En Los diablos azules, el suplemento literario de INFOLIBRE, el texto y el audio de un poema del libro que me traigo entre manos:
http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2017/04/28/la_situacion_felipe_benitez_reyes_64399_1821.html?utm_source=facebook.com&utm_medium=smmshare&utm_campaign=noticias
domingo, 30 de abril de 2017
EL ANTISISTEMA
(Publicado ayer en prensa)
En su novela El hombre que fue Jueves, Chesterton concibió la fantasía de que el
cabecilla de los anarquistas londinenses resultase ser el jefe de la policía de
Londres. ¿Un ocioso disparate? Bueno, sí y no. Según una fuente que no puedo
desvelar, me consta que nuestros políticos son en realidad anarquistas
disfrazados de gobernantes, cada cual desempeñando su papel desde una trinchera
ficticia. Al parecer, se reúnen mensualmente en una cripta secreta que queda
por la parte de Móstoles y allí, con arreglo a decisiones asamblearias, trazan
estrategias de actuación y se reparten los papeles. “Camarada, te ha tocado
exigir la supresión de las diputaciones”, anuncia el portavoz de la asamblea.
“¿Por qué yo, con lo que me gusta una diputación provincial?”, protesta el
afectado. “Pues porque esto va así. De sacrificio”. En efecto, de sacrificios
va el asunto: “Camarada, tienes que dejarte melena y recogerte el pelo en una
cola de caballo”, le indican a uno. “Uf, no sé. Es que yo con melena voy a
parecer el Santísimo Cristo de la
Expiración”, y el portavoz le replica: “No te quejes. Acuérdate
del camarada al que le tocó representar la pantomima de ser nada menos que ministro
de Educación y lo obligamos a que se rapase la cabeza, como si fuese un skin head, y ni una queja salió de sus
labios”. O bien: “Pseudopresidenta andaluza, tienes que teñirte de rubio y
fingir que eres devota de la
Esperanza de Triana”. (Etcétera.)
Según
mi informador, nuestros políticos estelares persiguen no sólo el descrédito
global del Estado, sino también el descrédito particular de ellos mismos, para
así allanar el terreno a la utopía antiestatista. Porque se trata de eso: de
dinamitar la cosa desde dentro. Bum. Como Angiolillo. De ahí la proliferación
de políticos corruptos, que en realidad no son tales, sino mártires voluntarios
que, por el bien de la causa, se someten al oprobio público y a la cárcel
ignominiosa, tras simular delitos que escandalizan al populacho, que de ese
modo se escora al escepticismo y al cuñadismo, sustrato idóneo para el fermento
del credo anarquista, o al menos del mal humor colectivo, que tampoco está mal
como punto de partida para cualquier giro revolucionario.
Soy
consciente de que esta revelación resulta estremecedora, pero tiene la virtud
de hacer comprensible el momento político que padecemos, aparte de promover una
reanimación de la esperanza común: se acerca el día en que nuestros políticos
impostores, cuando consideren que es el momento histórico adecuado, se quitarán
la máscara para proclamar la instauración de un Estado anarquista, valga la
contradicción en los términos. Y los mártires saldrán de sus prisiones, con la
reprobación convertida en vítores. Y disfrutaremos de la armonía social. Y las
primeras en caer serán por supuesto las diputaciones.
.
domingo, 23 de abril de 2017
El próximo martes estaré en San Sebastián para esto: https://www.donostiakultura.eus/index.php?option=com_flexicontent&view=items&cid=33&id=57471&Itemid=310&lang=es
miércoles, 12 de abril de 2017
martes, 4 de abril de 2017
lunes, 3 de abril de 2017
LAS CONFUSIONES
(Publicado el sábado en la prensa)
La simplificación de la realidad
suele derivar en un enmarañamiento de la realidad. Por ejemplo: unos ciudadanos
deciden sacar a la calle un autobús en el que exhiben esta argumentación: “Los
niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen”. Las dos primeras
frases resultan –al menos de entrada- tan obvias como inobjetables; la tercera,
en cambio, la imperativa, es la que revela la carga ideológica. La carga
ideológica y también una dosis de misterio: ¿a quién van a engañar no ya los
niños con pene y las niñas con vulva, sino incluso los niños que quisieran
tener vulva y las niñas que quisieran tener pene? La campaña en contra de la
transexualidad infantil no sólo parte de la simplificación de un problema
complejo y del afán de resolver un conflicto real mediante un ideal imaginario,
sino que también implica la aplicación de unos principios morales abstractos a
un conflicto biológico concreto, además de propiciar la conversión de un drama
personal en una afrenta colectiva. Muy pervertido hay que tener el
entendimiento, en fin, para suponer que los niños transexuales son unos
pervertidos.
