martes, 28 de mayo de 2019
lunes, 27 de mayo de 2019
LA TABERNA
(Publicado en prensa)
Cuando alguien decide dedicarse a
la política sabe de sobra que, para gestionar la realidad, tiene que
desvincularse lo antes posible de la realidad. Desvincularse de ella no por
desdén, sino para no verse desbordado por ella, de modo que se ve obligado a optar
por una forma específica de fantasía: sustituir a la gente por estadísticas,
reducir los conflictos a números decimales y transformar la gestión en discurso,
mejor cuanto más grandilocuente y enaltecedor.
Para un político, vivir atento a
la realidad en crudo supondría vivir en el infierno, y de ahí que prefiera
mudarse al paraíso de lo imaginario, donde los problemas no pasan de ser
abstracciones que vagabundean por su despacho como fantasmas suplicantes. Siempre
resultará más cómodo que una persona sea una entelequia que consta como
desempleada en la base de datos del INEM, por ejemplo, que tener cara a cara a un
ser de carne y hueso que no logra sobrevivir en un sistema que lo ampara de
boquilla y que lo margina de facto. De ahí la incomodidad del gremio político
en cuanto pisa la calle, expuesto al asedio quejumbroso de la gleba, y de ahí
la magnitud del sacrificio que lleva a cabo en campaña electoral.
El
martes pasado, en el pleno de constitución del Congreso, asistimos a la puesta
en escena, por parte de algunos de nuestros representantes electos, de ese
propósito de escapar cuanto antes de la realidad para ingresar en la esfera de
los ensueños de carácter autista. En
medio de un clima confuso de patio de colegio, algunas señorías teatralizaron
sus melodramas personales, sus estrategias egolátricas y sus delirios
refrendados en las urnas, según el sentido del espectáculo de cada cual. Nadie
esperaba menos, aunque es posible que nadie necesite tanto.
No
sé: sentamos a una gente en una butaca para que solucione los problemas
genéricos de nuestra vida en común y resulta que esa gente acaba siendo, por sí
misma, un problema complementario. Porque creo que estaremos de acuerdo en que
no es lo mejor para nuestra convivencia el que la sesión inaugural de una
legislatura -con la que teóricamente se abre un periodo de esperanza colectiva-
acabe pareciéndose a uno de esos programas de la televisión basura en que se
disputa un premio a costa de la propia dignidad.
Tras
los pataleos, aspavientos y juramentos a la carta, la nueva presidenta de la
cámara, la señora Batet, dio un breve discurso que, lejos de acogerse a la
retórica previsible, aliaba el sentido común con el decoro, pero, tras lo ya
visto y oído, sus palabras, tan coherentes, resultaron incoherentes en aquel
contexto caracterizado por la gestualidad y la bravuconería.
Mal iremos, en
fin, si el Congreso se convierte en la taberna nacional. Mal.
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viernes, 24 de mayo de 2019
UNA HISTORIA REAL Y UNA HISTORIETA IMAGINARIA
En El Mundo, escribo sobre dos series británicas: The Crown y London Spy.
https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/05/24/5cdaeca8fc6c831b318b4762.html
https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/05/24/5cdaeca8fc6c831b318b4762.html
miércoles, 22 de mayo de 2019
WILD WILD COUNTRY... e incluso más que wild
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Anoche, los tres primeros episodios -son seis- de esta serie documental
en torno a la secta del gurú conocido como Osho, un santón pasmado que
coleccionaba Rolls Royce, en protagonismo compartido con su secretaria:
la manipuladora, maquiavélica, astuta, egolátrica, servil, codiciosa y
venenosa Sheela.
Estupor absoluto. La investigación en torno a un delirio colectivo. Una secta pacifista que acaba formando un ejército armado hasta los dientes. Un mensaje sagrado que acaba en intriga política.
Estrategias de manipulación de masas que resultarían increíbles si no fuesen realidad... y que, aun así, constatadas, siguen pareciendo increíbles.
