jueves, 2 de febrero de 2023

CARLOS EDMUNDO DE ORY

En el nº de febrero de TINTA LIBRE, en mi sección "Fantasmas ilustrados", escribo sobre Carlos Edmundo de Ory, con su correspondiente caricatura de Toño Benavides.



domingo, 29 de enero de 2023

LA TARA

 (Publicado en prensa)



Entre otras, el sociópata tiene la habilidad de colarse en la sociedad como un elemento de normalidad social. El auge de las redes sociales nos ha brindado una evidencia: que buena parte de la población mundial está para que la encierren bajo llave y bajo medicación específica. Antes, cuando no existía Internet –ese invento creado a medias por Dios y a medias por el Diablo-, salías a la calle y, en tu inocencia, pensabas que la gente era convencionalmente normal, al menos dentro de lo raro que somos todos, y dabas por hecho que las mentes funcionaban más o menos bien, dentro de lo bien que puede funcionar una mente humana, pero, de repente, una ola de sociopatía se hizo palmaria en varios frentes: en la sección de comentarios de la edición digital de los periódicos, en Twitter y en Facebook, en Instagram e incluso en TikTok, pongamos por caso, donde las muchedumbres hasta entonces silenciosas optaron por dar rienda suelta a sus perturbaciones, aunque, eso sí, por lo general bajo pseudónimo, pues el sociópata tendrá algunos defectos, como todo el mundo, pero no el de responsabilizarse en público de sus opiniones taradas, y de ahí quizá su afición al anonimato.

         Comoquiera que la humanidad está involucrada en un proceso imparable y creciente de perfeccionamiento, esa sociopatía no ha parado de progresar, y en los últimos tiempos se ha hecho fuerte en un ámbito en el que se dan las mejores condiciones para su desarrollo: la política. Si a esa idoneidad de las condiciones sumamos el hecho de que los profesionales de ese gremio están ahora –en el caso de que no lo estén siempre- en precampaña electoral, el panorama resulta inmejorable.

         A estas alturas de la Historia, creo que el sentido común nos advierte de que podemos dar por perdidos los ideales de concordia y de equilibrio entre intereses sociales, ya que el único contrato social que hemos firmado a lo largo de los siglos es en el fondo un contrato leonino, por no decir que se trata en realidad de un contrato basura: el contrato del sálvese quien pueda.

         No sé si la clase política cae de vez en cuando en la cuenta de que la teatralización sobreactuada de la discordia acaba volviéndose en su contra, ya que una sociedad crispada representa un riesgo ideológico por su falta precisamente de ideología, al predisponerla de ese modo en favor de los profetas del orden, que suelen acaban siendo los operarios del caos. La trifulca constante puede ser un espectáculo entretenido, pero solo hasta cierto punto: llega un momento en que asquea un poco, en parte –supongo- porque evidencia nuestro fracaso como colectividad, una colectividad que tal vez preferiría armonizarse a dislocarse.

         Pero, en fin, ellos sabrán.


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lunes, 16 de enero de 2023

ACTUALIDADES

 (Publicado en prensa)


El plagio brasileño del asalto al Capitolio de EEUU tenía un componente épico: esas hordas que lucían mayoritariamente la camiseta de su selección nacional de fútbol, supongo que como metáfora del gol que pretendían marcarle no ya al presidente Lula, sino a otras cosas un poco más abstractas: a la democracia, a la civilización e incluso me atrevería decir que a la salud mental. Si tu héroe político es Bolsonaro y resulta que pierde las elecciones, no te queda otro remedio que ponerte a romper cosas, cosas públicas, cosas simbólicamente significativas de la nación; es decir, cosas que también son tuyas, pero como si no lo fuesen, porque la barbarie es desinteresada: su único interés consiste en destruir. Mientras tanto, Bolsonaro se curaba en EEUU de una dolencia abdominal, provocada sin duda por el resultado de las últimas elecciones, que, cuando son malos, suelen traer eso: retortijones agudos, que se agravan cuando el que los padece se dedica a pensar con las tripas.

       Aquí, mientras tanto, andamos entretenidos con otras cuestiones. Por ejemplo: la secretaria de Estado de Igualdad está viviendo un calvario mediático por hacerse la graciosa en una tertulia televisiva, víctima de la confusión de manifestarse en un medio de repercusión pública no como la secretaria de Estado que es, sino con el mismo desparpajo con que podría comportarse en una despedida de soltera. Tras recurrir al viejo truco de fingirse la víctima de un complot, ha pedido disculpas, de modo que el universo ha recobrado la armonía.

