sábado, 8 de febrero de 2025

EL SHOW DE T.

 



Cuenta Suetonio, aunque parece ser que se trata de una mera leyenda, que el emperador Calígula sentía tanta pasión por su caballo Incitatus que calibró la posibilidad de nombrarlo cónsul. El polidelincuente Trump, esa especie de Calígula con temperamento de caballo de rodeo, ha ido un poco más lejos y, a falta de un caballo adecuado para el cargo, ha nombrado director del Departamento de Eficiencia Gubernamental a Elon Musk.

Vamos progresando.

         Y es que, en las primeras semanas de su segundo mandato presidencial, Trump no solo ha cumplido con todas las expectativas, tanto las malas como las peores, sino que incluso ha sobrepasado lo imaginable: amenaza de subida de aranceles, anhelos colonialistas y guerra indiscriminada tanto al inmigrante como al fentanilo, hasta el punto de que el fentanilo determina buena parte de su política exterior. A juzgar por sus proclamas, no me atrevería a suponer que Trump se cayó de niño en la marmita del fentanilo, pero sí que se dio un chocazo en la frente con la marmita. Algo desde luego pasó.

         Con determinación compulsiva, en su afán por poner la realidad patas arriba cuanto antes, el presidente se pasa el día firmando decretos estrafalarios con un rotulador de punta gorda, lo que lo iguala grafológicamente a esos grafiteros que dejan su apodo artístico en los muros. Habrá quien vea en ese detalle un rasgo narcisista y habrá quien lo vea como una muestra de poderío imperial, quién sabe, y seguro que el referido Calígula hubiese firmado de manera similar de haber existido en su época los rotuladores de punta gorda.

En cualquier caso, y rotuladores al margen, no hay punto de comparación entre el romano y el estadounidense: Calígula llegó al poder por designio del emperador Tiberio, mientras que Trump, según su propia interpretación teológica, alcanzó la presidencia por designio de Dios, que se encargó personalmente de desviar la bala para que le diese en la oreja, al considerar la deidad que con un tiro en la oreja era suficiente para convertirlo en mártir.

         Trump resulta tan irreal y tan irracional, en fin, que parece el protagonista de un programa televisivo de humor en el que se parodiase a un gobernante chiflado, ignorante, rimbombante, infantiloide y de modales gansteriles. Algo así, no sé, como El Show de Trump, sobre la pauta de El Show de Truman, aquel personaje cinematográfico que vivía en un mundo artificial con un desconocimiento absoluto del mundo real.

La penúltima ocurrencia de quien promete la renovada grandeza de EEUU sería cómica si no fuese espeluznante: expulsar de Gaza a los palestinos, someter el territorio a la autoridad norteamericana y convertirlo en un resort. La geopolítica sujeta a las reglas, en fin, del Monopoly: “Compro Groenlandia y pongo un hotel en Gaza”.

         Estos gobernantes trastornados están al alza en medio mundo, entre otras cosas porque lo tienen muy fácil de cara a su clientela electoral, tan trastornada como ellos: solo tienen que prometer el arreglo instantáneo de la realidad común mediante el método paradójico de fomentar el caos y el disparate.

         De entrada, el experimento, de tan descabellado, puede parecer divertido, pero no nos vamos a reír.


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lunes, 27 de enero de 2025

domingo, 26 de enero de 2025

VERDAD Y VERDADES

 


Cuando éramos niños, los mayores nos obligaban a decir la verdad, así nos costase un castigo en casa o en el colegio. Se trataba de una exigencia moral bastante seria: si decías mentiras, no solo te convertirías en un pecador despreciable, sino que arderías en el infierno en caso de morirte de repente. Resulta raro que, con tan poco bagaje de vida, se nos exigiera tener definido con precisión un concepto tan abstracto y polivalente como lo es el de “la verdad”, que admite no solo interpretaciones particulares, sino también sofisticadas piruetas sofísticas al gusto o al interés de cada uno.

Antonio Machado escribió: “¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”. La mayúscula de esa “Verdad” indica algo tal vez discutible, o al menos improbable: la existencia de una Verdad taxativa que se situaría jerárquicamente por encima de las sospechosas verdades individuales. No sé. Si en un día muy caluroso de verano alguien dice que hace mucho frío, igual no está mintiendo, sino aplicando a la realidad una circunstancia personal: el aire quema, pero él tiene mucho frío. En ese caso, el calor es una verdad objetiva que constata el termómetro, mientras que el frío sería una verdad subjetiva, no una mentira. De lo que podríamos deducir al menos un par de cosas: que no hay verdades absolutas, sino convencionalmente absolutas, y que cualquier verdad, por verdadera que sea, contiene su grado de falsedad, entre otras cosas porque la verdad no tiene capacidad para expresarse si no es a través de nosotros, que somos tan embusteros que incluso hemos llegado a inventar el concepto de “verdad” para disimular un poco.

