(Ayer fue el día de los inocentes. Hoy es el cumpleaños de Puigdemont.
Mañana se celebra el día del diácono Exuperancio, del obispo Jocundo y
del mártir Mansueto... Y así vamos concatenando, en fin, grandes
efemérides.)
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viernes, 29 de diciembre de 2017
lunes, 25 de diciembre de 2017
domingo, 24 de diciembre de 2017
DISCURSO NAVIDEÑO
Como cada año, es para mí un
honor y una responsabilidad dirigirme a todos los españoles y españolas en
estas señaladas fechas navideñas. Fechas que marcan un hito colectivo en cuanto
a consumismo y fraternidad, con la mirada fija en unos objetivos sociales que a
todos nos afectan.
Vivimos
tiempos difíciles, pero es en la dificultad donde las grandes naciones
encuentran el impulso necesario para impulsarse. Impulsarse hacia adelante, no
hacia atrás, como desgraciadamente hemos presenciado en ocasiones en países
amigos, víctimas hoy del anonadamiento económico del que nuestra firme
democracia se manifiesta como garante, aunque al revés, pues lo que nos
garantiza es la fuerza y el estímulo necesario para esquivar ese fatal
anonadamiento al que antes me he referido.
Porque si bien es cierto que las
dificultades hacen que todo sea más difícil, también lo es, y en no menor
medida, que lo sencillo vuelve todo demasiado fácil, y los grandes empeños
requieren un esfuerzo común y un sacrificio colectivo que sólo los ciudadanos de
buena fe estamos dispuestos a afrontar,
pues nuestra experiencia en el duro campo de la adversidad histórica nos otorga un aval
milenario de compromiso y abnegación.
No quiero
dejar pasar por alto la ocasión de brindar todo mi apoyo a quienes, desde el
convencimiento europeísta, viajan al menos una vez al año a Europa, sin
distinción de zonas, pues mantengo la convicción de que Europa constituye una
construcción global que requiere el esfuerzo y la ilusión de todos. Repito: son
tiempos difíciles, pero no por ello debemos cejar en nuestros afanes de
igualdad y de legalidad, de legalidad y de igualdad, pues entre todos y todas sabremos convertir nuestros proyectos en realidades.
No puedo
olvidarme de quienes en estas fechas navideñas se preparan a conciencia para
entrar de lleno en las fiestas navideñas, ya sea disfrazándose de Papá Noel o
de rey mago, ya sea de pastorcillo en los belenes vivientes o de Virgen María,
ya sea preparando cestas surtidas o reponiendo polvorones en los grandes
almacenes. No dudo que el esfuerzo conjunto dará como resultado un resultado
conjunto.
Si sabemos
encontrar el rumbo, nuestro timón no dudará qué rumbo seguir. Si acertamos a
mantener firme el timón, llegaremos a puerto. Si comemos demasiado turrón, nos caerá
mal.
Felices fiestas.
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viernes, 22 de diciembre de 2017
Aquí, las tres primeras entregas de mi cuento navideño, en INFOLIBRE.
El viernes próximo, la cuarta y última:
https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2017/12/22/reposteria_irresponsable_cuento_navideno_73375_1821.html
El viernes próximo, la cuarta y última:
https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2017/12/22/reposteria_irresponsable_cuento_navideno_73375_1821.html
domingo, 17 de diciembre de 2017
CONTINGENCIA Y NECESIDAD
(Publicado ayer en prensa)
Gane quien gane el próximo jueves
las elecciones catalanas, las ganarán, aunque las pierdan, los
independentistas. Las ganarán no sólo porque entra dentro de lo posible que las
ganen, sino porque ya han elaborado el discurso del triunfo moral en previsión
de un fracaso porcentual: unas elecciones ilegítimas e ilegales, con riesgo de
pucherazo, en desigualdad de condiciones, con candidatos encarcelados, y
sometidas además a la manipulación por parte de los poderes estatales. Pero lo curioso
es que, gane quien gane, si se cumplen las previsiones, las perderán todos, lo
que sin duda servirá, en atención a la peculiar lógica política, para que todos
se consideren triunfadores. Un triunfo prorrateado que tendrá como consecuencia
previsible una situación de ingobernabilidad.