   …O tal vez no tanto: ahí tenemos al vicepresidente castellanoleonés con lo del latido fetal y las ecografías en 4D como método nigromántico para que las mujeres que han decidido abortar desistan de pecar contra Dios, que es una de las funciones principales de un político del siglo XXI: procurar que el porcentaje  más bajo posible de la ciudadanía acabe tras la muerte en el infierno. No sé qué opinarán ustedes, pero eso de disfrutar de un gobernante retromedieval tiene su gracia y su exotismo, y no sería desdeñable la idea de que cada ayuntamiento contase con una Delegación de Edad Media y Reconquista.

         Pero, de repente, todo ha quedado oscurecido por la canción que Shakira ha dedicado a su exnovio futbolista. Ahí se ha abierto el Gran Debate: ¿se trata de una actitud ortodoxamente feminista de empoderamiento, de una rabieta de índole choni o bien de una muestra populachera de despecho? Hay diversidad de opiniones, como pasa con todo. Sea una cosa u otra, el desahogo le ha generado ya 21 millones de dólares. Por raro que parezca, es una buena noticia para todos los españoles: así podría pagar, sin que le doliese mucho el bolsillo, los 14.5 millones que Hacienda le reclama, y no por despecho, sino por presunto fraude fiscal.

    Vamos bien.


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lunes, 2 de enero de 2023

sábado, 31 de diciembre de 2022

LA EXPECTATIVA


 (Publicado en prensa)


Mañana entramos en un año nuevo, y lo haremos tal vez con la idea difusa de haber dejado atrás, aparte de un tramo de nuestra vida, un periodo global de calamidades y de incertidumbres, pues si bien vivimos desde siempre en un mundo convulso, este 2022, puesto en la balanza, nos ha traído más sobresaltos que sosiegos. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? No. La historia de la humanidad es una novela que empieza mal y que posiblemente acabe peor aún, ya que, a estas alturas, podemos llegar a la conclusión melancólica de que como colectividad no tenemos remedio, dicho sea sin ánimo de ofender a nadie. Lo intentamos, sí, pero tampoco con mucha convicción, y no hay cosa que nos guste más que tirarnos en grupo a un abismo, a la manera de una manada de ñus.

Por nuestra falta de capacidad para el escarmiento, en medio mundo seguimos regalando el poder a fantoches y charlatanes, cuando no a sociópatas o a psicópatas, o todo junto, en parte, supongo, porque las ideologías de antaño han derivado en meras manías sectarias, con un trasfondo más religioso que propiamente político, hasta el punto de que basta con que un ente extravagante suelte media docena de barbaridades para que una muchedumbre lo ensalce como un redentor. Cada uno de nosotros cree tener una solución expeditiva para los problemas del mundo, lo que no quita que esa creencia acabe sumando al mundo otro problema: la proliferación de iluminados. Unos iluminados que necesitan a un espabilado para que los agrupe y los guíe en la senda de la purificación social. Un espabilado que vocifere y gesticule, que recurra a las grandes palabras huecas y que canalice ese descontento que, de manera más o menos abstracta, late en cualquier sociedad, ya que los paraísos únicamente parecen existir como tales en el mundo de las ideas: un mito metafísico. Y el espabilado, claro está, aparece, y no solo puede acabar ocupando un escaño en un parlamento, sino incluso sentado en un sillón presidencial, en calidad de jefe de la tribu de los alucinados.

         Las actuales tensiones geopolíticas avisan de la fragilidad extrema de nuestra idea de civilización, sobre todo si tenemos en cuenta que el delirio de una sola persona puede desestabilizar el mundo, como nos demuestran la Historia y los telediarios. Nos habíamos hecho la ilusión de estar en el camino de un futuro luminoso y de repente el cielo se ensombreció. Entre virus y guerras, entre inflaciones artificiales y catástrofes naturales, enarcamos, por prudencia, una ceja.

         Dicho lo cual, que tengan ustedes por delante un gran año.