         Los políticos siempre lo han tenido claro: no conviene ir con la verdad por delante, sino en cualquier caso por detrás. Es decir, con la verdad oculta, igual que el tahúr se guarda cartas en la manga. Al contrario que a los niños, a los políticos no les exigimos que digan la verdad, sino lo que queremos oír, de modo que se ven obligados a recurrir continuamente a una categoría híbrida: la verdad a medias, que, curiosamente, no puede considerarse una media mentira, sino una mentira bastante gorda, ya que oculta la mitad de una verdad, lo que viene a ser como ocultarla por completo.

         Los propagadores de medias verdades tienen como enemigo natural al gremio de los difundidores de bulos, toda vez que el bulo no se sustenta en las medias verdades, sino en la mentira por partida doble: un punto de partida falso para elaborar una verdad falsa que suele resultar más convincente que la Verdad absoluta y, por supuesto, que las verdades a medias.

         Y ya no sabe uno, en fin, ni qué creerse, la verdad sea dicha.


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lunes, 13 de enero de 2025

EL CAFÉ

 


Para algunos, la gastronomía se ha convertido en una rama de la metafísica, pero de lo que la hostelería española puede presumir tradicionalmente es de servir el café a una temperatura a la que el plomo se fundiría.

         Si la evolución de las especies fuese consecuente, los españoles, a estas alturas, a fuerza de tomar café en los bares, tendríamos una lengua de hierro, un paladar de cobre y una tráquea de acero inoxidable.

         La prueba de fuego –y nunca mejor dicho- consiste en que te sirvan el café no en una taza de cerámica con un asa más o menos anatómica, porque eso es para los cobardes que a lo sumo se arriesgan a quemarse los labios, sino en un vaso de cristal, para que de ese modo los camareros puedan comprobar si tienes ya unos dedos ignífugos de cafetero veterano o si eres un novato en el arriesgado arte de tomar café fuera de tu casa.

No hace mucho, tuvimos noticia del caso de un pianista polaco que iba a dar un concierto en Cádiz, entró en un bar a tomarse un café y, como iba con prisas, se abrasó los dedos de la mano derecha cuando agarró el vaso de cristal. En la unidad de quemados del hospital al que acudió le vendaron la mano, por lo que hubo que suspender la gala prevista. En la entrada del auditorio en que iba a celebrarse el concierto, los organizadores pusieron un cartel: EL CONCIERTO QUEDA APLAZADO POR CAUSAS AJENAS A LA ORGANIZACIÓN Y, EN CONCRETO, POR CULPA DEL BAR MANOLO.

         Es lo que suele pasar si estás de visita en España y necesitas un café que te dé fuerzas para seguir viendo monumentos y similares. Los nativos conocemos el peligro al que nos enfrentamos, pero los foráneos no. He leído que incluso hay turistas que, cuando regresan a su país, proponen a sus compatriotas, a través de las redes, tomarse un café español recién servido, por ver qué pasa. Y lo que pasa da pie a una estampa tan habitual como sobrecogedora: esos guiris a los que vemos salir corriendo de los bares con la lengua fuera, muy roja, con ojos espantados, echándose aire con la mano en la boca, como si se hubiesen tomado un batido de lava volcánica, que es lo más parecido que existe a un café español de los de siempre.

         No pasan más desgracias no sé por qué, pero el día menos pensado la hostelería nacional puede verse implicada en un proceso judicial de ámbito planetario si todos los turistas con la lengua quemada deciden poner una demanda colectiva.

No pretendo ser agorero: simplemente aviso de los riesgos potenciales que conlleva el servir el café a más de 100 grados Celsius en un vaso de cristal.

Cuidado, en fin, con las temeridades.


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domingo, 29 de diciembre de 2024

LOS MINDUNDIS

 (Publicado en prensa)

La realidad resulta extraña incluso cuando se desenvuelve en unos patrones convencionales de normalidad, pero resulta absurda cuando se sale de todo patrón y se manifiesta como una trama sin sentido ni lógica alguna.

         Las noticias caducan muy pronto, porque la actualidad es una novela vertiginosa que agrega capítulos incesantemente, pero recordarán ustedes que la semana pasada, en la ciudad alemana de Magdeburgo, un tipo se lanzó con su coche contra la multitud que visitaba un mercado navideño. Cinco muertos y más de 200 heridos. En un principio, oído o leído el titular, uno piensa, menos por prejuicios que por inercia, en un atentado islamista. Una vez enterado de los pormenores, la realidad te estalla dentro de la cabeza: el conductor homicida es un ciudadano saudí, residente en Alemania desde 2006, que decidió castigar a su país de acogida por ser precisamente un país de acogida y aplicar ese castigo de corte islamista precisamente desde su fanatismo antiislamista. Para completar su perfil asombroso, nos enteramos de que ejercía como psiquiatra, y se compadece uno de los pacientes que confiaron su sanación a un loco de remate.

