martes, 14 de septiembre de 2021

PÉREZ SIQUIER y un armario


(Ha muerto, a los 90 años, en su Almería, el maestro fotógrafo Carlos Pérez Siquier. Tuve el honor de colaborar en dos libros suyos. Con el texto que sigue glosé esta fotografía de una escena de La Chanca.)


EL ARMARIO DE LUNA

Un armario dignifica una casa, da cobijo a la ropa, dignifica la ropa. Para un pobre, el armario es un lujo supremo: en un buen armario, la ropilla del pobre es menos ropilla, es menos pobre. Si no tienes armario, eres más pobre que si eres pobre pero tienes un armario que dignifique la casa, que dignifique tu ropilla, que dé a tu ropilla el rango de ropa. De ropa que se guarda en un armario. De ropa digna de un armario.

            Esta familia de La Chanca carga con su ropero. Un ropero de luna. Un mueble que les otorgará prestigio entre los vecinos del barrio: los dueños de un ropero de luna. Con puertas chapadas en madera de raíz. Con su tirador barroco de latón. Dueños de un armatoste imponente. Para guardar la ropilla. Para darle dignidad.

            Un armario para la cueva. Un armario que quedará como incrustado en la roca. En su luna se reflejarán todos ellos cuando se pongan la ropilla de los domingos. La adolescente del pañuelo en la cabeza se mirará en ese espejo soñando con lo que sueñan los adolescentes, que ven cambiar su cuerpo de un día para otro con la sorpresa de una metamorfosis mágica. La abuela enlutada que empuja el armario con la cabeza verá en ese espejo su tránsito silencioso hacia la decrepitud. Esa luna reflejará, en fin, muchas historias.

            Y, dentro del armario, la ropilla. La ropilla de la dignidad, en la dignidad de un armario.


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domingo, 12 de septiembre de 2021

REFUGIADOS

 (Publicado ayer en prensa)








Hace un par días, acompañando a Juan Cruz en sus labores de reportero, visité el campamento de refugiados afganos en la Base Naval de Rota.

Tras pasar un control muy cinematográfico (soldados norteamericanos bajo un toldo de camuflaje, con su intimidante equipamiento de asalto al completo), entras en un poblado de emergencia que cubre las necesidades básicas de aquella muchedumbre de desposeídos, que han llegado con lo puesto. Ante el anuncio de su venida, unos vecinos del pueblo se apresuraron a promover donaciones de enseres de utilidad para unos extranjeros a los que nunca verían, pues su condición de personas en tránsito internacional les privaba de salir del recinto dispuesto para su estancia, a la espera de asignarles un destino en EEUU. A los pocos días, la campaña se invirtió: pidieron el cese de las donaciones, pues las previsiones de generosidad se vieron desbordadas.

Emocionaba ver a los niños jugar por allí, despreocupados y sonrientes, y a los adultos saludarte con una leve inclinación de cabeza y con la mano en el lugar del corazón, aunque con una mirada de fondo triste, como la de alguien que acaba de salir del infierno y aún no ha logrado desprendérselo de los ojos, ya que la imagen de los infiernos suele ser persistente, y en ocasiones imborrable. Emocionaba ver al personal sanitario militar atender con mimo y diligencia a los indispuestos, en especial a esos bebés que algún día oirán por boca de sus mayores los detalles de esta aventura forzosa, ascendida ya para entonces al rango de leyenda familiar. Emocionaba oír a unos adolescentes escribir en el aire su carta a los Reyes Magos del futuro: el que quiere ser médico, el que anhela ser político…

Al margen de otras consideraciones -que serían muchas, y muy complejas-, prevalece la sensación conmovedora de que a veces somos capaces de vencer al horror, aunque en nuestro mundo el horror sea una fábrica que jamás detiene su actividad. Ver un destacamento militar volcado en labores humanitarias te lleva a una reflexión sin duda muy simplona, impropia de un adulto resabiado: si el género humano invirtiese su talento en asentar el concepto plural de “civilización” frente a los envites cíclicos de la barbarie, incluidos los endógenos, tendríamos un mundo muy diferente al que padecemos, en el que a veces las naciones civilizadas se degradan también al ejercicio de la barbarie en nombre precisamente de la civilización.

