miércoles, 29 de junio de 2011

RELOJES


Hoy hablaremos, si les parece bien, de los relojes, esas maquinitas que fingen controlar el tiempo -con lo que es el tiempo- mediante el procedimiento rudimentario de hacer girar unas manillas a intervalos regulares.

El mecanismo de un reloj parte de un principio tan artificioso como optimista: medir el tiempo, cuando todos sabemos que hay horas que duran siglos y minutos que parecen durar horas, y viceversa. Las horas de hospital, por ejemplo, son largas como una vida, como largas son las horas del preso o las del expectante en general. Las horas dichosas, en cambio, son siempre un visto y no visto, y en la memoria aparecen como un relámpago.

Una medida convencional y mecánica del tiempo no acaba correspondiéndose, en fin, con la duración real del tiempo, entre otras cosas porque el tiempo es una abstracción que sucede dentro de nuestra cabeza imprevisible, no en el reloj que llevamos en la muñeca. Como decía un anciano sabio y asediado por los achaques: “Los años se pasan volando y los días parece que no se acaban nunca”.

Hay relojes de muchos tipos, y el progreso va volviéndolos más complejos y más multifuncionales, hasta el punto de que necesitan un manual de instrucciones, lo que no deja de ser una circunstancia insólita para un reloj. Recuerda uno que, de niño, cuando salieron al mercado los relojes digitales, todos nos sentíamos astronautas, exploradores del espacio suprasideral, y nos maravillaba esa pantalla líquida en que se estampaban unos números parpadeantes. A partir de ese momento, comprendimos que la tecnología terrícola estaba ya en condiciones idóneas para afrontar con éxito un ataque marciano.

Los relojes que atrasan son relojes meditabundos que piensan demasiado en el tiempo, y por eso se quedan rezagados, como aquellos alumnos torpones que siempre llegaban los últimos en las carreras que se organizaban en el patio del colegio para hacernos saborear la gloria de los atletas olímpicos y evitar que nos convirtiésemos en intelectuales enfermizos y proclives a padecer la melancolía que otorga el saber. Los relojes que adelantan, en cambio, son como los listillos de la clase, ansiosos por llegar cuanto antes al futuro, como si el futuro fuese algo que mereciese la pena.

Los relojes de arena los describió muy bien Ramón Gómez de la Serna: son como copas de desierto. Los relojes de sol, por su parte, se mueren todas las noches, y son moribundos en los días nublados, lo que limita bastante su utilidad.

Un reloj parado tiene algo de cataclismo, porque da la impresión de que se nos ha averiado el tiempo y estamos inmersos en una intemporalidad muy similar a la nada misma.

Los relojes modernos no necesitan que se les dé cuerda, y es una lástima, porque antes, cuando dábamos cuerda a un reloj, nos sentíamos dueños del tiempo, señores de su fluir, operarios de una industria metafísica dedicada a la manufacturación de lo perecedero. Con su eterno tictac.

jueves, 23 de junio de 2011

ARTEFACTOS: MANILLAS


En una casa hay objetos visibles que resultan invisibles, en el caso de que todos los objetos domésticos no acaben siendo invisibles para sus ocupantes, pues la mirada se acostumbra muy pronto a no ver lo que ve con demasiada frecuencia, y es posible que incluso los inquilinos del infierno dejen de prestar atención a las llamas que los devoran cuando llevan ya media eternidad –más o menos- siendo devorados por tales llamas a causa de sus muchos pecados de pensamiento, de obra o de omisión.

Entre los utensilios domésticos que con más rapidez alcanzan la invisibilidad se cuentan sin duda las manillas de las puertas, por muy ostentosas y de traza rococó que tales manillas sean, de lo que se desprende que un gasto excesivo en manillas no deja de implicar un despilfarro, a menos que pretendamos auspiciar la admiración de las visitas.

Ahora bien, a pesar de acabar siendo invisibles, las manillas son uno de los elementos que más veces tocamos a lo largo de una jornada, circunstancia que les concede un papel relevante entre los artefactos caseros.

Por regla general, acertamos a girar la manilla sin necesidad de mirarla, ya que nuestra mano conserva una memoria espacial muy precisa con respecto a ellas. Aun así, hay ocasiones en que nuestra mano gira en el vacío, sobre todo cuando estamos recién levantados y aún tenemos el alma un poco perdida por los laberintos de la soñera, ya que una persona recién salida de la cama siempre tiene algo de ente resucitado. Nuestra mano afantasmada intenta palpar una manilla fantasmal, pero no da con la manilla, y entonces se crea en nuestra conciencia una descoordinación que nos aterra un poco, pues nuestro subconsciente da por hecho que la manilla en cuestión ha desaparecido mediante artes mágicas, que es cosa del gusto de muy poca gente, por ese resorte racional que guía nuestras acciones, sobre todos las más insignificantes y mecánicas. En vez de la manilla, según iba diciendo, la mano toca la nada, y la mano se estremece. Es en ese preciso instante cuando la manilla invisible se vuelve visible, ya que nuestros ojos la buscan con desesperación y con urgencia para cerciorarse de que la manilla no se ha volatizado. Y allí está la manilla, como es lógico, y nuestra mano corrige su error, y la puerta se abre.