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lunes, 19 de diciembre de 2022

UN RELATO NAVIDEÑO

 

LA VÍSPERA

 

Mi empresa se dedica a mediar entre vendedores y compradores. Unos clientes me citaron en Alicante el 23 de diciembre. Para cenar. Podría haberme disculpado, por lo señalado de la fecha, pero estaba en juego una comisión sobre la venta de un hotel en primera línea de playa y tengo por norma desconfiar de los azares de última hora. Si no había ninguna sorpresa, aquella operación equilibraría un año flojo. Elena lo comprendió, pero no le cayó bien, porque la comprensión tiene sus limitaciones emocionales, y la comprendí. Le prometí que volvería el 24 a primera hora para ayudarle a preparar la cena.

            Elena y yo nos casamos hace ahora siete años. Un par de años antes, a los cinco o seis meses de conocernos, yo rompí con Clara y ella con su marido. Elena tiene gemelas de once años y yo un hijo de dieciséis. Las hijas de Elena siguen mirándome con el mismo recelo que el primer día. Mi hijo me mira con el mismo rencor que cuando salí de casa para irme a vivir a un apartamento de alquiler en el que la tapicería del sofá era la misma que la de las cortinas.

            Me pasó lo que a casi todos: no dejé a Clara porque no la quisiese ni porque Elena me gustase más que ella, sino sencillamente porque era otra. No hubo, en esencia, mucho más. Eso, por supuesto, lo sé ahora, pero entonces no: Elena representaba una vida nueva, aunque al poco comprendí que la vida no está fuera de uno mismo. No quiero decir que esté mal con Elena ni mucho menos, sino que a estas alturas podría estar con cualquiera, incluida Clara. A los sesenta años conviene cerrar el laboratorio.

            En la cena éramos nueve, todos hombres. Las negociaciones habían tenido un prólogo largo y sólo se trataba en realidad de celebrar la firma, de modo que se firmó el contrato nada más sentarnos a la mesa, supongo que para poder celebrarlo cuanto antes. Me alegré de que no surgiesen pequeñas discrepancias de última hora, que suelen ser las más peligrosas para el éxito de este tipo de transacciones. El restaurante era tailandés y estaba decorado con tiras de espumillón azul eléctrico y con un abeto iluminado con guirnaldas de luces azules, de un elegante azul frío.

         Cenamos.

            “Vamos al Ma Chérie”. Alguno opuso resistencia, pero al final nos fuimos los nueve al Ma Chérie. A la entrada había un árbol de navidad con luces rojas y bolas doradas. Las muchachas se habían vestido esa noche de Papá Noel. La que me dio conversación se llamaba Martina y era eslovaca. Salimos de allí más allá de las cinco y media, porque el ánimo suele enredarse en esos sitios. Yo tenía que estar en el  aeropuerto en torno a las siete y cuarto.

            Llegué al hotel con apenas tiempo para darme una ducha. Era un hotel muy de medio pelo, pero no encontré otra cosa, más allá de los prohibitivos. Se ve que yo no era el único desplazado durante la víspera de una celebración eminentemente casera. En el hall había un abeto artificial con luces parpadeantes y espumillón dorado. Pedí por teléfono que me subieran un café a la habitación y me dijeron que no era posible. Le pregunté al recepcionista en qué planta servían el desayuno. Me dijo que en la entreplanta, de siete y media a diez y media. Eché en un vaso dos comprimidos de Actrón. El alcohol aún no me había hecho daño. Estaba esperando sin duda a que yo entrase en el avión para hacérmelo, como efecto teatral. Veía una escena anticipada: Elena ofreciendo licores después de la cena.

            Bajé a recepción. El reloj de pared marcaba las siete menos veinticinco. Me daría tiempo a desayunar con tranquilidad en el aeropuerto. Ante el mostrador estaba una pareja muy joven. Apenas veinte él, dieciocho como mucho la chica. Sin equipaje. “¿Han consumido algo del minibar?” Habían consumido dos cocacolas. El muchacho pagó con tarjeta.

            Antes de subir al avión, el alcohol del Ma Chérie empezó a enrarecerse. El acento de Martina, que me había hipnotizado apenas unas horas antes, me resonaba dentro de la cabeza como el eco de un idioma robótico. Me tomé un café doble y vomité. Mi avión salió con cincuenta minutos de retraso.

            Cuando llegué a casa, Elena estaba ya en la cocina. “Mis padres llegan al aeropuerto a las cuatro y media. ¿Irás tú a recogerlos?”. Por supuesto. Las gemelas, con su impavidez simétrica, fingían ayudar a su madre. En el salón estaba el abeto decorado por ellas: luces verdes y figuras de ángeles. “No me ha dado tiempo a compraros ningún regalito”, y las dos dibujaron un gesto que fundía la decepción con la resignación. Nunca han esperado mucho de mí.

