Vuelvo a ver El jeque blanco (1952), la primera película de Fellini como único director, tras Luces de variedades, que codirigió con Lattuada.
lunes, 2 de noviembre de 2020
domingo, 1 de noviembre de 2020
EQUIDISTANDO
Quien opta por la militancia
política disfruta de una gran ventaja: la de poder permitirse no sólo la comodidad
del acatamiento de los dogmas laicos que seductoramente le propongan o que amablemente
le impongan, sino incluso la comodidad de asumir las consignas propagandísticas
–así tengan la misma carga metafísica que un anuncio televisivo- que ideen los responsables
de propaganda del partido que figure en su carnet.
No deja de ser
una suerte que alguien piense por ti, pues de ese modo te evitas, como poco, la
tarea de tener que calentarte la cabeza para a menudo no llegar a ninguna
conclusión ideológica que merezca ese nombre, por esa tendencia que tiene el ser
humano a adentrarse en callejones sin salida: te pones a discurrir sobre un
asunto y lo único que consigues es liarte. De ahí quizá nuestra aversión a
meternos en jaleos de pensamiento. Siempre será más confortable adscribirte a
una idea ajena y genérica, en fin, que tener que construir una propia. No hay
color.
En
nuestros días, esa especie de pensadores vicarios han puesto en circulación,
como achaque moral, si no como insulto, el concepto de “equidistancia”, que
según la RAE es algo tan inocente como la “igualdad de distancia entre varios puntos u objetos”.
Si opinas, no sé, que el Gobierno ha gestionado de forma
un tanto desastrosa los aspectos sanitarios de esta pandemia y que ha
gestionado más o menos bien las urgencias sociales derivadas de ella, eres
equidistante, en el caso de que no seas un reaccionario. Si dices que la
presidenta de Madrid se comporta poco más o menos como los independentistas
catalanes cuando están en una fase patriótica aguda, eres equidistante, en el
caso de que no acabes siendo socialcomunista. Etcétera.
A poco que no te alinees de manera
incondicional con un bando, te cae encima, en fin, una equidistancia.
La simplificación del pensamiento está
muy bien, ya digo, sobre todo si lo que procuras es que el pensamiento no te
cause molestias. Ya quisiera uno tener un fervor político sin fisuras, sobre
todo en un país en que los fervores políticos promueven casi el mismo grado de
emocionalidad que dispensamos a nuestro equipo de fútbol predilecto. (Y digo
“casi” porque la gente suele ser más indulgente con su partido político cuando
desatina que con su equipo de fútbol cuando pierde, ya que, ante una derrota
deportiva, la gente tiende a maldecir lo que más ama en este mundo, que suele
ser el equipo de fútbol en cuestión.)
Conviene equidistarse de la
equidistancia, en definitiva, si no quieres ser tachado de equidistante,
insulto que lo mismo pueden aplicarte desde el bando que se siente equidistado que
desde el bando pendiente de equidistar, o lo que sea.
De modo que un consejo humanitario: alinéese. Cuanto
antes mejor.
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domingo, 18 de octubre de 2020
EL DEBATE VÍRICO
Uno no sabe ya si la política va en consonancia con la realidad, si la realidad le marca el ritmo a la política o viceversa, si cada cosa va a su aire o si ambas van de la mano hacia ningún sitio.
Ese es el enigma, en principio irresoluble.
En
medio de una pandemia, se supone que el problema principal es la pandemia en
sí, no las controversias políticas derivadas de la gestión de la pandemia, pero
enseguida nos vemos obligados a rectificar esa suposición candorosa: nuestros representantes
electos parecen haber decidido que esta calamidad colectiva pase a un segundo
plano y se convierta en un entretenido pretexto para la disputa partidista, que
de siempre ha sido el mejor modo de solucionar las consecuencias de un desastre,
por la misma razón por la que la manera más sensata de combatir un terremoto
consiste en ponerte a discutir con tu vecino por los ladridos de su perro
mientras el techo se os derrumba en la cabeza.
El
ambiente parlamentario está alcanzado en estos meses un tono agrio de taberna
que no sabe nadie a quién beneficia, pues la irrespetuosidad recíproca suele
llevar consigo una falta de respeto a uno mismo, y esa falta de respeto propio
suele propiciar, a su vez, el que la gente pierda el respeto a quien ni
siquiera se toma la molestia de respetarse. Cuando el debate se convierte en
una competición de escupitajos retóricos, lo normal es que se produzca una
paradoja: que quien gana pierde.
