(Publicado en prensa a través de la agencia Colpisa)
La única verdad irrefutable que le hemos oído a Donald Trump desde que decidió convertirse en una pesadilla diaria para el género humano provocaría risa si no provocase un escalofrío: según él, si se liase a tiros con los transeúntes de la Quinta Avenida de Nueva York y matase de manera aleatoria a unos pocos, la gente seguiría votándole. ¿Quién lo duda? Incluso podría comerse crudos los cadáveres y sus seguidores recogerían firmas para la legalización del canibalismo.
Al fin y al cabo, promovió el asalto
al Capitolio y, gracias a las leyes caprichosas de la paradoja, aquel ataque paraterrorista
al núcleo mismo de la democracia estadounidense le deparó el premio gordo: ser
reelegido democráticamente por una mayoría de antidemócratas, por no decir algo
peor. Y es que tal vez debemos hacernos a la idea de que cualquier sociedad se
compone, en lo esencial, de dos estamentos: los trastornados sin medicar y los
que se ven obligados a medicarse para soportar a los no medicados.
Consciente
de su obscena impunidad, la penúltima ocurrencia del presidente supera el
delirio estrambótico para entrar de lleno en el delirio delictivo: vender
información privilegiada. El negocio resulta un poco arriesgado si se practica,
como hasta ahora, clandestinamente, pero muy simple si se legitima desde el
Despacho Oval, sin necesidad de tramitación parlamentaria: adelantar a
inversores y empresarios, a cambio de una cuota mensual de 100 000 dólares, los
mensajes que el presidente vaya a publicar en su red Truth Social, de manera
que se pueda especular con el petróleo, pongamos por caso, en función de que el
presidente anuncie o no que va a destruir, aniquilar, decapitar o exterminar –según
el día- el régimen iraní.
La
figura de Trump resulta tan inconcebible, tan dramáticamente cómica, que
despertaría ternura si no provocase pánico, pero no nos engañemos: es mucho más
peligroso de lo que parece. Más allá de sus payasadas, de su infantilismo, de
sus fullerías, de su cuñadismo y de sus chanchullos mercantiles y gansteriles se
esconde un profeta del caos. Un profeta que, aparte de su horda de seguidores adornados
o no con un casco de bisonte, sirve de guía para dirigentes y subprofetas de
medio mundo, serviles y alterados, imitadores suyos que lo hacen de veras bien
a pesar de ser copias burdas del original, de por sí bastante burdo.
De
todas formas, la culpa de que Trump esté donde está no es de Trump, sino de la
fascinación de buena parte del género humano por la barbarie, que es una de las
formas más extendidas de la idiotez desde aquel remoto día de nuestra
prehistoria en que un listillo vestido con pieles y tocado con un yelmo con
cuernos se proclamó jefe de su tribu y se llevó a los suyos a machacarles el
cráneo a los de una tribu vecina por la sencilla razón de que tenían un jefe
que no era él.
Venimos de ahí
y parece ser que ahí vamos. Que ahí volvemos. Añorantes de un fantoche que nos
guíe heroicamente hacia el abismo.
.
