domingo, 16 de agosto de 2020

LAS DOS CORONAS

(Publicado ayer en prensa)



En este siglo XXI, cualquier institución monárquica tiene un problema primario: mantener su credibilidad -desde su anacronismo intrínseco- como tal institución. Es decir, procurar que una sociedad que se ha habituado a regirse por mecanismos democráticos -ya sea para constituir el Congreso o para llegar a un acuerdo en una reunión de vecinos- admita la legitimidad de la sucesión dinástica como el sustento constitucional de la jefatura del Estado.

Hasta ahora, ese pacto ficcional se ha mantenido en España tanto por el apoyo activo de los monárquicos como por la renuncia pasiva de los republicanos. En los tiempos de la Transición, se convino aceptar la fórmula de la monarquía parlamentaria como una especie de elemento de permanencia frente a la volubilidad gubernamental, desde la convicción de que un país que salía de una larga dictadura necesitaba un referente de estabilidad frente a los vaivenes electorales.

         La fórmula tuvo éxito, hasta el punto de que el cuestionamiento de la monarquía se ha convertido en tabú incluso para partidos de base republicana como el PSOE. Hoy por hoy, algunos han roto ese tabú, y lo han hecho en un momento que es el más adecuado y a la vez el más inadecuado de todos los posibles. Es el momento adecuado porque las sospechas de enriquecimiento anómalo que recaen sobre el rey emérito traspasan la suposición para invadir el terreno de la evidencia, lo que fragiliza la institución monárquica hasta extremos potencialmente destructivos e irredimibles, y es el más inadecuado porque el  país se enfrenta a una crisis socioeconómica severa a la que no parece conveniente sumar una crisis de simbología, ya que los símbolos, por raro que parezca, tienen efectos políticos más poderosos que los que cabría atribuir a una sugestión colectiva como lo es, a fin de cuentas, el acatamiento de que la figura del jefe del Estado no esté sujeta a la decisión popular, sino a los azares hereditarios.

         A falta de las conclusiones a que llegue la administración de justicia –sin duda más por vía suiza que española-, la figura del rey emérito se nos presenta de momento bipolarizada: una especie de Jekyll y Hyde. Hay quien ensalza sus méritos tanto políticos como diplomáticos durante su reinado, aunque queda la duda de que una figura de esencia simbólica pueda permitirse la dualidad: un símbolo puede ser ambivalente, pero no debe ser contradictorio. Aparte de eso, la moral no es fraccionable.

         Felipe VI no sólo ha heredado una corona de oro, sino también una corona de espinas. Si no logra deshacerse de la segunda, es posible que, tarde o temprano, se vea obligado a renunciar a la otra.

Pero ninguna de las dos opciones depende de él: un símbolo soporta cualquier cosa, salvo la realidad.


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domingo, 9 de agosto de 2020

LO PERDIDO


(Publicado ayer en prensa)


Muchas de las cosas que considerábamos insignificantes las añoramos ahora como muy significativas. Por ejemplo, entrar en un bar sin que nos espantase que encima del mostrador hubiese alimentos expuestos a todos los aerosoles víricos o bacterianos que nos diese por soltar cuando estornudábamos o cuando discutíamos con el vecino de barra -cada cual desde su enfoque ideológico- sobre las medidas más eficaces para el arreglo instantáneo de los problemas del país, por esa cualidad mágica que tienen los bares de transformarse en una versión alcoholizada del Congreso de los Diputados.

            Echamos de menos salir a la calle no para respirar aire puro, porque eso no es patrimonio universal, pero sí al menos para respirar algo que no fuesen nuestras propias toxinas. Recordamos con nostalgia los encuentros distendidos con  esos familiares y amigos a los que ahora vemos como amenazas potenciales para nuestra salud. Rememoramos aquellos paseos por la playa sin mascarilla, porque una persona en bañador o en bikini se convierte en una estampa surreal si va enmascarada, e incluso sugiere algún tipo de fetichismo, aunque agradecemos a nuestras autoridades que no hayan impuesto el uso de escafandra.

