lunes, 26 de julio de 2021

LO DE CUBA

 (Publicado en prensa)



He viajado en cuatro ocasiones a La Habana. En total, poco más de un mes allí. A pesar de ser muy poco tiempo, he visto por dentro algunas casas en que viven políticos de jerarquía mediana y algunas casas en que vive la gente teóricamente uniclasista. He entrado en establecimientos en que se paga en dólares americanos y en otros en que se paga en pesos cubanos. He oído a un joven taxista licenciado en derecho: "Fidel arruinó la vida a mi abuelo, luego a mi padre y ahora a mí". He oído a un joven camarero de hotel: “Mi sueldo de aquí es nada y menos. Vivo de las propinas. Mi madre y mi padre son médicos y con lo suyo no llega para mantener la casa”. He oído a varios políticos: "Acá, por culpa del bloqueo, no podemos resolver nada", y encogerse de hombros, liberados de cualquier responsabilidad de gestión: el bloqueo, ese sinsentido que a estas alturas admite muy pocas justificaciones y que, paradójicamente, actúa como sostén victimista y exculpatorio del régimen y como azote de la gente de a pie.

He visto a poetas parasitarios y serviles convertir las consignas absurdas en una salida laboral. He hablado con un escritor que fue un preso político en los tiempos de Batista: "No habíamos luchado para esto". He visto a centenares de muchachas, cada cual con un melodrama tal vez menos real que estratégico, merodear por las zonas turísticas en busca de romances fugaces pero productivos.

Cada cubano lleva consigo, en suma, su novela.

La portavoz de Podemos en el Congreso dijo hace unos días que no considera que el de Cuba sea un régimen dictatorial, a la vez que pedía a las autoridades de allí que permitieran expresarse libremente a los ciudadanos en vez de molerlos a palos y encarcelarlos. ¿En qué quedamos?

Pese al oportunista y previsible vocerío derechista en torno a este asunto, lo diré: lo que los cubanos llevan décadas aguantando no lo aguantaríamos aquí ni cinco minutos sin poner el grito en el cielo de la indignación, pero hay quien tiende a defender la conservación de aquello como una especie de parque temático marxista, con sus especies en peligro de extinción, o como una pintoresca reserva apache a la que van de visita unos camaradas turistas "engagés" -muchos con una camiseta con la efigie del Che Guevara- para envidar lo que están perdiéndose ellos por tener la mala suerte de vivir en Suecia, en Francia o en España: nada menos que el disfrute de una utopía hecha realidad. Una utopía, eso sí, un tanto desconcertante: generalizar la pobreza.

A propósito de Cuba, le oí hará cosa de 20 años a Juan Marsé -que en su día apoyó la revolución castrista- una salida airada ante alguien que defendía el mantenimiento de aquella simulación del paraíso proletario: "Los experimentos con gaseosa, pero no con la gente. Ya está bien".

Lo dicen ahora muchos cubanos, que son quienes tienen más autoridad para decirlo: “Ya está bien”. Pero allí eso viene a ser lo de menos.


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viernes, 23 de julio de 2021


Pura screwball comedy, esta película, dirigida en 1939 por Mitchell Leisen, cuenta con Billy Wilder como coguionista, y su mano se nota muchísimo en más o menos la media hora final, cuando todo gira hacia un registro divertidamente descabellado.



miércoles, 21 de julio de 2021

CONSPIRANOICIONES

 


(Las elecubraciones de mis conspiranoicos antes de la comercialización de las vacunas.)


         (...) Por si fuese poco, ayer saltó la noticia de que Rusia dispone ya de una vacuna contra este famoso y controvertido coronavirus.

El presidente Putin ha proclamado a los cuatro vientos siberianos que ha vacunado a su hija y que todo ha ido bien. De ser cierta esa temeridad, sólo cabe cruzar los dedos para que la muchacha sobreviva a ese envenenamiento celular de efecto impredecible y que tanto su ADN como su ARN no le monten por dentro del organismo un aquelarre biológico degenerativo.

Pero lo peor no es eso, aun siendo bastante malo, en especial para la muchacha en cuestión, sino la evidencia de que en el fondo todo se reduce a una guerra comercial y a la vez a una guerra de vanidad: Putin se ha adelantado a Bill Gates, y eso es algo que el americano de Seattle –conociéndolo como le conocemos- no va a pasar por alto.

Su reacción puede ser tan enérgica como imprevisible.

