viernes, 10 de diciembre de 2010

CONTROLADORES PELONES

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La militarización de los controladores aéreos no será del todo efectiva, me temo, hasta que no los pelen al rape, como hacían con los reclutas nada más pisar el cuartel de instrucción.

Te pelan al rape (al menos en mis tiempos de mili, en los que se llevaban más bien las melenitas, tanto en su variante Jesucristo Superstar como en su modalidad de trovador medieval de la Provenza) y te quedas al momento sin identidad: eres un simple pelón entre una tropa uniformada de pelones.

(Que algún allegado al ministro Blanco, si está de acuerdo con esto que digo, le traslade, por favor, la sugerencia.) (De ese modo, el ministro podrá anunciar, sin dulcificaciones metafóricas, que a los controladores aéreos se les va a caer el pelo.)


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domingo, 5 de diciembre de 2010

RESIDUOS EXTRATERRESTRES














A veces, uno no puede esquivar la tentación de arriesgar una frase truquista y paradójica que implique una dislocación de conceptos más o menos asentados. Decir, por ejemplo: “La literatura científica es una rama de la literatura de terror”. No es así, claro está, pero tampoco deja de serlo del todo. Les confieso que el libro más aterrador que he leído no es otra cosa que la narración de unos casos clínicos reales: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, del neurólogo Oliver Sacks. Al lado de ese libro, que uno lee con manos temblorosas, las pamplinas solemnemente macabras de Lovecraft, pongamos por caso, acaban dando risa, que es tal vez lo que menos hubiera deseado el visionario de Providence.


Leo en un artículo científico que es posible que el fin de nuestro planeta se produzca de una manera tan tradicional como tosca: de una pedrada, como quien dice. Si a un asteroide le da por chocar con nosotros, ya podemos despedirnos, como se despidieron en su día los dinosaurios. “Otra preocupación más”, se dice uno, y se resigna, en fin, a esa amenaza. En el mismo artículo, leo que cada día caen a la Tierra entre 100 y 1.000 toneladas de material extraterrestre, y en ese punto me echo a temblar, porque una cosa es lo de la gran pedrada y otra lo de ese chorreo continuo, que viene a ser como la pedrea de la lotería, a la espera de que nos toque el asteroide gordo.

Piensa uno, no sé, que igual nos están cayendo a diario las colillas de los marcianos, sus cáscaras de pipas de girasol, sus envoltorios de patatas fritas, sus pelillos verdosos… Por ahí fuera, por los planetas de los alienígenas, se ve que no funciona muy bien la ley de la gravedad, de modo que las cosas, en vez de caerse al suelo, se caen a la Tierra. En Saturno, por ejemplo, un extraterrestre suicida se arroja por el balcón y no cae a la calle, sino que acaba estrellándose en una plaza de Calatayud o en un parking de Zamora. Se ve que allí hace falta un Newton cuanto antes, porque, como no consigan pronto un inventor de la ley de la gravedad, este planeta nuestro va a parecer una chatarrería intergaláctica.

No sé si nosotros también mandamos una cantidad tan grande de residuos a otros planetas. No creo, porque los extraterrestres suelen tener muy mala leche y nos fulminarían con sus armas protobiónicas -por decir algo- si les ensuciásemos la casa. Pero aquí, ya ven, tenemos que barrer a diario entre 100 y 1.000 toneladas de porquería extraplanetaria, y no sabe uno si el polvo que se ha asentado en los muebles proviene de la obra de al lado o de Plutón.

Del cielo no paran de caer cosas, en fin. Si me cruzo con alguno de ustedes y no lo saludo, no se lo tome a mal, por favor. Es que, desde que leí ese artículo, voy por la calle mirando hacia arriba. Por si acaso.

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martes, 30 de noviembre de 2010

UNA RUMBA REGIA


Oído, por rumba, a Tomasito, el cantaor y breakdancer flamenco jerezano:


Si yo tuviera sangre azul,
me pegaría un vacilón
con la infanta de naranja
y la infanta de limón.


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lunes, 29 de noviembre de 2010

RICARDO CADENAS


(Para quienes anden por la zona: Ricardo Cadenas expone en la Casa de la Provincia de Sevilla, hasta el 16 de enero, una muestra de trabajos pictóricos en torno al cómic. El que sigue es el texto que he escrito para el catálogo.)







Cada cual tiene sus sistemas para entenderse con las cosas de la vida. Esos sistemas -lo digo por experiencia- pueden ser tan normales como anómalos, tan imprecisos como precisos, tan infalibles como falibles. Es decir, que al fin y al cabo no son nada. Pero ¿quién puede vivir sin algún tipo de sistema? Yo, por ejemplo, cuando miro la obra de un pintor contemporáneo, me pregunto: “¿Podría ganarse la vida esta persona como pintor en algún lugar de Italia en pleno Renacimiento pintando como había que pintar en Italia en pleno Renacimiento para poder ganarse la vida como pintor?” Una pregunta larga, redundante, maliciosa en apariencia y, en el fondo, demasiado candorosa, pero nadie ha dicho -al menos hasta donde sé- que las preguntas tengan que ser complejas, ya que ese privilegio -o esa lacra, según se mire- parece reservado a las respuestas. Una repuesta que, en este caso, casi siempre es negativa.


