viernes, 30 de octubre de 2015

SUELTOS

A todo escritor le conviene estar convencido de que escribe obras inmortales, aunque con el convencimiento paralelo de que el más inepto de los ineptos está convencido de exactamente lo mismo que él.


En este mundo, lo único que está del todo claro es que un pesimista no puede ser meteorólogo.


A la "solemne" resolución soberanista que aprobará el parlamento catalán sólo se le puede poner una pega, y de mero matiz: declara que la Cataluña independiente tendrá "forma de república", pero el caso es que todos los indicios apuntan a que ya tiene un señor feudal.


Para cualquier "declaración solemne", ya conocemos el antídoto: la risa floja.

domingo, 18 de octubre de 2015

ENTRE LEYENDAS



(Publicado ayer en prensa)


El pronóstico de Antonio Machado parece seguir vigente: una de las dos Españas puede helarnos el corazón, sobre todo si resulta que la otra España está que arde. El problema –o el consuelo, según se mire- es que las dos Españas son al menos tres: la tercera en discordia sería esa España boquiabierta que observa a las dos Españas tradicionales, las de las banderas y los himnos antagónicos, las de las abstracciones en pugna, ya que cualquier forma de patriotismo tiene una vocación intimidatoria: por clarividencia infusa, el patriota intenta convertir su parte en el todo y hacer que su cuota de realidad privada se imponga a la realidad colectiva, que paradójicamente nunca es colectiva. Entre quien besa una bandera y quien escupe sobre esa misma bandera no hay tanto una disconformidad ideológica de fondo como un desajuste de forma, pues la sugestión simbólica es idéntica: la bandera como cosa en sí. Todo el que escupe sobre una bandera acaba besando, en definitiva, otra bandera.

Estamos en el momento de los discursos heroicos, y eso casi nunca es buena señal, ya que quien recurre a la retórica del heroísmo no sólo se cree un héroe, sino que además está exigiendo adhesiones inquebrantables a su ensueño. (Estamos también en el momento de la retrohistoria, de las interpretaciones del pasado a capricho y conveniencia, y eso es tal vez una señal aún peor, a pesar de ser muy divertida: el día menos pensado alguien nos dirá que el homo erectus, cuando atacaba en grupo a un mamut, estaba practicando una forma de salvajismo tan censurable como la de los partícipes en el festejo del Toro de la Vega. Tiempo al tiempo.) En esta España de Españas conviene que seamos juiciosos ante la proliferación fervorosa de fantasías patrióticas de cualquier signo, dado que toda identidad presuntamente colectiva necesita un antagonista para definirse, entre otros motivos porque una identidad mancomunada no es nada por sí sola. Quienes anteponen el concepto de “estado” al concepto de “patria” entienden que se trata de nociones que suelen ir en tangente; en cambio, quienes invierten los términos tienden a considerar que ambos conceptos son inseparables. A fin de cuentas, quien defiende el concepto de “estado” está defendiendo un modelo de funcionamiento social; quien defiende una patria, por el contrario, no sabemos con exactitud qué pretende defender, ni contra quién, y es posible que el patriota tampoco lo tenga muy claro. 

Entre la defensa de la sanidad y la enseñanza públicas y la defensa efusiva del apóstol Santiago o de Wifredo el Velloso existe, en fin, una ligera diferencia. No son defensas incompatibles, desde luego, pero creo que estaremos de acuerdo en que el beneficio que nos reporta cada cual sugiere prioridades. ¿Pero cómo se combaten las leyendas?

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sábado, 17 de octubre de 2015

Bueno, todo se acaba. Después de siete años, fin de la revisión general de la novela.
La he dejado en manos de un acupuntor.


jueves, 15 de octubre de 2015

FANTASÍA DE MANHATTAN

(En el último número de la revista LITORAL publiqué este pie -en clave cinematográfica- para esta fotografía de Elliott Erwitt.)




FANTASÍA DE MANHATTAN

La actriz Fay Wray ha salido a pasear en la madrugada de niebla, esa niebla que se desliza en la oscuridad como los dedos errabundos y ciegos de un fantasma.

Sus pasos han guiado a Fay Wrey, como casi todas las noches de los últimos 20 años, al mirador desde el que se divisa el Empire State, con su silueta de jeringuilla. Fay Wray pasea de madrugada porque no puede dormir. 

Fay Wrey no puede dormir porque en sus sueños aparece el monstruo, y el monstruo la despierta. 

