viernes, 22 de octubre de 2010

CUENTO Y MONARQUÍA



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La monarquía es un gran invento. Sobre todo para los monarcas, claro está. Se ve que el género humano anda tan necesitado de abstracciones, que es capaz de abstraerse y decidir que un congénere suyo disfrute del derecho al uso de corona y de trono, de cetro y, si hiciera falta, de capa de armiño, aunque luego vista de sport.


Se da la circunstancia curiosa de que no sólo el pueblo acaba creyéndose que un rey es un rey, sino que mucho me temo que incluso los reyes se creen de verdad que son reyes. (Lo decía el pintor Ramón Gaya: “La reina de Inglaterra se ha creído que es la reina de Inglaterra”.) Como la vigencia y buena salud de la institución monárquica no parece peor en el siglo XXI que en el siglo XII o XIII -y no digamos en el XVIII, y en territorio francés-, ya disponemos incluso de al menos dos monarquías comunistas: la cubana y la norcoreana. La primera es del tipo nepotista; la segunda, más convencional: de padre a hijo, aunque con intrigas más o menos shakesperianas de por medio, para que no falte de nada.


Creo yo, no sé, que algunos reyes pueden vivir del cuento gracias a los cuentos infantiles, a la estela que esas ficciones nos han dejado en el subconsciente. (Al fin y al cabo, ¿quién sería tan desalmado como para traicionar la memoria de los cuentos que oyó o leyó en su niñez candorosa?) En nuestra infancia, el rey era por lo general un ser barbado y bondadoso que aparecía en los cuentos, allá en su castillo unifamiliar, y que acababa cediendo el protagonismo narrativo al príncipe, que era quien andaba con la testosterona a punto de ebullición, enamorado el muchacho de alguna princesa rubia con la que acababa casándose, a veces a despecho de los poderes malignos de alguna bruja, de los asedios de algún ogro o de los celos de algún dragón.


Eran cuentos que siempre acababan bien, y de ahí que nuestro subconsciente atribuya a la realeza una capacidad infalible para solucionar los grandes problemas de Estado, como por ejemplo el que representaría el hecho de que el príncipe en cuestión, en vez de enamorarse de una princesa, se enamorase de una plebeya, porque está visto que los príncipes modernos no se enamoran de las princesas ni a tiros y que las princesas de hoy no quieren ver a los príncipes ni en pintura. ¿Cómo se arreglaría ese desequilibrio de linaje? No estoy seguro, pero creo que por una vía muy sencilla: gracias al cuento de Cenicienta.


La realidad es rara, porque para eso es una construcción colectiva. En estos tiempos de escasez, lo normal sería que los pueblos les dijesen a sus reyes: “Majestades, las cosas están muy malas. Búsquense ustedes un trabajito mientras sí y mientras no, a ver si esto mejora pronto y podemos volver a subvencionarles a vuecencias una vida mágica y acorde con los cuentos más bonitos”. Pero los cuentos, claro está, no son más que cuentos.


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viernes, 15 de octubre de 2010

ESPEJOS SIMBÓLICOS






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Para saber que vamos envejeciendo sólo necesitamos un trozo de espejo. Con eso basta. Pero existen espejos simbólicos, por así decir, en los que ya no logramos reflejarnos, como les ocurre, según parece, a los vampiros. La tecnología, por ejemplo, la muy vertiginosa tecnología, a diario cambiante, tiene la facultad de ir desplazándonos del núcleo del tiempo, y el envejecimiento quizá no sea más que eso tan simple: un desplazamiento, un afantasmamiento del ser, una extrañeza continua ante uno mismo y ante las cosas del mundo.

Uno ha hecho llamadas telefónicas mediante operadora, cuando los teléfonos tenían tres dígitos y las conexiones tardaban a veces horas en establecerse, y las voces llegaban mortecinas, con ese fondo de criscrás de disco de vinilo maltratado. Uno creció con los discos de vinilo, tan frágiles, casi siempre rayados tras ponerlos dos veces, a pesar de tratarlos con la misma delicadeza con que uno trataría un bote de nitroglicerina. (La aguja de los platos se llenaba de polvo, formaba remolinos de polvo, y había que limpiar la aguja, y había que limpiar los discos con un líquido de olor bronco y potente, pero los discos siempre se rayaban, y la aguja de pronto se torcía.)

Uno comenzó a escribir con una Olivetti prehistórica que le parecía un cachivache futurista. Luego vinieron las máquinas de escribir eléctricas, y aquello era ya, no sé, un artefacto puramente extraterrestre, importado de universos de vanguardia. Pero más tarde vinieron las máquinas de escribir eléctricas con pantalla líquida, y aquello era ya, sin paliativo alguno, cosa de estricta ciencia-ficción, porque podías visualizar una frase casi entera en aquella pantalla del tamaño de un
habano. Pero los primeros ordenadores no se hicieron esperar, y eran trastos muy toscos, y uno los miraba con respeto. Y ya luego vino toda la gama, hasta llegar a esos ordenadores de hoy que caben en el bolsillo, junto al teléfono móvil y junto a la llave fotocelular –o algo parecido a eso- del garaje.

Hasta hace poco, el poseedor de un aparato de fax era un ser privilegiado, alguien que podía enviar chistes gráficos o poemas épicos a cualquier lugar del mundo en un mágico pispás, y a todos nos admiraba eso, y nos sentíamos como el mago Merlín cuando metíamos el folio por la ranura para enviarlo, qué sé yo, a Buenos Aires o a Moscú, o adonde fuese. Hoy, humillada por el correo electrónico, la máquina de fax está ya polvorienta en un rincón, como el arpa del poema becqueriano, a la espera de esa mano de nieve que habrá de tirarla un día a la basura.

