miércoles, 18 de noviembre de 2020

INSTANTÁNEAS DE FRANCISCO BRINES

 (Publicado ayer en El Mundo.)



Recuerdo a Brines en escenarios muy diversos, y en todos ellos lo recuerdo idéntico a sí mismo: un insobornable entusiasta de los dones del mundo. Es decir, un melancólico.

            Recuerdo a Brines, no sé, en un Madrid de bares tardíos, con su mundanidad de veterano explorador de la noche. En Nueva York, paseando por la Quinta Avenida, espectral y solitaria, a 15º bajo cero, de madrugada, intentando localizar una zapatería para comprarse a primera hora unos zapatos cómodos, tras recorrer durante toda la tarde esa especie de librería alejandrina que había en el Bronx y cuyo fondo, por esas vueltas que dan el mundo y los libros, está hoy en Sevilla.

            Lo recuerdo en Murcia, donde los oyentes de sus lecturas poéticas lo aclamaban igual que a un torero victorioso, en aquellos congresos babélicos que organizaba José María Álvarez, el general Lee de toda aquella tropa.

            O en Valencia, su tierra, en las noches confusas de esos veranos de irrealidad shakespeariana llenos de duendes  y de hadas suburbiales que bailaban sin parar tras ingerir el filtro mágico de los licores y de las drogas de diseño.

            O en Lisboa, sonriente él ante el fragor sabatino de aquella juventud que se encaminaba, altiva y perfumada de sí misma, a las discotecas.

            O en Sevilla, a la salida de la Maestranza, con Juan Luis Panero y Carlos Marzal, hablando con fervor retrospectivo de Pepe Luis Vázquez.

       El secreto de la poesía pasa de mano en mano, de generación en generación, igual que un fuego invisible: la superviviente eterna de las voces apocalípticas que anuncian con alarma cíclica su extinción. Pero cayó la Roma imperial y ahí sigue Virgilio. Mueren los emperadores del Japón y los livianos y antiguos haikús siguen conmoviéndonos.

       Brines es el maestro conversador, en fin, al que le gusta compartir el secreto callado de la poesía y el secreto a voces de la vida, y lo hace con esa magnanimidad que sólo pueden permitirse los verdaderos dueños de ese tesoro de misterio y de pasado que se esconde detrás de unas sílabas contadas.


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domingo, 15 de noviembre de 2020

LA CONSPIRACIÓN

 


Según nos alientan quienes saben de eso, la economía se recuperará en cuanto pasemos de estar controlados por el virus a controlar nosotros el virus, al menos en la medida en que se deje controlar, que me temo que ya nunca será del todo.

De lo que no puede estar uno seguro es de que, una vez recuperada la economía, recuperemos también nuestros equilibrios emocionales, nuestro sentido de la sociabilidad o incluso nuestros antiguos temores, que ahora han sido sustituidos por un único temor global.

Aunque, bien pensado, no hay nada que alcance a ser global: ahí tenemos, por ejemplo, a los alegres negacionistas de la pandemia, esas mentes iluminadas por un dios desconocido que dan por hecho que todo esto es un montaje para inocularnos un chip con el pretexto de vacunarnos de un virus imaginario.

El proceso psicológico es sin duda muy complejo, quizá porque la mente de un conspiranoico es más compleja que una mente estándar: el conspiranoico ve cosas que los demás no vemos, cabe suponer que en parte porque se trata de cosas inexistentes, aunque quién sabe: de un mundo controlado por Bill Gates, por los masones y por los illuminati puede uno esperarse cualquier cosa. Incluso que la Tierra sea, en efecto, plana y que su presunta redondez sea un invento de los fabricantes de globos terráqueos para hacer caja a costa de la ingenuidad geológica de la gente.

