domingo, 13 de diciembre de 2020

sábado, 12 de diciembre de 2020

LA NOVEDAD

 (Publicado hoy en prensa)


Nada es del todo como era, y la esperanza de que las cosas vuelvan a ser como fueron va debilitándose en lo más profundo de nuestro sentir, porque algo allí nos susurra que nuestra antigua realidad era algo mucho más frágil de lo que nos atrevíamos a sospechar incluso en nuestras rachas de pesimismo.

En mayor o menor grado, con más o menos dosis de melancolía, vamos haciéndonos el ánimo al fatalismo de que, durante mucho tiempo, ni las cosas volverán a ser como antes ni nosotros volveremos a ser como fuimos. Estamos en el proceso de una rara metamorfosis individual y colectiva, y a ver qué sale de ahí.

Anhelamos una vacuna, pero al mismo tiempo desconfiamos de la eficacia y seguridad de estas vacunas urgentes que nos ilusionan y nos dan miedo. Y nos ilusionan y nos dan miedo porque ambas emociones son irracionales, como solemos serlo todos cuando nuestras supersticiones prevalecen sobre nuestro conocimiento. De vacunas entienden los que siempre han entendido de vacunas, lo que no quita que cada uno de nosotros se permita entender de lo que no entiende. Al fin y al cabo, llevamos la ciencia infusa y traemos la suspicacia de fábrica. Dudamos de todo, menos de nosotros mismos. Y ahora que tenemos vacunas toca el escepticismo ante la inmunización. Somos así. Somos peculiares.

No falta quien da por hecho que estas vacunas nos volverán loco el organismo y acabaremos convertidos poco menos que en mutantes, hasta el extremo de que nuestros descendientes acabarán con dos o tres narices y con cuatro brazos, en el caso afortunado de que no nazcan con unas cuantas orejas en los pies o con un pie en cada oreja.  Cuestión, en fin, de esperar: ya veremos. Porque se trata de solucionar el presente, no de imaginar futuros fantasiosos.

Nos damos cuenta ahora de que lo que teníamos no era mucho ni era poco, sino que era sencillamente lo nuestro: lo que nos regalaba la vida, que no estaba fundada en experimentar aventuras trepidantes ni en concatenar grandes sorpresas, sino en el disfrute de las pequeñas cosas que nos gustaban, que nos distraían y que conformaban una rutina tal vez muy simple, pero casi imperceptiblemente dichosa: tocar cosas sin miedo, tocarnos sin miedo, hablarnos cara a cara sin miedo y sin distancia...

De una manera o de otra, las circunstancias están obligándonos, muy a nuestro pesar, a reinventarnos a marchas forzadas, para no correr el riesgo de convertirnos en los fantasmas nostálgicos de nosotros mismos.

No puede decirse que se trate de una tarea sencilla, porque uno está medio acostumbrado a convivir con su propio pensamiento, con su historial de vida, con las brumas de su memoria, con sus manías y prejuicios, y de repente hay que aprender a convivir con un extraño en un mundo extraño.

 Ese extraño que se refleja en tu espejo y te pregunta “¿Y ahora qué?”.

martes, 8 de diciembre de 2020

 Lo más extraño de todo es recordar lo que genéricamente llamábamos "la vida" como un algo abstracto: un confiado fluir de gente por las calles, el rumor que salía de los bares como un guirigay festivo, la despreocupación por nuestra corporeidad, sin temor a sus fragilidades...

Y, de pronto, esta sensación de ausencia y de silencio.
Como si lo invisible se hubiera solidificado.

lunes, 7 de diciembre de 2020

sábado, 5 de diciembre de 2020

domingo, 29 de noviembre de 2020

EL ANTES Y EL AHORA

 (Publicado ayer en prensa)


Como no hace falta decir, la vida se nos ha puesto muy rara: nos reconforta más la rememoración nostálgica del pasado que las expectativas ilusionantes del futuro, en parte porque el futuro lo intuimos como un espacio de frustración, de lo que no podrá ser, de lo que nos veremos obligados a renunciar. De momento, el porvenir es menos una incógnita que un vacío.