De fondo, un retrato desolador del género humano, de la cota de estupidez que podemos alcanzar a poco que nos sugestionen con una promesa de redención.
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domingo, 12 de mayo de 2019
KIT CONGRESUAL
(Publicado ayer en prensa)
Uno de los momentos más
emocionantes de nuestro sistema democrático es ese en que el representante
electo acude al Congreso para recoger su acta de diputado y le dan una cartera
de cuero, para que sienta la ilusión retrospectiva del niño que va a la
escuela, y un iPhone y un iPad de última generación, para que se sienta como un
adolescente afortunado. Imagino que se trata de una maniobra de compensación
psicológica por el esfuerzo que le espera, consistente nada menos que en aportar
esplendor y prosperidad a la nación, tarea que se lleva a cabo con más
entusiasmo si dispones de una buena cartera y de unos buenos dispositivos móviles,
así sea para jugar al Candy Crush en las sesiones más soporíferas, pues de todo
se ha visto. Y es que vas al Congreso con una carpetilla de cartón para guardar
los documentos y con un móvil que hace fotos borrosas y, no sé, por un lado o
por otro el país se resiente, por esa inclinación de todo país a ser resentido.
Hay que tener en cuenta además que, en contra del criterio de algunos
pesimistas, el Congreso reúne a las mejores mentes del país, las dotadas de
capacidad gestora para darle prosperidad interna y lustre externo, y un país
que no tiene detalles magnánimos con sus mejores mentes corre el riesgo de caer
en manos de los dementes, que es lo que menos querríamos todos, incluidos tal
vez los propios dementes.
Emociona,
ya digo, ver a los diputados con sus atributos básicos, sonrientes como un
chiquillo en la mañana del 6 de enero. Aparte del paquete tecnológico y de la
cartera, los desventurados que no disponen de coche oficial salen de allí con
un bono anual de 3.000 euros para taxis. Bien es cierto que no es lo mismo
disfrutar de un coche oficial de color negro, con chofer trajeado de negro, en
paralelo a la estética de las funerarias, que desplazarte en un taxi en el que
los asientos están forrados con una esterilla más o menos marroquí y en el que
es muy probable que suene la COPE,
pero el caso es desplazarse. El movimiento. El dinamismo. Mientras los
diputados se muevan, se moverá el país, porque ellos llevan el país dentro. En
la mente. El país dentro de las mejores mentes del país.
Y
otra buena noticia: comoquiera que Apple va a dejar de fabricar el modelo de
iPad que usan ahora sus señorías, se ha convocado un concurso para renovarlos.
Poco más de medio millón de euros. Nunca un dinero mejor empleado: un país no
puede estancarse en las glorias pretéritas de la tecnología.
Al
margen de esto, leo otra noticia que también me emociona: en 2011, la Junta de Andalucía creó el
Consorcio Guadalquivir. Desde entonces, la única actividad que tiene registrada
es su fiesta de inauguración. 500 invitados. Unos 200.000 euros de coste.
Las
mentes. Las mejores.
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viernes, 10 de mayo de 2019
(VIAJE CON RANA)
En el tren. De vecina, una octogenaria que, en actitud de
reconcentración retroadolescente, no para de juguetear con el móvil.
Cada vez que lo pulsa o que recibe un mensaje, suena el croar de una
rana. (Imagino que ocurrencia de ¿sus nietos?) Más de dos horas de
trayecto en perspectiva.
A fuerza de experiencia, entiende uno que hay que adaptarse a las circunstancias, de modo que me hago a la idea feliz de que soy un poeta japonés y, en consecuencia, dedicaré el viaje a escribir haikus.
Por ejemplo:
Vagón de Renfe.
En el lago de un iPhone
salta la rana.
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En el lago de un iPhone
salta la rana.