Fay Wray sueña que no es Fay Wray, sino su personaje Ann Darrow y que el gigante la transporta en su palma como si fuese una joya o un juguete. Sueña con los ojos titánicos y enamorados de la bestia vanidosa y de corazón vulnerable. Recuerda el aliento del coloso, aquel aliento como de manglares en proceso de fermentación. 

Todas las madrugadas, la actriz Fay Wray mira el Empire porque allí mataron al animal que se empeña en revivir en sus sueños, el animal que no la deja dormir. Una parte de ella –su cuota de Ann Darrow- se niega a asumir la muerte del monstruo galante. Era aterrador y delicado. Olía como toda una jungla. 

Cada noche, Fay Wray intenta convencerse –para poder dormir- de que King Kong está muerto.

domingo, 11 de octubre de 2015

FRAGMENTO DE LA NUEVA NOVELA

(En el nº 118 de la revista Clarín he publicado un fragmento de la nueva novela. Este es un fragmento del fragmento que doy allí.)




           (...) A pesar de estar medio en el limbo, mi pobre madre me agenció una tarea inesperada: acompañar a don Eladio Escapachini a Alcalá de Henares.
            Este don Eladio Escapachini había sido catedrático de historia en un instituto de Cádiz y estaba cegatón, hasta el punto de que ni siquiera los cristales con fondo de abismo polar de sus gafas le permitían ver mucho más que siluetas y borrones.
Cuando lo jubilaron, Escapachini se mudó al pueblo con su biblioteca, con su menaje de solterón y con sus erudiciones múltiples, dispuesto a seguir dando guerra en el territorio minado de las conjeturas históricas, para lo que tuvo que recurrir a la colaboración de Jiménez Pinzón, cronista oficial de nuestra villa, convertido en sus ojos, en su mecanógrafo y en su compinche de rastreos por las regiones nebulosas de Tartessos o por las calles luminosas de Gades bajo el esplendor del linaje de los Balbo.
Por lo que logré enterarme (mi informador fue alguien de tan poca solvencia intelectual como Fantomas, que sólo entendía de ovnis, aunque su juicio venia avalado por lo que le habían contado al respecto los próceres locales), Escapachini se había aventurado a arriesgar más de la cuenta en sus ensayos históricos, que editaba a su costa en la Tipografía Gadir, y la comunidad científica de la provincia no había tenido más remedio que refutar sus fantasías, que eran al parecer del género florido en cuanto a estilo y libérrimas en cuanto a fuentes y conclusiones: don Eladio Escapachini lo mismo ofrecía a los curiosos la localización exactísima del templo de Hércules que el fenotipo ideal de los fenicios, y con esas novelerías, camufladas de ciencia, buscó la buena fama y la honra profesional, para acabar en la otra punta. Aun así, era miembro de número de una academia jerezana en la que cabía el debate sobre asuntos científicos, humanísticos y, sobre todo, relativos a las bellas letras, y tan antigua y acreditada era por lo visto la historia de tan alto organismo, y tan fino el entendimiento de sus componentes electos, que se preguntaba uno cómo no había salido todavía de alguna sesión plenaria de aquella institución no ya una nueva fórmula para el soneto o la endecha, sino incluso el remedio filosófico definitivo para los males del espíritu humano tanto a nivel de grupo como de individualidad. “Allí sólo entran los mejores”, según nuestro catedrático, a quien se le doraba la boca por dentro con sus jactancias.
Al poco de venirse a vivir a Rota, Escapachini, fiel a su costumbre, promovió un pequeño escándalo erudito, ya que se animó a suponer que el nombre de nuestro pueblo provenía de la diosa fenicia Astarté, que derivó en el topónimo Astaroth, que a su vez derivó –tras un proceso de derivaciones igualmente misteriosas- en Rauta, que era el nombre –a un tris del actual- con que se lo designó en los tiempos de la dominación árabe, cuando era señor de la villa el aguerrido caudillo Sayf al-Dawla, gloria musulmana. Aquellas suposiciones las argumentó en un artículo que le publicaron en la revista de las fiestas patronales, con la mala suerte de que, unos meses después, un catedrático de la universidad de Sevilla que veraneaba en el pueblo publicó en la revistilla del Casino Municipal una desagradable refutación: Astaroth no era un nombre antiguo de Rota, sino más bien el de un demonio que tenía el rango de gran duque del infierno, mientras que el moro Sayf al-Dawla, más conocido como Zafadola, jamás pisó estos pagos, ya que no fue señor de Rauta, sino de Rueda, allá por la parte de Zaragoza. Escapachini, por lo visto, eludió cualquier controversia, como si el asunto no fuese con él, actitud que compartió con el cronista oficial Jiménez Pinzón y con el dueño de la recién inaugurada Autoescuela Astaroth, que había aprovechado la información contenida en el artículo del catedrático para bautizar su negocio con un nombre de resonancia forastera.
            Era el caso, en fin, que Escapachini tenía que ir a Alcalá de Henares a soltar una conferencia sobre el origen y la decadencia de Tartessos, invitado por un amigo suyo, compañero de armas en la remota milicia, que estaba igualmente jubilado y que presidía allí un círculo cultural-recreativo. Dado que Jiménez Pinzón tenía buena la vista pero dislocada la presión arterial, no se atrevía a acompañar a su socio de investigaciones en aquella expedición a una de las cunas mundiales del saber y, dado que Escapachini no podía viajar solo, entré en juego yo, que jamás había viajado más allá de Cádiz capital y del campamento de Cerro Muriano. “Así conoces mundo”, me animó mi madre, y la verdad es que aquella perspectiva me ilusionaba: lo lejano.
            Era la primera vez que hacía una maleta de viajero, ya que la que hice para irme a la guerra imaginaria lo era de cautivo, y a mi madre todo le parecía poco: vengan mudas y camisas, en previsión de lo imprevisible. “¿Cuánto va a pagarme?”, y mi madre me contestó que eso era lo de menos, que lo importante era al fin y al cabo la experiencia del viaje, y me pareció bien: la experiencia, el viaje. (...)