El presente, por su parte, se nos ha reducido a muy poca cosa: este aluvión de datos estadísticos desalentadores, de noticias que a la vez son buenas y terribles. Esta sucesión de esperanzas que no son incompatibles con la desesperanza. Este agarrarnos, en fin, a cualquier clavo ardiendo.

Las circunstancias nos han vuelto elegíacos a la fuerza, hasta el punto de que las insignificancias antaño cotidianas –la barra de un bar, un abrazo, un brindis- se nos han magnificado en la memoria hasta alcanzar la categoría de acontecimientos históricos: qué pequeñas eran las pequeñas cosas, pero qué grandes.

            Cada mañana, al despertarnos, disfrutamos de unos segundos de despreocupación, de regreso a la conciencia antigua, como si siguiésemos en la vieja forma de vida, hasta que caemos en la cuenta de que estamos en una realidad tan vehemente que hasta parece una irrealidad brumosa, un sueño cíclico del que no podemos escapar. No sé. Parece que vivimos de prestado, como intrusos en un mundo nuevo que no acabamos de entender del todo. Como exploradores de una jungla en la que hay seres invisibles que pueden matarnos al menor despiste. Salimos a comprar el pan, en fin, como si en las azoteas hubiese francotiradores.

            El científico Ian Lipkin, una especie de Van Helsing de los virus, acaba de echar un jarro de agua fría en la hoguera de nuestro optimismo: “No creo que la vida vuelva a ser del todo normal”, y no hay motivos para suponer que la vida que venga será mejor que la de antes, porque la de antes nos gustaba y la del futuro nos asusta.

            Estamos en una especie de ensayo general de la melancolía.

Ahora, el debate político se centra en la manera menos arriesgada de celebrar las fiestas navideñas. Un debate de altura que, como todo buen debate político, propicia la controversia de raíz ideológica, con sus adecuadas derivaciones sanitarias: unos proponen un máximo de seis comensales, mientras que otros se inclinan por aumentar el número a diez, aunque sin contar con el dictamen del virus, que imagino que tendrá su opinión respecto a qué es multitud y qué no. ¿Quiénes acertarán? Misterio. (El presidente autonómico que acierte debería ser ascendido como poco a emperador.)

A estas alturas, estamos hecho a la idea de que nada volverá a ser como era, incluidos nosotros. Eso sí, y menos es nada: ya está encendido, en todo su esplendor municipal, el alumbrado.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

INSTANTÁNEAS DE FRANCISCO BRINES

 (Publicado ayer en El Mundo.)



Recuerdo a Brines en escenarios muy diversos, y en todos ellos lo recuerdo idéntico a sí mismo: un insobornable entusiasta de los dones del mundo. Es decir, un melancólico.

            Recuerdo a Brines, no sé, en un Madrid de bares tardíos, con su mundanidad de veterano explorador de la noche. En Nueva York, paseando por la Quinta Avenida, espectral y solitaria, a 15º bajo cero, de madrugada, intentando localizar una zapatería para comprarse a primera hora unos zapatos cómodos, tras recorrer durante toda la tarde esa especie de librería alejandrina que había en el Bronx y cuyo fondo, por esas vueltas que dan el mundo y los libros, está hoy en Sevilla.

            Lo recuerdo en Murcia, donde los oyentes de sus lecturas poéticas lo aclamaban igual que a un torero victorioso, en aquellos congresos babélicos que organizaba José María Álvarez, el general Lee de toda aquella tropa.

            O en Valencia, su tierra, en las noches confusas de esos veranos de irrealidad shakespeariana llenos de duendes  y de hadas suburbiales que bailaban sin parar tras ingerir el filtro mágico de los licores y de las drogas de diseño.

            O en Lisboa, sonriente él ante el fragor sabatino de aquella juventud que se encaminaba, altiva y perfumada de sí misma, a las discotecas.

            O en Sevilla, a la salida de la Maestranza, con Juan Luis Panero y Carlos Marzal, hablando con fervor retrospectivo de Pepe Luis Vázquez.

       El secreto de la poesía pasa de mano en mano, de generación en generación, igual que un fuego invisible: la superviviente eterna de las voces apocalípticas que anuncian con alarma cíclica su extinción. Pero cayó la Roma imperial y ahí sigue Virgilio. Mueren los emperadores del Japón y los livianos y antiguos haikús siguen conmoviéndonos.