         Las autoridades saudíes alertaron a las alemanas del peligro latente de este trastornado, pero al parecer la alerta se desatendió, y eso que dio bastantes pistas con respecto a su trastorno: pedir la pena de muerte para Angela Merkel por su plan diabólico para islamizar Europa, acusar a Alemania en abstracto no solo de querer destruir Europa sino también de ser responsable de la muerte de Sócrates (¿?), declararse simpatizante de la ultraderecha xenófoba y admirador de Elon Musk, en cuya red X daba vuelo a sus majaderías y delirios.

         La mente humana es un mecanismo curioso: un mindundi cualquiera puede alcanzar la sugestión de tener dentro de su cabeza la fórmula mágica para encauzar el destino del mundo. El peligro es que el mindundi deje de ser un mindundi anónimo y llegue a la presidencia de EEUU, pongamos por caso, y tenga la ocurrencia de comprar Groenlandia, de anexionarse Canadá y de invadir México. O que un mindundi prospere en la vida y alcance el poder suficiente para exterminar al pueblo palestino, para atacar a los libaneses, a los sirios y a los iraníes y que la comunidad internacional se limite a sugerirle que no es del todo bonito comportarse como un genocida. O bien que un mindundi con complejo de zar de todas las Rusias se convierta de hecho en el zar de todas las Rusias, incluidas Crimea y Ucrania, y masacre a una población para hacerle el favor de liberarla del yugo neonazi.

         Y así vamos: de un año feliz a un año nuevo aún más feliz.

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lunes, 16 de diciembre de 2024

CARAS Y CARETAS

 


(Publicado en prensa)

A pesar de que nadie es responsable de la cara que le ha dado la genética, damos por hecho que la cara es el espejo del alma. Como casi todo, ese postulado tiene su parte de verdad y su parte de falsedad, de modo que ni es del todo cierto ni es del todo mentira.

Oscar Wilde concibió a Dorian Gray, un personaje que tenía muy buena cara, aunque la creciente podredumbre moral de su alma iba quedando reflejada en su retrato al óleo. En otra célebre fantasía, Robert Louis Stevenson planteó el juego del doble, de la doble cara: la metamorfosis del doctor Jekyll en el monstruoso señor Hyde. Por seguir en el ámbito de la literatura británica, sir Arthur Conan Doyle, al tiempo que ideaba las aventuras analíticas de Sherlock Holmes, se dedicaba a los experimentos paranormales y a defender la veracidad de las fotografías de ectoplasmas. 

Es curioso: en el siglo XIX, en paralelo a los avances tecnológicos de la revolución industrial y al auge del racionalismo científico, proliferaron las creencias esotéricas como el espiritismo, la teosofía o el mesmerismo.

Entre las muchas y pintorescas pseudociencias que distrajeron a nuestros antepasados decimonónicos se cuenta la fisiognomía, cuyo principio básico no era otro que el de adivinar la personalidad de alguien a partir del análisis de sus rasgos faciales. La cara, en fin, como espejo del alma.

A pesar de haber sido refutado por la ciencia, me temo que, en nuestra vida diaria, seguimos aplicando el método fisionómico: personas que nos dan mala espina a primera vista, personas que nos inspiran desconfianza nada más conocerlas, personas que nos provocan rechazo por su manera de sonreír o de mirar… Intuimos, por supuesto, que hay un caprichoso factor de injusticia en esas intuiciones, pero el caso es que acaban siendo concluyentes y resulta difícil que corrijamos nuestra impresión inicial con respecto a alguien.

Nos pasa también, claro está, con los políticos: los hay que parecen llevar escrita en la cara su condición de sobornador o de sobornable, de corrupto o de corruptible, de prevaricador o de malversador, de ególatra o de megalómano, de ineficiente o directamente de bobo. Tanto es así que una buena parte de la intención de voto depende de la cara de los candidatos, no de su programa, y de ahí que todos recurran a la magia de Photoshop en su cartelería electoral: saben que la cara no solo es el espejo del alma, sino también el espejo de la madrastra de Blancanieves. Lo más extraño de todo es que, más que a una cara, alguna gente opte por votar a un jeta, a unos de esos caraduras que llevan escrita en la cara la dureza de su cara.

Y ante eso, en fin, ya no sabe uno ni qué cara poner.


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lunes, 2 de diciembre de 2024

EL ÁRBOL

 (Publicado en prensa)


Las fiestas navideñas han pasado de ser celebraciones religiosas a convertirse en competiciones políticas. A falta de otros problemas que abordar y resolver, muchos alcaldes se esmeran en su labor gestora para que el árbol de navidad tenga unos metros más de altura que el del año anterior y, a ser posible, más altura que el de las otras localidades que han entrado en la dura pugna por ofrecer a su vecindario el árbol de navidad más alto del país. Cabe suponer que si algún alcalde consigue que la estrella que corona ese árbol esté casi a la misma altura que las estrellas propiamente dichas, tiene el cargo asegurado para varias legislaturas, pues no hay cosa que necesite más la gente que un árbol de navidad titánico. Si hay árbol, hay futuro y esperanza. Hay, en definitiva, eficiencia. Gestión. Espíritu de servicio. Espíritu navideño.