Con Ricardo Cadenas no me pasa: me lo imagino en, qué sé yo, la Florencia del Quinientos, con camisa de tafetán y jubón de brocado, con las medias impecables, con botas relucientes de cordobán, acudiendo a toda prisa a pintar un fresco en la cúpula de la capilla privada de un cardenal más o menos libertino, antes de salir corriendo también a toda prisa hacia la casa de un duque para pintarle un retrato de cuerpo entero con armadura milanesa y fondo bucólico, y, entre cosa y cosa, dibujando un escudo de armas para un noble advenedizo, la caricatura de algún poderoso risible, trazando el perfil exacto de alguna marquesita napolitana para tallarle un camafeo, retratando a la familia entera de un condotiero enriquecido o pintando un telón de fondo para alguna representación palatina de una comedia de enredos cortesanos y galantes.


Dibujante magnífico en tiempos en que el dibujo pasa por ser un inconveniente, colorista matizado y elegantísimo frente a la moda de los colores puros o guarreados, equilibrista de los equilibrios compositivos, pintor ocurrente y hondo, sorpresivo y escueto, barroco comedido, neoclásico sin servidumbres con respecto al clasicismo, moderno de modernidades respetables, culto y siempre alerta, rastreador atento de tradiciones, Ricardo Cadenas se hubiera ganado muy bien la vida, sí, en pleno Renacimiento, siendo él mismo a pesar del capricho impositivo de cardenales y de duques, al igual que sigue siendo él mismo a pesar de los caprichos actuales de los galeristas noveleros y de los exegetas solemnes de la bagatela.


Qué buen pintor se perdió el Renacimiento, en fin, y qué buen pintor ha ganado esta época.

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domingo, 21 de noviembre de 2010

FISCALIDAD ANDALUZA










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Ese muchacho, el señorito Puigcercós, tiene más razón que un santo cuando dice que aquí en Andalucía no paga impuestos ni Dios, que se supone que tendría que pagar la cuota de IBI correspondiente al tramo de Cielo que afecta a esta comunidad.

Los empresarios catalanes, según el mencionado político, tienen en casa, prácticamente en régimen de okupa, a un inspector de Hacienda. Aquí no. Aquí llega un inspector de Hacienda, con su traje de bandolero, al cortijo de un defraudador fiscal y dice desde su jaca cartujana: “Don Pepe, mire usted, hombre, que nos debe casi un millón de euros por esa manía suya de defraudar”, y el tal don Pepe le replica: “¡Allá penas, don Joselillo, que estamos en la tierra de la jarana! Bájese de ese caballo tordo que monta usted con inigualable donaire y apostura y vamos a echarnos unas cañas de manzanilla, que ahora mismo aviso yo a un cuadro flamenco”. (Y al rato llegan los flamencos, claro está, y el inspector de Hacienda se va sin el dinero, pero con toda la alegría del mundo metida en el subconsciente, que es de lo que se trata.)

Aquí le mandan un requerimiento a un jornalero del campo y, cuando el inspector se planta en el chalet del jornalero en cuestión, el inspector en cuestión le recrimina: “Venga, hombre, Manolo, que te hemos escrito y ni siquiera te has molestado en contestar”, y el tal Manolo se justifica: “Verá usted, Gutiérrez (o lo que sea), es que la carta me llegó cuando estaba metido en el jacuzzi, después de pasarme todo el día vareando olivos, la abrí enseguida por sentido del deber cívico, se me cayó al agua y se corrió la tinta, porque este nuevo jacuzzi que me han puesto parece una centrifugadora. Pero no se preocupe usted que, en cuanto me vaya al paro y venda un par de cuadros de Murillo que tengo en el sótano, le juro que le pago todo lo que le debo e incluso le doy una propina para que se vaya usted a Disneyland París con sus churumbeles”.

Cuando un inspector de Hacienda pilla en falta fiscal a un andaluz no le pone una multa, porque eso es más bien cosa de la Guardia Civil, sino que le impone trabajos sociales, como por ejemplo el consistente en cantarle una saeta a la Virgen de la Macarena a la salida triunfal de su trono o en sacar a bailar una sevillana a una duquesa durante la feria de abril. Aquí se hacen las cosas, en fin, de otra manera, porque no es tan importante pagar impuestos como quedar bien con la gente, a ser posible sin soltar ni un duro.