Uno ha conocido el horno de carbón y el microondas, los bañadores femeninos con tutú y el tanga breve. Uno ha llamado a puertas que tenían una campanilla de azófar con cadena y ha pulsado la tecla de un videoportero. Ha conocido televisores en blanco y negro con un solo canal que echaba el cierre a media noche o incluso antes. Ha jugado uno con trompos de madera y con coches teledirigidos. Ha visto uno rascacielos robóticos y ha visto cómo las cuadrillas de areneros cargaban los serones de sus burros en la playa para abastecer a los contratistas de obras.

Lo que decía: para saber que envejeces, que el tiempo pasa por ti, un pedazo de espejo basta y sobra. Y a veces no hace falta ni el espejo.

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domingo, 10 de octubre de 2010

¿DÓNDE ESTARÁ FERNÁNDEZ?




El juicio a los imputados en la operación Malaya tiene muchas papeletas para convertirse en un sainete surrealista en el que, gracias a la estrategia retórica de los abogados, los integrantes de esa banda de tunantes y tunantas acaben siendo presentados ante la ciudadanía atónita como víctimas sufrientes y colaterales del sistema capitalista.


Allí lo que menos sobra es gente, pero uno echa de menos en esa pandilla tan populosa a Carlos Fernández, aquel concejal del Partido Andalucista que, a pesar de tener cara de estar haciendo a diario la primera comunión, se dejó seducir por las intrigas del poder y por el poder del dinero y que aún hoy anda en paradero desconocido, aunque la policía tiene indicios de que anda escabullido en la Pampa argentina. ¿Disfrazado de gaucho? Quién sabe, porque un huido de la justicia es capaz de disfrazarse de cualquier cosa con tal de no tener que disfrazarse de presidiario.


De todas formas, como uno es fantasioso por naturaleza y por deformación profesional, prefiere imaginar al concejal fugado como huésped de algún palacio fastuoso erigido en algún solar reseco de los Emiratos Árabes, con su chilabita de seda y demás accesorios propios de los lugareños, llevando vida de jeque vicario, como quien dice, aunque echando mucho de menos a su madre, porque tiene fama de madrero, y nadie ha demostrado que los presuntos delincuentes carezcan de ternura filial, a pesar de carecer por completo de ternura social. Me lo imagino, ya digo, en un sitio de esos, en Dubai, por ejemplo, no sé, porque no sería extraño que el prófugo Fernández, en sus tiempos de prevaricador, de malversador y de defraudador, entablase una amistad verdadera con algún que otro potentado de allí, de esos que recalan en Marbella para cerrar las joyerías y todo lo que humanamente pueda cerrarse, incluida la conciencia del prójimo.


Es posible, no sé, que Fernández se aloje en la caseta del perro de algún jeque, pero creo que estarán de acuerdo conmigo en que la caseta del perro de un jeque puede reunir mejores condiciones de habitabilidad que muchas viviendas de obreros, aparte de tratarse de un escondrijo casi perfecto, porque la policía no suele buscar en esos recintos a los concejales fugados, aunque es verdad que nuestro Fernández corre el riesgo de que el perro de la policía se asome por casualidad a la caseta del perro del jeque, se encapriche de aquellos esplendores y se quede a vivir allí, con la pérdida de intimidad que esa circunstancia representaría para el villanito marbellí con aspecto de no haber roto nunca un plato, a pesar de haber destrozado una vajilla entera.


A mí, ¿qué quieren que les diga?, la decisión de Fernández de darse a la fuga me parece intachable. Creo que los demás imputados en el caso Malaya debieron hacer lo mismo en su día. Es verdad que, con su evasión, se librarían del peso de la justicia. Pero, como contrapartida, nosotros nos libraríamos de ellos para siempre, que es de lo que se trata.


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lunes, 4 de octubre de 2010

EL OTOÑO, LA MODA, LOS DISFRACES









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En cuanto el otoño trae las primeras lloviznas, las primeras noches destempladas y los primeros nubarrones con hematomas, nos resulta inconcebible que, pocos días antes, nos pasásemos la vida en bañador, que durmiéramos desnudos con la ventana abierta, que anduviésemos descalzos por la casa… Sólo con pensarlo, nos sube por los pies un escalofrío que no para hasta llegar a la cumbre de la cisura interhemisférica del cerebro, si me permiten ustedes la crudeza anatómica de la expresión.

Los grandes almacenes suelen ser los más impacientes con respecto al mal tiempo y se apresuran a anunciar la moda otoñal cuando aún hay bañistas recalcitrantes en la playa, cuando aún no resistimos a guardar en un cajón las bermudas con estampaciones tropicales y las camisetas con leyendas ingeniosas, aunque sepamos que lo que procede es ir oreando los jerseys de lana espesa y los plumíferos.

Lo que resulta curioso, a poco que uno lo medite, es el hecho de que hayamos optado en nuestra vida cotidiana por una vestimenta tan esencialmente neutra, tan anodina y tan… ¿cómo decirlo?… funcionarial, sí, porque lo cierto es que la mayoría de la gente sólo desata su imaginación indumentaria cuando la invitan a una boda, que es la ocasión social en que a las hembras adultas del género humano más se les despierta el instinto por dar el golpe, por motivos que sólo un discípulo brillante de Sigmund Freud estaría en condiciones de desvelar.