Estamos en el momento, en definitiva, del gran choque de los grandes egos.

Y esos choques, según nos enseña la Historia Universal, son los que acaban resquebrajando, como quien no quiera la cosa, el mundo: todas las grandes guerras son, en esencia, guerras entre grandes egos, no entre países, porque a ver qué le importaba a un campesino polaco que lo esclavizara un paisano suyo o un alemán.

       Pero lo raro es que China no haya patentado aún una vacuna (incluso Cuba, donde no disponen ni de aspirinas, anuncia tener la suya en fase avanzada), en especial si consideramos que todos los indicios apuntan a que ellos son los propagadores estratégicos del virus, de modo que la creación de la vacuna hubo de ser paralela, como es lógico y prudente  a todos los niveles estatales, y como ha quedado dicho en razonamientos anteriores, a la del virus en cuestión.

       “¿A qué espera China?”, se pregunta, atónito, el orbe, concienzado ya de su dependencia sanitaria del gigante asiático, que no ha contaminado el mundo con este virus para vendernos más unidades de esos gatitos dorados que hacen el saludo comunista, aunque en realidad son felinos japoneses, sino para que nos veamos obligados a comprarles lo que quiera que sea que les echen a unos recipientes etiquetados como VACUNA UNIVERSAL, cuando todo el mundo sabe que el funcionamiento biomolecular de un chino –ADN, etcétera- no es igual que el de un indígena sudamericano, de modo que lo que a uno puede matarlo al otro puede dejarlo medio muerto.

       ¿A qué espera, sí, el susodicho gigante asiático -donde la altura media de la población es de 1,65 centímetros?

Pues casi con toda probabilidad a que las demás vacunas resulten fallidas y, una vez reconocido ese fracaso por todos los gobiernos del mapamundi, con el coste de humillación patriótica que eso conllevará, los chinos puedan comercializar la suya a precio de joya, como el pueblo oportunista y codicioso que es, lo que hará que el PIB amarillo se dispare como un cohete, mientras que la economía del mundo civilizado se hundirá como un topo.


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jueves, 15 de julio de 2021

ROJO SOBRE FONDO NEGRO

 


Lleva uno vistas muchas películas raras, pero pocas tan raras como esta.

Raro fue incluso su destino: se estrenó con éxito en 1942, pero a las pocas semanas fue retirada de los cines y estuvo perdida hasta 1990.
Se cuenta que fue Franco quien dio la consigna de quitarla de la circulación. Aquello le costó a su director, Carlos Arévalo, una condena al ostracismo durante muchos años.

Se trata de una exaltación de la Falange a través de una joven de talante heroico, en contraste con los desmanes de los milicianos anarquistas. (De ahí el título: los colores de la bandera de la Falange y también los de la CNT.)

El arranque resulta desconcertante, con un texto engolado y críptico de José María Alfaro y con unos recursos visuales vanguardistas y alegóricos que acrecientan la expectación: "¿De qué irá esto?".

En los primeros minutos, los actores están bastante mal, cantando el texto, pero al poco se corrigen.

El plano secuencia de la tristemente célebre cheka de Fomento es uno de los más espectaculares que he visto, con reminiscencias del expresionismo más potente.

¿Qué molestó tanto a Franco? Cabría sospechar que el papel heroico que se atribuye al falangismo y el nulo papel que se asigna al propio Franco. También quizá el hecho de que Ismael Merlo interprete a un izquierdista honrado y de buen corazón.

Es un relato de parte, como no hace falta decir, pero, curiosamente, hay algo en esta película que trasciende -y no sólo en los aspectos artísticos- su mera función de propaganda: la lógica aterradora de la sinrazón, la exposición de la barbarie latente en toda comunidad humana.

La barbarie, en fin, que engendra más barbarie, como así fue.

(Disponible en la plataforma FlixOlé.)

domingo, 11 de julio de 2021

SÍ PERO NO

 (Publicado ayer en prensa)


Visto lo visto, parece claro que los políticos entienden de este virus lo mismo que este virus entiende de política. Es decir, lo justo. Hemos comprobado que los gobernantes aciertan a controlar el virus cuando aplican medidas represivas, como también hemos comprobado que el virus se desmanda en cuanto esas medidas represivas dan paso al optimismo de apelar a la responsabilidad individual para contener la pandemia, en parte porque un individuo puede ser responsable, eso sin duda, pero un colectivo humano lo habitual es que esté medio loco.