Hemos abierto puertas con miedo, con ilusión, con recato, con timidez, con pánico, con cansancio, con incertidumbre, con expectación, con sigilo, con brusquedad, con la respiración contenida… Hay maneras casi infinitas de abrir una puerta, a pesar de que una puerta sólo puede abrirse de una manera.

En las tiendas especializadas, el muestrario de manillas tiene algo de composición surreal: una aglomeración de utensilios que no abren nada, o que a lo sumo podrían abrir la puerta que da al reino inconsecuente de la pesadilla.

…Pero les ruego que me disculpen por hoy: acaban de llamar a la puerta, lo que significa que tengo que girar –sin verla- la manilla del portón. Hasta la próxima.


.

sábado, 18 de junio de 2011

EL COSTE DE UNAS CARAS


Hay quienes se preguntan para qué sirven las diputaciones provinciales. Pues, por ejemplo, para fomentar las investigaciones parapsicológicas, que es una de las tareas más nobles y urgentes a las que puede dedicarse una institución pública en tiempos de desventura social y económica. Al fin y al cabo, si no resulta posible arreglar la realidad, siempre queda el consuelo de recurrir al arreglo de las irrealidades.

Como algunos recordarán, en 1971 apareció en el suelo de una casa de Bélmez una mancha en forma de cara, fenómeno desde luego espeluznante, porque lo normal es que la cara esté en la cabeza de una persona o, como mucho, reflejada en un espejo, que es el tope de magia que le permitimos a una cara. Pero el hecho de que una cara se manifieste en el suelo de la cocina de una vivienda es algo que empieza a desbordar las funciones propias de una cara, y hay quien opina que las caras de Bélmez -porque luego vinieron más caras prodigiosas- son la manifestación de algún caradura, lo que no quita que los amigos de los sobrenaturalismos anden mareando, desde hace décadas, conjeturas escalofriantes sobre el portento.

La Diputación Provincial acaba de sacar a licitación la obra de lo que será el Centro de Interpretación de las Casas de Bélmez. El Fondo Europeo de Desarrollo Rural cofinancia el proyecto, que asciende a poco más de 650.000 euros, aunque el inicial se cuantificaba en más de un millón, porque se ve que incluso las cosas fantasmagóricas acaban saliendo por un dineral. Una vez construido dicho centro, cabe esperar oleadas de turistas, porque hay quien prefiere unas vacaciones de yuyu y psicoplastias a unas vacaciones canónicas de sombrilla y bronceador.

Está bien que las diputaciones, los ayuntamientos y los organismos europeos potencien este tipo de empresas culturales, porque, al fin y al cabo, todos tenemos en el subconsciente residuos de nuestros miedos infantiles: Drácula, el Hombre Lobo, los muertos andantes y las casas encantadas, de modo que unas caras borrosas tampoco van a traumatizarnos más de la cuenta a estas alturas. Habría que crear, no sé, la figura del diputado provincial responsable de fenómenos inexplicables, la del concejal de asuntos parapsicológicos y la del comisario europeo para supersticiones y fantasmagorías, porque es verdad que a veces nos desentendemos con demasiada ligereza de los mundos paralelos, y estaremos de acuerdo en que una de las funciones de la política consiste en no desatender ningún asunto de la realidad colectiva, a pesar de la tendencia general de la política a convertirse en un asunto casi ufológico.

Ojalá me equivoque, según tengo por costumbre, pero me temo que, con esto de Bélmez, alguien está partiéndose de risa en estos momentos, aunque no sé si en este mundo o desde algún mirador de ultratumba. Qué susto.

.

lunes, 13 de junio de 2011

LÁGRIMAS


En una lágrima puede caber una existencia: la suma de su dolor, la totalidad de sus alegrías sobresaltadas, sus madrugadas de insomnio, las quimeras incumplidas, las quimeras cumplidas y liquidadas ya por desengaño, pues suele ser nuestro ánimo novelero, partidario de lo novedoso, por esa cosa que tenemos de agarrarnos a la cola de cualquier cometa que pase por allí, por donde sea. En una lágrima puede caber, en fin, nuestra historia, minuto a minuto: mientras resbala, una lágrima está escribiendo un memorial de agravios y un anónimo vengativo, un melodrama con centenares de personajes y una súplica. Y así.

Hay lágrimas falsas, lágrimas fáciles, lágrimas de impostura, puramente estratégicas: el que llora en falso sabe que puede jugar con el respeto ajeno por las lágrimas verdaderas, por las lágrimas que traen toda la toxicidad del dolor, de la rabia, del no poder. No hay nada más falso que una lágrima falsa. No hay nada más conmovedor que una lágrima silenciosa. No hay llanto más hondo que el solitario.

“Salid, sin duelo, lágrimas corriendo”, pedía el pastor Salicio en la égloga de Garcilaso, él sabría por qué.