¿Insuficiente esto? Sí. Pero lo poco puede ser mucho, sobre todo cuando la alternativa es menos que nada. Ahora se abren nuevas interrogantes para estos transterrados, porque el destino es siempre una incógnita. Y la novela prosigue.


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domingo, 5 de septiembre de 2021

SEPTIEMBRE

 (Publicado ayer en prensa)



(Rota. Picobarro y playa de los Galeones)


La llegada de septiembre trae consigo una sensación de melancolía, pero también de alivio. Quienes han terminado sus vacaciones echan de menos sus paraísos provisionales, mientras que los nativos de esos paraísos –y en especial los camareros- respiran relajados ante esa despoblación repentina, como si una nave extraterrestre hubiese abducido de la noche a la mañana a los forasteros que, apenas unas horas antes, daban al pueblo un ambiente de feria perpetua.

De todas formas, muchos de esos turistas también suspiran de alivio cuando se les acaba la temporada de ocio, sobre todo si se tiene en cuenta que para muchos las vacaciones acaban siendo una gincana extenuante, hasta el punto de que el regreso a la rutina y al trabajo se les convierte en el inicio de la verdadera temporada de descanso, a la espera de que el próximo verano ponga de nuevo a cero el contador de las diversiones más o menos preceptivas que son consustanciales a la temporada estival.

         Una tarea dura, en fin, el veraneo.

         No sabe uno si a los políticos el verano los atempera o les recarga las pilas. De todo habrá. Pero ojalá predomine lo primero, porque las pilas de muchos de nuestros políticos están sobrecargadas de energía, sobre todo de la negativa, y ese tipo de energía es la que menos necesitamos ahora, cuando llevamos acumuladas demasiadas incertidumbres y extrañezas, hasta el extremo de que la ciudadanía, una vez mayoritariamente vacunada, debería ser tratada, con cargo a la sanidad pública, con valeriana o con flores de Bach, pues quien más y quien menos anda con los nervios muy sensibles, y no precisamente para escribir poemas líricos, sino para saltar como un tigre sobre el primero que, en estos tiempos de dogmas unipersonales, le lleve un poco la contraria.

         A estas alturas, en que ya nuestra vida prepandémica nos parece una leyenda dorada, la política entendida como un ejercicio de matonería y de filibusterismo es algo que nos cuesta sobrellevar, y no porque sea algo nuevo, sino porque es algo que se ha quedado muy antiguo. A este paso, habrá que modificar el reglamento de las cámaras de representación y exigir que los parlamentarios practiquen media hora de yoga y de meditación trascendental antes de iniciar las sesiones. No se perdería nada con intentarlo.

         Antiguamente, el mes de agosto venía a ser la tregua anual que nos concedían los políticos con respecto a los políticos, y nos olvidábamos un poco de sus pendencias y sofismas, pero este verano, por ser raro, nos han privado del disfrute de esa amnesia transitoria, hasta el punto de que agosto, políticamente hablando, parecía un septiembre cualquiera.

         No sé. Es posible que algunos comprendan algún día que no les pedimos que el debate político sea una pelea de gallos. Pero es posible que para que eso ocurra sería necesario que agosto durase al menos dos meses. O doce.


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domingo, 22 de agosto de 2021

ESCRITO EN LA ARENA

 (Publicado ayer en prensa)

       (Playa de Rota. Cuadro de R. Verdugo Landi. Hacia 1920)


Los veranos tienen algo de estación retrospectiva: por una vía misteriosamente imprecisable, nos remiten a los veranos de la infancia, esos que perviven en la memoria al margen de la cronología, pues los veranos infantiles son un solo verano, una cápsula de tiempo que no tiene fecha definida. 

