Asociación del Rifle: una vez que los estadounidenses pierdan su derecho constitucional a la posesión de armas de fuego, los chinos, en alianza con los rusos y los norcoreanos, tendrán el campo libre para invadir EEUU y hacerse de esa manera con el control del mundo. Es lo que venimos llamando la geopolítica.

   Hay también quienes han accedido a conocimientos extraordinarios. Por ejemplo: ¿por qué hay carencia de chips en las fábricas de coches? Creo que no hace falta la respuesta, pero por si acaso ahí va: porque el chip lo tenemos metidos casi todos en el cuerpo, y de sobra sabemos que la producción de chips es limitada, por mucho que las fábricas chinas de chips trabajen a destajo. O hay chips para los coches o hay chips para la gente, y siempre será preferible gastar chips en personas que en máquinas, sobre todo si se tiene en cuenta que vivimos en un planeta antropocéntrico, tanto para lo bueno como para lo malo.

         Como casi nadie ignora, el inocularnos un chip mediante una vacuna para un virus imaginario fue una ocurrencia de Bill Gates, aunque con la aprobación, para su desarrollo, del gobierno chino. A estas alturas, con media población mundial vacunada, Bill Gates se levanta a las claras del día, se sienta delante de la pantalla gigantesca de su megaordenador y, a través del programa de geolocalización psicológica con que controla la vida de la gente presuntamente inmunizada contra el virus de opereta, se dice: “A ver quién es este…” Y entra en el cerebro de, qué sé yo, Antonio Miranda, natural de Vigo, y, con sólo pulsar una tecla, Gates ordena a Miranda que meta al gato en la lavadora o que se juegue el sueldo en las tragaperras, y Miranda obedece. O bien se adentra en la mente de Sharon Mills, natural de Tennessee, y le manda que asalte el Capitolio estatal disfrazada de búfala. Y así va el mundo. (Si Bill Gates pudiera acogerse a los disfrutes que brinda nuestro Imserso, no pasarían estas cosas, ya que un jubilado aburrido es un peligro para la Humanidad.)

         En fin, lo que decía: todos hemos aprendido mucho gracias a esta pandemia. Lo único que nos queda pendiente es aprender a no volvernos locos del todo.



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domingo, 19 de septiembre de 2021

AQUILINO DUQUE

 



Cuando viví en Sevilla, en la década de 1980, traté mucho a Aquilino Duque y le tuve mucho aprecio.

Era la época en que él aún viajaba con frecuencia por motivos profesionales, de ahí la clave de este poema que le escribí -calculo que allá por 1993- para un número que le dedicó La Mirada, el suplemento literario de El Correo de Andalucía.

Murió ayer, a los 90 años.

 

SEÑOR ERRANTE DE VIÑAMARINA

 

Con aspecto atildado de cónsul excedente,

de espía retirado, de escéptico inventor

de ingenios industriales, escritor de best sellers

que apenas si se venden, con su aire de lord

 

rural que siembra rosas y edelweiss en la nieve

bajo el rojo crepúsculo de Trieste -¿o de Bangkok?-,

vive en la recia paz del Bormujos agreste

este duque aquilino, de oficio traductor

 

en remotas regiones de la confusa Europa

y sofista barroco –es un modo de hablar-

con respecto a los graves desatinos del siglo.

 

Siempre errante y lejano, como un rey sin corona,

por los perdidos mundos de Dios y el viejo zar,

nos preguntamos todos: “¿Dónde estará Aquilino?”.

martes, 14 de septiembre de 2021

PÉREZ SIQUIER y un armario


(Ha muerto, a los 90 años, en su Almería, el maestro fotógrafo Carlos Pérez Siquier. Tuve el honor de colaborar en dos libros suyos. Con el texto que sigue glosé esta fotografía de una escena de La Chanca.)


EL ARMARIO DE LUNA

Un armario dignifica una casa, da cobijo a la ropa, dignifica la ropa. Para un pobre, el armario es un lujo supremo: en un buen armario, la ropilla del pobre es menos ropilla, es menos pobre. Si no tienes armario, eres más pobre que si eres pobre pero tienes un armario que dignifique la casa, que dignifique tu ropilla, que dé a tu ropilla el rango de ropa. De ropa que se guarda en un armario. De ropa digna de un armario.

            Esta familia de La Chanca carga con su ropero. Un ropero de luna. Un mueble que les otorgará prestigio entre los vecinos del barrio: los dueños de un ropero de luna. Con puertas chapadas en madera de raíz. Con su tirador barroco de latón. Dueños de un armatoste imponente. Para guardar la ropilla. Para darle dignidad.

            Un armario para la cueva. Un armario que quedará como incrustado en la roca. En su luna se reflejarán todos ellos cuando se pongan la ropilla de los domingos. La adolescente del pañuelo en la cabeza se mirará en ese espejo soñando con lo que sueñan los adolescentes, que ven cambiar su cuerpo de un día para otro con la sorpresa de una metamorfosis mágica. La abuela enlutada que empuja el armario con la cabeza verá en ese espejo su tránsito silencioso hacia la decrepitud. Esa luna reflejará, en fin, muchas historias.