         Se pretendió “salvar el verano”, lo que significaba un intento –y una esperanza- de salvar parte de la economía, pero hemos entrado en julio con una quinta ola de contagios gracias a la susodicha responsabilidad individual, que ha resultado ser tan peligrosa como el virus mismo. Hay quien culpa a los jóvenes de este nuevo repunte y hay quien los exculpa, exculpación que suele fundarse en el argumento de que son jóvenes y tienen la obligación  de comportarse como jóvenes. Un juicio dual, como si dijésemos: los inquisidores frente a los comprensivos. En cualquier caso, donde esté un dato que se quite una opinión: la tasa de incidencia entre los jóvenes se dispara por días, y dispara a su vez la de todo el país.

Ha oído uno que esta pandemia está robando a los jóvenes el disfrute de su juventud. Sin duda. Pero podría ponerse en la balanza, no sé, lo que esta pandemia ha robado a otros en las residencias de ancianos, donde a muchos no sólo se les ha escamoteado el disfrute de su vejez, sino también la vida.

Hemos visto a adolescentes reclamar libertad –esa abstracción tan de moda- desde los balcones del hotel en que fueron aislados durante unos días, y a sus progenitores mostrar en las televisiones su indignación por lo que consideraban un secuestro. Y vuelvo a lo mismo: unos ancianos pueden soportar un año de aislamiento absoluto, sin pisar la calle y sin ver a sus familiares, pero unos adolescentes no pueden estar en Mallorca sin disfrutar de un botellón: ellos han leído en profundidad a los poetas clásicos –carpe diem- y saben de sobra que la juventud es flor de un día.

         Estamos a 10 de julio y no sabemos cómo estaremos en agosto, lo que añade un factor de expectación a estos experimentos que los gobernantes se traen con nosotros y a estas alegres temeridades que nos traemos con nosotros mismos.

         Uno de los recursos balsámicos de nuestra mente consiste en negar una realidad cuando nos resulta indeseada o nos sobrepasa emocionalmente hasta el extremo de lo insoportable. Muchos parecen andar ahora en esa negación, y están en su derecho emocional, pero no desde luego en su derecho cívico. Los gobernantes saben de sobra -menos por revelación que por escarmiento- que la aplicación de unas medidas represivas son las únicas eficientes en estos casos, pero también saben que tienen un coste no sólo económico, sino también electoral. Y ahí andan, en esa disyuntiva. Un poco como lo del chiste: makumba o muerte.


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domingo, 27 de junio de 2021

EL TÚNEL

 (Publicado ayer en prensa)


De un día para otro, vimos cómo nuestra forma de vida se transformaba en una distopía sujeta a todas esas reglamentaciones que nos resultaban desoladoras y absurdas en aquellas novelas que nos pintaban un futuro deshumanizado y sometido a la mano de hierro de unos entes totalitarios y vagamente fantasmagóricos.

De la noche a la mañana, pasamos de disfrutar de unos espejismos de libertad a padecer las fantasías inquietantes de una pesadilla. Retrocedimos también a la infancia: si no volvíamos a casa a la hora señalada, nos exponíamos a un castigo.

En muy poco tiempo, el tiempo mismo dejó de ser una secuencia para convertírsenos en un presente estático en el que se habían abolido el calendario y los relojes, en el que todo giraba sobre sí mismo, en un bucle de esperanzas fallidas, de expectativas defraudadas: nos íbamos a dormir con la ilusión de poner la radio por la mañana y oír la noticia de que aquello ya pasó, de que por fin se había acabado, de que volvíamos a ser como antes en el mundo de antes.

         De un día para otro, la vida se nos convirtió en una novela de terror, y todos estábamos dentro de esa novela como una tropa de personajes secundarios y repentinamente neuróticos que daban por hecho que el tocar un picaporte en nuestra casa o una botella de aceite en el supermercado podía provocarnos la muerte en cuestión de días. Nos poníamos guantes contra esa muerte, pero la paranoia nos susurraba que nuestros guantes también podían estar contaminados de muerte. Que tocarnos la cara con nuestras manos enguantadas era también un peligro de muerte. Porque la muerte dejó de ser una palabra de uso excepcional para convertirse en un comodín en las conversaciones, y oíamos las cifras diarias de muertes con una mezcla de estupor, de resignación y de espanto, con ese fatalismo sombrío con que se asumen las cifras de caídos en una guerra.