En
Amanece que no es poco, aquella
película disparatada de José Luis Cuerda, un lugareño grita emocionadamente a la
primera autoridad de su pueblo: “¡Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres
necesario!”. Un sentir similar ha venido imponiéndose en Cataluña: España es
contingente, una convención ahistórica, pero Cataluña es necesaria como entidad
histórica natural. De ahí se ha pasado a un sentir un poco más desconcertante,
aunque esperemos que transitorio: Cataluña puede ser de momento contingente, pero
Puigdemont es necesario. Para coronar la deriva, el proceso parece estar ahora en
su punto supremo: Cataluña es coyunturalmente contingente, pero inaplazablemente
necesaria.
Este punto de
equilibrio entre lo contingente y lo necesario sólo presenta un defecto: que
nadie acabe sabiendo qué es lo uno y qué es lo otro, de modo que lo contingente
se confunda con lo necesario y viceversa, lo que no dejaría de ser una
contingencia innecesaria. Por ejemplo: que, para que Cataluña se erija ante el
mundo como una necesidad, los catalanes tengan que extremar su contingencia
ante el mundo; que, para que la patria se imponga como necesidad, los
ciudadanos contingentes padezcan la contingencia del sacrificio por la patria. O
dicho de otro modo: para que exista una república independiente, resulta
inevitable que la ciudadanía en pleno se someta a la dependencia de su
república, ya sea esta contingente o necesaria para cada cual, así se dé la
contingencia de que la corriente secesionista se erija en necesaria frente a la
contingencia de los unionistas innecesarios.
¿Fuga de
empresas e incertidumbre económica? Sacrificio. ¿Políticos heroicos que acaban
resultando cómicos? Sacrificio. ¿Perspectivas de aislamiento aldeano? Pues
sacrificio. Y así hasta que el entendimiento aguante, en el caso de que podamos
implicar al entendimiento en los mecanismos emocionales de las quimeras colectivas.
El
próximo jueves ganarán todos y perderán todos. Porque no se trata de una pugna
entre programas políticos, sino de un pulso entre realistas y utópicos, entre
mártires y opresores, entre alucinados y pragmáticos. Entre la contingencia, en
suma, y la necesidad. Sin punto medio.
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viernes, 15 de diciembre de 2017
domingo, 3 de diciembre de 2017
A LO SUYO
(Publicado ayer en prensa)
El independentismo catalán se ha
acogido a un método de efectividad casi infalible: someter la realidad a la
lógica del absurdo. Y resulta infalible porque resulta a la vez irrebatible: si
alguien te asegura que tiene escondido en su casa a un marciano cabezudo, a ver
cómo se lo refutas, ya que el problema no es tanto el extraterrestre cabezudo
en sí como el funcionamiento de la cabeza del terrícola.
De
cuanto llevamos oído al respecto, se saca al menos una conclusión: que el “seny”
que allí se esgrime como rasgo identitario –cabe suponer que en contraste con
la tendencia del resto del país al disparate y al atolondramiento- no pasa de
ser una leyenda más de cuantas conforman el imaginario colectivo catalanista, o
al menos ese imaginario que la mitad de los nativos de allí se empeña en
imponer como único legítimo a la mitad restante; es decir, a esa otra mitad
convertida en receptora involuntaria –y cabe suponer que un tanto atónita- del
cuento del marciano.
Hemos
oído que el Estado español es un ente sanguinario dispuesto a sembrar de
cadáveres las calles de la pacifista Cataluña, que la DUI es un invento del gobierno
central, que tanto Europa como el empresariado abrazarían incondicionalmente la
causa –aunque tanto la una como el otro cayeron en desgracia cuando incumplieron
las expectativas. Hemos asistido al nacimiento de una república en cuyos
organismos oficiales siguió ondeando la bandera española. Hemos visto
centenares de heridos invisibles. Hemos sido testigos de la adhesión de las
izquierdas a un presidente heroicamente fugado, heredero político de un padre
de la patria que a la vez fue hijo adoptivo de la banca de Andorra. Hemos oído
a un catedrático de economía, científicamente secesionista, la conjetura de que
la subida del paro en Cataluña es, en el fondo, una buena noticia para Cataluña
(¿?), al regirse las cosas allí por unos parámetros misteriosos. Hemos visto a
los principales artífices del proceso acatar el 155 con la docilidad de unos
revolucionarios responsables, aunque sorprendidos e indignados por el hecho de
que la ley se aplique a los políticos que incumplen la ley. Hemos visto pedir
amparo constitucional a unos infractores de la Constitución, tras considerar
un mandato popular ineludible el resultado de un referéndum paródico. Hemos
visto pedir dinero solidario a un expresidente perteneciente a la oligarquía
insolidaria y a unos golpistas acusar a la ley de instrumento golpista. (Y
cerremos aquí el catálogo de prodigios.)