Aislada
en una extraña burbuja psicológica, la clase política parece no entender que,
en tiempos de crispación y desánimo social, lo que menos necesita una sociedad
es una dosis extra de crispación y de desánimo. Si a eso sumamos el que la
pandemia se ha convertido en una controvertida guerra de cifras y de orgullos
autonómicos, en vez de plantearse como una campaña sanitaria consensuada,
resulta que todo acaba teniendo la condición desconcertante de una batalla
imaginaria contra un enemigo real.
¿Qué
no han entendido ellos o qué no estamos entendiendo nosotros?
Empieza
a llegar uno a la conclusión melancólica de que los políticos sirven para lo
que sirven, y suelen servir sobre todo para ser políticos, pero que resultan
inoperantes cuando deben enfrentarse a la resolución de un problema ajeno a sus
patrones rutinarios de gestión.
Con
esto del virus están luciéndose, hasta el punto de que ni siquiera
renuncian a las artes propias de los ilusionistas: convertir una enfermedad en
un factor ideológico.
Andan ahora en eso, en esa atribución recíproca de culpabilidades, de agravios y de reproches. A este paso, raro será que no acaben convenciéndonos de que el virus tiene el carnet de militante de algún partido político, que siempre será el de los otros.
Ellos
sabrán, porque nosotros no.
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domingo, 4 de octubre de 2020
DISYUNTIVAS
(Publicado ayer en prensa)
A pesar de que resultaba
previsible, durante estos últimos meses hemos mantenido la ilusión de que no
fuera posible. Pero lo ha sido: a estas alturas, la pandemia no es ya un
problema sanitario excepcional, sino un conflicto político rutinario. Lo
consiguieron. Fieles a sí mismos, así sea a costa de ser infieles a la realidad,
lo han logrado. Ya. Al fin.
Nadie esperaba
menos, pero, por una vez confiábamos, como decía, en que el sentido común y el
sentido de la responsabilidad se impusieran a la irresponsabilidad y al
sinsentido.
No ha podido
ser.
Los
diversos gobernantes de nuestro país biodiverso procuran establecer unas normas
–algunas de ellas contradictorias, cuando no absurdas- para combatir la
expansión del virus, y casi todo el mundo las acata desde la concienciación o
al menos desde el fatalismo, pero la clase política se muestra rebelde a
imponerse a ella misma cualquier norma: casi no hay presidente autonómico que
renuncie al derecho al pensamiento autónomo, hasta el punto de que, en estos
momentos, el gobierno central parece la oficina de reclamaciones de unos
grandes almacenes: un negociado al que se acude para tramitar quejas y para
amenazarlo con acciones legales por la insatisfacción ante su política de
atención al cliente.
Es justo lo
que necesitamos en medio de esta calamidad: que la política siga siendo un
juego de niños caprichosos que se niegan a prestar sus juguetes y a defender su
parcela en el parque infantil.
La
decepción, a pesar de todo, es relativa: de sobra tenemos comprobado que la
mente de un político no se rige por los parámetros por el que se guía la
mentalidad común. Si un bloque de viviendas está a punto de derrumbarse,
resultaría extraño que un vecino se negase a apuntalarlo o a desalojarlo, pero
si un país está a punto de derrumbarse, resulta lógico y normal que algunos de
los responsables de mantenerlo en pie se dediquen a ponerle una carga de
dinamita en los pilares.
Asistimos
a la polarización ideológica de un asunto que exige una concertación logística.
Suponer por ejemplo que la aplicación de unas medidas sanitarias va a destruir
la economía supone a su vez no haber entendido la mitad del problema, y eso que
no pasa de ser un problema de los de fácil entendimiento: no se trata de
destruir la economía con el pretexto de salvar vidas, sino de salvar vidas con
el menor perjuicio posible para una economía en riesgo de colapso. Lo
extravagante es pensar que, mientras la población soporta o padece daños de
envergadura, la economía puede quedar incólume, como si la economía fuese un
ente abstracto e independiente de la actividad humana.
Aparte
de eso, una curiosidad: ¿de qué hablan exactamente algunos cuando hablan de
economía?