Sería estupendo, no sé, que la vida fuese un carnaval continuo, una incesante mascarada. Que saliese uno a la calle, un día cualquiera, vestido de mago Merlín, pongamos por caso, y que, al llegar al trabajo, le preguntaran los compañeros: “¿Y eso, Manolo?” Y que Manolo les contestase: “Es que hoy, para el almuerzo, voy a hacer gazpacho, y, como la elaboración del gazpacho tiene algo de brujería y algo de alquimia, pues ya veis…”. O que saliese uno a tomar unas copas con vestimenta de astronauta y le dijese a su novia: “Es que estoy leyendo a Isaac Asimov”. O que se encaminara uno al banco con ropa de vikingo, para de ese modo ganar autoridad ante el interventor quisquilloso. O que alguien decidiera echarse por encima un traje de bufón medieval porque le han entrado unas ganas repentinas e irreprimibles de contar chistes verdes. O que una muchacha, al verse guapa en el espejo, optase por ponerse un vestido de hada y se lanzara a los reinos musicales de la noche a la busca de un príncipe valeroso.

Pero, en fin, ya saben: en los grandes almacenes está a disposición de todos ustedes la moda otoñal. Prendas y complementos.

domingo, 26 de septiembre de 2010

NICOTINA Y TRASTORNO
























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Cada vez que leo en un periódico una noticia científica, acabo sabiendo menos de lo que sabía del asunto científico en cuestión, así supiese lo mínimo, o nada, que es lo frecuente. “7 de cada 10 fumadores son adictos a la nicotina o tienen desórdenes mentales”, leo hoy en un titular, y me quedo un poco mareado, porque la verdad es que no logro establecer una conexión directa entre el hecho de fumar y el hecho de padecer desórdenes mentales, excepción hecha, por supuesto, del desorden mental que de forma intrínseca supone el hecho de pasarse una buena parte del día echando humo por la boca, o por la nariz, y algunos hasta por las orejas, porque hay quienes dominan ese dificultoso malabarismo. Además, ¿qué ocurre con los 3 restantes de esos 10 fumadores? ¿No son adictos a la nicotina? ¿Gozan de excelente salud mental? Por otra parte, ¿puede uno tener la mala suerte de que le toque en la lotería estadística el ser adicto a la nicotina y el ser al mismo tiempo un desordenado mental?


Sigo leyendo: “Un informe de la Administración estadounidense determina que la dependencia de la nicotina predomina en alcohólicos y en afectados por desórdenes de personalidad”. Y mi mareo aumenta. Porque vamos a ver: si las tabacaleras se caracterizan por añadir al tabaco sustancias adictivas para que todo fumador se transforme en adicto a sus productos, ¿qué pintan los alcohólicos en esto? Y, por otra parte, ¿qué clase de desórdenes de personalidad específicos padece un fumador, al margen del desorden de personalidad que implica el hecho de estar enriqueciendo a quienes están envenenándolo?


Pero sigo leyendo: “Según los Institutos Nacionales de la Salud, casi una tercera parte de la población norteamericana está o estará afectada en algún momento de su vida por problemas psiquiátricos”. Y yo me pregunto: ¿se vuelven locos los norteamericanos por culpa del consumo de tabaco, se lanzan los locos al consumo de tabaco por el hecho de estar un poco majaras o bien una mezcla imprecisable de ambas opciones? Misterio.


Aún dispongo de un poco de ánimo para seguir leyendo: “Los adictos a la nicotina y las personas con problemas psiquiátricos consumen el 70% de todos los cigarrillos que se fuman en Estados Unidos”. Y sigo sin entender: ¿qué relación existe entre la adicción a la nicotina y los problemas psiquiátricos? ¿Por qué forman una categoría solidaria los clientes de los estancos que no son clientes de los psiquiatras y los clientes de los psiquiatras que a la vez son clientes de los estancos? Por la misma regla de tres, supongo que podríamos leer una noticia del tipo siguiente: “Los aficionados a las películas terror y los simios de los zoológicos consumen el 70% de los cacahuetes que produce China”.


Es lo que les decía al principio: las noticias científicas que leemos en los periódicos son de temer, porque acabas no ya más ignorante y confundido que antes de leerlas, sino también angustiado. Tan angustiado, que yo por lo menos voy a encender ahora mismo un cigarrillo, porque no sólo soy adicto a la nicotina, sino que además me temo que mi personalidad se trastorna bastante ante los enigmas irresolubles. Mala suerte.

jueves, 16 de septiembre de 2010

FRASES


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Oído hoy a un vendedor de cupones
: "¡Compradme algo, que estoy más tieso que la picha de un novio!".

Se lo comento a un amigo que me comenta a su vez algunas expresiones oídas por ahí:

-Sobre un deportista: "Tiene menos fondo que una lata de anchoas".

Y la mejor de todas: "Hace más calor que persiguiendo camellos".

(Otra que oí en una calle de Cádiz: "El pobrecillo tiene menos dientes que un pato de goma".)


domingo, 12 de septiembre de 2010

SEPTIEMBRE











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No me gustaría poner en duda la identidad de nada, pero mucho me temo que, en esta tierra, las cuatro estaciones meteorológicas se reducen en realidad a dos: el invierno y el verano. El otoño y la primavera son aquí unos meros fantasmas terminológicos, épocas del año que padecen una indefinición intrínseca: en otoño no sabes si vas a helarte o si vas a poder darte un chapuzón en la playa, y en primavera jamás sabes si la boda o la barbacoa se te va a malograr por culpa de un diluvio. Ahora bien, con el invierno y el verano juegas sobre seguro, porque son estaciones de carácter fuerte, poco dadas a veleidades. Es muy difícil que en diciembre tengas que ponerte bronceador, y muchas cosas extrañas tendrían que ocurrir para que tuvieras que echarte una manta por encima en pleno mes de julio (que un mago vengativo te convirtiese, no sé, en un pollo ultracongelado, por ejemplo).