            Y, dentro del armario, la ropilla. La ropilla de la dignidad, en la dignidad de un armario.


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domingo, 12 de septiembre de 2021

REFUGIADOS

 (Publicado ayer en prensa)








Hace un par días, acompañando a Juan Cruz en sus labores de reportero, visité el campamento de refugiados afganos en la Base Naval de Rota.

Tras pasar un control muy cinematográfico (soldados norteamericanos bajo un toldo de camuflaje, con su intimidante equipamiento de asalto al completo), entras en un poblado de emergencia que cubre las necesidades básicas de aquella muchedumbre de desposeídos, que han llegado con lo puesto. Ante el anuncio de su venida, unos vecinos del pueblo se apresuraron a promover donaciones de enseres de utilidad para unos extranjeros a los que nunca verían, pues su condición de personas en tránsito internacional les privaba de salir del recinto dispuesto para su estancia, a la espera de asignarles un destino en EEUU. A los pocos días, la campaña se invirtió: pidieron el cese de las donaciones, pues las previsiones de generosidad se vieron desbordadas.

Emocionaba ver a los niños jugar por allí, despreocupados y sonrientes, y a los adultos saludarte con una leve inclinación de cabeza y con la mano en el lugar del corazón, aunque con una mirada de fondo triste, como la de alguien que acaba de salir del infierno y aún no ha logrado desprendérselo de los ojos, ya que la imagen de los infiernos suele ser persistente, y en ocasiones imborrable. Emocionaba ver al personal sanitario militar atender con mimo y diligencia a los indispuestos, en especial a esos bebés que algún día oirán por boca de sus mayores los detalles de esta aventura forzosa, ascendida ya para entonces al rango de leyenda familiar. Emocionaba oír a unos adolescentes escribir en el aire su carta a los Reyes Magos del futuro: el que quiere ser médico, el que anhela ser político…

Al margen de otras consideraciones -que serían muchas, y muy complejas-, prevalece la sensación conmovedora de que a veces somos capaces de vencer al horror, aunque en nuestro mundo el horror sea una fábrica que jamás detiene su actividad. Ver un destacamento militar volcado en labores humanitarias te lleva a una reflexión sin duda muy simplona, impropia de un adulto resabiado: si el género humano invirtiese su talento en asentar el concepto plural de “civilización” frente a los envites cíclicos de la barbarie, incluidos los endógenos, tendríamos un mundo muy diferente al que padecemos, en el que a veces las naciones civilizadas se degradan también al ejercicio de la barbarie en nombre precisamente de la civilización.

¿Insuficiente esto? Sí. Pero lo poco puede ser mucho, sobre todo cuando la alternativa es menos que nada. Ahora se abren nuevas interrogantes para estos transterrados, porque el destino es siempre una incógnita. Y la novela prosigue.


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domingo, 5 de septiembre de 2021

SEPTIEMBRE

 (Publicado ayer en prensa)



(Rota. Picobarro y playa de los Galeones)


La llegada de septiembre trae consigo una sensación de melancolía, pero también de alivio. Quienes han terminado sus vacaciones echan de menos sus paraísos provisionales, mientras que los nativos de esos paraísos –y en especial los camareros- respiran relajados ante esa despoblación repentina, como si una nave extraterrestre hubiese abducido de la noche a la mañana a los forasteros que, apenas unas horas antes, daban al pueblo un ambiente de feria perpetua.

De todas formas, muchos de esos turistas también suspiran de alivio cuando se les acaba la temporada de ocio, sobre todo si se tiene en cuenta que para muchos las vacaciones acaban siendo una gincana extenuante, hasta el punto de que el regreso a la rutina y al trabajo se les convierte en el inicio de la verdadera temporada de descanso, a la espera de que el próximo verano ponga de nuevo a cero el contador de las diversiones más o menos preceptivas que son consustanciales a la temporada estival.

         Una tarea dura, en fin, el veraneo.

         No sabe uno si a los políticos el verano los atempera o les recarga las pilas. De todo habrá. Pero ojalá predomine lo primero, porque las pilas de muchos de nuestros políticos están sobrecargadas de energía, sobre todo de la negativa, y ese tipo de energía es la que menos necesitamos ahora, cuando llevamos acumuladas demasiadas incertidumbres y extrañezas, hasta el extremo de que la ciudadanía, una vez mayoritariamente vacunada, debería ser tratada, con cargo a la sanidad pública, con valeriana o con flores de Bach, pues quien más y quien menos anda con los nervios muy sensibles, y no precisamente para escribir poemas líricos, sino para saltar como un tigre sobre el primero que, en estos tiempos de dogmas unipersonales, le lleve un poco la contraria.