       Se funden en uno, ya digo, los veranos en que fuimos niños, y en ese verano único se nos entremezclan los recuerdos y las sensaciones: la extensión dorada de la arena al atardecer, a contraluz; las olas que nos voltearon y nos arrojaron a la orilla como a náufragos desconcertados, el sabor del agua salada que te entraba por la nariz, las excursiones a la zona rocosa para complicarles la vida a los cangrejos y a los diminutos camarones transparentes que se quedaban atrapados en las pozas de marea…

         Los veranos infantiles tienen algo de paraíso en technicolor, de fotografía Polaroid, con sus coloraciones irreales y subidas de tono, y, al recordarlos, nos vemos dentro de una película muda, porque la infancia está más allá de las palabras, o dentro de una de esas fotografías que siempre salían un poco movidas, sin duda porque es muy difícil que un niño sepa estarse quieto, por más que sus padres se lo supliquen o se lo ordenen.

         Quietos, lo que se dice quietos, nos quedábamos, eso sí, en los cines de verano, absortos ante las andanzas nocturnas de un vampiro, aterrados ante la transformación de un señor corriente en nada menos que el hombre lobo, aquel esclavo de los ciclos lunares, o bien adivinando la fuerza del deseo -sin entender del todo qué era el deseo- en la imagen de una bailarina de un saloon del Oeste o de la sicaria en bikini que seducía a un agente secreto al servicio de su majestad británica.

         Todo aquello se nos transfería luego a los sueños, y allí se nos formaba un grumo aleatorio de ficciones, en esas noches tórridas en que, más que dormir, nos bandeábamos en una duermevela sudorosa y confusa, entre despertares repentinos debidos al calor, por esa afición tan rara que tiene el calor a no descansar ni por la noche.

         Los veranos de la infancia se condensan en imágenes: la ola rápida que destruye el laborioso castillo de arena, los chanquetes que saltan de las cajas de sus vendedores y se quedan palpitando en la arena como si fuesen hebras de mercurio, el cangrejo cautivo en un cubo de plástico, la botella rota, semienterrada en la arena, que siempre pisaba alguien, dejando un rastro de sangre y de angustia en aquel escenario edénico de toldos y sombrillas, de madres que formaban tertulias para contarse historias o para intercambiar recetas, mientras los niños, gracias al privilegio de salvajismo que nos concedía el verano, jugábamos en la orilla a los piratas.

         El verano, en fin, es ese algo que sucede muy al fondo de nosotros. Más allá del verano. Más allá de las fechas. En un tiempo que ni siquiera parece estar hecho de tiempo.


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miércoles, 18 de agosto de 2021

Una entrevista en EL MUNDO

 El titular no reproduce -como suele ser costumbre- palabras que yo formulase de esa manera.

(Lo de las gafas de natación no es idea mía, sino el elemento invariable en todas las fotos de las entrevistas veraniegas que están dando en contraportada.)

De lo demás -qué remedio- sí respondo.

martes, 10 de agosto de 2021

LA VIDA EN UN HILO


Edgar Neville escribió y dirigió esta película en 1945.

Con unos actores un poco menos redichos y con una producción un poco más sofisticada, sería una de las grandes comedias de la historia del cine, junto a las de Lubistch, Leisen o Wilder, por ejemplo.

Aun así, el guion es tan bueno que suple esas carencias y la convierte, a mi entender, en una delicia irrenunciable.

Extraña, sobre todo, que lograse esquivar la censura.
Y sorprende ese personaje femenino que, en contra de las consignas morales de la época con respecto al papel de la mujer en el sagrado matrimonio, se siente liberada al enviudar de un pelmazo.
(Disponible en FlixOlé.)

domingo, 8 de agosto de 2021

A LA PUERTA DE LA CALLE

 








El alcalde de El Algar (Cádiz) va a iniciar los trámites para solicitar que se considere patrimonio de la humanidad la costumbre de sentarse a tomar el fresco en verano, al anochecer, a la puerta de las casas.

El asunto tiene, no sé, su punto extravagante, ya que por la misma razón podría solicitarse esa distinción para el hecho de freír los boquerones, de dormir la siesta o de refrescar el agua en un botijo.

Pero bien está.

Recuerdo aquellos corros familiares. En cuanto caía el sol, se sacaban a la calle las sillas, las mecedoras y las butacas de enea del patio y allí se empezaba a hablar de lo que fuese terciándose, o a quedarse en silencio, mirando pasar el aire.

La aceras se llenaban de asientos de hechuras muy diversas, y todo el mundo hablaba bajito, incluidos los niños, quizá porque el privilegio veraniego de trasnochar no nos libraba de estar muertos de sueño a esas horas, después de habernos pasado el día en la playa en una especie de gincana imparable.