Se da el curioso nombre de lágrimas de cocodrilo a las que son síntoma de un dolor fingido y vano, al mismo tiempo que reciben el nombre de lágrimas de sangre aquellas que brotan de una honda aflicción. A la gota de vidrio fundido que, en contacto con el agua fría, se templa como el acero se la conoce por el nombre de lágrima de Batavia o bien de lágrima de Holanda, a elegir. Existe una planta de la familia de las gramíneas, originaria de la India, a la que se conoce como lágrima de David o de Job, aunque no estaría de más calibrar cuál de esos dos personajes bíblicos lloró con mayor abundancia y sentimiento, pues sería sin duda él el merecedor en exclusiva de la denominación. Por existir, existe una planta del mismo género que el ajo y la cebolla, con flores de umbela, colgantes, blancas y acampanadas, que recibe el nombre de lágrimas de la Virgen. Dentro del ámbito de las referencias piadosas, también se habla familiarmente de lágrimas de Moisés, de lágrimas de san Lorenzo o de lágrimas de san Pedro, como expresión coloquial para describir un llanto de envergadura, que también admite la expresión “a lágrima viva”, aunque curiosamente no existe el modismo “a lágrima muerta”, que podría reservarse para las llantinas propias de los velatorios, por ejemplo. Esos llantos fúnebres los romanos los conservaban en vasos lacrimatorios: lágrimas negras, como si dijésemos.

El sabor salado de las lágrimas podría hacernos pensar en un origen marítimo del llanto, aunque la prosa es otra: se debe a un pequeño porcentaje de cloruro sódico que hay en su composición. Aparte de eso, una lágrima tiene un pH aproximado de 7,4; es decir, ligeramente alcalino, aunque cabe suponer que a la persona que llora le importa bastante poco tanto lo del cloruro sódico como lo del pH, que son factores secundarios, se mire como se mire -y aun en detrimento de la ciencia-, en mitad de una llantina, porque demasiada tarea tiene el llorar como para andar uno pensando en otras cosas.

sábado, 4 de junio de 2011

ILUSIONISMOS PIADOSOS

.

En buena medida, la felicidad depende -o eso dicen los que saben- de la realización de nuestras ilusiones, pero es posible que también dependa en buena parte de la constatación de nuestros temores. Una persona a la que le toca la lotería está casi obligada a mostrarse feliz, porque muy mal talante hay que tener para que te señale con su dedo caprichoso la fortuna y te pongas de malhumor, pero me temo que también experimenta una variante melancólica de la felicidad la persona a la que no le toca jamás la lotería, porque esa desatención por parte de la suerte le confirma una vieja sospecha: que aquello no toca nunca, y esa certeza le sirve de consuelo, y creo que estarán de acuerdo conmigo en que todo consuelo constituye una forma modesta de felicidad, porque si bien es verdad que el consuelo no ahuyenta la desventura, al menos la palia.

Hay quienes dedican la vida a alimentar quimeras improbables, supersticiones descabelladas, convicciones conspiranoicas y suposiciones irracionales. Algunos de ellos tienen la suerte o la desgracia de acabar medicados, pero otros se pasan la vida en estado natural, por así decirlo, y creo que, en una sociedad que aspira al igualitarismo, estos seres de intimidad complicada merecerían una atención específica por parte de las administraciones públicas. ¿Qué trabajo le cuesta a un ayuntamiento echar a volar de vez en cuando un platillo volante para satisfacer la fantasía de aquellos vecinos que no pueden vivir en este mundo sin la sospecha de la existencia de otros mundos? ¿Qué trabajo le cuesta al portavoz de un gobierno autonómico anunciar que se ha designado un comité de expertos para estudiar las apariciones de la Virgen María en una cueva? Ninguno.

Fuera ya del ámbito administrativo, ¿qué trabajo le cuesta a los redactores de una revista musical publicar un par de fotografías borrosas en las que se entrevea a un Elvis Presley envejecido y gordinflón, saliendo de un restaurante panameño o guatemalteco del brazo de una exmodelo rubia como la cerveza y tersa como la silicona, como constatación de que el ídolo sigue vivo, aunque retirado del mundo ruidoso? ¿Qué trabajo le cuesta a un crítico musical lanzar la suposición de que las canciones de Bob Dylan las escribe en realidad Georgie Dann, para que los amigos de las hipótesis raras sientan una punzada de felicidad en el hipotálamo, o donde sea? Ninguno.

La vida tiene mucho de espejismo, aunque hay quienes se limitan a verla reflejada en un espejo convexo, o cóncavo, o psicodélico, o qué sé yo. Y así andamos todos, cada cual con sus quimerismos, con sus fantasmas. Buscando la felicidad hasta en nuestros miedos y delirios. Y capaces de aterrarnos ante un simple pepino almeriense.

.

viernes, 27 de mayo de 2011

BANCOS


En teoría, una entidad bancaria tendría mucho de entidad filantrópica si en la práctica no tuviese nada de entidad filantrópica, y mejor así tal vez, ya que a un banco de talante filantrópico apenas podríamos concederle unos seis meses de existencia, y aun eso si el ímpetu filantrópico no se le desmandase, pues no existe coladero mayor para el capital que el amor al prójimo, que resulta tan costoso como el odio al prójimo a escala global, según nos demuestran los índices mundiales del gasto bélico: casi tan caro sale mantener viva a la humanidad como intentar destruirla.

En buena medida, una entidad bancaria es un reino mágico: te cobran por prestarte dinero y te cobran por prestárselo tú.

Si andas necesitado de dinero y puedes ofrecer garantías inmuebles, el banco te da dinero a cambio de más dinero del que te da, circunstancia que permite a cualquier persona la emoción singular de endeudarse, síntoma inequívoco de progreso individual y, de rebote, colectivo. Como a nadie en este mundo le gusta prestar dinero, y dado que los bancos forman parte del mundo, los estrategas del prestamismo idearon en su día un ardid consolador para ese disgusto: prestarte un dinero que se revaloriza diariamente para ellos y que se devalúa a diario para ti, beneficiario de un dinero que te cuesta dinero, e incluso tienes que considerarte afortunado por disponer de ese parné maldito que atenúa de forma momentánea la evidencia de tu carestía de capital mediante el procedimiento portentoso de volverte aún más pobre que cuando no tenías un duro.