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En EL MUNDO escribo sobre esta serie documental en torno a la desaparición de la niña Madeleine McCann.
https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/05/10/5cc82d65fdddff78948b4573.html
https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/05/10/5cc82d65fdddff78948b4573.html
sábado, 27 de abril de 2019
HUMOS
(Publicado hoy en prensa)
Antes de entrar en otras
cuestiones, un dato científico: hasta la popularización de las llamadas redes
sociales, la conjunción de la idiotez con la ignorancia era algo que sólo se
exhibía en el ámbito familiar, en el círculo de las amistades y, como mucho, en
el bar del barrio. Hoy, esa exhibición ha expandido considerablemente su circuito,
lo que no deja de tener sus ventajas, sobre todo para quien practica la
susodicha conjunción, pues de ese modo puede encontrar una salida expedita y
gratuita para divulgar al unísono su idiotez y su ignorancia.
Pero dejemos a
un lado la ciencia para entrar en el terreno de las suposiciones…
¿Puede
un país volverse idiota como tal país? La respuesta, aunque compleja, tiende a
ser por desgracia afirmativa, y la demostración empírica la tenemos tal vez en
el nuestro, en el que hoy por hoy importa más la definición del país que el
desarrollo del país, al tiempo que nos preocupa más el ayer que el ahora y más
el ahora que el futuro. Como experimento no está mal: un país que juega a
destruirse con el pretexto de reconstruirse, o al menos de deconstruirse
identitariamente, a la manera en que algunos cocineros de vanguardia deconstruyen
el gazpacho o la tortilla: algo que es lo que es y, a la vez, lo que no es.
Tanto
los políticos como los politólogos tienen la amabilidad de suponer que los
ciudadanos nos regimos por criterios racionales a la hora de votar. Sí.
Fundamentalmente eso, racionales: en cuanto sale un predicador que vende humo,
salimos corriendo racionalmente tras él, y casi lo mismo nos da que dicho
predicador venga de la izquierda o de la derecha, porque lo que nos exalta es
el humo que le compramos Un humo, no sé, como el de esos habanos que los
predicadores del patriotismo cañí se fuman en las corridas de toros o bien ese
humo que a algunos predicadores del animalismo les impide distinguir un buey de un toro bravo,
por ejemplificar con humos muy dispares.
Las
fantasías nacionalistas también son un humo con muy buena salida comercial:
dile a un pobre hombre o a un botarate que es superior y diferente, y que lo es
por meros privilegios telúricos, y ya lo tienes como cliente fiel. Las
fantasías utópicas tampoco están mal: dibújale a un desesperado un paraíso
sociológico de colores puros, donde todo es solidaridad y filantropía, sin
usureros ni especuladores, y se te dormirá en los brazos como un niño. Y no nos
olvidemos de las fantasías distópicas: píntale a alguien un país invadido por
extranjeros, fragmentado y sometido a la tiranía de los homosexuales, de los
comunistas y de las feministas, entre otros estamentos, y al instante lo
tendrás en la calle agitando una bandera, convertido a la causa vociferante de
la reconquista de las esencias nacionales.
Y
así vamos, en fin. En este comercio de humos. Y un poco chamuscados.
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sábado, 20 de abril de 2019
domingo, 14 de abril de 2019
DE PROMOCIÓN
(Publicado ayer en prensa)
Un político en campaña está
obligado a comportarse como los antiguos vendedores a domicilio de
enciclopedias, que sabían de sobra que nadie necesitaba una enciclopedia y podía
vivir feliz sin ella, tan ignorante o tan sabio como antes de hacerse con una,
pero el problema era que quien necesitaba la enciclopedia para vivir no era el comprador,
sino el vendedor, que iba a comisión de la casa editorial, de modo que la
desidia ajena por la sabiduría le costaba al pobre hombre no sólo tiempo, sino
también dinero, tanto el que gastaba en ir por el mundo como el que dejaba de
ganar tras su vagabundeo de encantador de eruditos potenciales.