         A estas alturas, las fiestas navideñas ofrecen una peculiaridad curiosa: sabemos cuándo terminan, pero no cuándo empiezan, aunque sepamos –eso sí- que por lo general empiezan cuanto antes, pues su arranque no depende del calendario, sino de una decisión municipal. Al contrario que otros proyectos administrativos, que tienden a demorarse, los relativos a la navidad suelen ser no sólo rápidos, sino se diría que incluso impacientes. Y tiene su explicación: ¿vas a montar un árbol que roza el cielo para encenderlo únicamente durante unos cuantos días, cuando su montaje lleva semanas? Lo importante de un árbol de navidad no es que se encienda en navidad, ya que eso tendría poco mérito y revelaría una falta de imaginación por parte de las corporaciones municipales inscritas en el concurso del árbol de navidad más alto de España, sino que el árbol cree un ambiente navideño en unas fechas que no tienen nada que ver con las navideñas, lo que responde a un razonamiento impecable: mientras llega y no llega la navidad, un árbol de navidad resulta un anacronismo necesario para que, cuando llegue la navidad, todo el mundo esté ya un poco harto del árbol de navidad, en el caso optimista de que, una vez llegada la navidad en sentido estricto, todo el mundo no esté hasta la coronilla del árbol, de los villancicos y de los polvorones, pues algo tiene la navidad de maratón extenuante.

         Por evolución natural -o quizá no tan natural, no sé- , la navidad cuenta ya, en fin, con un periodo prenavideño que, a efectos prácticos, es tan genuinamente navideño como el tramo propiamente navideño.

         Todo el país está ya hoy iluminado. Los árboles metálicos y las guirnaldas parpadean. Millones de bombillas recrean un cielo estrellado que no vemos por culpa de esas bombillas. Y esa es la verdadera magia de la navidad: que es navidad incluso cuando no es navidad. Felices prefiestas.

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lunes, 18 de noviembre de 2024

¿LO QUE VIENE?

 (Publicado en prensa)



El hecho de que en países de tradición democrática vayan imponiéndose los discursos esencialmente antidemocráticos puede ser síntoma y consecuencia de muchas cosas, pero quizá sobre todo de una: la tradicional tendencia humana a buscar soluciones que derivan en un problema mayor, por no hablar de nuestra afición a solucionar problemas mediante el método paradójico de crear problemas. ¿La atracción por el desorden disfrazado de orden, por la represión disfrazada de libertad y por el populismo disfrazado de gobierno del pueblo? Quién sabe.

         El curso de la Historia nos advierte de que, llegados a la cumbre de lo que entendemos por civilización, la dinámica intrínseca de la propia civilización engendra y alimenta su germen destructivo. Su mecanismo de regresión a la barbarie. Se activa entonces, desde el descontento, la nostalgia por una realidad social que nunca ha existido: el paraíso en la tierra. De esa fantasía nostálgica se nutren los políticos que ejercen de redentores, de alarmistas dedicados a encender todas las alarmas, de pregoneros de un futuro perfecto y de denunciantes de un presente catastrófico.

         El triunfo electoral de Trump, pongamos por caso, admite muchas lecturas, pero podríamos elegir una sola: un presidente trastornado para un país socialmente trastornado. Un inmediato presidente, además, que da muestras de un trastorno al alza y sustentado en tres pilares peligrosos: la megalomanía, el narcisismo y la ignorancia. Un presidente que perfila ya su aterradora corte de bufones. Un presidente, por si algo faltaba, que vuelve al poder con el afán vengativo de quien fue humillado no por el pueblo norteamericano, porque ya se encargó él de denunciar un pucherazo y de alentar, como pataleta, el asalto a la Casa Blanca, sino humillado por el Sistema, ese concepto vagamente abstracto que sirve para promover teorías conspiranoicas cuando no se controla el Sistema. Un presidente, en fin, que, a pesar de ser un delincuente en serie, se considera el elegido a dedo por Dios –que desvió la bala para que solo le rozase la oreja- con la misión específica de que América vuelva a ser grande y de que en el resto del mundo reine la paz, la prosperidad y la concordia... ¿con el estado de Israel incluido en el lote de los pacificadores?

         Lo sorprendente del género humano es que nada de él debe sorprendernos. A veces superamos lo imposible, pero a menudo sobrepasamos lo impensable.

         Giras el globo terráqueo y vas señalando algunos puntos: EEUU, Argentina, Italia, Venezuela, Corea del Norte, Rusia, Austria, Hungría, Bélgica, Nicaragua…

Y ya que cada cual saque sus conclusiones y establezca su grado de inquietud.