En Andalucía tenemos una tasa actual de paro del 28,55%, y es posible -no sé, digo yo- que a muchos de esos parados les gustaría poder pagar impuestos en vez de cobrar -si lo cobran- un subsidio, siquiera fuese por complacer al señorito Puigcercós, ese hombre que tiene una boca. Aunque el defecto de algunas bocas es que les da por hablar.

lunes, 15 de noviembre de 2010

ENSALADA DE RANA












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Una mujer holandesa fue a un Burger King de Amsterdam para tomarse una ensalada y resultó que en la ensalada que le sirvieron había una rana viva, lo que convertía el plato en una performance en toda regla. De todas formas, tal y como está la gastronomía contemporánea, con esos cocineros que exhiben talante de alquimista iluminado, el incidente no resulta del todo escandaloso, ya que algunos fogones modernos son la plataforma del arte vanguardista, y la vanguardia tiene manga ancha. Aun así, si pides una ensalada, lo normal es que no contenga como ingrediente una rana viva, a menos que lo avisen en la carta: “Ensalada mixta con rana saltarina del condado de Calaveras”, como homenaje a Mark Twain, compatriota de los propietarios de esa cadena de comida rápida.


A lo mejor el misterio radica ahí, no sé: para que la comida sea aún más rápida, lo mejor es añadirle una rana, ya que las ranas pueden ser muy veloces cuando les da por pegar saltos. Echas una rana viva en la jungla de una ensalada y, a lo mejor, el plato sale dando brincos por la puerta del establecimiento. “Eso sí que es comida rápida, y lo demás son cuentos”, diría la gente, que anda siempre con prisa y que agradece por tanto cualquier manifestación de la velocidad.


Los responsables del restaurante están investigando cómo pudo acabar la rana en la ensalada, aunque no especifican si el asunto está en manos de la policía local o de la INTERPOL, porque igual se trata de una rana terrorista, dispuesta a boicotear los hábitos culinarios de EEUU en la medida de sus posibilidades, que al fin y al cabo no son escasas: una rana oculta en el fondo de una ensalada posee la cualidad de provocar el pánico. Es lo mismo que si vas a un restaurante segoviano con la intención de atracarte de ancas de rana y resulta que, bajo el montón de patitas rebozadas y crujientes, te encuentras de pronto una hamburguesa. Lo inesperado sobresalta, o sea. Acojona, vamos.


Como las hipótesis salen gratis, les confieso que tengo dos hipótesis sobre la rana misteriosa del Burger King holandés. Con arreglo a mi primera hipótesis, pudiera tratarse de una rana suicida. Sí: una rana que decidió inmolarse en un restaurante de comida basura para protestar por la globalización gastronómica. “Que me coman viva”, debió de proclamar la rana heroica ante sus familiares batracios. “Que mi sacrificio sirva al menos como testimonio”. Con arreglo a mi segunda hipótesis, un poco más insidiosa, lo único que pretendía la rana era comerse la ensalada: pasó ella por allí, vio aquella cosa verde y barroca y le entró apetito, de modo que se tiró de cabeza al bol, con la mala suerte de que, a mitad del banquete, llegó un empleado y le sirvió la ensalada exótica a la cliente desafortunada, que ha declarado que no tiene previsto presentar una demanda por daños emocionales, actitud que puede interpretarse como un gesto de apoyo al colectivo de las ranas para su integración en el menú de la multinacional.


¿A qué sabrá una rana viva? Por si acaso no les pica la curiosidad, remuevan bien sus ensaladas antes de hincarles el diente y vean si algo salta. Y si algo salta, comprueben si hace croc-croc. Y si hace croc-croc, avisen al encargado y pídanle que al menos la pasen por la plancha. Y que aproveche.


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lunes, 8 de noviembre de 2010

TATUAJE Y POLÍTICA



Un futbolista en activo lleva tatuada en el antebrazo la siguiente proclama: “Nacer en La Perdriel fue y será lo mejor que me pasó en la vida”. Él lo sabrá mejor que nadie, desde luego, pero mucho me temo que se trata de una secuencia lógica un poco chirriante, ya que el simple hecho de nacer -a secas- tal vez sea más importante por sí mismo que el hecho de nacer no ya en La Pedriel, sino incluso en Chimbamba, aunque no duda uno de que el hecho de venir al mundo en La Perdriel, allá en Argentina, no tenga comparación posible con el hecho de nacer en cualquier otra parte, porque aquello debe de ser la bomba: La Perdriel, nada menos.


Que yo sepa, ningún político ha pasado por el taller de un tatuador para dejar constancia en su piel de su amor al terruño nativo. Eso que se pierden, creo yo, porque resultaría conmovedor leer en el antebrazo de los dirigentes locales, regionales o nacionales una leyenda micropatriótica del tipo: “Nacer en Vilanova i la Geltrú es incluso mejor que nacer en Reus”, por ejemplo. O bien: “Nacer en Vizcaya es un privilegio reservado a los vizcaínos”. O incluso, si el político en cuestión disfruta de un antebrazo largo: “Lo mejor que me ha pasado y me pasará en la vida es haber nacido en Ayamonte (Huelva), porque, de estar mi madre apenas unos kilómetros más al oeste, hubiese tenido la desgracia de nacer en Portugal”.