Pero
las simplificaciones de los conflictos no suelen ser unilaterales, de modo que la
simpleza consistente en prohibir la circulación de ese autobús discordante ha
tenido un efecto adverso: darle una visibilidad que nunca hubiera tenido de
haberse permitido su tránsito y convertir además a sus promotores en estrellas
mediáticas. Regalar un altavoz, en suma, al antagonista. Golpes de pecho al
margen, no nos engañemos: ni la circulación del autobús hubiera incrementado el
acoso a los niños transexuales ni la prohibición de que circulara va a
disminuir los índices de ese acoso. En un sistema con solidez democrática, las ideologías
con afanes impositivos, cuando resultan inoperantes, dejan de ser amenazas para
descender al rango de pintoresquismos testimoniales, y nos las podemos
permitir.
Acaban
de condenar a prisión a una joven transexual por difundir en Twitter unos
chistes bobalicones sobre el asesinato de Carrero Blanco. El asunto resulta
extraño se mire por donde se mire: ¿qué motiva a una casi adolescente a hacer
bromas retrospectivas sobre ese almirante? Imagino, no sé, que a una persona de
su edad Carrero Blanco debe de resultarle una figura histórica tan remota como
la del rey godo Chindasvinto, lo que no quita que la ley que le han aplicado sea
la de hoy. Una ley que no contempla como atenuante las paverías propias de la
edad del pavo.
¿Censuramos
un autobús por su supuesta incitación al odio y condenamos a una joven patosa
por hacer chistes infantiloides sobre un atentado de hace más de cuatro décadas?
Algo chirría en ambos casos. Y es que, como no conciliemos las divergencias
consustanciales a una sociedad ideológicamente diversificada, me temo que nos
vamos a liar.
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domingo, 19 de marzo de 2017
LOS RETRATOS
(Publicado ayer en prensa)
Hablando en general, y consciente
de la injusticia que conlleva esa generalización, nuestros políticos suelen
regirse por códigos indescifrables para los integrantes de los demás gremios.
Aparte de requerir para su bienestar más asistencia que un tamagotchi (móvil,
wifi y tablet gratuitos; chófer, asesores, secretarios y secretarias, bonos de
taxi, dietas de manutención, viaje y alojamiento; sillones ergonómicos,
despachos con aire acondicionado…), nuestros políticos, al igual que los héroes
homéricos, parecen andar más preocupados por su fama póstuma que por su fama en
vida, imagino que porque la vida es pasajera y lo póstumo, en cambio, perdurable.
Una prueba de esto que digo la tenemos en su afán por ser retratados, sin duda
con el afán complementario de que las generaciones futuras no olviden que don
Pantaleón de la Sota
o don Pantuflo del Soto fueron ministros, secretarios generales o alcaldes de
su pueblo, ya que incluso a la política municipal se extiende el ansia de
inmortalidad imperecedera -valga el pleonasmo-, cabe suponer que por el mismo
efecto mimético y un tanto paródico por el que un sargento, cuando se pone cada
mañana el uniforme, se siente tan militar como Napoleón.
Podría
pensarse que una institución sin retratos de próceres es como el salón de una
casa sin fotos de la boda de sus ocupantes, pero también cabe la posibilidad
aterradora de que una institución con retratos de eminencias acabe siendo una
galería de fantasmas anónimos, por esa afición que tiene la memoria colectiva a
olvidarse colectivamente de sus más excelsos regidores.
Pero no seamos
pesimistas: cuando dentro de un par de siglos nuestros descendientes admiren
por ejemplo el retrato de don Arsenio Fernández de Mesa, director que fue de la Guardia Civil, con su pose
mixta de torero y de emperador, dirán: “Oh, fíjate, ese era nada menos que don
Arsenio, quien, tras su gestión heroica al frente de la Benemérita, fue fichado
por una compañía eléctrica para poder seguir arrojando luz sobre los
españoles”.