Lo que podía matarnos, en fin, era invisible y podía estar en cualquier parte, podía metérsenos en casa con la cesta de la compra, con la brisa, con el mensajero que nos dejaba un paquete que manipulábamos como si se tratase de un paquete bomba.

         De un día para otro, fuimos seres con mascarilla, seres con media cara, conscientes como nunca de los rumores de nuestra respiración bajo un tejido que se encargaba de evitarnos el acabar entubados en un hospital. Pasamos de estar en el centro de la vida a escondernos en los márgenes de la vida. Hemos aprendido a sabernos frágiles. Hemos aprendido que el miedo individual puede disfrazarse de heroísmo colectivo.

         A estas alturas, dicen algunos que vemos ya la luz al final del túnel. Es posible. Como también es posible que la desesperación y el hartazgo nos hagan ver una luz donde hay aún mucha tiniebla. No sé. Parece ser que ahora toca sugestionarnos con la idea alegre de que esto ya pasó. De que recuperamos en público la mitad de nuestra cara de cara al verano. Pero…


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sábado, 26 de junio de 2021

PESSOANA


Tirada de 100 ejemplares numerados y firmados en colofón por el autor y el ilustrador, realizados en forma artesanal en papel Fabriano de 160 gramos, cosidos al lomo, 16 páginas.

PVP: 20 euros.
PEDIDOS:
Teléf. 676 77 88 74
pedidos@libreriadelcentro.es

domingo, 13 de junio de 2021

LA CARTA

 (Publicado en prensa)



La carta que Oriol Junqueras ha dirigido al orbe ha gustado más al Gobierno central que a los correligionarios del propio Junqueras, que se han apresurado a matizar los razonamientos difusos de su mártir más emblemático.  Dejando a un lado a la CUP, instalada en la inmovilidad del dogma, a quien menos ha gustado esa carta, no obstante, es a la derecha ultracatalanista, asociada con ERC para definir una “nueva Generalitat republicana” a través de un gobierno “escogido con normalidad parlamentaria”, dentro de lo normal que resulta que un partido de izquierdas se alíe con uno de derechas, en una unión de conveniencia que no se sustenta en un programa, sino en una utopía.

         Casi todo en esta vida tiene sus derivas paradójicas: si bien la de Junqueras ha sido recibida como una carta de amor en el Gobierno central, ha sido abierta como un paquete bomba en la política catalana, a pesar de esa ilusión de armonía que los partidos independentistas intentan exportar. Cataluña tiene un conflicto con España, pero tiene, sobre todo, un conflicto consigo misma, a menos que se calcule que la instauración de una república concertaría allí unas ideologías antagónicas, ya que el vínculo coyuntural entre ERC y JxCat no pasa de ser un acuerdo artificial establecido sobre la base de un futurible más que improbable, lo que no parece que sea un punto de partida especialmente prometedor.

         ¿Y qué dice la carta de Junqueras? En esencia nada. O al menos nada novedoso. Pero lo que se lee entre líneas resulta claro: que su permanencia en la cárcel supone una pérdida de tiempo no sólo para él, sino también para la consecución de una Cataluña libre. Si invadimos el territorio de la conjetura, cabe suponer que esa carta no responde tanto a una inspiración espontánea de Junqueras como a una sugerencia del Gobierno central, necesitado de “gestos” que fortalezcan la concesión del indulto y neutralicen el vocerío justiciero de las derechas españolistas.

         Fiel a su talante eclesiástico y tendente al mesianismo, Junqueras sugiere que el indulto paliará “el dolor de la represión y el sufrimiento de la sociedad catalana”. Bueno, el sufrimiento de la sociedad catalana en pleno no podemos saberlo con exactitud, pero el suyo personal desde luego que sí, lo que no es poco, sobre todo si identifica su dolor con el de todo un pueblo.

         Hay quien supone que la experiencia carcelaria ha hecho reflexionar a Junqueras y atemperar sus afanes, aunque resulta raro que una persona tenga que pasar por la cárcel para caer en la cuenta de que el incumplimiento de la ley puede llevarlo a la cárcel.

         Se trataría, al parecer, de desjudicializar el conflicto, a pesar de tratarse de un conflicto esencialmente judicial. Pero no olvidemos que la política tiene su magia: lo mismo desjudicializa que politiza. Y no estaría mal, al menos de vez en cuando, despolitizar también la política.


