viernes, 10 de mayo de 2019

En EL MUNDO escribo sobre esta serie documental en torno a la desaparición de la niña Madeleine McCann.

 https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/05/10/5cc82d65fdddff78948b4573.html



sábado, 27 de abril de 2019

HUMOS



(Publicado hoy en prensa)


Antes de entrar en otras cuestiones, un dato científico: hasta la popularización de las llamadas redes sociales, la conjunción de la idiotez con la ignorancia era algo que sólo se exhibía en el ámbito familiar, en el círculo de las amistades y, como mucho, en el bar del barrio. Hoy, esa exhibición ha expandido considerablemente su circuito, lo que no deja de tener sus ventajas, sobre todo para quien practica la susodicha conjunción, pues de ese modo puede encontrar una salida expedita y gratuita para divulgar al unísono su idiotez y su ignorancia. 

Pero dejemos a un lado la ciencia para entrar en el terreno de las suposiciones…

            ¿Puede un país volverse idiota como tal país? La respuesta, aunque compleja, tiende a ser por desgracia afirmativa, y la demostración empírica la tenemos tal vez en el nuestro, en el que hoy por hoy importa más la definición del país que el desarrollo del país, al tiempo que nos preocupa más el ayer que el ahora y más el ahora que el futuro. Como experimento no está mal: un país que juega a destruirse con el pretexto de reconstruirse, o al menos de deconstruirse identitariamente, a la manera en que algunos cocineros de vanguardia deconstruyen el gazpacho o la tortilla: algo que es lo que es y, a la vez, lo que no es.

            Tanto los políticos como los politólogos tienen la amabilidad de suponer que los ciudadanos nos regimos por criterios racionales a la hora de votar. Sí. Fundamentalmente eso, racionales: en cuanto sale un predicador que vende humo, salimos corriendo racionalmente tras él, y casi lo mismo nos da que dicho predicador venga de la izquierda o de la derecha, porque lo que nos exalta es el humo que le compramos Un humo, no sé, como el de esos habanos que los predicadores del patriotismo cañí se fuman en las corridas de toros o bien ese humo que a algunos predicadores del animalismo les  impide distinguir un buey de un toro bravo, por ejemplificar con humos muy dispares. 

            Las fantasías nacionalistas también son un humo con muy buena salida comercial: dile a un pobre hombre o a un botarate que es superior y diferente, y que lo es por meros privilegios telúricos, y ya lo tienes como cliente fiel. Las fantasías utópicas tampoco están mal: dibújale a un desesperado un paraíso sociológico de colores puros, donde todo es solidaridad y filantropía, sin usureros ni especuladores, y se te dormirá en los brazos como un niño. Y no nos olvidemos de las fantasías distópicas: píntale a alguien un país invadido por extranjeros, fragmentado y sometido a la tiranía de los homosexuales, de los comunistas y de las feministas, entre otros estamentos, y al instante lo tendrás en la calle agitando una bandera, convertido a la causa vociferante de la reconquista de las esencias nacionales.

            Y así vamos, en fin. En este comercio de humos. Y un poco chamuscados.

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sábado, 20 de abril de 2019


Oído hoy en Canal Sur: "Los andaluces tenemos una forma propia de pensar". (Por lo que a mí respecta, ya tenemos al menos dos.)

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domingo, 14 de abril de 2019

DE PROMOCIÓN



(Publicado ayer en prensa)


Un político en campaña está obligado a comportarse como los antiguos vendedores a domicilio de enciclopedias, que sabían de sobra que nadie necesitaba una enciclopedia y podía vivir feliz sin ella, tan ignorante o tan sabio como antes de hacerse con una, pero el problema era que quien necesitaba la enciclopedia para vivir no era el comprador, sino el vendedor, que iba a comisión de la casa editorial, de modo que la desidia ajena por la sabiduría le costaba al pobre hombre no sólo tiempo, sino también dinero, tanto el que gastaba en ir por el mundo como el que dejaba de ganar tras su vagabundeo de encantador de eruditos potenciales. 

          Aun así, a sabiendas de que las enciclopedias acabarían siendo un trasto más o menos decorativo en el mueble del salón, junto a la figura de porcelana, la cristalería suntuaria y tal vez una virgen de plástico fosforescente, el vendedor errante hacía que el cliente potencial se sintiera como un miserable y como un ceporro si no le compraba el producto, por el cual podría conocer datos tan emocionantes como el índice demográfico de todas y cada una de las islas de Malasia o bien los aspectos científicos que una persona ilustrada debe manejar sobre el estroncio o la malaquita. 