Y algo parecido podrán decir del exministro Wert, cuyo retrato
institucional aún tiene la pintura fresca: “Ahí, desde el túnel de los siglos
pretéritos, nos observa, en actitud relajada, pero alerta, presto al servicio
público, el inolvidable Wert, en un gallardo retrato cuyos 20.000 euros de
coste sufragaron a escote y con frenesí patriótico nuestros antepasados,
agradecidos por su firme salvaguarda de la educación, de la cultura y del
deporte”.
Todo
esto de los retratos reporta grandes beneficios históricos, qué duda cabe, a
nuestra sociedad, pero me permito una sugerencia: nos saldrían más baratas unas
estatuas y hacer con ellas lo que los antiguos romanos: decapitar la del
prohombre saliente y ajustarle la cabeza del entrante, con lo cual se aprovecha
el resto del cuerpo. Porque siempre se corre el riesgo de que, dentro de 100
años, todos estemos no sólo calvos, sino que descendamos también –quién sabe- a
mindundis.
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lunes, 6 de marzo de 2017
HEROÍSMO DE SALÓN
(Publicado el sábado en prensa)
Antes, si aspirabas a independizar
tu territorio o a anexionarte un territorio ajeno, el asunto dependía de tu
potencial bélico y de tu habilidad estratégica para gestionarlo, y mejor si te
llamabas Cayo Julio César que si te limitabas a ser el sargento Perico. En
nuestros días, las cosas han cambiado por fortuna bastante, al menos en algunas
zonas del planeta, incluida por supuesto Cataluña, donde la derecha
independentista, en vez de arrugarse el traje a medida con una canana, ha optado
por la sabiduría cívica de exorcizar cualquier posibilidad de confrontación cruenta
gracias a un discurso fraternal: “El infierno son los otros”. Y es que los
alardes de heroísmo retórico resultan muy confortables, y no digamos si la
retórica se complementa con la escenografía, ya sea desfilando hacia un juzgado
con expresión de mártir feliz, un poco a lo Juana de Arco, arropado por una
multitud compungida, según hemos tenido la suerte de ver al señor Mas; ya sea
chuleando a un tribunal con modales de antisistema de guante blanco, según
hemos visto al señor Homs. Es una de las ventajas que ofrece un Estado de
Derecho: la opción de saltarte a la garrocha tanto el concepto de “estado” como
el concepto de “derecho”, con la garantía jurídica de que no va a pasarte gran
cosa.
Según
un dicho norteamericano, basta con izar una bandera para que al momento haya
gente dispuesta a saludarla con ese fervor peculiar que promueven las banderas,
al ser símbolos que tienden a sustentarse en unas efusiones irracionales y
primarias. Hay banderas, en suma, no sólo para todos los gustos, sino también
para todos los sinsentidos, con el problema añadido de que las banderas, al
igual que los infortunios, nunca vienen solas. Banderas aparte, la realidad, al
ser poliédrica, admite de buen grado el hecho de que se convoque en una plaza
pública a 3.448 personas en contra del sacrificio de los pollos y que una hora
más tarde se convoque en el mismo sitio a otras 3.448 personas a favor del
pollo en pepitoria, de lo cual cabría deducir que cualquier contrato social
exige la armonización de intereses contrarios antes que la imposición de
intereses parciales. Barajar, en suma, opciones diversificadas de realidad.
Los avances en
las investigaciones neurológicas nos indican algo que los políticos parecen
saber desde hace siglos: que nuestra percepción de los fenómenos del mundo,
incluso los tenidos por más evidentes, no es ni mucho menos unánime y que, por
tanto, apenas hay posibilidad de convencer a alguien de que no ve lo que cree
ver ni de que dude de lo que cree creer, puesto que nuestros mecanismos
mentales tienden a la obcecación, al dogma y al fanatismo. Y eso sirve tanto
para una convicción religiosa como para una sugestión patriótica, al
sustentarse ambas en el territorio de lo sagrado; es decir, en un ámbito de
pensamiento en que la razón está supeditada al hechizo.