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domingo, 4 de octubre de 2015

LO ABSTRACTO Y LO OTRO



Imaginemos que tres personas se ponen de acuerdo para echarse juntas al monte en busca de un oso. Una de ellas es un cazador. La otra, el representante de una asociación defensora de los animales. La tercera, un pastor al que los osos han diezmado su rebaño. ¿Qué hace cada cual cuando se encuentra finalmente frente al oso? Imagino que lo mismo que tenían calculado los socios del Junts pel Sí con respecto a Cataluña: debatir sobre el destino del oso desde posturas ligeramente incompatibles, aunque coincidentes en lo esencial: lo importante del oso es que sea un oso, no lo que cada cual tenga pensado con respecto al oso, al margen por supuesto de lo que el oso tenga pensado para sí.

            Osos aparte, resulta curioso que unos partidos políticos de signo divergente sean incapaces de ponerse de acuerdo en los asuntos prácticos que afectan a todo el mundo, pero que en cambio estén dispuestos a llegar a pactos inquebrantables con respecto a las entelequias que afectan a unos pocos. Algo así, no sé, como si una comunidad de vecinos, en vez de dedicar su presupuesto al arreglo del ascensor, lo emplease en contratar una cuadrilla de cazafantasmas para espantar al espectro en pena que el vecino del 3º asegura tener pululando por su piso.

            En contra de lo que pudiera parecer, ese tipo de convenios abstractos sobre cuestiones abstractas no deja de tener su mérito: la aplicación de un parámetro metafísico –la identidad patriótica, en este caso- que suplanta unas realidades –el paro, la corrupción, los recortes- que tal vez lo que menos necesitan sea la metafísica, a pesar de que todos reconozcamos que la metafísica es una cosa estupenda.

            Visto lo visto en Cataluña, es posible que el debate no hubiera que centrarlo en la realidad nacional, envuelta en unas neblinas retrohistóricas, sino en la realidad a secas. Y es que, se mire como se mire, resulta menos real que surreal el hecho de ver a Oriol Junqueras sacar pecho por Artur Mas, por mucho que Artur Mas sepa de sobra sacar pecho por Artur Mas. Se mire como se mire, tiene menos que ver con el surrealismo que con el realismo el hecho de que Artur Mas –precisamente él- se postule como el redentor de una nación oprimida por unos políticos que, al fin y al cabo, son sus cofrades ideológicos. 

            Amparados por la inflexibilidad y la torpeza del gobierno central, los abanderados independentistas disponen de barra libre: convertir unas elecciones autonómicas en un plebiscito, convertir las matemáticas en una ciencia inexacta y convertir una sociedad diversa en una sociedad dividida. No está mal. Como tampoco estaría mal que todos empezásemos a entender que el patriotismo es una cuestión privada, aparte de variable tanto en su grado de intensidad como en sus límites geográficos. Las patrias, al igual que los Reyes Magos, son, en definitiva, los padres. Y no precisamente los padres de la patria.