          Si la cosa se ponía difícil, el vendedor recurría a un argumento sentimental: los hijos. Una enciclopedia resultaba imprescindible para asegurar el porvenir de los hijos, pues una casa sin enciclopedia era algo así como una choza del pleistoceno. Unos hijos criados sin el amparo de una enciclopedia estaban condenados al fracaso. Había, además, otra razón de peso: la diversión de la que se los privaba, dada la inclinación natural de los niños a leer enciclopedias, para enterarse de lo de Malasia y de lo de la malaquita, entre otras informaciones trepidantes.


En campaña, los políticos no venden enciclopedias, claro está, porque era ya lo que nos faltaba, sino algo más barato y más abstracto: futuro. Un futuro utópico que nunca llega y que se convierte en un presente cíclico, pero eso nunca ha sido impedimento para el futuro, que cuenta entre sus características esenciales la de no tener futuro, como les pasaba a los niños en esas casas desoladas en que no había una enciclopedia. 


Los partidos políticos no se toman ya la molestia de buzonear sus respectivos programas electorales, desde la certeza de que esos programas son como las enciclopedias: algo que nadie se toma la molestia de consultar, de modo que han optado por suplir los programas con eslóganes promocionales, el razonamiento ideológico con fotos retocadas y el debate con trifulcas.


De aquí a unos días, ellos estarán hartos de la campaña y nosotros estaremos hartos de ellos. Pero, mientras tanto, y en la medida de lo posible, disfrutemos de la fiesta.


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domingo, 31 de marzo de 2019

PROBLEMAS OCURRENTES



(Publicado ayer en prensa)


Comoquiera que el mundo es un lugar tan variado como pintoresco, no tiene nada de raro que aparezcan formaciones políticas que se dediquen no a proponer soluciones para problemas reales, sino a poner en circulación problemas imaginarios. En política se puede vivir, en fin, casi de todo, incluida en ese todo la insensatez.

            La propagación de un problema falso puede resultar más efectiva que la de uno verdadero, pues el problema falso tiene la ventaja de jugar no sólo con la desinformación de su receptor, sino también con la tendencia natural del receptor a dar crédito a toda aquella información -preferiblemente simplificada por el amarillismo- que coincida con sus prejuicios, y ya avisó Voltaire de que el prejuicio es una opinión sin juicio.

Si a alguien le dicen, qué sé yo, que, a este paso, acabará obligado a rezar en una mezquita a causa de esa invasión islámica que se extiende silenciosamente por Europa, tiene dos opciones básicas: reírse o sonreír, aunque no podemos olvidarnos de esa tercera opción en la que coincide la información disparatada con el prejuicio disparatado, pues ahí el asunto asciende al rango de problema ficticio: reclamar indignadamente el derecho a rezar en la parroquia de su barrio y no verse obligado a rezar por decreto, y sin zapatos además, en una mezquita que es posible que no dude en suponer construida con el dinero de sus impuestos. 

            Si nos dicen que los españoles de bien deberían tener derecho a armarse para de ese modo poder proteger a tiro limpio sus hogares, todos -salvo tal vez los psicópatas y los sociópatas- nos identificamos con esa calificación de paisanos “de bien”, de modo que caemos en la cuenta de que vivimos sin una pistola en la mesilla de noche, irresponsablemente, exponiendo así a nuestra familia y nuestro patrimonio a la malicia de posibles asaltantes, y nos decimos: “¿Cómo no he caído antes en la cuenta de mi desprotección?”, y ya hemos creado el problema, hasta entonces inexistente, del  armamento como elemento de defensa personal, que tantas vidas salva por ejemplo en EEUU, donde en 2018 apenas hubo unos 40.000 muertos por armas de fuego, cabe suponer que todos ellos asaltantes de hogares, pues imagina uno que la gente de bien de allí será la única con acceso a las armas. 

            Con sus ocurrencias asombrosas, la derechona valiente desafía ahora a la que considera la derechita cobarde, que, ante la afrenta, ha decidido envalentonarse para ponerse a la par en cuanto a derechización, hasta el punto de que Ciudadanos ha optado por quitarse la máscara del progresismo moderado para ofrecerse como pez rémora al PP en la posible formación de un futuro gobierno potencialmente acogido al modelo del pacto andaluz. 