La
convocatoria de un referéndum independentista en Cataluña no tiene nada de
alarmante, a pesar de que sus promotores lo ganarán aunque lo pierdan, puesto
que su lógica se fundamenta menos en el presente que en el futuro. (“Esto es
sólo un primer paso”.) Lo alarmante es tal vez la propaganda con que se oferta:
esa futura Cataluña que sería “una Dinamarca mediterránea, con buenos trabajos,
salarios justos, desempleo bajo, una economía abierta y un Estado de bienestar
fuerte”, según la profecía de teletubbie que ha ofrecido Artur Mas, pasando por
alto el hecho de que siempre hay algo –como poco un 3%- que huele a podrido en
Dinamarca.
lunes, 27 de febrero de 2017
OFRECIMIENTO Y PETICIÓN
(Esto se publicó el sábado en la sección "Carta blanca" de EL PAÍS SEMANAL)
Estimado señor presidente,
admirado cofrade de investigaciones y veterano amigo mío con la estafeta
mediante -ya que por desgracia no en persona-, me dirijo de nuevo a usted en su
calidad de autoridad máxima de esa respetadísima y laudable academia, que tanto
ha hecho, hace y sin duda hará por mantener viva la elevada materia de estudio
en la que muchos hemos cifrado y sustentado el sentido esencial de nuestra
vida.
Como
usted sabe -y a esto iba servidor de usted-, el hecho de haber dedicado más de
cuatro décadas de mi andar por el mundo al estudio minucioso de diversos
aspectos de la obra inmortal de Cervantes creo que me confiere la suficiente
autoridad como para dar por concluyentes dos cuestiones, a saber:
1) que las historias que
de don Quijote y su escudero Sancho nos narra Alonso Fernández de Avellaneda no
son falsas, sino que se corresponden con hechos reales que fue anotando al paso
el codicioso Cide Hamete Benengeli, a quien Avellaneda compró un surtido de
informes sobres los lances del hidalgo perturbado, para desesperación de nuestro
Cervantes, que con dicho historiador tenía concertada la compraventa, en
régimen de exclusividad, del relato de las aventuras cotidianas del manchego
y 2) que no conocemos la
verdadera identidad de Alonso Fernández de Avellaneda por una razón muy
sencilla: porque su identidad verdadera
no fue otra que la de Alonso Fernández de Avellaneda, y el equívoco viene por
haber creído a pies juntillas los estudiosos el lugar de natalicio que el
propio Avellaneda se otorga: la villa de Tordesillas, cuando en realidad nació
a muchos kilómetros de allí: en Peñaranda de Bracamonte, según puede
comprobarse en los libros bautismales que se conservan en la iglesia de san
Miguel Arcángel de aquella localidad. En cuanto a la suposición de nuestro
colega Martín de Riquer de que el autor del Quijote
de Avellaneda fue en realidad Gerónimo de Passamonte, sólo cabe replicar que el
pobre Passamonte acabó sus días más loco que el propio don Quijote de la Mancha, hasta el punto de
que ni siquiera el arrojado Cide Hamete se atrevió a historiarle la vida, tarea
con la que tuvo que apechar finalmente el propio interesado.
Estas
cuestiones -así como otras no menos relevantes que reveladoras- las expondré
con detalle –Deo volente- en el
próximo congreso de cervantistas que tendrá lugar en Alcalá de Henares durante
los días 14 y 15 del próximo mes de marzo, donde estoy seguro de poder
estrecharle la mano en persona por primera vez, después de tantos años de
intercambios epistolares tan fructíferos para mí, aunque entiendo que no
siempre disponga usted de tiempo para discutir mis averiguaciones ni para
confirmar mis conjeturas.
Al hilo de estas informaciones que le brindo para su
libre uso, me permito reiterarle humildemente mi aspiración a ingresar en esa
noble academia en fecha no muy lejana, “antes que el tiempo muera en nuestros
brazos”, como dijo el otro. Tanto en los brazos suyos, en fin, como en los
míos.
Su seguro amigo y fervoroso discípulo.
domingo, 19 de febrero de 2017
HABLA Y TEOLOGÍA
(Publicado ayer en prensa)
En Salamanca se ha formado un
enredo entre teológico y lingüístico que no sabe uno si resulta más pintoresco
por lo que afecta a la teología o por lo que atañe a la lingüística, esas dos
ciencias que aspiran a ser exactas, aunque en cada caso con fortuna variable.