Cada una de estas dos grandes estaciones nos trae una dosis de amnesia. En invierno, nos olvidamos por completo del gazpacho con guarnición, del ventilador de cinco velocidades, de las chanclas de diseño anatómico y del tinto carbonatado con casera, que son conceptos imprescindibles en verano. En verano, nos olvidamos por completo del caldo de gallina, del edredón de pluma de pato noruego, de los calcetines de tres centímetros de espesor y del frenadol complex, que son factores ineludibles en invierno. Te echan por encima un jersey de lana el 15 de agosto a las tres de la tarde, pongamos por caso, y lo menos que te provoca es una urticaria. Te traen los reyes magos el 6 de enero un flotador en forma de cisne y un escalofrío te recorre la espalda, porque te parece mentira que alguna vez te hayas sumergido en el ancho mar o en una simple piscina pública. Vive uno así, acordándose y olvidándose de cosas según los dictados del termómetro, y eso enrarece bastante la vida.


En invierno eres un rostro pálido y en verano pareces un indio cheroke, lo que a la fuerza provoca problemas de identidad, porque te miras en el espejo en pleno invierno y echas de menos a aquella especie de mulato postizo en que lograste convertirte durante tu veraneo, y ves allí una cara del color de la cera litúrgica, y, mientras te afeitas, llegas a pensar que eres el primo del conde Drácula en vez de aquel alegre caribeño de impostura que salía cada noche de agosto con una camisa de colores vivos a castigar las barras de los bares con una pose vacilona de latin lover, tarareando baladas que hablaban de amores bravíos o marcando con el pie los compases del son o del merengue.


Las intrépidas amas de casa que se han pasado dos meses yendo al supermercado en biquini y con un pareo de tul ilusión amarrado a la cintura, como si fuesen bailarinas polinesias, sienten de pronto un extraño pudor que les obliga a bajarse un poco la falda cuando se sientan en la cafetería, y tal vez no duden en escandalizarse cuando vean a una adolescente trotar por las calles otoñales con una minifalda.


Ha llegado septiembre, en fin, y ya tenemos que empezar a olvidarnos de bastantes cosas y a recordar muchos olvidos, porque todo no cabe en la memoria, esa forma fantasmagórica del tiempo.


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martes, 7 de septiembre de 2010

EX PRESIDENTES




















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Ojalá me equivoque, pero mucho me temo que, a veces, ser ex presidente de un gobierno resulta más difícil que ser presidente de un gobierno. ¿Por qué? No lo sé, pero el caso es que uno no puede evitar acordarse de las miss mundo salientes cuando oye hablar a un ex presidente de gobierno, que siempre tiene algo de rey destronado: ese aire majestuoso de petulancia y de héroe venido a menos, propio de alguien que ha tenido un país en la mano y que ahora se limita a tener en la mano un rastrillo de jardinería o una raqueta de pádel.


Para aspirar a la presidencia de un gobierno supongo que hay que disponer de un tipo peculiar de carácter. Conozco a gente que aspira a ser gerente de una empresa, a ser un carpintero fiable o a ser un médico eficaz, pongamos por caso, pero no conozco a nadie que aspire a ser presidente del gobierno, aunque tengo que reconocer que mi círculo de amistades no es demasiado amplio. Quien aspira a la presidencia de un gobierno debe de alimentar algún tipo de síndrome de redentor, porque no creo que nadie aspire a ese cargo con el convencimiento de que va a llevar su país al desastre, aunque el fluir de la Historia nos indica que de todo hay. Cuesta trabajo, en fin, imaginar cómo trataríamos a un amigo que un día proclamase su aspiración a la presidencia del gobierno, y no habría que descartar que le atribuyésemos un trastorno más o menos napoleónico.


Cuando un presidente de gobierno está en activo se ve obligado a aparentar sensatez, prudencia y mesura en su discurso, porque los presidentes majaretas no creo que tengan demasiado porvenir fuera de Venezuela. Ahora bien, cuando un presidente de gobierno se jubila como tal, hay ocasiones en que uno no puede dejar de sentir un poco de compasión por esa figura lastimosa que anda por ahí ofreciendo soluciones para un presente que ya no le corresponde solucionar y que recuerda a esos borrachitos que se dedican a evocar en los bares sus glorias pasadas, entre las medias sonrisas de su auditorio. Bien es cierto que muchos ex presidentes se dedican a dar conferencias con caché de artista triunfal, con ese aire olímpico de quien conoce los entramados más recónditos del mundo, de quien esconde en la manga los grandes remedios, de quien arreglaría esto en dos mañanas, al margen de que en su época de gobierno se dedicase a dar bandazos.


Son pocos, pero ahí están, y habría que hacer algo por ellos, porque de lo contrario van a tener una mala vejez: recordando menos lo que hicieron cuando les tocaba que lo que pudieron haber hecho cuando les tocaba hacerlo a otros, porque casi nadie se sustrae a la tentación de dar lecciones magistrales a toro pasado. Compremos varias islas, no sé, y mandémoslos allí en condición de virreyes, por ejemplo. A ver si de ese modo se aplacan, digo yo.


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domingo, 29 de agosto de 2010

SOBRE FORMULACIONES TAUTOLÓGICAS

PUBLICADO HOY EN DIARIO DE SEVILLA


Diabluras de recorta y pega

Felipe Benítez Reyes publica 'Formulaciones tautológicas', una serie de 21 'collages' acompañados de sendos relatos concebidos como "una derivación 'desprejuiciada" de su habitual universo narrativo

Francisco Camero / SEVILLA | Actualizado 29.08.2010 - 08:35


Uno de los collages del libro: algo así pasaría si se organizara una carrera de caballos en una vieja biblioteca.