Esto, como casi todo en la vida, presentaría al menos un inconveniente, a saber: que los políticos tendrían que dar los mítines en manga corta, para que pudiésemos leer sus respectivas declaraciones de amor telúrico, ya que la frente es un sitio poco aconsejable para tatuarse una cosa de este tipo. (Habría que consultar el asunto, desde luego, con los asesores de imagen, que vienen a ser algo así como el espejo de la reina malvada del cuento de Blancanieves.) “¿Has visto el tatuaje que se ha hecho el aspirante a lehendakari?”, preguntaríamos con asombro y admiración. “¿Has visto lo que se ha tatuado el Honorable?”, preguntaríamos con orgullo. “Me ha emocionado el mensaje que se ha tatuado a lo largo de todo el brazo el alcalde de Estepona”, confesaríamos. En los ayuntamientos, en las diputaciones, en los parlamentos autonómicos, en el parlamento nacional y en el senado veríamos a políticos arremangándose para mostrarse entre sí su tatuaje, su declaración de amor a la tierra natal: “Si en vez de nacer en Vigo hubiese nacido en Cabrales, ahora estaría comiendo queso en vez de centollos”, pongamos por caso.


Esto de los tatuajes podría traer consigo, además, la reducción del gasto en las campañas electorales, ya que cualquier experto en marketing puede dar fe de que la gente pone más interés en leer lo que alguien se tatúa en el brazo que en leer -y creerse- los eslóganes que proponen las vallas publicitarias.


Ahora bien, hay que tener muy clara una cosa: que como nacer en La Perdriel, nada de nada.

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lunes, 1 de noviembre de 2010

VELOCIDAD Y TONTERÍA













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Hay días, afortunadamente excepcionales, en que decide uno hacerse grandes preguntas, no porque el hecho de hacérselas le resulte grato, ni mucho menos, sino porque lo considera una especie de obligación metafísica. “¿En qué clase de salvaje filosófico voy a convertirme si no me hago al menos un par de grandes preguntas al año?”, piensa uno, y de inmediato se pone a buscar, entre las tinieblas de su entendimiento, una pregunta grande y difícil. ¿Es el alma inmortal, en el caso de que el alma sea algo más que una fábula? ¿Es aterradoramente infinito el universo? ¿Se comunica Dios de manera telepática con sus ángeles de raza nórdica? ¿Es la muerte un mero tránsito? Son muchas las grandes preguntas, en fin, y casi ninguna admite una respuesta que exceda el ámbito de la especulación ociosa, porque ese suele ser el defecto de las grandes preguntas: que sólo pueden ser preguntas, y su esencia enigmática vive eternamente cautiva entre dos signos de interrogación, y de allí no hay quien la mueva.

Ayer tarde, en un descuido, me hice una gran pregunta: “¿Por qué decimos tantas tonterías en nuestras conversaciones?”, y me puse a acumular respuestas posibles, a pesar de que, como he dicho, las respuestas que nos sugieren esas grandes preguntas acaban siendo siempre, o casi siempre, pura retórica ornamental. Llegué a barajar 14 respuestas inútiles, aunque alguna más o menos razonable, al menos para como suele andar mi raciocinio. “¿14 respuestas?” Ni una más ni una menos, ya digo, aunque sólo les haré perder el tiempo con mi favorita: “Decimos muchas tonterías no porque seamos especialmente tontos, sino porque cometemos un error de cálculo en el tiempo que media entre una pregunta y una respuesta”. Estás dando un paseo con un amigo y te pregunta, qué sé yo: “¿Qué opinas de la comida turca?”, y, apenas una micra de segundo más tarde, ya flota en el aire tu respuesta: “Bueno, no sé, porque tengo gastritis” O te pregunta un camarero: “¿Qué te parece lo de Israel?”, y, al instante, sale de tu boca un “Uff”, que es una pura tontería interjectiva y onomatopéyica, y así sucesivamente.

El caso es, creo yo, que nos hemos hecho un lío con los procesos intelectivos y con las normas de cortesía. “¿Cómo es eso?” Muy sencillo: si alguien nos pide nuestra opinión sobre la pesca con caña o sobre la pintura holandesa del siglo XVI, pongamos por caso, la cortesía nos impele a ofrecer un juicio instantáneo, a pesar de que ese juicio requeriría un periodo de reflexión de al menos un par de semanas. Lo normal sería, en fin, que, ante un requerimiento de esa índole, nos quedásemos callados y meditabundos y que, al cabo de ese par de semanas, al reencontrarnos con nuestro interlocutor, le dijésemos: “Oye, ¿te acuerdas de aquello que me preguntaste hace un par de semanas? Pues he estado reflexionando y documentándome y creo que…” (Y ya luego lo que convenga.) Pero no, tenemos siempre una opinión o una respuesta al borde los labios, respuestas que incluso preceden a una pregunta, opiniones urgentes que salen de la boca sin pasar por otro filtro que la boca misma, réplicas caprichosas y casuales, rápidas, como si se tratara de un torneo verbal en el que pierde quien calla, a menos que al callar otorgue.