       Brines es el maestro conversador, en fin, al que le gusta compartir el secreto callado de la poesía y el secreto a voces de la vida, y lo hace con esa magnanimidad que sólo pueden permitirse los verdaderos dueños de ese tesoro de misterio y de pasado que se esconde detrás de unas sílabas contadas.


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domingo, 15 de noviembre de 2020

LA CONSPIRACIÓN

 


Según nos alientan quienes saben de eso, la economía se recuperará en cuanto pasemos de estar controlados por el virus a controlar nosotros el virus, al menos en la medida en que se deje controlar, que me temo que ya nunca será del todo.

De lo que no puede estar uno seguro es de que, una vez recuperada la economía, recuperemos también nuestros equilibrios emocionales, nuestro sentido de la sociabilidad o incluso nuestros antiguos temores, que ahora han sido sustituidos por un único temor global.

Aunque, bien pensado, no hay nada que alcance a ser global: ahí tenemos, por ejemplo, a los alegres negacionistas de la pandemia, esas mentes iluminadas por un dios desconocido que dan por hecho que todo esto es un montaje para inocularnos un chip con el pretexto de vacunarnos de un virus imaginario.

El proceso psicológico es sin duda muy complejo, quizá porque la mente de un conspiranoico es más compleja que una mente estándar: el conspiranoico ve cosas que los demás no vemos, cabe suponer que en parte porque se trata de cosas inexistentes, aunque quién sabe: de un mundo controlado por Bill Gates, por los masones y por los illuminati puede uno esperarse cualquier cosa. Incluso que la Tierra sea, en efecto, plana y que su presunta redondez sea un invento de los fabricantes de globos terráqueos para hacer caja a costa de la ingenuidad geológica de la gente.

Ya nada puede sorprendernos, en fin. Ya nada. Hasta el punto de que piensa uno que la actitud más sensata en estos momentos de incertidumbre consiste en convertirse en un conspiranoico profesional: convencerse cuanto antes de que a Trump le han robado las elecciones los globalistas, dar por hecho que el uso de mascarilla destruye nuestro sistema inmunológico, sostener que los virus no existen y que los pocos que puedan existir son engendros de laboratorio, llegar a la conclusión de que nuestro gobierno actual aspira a imponer una dictadura socialcomunista y proclamar que los chemtrails son fumigaciones de metales pesados para hacernos estériles y así acabar de una vez por todas con la Humanidad casi en pleno, una vez que se llegue a la conclusión científica de que lo que pretenden los oligarcas disfrazados de filántropos es el exterminio masivo de la población.

Convertirse en un conspiranoico, en definitiva, sólo reporta ventajas: puedes negar de forma categórica lo que diga un virólogo sobre los virus, lo que diga un epidemiólogo sobre las epidemias y lo que diga un inmunólogo sobre las vacunas.

El único inconveniente es que esa forma de sabiduría tiene muy restringido en nuestros días su ámbito de difusión: la barra de los bares.

Pero, sea como sea, ya saben ustedes: la clave básica está en el chip.

Empecemos por eso.

martes, 10 de noviembre de 2020

NUEVA NOVELA



Llegará a librerías -cruzo los dedos- en la primera semana de diciembre.

La editorial ha dispuesto un sistema de preventa, con descuento del 5%, envío gratuito y opción de recibir el ejemplar dedicado.

En este enlacehttps://www.editorialrenacimiento.com/los-cuatro-vientos/2446-la-conspiracion-de-los-conspiranoicos.html?fbclid=IwAR3sAQFiJIBhSuETWy43Co07PpW3ezZhjWV-RDGQKvlPcjKJlGPf9abxNjs

lunes, 2 de noviembre de 2020

Vuelvo a ver El jeque blanco (1952), la primera película de Fellini como único director, tras Luces de variedades, que codirigió con Lattuada.

Y allí está ya todo el mundo felliniano, sin los excesos fellinianos que luego sobrepasaron en ocasiones al propio Fellini.

Fascinante ese superposición de la realidad vulgar y de los mundos de la fantasía.