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viernes, 25 de septiembre de 2020
TOCAR FONDO EN LOS BAJOS FONDOS
En 1956, Lionel Rogosin dirigió esta docuficción sobre la vida de los menesterosos alcoholizados que pululaban por el entorno neoyorquino de la calle Bowery.
domingo, 20 de septiembre de 2020
BOLAS DE CRISTAL
(Publicado ayer en prensa)
Dadas las circunstancias, recurrir a la hemeroteca
resultaría un ejercicio de crueldad.
Allí nos encontraríamos al presidente
del Gobierno, a primeros de julio, dando por vencida a la pandemia, animando a
la gente a salir, a reactivar la economía y a disfrutar de la nueva normalidad.
(Como dato curioso, ese mismo día 200.000 catalanes se vieron obligados a reconfinarse
a causa de los rebrotes.)
Allí nos encontraríamos al ministro de
Sanidad, a finales de enero, asegurando que, a pesar de que el riesgo de pandemia
era moderado, nuestro sistema sanitario estaba preparado para afrontar
cualquier eventualidad. (Al poco, el sistema sanitario se colapsó. En estos
días, estamos advertidos del riesgo de un segundo colapso.)
Allí nos encontraríamos, a mediados de
febrero, al director del Centro de
Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias ofreciendo
tranquilidad: “En España no hay coronavirus. No existe riesgo de infectarse”, de lo cual concluía que el miedo
estaba “un poco fuera de lo razonable”. (Y no tuvimos miedo, porque tenerlo suponía una irracionalidad.)
Allí nos
encontraríamos a la presidenta balear reclamando la habilitación de un “corredor
turístico seguro”. (Baleares ronda hoy los 12.000 casos confirmados y casi 300
muertos.)
Allí nos
encontraríamos al presidente de la Junta de Andalucía acusando al Gobierno
central de castigar, por revanchismo político y no por criterios médicos, a las
provincias de Málaga y de Granada, que no pasaron a la fase 3 a la par que las
otras. (Málaga sigue siendo la provincia andaluza con mayor incidencia de
casos.)
La
presidenta de la Comunidad de Madrid tardó poco en levantar un hospital de
campaña y poco también en desmantelarlo, aunque tardó mucho en obligar al uso
de la mascarilla, como señal tal vez de su decidida política de bandazos pintorescos.
La portavoz
del Govern aseguró que, en una Cataluña independiente, no hubiese habido tantos
muertos ni tantos contagiados.
Etcétera.
Allí, en la hemeroteca, en definitiva, nos encontraríamos
con muchas curiosidades que nos harían sonreír si no nos hicieran temblar:
estamos en manos de los dueños de esas bolas de cristal defectuosas.
Hemos pasado del estupor al caos, del caos a la gestión
caótica, de la gestión caótica al triunfalismo, del triunfalismo a la
irresponsabilidad, de la irresponsabilidad al desastre y desde allí hemos
vuelto al punto de partida, del que en realidad nunca nos habíamos movido, más
allá de ese cronograma infantil de las fases, de las desescaladas y de la nueva
normalidad.
En medio de todo esto, la vida, tal como la conocíamos,
sigue, en fin, en paradero desconocido y todo apunta a que tardará en volver.
Si es que vuelve.
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domingo, 30 de agosto de 2020
LOS CRITERIOS
jueves, 27 de agosto de 2020
LA MORALIDAD A MEDIAS Y LA HIPOCRESÍA AL MÁXIMO
Eso está muy bien, por supuesto, y al sótano lóbrego con Sloane, pero no pasa de ser un gesto de hipocresía retrohistórica si no se ve acompañado de gestos menos simbólicos -y de paso menos... "demagógicos".
Por ejemplo, devolver a Grecia y a Egipto las obras de arte que se exhiben allí gracias al saqueo, al robo y al expolio, empezando por las piezas del Partenón vendidas al gobierno británico en el siglo XIX por el espabilado embajador lord Elgin.
Y, ya puestos, mandar a Jamaica, como compensación póstuma, todas las obras de arte que el tal Sloane compró gracias a los esclavos de allá.
Pero eso ya no.
Se retira el busto y la conciencia nacional queda limpia y redimida ante el mundo civilizado.
La moral también tiene, en fin, aparte de sus consabidas hipocresías, sus cursilerías.