(Publicado ayer en la prensa)

miércoles, 23 de septiembre de 2015

lunes, 21 de septiembre de 2015

EL SEGUNDO HOMBRE

 

Unos amigos me han regalado este robot-corrector-estilístico para aliviarme la revisión final de la novela.
Hoy ha añadido dos adjetivos especificativos muy resultones y ha eliminado tres adverbios en -mente.

(Aquí pueden verlo en plena inspección. La información la recibe a través de las lengüetas metálicas de los pies y luego la procesa en el muelle que tiene en la coronilla.)

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domingo, 20 de septiembre de 2015

MOVILIDAD MUNICIPAL



La política española tiene algo de noche de los muertos vivientes, pero a veces se nos alegra con algunos toques de Alicia en el País de las Maravillas. 

      Como ustedes saben, una concejala del Ayuntamiento de Castilleja de la Cuesta ha tenido que irse a vivir a Chicago, circunstancia dramática que la ha llevado a solicitar que el consistorio le pague los billetes de avión para poder desplazarse a los plenos y a cuantas reuniones exijan el concurso de su arbitrio y perspicacia. 

         La gente, que no tiene arreglo, se ha echado las manos a la cabeza, mostrando una vez más su insensibilidad humanitaria ante los problemas que padecen nuestros políticos. Hay quien dice que cómo van a pagarse con dinero público esos desplazamientos, lo que parece sugerir la alternativa de que sea ella misma quien los abone, sin pararse a pensar en el quebranto que eso supondría para las arcas domésticas de la concejala. Hay quien alega que no se puede ser concejal de Castilleja de la Cuesta, en la provincia de Sevilla, si vives en Chicago, allá en el estado de Illinois, pasando por alto el hecho de que hoy en día existen no sólo las videoconferencias, sino también los hologramas: si podemos reconstruir holográficamente la imagen en movimiento del difunto Michael Jackson, no entiende uno cómo no vamos a poder ver la imagen virtual de una concejala de Castilleja en el fragor de un pleno municipal. Hay quien reclama que la concejala emigrante entregue su acta y ceda su sillón a alguien que viva un poco más cerca de Castilleja, como si eso de dejar un cargo público fuese tan fácil, por lo que implica de traición al sector del pueblo soberano (582 votos) que depositó en ella sus anhelos, según ha manifestado la propia interesada.

            No me consta si la concejala itinerante anunció en su programa electoral que pensaba mudarse a Chicago. Seguramente sí, porque los políticos no suelen ocultarnos ninguna información, de modo que la gente sabe siempre lo que vota. Se menosprecia, además, el cosmopolitismo que aportaría al pueblo de Castilleja el hecho de tener un representante en Chicago, y se descarta de antemano una opción tan razonable como la de promover un intercambio de concejales –a la manera de los estudiantiles- entre Chicago y Castilleja de la Cuesta.

            No sé. Estamos liando las cosas. En un mundo globalizado, no tiene nada de excepcional que nuestros concejales vivan donde quieran o donde puedan, así sea a 6.737 kilómetros de distancia, que es la existente entre la capital norteamericana y el municipio sevillano. Es más: me atrevería a decir que esa distancia hace que los problemas municipales se vean con mayor perspectiva y lucidez, sin el inconveniente de la cercanía, que muchas veces ofusca. Todos nuestros políticos deberían vivir en realidad en Chicago. En el supuesto, claro está, de que no estén viviendo allí desde hace mucho tiempo.

(Publicado ayer en prensa)

jueves, 17 de septiembre de 2015

lunes, 7 de septiembre de 2015

EL FENÓMENO



Comoquiera que los micropatriotismos están de moda, van a permitirme que les hable hoy de un extraño fenómeno que tuvo lugar en mi patria chica. Un fenómeno para el que nadie ha encontrado todavía una explicación convincente y que en su día trituró el sentido lógico de los vecinos de mi pueblo, al implicar un descoyuntamiento de todos los patrones de realidad que manejábamos hasta entonces. “¿Se les posó un ovni en el tejado del ayuntamiento?”, se preguntarán ustedes. No, afortunadamente no. “¿Sufrieron la temida invasión de las arañas mutantes venidas del espacio exterior?” Tampoco.