Los cuadernos de notas de Felipe Benítez Reyes suelen acabar siendo el doble de gruesos que recién estrenados. Siempre le gustó recortar imágenes, mezclarlas y pegarlas. Con el tiempo, el escritor ha ido reuniendo una colección de revistas francesas y españolas del siglo XIX de las que saca su material. También de una enciclopedia animal que compró en una librería de viejo, "aunque alguien se había entretenido en recortar casi todos los grabados y sólo quedaban los de reptiles y batracios, lo que explica que haya ranas y serpientes en mis collages en vez de, no sé, oropéndolas o cervatillos", dice el escritor gaditano (Rota, 1960).

Juan Bonilla sabía de esta vieja afición de su amigo, que surgió "como suelen venir estas cosas, sin darse uno cuenta", y le animó a componer un libro para inaugurar una colección de textos e imágenes que dirige en la malagueña editorial Zut. A Benítez Reyes le gustan los libros "anómalos", y esta propuesta de su colega jerezano suponía "un cambio de registro, una manera diferente de plantear un conjunto". Y se animó. El resultado es un libro titulado
Formulaciones tautológicas, que recoge en una entrañable y primorosa edición una serie de 21 collages, cada uno de ellos acompañados de un (micro) relato ad hoc del autor de Vidas improbables, El novio del mundo o La propiedad del paraíso.

"Los collages son previos a los textos. El reto era extraer una posibilidad narrativa más o menos lógica de esas imágenes descabelladas. Los textos vienen a ser una especie de explicación absurda de un absurdo, y esa acumulación de irracionalidad creo que acaba adquiriendo algún tipo de coherencia, o al menos así lo pretendí, aunque tampoco pasa nada si no la tiene", explica el escritor, para quien esta técnica tiene el atractivo de lo "casual", porque "sólo puedes sacarle partido a lo que tienes disponible, no a lo que tienes en mente".

Al hablar de este tipo de libros, al narrador, poeta y ensayista le resulta "inevitable mencionar a Max Ernst". "Sus novelas en imágenes -dice- son uno de los puntales del collage. Es un referente inexcusable, sobre todo si uno trabaja con imágenes decimonónicas, como es mi caso". Tal como concibe él mismo un buen collage, éste "debe ser escueto". "No conviene abusar de los elementos, porque entonces se convierte en una imagen farragosa. Busco la nitidez; es decir, que la imagen se aprecie a primera vista como un todo, no como una acumulación de componentes dispares. Me interesa además la aplicación del concepto surrealista de desplazamiento, la descontextualización de las imágenes, la creación de ámbitos visuales ilógicos. A fin de cuentas, un collage es sólo una diablura, y casi siempre contiene un elemento humorístico: la realidad puesta del revés".

En el centenar de páginas de
Formulaciones tautológicas conviven personajes estrafalarios, melancólicos y a veces -como el fantasma moribundo de una de las historias- paradójicos. El autor, que nunca ha dejado de amar a este tipo de criaturas, asume los relatos de este libro como "una derivación desprejuiciada" de sus "resortes narrativos habituales". Gigantes que acuden a una ciudad lituana para participar en un desastroso simposio centroeuropeo, niños bicéfalos que navegan en mares de juguete, jinetes espectrales, novias invisibles, un hombre "que era de Calatayud pero que murió como si fuera de Vigo", incluso una iguana descomunal que devora en la puerta de unos juzgados a todos los culpables antes de que puedan siquiera comparecer ante el juez... Son sus seres extraordinarios, que viven su condición fundamentalmente como una fatalidad y que mueven a la compasión.

"Creo que hay que ser compasivo, o al menos comprensivo, con los personajes que uno inventa. No se les debe tratar como a marionetas ni como a muñecos del pimpampún, sino como a seres irreales, aunque con derecho a tener una conciencia. Todo narrador tiene algo de marionetista, pero no le conviene hacer marionetas. Si un personaje no alcanza la posibilidad de pasar por un ente real, así se trate de un vampiro o de un gigante de dos cabezas, acaba resultando un muñeco grotesco", afirma.

La narrativa breve es uno de los territorios que Benítez Reyes ha frecuentado siempre con gusto, pero el microrrelato no ha sido tan habitual. Aunque él no reconoce este tipo de fronteras genéricas. "Un microrrelato es sencillamente un relato un poco más corto de la cuenta, lo que no le quita su condición de relato. Pasa igual que con la poesía: tan poema es una epopeya de varios miles de versos como una soleá", concluye el autor, que anda trabajando en una novela que la está dando "problemas" y escribiendo poemas de vez en cuando, "aunque con cautela, porque un poeta de 50 años debe ser muy precavido, no porque vaya a equivocarse, sino precisamente porque puede cogerle miedo a equivocarse".

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viernes, 27 de agosto de 2010

GATOS
















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El tamaño importa. Si los gatos tuviesen el tamaño de una jirafa, serían animales domésticos en el mismo porcentaje en que lo son las jirafas. Si los gatos tuviesen el tamaño de un tigre, a ver quién se atrevía a darles un cate cuando se afilasen las uñas en el sofá, y a ver qué quedaba del sofá. La discreción de sus proporciones ha liberado al gato, en fin, de las incertidumbres y molestias de la vida salvaje, hasta el extremo de transformarlo en un animal más casero y hedonista que los propios humanos, a los que parasitan con cierto chuleo característicamente felino, sobre todo en lo que se refiere a la dieta, a los requisitos higiénicos y a la cesta de dormir, que han de ser de calidad contrastada para no merecer su desprecio. Sírvele a un gato una lata de comida de oferta y tendrás asegurado un drama familiar importante, porque no hay gourmet en este mundo que entienda más de conservas que un gato, a pesar de tener una lengua con textura de papel de lija.