            Echamos de menos muchas cosas, en fin, pero en especial nos echamos de menos a nosotros mismos, convertidos ahora en personas hurañas y asustadizas, en seres emocionalmente fragilizados por un ente invisible, cuando no en sociópatas.

            Al principio de esto, optamos por la versión dulcificada del ser humano: la solidaridad, la empatía, la conmiseración por los enfermos, los aplausos. A estas alturas, vamos ya por el individualismo, por la desconfianza y por el sálvese quien pueda, hasta el punto de que vemos a alguien sin mascarilla y se nos despierta un odio irracional, en tanto que los negacionistas de la mascarilla nos ven como borregos amaestrados que asumen el ponerse un bozal como gesto de sumisión. Tampoco podía esperarse mucho más de nosotros.

            Nos preguntábamos qué aprenderíamos de esta lección severa, y los más optimistas preconizaban un cambio de mentalidad, por supuesto para bien. Sí, cómo no: siempre perfeccionándonos.

            Estamos a principios de agosto y Aranda de Duero (32.000 habitantes) ha tenido que volver al confinamiento. Y ya se sabe: a factores idénticos, consecuencias extrapolables.

            Tiene uno la impresión de que, a pesar de los malos datos sanitarios, estamos dándonos una tregua artificial, a la espera de septiembre, en que nos aguardan experimentos inquietantes: por ejemplo, la vuelta masiva al trabajo y a las aulas, al transporte público y a los grandes focos de contagio de los que muchos han podido huir gracias a las vacaciones.

Y a ver por dónde rompe la sorpresa.


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viernes, 7 de agosto de 2020

EL COLAPSO


Si alguien piensa que estamos en un mal escenario global, puede consolarse viendo esta serie francesa: todo puede ser mucho peor de lo que es.


¿De qué va?

A consecuencia de una catástrofe que no se explicita, nuestro sistema social se descalabra y se impone, por encima de todo lo demás, el instinto individual de supervivencia.

¿Ciencia ficción? Potencialmente premonitoria, más bien. 

¿Terror distópico? Puede ser, pero el factor terrorífico no es un monstruo, un asesino en serie ni un virus, sino el ser humano normal y corriente.

8 episodios de trama independiente y de poco más de 20 minutos.
Tan buena como angustiosa.

Muy recomendable, aunque no me atrevo a recomendarla: con lo que tenemos encima vamos sobrados.

No obstante...

jueves, 30 de julio de 2020

La Junta de Andalucía ha tomado medidas drásticas para impedir rebrotes: las discotecas, en vez de cerrar a las 7 de la mañana, tendrán que hacerlo a las 5, ya que se supone que está científicamente demostrado que el virus suele levantarse a eso de las 5 y cuarto.

domingo, 26 de julio de 2020

LO UNO Y LO OTRO


(Publicado ayer en prensa)

A estas alturas, tenemos la sensación de habernos convertido en actores del teatro del absurdo, tras pasar por situaciones que han puesto a prueba no solo nuestra responsabilidad colectiva, sino también nuestra credulidad individual.

Nos hemos visto encerrados, por decreto, en nuestra casa, de la que podíamos salir para comprar tabaco, pero no para comprar utensilios para repintar el salón y así distraer el ocio y la angustia. Podíamos ir al supermercado a comprar garbanzos o ginebra, pero no a la zapatería a comprar unas babuchas que nos hicieran más confortable el confinamiento. Podíamos ir al hospital pero más cuenta nos traía el no ir. Podíamos hacer cola en la frutería o en la panadería, pero no podíamos pisar la playa.  

Se trataba de aceptar, en definitiva, la gestión caótica del caos. La alternativa consistía en no gestionarlo ni bien ni mal, como decidieron en un principio mentes de lucidez tan acreditada como las de Trump, Johnson o Bolsonaro.