Tan divertida como maliciosa.
Y un Alberto Sordi soberbio.


Un rato, en fin, de felicidad.

domingo, 1 de noviembre de 2020

EQUIDISTANDO

 

Quien opta por la militancia política disfruta de una gran ventaja: la de poder permitirse no sólo la comodidad del acatamiento de los dogmas laicos que seductoramente le propongan o que amablemente le impongan, sino incluso la comodidad de asumir las consignas propagandísticas –así tengan la misma carga metafísica que un anuncio televisivo- que ideen los responsables de propaganda del partido que figure en su carnet.

No deja de ser una suerte que alguien piense por ti, pues de ese modo te evitas, como poco, la tarea de tener que calentarte la cabeza para a menudo no llegar a ninguna conclusión ideológica que merezca ese nombre, por esa tendencia que tiene el ser humano a adentrarse en callejones sin salida: te pones a discurrir sobre un asunto y lo único que consigues es liarte. De ahí quizá nuestra aversión a meternos en jaleos de pensamiento. Siempre será más confortable adscribirte a una idea ajena y genérica, en fin, que tener que construir una propia. No hay color.

         En nuestros días, esa especie de pensadores vicarios han puesto en circulación, como achaque moral, si no como insulto, el concepto de “equidistancia”, que según la RAE es algo tan inocente como la “igualdad de distancia entre varios puntos u objetos”.

Si opinas, no sé, que el Gobierno ha gestionado de forma un tanto desastrosa los aspectos sanitarios de esta pandemia y que ha gestionado más o menos bien las urgencias sociales derivadas de ella, eres equidistante, en el caso de que no seas un reaccionario. Si dices que la presidenta de Madrid se comporta poco más o menos como los independentistas catalanes cuando están en una fase patriótica aguda, eres equidistante, en el caso de que no acabes siendo socialcomunista. Etcétera.

         A poco que no te alinees de manera incondicional con un bando, te cae encima, en fin, una equidistancia.

         La simplificación del pensamiento está muy bien, ya digo, sobre todo si lo que procuras es que el pensamiento no te cause molestias. Ya quisiera uno tener un fervor político sin fisuras, sobre todo en un país en que los fervores políticos promueven casi el mismo grado de emocionalidad que dispensamos a nuestro equipo de fútbol predilecto. (Y digo “casi” porque la gente suele ser más indulgente con su partido político cuando desatina que con su equipo de fútbol cuando pierde, ya que, ante una derrota deportiva, la gente tiende a maldecir lo que más ama en este mundo, que suele ser el equipo de fútbol en cuestión.)

         Conviene equidistarse de la equidistancia, en definitiva, si no quieres ser tachado de equidistante, insulto que lo mismo pueden aplicarte desde el bando que se siente equidistado que desde el bando pendiente de equidistar, o lo que sea.

De modo que un consejo humanitario: alinéese. Cuanto antes mejor.


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domingo, 18 de octubre de 2020

EL DEBATE VÍRICO

 

Uno no sabe ya si la política va en consonancia con la realidad, si la realidad le marca el ritmo a la política o viceversa, si cada cosa va a su aire o si ambas van de la mano hacia ningún sitio. 

                  Ese es el enigma, en principio irresoluble.

            En medio de una pandemia, se supone que el problema principal es la pandemia en sí, no las controversias políticas derivadas de la gestión de la pandemia, pero enseguida nos vemos obligados a rectificar esa suposición candorosa: nuestros representantes electos parecen haber decidido que esta calamidad colectiva pase a un segundo plano y se convierta en un entretenido pretexto para la disputa partidista, que de siempre ha sido el mejor modo de solucionar las consecuencias de un desastre, por la misma razón por la que la manera más sensata de combatir un terremoto consiste en ponerte a discutir con tu vecino por los ladridos de su perro mientras el techo se os derrumba en la cabeza.

            El ambiente parlamentario está alcanzado en estos meses un tono agrio de taberna que no sabe nadie a quién beneficia, pues la irrespetuosidad recíproca suele llevar consigo una falta de respeto a uno mismo, y esa falta de respeto propio suele propiciar, a su vez, el que la gente pierda el respeto a quien ni siquiera se toma la molestia de respetarse. Cuando el debate se convierte en una competición de escupitajos retóricos, lo normal es que se produzca una paradoja: que quien gana pierde.