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lunes, 21 de octubre de 2024

DEPREDADORES


 (Publicado en prensa)


En los últimos tiempos se ha diluido mucho la diferencia entre ver un telediario y ver un documental sobre animales salvajes. Por ejemplo, los leones se comen a las gacelas, a los búfalos y a casi todo lo que se le ponga por delante, incluidos animales de apariencia tan poco comestible como los elefantes o las jirafas. Intimidan, además, a los demás felinos, que bastante tienen con ser los parientes pobres del rey de la selva. Aparte de eso, los leones macho se pelean entre sí, se pelean también con las leonas, el león que destrona al macho alfa de una manada asesina a los vástagos del destronado, y así todo: un jaleo permanente. Un día a día que es un puro calvario, del que solo se libran los animales que tienen la suerte de acabar en un zoológico, por más que haya quienes consideren que los zoológicos son una aberración. No sé: si yo hubiese nacido gacela Thompson o incluso tigre de Bengala, hubiese dado cualquier cosa por caer en una trampa y acabar en el zoológico de Fuengirola, pongamos por caso, que es el equivalente animal de vivir en un chalet con piscina en la Costa del Sol. 

       Por si fuera poco, cuando los leones abaten una presa, aparecen las hienas, con sus risitas sarcásticas, y si superan en número a los leones y leonas, los espantan y el banquete les sale gratis… a menos que aparezca una manada de perros salvajes y ahuyenten a las hienas. Mientras las hienas o los perros salvajes disfrutan del festín, los buitres esperan, impacientes, para rebañar los restos.

         (Si decidiésemos extrapolar ese comportamiento al que vemos habitualmente en el Congreso de los Diputados, tal vez podríamos buscar algún que otro paralelismo, aunque confieso que ahora mismo no se me ocurre ninguno en concreto).

         Los cocodrilos también tienen lo suyo, ya que por algo son cocodrilos. Según quienes han estudiado su dietética, un cocodrilo puede pasarse hasta tres años sin comer, lo que no quita que no pase ni siquiera un solo segundo de su vida sin pensar en comer. Cuando los ñus y las cebras emigran en busca de pastos y se ven obligados a cruzar un río, los cocodrilos se dan la tragantona, y ya tienen reservas calóricas para una temporada, hasta que sus manjares nómadas hagan el camino de vuelta. (Aun así, si eres un turista aventurero, recuerda que no resulta recomendable bañarse en un río cuajado de cocodrilos, así estén ahítos, porque lo más probable es que también te coman, aunque sea sin ganas). 

     En otro ámbito, un político puede pasarse cuatro años en la oposición, pero no pasará ni un solo minuto sin ansiar el poder, y en ese tiempo soñará con devorar a sus contrincantes, por la sencilla razón de que es un cocodrilo… Perdón, quise decir por la sencilla razón de que es un político. Que ya se lía uno un poco con las especies animales.


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lunes, 7 de octubre de 2024

APARICIONES

 


(Publicado en prensa)

En buena medida, y hechas todas las salvedades, la política tiene mucho que ver a veces con las apariciones de la Virgen sobre una zarza. Me explico…

         Un día de tantos, alguien anuncia que la Virgen, bajo alguna de sus múltiples advocaciones, se le ha aparecido sobre la zarza de una finca preferiblemente improductiva y sin vallar, y a ser posible cercana a un núcleo urbano, para de ese modo facilitar las futuras peregrinaciones. A poco que haya suerte, esas peregrinaciones no suelen tardar en producirse por parte de los vecinos, con la esperanza de ser testigos de una nueva aparición, posibilidad que, por desgracia, niega la estadística: con una sola aparición, el asunto va que chuta, lo que no quita que los devotos repentinos vayan allí a rezar, a pedir favores y curaciones, o tal vez simplemente a disfrutar de unos minutos de éxtasis místico, ya sea individual o –mejor aún- colectivo. 

         Como no hace falta decir, las personas elegidas por la Virgen como beneficiarias de su aparición ascienden a la categoría de entes semidivinos mediante una especie de beatificación civil, sin necesidad de someterse a los estrictos estándares vaticanos. (Sin ir más lejos, la aparición de la Virgen a cuatro niñas en un descampado próximo al Palmar de Troya dio pie a que se armase allí la de Troya, con catedral neobarroca y papa cismático incluidos). Luego viene, en fin, el negocio, que arranca con la venta de estampas y reliquias -de la zarza en cuestión no queda ni una rama- y que, si la cosa va como tiene que ir, empieza a prosperar gracias a las donaciones de los fieles y a la Divina Providencia.