Todo era un poco incoherente, sin duda, pero decidimos darlo por necesario, y eso me parece modélico y plausible. ¿Obedecimos por responsabilidad? ¿Por miedo? Lo mismo da una cosa que otra: hubo que asumir la evidencia de una catástrofe para evitar una catástrofe mayor. Al fin y al cabo, lo que hasta hace nada considerábamos un patrón de vida normal tampoco es que fuese demasiado normal, y esta nueva normalidad es tan anormal, en esencia, como la antigua. Simplemente hemos cambiado de parámetros sociales mediante el cambio forzoso de nuestros parámetros mentales: antes de esto, el peligro estaba en que nos picase el mosquito del dengue o en que nos mordiera una víbora si andábamos de turismo por la Amazonia; ahora, el peligro puede estar en que un familiar te bese o en que un amigo te estreche la mano.

De repente, todos hemos ido a parar, en fin, a la categoría de los hipocondríacos.

Bueno, todos no… En los mundos alternativos de la conspiranoia, donde la realidad se convierte en una fantasía oscura, se ha optado por negar la existencia del virus, lo que en principio debería ser una fuente de tranquilidad para ellos, pero el caso es que los conspiranoicos han entrado en pánico: están convencidos de que la presunta pandemia no es más que una maniobra camuflada para exterminar a buena parte de la población mundial, al dictado de Gates y de Soros, que serían en realidad unos genocidas disfrazados de filántropos.

Se ve, en definitiva, que nadie puede ser del todo feliz en tiempos de desventura global.
Tampoco puede ser feliz el PP con el fondo europeo de ayudas, pues lo que puede ser beneficioso para los españoles puede no serlo para su España, según parece. De ahí el que opte por convertir una buena noticia en una noticia pésima, gracias al mismo procedimiento psicológico por el que otros deciden que lo peor que puede ocurrirnos es que se encuentre una vacuna para una enfermedad.

Ante situaciones absurdas, tendemos a volvernos absurdos. 

Ahora la mascarilla es obligatoria y la discoteca opcional, por ejemplo. 

Y ahí vamos.


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domingo, 12 de julio de 2020

EL VICEPRESIDENTE


(Publicado ayer en prensa)

Quienes no miran con simpatía al Gobierno central tienen un consuelo: es posible que a quien menos le guste el Gobierno actual sea al actual presidente del Gobierno.

Es posible que tampoco le guste al vicepresidente segundo, pero también es posible que le entusiasme. Incluso ambas cosas a la vez, dada la comodidad estratégica de su cargo: para él, el mérito de las medidas sociales implantadas a raíz de la pandemia; para el presidente, la ruina social que ha traído la pandemia, por ejemplo. Esa armonía disfuncional. Si el vicepresidente no ha guardado lealtad a los suyos cuando no le han brindado mansedumbre, resultaría demasiado optimista suponer que vaya a guardársela a quien es menos su socio de coalición que el enemigo que le impide sacudirse el prefijo “vice”.

Para un yo muy pronunciado, la necesidad de un “nosotros” viene a ser al fin y al cabo una humillación jerárquica, y eso vale tanto para el presidente como para el vicepresidente, que se han coligado por la misma razón por la que lo hicieron la rana y el escorpión de la fábula, aunque esperemos que con un desenlace menos dramático.

         El vicepresidente sabe tensarle la cuerda al presidente, a quien da trato de rehén, cuando no de subalterno: un día se arroga la autoría ideológica del salario mínimo vital y otro día propone un pacto entre UP, EH Bildu y PSE para la formación de un gobierno vasco. Es la ventaja de estar donde se está y a la vez la ventaja de no estar del todo donde se está.