Los transeúntes iban parándose en los corros. Comentaban algo y seguían su ruta. A veces, había un trasvase de vecinos: gente que, con su silla a cuestas, se mudaba de tertulia, en busca tal vez de novedades.

Si refrescaba más de la cuenta, las sillas iban replegándose hacia el zaguán.

Si pasaba un coche, todo el mundo lo miraba como si fuese un ovni, por lo anómalo que resultaba.

"Bueno, ya hay que recogerse", decía alguna autoridad familiar, casi siempre femenina, porque las mujeres eran las últimas en acostarse, y las sillas volvían a su sitio, y ya cada cual se iba a entenderse con sus sueños.

domingo, 1 de agosto de 2021

 


No soy partidario de las valoraciones exaltadas, pero hoy, por ser domingo, voy a hacer una excepción, y lo haré en mayúsculas:
ESTO ES UNA MARAVILLOSA OBRA DE ARTE.

Dirigida en 1947 por Albert Lewin, con base en una novela de Guy de Maupassant, asistimos al ascenso social de un galán arribista y sin escrúpulos interpretado a la perfección, sin el más leve atisbo de histrionismo, por un George Sanders en estado de gracia.

Rodada en su totalidad en estudio, cuenta con unas escenografías tan suntuosas como ligeramente irreales. La fotografía, debida a Russell Metty, fabulosa.

El elenco, impecable en todo momento.

(Y, de pronto, un sutil homenaje a Manet, y el recurso anacrónico, con intención simbólica, a un cuadro de Max Ernst, y centenares de detalles tan preciosistas como narrativamente efectivos.)

Sorprende el uso continuado -y tan acertado- de la elipsis.

Esta película no se estrenó nunca en los cines españoles. Se ofrece ahora en versión restaurada -gracias en parte a Scorsese- en la plataforma FlixOlé.

Deseando que se me borre un poco de la memoria, en fin, para volver a verla.

lunes, 26 de julio de 2021

LO DE CUBA

 (Publicado en prensa)



He viajado en cuatro ocasiones a La Habana. En total, poco más de un mes allí. A pesar de ser muy poco tiempo, he visto por dentro algunas casas en que viven políticos de jerarquía mediana y algunas casas en que vive la gente teóricamente uniclasista. He entrado en establecimientos en que se paga en dólares americanos y en otros en que se paga en pesos cubanos. He oído a un joven taxista licenciado en derecho: "Fidel arruinó la vida a mi abuelo, luego a mi padre y ahora a mí". He oído a un joven camarero de hotel: “Mi sueldo de aquí es nada y menos. Vivo de las propinas. Mi madre y mi padre son médicos y con lo suyo no llega para mantener la casa”. He oído a varios políticos: "Acá, por culpa del bloqueo, no podemos resolver nada", y encogerse de hombros, liberados de cualquier responsabilidad de gestión: el bloqueo, ese sinsentido que a estas alturas admite muy pocas justificaciones y que, paradójicamente, actúa como sostén victimista y exculpatorio del régimen y como azote de la gente de a pie.

He visto a poetas parasitarios y serviles convertir las consignas absurdas en una salida laboral. He hablado con un escritor que fue un preso político en los tiempos de Batista: "No habíamos luchado para esto". He visto a centenares de muchachas, cada cual con un melodrama tal vez menos real que estratégico, merodear por las zonas turísticas en busca de romances fugaces pero productivos.

Cada cubano lleva consigo, en suma, su novela.

La portavoz de Podemos en el Congreso dijo hace unos días que no considera que el de Cuba sea un régimen dictatorial, a la vez que pedía a las autoridades de allí que permitieran expresarse libremente a los ciudadanos en vez de molerlos a palos y encarcelarlos. ¿En qué quedamos?