Aun así, a
sabiendas de que las enciclopedias acabarían siendo un trasto más o menos
decorativo en el mueble del salón, junto a la figura de porcelana, la
cristalería suntuaria y tal vez una virgen de plástico fosforescente, el
vendedor errante hacía que el cliente potencial se sintiera como un miserable y
como un ceporro si no le compraba el producto, por el cual podría conocer datos
tan emocionantes como el índice demográfico de todas y cada una de las islas de
Malasia o bien los aspectos científicos que una persona ilustrada debe manejar
sobre el estroncio o la malaquita.
Si la cosa se ponía difícil, el vendedor
recurría a un argumento sentimental: los hijos. Una enciclopedia resultaba
imprescindible para asegurar el porvenir de los hijos, pues una casa sin
enciclopedia era algo así como una choza del pleistoceno. Unos hijos criados
sin el amparo de una enciclopedia estaban condenados al fracaso. Había, además,
otra razón de peso: la diversión de la que se los privaba, dada la inclinación
natural de los niños a leer enciclopedias, para enterarse de lo de Malasia y de
lo de la malaquita, entre otras informaciones trepidantes.
En campaña,
los políticos no venden enciclopedias, claro está, porque era ya lo que nos
faltaba, sino algo más barato y más abstracto: futuro. Un futuro utópico que nunca
llega y que se convierte en un presente cíclico, pero eso nunca ha sido
impedimento para el futuro, que cuenta entre sus características esenciales la
de no tener futuro, como les pasaba a los niños en esas casas desoladas en que
no había una enciclopedia.
Los partidos
políticos no se toman ya la molestia de buzonear sus respectivos programas
electorales, desde la certeza de que esos programas son como las enciclopedias:
algo que nadie se toma la molestia de consultar, de modo que han optado por suplir
los programas con eslóganes promocionales, el razonamiento ideológico con fotos
retocadas y el debate con trifulcas.
De aquí a unos
días, ellos estarán hartos de la campaña y nosotros estaremos hartos de ellos.
Pero, mientras tanto, y en la medida de lo posible, disfrutemos de la fiesta.
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martes, 9 de abril de 2019
sábado, 6 de abril de 2019
domingo, 31 de marzo de 2019
PROBLEMAS OCURRENTES
(Publicado ayer en prensa)
Comoquiera que el mundo es un
lugar tan variado como pintoresco, no tiene nada de raro que aparezcan
formaciones políticas que se dediquen no a proponer soluciones para problemas
reales, sino a poner en circulación problemas imaginarios. En política se puede
vivir, en fin, casi de todo, incluida en ese todo la insensatez.
La
propagación de un problema falso puede resultar más efectiva que la de uno
verdadero, pues el problema falso tiene la ventaja de jugar no sólo con la desinformación
de su receptor, sino también con la tendencia natural del receptor a dar
crédito a toda aquella información -preferiblemente simplificada por el
amarillismo- que coincida con sus prejuicios, y ya avisó Voltaire de que el
prejuicio es una opinión sin juicio.
Si a alguien
le dicen, qué sé yo, que, a este paso, acabará obligado a rezar en una mezquita
a causa de esa invasión islámica que se extiende silenciosamente por Europa,
tiene dos opciones básicas: reírse o sonreír, aunque no podemos olvidarnos de
esa tercera opción en la que coincide la información disparatada con el
prejuicio disparatado, pues ahí el asunto asciende al rango de problema
ficticio: reclamar indignadamente el derecho a rezar en la parroquia de su
barrio y no verse obligado a rezar por decreto, y sin zapatos además, en una
mezquita que es posible que no dude en suponer construida con el dinero de sus
impuestos.
Si
nos dicen que los españoles de bien deberían tener derecho a armarse para de
ese modo poder proteger a tiro limpio sus hogares, todos -salvo tal vez los
psicópatas y los sociópatas- nos identificamos con esa calificación de paisanos
“de bien”, de modo que caemos en la cuenta de que vivimos sin una pistola en la
mesilla de noche, irresponsablemente, exponiendo así a nuestra familia y
nuestro patrimonio a la malicia de posibles asaltantes, y nos decimos: “¿Cómo
no he caído antes en la cuenta de mi desprotección?”, y ya hemos creado el
problema, hasta entonces inexistente, del
armamento como elemento de defensa personal, que tantas vidas salva por
ejemplo en EEUU, donde en 2018 apenas hubo unos 40.000 muertos por armas de
fuego, cabe suponer que todos ellos asaltantes de hogares, pues imagina uno que
la gente de bien de allí será la única con acceso a las armas.