Ya nada puede sorprendernos, en fin. Ya nada. Hasta el punto de que piensa uno que la actitud más sensata en estos momentos de incertidumbre consiste en convertirse en un conspiranoico profesional: convencerse cuanto antes de que a Trump le han robado las elecciones los globalistas, dar por hecho que el uso de mascarilla destruye nuestro sistema inmunológico, sostener que los virus no existen y que los pocos que puedan existir son engendros de laboratorio, llegar a la conclusión de que nuestro gobierno actual aspira a imponer una dictadura socialcomunista y proclamar que los chemtrails son fumigaciones de metales pesados para hacernos estériles y así acabar de una vez por todas con la Humanidad casi en pleno, una vez que se llegue a la conclusión científica de que lo que pretenden los oligarcas disfrazados de filántropos es el exterminio masivo de la población.

Convertirse en un conspiranoico, en definitiva, sólo reporta ventajas: puedes negar de forma categórica lo que diga un virólogo sobre los virus, lo que diga un epidemiólogo sobre las epidemias y lo que diga un inmunólogo sobre las vacunas.

El único inconveniente es que esa forma de sabiduría tiene muy restringido en nuestros días su ámbito de difusión: la barra de los bares.

Pero, sea como sea, ya saben ustedes: la clave básica está en el chip.

Empecemos por eso.

martes, 10 de noviembre de 2020

NUEVA NOVELA



Llegará a librerías -cruzo los dedos- en la primera semana de diciembre.

La editorial ha dispuesto un sistema de preventa, con descuento del 5%, envío gratuito y opción de recibir el ejemplar dedicado.

En este enlacehttps://www.editorialrenacimiento.com/los-cuatro-vientos/2446-la-conspiracion-de-los-conspiranoicos.html?fbclid=IwAR3sAQFiJIBhSuETWy43Co07PpW3ezZhjWV-RDGQKvlPcjKJlGPf9abxNjs

lunes, 2 de noviembre de 2020

Vuelvo a ver El jeque blanco (1952), la primera película de Fellini como único director, tras Luces de variedades, que codirigió con Lattuada.

Y allí está ya todo el mundo felliniano, sin los excesos fellinianos que luego sobrepasaron en ocasiones al propio Fellini.

Fascinante ese superposición de la realidad vulgar y de los mundos de la fantasía.

Tan divertida como maliciosa.
Y un Alberto Sordi soberbio.


Un rato, en fin, de felicidad.

domingo, 1 de noviembre de 2020

EQUIDISTANDO

 

Quien opta por la militancia política disfruta de una gran ventaja: la de poder permitirse no sólo la comodidad del acatamiento de los dogmas laicos que seductoramente le propongan o que amablemente le impongan, sino incluso la comodidad de asumir las consignas propagandísticas –así tengan la misma carga metafísica que un anuncio televisivo- que ideen los responsables de propaganda del partido que figure en su carnet.

No deja de ser una suerte que alguien piense por ti, pues de ese modo te evitas, como poco, la tarea de tener que calentarte la cabeza para a menudo no llegar a ninguna conclusión ideológica que merezca ese nombre, por esa tendencia que tiene el ser humano a adentrarse en callejones sin salida: te pones a discurrir sobre un asunto y lo único que consigues es liarte. De ahí quizá nuestra aversión a meternos en jaleos de pensamiento. Siempre será más confortable adscribirte a una idea ajena y genérica, en fin, que tener que construir una propia. No hay color.

         En nuestros días, esa especie de pensadores vicarios han puesto en circulación, como achaque moral, si no como insulto, el concepto de “equidistancia”, que según la RAE es algo tan inocente como la “igualdad de distancia entre varios puntos u objetos”.

Si opinas, no sé, que el Gobierno ha gestionado de forma un tanto desastrosa los aspectos sanitarios de esta pandemia y que ha gestionado más o menos bien las urgencias sociales derivadas de ella, eres equidistante, en el caso de que no seas un reaccionario. Si dices que la presidenta de Madrid se comporta poco más o menos como los independentistas catalanes cuando están en una fase patriótica aguda, eres equidistante, en el caso de que no acabes siendo socialcomunista. Etcétera.

