(Publicado en prensa)
Para algunos de quienes éramos adolescentes cuando murió Franco nos resulta desconcertante el ver a adolescentes de hoy cantar el Cara al sol, ondear la bandera del pollo negro y levantar el brazo a la manera fascista, ese saludo que luego adoptó el nazismo y, por último, para no ser menos, el franquismo: allá va el brazo enérgico y patriótico, a las alturas, a las montañas nevadas o a donde en cada momento corresponda.
Una
amiga socialista con cargo público me comentaba hace unos días que su hija
adolescente está enganchada a reels y
postcads de apología franquista
divulgados con entusiasmo por grupos de jóvenes con mentalidad retrohistórica,
nostálgicos de lo que dan por hecho que fue una edad de oro nacional, en
contraposición a este presente caótico dominado por los comunistas, los
perroflautas y los inmigrantes africanos. Lo que no acaba uno de concebir es la
elección de Franco como caudillo modélico, pudiendo haber elegido, no sé, a
Viriato, que da más juego mitológico y al que cabe atribuir un aspecto más
aguerridamente marcial que el del generalísimo gallego de la voz atiplada, que,
nos pongamos como nos pongamos, tenía más pinta de regente de una mercería que
de militar glorioso.
Sobrentiende
uno que los adolescentes neofranquistas tienen sus ideales muy claros: por ejemplo,
¿la prohibición del aborto y del divorcio, la imposibilidad de las mujeres de viajar
o de ser titulares de una cuenta bancaria sin el llamado “permiso marital”, el
derecho del marido a matar a su mujer adúltera a cambio de una condena
insignificante o impunemente si se limita a darle una paliza, la vigencia de la
pena de muerte y del servicio militar obligatorio, la abolición de los partidos
políticos y de los sindicatos, el nacionalcatolicismo, la censura previa, la
consideración de la homosexualidad no solo como enfermedad sino también como
delito, la democracia orgánica…? ¿O se trataría de una especie de franquismo
dictatorial 2.0, con represiones a la carta: un franquismo neofranquista o un
franquismo solo parcialmente franquista, con sus principales aberraciones
modernizadas? Ahí confieso que me lío, igual que me lío con otros misterios
inherentes a este asunto: ¿esperan que Franco resucite?, ¿alimentan el anhelo
hindú de la reencarnación?, ¿sueñan con devolver a Franco el timón de la patria
mediante sesiones de ouija?
Resulta
raro, en fin, que gente tan joven añore un régimen gerontocrático en el que las
Cortes parecían una residencia de ancianos vestidos de negro, como si tuvieran
que asistir a diario a un funeral. ¿Muchachos y muchachas de hoy idealizando
una época sombría, penitencial y levítica en la que los principales influencers eran los curas y los
profesores de aquella asignatura de adoctrinamiento llamada Formación del
Espíritu Nacional? ¿En serio?
¿Qué
está fallando –o ha fallado ya del todo- para que un sector amplio de la
juventud ande hechizada por un caudillo tan ridículo como siniestro y por una
ideología retrógrada? ¿Qué está pasando –o ha pasado ya- para que tantos
adolescentes, a los que tradicionalmente se atribuye un afán por conquistar
libertades, se muestren añorantes de una dictadura represora y mojigata?
Quién
sabe, ¿verdad? Y a lo mejor las respuestas no nos gustarían.
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