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lunes, 31 de mayo de 2021

INDULTAR

 

El historial de los indultos concedidos en España en las últimas décadas indica que si bien la justicia puede ser arbitraria, no menos arbitraria resulta la concesión de indultos por parte de un Gobierno, de modo que parece inevitable que nos movamos en esto –como casi en todo- en el terreno aleatorio de la tendenciosidad.

         El Gobierno se encuentra ahora, por una mera cuestión de supervivencia, y temeroso del coste electoral que pueda tener, ante el trago amargo de verse obligado a promover un indulto a los presos del procés tras haber asegurado el presidente Sánchez, en 2019, que cumplirían íntegramente su condena, promesa que tampoco sabe uno si resultaba ineludible y pertinente, ya que conviene tener claro que la realidad suele ser voluble y que no merece la pena dar una impresión complementaria de volubilidad en las apreciaciones personales. Por su parte, los independentistas catalanes, en su afán inamovible de tensar la cuerda, exigen no el indulto, sino la amnistía; es decir, la negación del delito, exigencia a la que se ha sumado UP, aunque la propuesta de tramitación de la ley de amnistía ha sido rechazada, por inconstitucional, en el Congreso.

         Al flamante presidente de la Generalitat debemos esta estimación: “La voluntad popular no puede estar limitada por las leyes. Nuestro límite es la voluntad popular”. Por su parte, ante el informe desfavorable del Supremo a la concesión de los indultos, el presidente congresual de UP-ECP ha arriesgado un dictamen mareante: “El tiempo de los jueces ha terminado y empieza el de la política”. Con lo cual parece quedar claro que la justicia no sólo está jerárquicamente por debajo de la voluntad popular con respecto a las leyes, sino que además puede estar sometida a la enmienda política de las leyes, según se avenga no al espíritu de las leyes en sí, sino según convenga a las estrategias políticas. Sánchez se ha limitado a optar por el tono bíblico: “Hay un tiempo para el castigo y otro para la concordia”.

         La sección socialista del Gobierno sabe de sobra que un indulto no atemperaría el conflicto catalán, y es posible que sospeche que lo potenciaría, por la interpretación entre épica y melodramática que el independentismo –conociendo como conocemos sus resortes victimistas- puede hacer de la aplicación de esa medida de gracia. Al margen de eso, y por si a alguien le quedaba alguna duda, el nuevo ejecutivo catalán ha reafirmado su voluntad de declarar a corto plazo la república, que no es tanto una quimera ensoñada como una meta imposible que, no obstante, se plantea como posibilidad única.

         Y piensa uno que no estaría mal, en fin, que de vez en cuando los políticos indultaran a la ciudadanía de la condena de asistir a estas pantomimas disfrazadas de asuntos de Estado.


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viernes, 21 de mayo de 2021

FRANCISCO BRINES

 






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Caballero Bonald y Francisco Brines fueron vecinos en Madrid. Han muerto con muy pocos días de diferencia.

Solemos aplicar con una generosa despreocupación la categoría de "gran poeta", y más aún cuando alguien acaba de morir. Pero Brines lo fue: su obra está a la altura de lo mejor de la poesía en lengua española de todos los tiempos.

Muchos tuvimos la suerte de tratarlo y de apreciar en él al maestro magnánimo y al amigo afectuoso, al alegre vitalista, al diligente noctámbulo enamorado de la naturaleza y de los cuerpos, al pensador profundo y gozador de los dones de la vida.

Tan bondadoso, además.

Cuando reunió en un volumen su poesía, nos ofreció a los amigos que eligiésemos un poema para dedicárnoslo, para que de ese modo estuviésemos vinculados para siempre a él.

Elegí este, este breve compendio de sabiduría vital:

 


LOS PLACERES INFERIORES

 

No desdeñes las pasiones vulgares.

Tienes los años necesarios para saber

que ellas se corresponden exactamente con la vida.

No reduzcas su acción,

pues si del breve tiempo en que consistes

las sustraes,

es todavía el existir más deficiente.

Descubre su verdad tras la apariencia,

y así no habrá falsía,

y no podrás mentir que fue razón de vida lo que sólo fue tránsito.

Mas ellas te evitaron el fiel aburrimiento de las horas.

Exigen lucidez, no en su experiencia

sino en su escaso ser;

valóralas exactas,

para lo cual has de saber lo que la vida vale,

y esa sabiduría hace tiempo que es tuya.