         A poco que no te alinees de manera incondicional con un bando, te cae encima, en fin, una equidistancia.

         La simplificación del pensamiento está muy bien, ya digo, sobre todo si lo que procuras es que el pensamiento no te cause molestias. Ya quisiera uno tener un fervor político sin fisuras, sobre todo en un país en que los fervores políticos promueven casi el mismo grado de emocionalidad que dispensamos a nuestro equipo de fútbol predilecto. (Y digo “casi” porque la gente suele ser más indulgente con su partido político cuando desatina que con su equipo de fútbol cuando pierde, ya que, ante una derrota deportiva, la gente tiende a maldecir lo que más ama en este mundo, que suele ser el equipo de fútbol en cuestión.)

         Conviene equidistarse de la equidistancia, en definitiva, si no quieres ser tachado de equidistante, insulto que lo mismo pueden aplicarte desde el bando que se siente equidistado que desde el bando pendiente de equidistar, o lo que sea.

De modo que un consejo humanitario: alinéese. Cuanto antes mejor.


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domingo, 18 de octubre de 2020

EL DEBATE VÍRICO

 

Uno no sabe ya si la política va en consonancia con la realidad, si la realidad le marca el ritmo a la política o viceversa, si cada cosa va a su aire o si ambas van de la mano hacia ningún sitio. 

                  Ese es el enigma, en principio irresoluble.

            En medio de una pandemia, se supone que el problema principal es la pandemia en sí, no las controversias políticas derivadas de la gestión de la pandemia, pero enseguida nos vemos obligados a rectificar esa suposición candorosa: nuestros representantes electos parecen haber decidido que esta calamidad colectiva pase a un segundo plano y se convierta en un entretenido pretexto para la disputa partidista, que de siempre ha sido el mejor modo de solucionar las consecuencias de un desastre, por la misma razón por la que la manera más sensata de combatir un terremoto consiste en ponerte a discutir con tu vecino por los ladridos de su perro mientras el techo se os derrumba en la cabeza.

            El ambiente parlamentario está alcanzado en estos meses un tono agrio de taberna que no sabe nadie a quién beneficia, pues la irrespetuosidad recíproca suele llevar consigo una falta de respeto a uno mismo, y esa falta de respeto propio suele propiciar, a su vez, el que la gente pierda el respeto a quien ni siquiera se toma la molestia de respetarse. Cuando el debate se convierte en una competición de escupitajos retóricos, lo normal es que se produzca una paradoja: que quien gana pierde.

            Aislada en una extraña burbuja psicológica, la clase política parece no entender que, en tiempos de crispación y desánimo social, lo que menos necesita una sociedad es una dosis extra de crispación y de desánimo. Si a eso sumamos el que la pandemia se ha convertido en una controvertida guerra de cifras y de orgullos autonómicos, en vez de plantearse como una campaña sanitaria consensuada, resulta que todo acaba teniendo la condición desconcertante de una batalla imaginaria contra un enemigo real.

            ¿Qué no han entendido ellos o qué no estamos entendiendo nosotros?

            Empieza a llegar uno a la conclusión melancólica de que los políticos sirven para lo que sirven, y suelen servir sobre todo para ser políticos, pero que resultan inoperantes cuando deben enfrentarse a la resolución de un problema ajeno a sus patrones rutinarios de gestión.

            Con esto del virus están luciéndose, hasta el punto de que ni siquiera renuncian a las artes propias de los ilusionistas: convertir una enfermedad en un factor ideológico.

      Andan ahora en eso, en esa atribución recíproca de culpabilidades, de agravios y de reproches. A este paso, raro será que no acaben convenciéndonos de que el virus tiene el carnet de militante de algún partido político, que siempre será el de los otros.

               Ellos sabrán, porque nosotros no.