Y con estas tonterías, en fin, ya hemos echado el rato en este lunes festivo y ventoso.


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viernes, 22 de octubre de 2010

CUENTO Y MONARQUÍA



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La monarquía es un gran invento. Sobre todo para los monarcas, claro está. Se ve que el género humano anda tan necesitado de abstracciones, que es capaz de abstraerse y decidir que un congénere suyo disfrute del derecho al uso de corona y de trono, de cetro y, si hiciera falta, de capa de armiño, aunque luego vista de sport.


Se da la circunstancia curiosa de que no sólo el pueblo acaba creyéndose que un rey es un rey, sino que mucho me temo que incluso los reyes se creen de verdad que son reyes. (Lo decía el pintor Ramón Gaya: “La reina de Inglaterra se ha creído que es la reina de Inglaterra”.) Como la vigencia y buena salud de la institución monárquica no parece peor en el siglo XXI que en el siglo XII o XIII -y no digamos en el XVIII, y en territorio francés-, ya disponemos incluso de al menos dos monarquías comunistas: la cubana y la norcoreana. La primera es del tipo nepotista; la segunda, más convencional: de padre a hijo, aunque con intrigas más o menos shakesperianas de por medio, para que no falte de nada.


Creo yo, no sé, que algunos reyes pueden vivir del cuento gracias a los cuentos infantiles, a la estela que esas ficciones nos han dejado en el subconsciente. (Al fin y al cabo, ¿quién sería tan desalmado como para traicionar la memoria de los cuentos que oyó o leyó en su niñez candorosa?) En nuestra infancia, el rey era por lo general un ser barbado y bondadoso que aparecía en los cuentos, allá en su castillo unifamiliar, y que acababa cediendo el protagonismo narrativo al príncipe, que era quien andaba con la testosterona a punto de ebullición, enamorado el muchacho de alguna princesa rubia con la que acababa casándose, a veces a despecho de los poderes malignos de alguna bruja, de los asedios de algún ogro o de los celos de algún dragón.


Eran cuentos que siempre acababan bien, y de ahí que nuestro subconsciente atribuya a la realeza una capacidad infalible para solucionar los grandes problemas de Estado, como por ejemplo el que representaría el hecho de que el príncipe en cuestión, en vez de enamorarse de una princesa, se enamorase de una plebeya, porque está visto que los príncipes modernos no se enamoran de las princesas ni a tiros y que las princesas de hoy no quieren ver a los príncipes ni en pintura. ¿Cómo se arreglaría ese desequilibrio de linaje? No estoy seguro, pero creo que por una vía muy sencilla: gracias al cuento de Cenicienta.


La realidad es rara, porque para eso es una construcción colectiva. En estos tiempos de escasez, lo normal sería que los pueblos les dijesen a sus reyes: “Majestades, las cosas están muy malas. Búsquense ustedes un trabajito mientras sí y mientras no, a ver si esto mejora pronto y podemos volver a subvencionarles a vuecencias una vida mágica y acorde con los cuentos más bonitos”. Pero los cuentos, claro está, no son más que cuentos.


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viernes, 15 de octubre de 2010

ESPEJOS SIMBÓLICOS






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Para saber que vamos envejeciendo sólo necesitamos un trozo de espejo. Con eso basta. Pero existen espejos simbólicos, por así decir, en los que ya no logramos reflejarnos, como les ocurre, según parece, a los vampiros. La tecnología, por ejemplo, la muy vertiginosa tecnología, a diario cambiante, tiene la facultad de ir desplazándonos del núcleo del tiempo, y el envejecimiento quizá no sea más que eso tan simple: un desplazamiento, un afantasmamiento del ser, una extrañeza continua ante uno mismo y ante las cosas del mundo.

Uno ha hecho llamadas telefónicas mediante operadora, cuando los teléfonos tenían tres dígitos y las conexiones tardaban a veces horas en establecerse, y las voces llegaban mortecinas, con ese fondo de criscrás de disco de vinilo maltratado. Uno creció con los discos de vinilo, tan frágiles, casi siempre rayados tras ponerlos dos veces, a pesar de tratarlos con la misma delicadeza con que uno trataría un bote de nitroglicerina. (La aguja de los platos se llenaba de polvo, formaba remolinos de polvo, y había que limpiar la aguja, y había que limpiar los discos con un líquido de olor bronco y potente, pero los discos siempre se rayaban, y la aguja de pronto se torcía.)