Con
sus ocurrencias asombrosas, la derechona valiente desafía ahora a la que
considera la derechita cobarde, que, ante la afrenta, ha decidido
envalentonarse para ponerse a la par en cuanto a derechización, hasta el punto
de que Ciudadanos ha optado por quitarse la máscara del progresismo moderado
para ofrecerse como pez rémora al PP en la posible formación de un futuro
gobierno potencialmente acogido al modelo del pacto andaluz.
Y
así, entre bandazos y chuscadas, se nos pasa la vida, que a veces se nos hace muy
corta y a veces demasiado larga, según el día.
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martes, 19 de marzo de 2019
domingo, 17 de marzo de 2019
CARNAVALADAS
(Publicado ayer en prensa)
Terminaron los carnavales, menos
en Cataluña, donde prosigue la mascarada. Una mascarada que tiene su
prolongación cuaresmal y resacosa en la Audiencia Nacional,
donde se ven menos antifaces que caras largas, donde se oyen menos risotadas
que argumentos exculpatorios, aunque sin el componente de la contrición, porque
los héroes pueden justificar sus heroicidades, por descabelladas que resulten,
pero jamás arrepentirse de ellas.
Ve uno a esos políticos en el banquillo y se
pregunta: “¿De verdad pensaban que…?”. Y la respuesta no es concluyente: tiene
uno la impresión de que se creyeron aquello y de que a la vez no se creyeron
nada de aquello, empujados y arropados por una especie de espíritu de Fuenteovejuna,
convencidos quizá de que la diluición de la responsabilidad de sus decisiones
no iba a implicar consecuencias penales para nadie en concreto, al tratarse de
gestos colectivos y legitimados además por una buena parte del pueblo oprimido
que fue liberado de su yugo durante unos segundos emocionantes. Pero el
problema de las leyes es que son leyes, por poco que te gusten como tales
leyes, por poco que te entusiasme su cumplimiento y por mucho que te arriesgues
a incumplirlas en función de un mandato más o menos popular y más o menos
esotérico.
Mientras
los más desventurados de sus compañeros de aventura penan en presidio,
Puigdemont acrecienta su gestualidad napoleónica, aunque cada vez con un talante
más cercano al de Tartarín de Tarascón, el protagonista quijotesco de aquella
novela de Alphonse Daudet que pasó de burgués apacible a héroe a la fuerza, con
su componente de enternecedora comicidad. Pero si bien Puigdemont resulta
quijotesco, su robot a distancia, Torra, tira más a sanchopancesco, en concreto
a ese Sancho Panza que gozó del gobierno fugaz de la ínsula Barataria. Desde su
trono provisional y en gran medida vicario, a Torra debemos una de las
aseveraciones más categóricamente desconcertantes de nuestra historia reciente:
“La democracia está por encima de la ley”. Imagino que estarán de acuerdo
conmigo en que para concebir una frase así hay que tener una visión muy
original tanto de la democracia como de la ley, consideradas como elementos
disociados y cabe suponer que irreconciliables, que es lo más curioso de todo.
Cabe suponer que por “democracia” el señor Torra entiende la voluntad popular
en sentido impresionista, a ojo de buen cubero, como quien dice. Un poco a
voleo. Y sí, qué duda cabe: si unos ciudadanos deciden que los anillos de
diamantes deben ser gratuitos y saquean todas las joyerías de una ciudad, no
sólo estaremos ante un acto genuinamente democrático, sino también ante un
merecido escarmiento a esa ley estrafalaria que castiga el robo. Para eso sirve
fundamentalmente la democracia: para que las leyes no se pasen de listas.
Larga vida al
carnaval.
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