         En política también cuentan mucho las apariciones: aparece de pronto un pretendiente al poder y promete no el paraíso celestial –aunque a veces también-, sino algo más tangible: el paraíso en la tierra. Se trata de una promesa difícil de cumplir, pero muy fácil de formular, que es de lo que se trata: activar la fantasía del pueblo soberano, que a menudo está predispuesto a hacer suyas las más soberanas tonterías. 

         Al contrario que la Virgen, el aspirante al poder se hace omnipresente, para de ese modo dar cauce a su retórica publicitaria, que casi siempre lo es de redención: el denunciante del caos global que se proclama el profeta de un futuro fabuloso. De inmediato, aparecen sus fieles, convencidos de que el ejercicio de la política consiste en hacer lo que uno promete y no lo que uno buenamente puede. Pero el discurso –milagrosamente- cuela. Y no digamos si –milagrosamente- al candidato en cuestión se le aparece sobre la zarza no la Virgen, sino una bolsa con 100 000 euros. 

         Y que no acabe la fiesta.


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jueves, 26 de septiembre de 2024

A MESA Y MANTEL

 


(Publicado en prensa)

La vida es complicada de por sí, lo que no quita que pongamos todo de nuestra parte para complicarla un poco más. Para añadirle complicaciones, disponemos, no sé, de las guerras propiamente dichas y de las guerras comerciales entre grandes potencias, de las tediosas guerrillas retóricas entre gobierno y oposición, de las noticias falsas y de la inteligencia artificial, de TikTok y de Instagram, de los estados democráticos que optan por transformarse en estados terroristas en nombre de la democracia y, en fin, de ese catálogo creciente de fantoches vociferantes en cuyas manos vamos dejando el rumbo de las realidades colectivas. Etcétera. (Muy etcétera y mucho etcétera, que diría alguno).

         Aparte de los referidos, hay un factor de complicación en boga: el de la alimentación. En una época en que los cocineros aplican conceptos casi metafísicos a su tarea y en que cualquier comensal se concede a sí mismo el doble grado de gourmet y de sumiller –grado del que hace gala incluso en una venta de carretera-, el caso es que ya no sabemos ni lo que comemos, en buena parte porque el etiquetado de los comestibles nos suena a poema épico, pues el nombre de los aditivos alimentarios parecen más bien de héroes míticos: Azul de Antraquinona, Betacaroteno, Licopeno de Blakeslea Trispora…

Hemos llegado al punto en que leer la etiqueta de un producto comestible nos produce el mismo efecto aterrador que el de leer el prospecto de un fármaco, de modo que no leemos ninguno de los dos, para de ese modo no renunciar a alimentarnos ni a curarnos. Se da la paradoja, además, de que muchas de esas sustancias misteriosas que se añaden a los alimentos son las que, según avisan los expertos, nos conducen a medio o largo plazo al consumo de medicamentos, lo que nos traslada de nuevo al territorio incómodo de la paradoja: si los alimentos no llevasen esos aditivos que aseguran su conservación prolongada, una buena parte de la humanidad moriría de desnutrición, aunque otra buena parte de ella morirá precisamente por nutrirse. Dicho de otro modo: para que muchos podamos comer más o menos bien, todos tenemos que comer más o menos mal. (Nuestra pequeña dosis diaria de pelargonidina, que podría ser el nombre de una princesa medieval, o de tiabendazol, que podría ser el nombre de un caudillo tártaro…)  

         Según el influencer que nos depare el azar, el hecho de tomarse en ayunas un batido de puerros, zanahorias, cúrcuma, aguacate y remolacha –pongamos por caso- nos purificará el hígado, dará tersura a nuestro cutis o nos provocará una diarrea depurativa. Según el médico que nos toque, el café será dañino para nuestra presión arterial o un escudo contra la diabetes. Y así hasta donde queramos.

         En cualquier caso, buen provecho.

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lunes, 9 de septiembre de 2024

GRANDES CUESTIONES




 (Publicado en prensa)

Abro el buzón y me encuentro con un folleto editado por una organización religiosa. Lo encabeza este reclamo: “¿Dónde hallar respuestas a las grandes cuestiones de la vida?”. 

       Al pronto, me quedo meditabundo, calculando la cantidad de lugares posibles en que poder hallar esas respuestas, pero sobre todo preguntándome cuáles son en realidad “las grandes cuestiones de la vida”, ya que la vida de la mayoría gente se sustenta menos en las grandes preguntas que en las pequeñas y triviales: dónde hemos puesto las llaves del coche o la tarjeta sanitaria, cómo funciona la endiablada sede virtual de un organismo público, en cuánto tendremos el colesterol, si nos saldrá dulce o insípido el melón que acabamos de comprar con la misma incertidumbre esperanzada que quien compra un boleto de lotería … Ese tipo de asuntos, en fin, que nos mantienen ocupada la mente a lo largo de la jornada y no dejan hueco para pensar en las grandes cuestiones, lo que por una parte está bien, pues las grandes cuestiones suelen provocar vértigos metafísicos, pero por otra no tanto, ya que puedes pasarte la vida esquivando las grandes cuestiones, pero cuando llegas al tramo final de tu vida corres el riesgo de caer en la cuenta de que la vida se te ha ido en tonterías, y ahí vendrán las lamentaciones.