            El caso fue que uno de nuestros concejales se levantó un día con la mente más preclara de lo habitual y tuvo una ocurrencia menos política que psicodélica: semipeatonalizar una calle. “¿En qué consiste la semipeatonalización?”, se preguntó todo el mundo. Algunos conjeturaron que se trataría de una calle con el tráfico restringido, para uso exclusivo de los residentes con garaje. Otros, que estaría abierta al tráfico durante un horario reglamentado. Y así sucesivamente. Cada cual aportando su parecer, como en los concilios ecuménicos.

            Lo curioso es que nadie acertó. Lo que se dice nadie: la calle semipeatonal sigue abierta al tráfico sin más restricciones que las que los dueños de los vehículos quieran imponerse, que no son muchas. Bien es verdad que no se prohíbe la circulación en esa calle semipeatonal a los peatones, a pesar de haberse eliminado las aceras, pero, en fin, que cada cual asuma el riesgo que su valentía le permita, porque en nuestra calle semipeatonal no rige ni siquiera un límite de velocidad para los vehículos, de modo que quienes tienen que acelerar son los peatones, para escapar cuanto antes de esa calle sin ley. Cada vez que uno de nosotros pasa por allí, asume su condición peligrosa de semipeatón, en tanto que los vehículos no se ven afectados por ningún código de semivehiculización, y de ahí el misterio que envuelve a nuestra calle semipeatonal.

            A estas alturas, lo único que tenemos semiclaro es que el concejal que semipeatonalizó la calle pertenece a alguna congregación semimasónica o semisatánica dedicada a enloquecer la vida común, a añadir factores de desquiciamiento a la política municipal.

            Vivimos aterrados por culpa de esa calle. Vivimos en vilo. Muchos dan rodeos para no pasar por esa calle maldita, por esa calle que encierra más incógnitas que los muñecones de la Isla de Pascua. Nadie se atreve a pasear por ella por miedo a que lo pille un coche y pasar así a la historia pequeña del pueblo como el tontaina que murió atropellado por un coche en una calle semipeatonal.

            Por su parte, el concejal que la semipeatonalizó vive retirado de la vida política, riéndose sin duda de nosotros con la mueca maligna de los grandes villanos del cine de villanos. El tío.


(Publicado el sábado en la prensa)

miércoles, 26 de agosto de 2015

OPTIMISMO



Parece claro que vivimos en una sociedad instalada en el pesimismo, y el pesimismo –tanto a nivel privado como a escala colectiva- suele tener muy mal remedio, al ser menos un estado de ánimo caprichoso que la constatación forzosa de una realidad. De todas formas, creo que ese pesimismo generalizado podría contrarrestarse mediante la aplicación de una certidumbre de naturaleza un tanto paradójica: hacernos felizmente a la idea de que vivimos en un país que no tiene arreglo posible. Si partimos de ahí, si aceptamos esa evidencia, no me cabe duda de que construiremos entre todos una sociedad tan desastrosa como la presente, pero mucho más optimista, que es de lo que se trata.

            Una sociedad, no sé, en que nos haga gracia que nuestros principales estafadores, en vez de estar en la cárcel, se paseen en un yate. En que nos alegre la mañana el hecho de que nuestros más consumados corruptos tengan éxito en las urnas. En que nos colme de orgullo el que unos independentistas reaccionarios se presenten como una opción de progreso. En que nos parezca un chiste inocente el que los xenófobos se disfracen de filántropos. Una sociedad en que los redentores nos regalen el oído con la promesa de unos paraísos artificiales, aunque para ello tengamos que renunciar a los magníficos purgatorios artificiales que ya nos regalaron las anteriores tandas de redentores. Un país en que las cifras del paro nos suenen a cuento de Navidad: una tragedia que, tarde o temprano, tendrá un final feliz. Y así sucesivamente.

            Tan fácil, en fin, como eso. Nos empeñamos en ser pesimistas porque no somos capaces de empeñarnos en ser optimistas, según nos tiene avisado el gran Perogrullo. Acabamos alimentando una inquina irracional contra nuestros gobernantes, con lo piadoso que resultaría el perdonarles sus faltas y desmanes, sus ineptitudes y diabluras. Acabamos recelando de los abanderados, con lo cómodo que nos resultaría marchar disciplinadamente detrás de cualquier bandera que agite heroicamente algún padre adoptivo de esas patrias que se caracterizan por ser siempre más patrióticas que las patrias propiamente dichas. Acabamos dudando del mensaje conmovedor de quienes prometen llevarnos a todos de la mano a la mismísima Arcadia sociológica, sin valorar como deberíamos el mucho esfuerzo que conlleva el conseguir hipnotizar a la plebe con el cacareo de la gallina de los huevos de oro.