Por lo demás, un banco también te cobra cuando eres tú el que le prestas tus ahorros, lo que es ya habilidad que roza el prodigio. Bien es cierto que la banca en general ha inventado y puesto en circulación el mito de los intereses a favor del cliente, pero que levante la mano quien no haya visto disolverse en el aire esos presuntos intereses con otros conceptos menos míticos que actúan como neutralizadores de los intereses susodichos: las comisiones de apertura de cuenta, la cuota por el disfrute de las tarjetas de crédito, los gastos de correo y gestión, las comisiones de mantenimiento, las comisiones por ingresos de cheques, las comisiones por cancelación de préstamos o las comisiones por transferencia, entre otros trilerismos.

Con todo y con eso, es cierto que los bancos -a los que habría que sentar de tarde en tarde en el banquillo, siquiera fuese como medida preventiva- practican a veces la filantropía, así sea en el ámbito reducido de los multimillonarios; es decir, entre quienes no necesitan de los bancos y a quienes los bancos necesitan. Tal sector goza de la prerrogativa de estar exento del pago de los tributos antes enumerados, lo que nos lleva a recomendar desde esta tribuna a cualquier ciudadano que se convierta en multimillonario lo antes posible, pues de lo contrario no tendrá nunca dinero que le salga gratis.

Aparte de todo lo dicho, y de todo cuanto quedaría por decir, reciben también el nombre de “banco” los elementos del mobiliario urbano que sirven para que los transeúntes cansados de ser transeúntes recuperen fuerzas para reconvertirse en transeúntes, de modo que cada cual pueda seguir el rumbo que le corresponda en nuestro teatrillo universal.

.

domingo, 22 de mayo de 2011

PALABRAS


.

Hay palabras que parecen ajustarse con precisión a lo que designan. La palabra “plata”, por ejemplo, con esa “p” de prestigio y esa “t” que describe su frialdad. Una palabra, por cierto, que ha dado muchas vueltas desde el nombre latino argentum, que no suena a metal precioso, sino más bien a metal basto. Ahí está también la palabra “aurora”, que me parece perfecta, con ese arranque de aullido de lobo, como colofón a una noche más o menos de walpurgis, como suelen ser las noches de los inquietos.

En cambio, hay palabras que chirrían con respecto a lo que designan. La palabra “albornoz”, pongamos por caso, porque parece demasiada palabra para tan poca cosa, con una resonancia arábiga digna de causa mejor. Un albornoz sólo merecería llamarse albornoz si tuviese bordados y ornamentos, y habría de ser prenda que se usase a la salida de una bañera de mármol pulido, como poco, o de un estanque propio de un sultán, porque parece existir un ligero desajuste en el hecho de vestirlo a la salida de una cabina de ducha, así disponga tal cabina de mecanismo de hidromasaje. Otra palabra estupenda es “góndola”, porque no logra uno imaginar un nombre mejor para esas embarcaciones que Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española, describe de este modo: “Género de barquilla, de las cuales usan en Venecia para andar por las calles, como en tierra firme se sirven de los coches. No sé su etimología, si no está corrompido el vocablo de contola, de contus, en caso que se guiase con varal, que suele servir de remos”. Una barquilla para andar por las calles… Esas calles de agua ligeramente corrompida, como supone Covarrubias que lo está el vocablo.

La palabra “lino” tampoco está mal, porque sugiere limpieza y frescura. No así la palabra “vena”, que parece demasiado sintética para el proceso que lleva a cabo en ella la sangre, que tampoco es una palabra de premio, porque no da idea de su fluir, sino más bien de cosa inmóvil: sangre… No. Ahí nos hemos equivocado, me parece. La palabra latina sanguis estaba bien, sin ser nada del otro mundo, y me temo que nos hemos pasado en el grado de evolución etimológica.

Otra palabra acertada es “taberna”, aun siendo fea, porque describe bien el olor a vino derramado, a humo rancio, a sudor de laboriosos. Una palabra perfectísima es “geometría”, que en sí misma es una palabra geométrica, de igual modo que resulta aritmética la palabra “aritmética”. En cambio, el adjetivo “voluptuoso” constituye un ejemplo de desarreglo: todo el que la pronuncia parece tener una rana dentro de la boca. Ahora bien, para palabra ampulosa y desajustada, “bucólica”, que tan mal casa con la esencia de lo campestre, como casi todo lo esdrújulo, por poco llano que sea el terreno. Y nada más. Que tengan ustedes un buen domingo, que es una palabra sobre la que podríamos discutir.


.

martes, 17 de mayo de 2011

NUBES



Es probable que, desde que el mundo es mundo, no haya habido dos nubes de forma idéntica, pues es condición natural de las nubes la versatilidad para asumir configuraciones singulares, lo que dice mucho a favor de su fantasía. (Y recordemos al filósofo Dilthey, que era de la opinión de que la fantasía poética es el fundamento de la creación libre.) Las nubes resultan muy elegantes cuando se deshilachan, y más aún si el atardecer se anima a teñirlas de un tono ambarino o purpúreo. Las nubes de la amanecida suelen ser espectrales, y más parecen manchadas que coloreadas, aunque también hay que tener en cuenta un factor ajeno a las consideraciones estéticas: casi nadie se levanta con demasiadas ganas de observar las nubes. Hay nubes obesas, de estructura fofa, que parecen carruajes de mercancía pesada encallados en el cielo, y no suelen presentar contornos definidos, de modo que son material de valor escaso para la industria imaginativa.