    “Tienes mala cara”, me dijo Elena. Sí, la comida exótica siempre me pasa factura.

       “Por cierto, ¿cómo ha ido todo?”. Y le dije que muy bien.


(Incluido en Los abracadabras. Relatos reunidos. Editorial Renacimiento, 2022)

domingo, 18 de diciembre de 2022

BOLILLÓN PRESIDENCIAL

 (Publicado en prensa)



Comoquiera que se negó a que le hicieran un análisis toxicológico tras su detención, el flamante expresidente peruano ha añadido un misterio insondable a la mecánica del mundo: ¿qué droga es esa que hace que leas un texto ajeno como si fuese propio, sin saber lo que dices, como un loro parlante de juguete, y que te lleva además a disolver el parlamento de tu país? Una droga dura, desde luego. La única certeza que tenemos sobre ella es que es líquida o, al menos, soluble, ya que los defensores del mandatario destituido afirman que alguien se la administró en un vaso de agua, aunque cabe la posibilidad de que el agua en cuestión proviniera de un manantial lisérgico controlado por unos demonios amazónicos que se apoderan así de la voluntad de los mandatarios incautos, porque con estas cosas nunca se sabe, y episodios aún más prodigiosos nos han brindado los novelistas del llamado realismo mágico.

Por lo general, al consumidor de drogas le da por escuchar a Pink Floyd o por ver conejos y palomas de colores, pero al expresidente le dio, en cambio, por disolver el parlamento, como ha quedado dicho. Y es que un mal viaje lo tiene cualquiera: te da el punto de mandar a casa a todos los parlamentarios de tu país y resulta que acabas en la trena con tu homólogo Fujimori. Los riesgos de la vida loca, como si dijésemos.

         He buscado en los libros de Jünger, de Escohotado y de Schivelbusch la descripción de alguna sustancia que conduzca a esos extremos delirantes de colocón, pero no he encontrado nada que se ajuste a los efectos padecidos –porque disfrutados me temo que no tanto- por el expresidente de Perú.

         Y piensa uno, no sé, que esa droga misteriosa puede convertirse en una gran aliada de la clase política universal. Por ejemplo: te pillan prevaricando o malversando y lo achacas a la droga que te echaron en ese vaso de agua que les ponen a los parlamentarios cuando suben al estrado para que puedan exponer con la lengua hidratada una solución expeditiva para los problemas del país. Sería un eximente inmejorable, y se oirían por los pasillos de los parlamentos conversaciones de este tipo: “¿Has bebido agua antes de defender la enmienda a la ley?”, y el otro le respondería: “Un par de sorbos. Por precaución. Aparte de eso, si no me drogan es que ni yo mismo me creo lo que digo”.

         Como es lógico, habría que convocar una plaza de camello parlamentario, para que lo que se vierta en los vasos de sus señorías esté sometido a un control de calidad, porque igual te dan material adulterado y se te ocurre ponerte a bailar bachata con los de la oposición, o lo que sea, y es ya lo que nos faltaba.

         El expresidente peruano ha abierto, en fin, un camino.


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domingo, 4 de diciembre de 2022

BARRA LIBRE


 (Publicado en prensa) 

Desde los tiempos brumosos en que los humanos acordaron constituir asambleas para intentar resolver sus conflictos, el conflicto principal han sido las asambleas. Por no se sabe qué motivo, cualquier reunión humana, así se trate de una convocatoria vecinal, está condenada a convertirse no solo en un guirigay, sino también en una trifulca. Parece ser que llevamos la discordia en los genes, aunque no resulta del todo descartable la posibilidad de que esa naturaleza pendenciera se derive de una milenaria maldición egipcia o sumeria, como poco. Sea por lo que sea, el caso es que buena parte de la clase política ha adoptado históricamente, como tradición inquebrantable, el recurso al insulto, al sarcasmo, al sofisma, al enrocamiento en el dogma y en el prejuicio, a la humillación pública del adversario, a la destemplanza y, a menudo, a la idiotez orgullosa de serlo. Si alguien no dispone de esas habilidades, casi mejor que opte por la carrera eclesiástica. De vez en cuando, en algún informativo, vemos a unos parlamentarios de países más o menos exóticos liarse a tortas, en un paso más hacia el perfeccionamiento del debate o, al menos, hacia las soluciones expeditivas: lo que no pueden arreglar las palabras puede arreglarlo un bofetón.