Pese al oportunista y previsible vocerío derechista en torno a este asunto, lo diré: lo que los cubanos llevan décadas aguantando no lo aguantaríamos aquí ni cinco minutos sin poner el grito en el cielo de la indignación, pero hay quien tiende a defender la conservación de aquello como una especie de parque temático marxista, con sus especies en peligro de extinción, o como una pintoresca reserva apache a la que van de visita unos camaradas turistas "engagés" -muchos con una camiseta con la efigie del Che Guevara- para envidar lo que están perdiéndose ellos por tener la mala suerte de vivir en Suecia, en Francia o en España: nada menos que el disfrute de una utopía hecha realidad. Una utopía, eso sí, un tanto desconcertante: generalizar la pobreza.

A propósito de Cuba, le oí hará cosa de 20 años a Juan Marsé -que en su día apoyó la revolución castrista- una salida airada ante alguien que defendía el mantenimiento de aquella simulación del paraíso proletario: "Los experimentos con gaseosa, pero no con la gente. Ya está bien".

Lo dicen ahora muchos cubanos, que son quienes tienen más autoridad para decirlo: “Ya está bien”. Pero allí eso viene a ser lo de menos.


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viernes, 23 de julio de 2021


Pura screwball comedy, esta película, dirigida en 1939 por Mitchell Leisen, cuenta con Billy Wilder como coguionista, y su mano se nota muchísimo en más o menos la media hora final, cuando todo gira hacia un registro divertidamente descabellado.



miércoles, 21 de julio de 2021

CONSPIRANOICIONES

 


(Las elecubraciones de mis conspiranoicos antes de la comercialización de las vacunas.)


         (...) Por si fuese poco, ayer saltó la noticia de que Rusia dispone ya de una vacuna contra este famoso y controvertido coronavirus.

El presidente Putin ha proclamado a los cuatro vientos siberianos que ha vacunado a su hija y que todo ha ido bien. De ser cierta esa temeridad, sólo cabe cruzar los dedos para que la muchacha sobreviva a ese envenenamiento celular de efecto impredecible y que tanto su ADN como su ARN no le monten por dentro del organismo un aquelarre biológico degenerativo.

Pero lo peor no es eso, aun siendo bastante malo, en especial para la muchacha en cuestión, sino la evidencia de que en el fondo todo se reduce a una guerra comercial y a la vez a una guerra de vanidad: Putin se ha adelantado a Bill Gates, y eso es algo que el americano de Seattle –conociéndolo como le conocemos- no va a pasar por alto.

Su reacción puede ser tan enérgica como imprevisible.

Estamos en el momento, en definitiva, del gran choque de los grandes egos.

Y esos choques, según nos enseña la Historia Universal, son los que acaban resquebrajando, como quien no quiera la cosa, el mundo: todas las grandes guerras son, en esencia, guerras entre grandes egos, no entre países, porque a ver qué le importaba a un campesino polaco que lo esclavizara un paisano suyo o un alemán.

       Pero lo raro es que China no haya patentado aún una vacuna (incluso Cuba, donde no disponen ni de aspirinas, anuncia tener la suya en fase avanzada), en especial si consideramos que todos los indicios apuntan a que ellos son los propagadores estratégicos del virus, de modo que la creación de la vacuna hubo de ser paralela, como es lógico y prudente  a todos los niveles estatales, y como ha quedado dicho en razonamientos anteriores, a la del virus en cuestión.

       “¿A qué espera China?”, se pregunta, atónito, el orbe, concienzado ya de su dependencia sanitaria del gigante asiático, que no ha contaminado el mundo con este virus para vendernos más unidades de esos gatitos dorados que hacen el saludo comunista, aunque en realidad son felinos japoneses, sino para que nos veamos obligados a comprarles lo que quiera que sea que les echen a unos recipientes etiquetados como VACUNA UNIVERSAL, cuando todo el mundo sabe que el funcionamiento biomolecular de un chino –ADN, etcétera- no es igual que el de un indígena sudamericano, de modo que lo que a uno puede matarlo al otro puede dejarlo medio muerto.

       ¿A qué espera, sí, el susodicho gigante asiático -donde la altura media de la población es de 1,65 centímetros?

Pues casi con toda probabilidad a que las demás vacunas resulten fallidas y, una vez reconocido ese fracaso por todos los gobiernos del mapamundi, con el coste de humillación patriótica que eso conllevará, los chinos puedan comercializar la suya a precio de joya, como el pueblo oportunista y codicioso que es, lo que hará que el PIB amarillo se dispare como un cohete, mientras que la economía del mundo civilizado se hundirá como un topo.