Por no se sabe qué razón, nos alegra el hecho de descubrir en una nube alguna semejanza con las cosas del mundo real o incluso del mundo figurado: el casco de un buque, la silueta de un duende barbudo con gorro frigio, el perfil de un dragón, el contorno de un sombrero… “¡Mira!”, decimos, y allá arriba está la nube con forma de quién sabe qué, pues suelen ser las nubes imprevisibles, por ese afán suyo de ser materia mágica, sujeta a mutaciones prodigiosas.

Al igual que cualquiera, las nubes tienen sus arranques de vanidad y hay veces en que deciden apoderarse por completo del cielo, sin dejar que el azul vanidoso brille en las alturas como el telón de fondo de un cuento de hadas. Se agrisa entonces el día, y es ese el color de los pensamientos melancólicos. Las nubes, convertidas en una sola nube, ponen una caperuza a la realidad, y bajo esa penumbra blanca tendemos a entristecernos y a pensar en la muerte, ya que nuestro ánimo, al ser muy frágil, se achica a la mínima, condenándonos de ese modo a bregar con lo sombrío.

Las nubes negras anuncian la lluvia, que es transparente. “Si las nubes de lluvia son negras, ¿por qué el agua de la lluvia no lo es?”, nos preguntamos. Y, antes de encontrar una respuesta, ya está lloviendo, y el agua que nos cae encima es pura y diamantina, y las calles se llenan de paraguas negros como las nubes negras, en un juego de simetría cromática.

Los pintores de cuerda paisajística retratan a las nubes, y siempre las sacan favorecidas, en virtud quizá de la armonía de la composición, porque mal quedaría en un cuadro de voluntad lírica una nube con forma, no sé, de olla a presión, pongamos por caso. Las nubes pintadas son siempre perfectas y están donde tienen que estar.

Conocí a un jubilado que se entretenía con la elaboración de un catálogo de nubes: a mediodía, se asomaba a la ventana de su cocina y se dedicaba durante un rato a inventariarlas. “Nube con forma de perro, al norte. Nube con forma de lancha motora, al noroeste”. Y así daba vuelo a su ocio, en buena parte porque la vida consiste en distraernos de la vida.

Las nubes nocturnas, por su parte, sirven de velo a la luna cuando está llena, que tiende a ocultarse, avergonzada quizá de su desnudez de dama errante que busca a su Pierrot de madrugada.


.

martes, 10 de mayo de 2011

IMPUESTOS Y CALCETINES




.



En estos tiempos de estrecheces generales e individuales, no entiende uno cómo las distintas administraciones de nuestro país biodiverso no han afinado todavía la inspiración para aumentar la recaudación tributaria, meta que podría alcanzarse a partir de medidas poco traumáticas y sujetas a ese principio ligeramente absurdo que suele regir el fundamento de la mayoría de los impuestos.

Podría gravarse, por ejemplo, el hecho de llevar los dos calcetines de un mismo color, de modo que tuviésemos que salir a la calle con una combinación más o menos aleatoria de calcetines distintos. Esta medida tan sensata plantearía un problema, como casi todo en este mundo: habría que crear un cuerpo de inspectores de calcetines, con el gasto que implica siempre la creación de un cuerpo funcionarial, aunque estoy seguro de que las multas impuestas a los ciudadanos rebeldes a la normativa de los calcetines asimétricos superaría con mucho el gasto que llevaría consigo el mantenimiento del cuerpo de inspectores de calcetines, siempre y cuando no haya que crear otro cuerpo de inspectores para los inspectores de calcetines, porque de sobra es conocida la leyenda de la dejación de funciones por parte del funcionariado. Pero, qué quieren que les diga: tengo plena confianza de antemano en ese potencial cuerpo de inspectores, ya que su tarea sería muy entretenida: “Levántese usted un poco los bajos del pantalón”, dirían los inspectores a un viandante sospechoso. Y el viandante sospechoso mostraría sus calcetines idénticos o disímiles, según su grado de respeto a las leyes. “Voy a tener que ponerle una sanción fiscal por llevar los dos calcetines de color marrón”. Y el viandante replicaría: “No, fíjese bien: los dos son marrones, pero uno es marrón de Siena y el otro marrón nogal”. El inspector, llegado a ese punto, sonreiría con esa sonrisa que sólo saben poner los que te tienen pillado en falta: “A mí no me venga usted con sutilezas, que todos los marrones son marrones”.

Este gravamen sobre los calcetines traería consigo además otras ventajas, aparte de la meramente recaudatoria: ahorraríamos muchas horas al año en la clasificación doméstica de los calcetines, porque creo que estarán de acuerdo conmigo en que la tarea de aparejamiento de la colada de calcetines no difiere mucho del esfuerzo de un tasador de joyas, por poco que tengan que ver los calcetines con las joyas, claro está. Por otra parte, la industria textil se vería fortalecida por un nuevo reto: el de vender pares de calcetines de combinaciones fantasiosas que cumplieran la ley sin ofender el sentido estético, porque lo cierto es que mucho valor y mucha confianza en uno mismo hay que tener para salir a la calle con un calcetín de cada color.