Uno comenzó a escribir con una Olivetti prehistórica que le parecía un cachivache futurista. Luego vinieron las máquinas de escribir eléctricas, y aquello era ya, no sé, un artefacto puramente extraterrestre, importado de universos de vanguardia. Pero más tarde vinieron las máquinas de escribir eléctricas con pantalla líquida, y aquello era ya, sin paliativo alguno, cosa de estricta ciencia-ficción, porque podías visualizar una frase casi entera en aquella pantalla del tamaño de un
habano. Pero los primeros ordenadores no se hicieron esperar, y eran trastos muy toscos, y uno los miraba con respeto. Y ya luego vino toda la gama, hasta llegar a esos ordenadores de hoy que caben en el bolsillo, junto al teléfono móvil y junto a la llave fotocelular –o algo parecido a eso- del garaje.

Hasta hace poco, el poseedor de un aparato de fax era un ser privilegiado, alguien que podía enviar chistes gráficos o poemas épicos a cualquier lugar del mundo en un mágico pispás, y a todos nos admiraba eso, y nos sentíamos como el mago Merlín cuando metíamos el folio por la ranura para enviarlo, qué sé yo, a Buenos Aires o a Moscú, o adonde fuese. Hoy, humillada por el correo electrónico, la máquina de fax está ya polvorienta en un rincón, como el arpa del poema becqueriano, a la espera de esa mano de nieve que habrá de tirarla un día a la basura.

Uno ha conocido el horno de carbón y el microondas, los bañadores femeninos con tutú y el tanga breve. Uno ha llamado a puertas que tenían una campanilla de azófar con cadena y ha pulsado la tecla de un videoportero. Ha conocido televisores en blanco y negro con un solo canal que echaba el cierre a media noche o incluso antes. Ha jugado uno con trompos de madera y con coches teledirigidos. Ha visto uno rascacielos robóticos y ha visto cómo las cuadrillas de areneros cargaban los serones de sus burros en la playa para abastecer a los contratistas de obras.

Lo que decía: para saber que envejeces, que el tiempo pasa por ti, un pedazo de espejo basta y sobra. Y a veces no hace falta ni el espejo.

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domingo, 10 de octubre de 2010

¿DÓNDE ESTARÁ FERNÁNDEZ?




El juicio a los imputados en la operación Malaya tiene muchas papeletas para convertirse en un sainete surrealista en el que, gracias a la estrategia retórica de los abogados, los integrantes de esa banda de tunantes y tunantas acaben siendo presentados ante la ciudadanía atónita como víctimas sufrientes y colaterales del sistema capitalista.


Allí lo que menos sobra es gente, pero uno echa de menos en esa pandilla tan populosa a Carlos Fernández, aquel concejal del Partido Andalucista que, a pesar de tener cara de estar haciendo a diario la primera comunión, se dejó seducir por las intrigas del poder y por el poder del dinero y que aún hoy anda en paradero desconocido, aunque la policía tiene indicios de que anda escabullido en la Pampa argentina. ¿Disfrazado de gaucho? Quién sabe, porque un huido de la justicia es capaz de disfrazarse de cualquier cosa con tal de no tener que disfrazarse de presidiario.


De todas formas, como uno es fantasioso por naturaleza y por deformación profesional, prefiere imaginar al concejal fugado como huésped de algún palacio fastuoso erigido en algún solar reseco de los Emiratos Árabes, con su chilabita de seda y demás accesorios propios de los lugareños, llevando vida de jeque vicario, como quien dice, aunque echando mucho de menos a su madre, porque tiene fama de madrero, y nadie ha demostrado que los presuntos delincuentes carezcan de ternura filial, a pesar de carecer por completo de ternura social. Me lo imagino, ya digo, en un sitio de esos, en Dubai, por ejemplo, no sé, porque no sería extraño que el prófugo Fernández, en sus tiempos de prevaricador, de malversador y de defraudador, entablase una amistad verdadera con algún que otro potentado de allí, de esos que recalan en Marbella para cerrar las joyerías y todo lo que humanamente pueda cerrarse, incluida la conciencia del prójimo.


Es posible, no sé, que Fernández se aloje en la caseta del perro de algún jeque, pero creo que estarán de acuerdo conmigo en que la caseta del perro de un jeque puede reunir mejores condiciones de habitabilidad que muchas viviendas de obreros, aparte de tratarse de un escondrijo casi perfecto, porque la policía no suele buscar en esos recintos a los concejales fugados, aunque es verdad que nuestro Fernández corre el riesgo de que el perro de la policía se asome por casualidad a la caseta del perro del jeque, se encapriche de aquellos esplendores y se quede a vivir allí, con la pérdida de intimidad que esa circunstancia representaría para el villanito marbellí con aspecto de no haber roto nunca un plato, a pesar de haber destrozado una vajilla entera.


A mí, ¿qué quieren que les diga?, la decisión de Fernández de darse a la fuga me parece intachable. Creo que los demás imputados en el caso Malaya debieron hacer lo mismo en su día. Es verdad que, con su evasión, se librarían del peso de la justicia. Pero, como contrapartida, nosotros nos libraríamos de ellos para siempre, que es de lo que se trata.