            Aislada en una extraña burbuja psicológica, la clase política parece no entender que, en tiempos de crispación y desánimo social, lo que menos necesita una sociedad es una dosis extra de crispación y de desánimo. Si a eso sumamos el que la pandemia se ha convertido en una controvertida guerra de cifras y de orgullos autonómicos, en vez de plantearse como una campaña sanitaria consensuada, resulta que todo acaba teniendo la condición desconcertante de una batalla imaginaria contra un enemigo real.

            ¿Qué no han entendido ellos o qué no estamos entendiendo nosotros?

            Empieza a llegar uno a la conclusión melancólica de que los políticos sirven para lo que sirven, y suelen servir sobre todo para ser políticos, pero que resultan inoperantes cuando deben enfrentarse a la resolución de un problema ajeno a sus patrones rutinarios de gestión.

            Con esto del virus están luciéndose, hasta el punto de que ni siquiera renuncian a las artes propias de los ilusionistas: convertir una enfermedad en un factor ideológico.

      Andan ahora en eso, en esa atribución recíproca de culpabilidades, de agravios y de reproches. A este paso, raro será que no acaben convenciéndonos de que el virus tiene el carnet de militante de algún partido político, que siempre será el de los otros.

               Ellos sabrán, porque nosotros no.


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domingo, 4 de octubre de 2020

DISYUNTIVAS

 (Publicado ayer en prensa)


A pesar de que resultaba previsible, durante estos últimos meses hemos mantenido la ilusión de que no fuera posible. Pero lo ha sido: a estas alturas, la pandemia no es ya un problema sanitario excepcional, sino un conflicto político rutinario. Lo consiguieron. Fieles a sí mismos, así sea a costa de ser infieles a la realidad, lo han logrado. Ya. Al fin.

Nadie esperaba menos, pero, por una vez confiábamos, como decía, en que el sentido común y el sentido de la responsabilidad se impusieran a la irresponsabilidad y al sinsentido.

No ha podido ser.

         Los diversos gobernantes de nuestro país biodiverso procuran establecer unas normas –algunas de ellas contradictorias, cuando no absurdas- para combatir la expansión del virus, y casi todo el mundo las acata desde la concienciación o al menos desde el fatalismo, pero la clase política se muestra rebelde a imponerse a ella misma cualquier norma: casi no hay presidente autonómico que renuncie al derecho al pensamiento autónomo, hasta el punto de que, en estos momentos, el gobierno central parece la oficina de reclamaciones de unos grandes almacenes: un negociado al que se acude para tramitar quejas y para amenazarlo con acciones legales por la insatisfacción ante su política de atención al cliente.

Es justo lo que necesitamos en medio de esta calamidad: que la política siga siendo un juego de niños caprichosos que se niegan a prestar sus juguetes y a defender su parcela en el parque infantil.

         La decepción, a pesar de todo, es relativa: de sobra tenemos comprobado que la mente de un político no se rige por los parámetros por el que se guía la mentalidad común. Si un bloque de viviendas está a punto de derrumbarse, resultaría extraño que un vecino se negase a apuntalarlo o a desalojarlo, pero si un país está a punto de derrumbarse, resulta lógico y normal que algunos de los responsables de mantenerlo en pie se dediquen a ponerle una carga de dinamita en los pilares.

         Asistimos a la polarización ideológica de un asunto que exige una concertación logística. Suponer por ejemplo que la aplicación de unas medidas sanitarias va a destruir la economía supone a su vez no haber entendido la mitad del problema, y eso que no pasa de ser un problema de los de fácil entendimiento: no se trata de destruir la economía con el pretexto de salvar vidas, sino de salvar vidas con el menor perjuicio posible para una economía en riesgo de colapso. Lo extravagante es pensar que, mientras la población soporta o padece daños de envergadura, la economía puede quedar incólume, como si la economía fuese un ente abstracto e independiente de la actividad humana.

         Aparte de eso, una curiosidad: ¿de qué hablan exactamente algunos cuando hablan de economía?


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