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domingo, 4 de octubre de 2020

DISYUNTIVAS

 (Publicado ayer en prensa)


A pesar de que resultaba previsible, durante estos últimos meses hemos mantenido la ilusión de que no fuera posible. Pero lo ha sido: a estas alturas, la pandemia no es ya un problema sanitario excepcional, sino un conflicto político rutinario. Lo consiguieron. Fieles a sí mismos, así sea a costa de ser infieles a la realidad, lo han logrado. Ya. Al fin.

Nadie esperaba menos, pero, por una vez confiábamos, como decía, en que el sentido común y el sentido de la responsabilidad se impusieran a la irresponsabilidad y al sinsentido.

No ha podido ser.

         Los diversos gobernantes de nuestro país biodiverso procuran establecer unas normas –algunas de ellas contradictorias, cuando no absurdas- para combatir la expansión del virus, y casi todo el mundo las acata desde la concienciación o al menos desde el fatalismo, pero la clase política se muestra rebelde a imponerse a ella misma cualquier norma: casi no hay presidente autonómico que renuncie al derecho al pensamiento autónomo, hasta el punto de que, en estos momentos, el gobierno central parece la oficina de reclamaciones de unos grandes almacenes: un negociado al que se acude para tramitar quejas y para amenazarlo con acciones legales por la insatisfacción ante su política de atención al cliente.

Es justo lo que necesitamos en medio de esta calamidad: que la política siga siendo un juego de niños caprichosos que se niegan a prestar sus juguetes y a defender su parcela en el parque infantil.

         La decepción, a pesar de todo, es relativa: de sobra tenemos comprobado que la mente de un político no se rige por los parámetros por el que se guía la mentalidad común. Si un bloque de viviendas está a punto de derrumbarse, resultaría extraño que un vecino se negase a apuntalarlo o a desalojarlo, pero si un país está a punto de derrumbarse, resulta lógico y normal que algunos de los responsables de mantenerlo en pie se dediquen a ponerle una carga de dinamita en los pilares.

         Asistimos a la polarización ideológica de un asunto que exige una concertación logística. Suponer por ejemplo que la aplicación de unas medidas sanitarias va a destruir la economía supone a su vez no haber entendido la mitad del problema, y eso que no pasa de ser un problema de los de fácil entendimiento: no se trata de destruir la economía con el pretexto de salvar vidas, sino de salvar vidas con el menor perjuicio posible para una economía en riesgo de colapso. Lo extravagante es pensar que, mientras la población soporta o padece daños de envergadura, la economía puede quedar incólume, como si la economía fuese un ente abstracto e independiente de la actividad humana.

         Aparte de eso, una curiosidad: ¿de qué hablan exactamente algunos cuando hablan de economía?


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viernes, 25 de septiembre de 2020

TOCAR FONDO EN LOS BAJOS FONDOS

 


En 1956, Lionel Rogosin dirigió esta docuficción sobre la vida de los menesterosos alcoholizados que pululaban por el entorno neoyorquino de la calle Bowery.

Tiene mucho de pesadilla dantesca: el círculo infernal de los borrachos que sólo piensan en cómo poder emborracharse día tras día.

Estremecedor y artísticamente impecable, sin recurrir en ningún momento al tremendismo que le resultaba más que propicio.

(En realidad, la aplicación de una simple cámara objetiva a ese cuadro humano resultaría lo suficientemente tremenda por sí misma.)

En Filmin.

domingo, 20 de septiembre de 2020

BOLAS DE CRISTAL

 (Publicado ayer en prensa)



Dadas las circunstancias, recurrir a la hemeroteca resultaría un ejercicio de crueldad.

Allí nos encontraríamos al presidente del Gobierno, a primeros de julio, dando por vencida a la pandemia, animando a la gente a salir, a reactivar la economía y a disfrutar de la nueva normalidad. (Como dato curioso, ese mismo día 200.000 catalanes se vieron obligados a reconfinarse a causa de los rebrotes.)