            Y así, entre bandazos y chuscadas, se nos pasa la vida, que a veces se nos hace muy corta y a veces demasiado larga, según el día.


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domingo, 17 de marzo de 2019

CARNAVALADAS



(Publicado ayer en prensa)


Terminaron los carnavales, menos en Cataluña, donde prosigue la mascarada. Una mascarada que tiene su prolongación cuaresmal y resacosa en la Audiencia Nacional, donde se ven menos antifaces que caras largas, donde se oyen menos risotadas que argumentos exculpatorios, aunque sin el componente de la contrición, porque los héroes pueden justificar sus heroicidades, por descabelladas que resulten, pero jamás arrepentirse de ellas. 

               Ve uno a esos políticos en el banquillo y se pregunta: “¿De verdad pensaban que…?”. Y la respuesta no es concluyente: tiene uno la impresión de que se creyeron aquello y de que a la vez no se creyeron nada de aquello, empujados y arropados por una especie de espíritu de Fuenteovejuna, convencidos quizá de que la diluición de la responsabilidad de sus decisiones no iba a implicar consecuencias penales para nadie en concreto, al tratarse de gestos colectivos y legitimados además por una buena parte del pueblo oprimido que fue liberado de su yugo durante unos segundos emocionantes. Pero el problema de las leyes es que son leyes, por poco que te gusten como tales leyes, por poco que te entusiasme su cumplimiento y por mucho que te arriesgues a incumplirlas en función de un mandato más o menos popular y más o menos esotérico.

            Mientras los más desventurados de sus compañeros de aventura penan en presidio, Puigdemont acrecienta su gestualidad napoleónica, aunque cada vez con un talante más cercano al de Tartarín de Tarascón, el protagonista quijotesco de aquella novela de Alphonse Daudet que pasó de burgués apacible a héroe a la fuerza, con su componente de enternecedora comicidad. Pero si bien Puigdemont resulta quijotesco, su robot a distancia, Torra, tira más a sanchopancesco, en concreto a ese Sancho Panza que gozó del gobierno fugaz de la ínsula Barataria. Desde su trono provisional y en gran medida vicario, a Torra debemos una de las aseveraciones más categóricamente desconcertantes de nuestra historia reciente: “La democracia está por encima de la ley”. Imagino que estarán de acuerdo conmigo en que para concebir una frase así hay que tener una visión muy original tanto de la democracia como de la ley, consideradas como elementos disociados y cabe suponer que irreconciliables, que es lo más curioso de todo. 

        Cabe suponer que por “democracia” el señor Torra entiende la voluntad popular en sentido impresionista, a ojo de buen cubero, como quien dice. Un poco a voleo. Y sí, qué duda cabe: si unos ciudadanos deciden que los anillos de diamantes deben ser gratuitos y saquean todas las joyerías de una ciudad, no sólo estaremos ante un acto genuinamente democrático, sino también ante un merecido escarmiento a esa ley estrafalaria que castiga el robo. Para eso sirve fundamentalmente la democracia: para que las leyes no se pasen de listas. 

Larga vida al carnaval.

lunes, 4 de marzo de 2019

LO UNO Y LO OTRO: LO MISMO



(Publicado el sábado en prensa)

La superstición del nacionalismo se compone de muchos elementos, y el del irracionalismo no es secundario en esa fórmula que puede resultar explosiva, según nos ilustra el curso de la historia. 

       Aquí, como andamos ahora en eso, y como somos como somos, la pugna está entre el micronacionalismo y el macronacionalismo, que son dos unidades de medida diferentes y dos medidas ideológicas idénticas, al sustentarse ambas en una misma sugestión: el fervor patriótico como fundamento político, cuando no como sustitutivo de cualquier fundamento político. 

No creo que nadie esté convencido de que la invocación a la unidad de la patria vaya a neutralizar la invocación a la independencia, entre otras razones porque el independentismo no representa una crisis resoluble, sino una meta irrenunciable, de modo que el suyo es un argumento inamovible, como los dogmas. 

Por eso, cuando el gobierno ahora en funciones se propuso dialogar con los independentistas catalanes estaba cumpliendo con su deber de gestionar un conflicto de alcance estatal, pero sabía de sobra que el diálogo estaba viciado desde su raíz, pues poco puede dialogarse con quien se sitúa de entrada no sólo en el soliloquio ensimismado, sino también en el monólogo inobjetable. 