Y es que hasta mentira parece que ningún economista haya caído en la cuenta de que la reducción del déficit público puede depender de la adopción de medidas tan simples como esta.


.

sábado, 30 de abril de 2011

CORRECTORES


.

En la revista PAISAJES, esa que distribuyen en los trenes, salió, en el número de abril, un reportaje mío. El planteamiento que me proponian resultaba bastante absurdo: el río Tinto, las marismas del Guadalquivir, Cádiz y Huelva... Todo mezclado. Como si a alguien le proponen un reportaje conjunto, no sé, sobre Albacete y Vigo, poco más o menos.


Dije que no, porque esos encargos acaban dando más jaleo de la cuenta, y además ando en otras cosas. Me insistieron y, al final, lo hice, conjugando como mejor supe, que no fue mucho.

Mi estupor viene ahora, cuando lo leo publicado: algún espabilado, o espabilada, ha metido mano en mis textos, trastornando frases, añadiendo o suprimiendo comas y permitiéndose incluso el adorno estilístico de algunos errores gramaticales graves.

Y ahí queda uno, en fin, como firmante y responsable de los errores de un botarate anónimo.

Y es que los denominados "correctores de estilo" -generalmente becarios con la ESO aprobada por los pelos- suelen tener más peligro que un mono con una navaja. Si les pierdes el control en algún proceso de la edición de un texto, cruza los dedos.

Me acuerdo de un corrector de estilo que se empeñó en cambiarme la palabra "azotea" por "terrado", porque él era catalán; de un corrector argentino que me proponía cambiar "coger" por "prender" (porque, allá, el hecho inocente de "coger conchas en la playa" tira a porno), aunque la novela no iba a publicarse en su país, sino en el mío, y de una iluminada correctora que en una novela me cambió "sisar" por "sisear" sin consultármelo siquiera -porque en esos casos el autor es lo de menos- y sin consultar el diccionario... Y por supuesto luego vino el maestrillo Senabre a señalar mi escandalosa confusión.

Bastante tiene uno con los errores propios como para cargar encima con los ajenos aplicados a lo propio.

(Quede esto, en fin, como desahogo privado, impropio de ser publicitado, porque hasta vergüenza da. Pero...)


.

jueves, 28 de abril de 2011

PREMIO BEATÍFICO

La editorial Anaya convoca un premio de literatura infantil y juvenil. En el encabezado de las bases se lee: "La obra ganadora deberá contribuir a formar la personalidad de los lectores, promover su integración social y difundir los valores propios de una sociedad democrática".

En este premio tendrían pocas probabilidades de éxito novelas como El guardián entre el centeno o La isla del tesoro (a no ser que a John Silver se le considere un difusor de los valores democráticos entendidos a la manera valenciana, por ejemplo).

Le extraña a uno, en fin, que la obra ganadora no se limite a la aspiración de difundir los valores literarios, que lo demás ya vendrá por sí solo, en el caso de que tuviera que venir.

La beatería laica está muy bien, pero no deja de ser beatería. Y toda manifestación de beatería provoca, no sé, una extraña vergüenza ajena.

.

domingo, 24 de abril de 2011

BOTELLA

Una botella es siempre una botella, al margen de lo que contenga, lo que no deja de ser una afirmación contundente del ego botellero: así hospede un licor bravío -de una graduación que maree con sólo leerla en la etiqueta, digamos- o así albergue un refresco de naranja con burbujas, la botella es siempre botella, condición que obtiene gracias a su cualidad de recipiente multiusos.

Con lo que nos gusta a los humanos dar nombre a las cosas, aunque separe a una cosa de otra cosa apenas un leve matiz de naturaleza o de utilidad, resulta raro que no exista la palabra “burbubotella”, pongamos por caso, para designar los ya mencionados refrescos con burbujas, o que no exista el término “whiskytella” para designar lo que ustedes se imaginan. Pero se ve que la botella está muy implantada como concepto único, invulnerable a la terminología antigeneralista.

A pesar de que toda botella es por antonomasia una botella, existen miles de tipos de botella: desde las que representan la sevillana Torre del Oro hasta las que reproducen la efigie de un torero o de una manola, pasando por las que tienen forma de ente surrealista o de luna humanizada con un rostro.

Casi todas las botellas son productos de valía artística –salvo tal vez las que pretenden serlo, que suelen acabar en bodrios-, pues están concebidas con arreglo a armonías muy estimables. Aun así, las botellas son objetos que tiramos sin reparo alguno a la basura o, en el mejor de los casos, al contenedor de vidrio. Si me permiten ustedes la temeridad del juicio, estoy convencido de que todos tenemos en casa algún jarrón que es mucho más feo que las botellas que desechamos a diario, lo que no es obstáculo para que tiremos una botella de formas armoniosas y conservemos en cambio un jarrón que es un verdadero mamarracho. Nunca comprenderá uno, en fin, el privilegio doméstico del que gozan los jarrones feos. Un privilegio que los libra de las fatigas propias del reciclado, aunque bien es verdad que los jarrones espantosos –fruto por lo general de regalos demasiado optimistas- acaban vegetando durante décadas en las mazmorras penumbrosas de los altillos del armario, del sótano o de la cochera.