A cambio de una vida confortable, el gato macho está dispuesto incluso a dejarse emascular, circunstancia que, aunque al principio no le cae bien, acaba reportándole el beneficio de no tener que andar por ahí de noche, en las rachas de celo, maullando como un alma en pena, hecho un donjuán de pelos tiesos, indigno y suplicante, haciendo alarde de lascivia, a la espera de que alguna gata se apiade de él y lo conduzca a un callejón oscuro. Ese tiempo que no tiene que perder en galanteos ni en cumplir los protocolos del instinto de procreación el gato lo invierte en su actividad más característica: dormir, porque todo gato sabe de sobra –y antes incluso que Calderón de la Barca- que la vida es sueño, concepto propio de la metafísica barroca que ellos llevan a la práctica de la manera más expeditiva posible: durmiendo a cualquier hora y en cualquier superficie mullida, así suenen a la vez todos los despertadores de la casa, porque el gato ha desarrollado una memoria genética que le advierte de que el despertador es un asunto que no va con él, y hay que reconocer que esa displicencia ante los rigores temporales aviva la envidia de muchos humanos, género animal que suele caracterizarse por arrastrar una falta endémica de sueño a causa de sus obligaciones laborales, que han de iniciarse al alba misma, como quien dice. Resulta raro ver a un gato despierto, y si lo vemos es que va camino de la cama.


Hay muchas razas de gato, aunque todas tienen en común unos ojos despavoridos, quizá porque no acaban de fiarse del todo de sus propietarios, que lo mismo les dan un manotazo mientras duermen encima de la pila de la ropa recién planchada, soñando con quién sabe qué, y a veces padeciendo pesadillas cuya trama constituye un misterio para el resto de la unidad familiar: ¿cuáles serán los terrores oníricos de los gatos? ¿Grandes peces que los devoran? ¿Una habitación fría? ¿Manicuros que les mutilan las uñas? Un filón que se pierde, en definitiva, el psicoanálisis.


Como dato curioso, habría que señalar que a los gatos les gustan mucho el jamón york y las gambas, factores nutricionales que sería curioso comprobar cómo conseguirían si, por cualquier azar adverso, perdiesen su rango centenario de mascota.


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sábado, 21 de agosto de 2010

LA ESTACIÓN RUIDOSA









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El verano es época de alteraciones. Se paraliza la actividad política, por ejemplo, pero se activa casi todo lo demás. Es tiempo oficioso de carnavales, porque todo el mundo tiende a disfrazarse, aunque no con atuendos fantasiosos, sino con una simple gorra de propaganda, con una camiseta de propaganda y con unas chancletas que no suelen ser de propaganda y que es lo único que no sale gratis del conjunto.


En verano, todos decimos que queremos descansar, pero se trata sólo de una verdad a medias, o al menos de una verdad fragmentaria: lo que en realidad pretendemos es descansar de nosotros mismos. Descansar de nosotros mismos aun a costa de nuestro propio descanso y, sobre todo, del descanso del prójimo, porque el verano tiende a convertirse en una democratización del ruido, que, nos guste o no, es la música de la libertad, en vista de que somos una especie animal muy chirriante en cuanto salimos de la jaula.


Por no se sabe qué liberación del subconsciente, un ciudadano modélico –al menos con arreglo a patrones convencionales- puede transformarse durante el verano en una especie de salvaje noctámbulo que no duda en ponerse a cantar de madrugada en plena calle para celebrar que le ha caído bien el tinto con casera, pócima de hechicería que transforma a determinados varones en trovadores tronantes. Por no se sabe qué terapia psicoanalítica espontánea, una señora recatada y pudibunda, dispuesta a escandalizarse a la mínima, admiradora de las santas y de los santos, devota de las buenas costumbres y partidaria de cualquier tipo de martirio, decide ir de pronto al supermercado envuelta en un pareo transparente, como si fuese una bailarina del Oriente exótico.


El verano es una estación curiosa, una especie de experimento sociológico para que comprobemos cómo sería la vida si no tuviésemos que trabajar y anduviésemos todos ociosos por ahí los siete días de la semana. No sería un mundo fácil, desde luego, porque el ocio permanente es un trabajo bastante duro, tanto para el ánimo como para el bolsillo. Y dormiríamos poco, desde luego, o al menos a deshora, porque lo primero que se le ocurre al ser humano en cuanto se siente liberado es hacer ostentación de su libertad, al dar por hecho que una persona discreta y silenciosa no puede ser sino un ente deprimido.


El silencio está desacreditado, al considerarse el antípoda de la diversión. La diversión debe ser sonora, porque el silencio es signo indudable de aburrimiento. Y en eso estamos: cada cual alardeando de diversión con sus gritos felices, con sus cantos de madrugada, con su moto a escape libre, con su moto acuática o con su coche-discoteca. Haciendo del verano un infierno alegre, una estación anómala en la que experimentamos el placer de no ser nosotros mismos mediante la apostasía transitoria de nuestras obligaciones y costumbres. Porque en el fondo se trata de eso: estamos hartos de aguantar y de aguantarnos, cansados de ser quienes somos y cansados de ser quienes nos obligan a ser durante el resto del año, cansados de callar y de acallarnos. Y por eso nos ponemos, en fin, a hacer ruido. Digo yo, no sé.


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viernes, 6 de agosto de 2010

VERANO EN SEPIA
















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La memoria infantil de los veranos constituye una nebulosa específica dentro de la memoria, una entelequia emocional muy definida, un territorio etéreo que podemos pisar con paso firme.