Allí nos encontraríamos al ministro de Sanidad, a finales de enero, asegurando que, a pesar de que el riesgo de pandemia era moderado, nuestro sistema sanitario estaba preparado para afrontar cualquier eventualidad. (Al poco, el sistema sanitario se colapsó. En estos días, estamos advertidos del riesgo de un segundo colapso.)

Allí nos encontraríamos, a mediados de febrero, al director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias ofreciendo tranquilidad: “En España no hay coronavirus. No existe riesgo de infectarse”, de lo cual concluía que el miedo estaba “un poco fuera de lo razonable”. (Y no tuvimos miedo, porque tenerlo suponía una irracionalidad.)

Allí nos encontraríamos a la presidenta balear reclamando la habilitación de un “corredor turístico seguro”. (Baleares ronda hoy los 12.000 casos confirmados y casi 300 muertos.)

Allí nos encontraríamos al presidente de la Junta de Andalucía acusando al Gobierno central de castigar, por revanchismo político y no por criterios médicos, a las provincias de Málaga y de Granada, que no pasaron a la fase 3 a la par que las otras. (Málaga sigue siendo la provincia andaluza con mayor incidencia de casos.)

La presidenta de la Comunidad de Madrid tardó poco en levantar un hospital de campaña y poco también en desmantelarlo, aunque tardó mucho en obligar al uso de la mascarilla, como señal tal vez de su decidida política de bandazos pintorescos.

La portavoz del Govern aseguró que, en una Cataluña independiente, no hubiese habido tantos muertos ni tantos contagiados.

Etcétera.

            Allí, en la hemeroteca, en definitiva, nos encontraríamos con muchas curiosidades que nos harían sonreír si no nos hicieran temblar: estamos en manos de los dueños de esas bolas de cristal defectuosas.

            Hemos pasado del estupor al caos, del caos a la gestión caótica, de la gestión caótica al triunfalismo, del triunfalismo a la irresponsabilidad, de la irresponsabilidad al desastre y desde allí hemos vuelto al punto de partida, del que en realidad nunca nos habíamos movido, más allá de ese cronograma infantil de las fases, de las desescaladas y de la nueva normalidad.

            En medio de todo esto, la vida, tal como la conocíamos, sigue, en fin, en paradero desconocido y todo apunta a que tardará en volver. Si es que vuelve.


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domingo, 30 de agosto de 2020

LOS CRITERIOS


(Publicado ayer en prensa)


A lo largo de la Historia conocida, la clase política mundial ha demostrado estar de sobra preparada para conducirnos al paraíso en la Tierra mediante estrategias encaminadas a la consecución de todos los equilibrios socioeconómicos habidos y por haber, al menos en un plano teórico, pero, como contrapartida, no sabe qué hacer ahora frente a un virus inoportuno.

No es lo mismo diseñar un plan hidrográfico, por ejemplo, que fiscalizar el comportamiento de un agente infeccioso microscópico acelular. Son cosas diferentes.

            La experiencia nos indica que gran parte de la gestión política tiene menos que ver con una gestión propiamente dicha que con la exposición retórica de unos futuribles, hasta el punto de que los políticos no sólo alardean de lo conseguido, sino también de lo que prometen conseguir, aunque luego el curso de la realidad frustre sus expectativas, lo que tampoco tiene demasiada importancia: en el sistema de valores de la política vale tanto lo llevado a cabo como lo llevado a ninguna parte. La intención es lo que cuenta: si prometes, qué sé yo, el desdoble de una carretera y el proyecto se queda en un desbroce de las cunetas, la responsabilidad no es de nadie, o en cualquier caso lo sería de la carretera en sí, que se resiste a ser desdoblada por sus malentendidos con los presupuestos, o por lo que sea, que eso suele ser imprevisible.