La
cosa es que ha circulado en algunos medios una carta atribuida al obispo de
allí en la que, entre otras amonestaciones y consejos, se recrimina a los 17 hermanos
mayores de las cofradías salmantinas el acento andaluz que, al parecer, los
capataces charros emplean para jalear a su cuadrilla de costaleros, con el
inconveniente de que, al no ofrecer ejemplos concretos de esa fonética contra
natura, tiende uno a imaginarse esa deformación mimética del habla como algo de
veras luciferino, pues es probable –y se trata de una mera conjetura- que el
acento andaluz se transforme en boca de un salmantino en algo que no es andaluz
ni es salmantino, que es lo peor que puede pasarle a un acento: no ser de
ninguna parte.
"Como no es el nuestro, y por consiguiente, no estamos
acostumbrados a ello, lógicamente suena incluso mal", según dicha carta. Y
es que, en el intento de imitar el acento andaluz, cabe la posibilidad de que a
un salmantino le salga algo parecido a una de esas lenguas arcaicas en que
acostumbran expresarse los poseídos por el demonio, al menos si hemos de dar
crédito a determinadas películas, y de ahí la pertinencia de la presunta mediación
obispal, ya que se supone que una de las tareas de un obispo consiste en
mantener lo más a raya posible al Maligno y en poner coto a sus manifestaciones
cotidianas.
Claro que
hablar de “acento andaluz” como concepto genérico viene a ser como hablar del
pesimismo valenciano, de la caligrafía gallega o de los andares extremeños, pues
acentos andaluces hay muchos, y es más que probable –aunque es asunto que
confieso no haber estudiado en profundidad- que incluso entre los capataces
andaluces de pasos de Semana Santa haya variedad de modalidades de habla, igual
que la hay en el gremio sevillano de carniceros o entre los vecinos sevillanos de
un mismo bloque, por esa manía que tiene el habla regional de admitir variantes
en función del nivel sociocultural y no sólo por la determinación geográfica.
Sea como sea, mi recomendación es que se someta a los capataces intoxicados por
el acento andaluz a unas sesiones con un logopeda, salvo que el problema pueda
solucionarse por mano de santo, milagro mediante, que sería desde luego lo idóneo
y más expeditivo.
Pero
ahora viene lo mejor: una vez aireado el conflicto teológico-lingüístico,
resulta que la carta no la escribió el obispo, sino el presidente de la Junta de Semana Santa de
Salamanca, que ha reconocido que el obispo no tiene ni arte ni parte en dicha
carta. No puede decirse que el asunto alcance la dimensión de los evangelios
apócrifos ni los niveles escalofriantes de las intrigas eclesiásticas que dan
celebridad al novelista Dan Brown, pero tampoco está mal, tanto si la anécdota
se cuenta con acento andaluz o salmantino, o mejor aún: con una mezcla
multicultural de ambos.
En cualquier caso, “Ar sielo con ella”, y que sea lo que Dios
disponga.
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martes, 14 de febrero de 2017
sábado, 11 de febrero de 2017
LA REALIDAD
(Publicado en prensa.)
Las realidades privadas pueden
resultar aburridas o en el mejor de los casos meramente rutinarias, pero creo
que estaremos de acuerdo en que la realidad común no defrauda jamás: siempre
tiene algo de circo de mil pistas. Hay periodos mejores y peores, como en todo:
ciclos de apoteosis y rachas de calma chicha, pero el caos del presente nunca
decepciona como espectáculo de masas, en especial cuando los actores del
espectáculo político deciden renunciar a los parámetros básicos de la lógica,
de la decencia o del sentido común, e incluso a todo eso junto.
No
sé, ahí tenemos a Donald Trump, la estrella universal del momento, presidente tuitero convertido en una especie de versión 2.0 de
Calígula, aunque el norteamericano no haya tenido la tentación de nombrar cónsul
a su caballo –como la tuvo, según Suetonio, aquel emperador majareta de Roma-,
al menos de momento, a pesar de haberse apresurado a elegir como asesor a algún
que otro mulo. Antes de su triunfo electoral, algunos de nuestros tertulianos
televisivos daban por imposible el ascenso de Trump a la presidencia. Una vez
consumado ese ascenso, adoptaron un tono condescendiente: “No sean alarmistas.
No pasará nada”. (Visto lo visto, no sé por qué fase profética andarán.)