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jueves, 15 de julio de 2021

ROJO SOBRE FONDO NEGRO

 


Lleva uno vistas muchas películas raras, pero pocas tan raras como esta.

Raro fue incluso su destino: se estrenó con éxito en 1942, pero a las pocas semanas fue retirada de los cines y estuvo perdida hasta 1990.
Se cuenta que fue Franco quien dio la consigna de quitarla de la circulación. Aquello le costó a su director, Carlos Arévalo, una condena al ostracismo durante muchos años.

Se trata de una exaltación de la Falange a través de una joven de talante heroico, en contraste con los desmanes de los milicianos anarquistas. (De ahí el título: los colores de la bandera de la Falange y también los de la CNT.)

El arranque resulta desconcertante, con un texto engolado y críptico de José María Alfaro y con unos recursos visuales vanguardistas y alegóricos que acrecientan la expectación: "¿De qué irá esto?".

En los primeros minutos, los actores están bastante mal, cantando el texto, pero al poco se corrigen.

El plano secuencia de la tristemente célebre cheka de Fomento es uno de los más espectaculares que he visto, con reminiscencias del expresionismo más potente.

¿Qué molestó tanto a Franco? Cabría sospechar que el papel heroico que se atribuye al falangismo y el nulo papel que se asigna al propio Franco. También quizá el hecho de que Ismael Merlo interprete a un izquierdista honrado y de buen corazón.

Es un relato de parte, como no hace falta decir, pero, curiosamente, hay algo en esta película que trasciende -y no sólo en los aspectos artísticos- su mera función de propaganda: la lógica aterradora de la sinrazón, la exposición de la barbarie latente en toda comunidad humana.

La barbarie, en fin, que engendra más barbarie, como así fue.

(Disponible en la plataforma FlixOlé.)

domingo, 11 de julio de 2021

SÍ PERO NO

 (Publicado ayer en prensa)


Visto lo visto, parece claro que los políticos entienden de este virus lo mismo que este virus entiende de política. Es decir, lo justo. Hemos comprobado que los gobernantes aciertan a controlar el virus cuando aplican medidas represivas, como también hemos comprobado que el virus se desmanda en cuanto esas medidas represivas dan paso al optimismo de apelar a la responsabilidad individual para contener la pandemia, en parte porque un individuo puede ser responsable, eso sin duda, pero un colectivo humano lo habitual es que esté medio loco.

         Se pretendió “salvar el verano”, lo que significaba un intento –y una esperanza- de salvar parte de la economía, pero hemos entrado en julio con una quinta ola de contagios gracias a la susodicha responsabilidad individual, que ha resultado ser tan peligrosa como el virus mismo. Hay quien culpa a los jóvenes de este nuevo repunte y hay quien los exculpa, exculpación que suele fundarse en el argumento de que son jóvenes y tienen la obligación  de comportarse como jóvenes. Un juicio dual, como si dijésemos: los inquisidores frente a los comprensivos. En cualquier caso, donde esté un dato que se quite una opinión: la tasa de incidencia entre los jóvenes se dispara por días, y dispara a su vez la de todo el país.

Ha oído uno que esta pandemia está robando a los jóvenes el disfrute de su juventud. Sin duda. Pero podría ponerse en la balanza, no sé, lo que esta pandemia ha robado a otros en las residencias de ancianos, donde a muchos no sólo se les ha escamoteado el disfrute de su vejez, sino también la vida.

Hemos visto a adolescentes reclamar libertad –esa abstracción tan de moda- desde los balcones del hotel en que fueron aislados durante unos días, y a sus progenitores mostrar en las televisiones su indignación por lo que consideraban un secuestro. Y vuelvo a lo mismo: unos ancianos pueden soportar un año de aislamiento absoluto, sin pisar la calle y sin ver a sus familiares, pero unos adolescentes no pueden estar en Mallorca sin disfrutar de un botellón: ellos han leído en profundidad a los poetas clásicos –carpe diem- y saben de sobra que la juventud es flor de un día.