Aparte del mal destino que les reservan las costumbres humanas, las botellas padecen ultrajes en el habla coloquial: nos referimos con desdén a un “cuello de botella” para designar obstáculos y estancamientos en cualquier tipo de situación. Decimos “Fulano le da a la botella”, como si a Fulano le embriagase el contacto con la botella en sí y no la ingesta abusiva de su contenido. A José Bonaparte, rey francés de España por la gracia de Dios y de su hermano, nuestros antepasados le apodaron Pepe Botella, en referencia a su supuesto alcoholismo, que ni siquiera de lejos era tal, según parece. Y así sucesivamente.

Por lo demás, en toda botadura de barco que se precie se estrella contra el casco una botella, aunque sus tripulantes darían cualquier cosa por una botella intacta en el caso de que el barco en cuestión naufragase y fuesen todos a parar a una isla desierta, porque el mundo es así de raro y de contradictorio.

sábado, 16 de abril de 2011

LA SEMANA FANTÁSTICA



¿No lo oyen? Pum, pum, pururún. (Y luego entran las cornetas: Tiru, tiruriru, titiriritití.) (Etcétera.) Vas a la calle de las Angustias y tienes que desviarte a la plaza de los Mártires porque el paso procesional del Supremo Dolor está luciendo sus esplendores por la antedicha calle de las Angustias, aunque al llegar a la también antedicha plazuela de los Mártires te quedas deslumbrando ante la visión inesperada del trono babilónico y ambulante de Nuestra Señora de la Soledad, de modo que, como vas con prisa, se te ocurre atajar por la calle Nuestra Señora del Rosario, en la que te topas con el desfile silencioso del Cristo de la Lanzada, porque las cofradías de silencio presentan ese inconveniente: que no te las oyes venir.

¿Por dónde coger? Meditas un momento y resuelves que el método más rápido para llegar a la calle de las Angustias tal vez consista en enfilar la calle María Auxiliadora (donde es posible que no haya trasiego de penitentes, aunque en estos días eso nunca se sabe del todo) y, una vez allí, bajar por Cardenal Spínola, llegar a la plaza del Pie de la Cruz, cruzar la avenida de Santa Teresa y, tras circunvalar la parroquia de San Miguel, llegar por fin a la calle de las Angustias. “Vamos allá”, te dices, y allá vas, en efecto. 

La primera etapa de tu itinerario alternativo se desarrolla con éxito y sin incidentes, a pesar de que el eco de unos tambores lejanos avisa de la cercanía de una aglomeración penitencial. Llegas a Cardenal Spínola y, de pronto, te ves venir de cara un tropel de gente que acaba de presenciar la recogida de Nuestro Señor Atado a la Columna y que avanza al trote para no perderse la salida del Cristo de los Flamencos, porque allí suele haber cada año una docena de saeteros de primera fila, y aquello parece la OTI, aunque en registro dramático y calé. Te refugias, en fin, en un portal mientras pasa la estampida y, una vez despejada la calle Cardenal Spínola, la bajas presurosamente y llegas a la plaza Pie de la Cruz, donde te ves obligado a acelerar el paso porque el eco de tambores está dejando de ser tal eco, ya que la cruz de guía de la Quinta Llaga acaba de recortarse en todo su esplendor en la cima del cambio de rasante de la calle Isabel la Católica.

Comoquiera que un concejal de Urbanismo decidió que la plaza Pie de la Cruz debía ir enlosada en mármol, como quiera que vas embalado para acudir a tu cita laica y comoquiera que llevas las suelas de los zapatos llenas de cera, te pegas un batacazo de personaje de tebeo, con pirueta incluida, te dislocas un tobillo y te acuerdas con ira del difunto padre del Demonio, que en el infierno esté. 

“¡Que alguien avise a una ambulancia!”, sugiere un filántropo, y otro filántropo que pasa por allí llama con su móvil al hospital. “Dicen que van a tardar un poco, porque ahora mismo está pasando el Cristo de la Viga por la calle María Goretti. ¿Le duele mucho?” Y asientes, como es lógico. Pero lo peor llega cuando tienen que moverte para dejar vía libre a la cofradía de la Quinta Llaga: te cogen entre cuatro y, mientras la banda interpreta “Los campanilleros”, te tumban en uno de los bancos rococó de la plaza Pie de la Cruz. “¿Cómo se siente usted?”, te pregunta una enlutada con peineta y mantilla. “¿Cómo voy a sentirme, señora? Como ese que va ahí”. (Y es que menuda semana nos espera.)
.

lunes, 11 de abril de 2011

GAZAPOS

Recibe el nombre de gazapo el conejo joven. (Y, se mire como se mire, no deja de resultar el conejo uno de los animales más exóticos de cuantos nos rodean: un híbrido de hámster, de ardilla y de canguro. Y hay ocasiones en nuestra vida en que no tenemos inconveniente en comernos un conejo, generalmente con acompañamiento de arroz.) Como segunda acepción de su segunda acepción, en sentido figurado o familiar, la Real Academia de la Lengua propone: “Yerro que por inadvertencia deja escapar el que escribe o el que habla”. Si dejamos de lado los múltiples gazapos que cualquier persona cultivada puede llegar a acumular en un solo día de amena conversación y nos centramos en los gazapos de escritura, resulta inevitable el recuerdo del célebre gazapo cervantino que afecta al rucio de Sancho Panza: un burro que desaparece y reaparece de forma inopinada, como si se tratase de la paloma de un ilusionista, a pesar de tener un tamaño inadecuado para esos birlibirloques.