Ahí
tenemos –cómo iba a faltar en este guiso- al PP en pleno poniendo cara de
póquer ante el empeño de la Fiscalía
Anticorrupción de reabrir el caso de la caja B del partido,
que es menos una caja B que una caja de los truenos, y los truenos –mala suerte-
no hay quien los silencie, como bien saben también en el PSOE, enrocado en su tradicional
nostalgia de un césar redentor y empeñado a la vez en defenestrar de nuevo al
retrocandidato Sánchez, que da la impresión de ser el militante del partido que
más desarrollado tiene el síndrome cesarista, aunque aplicado a sí mismo.
Ahí
tenemos a la cúpula bicéfala de Podemos, cuyo producto estelar consiste en la
promesa del remedio instantáneo de los males endémicos del país, en la oferta
redentora de redimir al país de sí mismo, aunque el arreglo de sus conflictos
internos no parece que vaya a resultar tan instantáneo, a pesar de ser quizá
tan prematuros, en especial en una formación que alardea de ser una fábrica de
amor y, en consecuencia, de ser sexy, ese concepto político que se había
cubierto de polvo en nuestro subconsciente colectivo desde los tiempos en que
Felipe González exhibía en los carteles electorales sus labios de latin lover. Si alguien es capaz de
extraer enseñanzas políticas de esa ficción abstractamente medievalizante que
es Juego de tronos, lo normal, en
fin, es que el talante republicano se transforme en una guerra entre los siete
reinos, en una disputa por el trono, con la agravante de aplicar a la política las oscilaciones
temperamentales propias de la edad de pavo.
Ahí
tenemos también a los dirigentes de la antigua CIU quejándose de que las
detenciones de algunos de sus cabecillas por el asunto del 3% (al parecer con
aumentos ocasionales al 7%) no es una actuación judicial, sino un ataque
tangencial a Cataluña, consumado –¿casualmente, sospechosamente?- el mismo día
en que el TSJ decidió investigar al presidente (PP) de la Comunidad Murciana
por otro presunto caso de corrupción, lo que, en una secuencia lógica que
respete el tradicional patrón del victimismo nacionalista, pudiera
interpretarse como un ataque suplementario a Cataluña, aunque llevado a cabo desde
la tierra que la proveyó de charnegos.
No
sé. Lo que les decía: la realidad común nunca decepciona, posiblemente porque
constituye por sí misma una decepción continua, y el decepcionado tiene mucho
terreno ganado en el campo de las decepciones: casi nada le pilla por sorpresa.
Y en esas estamos.
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lunes, 23 de enero de 2017
LA LUZ
(Publicado el sábado en prensa)
A medida que bajan las
temperaturas sube el precio de la luz, y lo peor no es la subida en sí, que al
fin y al cabo supone una falsa paradoja con respecto a las leyes de la oferta y
la demanda, sino el proceso de índole subfilosófica que genera dicha subida,
porque el caso es que en estos días no hablamos de otra cosa, al menos los
afectados, ya que los dueños de la luz se mantienen prudentemente herméticos
sobre el particular: demasiado tienen con vender luz como para además tener que
ir por el mundo dando explicaciones a los consumidores de su producto. Un
producto que, bien mirado, tiene mucho de misterioso: pagamos por él sin saber
qué estamos pagando en realidad, puesto que la luz, a despecho de su capacidad
para hacer visible lo tenebroso, es un ente invisible, y ahí nos hacemos un pequeño
lío, acostumbrados como estamos a pagar por productos materiales y mensurables
al tacto. Compramos la luz, en fin, como quien compraría por metros la sábana
de un fantasma: sin saber muy bien qué compramos, qué nos venden ni cuánto
vamos a pagar por lo que nos venden.
El
hecho de que la luz viaje desde una central eléctrica remota hasta nuestra casa
tiene mucho de acto mágico. Le das al interruptor y se hace la luz. Vuelves a
darle y el mundo doméstico se invade de oscuridad. Diga lo que diga la OCU, hay que reconocer que ese
truco de ilusionismo no está pagado con nada. Las compañías eléctricas nos
convierten en magos a cambio de unas tarifas que incluyen –aparte del mítico
déficit tarifario- tanto la luz que consumimos como la que no consumimos: si gastas
cero kilowatios, te sale por un dineral; si gastas algún que otro kilowatio,
agárrate. Porque esa es otra: el concepto de kilowatio… Uno sabe en qué
consiste un kilogramo de ternera o de azúcar, pero el hecho de que se aplique la
medida de “kilo” al pobre watio –que se supone que es de condición ingrávida- no
deja de ser otro de los muchos enigmas que rodean a la luz artificial. Alcanza
uno a comprender, gracias sobre todo a Newton, que una lámpara pueda pesar 10 kilogramos, pero
cuesta más esfuerzo intelectual el asumir que la lámpara de 10 kilogramos consuma
3 kilowatios, porque lo normal sería que, entre los kilogramos y los
kilowatios, se desplomase.