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lunes, 4 de octubre de 2010

EL OTOÑO, LA MODA, LOS DISFRACES









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En cuanto el otoño trae las primeras lloviznas, las primeras noches destempladas y los primeros nubarrones con hematomas, nos resulta inconcebible que, pocos días antes, nos pasásemos la vida en bañador, que durmiéramos desnudos con la ventana abierta, que anduviésemos descalzos por la casa… Sólo con pensarlo, nos sube por los pies un escalofrío que no para hasta llegar a la cumbre de la cisura interhemisférica del cerebro, si me permiten ustedes la crudeza anatómica de la expresión.

Los grandes almacenes suelen ser los más impacientes con respecto al mal tiempo y se apresuran a anunciar la moda otoñal cuando aún hay bañistas recalcitrantes en la playa, cuando aún no resistimos a guardar en un cajón las bermudas con estampaciones tropicales y las camisetas con leyendas ingeniosas, aunque sepamos que lo que procede es ir oreando los jerseys de lana espesa y los plumíferos.

Lo que resulta curioso, a poco que uno lo medite, es el hecho de que hayamos optado en nuestra vida cotidiana por una vestimenta tan esencialmente neutra, tan anodina y tan… ¿cómo decirlo?… funcionarial, sí, porque lo cierto es que la mayoría de la gente sólo desata su imaginación indumentaria cuando la invitan a una boda, que es la ocasión social en que a las hembras adultas del género humano más se les despierta el instinto por dar el golpe, por motivos que sólo un discípulo brillante de Sigmund Freud estaría en condiciones de desvelar.

Sería estupendo, no sé, que la vida fuese un carnaval continuo, una incesante mascarada. Que saliese uno a la calle, un día cualquiera, vestido de mago Merlín, pongamos por caso, y que, al llegar al trabajo, le preguntaran los compañeros: “¿Y eso, Manolo?” Y que Manolo les contestase: “Es que hoy, para el almuerzo, voy a hacer gazpacho, y, como la elaboración del gazpacho tiene algo de brujería y algo de alquimia, pues ya veis…”. O que saliese uno a tomar unas copas con vestimenta de astronauta y le dijese a su novia: “Es que estoy leyendo a Isaac Asimov”. O que se encaminara uno al banco con ropa de vikingo, para de ese modo ganar autoridad ante el interventor quisquilloso. O que alguien decidiera echarse por encima un traje de bufón medieval porque le han entrado unas ganas repentinas e irreprimibles de contar chistes verdes. O que una muchacha, al verse guapa en el espejo, optase por ponerse un vestido de hada y se lanzara a los reinos musicales de la noche a la busca de un príncipe valeroso.

Pero, en fin, ya saben: en los grandes almacenes está a disposición de todos ustedes la moda otoñal. Prendas y complementos.

domingo, 26 de septiembre de 2010

NICOTINA Y TRASTORNO
























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Cada vez que leo en un periódico una noticia científica, acabo sabiendo menos de lo que sabía del asunto científico en cuestión, así supiese lo mínimo, o nada, que es lo frecuente. “7 de cada 10 fumadores son adictos a la nicotina o tienen desórdenes mentales”, leo hoy en un titular, y me quedo un poco mareado, porque la verdad es que no logro establecer una conexión directa entre el hecho de fumar y el hecho de padecer desórdenes mentales, excepción hecha, por supuesto, del desorden mental que de forma intrínseca supone el hecho de pasarse una buena parte del día echando humo por la boca, o por la nariz, y algunos hasta por las orejas, porque hay quienes dominan ese dificultoso malabarismo. Además, ¿qué ocurre con los 3 restantes de esos 10 fumadores? ¿No son adictos a la nicotina? ¿Gozan de excelente salud mental? Por otra parte, ¿puede uno tener la mala suerte de que le toque en la lotería estadística el ser adicto a la nicotina y el ser al mismo tiempo un desordenado mental?


Sigo leyendo: “Un informe de la Administración estadounidense determina que la dependencia de la nicotina predomina en alcohólicos y en afectados por desórdenes de personalidad”. Y mi mareo aumenta. Porque vamos a ver: si las tabacaleras se caracterizan por añadir al tabaco sustancias adictivas para que todo fumador se transforme en adicto a sus productos, ¿qué pintan los alcohólicos en esto? Y, por otra parte, ¿qué clase de desórdenes de personalidad específicos padece un fumador, al margen del desorden de personalidad que implica el hecho de estar enriqueciendo a quienes están envenenándolo?


Pero sigo leyendo: “Según los Institutos Nacionales de la Salud, casi una tercera parte de la población norteamericana está o estará afectada en algún momento de su vida por problemas psiquiátricos”. Y yo me pregunto: ¿se vuelven locos los norteamericanos por culpa del consumo de tabaco, se lanzan los locos al consumo de tabaco por el hecho de estar un poco majaras o bien una mezcla imprecisable de ambas opciones? Misterio.