Si cometes error cuando las midas,

hazlo siempre en tendencia de la degradación.

Nunca mejores lo que vale poco.

y que no tengan nombre, ni tiempo detenido

y queden confundidas en su promiscuidad.

Sabes que tu memoria es débil, y te ayuda.

Todas son una sola,

como es una la vida.

Y las otras pasiones, que merecen un nombre

y el cobijo de un tiempo,

sálvalas lejos de ellas,

y siempre te recuerden lo que la vida no es.

Y agradece a la vida esos errores.


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martes, 18 de mayo de 2021

LA EVALUACIÓN

 Cuando nuestra vida en común recupere su plena condición de vida, de vida que merezca ese nombre, haremos recuento de muchísimas cosas desde una perspectiva aliviada, pero también extrañada, porque extraño está siendo todo, y la extrañeza suele exigirnos un proceso de interpretación, de dilucidación y de clarificación de la anomalía.

         Llevamos mucho tiempo instalados en el temor, pues lo que era cotidiano se ha convertido en peligroso y lo que era inocente ha pasado a ser culpable. A estas alturas, todos tenemos una difusa conciencia delictiva: ¿quién no ha se ha saltado el toque de queda, quién no se ha apuntado a una reunión clandestina en casa ajena o ha montado una celebración secreta en casa propia, quién se resistió a abrazar a sus mayores o allegados cuando aún la vacunación era una esperanza remota, quién no ha terminado por asumir miles y miles de muertes con la insensibilidad de quien recibe un mero dato estadístico?

¿Estamos al límite? En estos días, vemos a muchísima gente echarse festivamente a la calle no ya como si se hubiese acabado la pandemia, sino como si el mundo fuera a acabarse mañana mismo. Y es algo que censuramos, a la vez que, en el fondo, lo comprendemos: si resultaba difícil sobrellevar la realidad que solíamos considerar normalizada, ¿cómo vamos a soportar una irrealidad del todo anómala? Los políticos nos piden responsabilidad, pero ni siquiera ellos se atreven a sugerirnos que nos comportemos como héroes, porque en eso llevarían las de perder: somos lo que somos y como somos. Como podemos ser, y no más.

Cuando esto pase y analicemos este periodo extraño, tal vez nuestros gobernantes no salgan muy bien parados de la evaluación, y no por la manera inevitablemente errática en que están gestionando esta crisis, con tantos aciertos como errores, con tantas medidas efectivas como normativas absurdas, sino por su falta de altura no en la gestión, ya digo, sino en el concepto profundo de la política misma.

Y es que han pedido a la gente unos sacrificios que no se han aplicado a ellos mismos. El sacrificio, por ejemplo, de que desideologicemos esta catástrofe para ir todos en el mismo barco, a la vez que ellos han acentuado –e incluso enfatizado- sus disputas partidistas, conforme a esa especie de supramundo olímpico en que han decidido asentarse para ejercer la hostilidad mutua como norma irrenunciable.

En un clima social proclive a la crispación y al desánimo, la clase política ha decidido, en suma, fomentar la crispación y promover el desánimo. No parece, así de entrada, una buena estrategia para la reconstrucción emocional de una sociedad golpeada en su centro.

         Pero, como siempre, ellos sabrán mejor que nadie lo que nos conviene.

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lunes, 17 de mayo de 2021

lunes, 10 de mayo de 2021

CABALLERO PERPETUO

 (Publicado ayer en EL MUNDO)



Tenía 94 años, sí, pero nos habíamos hecho a la idea de que era inmortal, como se sospechaba que lo era el conde de Saint Germain, y que nos sobreviviría a todos.

No ha podido ser, aunque cuesta trabajo creerlo: ¿cómo que ha muerto Pepe, si ya lo difícil para él era morirse, después de haber sobrevivido a varios naufragios, circunstancia que, según una antigua superstición a la que él se acogía, otorga la inmortalidad a los mortales? Dábamos por hecho, en fin, que la metódica dama Muerte se había olvidado de llamar a su puerta, como si nuestro tío adoptivo Pepe se hubiese convertido en el personaje venturoso de una de esas fantasías paranormales de las Mil y una noches

Hasta el último momento estuvo lúcido, con el cuerpo rendido pero con la mente en estado permanente de alerta, con el pensamiento vivísimo y rápido, lo que en parte era un don y en parte una condena: consciente de su acabamiento progresivo, de la muesca que el paso de los días dejaba en su cuerpo castigado. Él, que siempre tuvo andares y hechuras de emperador de un país exótico, a prueba de madrugadas y de botellas vaciadas de manzanilla....