Hasta tal punto es inobjetable ese monólogo que los partidos independentistas decidieron votar en contra de unos presupuestos generales no porque les parecieran deficientes, sino por el derecho parlamentario a la pataleta pueril, pues si de algo andan sobrados nuestros políticos es de infantilismo, que hasta vértigo da en ocasiones el que la gestión del país esté en manos de unas mentes tan simples y a la vez tan resabiadas.

     La estrategia de combatir el micronacionalismo con el macronacionalismo no sólo resulta fallida de antemano, sino que acaba fortaleciendo lo que pretende debilitar. Solapar una bandera con otra tiene como resultado la potenciación de la bandera agraviada. Si absurdo resulta rebatir unos argumentos con otros argumentos que varían en la forma pero no en el fondo, desmontar las fantasías independentistas con fantasías unionistas es empeño inútil: una guerra entre entelequias. 

          Entre tantas banderas y tantas patrias, entre afrentas y retos, estamos diluyendo el concepto que nos articula: el de Estado, no como entidad abstracta, ni siquiera como realidad derivada de un devenir histórico, sino como estructura garantista de la aspiración a un funcionamiento social equilibrado. Las banderas y las patrias no sólo son nociones extremadamente manipulables, sino que además tienden a promover jerarquías excluyentes, en tanto que el de Estado es un concepto inclusivo, el que nos acoge a todos al margen de nuestras quimeras telúricas e identitarias. Al margen, en fin, de ese cupo de irracionalidad que tendemos a aplicar a nuestra convivencia, que de por sí es conflictiva, de acuerdo, pero que lo que menos necesita son conflictos artificiales.

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miércoles, 20 de febrero de 2019

martes, 19 de febrero de 2019

ROMA o MRAO


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Hubo polémica por la decisión de subtitular la película Roma. Como consecuencia de aquel escándalo artificial, se suprimieron los subtítulos. Bien.

Anoche intenté verla, pero desistí a los 15 minutos. No me enteraba de casi nada. (Y tengo un televisor que suena bien, y tengo bien el oído -al menos para mi edad-, y cuando he ido a México me he entendido a la perfección con los nativos.)

Algunos se echaron las manos a la cabeza: "¿Cómo va a subtitularse algo que está en nuestro mismo idioma?". 

Pues muy sencillo: por tres razones, a saber: por motivos de sonorización defectuosa -de la que tanto sabe, dicho sea de paso, el cine español-, por carencia de vocalización de los actores y, sobre todo, porque la modulación oral de una misma lengua puede dar pie a un habla ligeramente incomprensible para quien no tenga el oído hecho a ella, y muy en especial si quien la habla tiende a hacerlo en susurros.

(Y son desencuentros de ida y vuelta: pónganle una película española a un mexicano... o la actuación de una chirigota gaditana.)

Volveré a intentarlo... aunque sin demasiada esperanza de que mi oído panhispánico se universalice por sí solo.

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lunes, 18 de febrero de 2019

ESTADO DEL MOMENTO



(Publicado el sábado en prensa)


Si alguien levanta el puño, no tardará en aparecer quien salude a la romana. Vamos de eso. Estamos en eso.

            Durante los años en que PSOE y PP se repartieron el gobierno central, así fuese con el apoyo de doble filo de los nacionalistas, compartían un espacio confortable tanto en el mando como en la oposición. Una cuestión básica de antagonismo dual, según soplase el viento del electorado: o vosotros o nosotros, sin sobresaltos. La irrupción de Podemos les supuso un elemento de distorsión en aquel panorama, y algunos intuíamos que era cuestión de tiempo el que surgiera el discurso opuesto, aunque de raíz idéntica: el de la purificación social a partir de un proceso de purificación política. Y ahí tenemos ya a VOX, que ha ascendido de anécdota pintoresca a comodín potencial de los futuros gobiernos en todas sus escalas. Ciudadanos, por su parte, aporta a esta biodiversidad el desconcierto: el que parecen padecer ellos y el que transmiten a la gente gracias a sus incoherencias de pensamiento, de palabra, de obra y de omisión.
   
En ese mercado de espejismos en que nos han convertido la política, el discurso ha sido sustituido por el pregón, sin miedo a los argumentos gruesos, desenmascarando de ese modo el gran engaño de la politología, a saber: que todos los ciudadanos se rigen por criterios politológicos a la hora de votar. De ahí que los políticos cuenten con el factor de irracionalidad y de visceralidad en que se fundamentan por lo común las decisiones de voto, y de ahí –al menos en buena parte- su estrategia de sobreactuación.