Aún dispongo de un poco de ánimo para seguir leyendo: “Los adictos a la nicotina y las personas con problemas psiquiátricos consumen el 70% de todos los cigarrillos que se fuman en Estados Unidos”. Y sigo sin entender: ¿qué relación existe entre la adicción a la nicotina y los problemas psiquiátricos? ¿Por qué forman una categoría solidaria los clientes de los estancos que no son clientes de los psiquiatras y los clientes de los psiquiatras que a la vez son clientes de los estancos? Por la misma regla de tres, supongo que podríamos leer una noticia del tipo siguiente: “Los aficionados a las películas terror y los simios de los zoológicos consumen el 70% de los cacahuetes que produce China”.


Es lo que les decía al principio: las noticias científicas que leemos en los periódicos son de temer, porque acabas no ya más ignorante y confundido que antes de leerlas, sino también angustiado. Tan angustiado, que yo por lo menos voy a encender ahora mismo un cigarrillo, porque no sólo soy adicto a la nicotina, sino que además me temo que mi personalidad se trastorna bastante ante los enigmas irresolubles. Mala suerte.

jueves, 16 de septiembre de 2010

FRASES


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Oído hoy a un vendedor de cupones
: "¡Compradme algo, que estoy más tieso que la picha de un novio!".

Se lo comento a un amigo que me comenta a su vez algunas expresiones oídas por ahí:

-Sobre un deportista: "Tiene menos fondo que una lata de anchoas".

Y la mejor de todas: "Hace más calor que persiguiendo camellos".

(Otra que oí en una calle de Cádiz: "El pobrecillo tiene menos dientes que un pato de goma".)


domingo, 12 de septiembre de 2010

SEPTIEMBRE











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No me gustaría poner en duda la identidad de nada, pero mucho me temo que, en esta tierra, las cuatro estaciones meteorológicas se reducen en realidad a dos: el invierno y el verano. El otoño y la primavera son aquí unos meros fantasmas terminológicos, épocas del año que padecen una indefinición intrínseca: en otoño no sabes si vas a helarte o si vas a poder darte un chapuzón en la playa, y en primavera jamás sabes si la boda o la barbacoa se te va a malograr por culpa de un diluvio. Ahora bien, con el invierno y el verano juegas sobre seguro, porque son estaciones de carácter fuerte, poco dadas a veleidades. Es muy difícil que en diciembre tengas que ponerte bronceador, y muchas cosas extrañas tendrían que ocurrir para que tuvieras que echarte una manta por encima en pleno mes de julio (que un mago vengativo te convirtiese, no sé, en un pollo ultracongelado, por ejemplo).


Cada una de estas dos grandes estaciones nos trae una dosis de amnesia. En invierno, nos olvidamos por completo del gazpacho con guarnición, del ventilador de cinco velocidades, de las chanclas de diseño anatómico y del tinto carbonatado con casera, que son conceptos imprescindibles en verano. En verano, nos olvidamos por completo del caldo de gallina, del edredón de pluma de pato noruego, de los calcetines de tres centímetros de espesor y del frenadol complex, que son factores ineludibles en invierno. Te echan por encima un jersey de lana el 15 de agosto a las tres de la tarde, pongamos por caso, y lo menos que te provoca es una urticaria. Te traen los reyes magos el 6 de enero un flotador en forma de cisne y un escalofrío te recorre la espalda, porque te parece mentira que alguna vez te hayas sumergido en el ancho mar o en una simple piscina pública. Vive uno así, acordándose y olvidándose de cosas según los dictados del termómetro, y eso enrarece bastante la vida.


En invierno eres un rostro pálido y en verano pareces un indio cheroke, lo que a la fuerza provoca problemas de identidad, porque te miras en el espejo en pleno invierno y echas de menos a aquella especie de mulato postizo en que lograste convertirte durante tu veraneo, y ves allí una cara del color de la cera litúrgica, y, mientras te afeitas, llegas a pensar que eres el primo del conde Drácula en vez de aquel alegre caribeño de impostura que salía cada noche de agosto con una camisa de colores vivos a castigar las barras de los bares con una pose vacilona de latin lover, tarareando baladas que hablaban de amores bravíos o marcando con el pie los compases del son o del merengue.


Las intrépidas amas de casa que se han pasado dos meses yendo al supermercado en biquini y con un pareo de tul ilusión amarrado a la cintura, como si fuesen bailarinas polinesias, sienten de pronto un extraño pudor que les obliga a bajarse un poco la falda cuando se sientan en la cafetería, y tal vez no duden en escandalizarse cuando vean a una adolescente trotar por las calles otoñales con una minifalda.


Ha llegado septiembre, en fin, y ya tenemos que empezar a olvidarnos de bastantes cosas y a recordar muchos olvidos, porque todo no cabe en la memoria, esa forma fantasmagórica del tiempo.


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