“Estoy caducado”, te decía, con el senequismo de un epicúreo. “Esto se acaba”. En los últimos meses, al otro lado del teléfono, presumía de que se le olvidaban las cosas, incluidas algunas palabras, pero, al mismo tiempo, soltaba una agudeza sorprendente, una divertida frase epigramática sobre algún personaje de actualidad, un juego afortunado de palabras en modo alguno olvidadas.

Presumía también de tener un carácter difícil, pero selectivo: podía ser impertinente con los impertinentes, pero fiel como ninguno a sus afectos.

Es muy raro esto de que se nos mueran los amigos, porque los amigos nunca se nos mueren: sólo morirán con nosotros, no en nosotros.

Muy raro esto de que no volvamos a reunirnos con Pepe y Pepa, su mujer, la pareja inseparable, en una venta a pie de playa, frente a una bandeja de huevos fritos con patatas de Sanlúcar, para hablar de todo en abstracto y de nada en particular, como si fuésemos inmortales, como si el tiempo fuese una mera ficción del pensamiento.

Como si la vida no tuviese al dorso, en fin, una implacable fecha de caducidad.


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lunes, 3 de mayo de 2021

LA HORA DEL VOTO

 

Mañana los madrileños irán a votar y el resto de los españoles descansaremos al fin de una campaña electoral especialmente crispada que, en un plano estrictamente territorial, ni nos iba ni nos venía, pero que se nos coló en casa gracias a ese centralismo informativo que sobrevive a la fragmentación autonómica, hasta el punto de que conocemos mejor a los candidatos de allí que a nuestros respectivos gobernantes regionales.

         De la campaña podemos concluir varias cosas, todas ellas tan desconcertantes como edificantes. Por ejemplo, que los madrileños, según la percepción de quienes se ven como afectados, son víctimas de una creciente madrileñofobia. Y es que si Cataluña disfruta –y nunca mejor dicho- de la catalanofobia, Madrid no podía ser menos: ¿qué región del mundo puede vivir sin una idiosincrasia y sin agravios a su idiosincrasia?

También se deduce, con arreglo a las proclamas de algunos candidatos, que Madrid atesora la esencia milenaria del españolismo, previa incluso a la existencia de España: algo así, no sé, como un bastión irreductible frente a la amenaza del comunismo, al que algunos combaten mediante la defensa de una especie de vitalista anarquismo de derechas, ideología parapolítica que defiende aspectos tan variados como pueden serlo la bajada de impuestos como método para garantizar los servicios públicos o bien el consumo de cerveza, en tiempos de pandemia, como un acto cívico de libertad y rebeldía identitaria. (No en vano la actual presidenta en funciones dejó claro en su día que a Madrid emigra lo mejor de las Españas, mientras que en el resto del territorio se supone que se queda la gleba improductiva y subvencionada, dato que ya conocíamos, no obstante, por boca de algunos líderes catalanes.)

         Por si faltaba algo, entraron en campaña las amenazas de muerte, lo que añadió una dimensión épica a lo que en principio estaba limitado a ser una mera trifulca. Un asunto desagradable, por supuesto, pero todo el mundo sabe –y mejor que nadie los políticos- que el peligro de verdad no está en que te amenacen de muerte, sino en que te maten sin amenaza previa, porque quien tiene decidido matarte, salvo que medie un chantaje previo, no suele practicar la cortesía de avisarte de sus intenciones, aunque ¿quién renuncia –y menos en campaña- al prestigio de lo dramático?

Todos nos llevamos una sorpresa al saber que el único identificado como autor de esas amenazas es un enfermo mental, cuando se supone que deberíamos dar por sentado que ese tipo de acciones las llevan a cabo las personas que están plenamente en sus cabales.

“Nuestra democracia está amenazada”, enfatizaron algunos, elevando la anécdota a categoría con la misma lógica con que podríamos deducir que, tras el atraco a una joyería de barrio, la industria joyera del país está al borde de la extinción.

         En estos casos, en suma, todo vale. Y mañana votarán. Y entonces, pase lo que pase, empezará allí el verdadero lío.


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