Como
problema complementario, contamos con un gobierno central que carece de honorabilidad
para combatir las fantasías separatistas, lo que vuelve vulnerables incluso sus
argumentos razonables: no puede dar lecciones de legitimidad institucional
quien no tiene credibilidad moral. Como problema derivado, casi todos los
partidos estatales de la oposición procuran mantener un equilibrio difícil: nadar
en Cataluña y seguir guardando la ropa en el resto de España.
Y
lo que quede, en fin, quedó.
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domingo, 19 de noviembre de 2017
SUGESTIONES
(Publicado ayer en la prensa)
Si alguien te asegura que
mantiene contacto asiduo con unos extraterrestres, que ha hecho viajes
interplanetarios con ellos en una nave luminosa y que le consta de primera mano
que vienen a la Tierra
en son de paz, con la amable intención de hacernos partícipes de sus avances
tecnológicos y científicos, puedes creértelo o no, o bien situarte calladamente
en la duda, que en principio parece ser la actitud más razonable. Si alguien te
comenta que se le presentó la
Virgen en la copa de árbol, derramando lágrimas de sangre por
la deriva libertina de nuestro mundo, lo mismo. Si alguien proclama que su
tierra nativa emite unos efluvios diferenciales, una fuerza cósmica exclusiva
que lleva a sus habitantes a sentir una exaltación patriótica sin parangón, y
que tanto ese efluvio como esa fuerza dejan de ser operativos si alguien nace un
solo centímetro más allá de la linde con la región vecina, pues igual: le dices
que estupendo. Que enhorabuena.
La
vida puede ser muy extraña, menos por sí misma que porque somos seres extraños.
Basta con que nos señalen al enemigo de nuestras ilusiones para que prenda en
nosotros un sentimiento de agravio, un heroísmo colectivo que nos redima de
nuestra carencia de heroísmo individual: tomados de uno en uno, somos actores
secundarios; en grupo, nos sentimos –paradójicamente- protagonistas. Basta con
un discurso que racionalice lo irracional y que dote de sentido concreto al
sinsentido abstracto de un ensueño irreal y ahistórico: la pertenencia a un linaje
común que se pierde en la bruma de los tiempos. Tu supraidentidad.
Ahí toman
sentido primordial las banderas, que, de ondear decorativamente en las
instituciones, pasan a ser credenciales de legitimidad frente a la bandera
ilegítima del adversario. Ahí toman un sentido catártico los himnos, esas
composiciones de mensaje generalmente abstruso y anacrónico que insuflan sin
embargo una expectativa vibrante de futuro. Estos experimentos que lleva a cabo
la oligarquía política con la realidad y con la gente nunca se sabe del todo cómo
acaban, en el caso de que acaben, pero eso parece ser lo de menos: el
experimento es ya por sí mismo un resultado.
Los
movimientos nacionalistas tienen mucho que ver con los mecanismos emocionales
de una hinchada futbolística: gracias a un sentir tan primario como binario, tu
corazón, tu esperanza y tu orgullo están donde tienen que estar: insobornablemente
con los tuyos; es decir, con esos otros extraños que te rodean en la grada y
con los que compartes, tras pasar por taquilla, una efusión de apariencia
unánime. Mientras que los que corren por el césped y quienes ocupan el palco
presidencial hacen caja a costa de tu corazón, de tu esperanza y de tu orgullo.
Historia resumida, en suma, de la humanidad.
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sábado, 4 de noviembre de 2017
SIN SALIDA
(Publicado hoy en la prensa)
A estas alturas, sobre el
conflicto catalán se ha dicho todo. Incluso más que todo: lo que había que
decir y lo que mejor hubiese sido callar, por esa facultad ambivalente que
tienen las palabras de clarificar las cosas o de enredarlas. Ese exceso retórico
ha acabado resonando en el vacío, que es lo habitual cuando los argumentos
polarizados no pretenden el consenso, sino la imposición. La controversia no
sólo ha traspasado las fronteras de la realidad, sino también las de la
fantasía, de modo que estamos en el territorio no ya del realismo mágico, sino
más bien en el del surrealismo esotérico.