         El vicepresidente es uno de los políticos del momento que peor soportan un viaje a la hemeroteca, lo que no es decir poco. En el pasado, confesó que su ilusión consistía en ser un presentador televisivo, y lo fue, y sigue siéndolo, aunque con otro formato: ya no actúa para entretener a los espectadores, sino para hechizar a los electores, y no lo hace desde un plató, sino desde el consejo de ministros. La diferencia es poca y mucha a la vez, aunque el actor sigue inalterable: alguien que disfruta de una especie de teatralidad bipolar, pues lo mismo nos habla en registro de perdonavidas, enseñando el colmillo, que adopta un tono melifluo de misionero franciscano. ¿Cuál de los dos roles le sale mejor? Quién sabe, aunque en el de perdonavidas transmite autenticidad, mientras que en el de misionero franciscano levanta sospechas no sólo de impostura, sino también de sobreactuación.

         Ahora anda en esa extraña intriga de la tarjeta robada, que ha introducido en la política nacional los trepidantes enredos postadolescentes en torno a la telefonía móvil, al parecer con las cloacas del Estado de por medio, aunque con menos aire de Le Carré que de Mortadelo y Filemón.

         Y una aclaración tal vez superflua o quizá no del todo: se puede recelar de un vicepresidente de izquierdas sin ser de derechas. Lo digo por si acaso.


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sábado, 4 de julio de 2020

viernes, 3 de julio de 2020

domingo, 28 de junio de 2020



En situaciones normales, todos parecemos normales.

En situaciones anómalas, todos parecemos lo que somos.


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sábado, 27 de junio de 2020



Se ha producido un cisma doloroso entre facciones conspiranoicas: quienes suponen que los muertos por esto son unas 100 veces más de los que indican las cifras oficiales y quienes dan por hecho que no ha habido ningún muerto por el virus por la sencilla razón de que el virus no existe y es un bulo oficial.

Me alineo, sin dudarlo, con el bando de los segundos.
Igual de majaras, pero más optimistas.

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martes, 23 de junio de 2020

ROGATIVA

(Lo único que le suplico a Bill Gates es que, cuando nos instale el chip, no nos obligue a reiniciarnos cada vez que haya que descargar actualizaciones.)

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lunes, 15 de junio de 2020


El conocimiento científico avanza: Bunbury acaba de sumarse a Miguel Bosé en la consideración de que Bill Gates pretende controlar a la humanidad a través de una vacuna con microchip incorporado.

Ahora, para que el círculo gnóstico se cierre, sólo hace falta que los científicos se dediquen a cantar.

(Por su parte, monseñor Cañizares ha revelado una verdad aterradora: las vacunas contienen moléculas de fetos abortados.)

A la espera quedamos de lo que diga Bertín.

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domingo, 14 de junio de 2020

LA PUGNA


Se supone que la política debe girar en torno a las circunstancias, pero tiende a girar en torno a sí misma. De ahí que tengamos la impresión de que el virus ha desaparecido como tal para convertirse en un pretexto para la controversia parlamentaria: el problema sanitario de todos rebajado a un problema retórico de ellos.

         Hemos soportado un confinamiento estricto gracias en parte a lo que tenía de estupor novedoso, de experiencia anómala, de aventura aterradora para muchos. Era todo tan raro que acabamos aceptándolo como algo normal. A estas alturas, no obstante, nuestra tolerancia colectiva a las restricciones empieza a decaer y se traduce en inquietud, en irresponsabilidad e incluso en hastío.

Una sociedad nerviosa puede acabar siendo una sociedad peligrosa, pero resulta que, cuando más necesitábamos una transmisión de serenidad por parte de los políticos, hemos recibido de ellos una dosis extra de crispación, como si estuviesen sujetos a un guion teatral inalterable, al margen del escenario en que lo interpreten.

         Entiende uno que cualquier ideología política es en esencia una creencia sectaria, proclive al dogma e incapacitada en principio -y por principios- para el consenso,  pero hubiésemos preferido que, por la fuerza de la coyuntura, todos los partidos se acogieran al sentido común antes que al sentir disgregado. ¿Ingenuidad? Sin duda, pero no se trata con exactitud de ser ingenuos ante los mecanismos internos de la política, que son los que son y como son, sino de la necesidad de ser ingenuos para no acabar decepcionados de la política.  Ante la dislocación magnífica de la realidad que ha supuesto esta pandemia, las estrategias partidistas podrían haber entrado, en fin, en fase de suspensión transitoria para hacer frente de forma conjunta a un problema que ningún partido llevaba en su programa electoral y que ningún gobierno podría haber gestionado –quién va a engañarse a estas alturas- de manera intachable, porque en todo experimento hay que equivocarse muchas veces para acertar alguna vez, y estábamos -y seguimos- en pleno experimento.