            Seamos positivos. Si aceptamos, como les decía, que nuestro país no tiene arreglo posible, el país se quedará desarreglado, porque en todo proceso revolucionario tiene que haber una víctima, pero nosotros nos quedaremos mucho más tranquilos, contentos con nuestro pesimismo optimista, o viceversa, y seremos así más civilizados, más meditativos, más razonables y, sobre todo, mucho más tontos de lo que ya somos, que es algo que nunca viene mal.

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miércoles, 5 de agosto de 2015

lunes, 27 de julio de 2015

TURURÚ



(Publicado el sábado en prensa)

Dos o tres alcaldes entrantes propusieron la bajada de los sueldos de los miembros de su corporación municipal, empezando por ellos mismos, y se han llevado su merecido y su escarmiento: tururú.


            En cualquier democracia avanzada hay que tener muy claro que los recortes salariales se inventaron para los votantes, no para los votados, que demasiado tienen ya con la humillación de someterse a un proceso electoral para poder aspirar a un sueldo digno. Un sueldo digno que otorgue no sólo dignidad a quien lo percibe, sino también alegría, porque no queremos concejales apesadumbrados que, en vez de verbenas, organicen rosarios de la aurora y que, en vez de polideportivos, se limiten a construir tanatorios. Para que las instituciones funcionen, nuestros alcaldes y concejales deben ser personas risueñas y bien pagadas, no penitenciales y mendicantes, pues el estado de ánimo institucional irradia por ósmosis a la ciudadanía, y en eso todos tenemos mucho que perder si las cosas se tuercen. Un concejal con una nómina de médico o de albañil, así sea médico o albañil en la vida corriente, es un peligro: igual ni siquiera le merece la pena levantarse de la cama para ir a un pleno, por mucho que esa asistencia se la paguen aparte. Igual ni le sale a cuenta firmar por triplicado una ordenanza. Y al limbo entonces la civilización por la que hemos luchado desde la época de los mamuts.


            Los gobernantes reacios al ahorro argumentan que los políticos mal pagados corren el riesgo de corromperse. Se trata de una premisa tan convincente como espeluznante: tener satisfecho al ladrón para que no robe, lo que si bien dice muy poco de la solidez moral de nuestros representantes democráticos, dice en cambio mucho de su optimismo moral ante el defecto de la codicia: dar por hecho que tiene fondo. Por si acaso ese argumento no bastase, argumentan también que los sueldos de los cargos públicos han de ser elevados para poder atraer a la política a lo mejor de cada casa. Claro que sí: no conoce uno a ningún premio Nobel de economía que no esté deseando ser concejal de hacienda del ayuntamiento de Valdecabrillas del Toboso. No conoce uno a ningún arquitecto de renombre planetario que no esté dispuesto a convertirse en delegado de urbanismo del ayuntamiento de Panajonosa del Duque. El problema suele ser que en todas las valdecabrillas y en todas las panajonosas del universo conocido hay mucho paro y los vecinos se adelantan al economista y al arquitecto ilustre en la ocupación de una concejalía, pues de algo hay que vivir, y que el premio Nobel y el arquitecto se las arreglen como puedan, porque el mundo, amigo mío, no es ni de lejos Shangri-La.


            Sea como sea, lo último que debe hacer un país empobrecido es empobrecer a sus representantes democráticos, porque entonces apaga y vámonos: una cosa es que seamos pobres nosotros y otra cosa es que se resignen a tener un salario de pobre quienes se desviven para que los pobres podamos disfrutar de la iluminación navideña, de un buen alcantarillado, de una gincana popular o de una rotonda. Eso hay que pagarlo. Eso hay que valorarlo como se merece.


            De modo que se impone el más incontestable de los argumentos a los demagogos de la pobretería municipal: tururú. 

martes, 21 de julio de 2015

INTERROGANTE EDITORIAL ha montado una exposición virtual de mis collages. (36 en total, de los últimos 10 años.)

Si alguien quiere asomarse, este es el enlace:

http://interrogante-editorial.blogspot.com.es/


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