         Estamos a 10 de julio y no sabemos cómo estaremos en agosto, lo que añade un factor de expectación a estos experimentos que los gobernantes se traen con nosotros y a estas alegres temeridades que nos traemos con nosotros mismos.

         Uno de los recursos balsámicos de nuestra mente consiste en negar una realidad cuando nos resulta indeseada o nos sobrepasa emocionalmente hasta el extremo de lo insoportable. Muchos parecen andar ahora en esa negación, y están en su derecho emocional, pero no desde luego en su derecho cívico. Los gobernantes saben de sobra -menos por revelación que por escarmiento- que la aplicación de unas medidas represivas son las únicas eficientes en estos casos, pero también saben que tienen un coste no sólo económico, sino también electoral. Y ahí andan, en esa disyuntiva. Un poco como lo del chiste: makumba o muerte.


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domingo, 27 de junio de 2021

EL TÚNEL

 (Publicado ayer en prensa)


De un día para otro, vimos cómo nuestra forma de vida se transformaba en una distopía sujeta a todas esas reglamentaciones que nos resultaban desoladoras y absurdas en aquellas novelas que nos pintaban un futuro deshumanizado y sometido a la mano de hierro de unos entes totalitarios y vagamente fantasmagóricos.

De la noche a la mañana, pasamos de disfrutar de unos espejismos de libertad a padecer las fantasías inquietantes de una pesadilla. Retrocedimos también a la infancia: si no volvíamos a casa a la hora señalada, nos exponíamos a un castigo.

En muy poco tiempo, el tiempo mismo dejó de ser una secuencia para convertírsenos en un presente estático en el que se habían abolido el calendario y los relojes, en el que todo giraba sobre sí mismo, en un bucle de esperanzas fallidas, de expectativas defraudadas: nos íbamos a dormir con la ilusión de poner la radio por la mañana y oír la noticia de que aquello ya pasó, de que por fin se había acabado, de que volvíamos a ser como antes en el mundo de antes.

         De un día para otro, la vida se nos convirtió en una novela de terror, y todos estábamos dentro de esa novela como una tropa de personajes secundarios y repentinamente neuróticos que daban por hecho que el tocar un picaporte en nuestra casa o una botella de aceite en el supermercado podía provocarnos la muerte en cuestión de días. Nos poníamos guantes contra esa muerte, pero la paranoia nos susurraba que nuestros guantes también podían estar contaminados de muerte. Que tocarnos la cara con nuestras manos enguantadas era también un peligro de muerte. Porque la muerte dejó de ser una palabra de uso excepcional para convertirse en un comodín en las conversaciones, y oíamos las cifras diarias de muertes con una mezcla de estupor, de resignación y de espanto, con ese fatalismo sombrío con que se asumen las cifras de caídos en una guerra.

Lo que podía matarnos, en fin, era invisible y podía estar en cualquier parte, podía metérsenos en casa con la cesta de la compra, con la brisa, con el mensajero que nos dejaba un paquete que manipulábamos como si se tratase de un paquete bomba.

         De un día para otro, fuimos seres con mascarilla, seres con media cara, conscientes como nunca de los rumores de nuestra respiración bajo un tejido que se encargaba de evitarnos el acabar entubados en un hospital. Pasamos de estar en el centro de la vida a escondernos en los márgenes de la vida. Hemos aprendido a sabernos frágiles. Hemos aprendido que el miedo individual puede disfrazarse de heroísmo colectivo.

         A estas alturas, dicen algunos que vemos ya la luz al final del túnel. Es posible. Como también es posible que la desesperación y el hartazgo nos hagan ver una luz donde hay aún mucha tiniebla. No sé. Parece ser que ahora toca sugestionarnos con la idea alegre de que esto ya pasó. De que recuperamos en público la mitad de nuestra cara de cara al verano. Pero…


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sábado, 26 de junio de 2021

PESSOANA


Tirada de 100 ejemplares numerados y firmados en colofón por el autor y el ilustrador, realizados en forma artesanal en papel Fabriano de 160 gramos, cosidos al lomo, 16 páginas.

PVP: 20 euros.
PEDIDOS:
Teléf. 676 77 88 74
pedidos@libreriadelcentro.es