         Tras esta elucubración ociosa, compruebo que el folleto da tres opciones para hallar respuestas a las ya mencionadas grandes cuestiones de la vida, a saber: 1) en la ciencia, 2) en la filosofía y 3) en la Biblia. Viniendo de quien viene el folleto, la opción correcta no puede ser otra que la tercera, claro está, porque los de esa organización religiosa no lo tienen muy claro con la ciencia en general y no creo que consideren que la filosofía sea más que una abstrusa verborrea pagana, en lo que según qué casos no les falta algo de razón.

         Para seguir con el concurso de enigmas, en la contraportada del folleto se plantea lo siguiente: “¿Cuál de estas preguntas es más importante para usted?”, y de nuevo proponen tres opciones: 1) “¿Cuál es el sentido de la vida?”, 2) “¿Es Dios culpable del sufrimiento?” y 3) “¿Hay vida después de la muerte?”. Ahí no hay premio, y no creo que nadie se sienta con la autoridad intelectual o escolástica suficiente no ya para responderlas, sino ni siquiera para establecer una preferencia entre las tres, dado que todas ellas nos llevan a una especie de abismo ontológico, y en esos abismos resulta fácil caer, pero casi imposible salir, al menos con la cabeza medio en condiciones.

         Hay días, en fin, en que más vale no abrir el buzón.


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lunes, 26 de agosto de 2024

BULO Y CREENCIA


(Publicado en prensa)


La historia del bulo es la historia misma de la humanidad. Pensemos, no sé, en aquellos antepasados nuestros, ya fuesen egipcios, aztecas o griegos, que lograron convencer a sus paisanos de que el Sol era una divinidad a la que había que rendir culto. ¿Qué iba a ser si no? Al fin y al cabo, muchos siglos después, hay quienes se abstienen de comer carne roja durante los viernes de cuaresma. Por lo demás, ¿quién ha visto alguna vez un alma, un ovni o un santo aparecido sobre una zarza? Poca gente, lo que no quita que muchos crean en la inmortalidad del alma, que muchos vivan con el ansia de disfrutar del avistamiento de un platillo volante o que muchos recen arrodillados ante la zarza en que alguien asegura haber visto a un personaje celestial. 

   Cimentado en la superstición, el pensamiento mítico resulta inexpugnable, cosa que no ocurre con el pensamiento científico, pues en lo más hondo de nosotros sigue latiendo la sospecha de que los científicos vienen a ser la escala pedantesca de los antiguos vendedores de crecepelo. 

      Donde esté una youtuber que te recomiende lavarte el pelo con yogur de pera mezclado con bicarbonato para conseguir un rizado natural, que se quite un científico herético que proclame que la existencia de Dios es una imposibilidad científica, sobre todo si otro científico asegura poseer pruebas irrefutables de su existencia, con la consecuente catalogación del ateísmo como una creencia conspiranoica equiparable al terraplanismo, pongamos por caso.

         El bulo es consustancial –qué le vamos a hacer- a la condición humana y siempre ha tenido su territorio abonado en los pueblos pequeños, donde basta que alguien atribuya algo imaginario y adverso a alguien para que, de inmediato, ese algo se imponga a la realidad: si alguien decide convertirte en materia de chisme, mejor que te mudes como poco al pueblo de al lado.  

         Tradicionalmente, el chismoso, el difamador o el embustero contaban con medios rudimentarios para promover sus chismes, sus difamaciones o sus embustes. Hoy, por suerte para el gremio, no solo disponen de tribunas de amplificación en las redes sociales, sino que, con un poco de suerte, algunos ascienden jerárquicamente y ocupan un escaño en el Parlamento Europeo.

         Imagino, no sé, que el bulo se emite desde el cinismo, pero que, en cambio, se asume desde la fe. Una mentira en origen que, en destino, acaba convirtiéndose en dogma.

         Por si fuese poco, el bulo presenta la curiosa característica de ser transversal: puede venir del ámbito mediático, sí, pero también del ámbito político y, por supuesto, del ámbito privado, lo que garantiza su pervivencia.

         Por una cosa o por otra, ya estamos en ese punto en que la realidad es irreal y la apariencia es evidencia. En el mismo punto, en fin, en que un idiota atribuyó al Sol la condición de deidad y los demás idiotas se lo tomaron al pie de la letra.