         Reacios a la concertación, la impresión general que nos han dejado nuestros parlamentarios durante esta crisis es parecida a la que nos dejaría alguien que llegase a una casa tras un terremoto y se dedicara a romper los platos que se habían salvado de la catástrofe.

         La aprobación mayoritaria del salario mínimo vital es una muestra de lo que debería ser la política: el acuerdo razonable y razonado, más meritorio por el hecho de que muchos de los apoyos con que ha contado parten del recelo. (Está por ver que ese logro no acabe usándose como un arma arrojadiza en manos de un sector de la oposición, pues el disentimiento vendrá sin duda por la gestión específica de la medida, aunque no adelantemos acontecimientos.)

         Por lo demás, aquí seguimos, entre informaciones científicas que nos resultan confusas y entre el vocerío espontáneo de los profetas conspiranoicos. Necesitados de algunas certezas. Anhelando un poco de serenidad. Esperanzadamente desalentados.

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martes, 2 de junio de 2020

lunes, 1 de junio de 2020

LA OTRA SABIDURÍA


A estas alturas, empezamos a tener algunas cosas claras, a saber: 1) que este virus fue creado en un laboratorio chino con la intención de diezmar a la población y, más concretamente, de quitarle el sueño a Donald Trump, 2) que el confinamiento ha sido una medida política encaminada a restringir nuestras libertades, con el fin de crear una dictadura comunista o bien capitalista, según las latitudes y, sobre todo, según lo que menos le guste a cada cual, 3) que Bill Gates financia la investigación de una vacuna para poder inyectarnos, de tapadillo, un microchip de control mental que nos induciría a comprar productos de Microsoft y, por otra parte, y dado que ese microchip transmitiría a una central de datos toda la información relativa a sus portadores,  para aplicarnos a distancia y a golpe de botón una eutanasia no consentida, 4) que el nuevo orden mundial estará regido por las corporaciones farmacéuticas, por las logias masónicas –con el papa de Roma entre sus cabecillas- y por los dueños de las redes sociales, 5) que esto es una simple gripe, 6) que todo consiste en una maniobra de los poderes financieros para arruinar a la gente, cabe suponer que para que los multimillonarios, a falta de clientes para sus negocios, no tengan que madrugar y poder disfrutar así de su dinero acumulado, 7) que este virus ha sido propagado por el todo el planeta mediante la fumigación aérea, 8) que el uso obligatorio de mascarilla es una medida encaminada a intoxicarnos de dióxido de carbono, 9) que, en realidad, este virus no existe. Y así sucesivamente.

         Esta crisis va a tener su secuencia: en un primer momento, el colapso sanitario; a continuación, el colapso económico y, como tercera fase, el colapso mental. La OMS advierte de un “incremento masivo” de los trastornos mentales en los tiempos venideros, aunque se trata de una advertencia que actúa sobre una evidencia: basta con asomarse a las redes sociales para comprobar que esa pandemia de psicopatologías no está por venir, sino que ya ha llegado, y con la misma capacidad de transmisión que el virus. Tampoco es ninguna sorpresa, dada nuestra inclinación a confundir la paranoia personal con la sabiduría universal, la sospecha íntima con la certeza categórica, el disparate privado con la lucidez incontestable. Nadie parece dispuesto, en definitiva, a renunciar a convertirse en oráculo, en profeta redentor del caos, en desvelador de las verdades secretas y maliciosamente ocultadas por… Por quien sea, aunque preferentemente por las altas jerarquías que manipulan y deciden, con afán exterminador, el curso de la humanidad.

         Pues muy bien.

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