            Con estos trastornos que nos ha traído el virus, estamos asistiendo a decisiones políticas que resultarían cómicas si de fondo no hubiese una realidad trágica. En un principio, por ejemplo, los gobiernos autonómicos reclamaban una mayor autoridad para la gestión de la pandemia, convencidos tal vez de que el virus requería un tratamiento distinto en según qué territorios más o menos diferenciales y más o menos históricos. Y así hasta que el gobierno central decidió transferirles la patata caliente de esa autoridad, con un resultado inmejorable: ahora los gobernantes autonómicos no saben qué hacer con esa autoridad transferida, en parte porque la única autoridad indiscutible que existe en estos momentos no es otra que la del virus.

            Aquí se confino a un país entero con criterios capitalinos: comoquiera que en algunas grandes ciudades la gente moría en tropel, la solución era enclaustrar a los 400 habitantes de la localidad gaditana de Benamahoma, por ejemplo, y cerrar a cal y canto la taberna de la aldea extremeña de Trevejo, lugar de reunión de sus 16 vecinos. El centralismo pandémico, como quien dice.

            Luego vino la llamada al turismo seguro, aunque no se especificase para quién era seguro. El resultado está en los gráficos estadísticos.

            Ahora vamos por la fase eufemística: segunda ola no, sino rebrotes controlados. 

            Pues muy bien.

jueves, 27 de agosto de 2020

LA MORALIDAD A MEDIAS Y LA HIPOCRESÍA AL MÁXIMO



El British Museum ha retirado el busto de sir Hans Sloane, cuya colección de arte sirvió de base para la fundación de dicho museo.¿El motivo? Que el tal Sloane se enriqueció gracias a una mano de obra esclavizada en una plantación de azúcar que poseía en Jamaica.
Eso está muy bien, por supuesto, y al sótano lóbrego con Sloane, pero no pasa de ser un gesto de hipocresía retrohistórica si no se ve acompañado de gestos menos simbólicos -y de paso menos... "demagógicos".
Por ejemplo, devolver a Grecia y a Egipto las obras de arte que se exhiben allí gracias al saqueo, al robo y al expolio, empezando por las piezas del Partenón vendidas al gobierno británico en el siglo XIX por el espabilado embajador lord Elgin.
Y, ya puestos, mandar a Jamaica, como compensación póstuma, todas las obras de arte que el tal Sloane compró gracias a los esclavos de allá.
Pero eso ya no.
Se retira el busto y la conciencia nacional queda limpia y redimida ante el mundo civilizado.
La moral también tiene, en fin, aparte de sus consabidas hipocresías, sus cursilerías.

domingo, 23 de agosto de 2020

LO QUE HAY


(Publicado ayer en prensa)

A estas alturas, raro es quien no tiene una solución expeditiva para acabar con esta pandemia. Todos sabemos lo que habría que hacer, que suele ser justo lo contrario de lo que hacen los responsables de tomar decisiones al respecto. Todos padecemos, en fin, el síndrome de Casandra, esa maldición mitológica según la cual nuestras advertencias alarmistas están condenadas a no ser tomadas en consideración por nuestros semejantes.

         Si me permiten el descenso a lo personal, a mediados de mayo conjeturé, en un medio público, que en la primera quincena de agosto asistiríamos a una expansión masiva y descontrolada de los contagios.

No es que sea uno adivino ni nada similar: para ese pronóstico bastaba con sumar 2 y 2, como quien dice. Por desgracia, el curso de los acontecimientos me ha dado la razón, lo que no quiere decir que haya acertado: simplemente aventuré lo obvio, que es algo diferente del acierto.

         A pesar del empeño de nuestras autoridades por fomentar una ficción de calma, así se trate de una calma en vilo, las cosas van muy mal y es posible que vayan a peor, dado que el concepto de “nueva normalidad” se ha revelado como una absoluta falta de normalidad, tanto de la antigua como de la nueva, por no decir que se nos presenta como una anormalidad sucesiva, sujeta no al patrón que marquemos artificiosamente al curso de la pandemia, sino al patrón que la pandemia nos marque.