Decía el poeta Ungaretti que recordar es un signo de vejez. Bueno, sí. Depende. Si anda uno optimista con respecto al paso del tiempo, puede llegar a la conclusión de que recordar es un signo de haber vivido, que es lo mismo que lo del poeta, aunque dulcificado por una formulación eufemística. Creo yo, no sé, que el recuerdo es signo de vejez cuando los recuerdos inciden sobre unas realidades anacrónicas que están ya fuera -para siempre- de la realidad.


Los veranos de la década de los sesenta, pongamos por caso...


Llegaban al pueblo unos cuantos forasteros, siempre los mismos, puntuales como aves migratorias, y formaban una pequeña comunidad de extraños habituales. Año tras año, ibas viendo envejecer a los mayores y crecer a los pequeños, renovarse las muchachas del servicio, si se casaban, o convertirse en solteronas a aquellas que se acogían a las tareas de servidumbre como si se tratase de un voto eclesiástico.


Los abuelos podían estar fumándose un habano bajo el toldo, con guayabera blanca, jugando al dominó, y al verano siguiente llegar en una silla de ruedas, con la mirada perdida en algún limbo. Las ancianas aligeraban el luto perpetuo con blusones negros estampados con tímidas geometrías blancas. Veías cómo una joven madre se convertía de un año para otro en una señora de pelo cano, cómo las niñas se transformaban en mujeres pudorosas de su esplendor repentino, cómo los niños que iban a las rocas a coger camarones y cangrejos se transfiguraban de repente en muchachos que fumaban a escondidas y que hablaban del sexo quimérico de los ángeles con faldas, con el aplomo de unos catedráticos de angeología.


A la caída de la tarde, las calles olían a colonia y a helado de tuttifrutti y los sedentarios se sentaban a la puerta de la casa en butacas de enea para ver desfilar a los paseantes, y todos se saludaban con una parsimonia decimonónica y atenta, en tanto que los niños salíamos para el cine con un bocadillo envuelto en papel parafinado y con un jersey sobre los hombros, así quemara el aire, para ver una película del Enmascarado de Plata, de vampiros sedientos o de Louis de Funes, o lo que echaran.


Las playas de la infancia son infinitas, como infinito era el tiempo. Por la tarde, llegaban los pescadores con sus cajas de boquerones palpitantes, con su pregón ronco de muecín, y allí vendían aquella plata efímera, mientras que las mujeres buscaban por la orilla, con fondo barroco de crepúsculo, las llamadas habitas de la India para engastarlas en oro inmortal.


Las madrugadas eran un silencio sosegado, y se oía el rompeolas a través de los balcones abiertos, o el viento si soplaba, con esa cosa de crujido de crujía de galeón que tiene el sonido del viento cuando le da por romper. Las mañanas templadas eran de café y de churros. Y eran aceras baldeadas con un cubo metálico. Y el guardia municipal, con uniforme blanco y salacot, dirigiendo el tráfico desde su podio con sombrilla, con ademanes de mimo: los cuatro o cinco coches…


Y es que al final va a ser cierto que recordar es un signo de vejez.


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sábado, 31 de julio de 2010

DEPREDADORES DE GUANTE BLANCO









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La prohibición de las corridas de toros en Cataluña puede ser el principio de algo muy grande y muy hermoso, de algo que alivie la vida perra que damos a los animales, excluidos esos perros que viven mejor que millones de humanos.


Podríamos empezar por prohibir, no sé, la venta de mejillones en escabeche, porque mucho me temo que el escabeche es para los mejillones algo así como el cianuro para nosotros: no sé de nadie que haya encontrado un mejillón vivo en una lata de mejillones en escabeche.

Podríamos seguir con las rodajas de merluza, porque, quieras que no, el hecho de que te troceen debe de resultar molesto si constituyes una unidad física y moral, por muy congelado que estés… Y esa es otra: el asunto de la congelación, práctica torturante no sólo para las merluzas, sino también para las gambas, los langostinos, los bueyes de mar e incluso para las croquetas de halibut, entre otros seres desdichados, tanto marítimos como terrestres, e incluso aéreos.


Convendría prohibir cuanto antes la salazón del bacalao, ya que resulta inhumano amojamar a un pobre pez en cloruro sódico, por buena que esté la escalibada con unas tiras de bacalao, de igual modo que resultaría inaplazable la prohibición del pollo al ajillo, porque no hay pollo que resista eso.

¿Y qué decir de los chipirones en su tinta, a los que guisamos en sus propias entrañas negras, como si se tratara de un ritual satánico? Aparte de eso, deberíamos prohibir las chacinas, que, aunque no tienen pinta de cadáver, son más cadáver que cualquier otra cosa, incluido -ay- el espetec: restos de animales descuartizados.

Y, como medida tangencial, deberíamos prohibir que a las salchichas elaboradas con despojos porcinos se las denomine “perritos calientes”, porque tal denominación resulta atentatoria contra la dignidad que los perros han alcanzado en nuestros días como estamento burgués: seres que gozan de asistencia veterinaria, de peluquero, de paseante, de guardería, de empresas alimentarias específicas e incluso de carnet de identidad en forma de chip.


Se podrá objetar que a los mejillones se les zambulle en escabeche cuando ya están hervidos, que las merluzas se trocean cuando ya han pasado a mejor vida, etcétera. Sí, esa es tal vez la cuestión: en nuestra sociedad remilgada hacemos un vacío de conciencia ante el sacrificio de los animales. Sabemos que se les mata, pero no lo sabemos del todo hasta que los vemos morir, y por eso evitamos el espectáculo de su muerte. Nadie paga una entrada -al menos que yo sepa- para asistir a una matanza masiva de pollos o de cerdos. Somos animales carnívoros, pero fingimos que nos marea la sangre. Somos depredadores, pero delegamos en los matarifes.