         Sin irnos tan lejos, la presidenta de nuestro Congreso va a verse obligada a matricularse en un cursillo de adiestramiento canino, ya que algunas señorías están que ladran. Se ha desatado la furia, según parece, o al menos las lenguas, y prefiere uno pensar que todo se trata de una puesta en escena, de una performance parlamentaria para que el pueblo se divierta un poco en esta época de incertidumbres concretas y abstractas. Solo eso: una representación teatral subida de tono en la que los actores intercambian barbaridades entre sí y se estrellan tartas de oratoria en plena cara. Para entretenernos un poco, ya digo. Sin maldad.

         Como no podía ser de otra manera, algunos parlamentarios son mejores actores que otros, y no falta quien sobreactúa. En ese defecto de sobreactuación puede incurrirse por activa o por pasiva: por activa si se te calienta la boca más de la cuenta o por pasiva si te ves a obligado a indignarte por el calentón de una boca ajena, lo que conlleva el que tu boca también se caliente. Hay momentos estelares en que el Congreso parece un bar en el que unos entes achispados discuten sobre ovnis. Pero, bien mirado, tiene su sentido: si ellos son los representantes del pueblo, nos representan a la perfección, con absoluta fidelidad. Qué bien nos conocen. Qué bien nos interpretan: airados, sectarios, irracionales. Qué bien.


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martes, 29 de noviembre de 2022

domingo, 20 de noviembre de 2022

ACTIVISMOS

 (Publicado en prensa)



El concepto de “activismo” conlleva necesariamente un grado de fanatismo, ya que sin un componente fanático no se trasciende el grado de la pasividad, y se trata de todo lo contrario. El activista no puede encogerse de hombros ante el detalle más insignificante que afecte a su parcela temática, ya sea en el ámbito de la política, de la ecología o del maltrato animal, pongamos por caso, pues todo activismo es selectivo, tal vez por prudencia estratégica: si no se puede luchar contra el mundo como totalidad caótica, dividamos el mundo en caos específicos. Gracias a esa división, una persona puede amargarse la vida de maneras muy diferentes: sufriendo por las condiciones de vida de los perros de las perreras, deseándoles la muerte a los matadores de toros o poniendo el grito en el cielo por el hecho de que alguien fume en la terraza de un bar, por ejemplo. Hay opciones.

         Algunos identifican el activismo con el histerismo, o al menos con una mentalidad maniática, fruto de la extrapolación de alguna psicopatología necesitada de manifestación pública, aunque tal vez habría que barajar la posibilidad de que el antiactivismo sea una manifestación igualmente fanática del activismo.

         Nuestra forma de vida, la que hemos creado, tiene mucho de mecanismo desastroso, hasta el punto de que señalar sus muchos desastres se considera un síntoma de trastorno sociopático.

         Algunos activistas climáticos han vandalizado unas obras artísticas, con gran repercusión mediática, que es lo que se supone que pretendían. ¿Por qué han puesto su diana precisamente en el arte? Sería demasiado enrevesado suponer que, a pesar de que a lo largo de la historia ha habido artistas culpables de muchas cosas, una obra de arte es siempre, como tal, inocente. Y la agresión a la inocencia provoca espanto. No sé. Podrían haber lanzado latas de tomate a un surtidor de gasolina y pegarse la mano a la manguera, o incluso meterse la manguera por algún orificio corporal por el que escueza un poco. Podrían haber localizado a algún magnate del petróleo que sea calvo, verterle en la cabeza un bote de fabada y pegarse luego la mano a su cogote, procurando evitar, eso sí, los trozos de chorizo y de tocino. Etcétera. Con un poco de imaginación, la repercusión mediática hubiese sido la misma. Pero no: los cuadros. Hay que precisar que esas acciones las han llevado a cabo en obras protegidas por un cristal, pero el peligro está en que a alguien le dé por elevar la temperatura de la protesta al nivel de la iconoclastia y se anime con un cuadro desprotegido.

         Procurando situarse en la mentalidad de estos activistas, se pregunta uno: ¿qué importa una obra de arte en un planeta autodestructivo? Pero el caso es que todas las respuestas posibles tienen forma también de pregunta.


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domingo, 13 de noviembre de 2022

martes, 8 de noviembre de 2022