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lunes, 29 de julio de 2024

LA OREJA SAGRADA

 (Publicado en prensa)





El atentado contra Trump ha tenido dos víctimas: su oreja derecha y Biden. Lo de la oreja está claro, pero lo de Biden tal vez requiera alguna explicación, que a mi entender es sencilla: el anciano y titubeante presidente, con su inquietante aspecto de sonámbulo, ha acabado comprendiendo –o le han hecho comprender- que no podría competir con un contrincante electoral que, según algunos de sus seguidores y según él mismo, ha sido librado del martirio por la voluntad expresa de Dios, ejecutada al parecer por un ángel que, tras tomar la forma de la bandera nacional de allí, desvió la bala de un perturbado para que EEUU tenga la opción de volver a ser gobernada por otro perturbado.

Pasando por alto lo de los múltiples delitos y lo de las  actrices porno, muchos ven a Trump como el nuevo Mesías. No está mal para un delincuente en la vida civil y para un pecador en la vida espiritual, cuyo antecedente ilustre en la segunda de esas condiciones sería san Agustín, que alcanzó el obispado de Hipona y la santidad tras una juventud de disipaciones.

         En un país en el que se menciona a Dios en los billetes y monedas, no resulta raro que la política se escore a la teología, o viceversa, hasta el punto de que los norteamericanos más devotos, en especial los del sector evangelista, han llegado a la conclusión científica de que lo de la oreja solo puede deberse a un milagro. ¿A qué si no? Basta con leer La leyenda dorada, del dominico italiano conocido aquí como Santiago de la Vorágine, para hacerse cargo de que los milagros se caracterizan no ya por la dislocación de la realidad, sino sobre todo por la dislocación más alocada de la fantasía.

         Si Trump acabase ganando las elecciones, el triunfo no sería estrictamente suyo, sino de su oreja: un cartílago martirizado que acaba llevando a la Casa Blanca a un facineroso, en las dos acepciones que de esta palabra da el diccionario de la RAE, a saber: 1) delincuente habitual y 2) persona malvada o de perversa condición.

         La fascinación de buena parte de la población por los dirigentes estrambóticos podría considerarse un misterio, pero, en el fondo, el asunto no esconde misterio alguno: se trata de la identificación popular con el fanfarrón vociferante que se presenta como depositario del secreto para solucionar los problemas no ya de un país, sino del mundo, así se deriven esos problemas de la inmigración irregular o de la influencia de Satán en las instituciones democráticas.

         Por lo demás, la herida de la oreja parece que ha cicatrizado bien.


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domingo, 14 de julio de 2024

EL TURISMO

 


En estos meses, la pregunta más universal es muy sencilla: “¿Adónde irás de vacaciones?”. Se da por hecho que el verano, para ser de verdad verano, conlleva por obligación el desplazamiento, pues muy mal tiene que irte en la vida para quedarte en verano en casa, que se supone que es el sitio del que tienes que huir: allí solo hay rutina y hastío, monotonía y automatismo, todo lo contrario que en esos países remotos en que unos monos traviesos te roban el helado o en que puedes hacerte un selfi con un indígena disfrazado de indígena mientras navegas en su canoa para descubrir de pronto la silueta soñolienta de un cocodrilo o para ver corretear por la superficie del agua a un basilisco, espectáculos que es difícil que se produzcan en un hogar de clase media, donde el único animal exótico que suele haber, y aun eso con un poco de suerte, es un pollo congelado.

         Llega el verano, en fin, y se nos despierta el instinto nómada, la sed de lejanías, el ansia de estar en cualquier parte del mundo que no sea la parte del mundo en la que nos han anclado los azares del vivir.

         Circula por ahí una distinción que mezcla el clasismo con la cursilería: turistas que, lejos de considerarse vulgares turistas, se otorgan la distinguida categoría de viajeros. Supongo que la diferencia radica en que el turista se emborracha en pantalones cortos y en chancletas a la sombra de un chiringuito, mientras que el viajero se embriaga ante las obras maestras de la pintura y de la escultura en las semipenumbras de un museo, no sé. El caso es que, por una cosa o por otra, tanto unos como otros acaban borrachos: unos de cerveza y otros de belleza. Unos con el síndrome etílico de Wernicke-Korsakoff y otros con el síndrome estético de Stendhal, como si dijéramos.

         En estos días, vemos manifestaciones en contra del turismo masivo, y cabe suponer que quienes se manifiestan son los que en verano no se mueven, por imperativo moral, de su casa o, a lo sumo, hacen turismo en destinos no masificados, pues resultaría un poco chocante que alguno que otro, tras darse por concluida la manifestación, hiciera las maletas para irse de vacaciones a Cancún, a Benidorm o a Florencia, ya sea como turista o como viajero, que eso depende de cada cual.

         Y es que los turistas son los otros: esos seres molestos que invaden nuestro espacio y que, a veces, nos obligan a los sedentarios a huir, en calidad de turistas forzosos, a lugares en que preferiblemente no haya turistas, porque con los turistas no hay quien conviva.

         Y en esas alegres paradojas andaremos hasta que el otoño nos devuelva al sofá de casa.


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