Los dirigentes de los principales partidos parecen estar en fase de metamorfosis: Sánchez asumiendo el desengaño de no haber podido gobernar con el apoyo incondicional y leal de sus adversarios, incluida la derecha catalana; Iglesias desinflándose como el mesías de la izquierda que quiso ser y Casado inflándose como el caudillo de la derecha dura que alguien le ha recomendado que sea, en tanto que Rivera ha pasado de la pretendida moderación a la desacomplejada indefinición, hasta el punto de convertirse no tanto en un representante del pensamiento líquido como en un malabarista del pensamiento gaseoso. 

Frente a las teatralizaciones del independentismo, PP, Ciudadanos y VOX no han tenido otra ocurrencia que promover una teatralización unionista, como si los fuegos se apagasen con fuego y como si una plaza representase a todo un país, cuando ya sabemos que un mismo espacio puede llenarse por la mañana con los partidarios de una cosa y por la tarde con los partidarios de la inversa. Las dos caras, en suma, de una misma moneda: la independencia y la reconquista. 

Mientras tanto, Sánchez, tras su tentativa aventurada de convertir en fortaleza su debilidad, ha estado deshojando hasta ayer mismo la margarita de las elecciones, aunque por cada pétalo que le arrancaba le añadía dos, sin duda porque intuye lo mismo que intuimos algunos.

Y todo está por ver. Y ya veremos.

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miércoles, 6 de febrero de 2019

INVOLUCIONES



(Publicado en prensa)

En esa pesadilla que viene a ser la novela 1984, de George Orwell, hay un filólogo que trabaja en la creación de una nueva lengua y en la simplificación y modificación del diccionario tradicional mediante la eliminación de palabras consideradas inútiles, con especial saña hacia los sinónimos y antónimos, que en esa nueva lengua van siendo sustituidos por prefijos y sufijos que indican la negación o el aumento de una cualidad. Mediante ese sistema, se eliminaban los sinónimos y los antónimos, pero, como efecto secundario, se multiplicaban los neologismos. A ese filólogo debemos la siguiente apreciación: “La destrucción de palabras es algo muy hermoso”. 

            En nuestros días, no necesitamos funcionarios dedicados a esas tareas, ya que el lenguaje no sólo admite la transformación, al ser fruto de ella, sino también la degeneración y la manipulación, y por supuesto la simplificación, hasta el punto de que, según quienes se dedican a ese tipo de análisis, los adolescentes de hoy manejan habitualmente unas 200 palabras, que desde luego son muchas para soltarlas de golpe, pero quizá pocas como acervo.

            Mucho se ha elogiado la capacidad visionaria contenida en esa distopía de Orwell, que, más que un visionario, se limitó a ser un hombre lúcido. Un experto, digamos, en el arte de verlas venir. 

          En su novela, ideó la existencia de un Ministerio de la Verdad, cuya labor consistía en destruir o modificar la documentación de los anteriores regímenes para que se ajustase a la versión oficial de la historia impuesta por el nuevo Estado omnividente. Algo que puede sonarnos familiar en estos tiempos en que algunos pueblos se afanan en reescribir su pasado, como una especie de lavado de la conciencia colectiva, de igual modo que hace el cínico con su conciencia particular, y en reinterpretarlo en beneficio de las estrategias políticas del presente, sobre todo si lo que se busca en las brumas pretéritas es una identidad diferencial; se proponen relecturas condenatorias de obras literarias conforme a criterios morales o se censuran obras artísticas no por su valía, sino por la adivinación de su presunta carga ideológica, hasta el punto de que hay quienes reclaman el descuelgue de imágenes de desnudos femeninos en los museos, con el argumento de la cosificación de la mujer, por no hablar de la política de puritanismo que aplica el tan orwelliano Facebook, donde pueden decirse atrocidades escalofriantes, pero donde está prohibido exhibir un cuerpo no ya sin ropa, sino incluso con poca ropa. 

            Tiempos raros, en fin. Tiempos confusos.

            La paradoja de las civilizaciones avanzadas es que potencian la involución, como si el pensamiento se nos pasara de rosca y buscase pretextos para destruir lo construido. Y en eso casi nunca fallamos. Casi nunca.

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lunes, 4 de febrero de 2019

DOS SERIES

En el suplemento LA ESFERA DE PAPEL, del diario EL MUNDO, escribo sobre dos series: Fuga en Dannemora y El método Kominsky.

https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2019/02/04/5c52e5cf21efa088638b4670.html