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The New York Times da la información: los nuevos métodos científicos corroboran la hipótesis de Vladimir Nabokov de que las mariposas azules llegaron a América desde Asia. En su día, los entomólogos se tomaron a chacota la hipótesis de aquel entomólogo autodidacta: "¡Ensueños de poeta!". Sí, bueno, pues ahí está ahora el resultado de esos ensueños.
Para celebrarlo (aunque confieso que las mariposas, incluidas las azules, no son mi mayor preocupación), va un poema de Nabokov que traduje hace años:
U N
D E S C U B R I M I E N T O
En tierra legendaria, todo rocas, lavanda
y alta yerba, la encontré,
sobre un barrizal al lado de un arroyo
inaccesible, en un paso de montaña.
Para la ciencia, sus rasgos eran nuevos:
forma y tonalidad, esa especial coloración
de resplandor lunar que atenuaba sus azules,
el abdomen pardusco, los flancos de geométricos diseños.
Han desenmascarado su esculpido sexo mis agujas;
el tejido muerto no podía ya ocultar
esa valiosa mota que ahora riza la lágrima
convexa y límpida que resbala por el portaobjetos iluminado.
Al apretar levemente un tornillo, dos antenas ambarinas
emergen de la niebla y se arquean en simetría perfecta,
y escamas como trozos de amatista
cruzan la circunferencia mágica del microscopio.
Versado en latín taxonómico, fui su descubridor
y le di nombre, y así me convertí
en padrino de un insecto y el primero en describirlo.
Ya ninguna otra fama me interesa.
Con las alas extendidas, traspasada por un alfiler
(aunque profundamente dormida),
a salvo del asedio de parientes y del moho,
en la fortaleza aislada en que guardamos
los especímenes de cada especie, trascenderá al polvo que la forma.
Oscuras pinturas, tronos, piedras que besan los peregrinos,
poemas que perduran un milenio
tan sólo imitan la inmortalidad
de esta etiqueta roja al pie de una pequeña mariposa.
(1943)