         Estamos a expensas, en definitiva, de lo que el virus decida hacer con nosotros, no a lo que decidamos hacer con respecto al virus. Esa es la cadena de mando, por más que nos hagamos la ilusión de ejercer un control tanto político como sanitario sobre algo que, al menos de momento, no admite control alguno.

         Estamos en la carrera acelerada por la vacuna, convertida en una especie de competición de los orgullos patrióticos más que en una experimentación estrictamente científica. Con todo, habrá que pararse a pensar en que, una vez aprobada para su uso, quedará por delante otra cuestión: el acceso a esa vacuna, que por fuerza habrá de ser menos universal que selectivo.

         En este complicado pandemonio, ni siquiera los negacionistas de la pandemia parecen estar felices. En una reciente concentración celebrada en Madrid, muchos de ellos coreaban: “Queremos ser normales, no subnormales”, lo que no deja de ser una reivindicación muy justa: sólo pedían ser normales, no lo que demostraban ser.

         El horizonte otoñal se nos presenta menos incierto que inquietante, porque la incertidumbre no está lejos de la certidumbre: todo apunta a que la pandemia volverá a la casilla de salida.

         En cuanto a la vuelta a las aulas, por ejemplo, milagro será que no acabe siendo una vuelta inmediata a casa, a menos que el optimismo nos haga suponer que el virus se someterá obedientemente a la disciplina escolar durante diez meses.

         Pero ojalá Casandra se equivoque.

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domingo, 16 de agosto de 2020

LAS DOS CORONAS

(Publicado ayer en prensa)



En este siglo XXI, cualquier institución monárquica tiene un problema primario: mantener su credibilidad -desde su anacronismo intrínseco- como tal institución. Es decir, procurar que una sociedad que se ha habituado a regirse por mecanismos democráticos -ya sea para constituir el Congreso o para llegar a un acuerdo en una reunión de vecinos- admita la legitimidad de la sucesión dinástica como el sustento constitucional de la jefatura del Estado.

Hasta ahora, ese pacto ficcional se ha mantenido en España tanto por el apoyo activo de los monárquicos como por la renuncia pasiva de los republicanos. En los tiempos de la Transición, se convino aceptar la fórmula de la monarquía parlamentaria como una especie de elemento de permanencia frente a la volubilidad gubernamental, desde la convicción de que un país que salía de una larga dictadura necesitaba un referente de estabilidad frente a los vaivenes electorales.

         La fórmula tuvo éxito, hasta el punto de que el cuestionamiento de la monarquía se ha convertido en tabú incluso para partidos de base republicana como el PSOE. Hoy por hoy, algunos han roto ese tabú, y lo han hecho en un momento que es el más adecuado y a la vez el más inadecuado de todos los posibles. Es el momento adecuado porque las sospechas de enriquecimiento anómalo que recaen sobre el rey emérito traspasan la suposición para invadir el terreno de la evidencia, lo que fragiliza la institución monárquica hasta extremos potencialmente destructivos e irredimibles, y es el más inadecuado porque el  país se enfrenta a una crisis socioeconómica severa a la que no parece conveniente sumar una crisis de simbología, ya que los símbolos, por raro que parezca, tienen efectos políticos más poderosos que los que cabría atribuir a una sugestión colectiva como lo es, a fin de cuentas, el acatamiento de que la figura del jefe del Estado no esté sujeta a la decisión popular, sino a los azares hereditarios.

         A falta de las conclusiones a que llegue la administración de justicia –sin duda más por vía suiza que española-, la figura del rey emérito se nos presenta de momento bipolarizada: una especie de Jekyll y Hyde. Hay quien ensalza sus méritos tanto políticos como diplomáticos durante su reinado, aunque queda la duda de que una figura de esencia simbólica pueda permitirse la dualidad: un símbolo puede ser ambivalente, pero no debe ser contradictorio. Aparte de eso, la moral no es fraccionable.