En Ana Karenina, Tolstói, por su parte, no se hace un lío con un asno, sino con una vaca, que tampoco está mal: en el capítulo 26 de la primera parte de esa novela, el personaje llamado Levin vuelve a su finca tras pasar unos días en Moscú; su cochero tuerto le pone al tanto de las novedades ocurridas durante su ausencia; entre ellas, el parto de la vaca llamada Paonne. Apenas dos páginas después, el que llega a dar el parte de novedades a Levin es su administrador; entre esas novedades se cuenta la del parto de la vaca, lo que ya para Levin no supone ninguna novedad; y aquí viene el gazapo, con sus ágiles patas de conejo joven, para enredar entre las patas de la vaca: “Levin reprendió severamente al hombre, pero su malhumor cedió al ser informado de un feliz acontecimiento: Paonne, la mejor de las vacas, comprada en la feria, había parido”, y entonces Levin, de repente entusiasmado, pide con urgencia su pelliza y una linterna para correr en plena noche a ver la vaca y la ternera. Descartada la posibilidad de que la vaca Paonne pariera dos veces en el intervalo de dos páginas –habilidad que ni siquiera corresponde a los prolíficos conejos-, no nos queda más remedio que dudar de la facultad mnemotécnica de Levin o de Tosltói, a elegir.

En su novela Grandes esperanzas, Dickens describe la siguiente escena: el joven narrador de la historia sube una escalera, al tiempo que la baja un individuo que es descrito de este modo: “Era un hombre corpulento, muy moreno, con una cabeza muy grande y unas manos que correspondían al tamaño de la cabeza. Me cogió la barbilla con su manaza y me hizo levantar la cabeza para mirarme a la luz de una vela. Tenía prematuramente calva la coronilla, las cejas negras, espesas y rizadas, y los ojos hundidos y desagradablemente penetrantes y recelosos”. Dado que la novela está contada en primera persona, la apreciación de la calvicie prematura de la coronilla de ese individuo no puede deberse sino a un error de perspectiva no atribuible al pobre Pip, sino al gran Dickens, que en ese momento no miraba a través de los ojos del pobre Pip.

Todo esto confirma, en definitiva, que quien tiene boca se equivoca, y no digamos quien, además de boca, se sienta en una mesa a escribir, que es asunto más arriesgado que el de mover la boca.

domingo, 3 de abril de 2011

COMIDA










.

A estas alturas, la cocina se ha convertido en una rama del arte vanguardista, hasta el punto de que los platos tradicionales no merecen otra consideración que la de tanteos jurásicos -por así decirlo- para llegar a la cumbre estética en que se mueve hoy el sector estelar de la gastronomía.

La condición humana requiere vivir frente a un espejismo constante de progreso, para mantener de ese modo la ilusión de constituir una especie animal ascendente, inconformista con respecto a los logros del pasado y necesitada por tanto de novedades.

La nueva gastronomía ha echado raíces incluso en la poesía lírica: hoy por hoy, leer la carta de determinados restaurantes equivale a leer un poema mitológico de Góngora, un poema de tono imperial de Rubén Darío o incluso una cursilería evanescente de Núñez de Arce. En la carta de los restaurantes de avanzadilla, todo se llena de palabras más o menos esdrújulas que uno no entiende del todo, de plantas exóticas, de metáforas complejas, de sinestesias sorprendentes, de conceptos difíciles como el de “espuma de jamón” o el de “soplo de cilantro”, que desplazan ya la gastronomía al territorio de la alquimia e incluso de la metafísica.

Se mire como se mire, el acto de comer no es elegante. Nutritivo sí, indispensable, gozoso, pero elegante no, por elegante que sea el restaurante en que nos alimentemos, por distinguidos que sean nuestros modales y por bien vestido que vaya el camarero: hay que masticar, hay que deglutir, hay que limpiarse los labios manchados, hay que desplazar con la lengua los restos que se nos quedan adheridos a las encías, hay que reprimir los eructos, hay que segregar jugos por dentro… Una verdadera asquerosidad, por triste que resulte decirlo. De ahí, tal vez, que la gastronomía moderna recurra a lo etéreo y a lo mínimo para paliar los matices salvajes que confluyen en el acto de comer. Porque esos parecen ser los principios esenciales de la nueva cocina: transformar lo sólido en volátil y reducir la proporción de los alimentos. Y los divos actuales de los fogones han llevado a cabo esos principios hasta tal grado de perfección y sutileza, que se diría que no cocinan para estómagos humanos, sino para paladares de ángeles y de arcángeles, de tronos y de dominaciones, por no meter a Dios en esto.

La cocina tradicional parece haber quedado para gente que tiene el cielo de la boca hecho de papel de lija. Pero el caso es que los humanos somos más complejos de lo que parece, y se da el caso de que solemos llegar a la cima para volver a la sima, sobre todo en cuestiones de moda, de manera que hay personas que consideran un signo de distinción social -e incluso intelectual- el hecho de desdeñar la vanguardia gastronómica en beneficio de los platos tradicionales, hasta el extremo de burlarse de quienes alardean de finura de paladar. ¡Oh, mundo!