Y, mientras tanto, algunos políticos jugando a ser san Francisco de Asís, rodeados de alegres pajarillos.

sábado, 24 de julio de 2010

SER O NO SER




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Los grandes dictadores, los grandes asesinos desdoblados en políticos, suelen ser personajes cómicos, lo que no quita que puedan ser personajes aterradores: payasos de manos ensangrentadas, bufones que se han sentado en el trono vacío.


Ernst Lubitsch, en 1942, supo ver que uno de los mayores criminales que había en ese momento en el mundo no era más que un risible mamarracho, una marioneta macabra que no necesitaba caricatura alguna, pues era todo él una caricatura de por sí: Adolf Hitler. Se le criticó en su momento a Lubitsch la supuesta frivolidad de abordar en clave de vodevil una realidad que estaba causando muerte y terror, pero hay que tener en cuenta que la conciencia del buen cómico es premonitoria: adivina el halo de la comicidad allí donde se manifieste, así se manifieste bajo la envoltura de una tragedia real. Lubitsch se vengó anticipadamente de Hitler: lo convirtió en una figura ridícula cuando aún pasaba por ser una figura terrorífica. Esa es, tal vez, la grandeza del cómico: viajar hasta el fondo de nuestra conciencia para revelarnos el lado ridículo de toda solemnidad, de toda grandiosidad, de todo delirio egolátrico.


El falso Hitler de Ser o no ser aparece en medio de una calle de Varsovia y la gente se aglomera en torno a él, estupefacta, porque no acierta a entender qué hace el monstruo allí. Y es que al más sanguinario y vesánico de los redentores ideológicos lo pones en medio de una calle, con su uniforme, con sus medallas, con su bigote geométrico, y se viene abajo, porque no resiste la realidad. Y eso es lo primero que hace Lubitsch: sacar al demente de su espacio de alucinación, de su castillo inexpugnable, y plantarlo en medio de una calle cualquiera. Y te ríes. Y luego te enteras de que ese Hitler es un actor disfrazado de Hitler que no interpreta a Hitler, sino a un actor disfrazado de Hitler. Y comprendes entonces todo: el pequeño dios terrorífico, el pequeño muñeco diabólico, el dueño de la vida y de la muerte no es más que un pobre diablo con bigote carnavalesco. Y allí lo vemos, puesto en mitad de una calle, con su patetismo de caricato suplantado por un cómico.


Porque la calle, la vida cotidiana, la gente que va y viene a sus afanes representa el triunfo de la realidad frente a esos sueños complicados y aterradores de la realidad que acostumbran tener los peleles que disfrutan de esa cualidad misteriosa -y a veces tan peligrosa- que llamamos carisma.

domingo, 18 de julio de 2010

MI PULPO Y YO















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El Mundial de Fútbol tuvo su componente sobrenatural, representado por el pulpo Paul, ese cefalópodo clarividente que viene a ser una versión marina de los adivinadores televisivos.


Aquí, como estamos acostumbrados a comérnoslos a la gallega, no hemos aprovechado el potencial esotérico que atesoran los pulpos en su cabeza de traza alienígena, y nos limitamos a cocerlos y a espolvorearlos con pimentón. Para ser pionero en algo, me he comprado un pulpo vivo. Se llama Peter.


Gracias a Peter, la semana pasada acerté el pleno de la lotería primitiva, y ya sé los números que saldrán premiados en el próximo sorteo de Navidad y en el del Niño. No es por darles envidia, pero, aparte de eso, conozco los resultados de los partidos de la próxima liga, por no hablar de los números de los cupones de la ONCE que van a ser elegidos por el azar de aquí a 2011. Al lado de mi pulpo Peter, en fin, Nostradamus no era más que un liante, por no hablar de Rappel o de Octavio Acebes.


Ahora bien, que quede clara una cosa: no todos los pulpos poseen facultades adivinatorias. Yo es que he tenido suerte y he dado con uno de los buenos a la primera, pero lo normal es que la gente se vea obligada a probar con varios pulpos antes de encontrar el adecuado. Si te sale malo un pulpo como vidente, tienes el consuelo de poder comértelo, porque todos los pulpos tienen el mismo sabor, ya sean del tipo corriente o del tipo nigromante.


Como voy a tener dinero para vivir a cuerpo de sultán de Brunei de juerga consumista en Dubai, pienso dedicarme a indagaciones ociosas, siempre en colaboración con Peter. Ya sé, por ejemplo, quién será el próximo presidente del Gobierno, qué porcentaje de trabajadores secundará la próxima huelga general, qué penas van a caerles a los de la banda Gürtel, cómo andará el PIB durante el próximo semestre, a cómo estará el Ibex 35 de aquí a dos años, y así. Gracias al pulpo, me he convertido en el hombre que sabe demasiado, y no sé si eso es bueno, porque la ignorancia del porvenir resulta más emocionante que la certeza sobre lo por venir.


He recibido varias llamadas de ministros para hacerme una oferta de compra sobre mi pulpo prodigioso. Les he dicho que el dinero me sobra y que, en cualquier caso, lo normal sería que el presidente del Gobierno crease para Peter un ministerio específico: el Ministerio de Futuribles y Fatalidades, o algo similar.


En este momento, Peter expande sus tentáculos fantasmagóricos sobre dos cajas de metacrilato. Tiene que elegir si nos vamos a la playa o si nos metemos en el jacuzzi de agua salobre, porque los dos vivimos a lo grande. Ya les contaré su decisión.


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