         A estas alturas, en que ya nuestra vida prepandémica nos parece una leyenda dorada, la política entendida como un ejercicio de matonería y de filibusterismo es algo que nos cuesta sobrellevar, y no porque sea algo nuevo, sino porque es algo que se ha quedado muy antiguo. A este paso, habrá que modificar el reglamento de las cámaras de representación y exigir que los parlamentarios practiquen media hora de yoga y de meditación trascendental antes de iniciar las sesiones. No se perdería nada con intentarlo.

         Antiguamente, el mes de agosto venía a ser la tregua anual que nos concedían los políticos con respecto a los políticos, y nos olvidábamos un poco de sus pendencias y sofismas, pero este verano, por ser raro, nos han privado del disfrute de esa amnesia transitoria, hasta el punto de que agosto, políticamente hablando, parecía un septiembre cualquiera.

         No sé. Es posible que algunos comprendan algún día que no les pedimos que el debate político sea una pelea de gallos. Pero es posible que para que eso ocurra sería necesario que agosto durase al menos dos meses. O doce.


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domingo, 22 de agosto de 2021

ESCRITO EN LA ARENA

 (Publicado ayer en prensa)

       (Playa de Rota. Cuadro de R. Verdugo Landi. Hacia 1920)


Los veranos tienen algo de estación retrospectiva: por una vía misteriosamente imprecisable, nos remiten a los veranos de la infancia, esos que perviven en la memoria al margen de la cronología, pues los veranos infantiles son un solo verano, una cápsula de tiempo que no tiene fecha definida. 

       Se funden en uno, ya digo, los veranos en que fuimos niños, y en ese verano único se nos entremezclan los recuerdos y las sensaciones: la extensión dorada de la arena al atardecer, a contraluz; las olas que nos voltearon y nos arrojaron a la orilla como a náufragos desconcertados, el sabor del agua salada que te entraba por la nariz, las excursiones a la zona rocosa para complicarles la vida a los cangrejos y a los diminutos camarones transparentes que se quedaban atrapados en las pozas de marea…

         Los veranos infantiles tienen algo de paraíso en technicolor, de fotografía Polaroid, con sus coloraciones irreales y subidas de tono, y, al recordarlos, nos vemos dentro de una película muda, porque la infancia está más allá de las palabras, o dentro de una de esas fotografías que siempre salían un poco movidas, sin duda porque es muy difícil que un niño sepa estarse quieto, por más que sus padres se lo supliquen o se lo ordenen.

         Quietos, lo que se dice quietos, nos quedábamos, eso sí, en los cines de verano, absortos ante las andanzas nocturnas de un vampiro, aterrados ante la transformación de un señor corriente en nada menos que el hombre lobo, aquel esclavo de los ciclos lunares, o bien adivinando la fuerza del deseo -sin entender del todo qué era el deseo- en la imagen de una bailarina de un saloon del Oeste o de la sicaria en bikini que seducía a un agente secreto al servicio de su majestad británica.

         Todo aquello se nos transfería luego a los sueños, y allí se nos formaba un grumo aleatorio de ficciones, en esas noches tórridas en que, más que dormir, nos bandeábamos en una duermevela sudorosa y confusa, entre despertares repentinos debidos al calor, por esa afición tan rara que tiene el calor a no descansar ni por la noche.

         Los veranos de la infancia se condensan en imágenes: la ola rápida que destruye el laborioso castillo de arena, los chanquetes que saltan de las cajas de sus vendedores y se quedan palpitando en la arena como si fuesen hebras de mercurio, el cangrejo cautivo en un cubo de plástico, la botella rota, semienterrada en la arena, que siempre pisaba alguien, dejando un rastro de sangre y de angustia en aquel escenario edénico de toldos y sombrillas, de madres que formaban tertulias para contarse historias o para intercambiar recetas, mientras los niños, gracias al privilegio de salvajismo que nos concedía el verano, jugábamos en la orilla a los piratas.

         El verano, en fin, es ese algo que sucede muy al fondo de nosotros. Más allá del verano. Más allá de las fechas. En un tiempo que ni siquiera parece estar hecho de tiempo.


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miércoles, 18 de agosto de 2021

Una entrevista en EL MUNDO

 El titular no reproduce -como suele ser costumbre- palabras que yo formulase de esa manera.

(Lo de las gafas de natación no es idea mía, sino el elemento invariable en todas las fotos de las entrevistas veraniegas que están dando en contraportada.)

De lo demás -qué remedio- sí respondo.

martes, 10 de agosto de 2021

LA VIDA EN UN HILO


Edgar Neville escribió y dirigió esta película en 1945.

Con unos actores un poco menos redichos y con una producción un poco más sofisticada, sería una de las grandes comedias de la historia del cine, junto a las de Lubistch, Leisen o Wilder, por ejemplo.

Aun así, el guion es tan bueno que suple esas carencias y la convierte, a mi entender, en una delicia irrenunciable.

Extraña, sobre todo, que lograse esquivar la censura.
Y sorprende ese personaje femenino que, en contra de las consignas morales de la época con respecto al papel de la mujer en el sagrado matrimonio, se siente liberada al enviudar de un pelmazo.
(Disponible en FlixOlé.)