         Felipe VI no sólo ha heredado una corona de oro, sino también una corona de espinas. Si no logra deshacerse de la segunda, es posible que, tarde o temprano, se vea obligado a renunciar a la otra.

Pero ninguna de las dos opciones depende de él: un símbolo soporta cualquier cosa, salvo la realidad.


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domingo, 9 de agosto de 2020

LO PERDIDO


(Publicado ayer en prensa)


Muchas de las cosas que considerábamos insignificantes las añoramos ahora como muy significativas. Por ejemplo, entrar en un bar sin que nos espantase que encima del mostrador hubiese alimentos expuestos a todos los aerosoles víricos o bacterianos que nos diese por soltar cuando estornudábamos o cuando discutíamos con el vecino de barra -cada cual desde su enfoque ideológico- sobre las medidas más eficaces para el arreglo instantáneo de los problemas del país, por esa cualidad mágica que tienen los bares de transformarse en una versión alcoholizada del Congreso de los Diputados.

            Echamos de menos salir a la calle no para respirar aire puro, porque eso no es patrimonio universal, pero sí al menos para respirar algo que no fuesen nuestras propias toxinas. Recordamos con nostalgia los encuentros distendidos con  esos familiares y amigos a los que ahora vemos como amenazas potenciales para nuestra salud. Rememoramos aquellos paseos por la playa sin mascarilla, porque una persona en bañador o en bikini se convierte en una estampa surreal si va enmascarada, e incluso sugiere algún tipo de fetichismo, aunque agradecemos a nuestras autoridades que no hayan impuesto el uso de escafandra.

            Echamos de menos muchas cosas, en fin, pero en especial nos echamos de menos a nosotros mismos, convertidos ahora en personas hurañas y asustadizas, en seres emocionalmente fragilizados por un ente invisible, cuando no en sociópatas.

            Al principio de esto, optamos por la versión dulcificada del ser humano: la solidaridad, la empatía, la conmiseración por los enfermos, los aplausos. A estas alturas, vamos ya por el individualismo, por la desconfianza y por el sálvese quien pueda, hasta el punto de que vemos a alguien sin mascarilla y se nos despierta un odio irracional, en tanto que los negacionistas de la mascarilla nos ven como borregos amaestrados que asumen el ponerse un bozal como gesto de sumisión. Tampoco podía esperarse mucho más de nosotros.

            Nos preguntábamos qué aprenderíamos de esta lección severa, y los más optimistas preconizaban un cambio de mentalidad, por supuesto para bien. Sí, cómo no: siempre perfeccionándonos.

            Estamos a principios de agosto y Aranda de Duero (32.000 habitantes) ha tenido que volver al confinamiento. Y ya se sabe: a factores idénticos, consecuencias extrapolables.

            Tiene uno la impresión de que, a pesar de los malos datos sanitarios, estamos dándonos una tregua artificial, a la espera de septiembre, en que nos aguardan experimentos inquietantes: por ejemplo, la vuelta masiva al trabajo y a las aulas, al transporte público y a los grandes focos de contagio de los que muchos han podido huir gracias a las vacaciones.

Y a ver por dónde rompe la sorpresa.


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viernes, 7 de agosto de 2020

EL COLAPSO


Si alguien piensa que estamos en un mal escenario global, puede consolarse viendo esta serie francesa: todo puede ser mucho peor de lo que es.


¿De qué va?

A consecuencia de una catástrofe que no se explicita, nuestro sistema social se descalabra y se impone, por encima de todo lo demás, el instinto individual de supervivencia.

¿Ciencia ficción? Potencialmente premonitoria, más bien. 

¿Terror distópico? Puede ser, pero el factor terrorífico no es un monstruo, un asesino en serie ni un virus, sino el ser humano normal y corriente.

8 episodios de trama independiente y de poco más de 20 minutos.
Tan buena como angustiosa.

Muy recomendable, aunque no me atrevo a recomendarla: con lo que tenemos encima vamos sobrados.

No obstante...