En
España, la luz natural nos sale gratis, a menos que nos empeñemos en
disfrutarla en un yate, pero la luz artificial nos sale por un pico. Es lo que
tiene nuestro mundo: que no hay quien lo entienda. De todas formas, si
analizamos el asunto con frialdad –cosa fácil en este enero siberiano-, las
compañías eléctricas, con su oportuna subida de precios, están fomentado el
cosmopolitismo entre la gente que no dispone de dinero para ser cosmopolita:
para no hacer gasto, nos sentimos rusos, nos sentimos Amundsen, nos sentimos
esquimales. Y eso, en fin, no tiene precio.
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lunes, 9 de enero de 2017
OTRO MÁS
(Publicado el sábado en prensa)
Entramos agotados en el año
nuevo. Incluso se malicia uno que la sucesión de celebraciones navideñas, con
sus excesos y trasnoches, tiene ese objetivo: dejarte exhausto para que no
pienses demasiado en lo rápido que va esto, en lo fugaces que somos por
naturaleza, en la prisa que se da el mundo en pasar a través de nosotros, con
esa irrealidad cambiante de los caleidoscopios y de los espejismos. Llega uno
tan cansado al año nuevo, en fin, que el mes de enero se convierte no sólo en
la tradicional cuesta económica, sino también, y sobre todo, en una agotadora
cuesta metafísica.
Nos
dicen, nos decimos: “Hay que vivir el instante”. Los poetas de la antigüedad ya
andaban a vueltas con esa copla, con su dedo entre admonitorio y cómplice. Una
premisa que se fundamenta en el prestigio de lo inmediato, en el beneficio de
lo presente. Y, sí, qué duda cabe, uno está de acuerdo en vivir con el mayor
disfrute posible el instante y cuanto haga falta vivir, pero vivir el instante
implica vivir en la confusión, porque el tiempo no es tiempo hasta que pasa.
Nuestra percepción del tiempo es retrospectiva. Construimos el tiempo.
Inventamos el pasado y el futuro desde el presente, porque eso es casi lo único
para lo que sirve el presente, que al fin y al cabo no pasa de ser un ámbito de
transición. Historiamos nuestro pasado y dibujamos en el agua, en suma, nuestro
futuro.
Estrenamos
agenda y tenemos la impresión de que inauguramos un tramo de vida, a pesar de
saber de sobra que la vida de casi todo el mundo tiende a ser una espiral que
gira sobre sí, a menos que te nombren ministro o que te dé el repente de
aficionarte a la pesca submarina. Lo curioso es que en las primeras páginas de
tu agenda flamante, salvo que seas un prohombre de la patria o un viajante de
comercio, no tienes casi nada que anotar, como si se tratase del prólogo
fantasmagórico del año que inauguras. Un tiempo inerte. Un tiempo en blanco. Y
te dices: “Vaya vida que llevo, que ni siquiera da para garabatear una agenda”.
Pero, luego, misteriosamente, el curso del vivir va imponiéndote obligaciones y
citas, efemérides privadas, asuntos urgentes y viajes, y la existencia parece
fluir por sí sola, como una fuerza que te impulsa, a veces a tu pesar.
Estamos a 7 de
enero y el año 2016 nos parece ya una leyenda remota, una nebulosa lejana que
en su momento tuvo la rotundidad de una realidad vehemente y perdurable,
incontrolable e incorregible, cuando todo –como decíamos- es fugacísimo por
definición, y eso sirve tanto para la adversidad como para la bonanza. Ahora
alimentamos la fantasía de un nuevo ciclo, marcado por el artificio del
calendario. Y la vida seguirá por donde tenga a bien seguir. Y nosotros por
supuesto tras ella, esperando sus regalos imprevistos y temiendo sus golpes imprevisibles.
Feliz año.
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