Todos
tenemos una solución para el problema. Soluciones que pasan por la política o
por el juzgado, por el sentido común o por el delirio, por la razón o por la
emoción, por el gesto heroico o por el agravio paranoico… Y ninguna sirve de
gran cosa: cuando un problema está fuera de la realidad, el problema de fondo
es la realidad misma; cuando la realidad se queda sin soporte, se impone el
“todo vale”; cuando se impone el “todo vale”, es señal de que nada vale nada.
Atónitos,
hemos asistido a una sistematización de la reducción al absurdo, lo que no deja
de tener su gracia, aunque también sus peligros: si el gobierno central acusaba
al catalán de dar un golpe de estado, el catalán le devolvía la acusación con
el argumento de la aplicación del 155; si el gobierno central acusaba al
catalán de incumplir las reglas del juego democrático, el govern lo tildaba de
franquista; si el fiscal general adoptaba medidas contra el govern por la
aprobación de leyes inconstitucionales, el govern solicitaba el amparo del
Tribunal Constitucional, a la vez que presentaba una querella contra el fiscal
en cuestión por impedir la celebración de un referéndum ilegal… Para coronar el
disparate, hemos asistido al nacimiento de una república catalana en cuya sede
presidencial siguió ondeando la bandera española. Para continuarlo, hemos oído
a Puigdemont y a Colau reclamar que el gobierno -¡el gobierno!- excarcele de
inmediato a los presos del “procés”.
Más
allá de esta espiral de argucias y fullerías, el problema, lejos de hallarse en
vías de solución, se manifiesta como irresoluble: cualquier solución posible
resultaría problemática. ¿Una solución política? Sí: bastaría con poner al
frente del Código Civil y del Código Penal este prefacio: "Del
cumplimiento de las leyes que siguen quedan eximidos los políticos, que no
obstante quedarán sujetos a las soluciones políticas que los propios políticos
consideren ajustadas a política".
Sea
como sea, el sentir nacionalista juega con ventaja: su reino no es de este
mundo. (Su república, al parecer, tampoco.) Se sustenta en un factor
difusamente sagrado. Y a ver cómo se soluciona un conflicto político que se
origina en la teología.
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martes, 24 de octubre de 2017
SUELTOS AL HILO DEL AHORA
La lógica resulta fascinante cuando se aplica a la paradoja, porque el resultado es algo así como un pollo vestido de chaqué.
Dice un diputado de la CUP: "Convocar elecciones autonómicas sería la herramienta más demoledora para parar el proceso de independencia".
Y uno se pregunta al menos dos cosas, a saber: 1) "¿Quién teme a Virginia Woolf?" y 2) "¿Pwkeksjsldjs ksjderncdnsdij?".
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Dice un diputado de la CUP: "Convocar elecciones autonómicas sería la herramienta más demoledora para parar el proceso de independencia".
Y uno se pregunta al menos dos cosas, a saber: 1) "¿Quién teme a Virginia Woolf?" y 2) "¿Pwkeksjsldjs ksjderncdnsdij?".
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Lo más gracioso de los delirios colectivos es que no tienen ninguna gracia.
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El día en que P. Iglesias caiga en la cuenta de que el PdCAT es el
equivalente casi exacto del PP (neoliberalismo ultraortodoxo, populismo
oligárquico, corrupción organizada, patrioterismo retrohistórico...) va a
llevarse la sorpresa de su vida.
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(TRATADO DE POLITOLOGÍA MÍSTICA)
Si alguien te dice que se le ha aparecido la Virgen en lo alto de una
zarza -pongamos por caso- y que le ha encomendado que informe al mundo
de su dolor por la ola de pecados mortales que nos arrastra, tienes dos
opciones, según tus creencias: creértelo o descreer.
La tercera opción -replicarle que es técnicamente imposible que la Virgen se manifieste ante un humano, y que incluso es metafísicamente improbable su existencia- hay que descartarla por inoperante: quien ha visto a la Virgen -la haya visto o no- sólo ve ya a la Virgen.
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La tercera opción -replicarle que es técnicamente imposible que la Virgen se manifieste ante un humano, y que incluso es metafísicamente improbable su existencia- hay que descartarla por inoperante: quien ha visto a la Virgen -la haya visto o no- sólo ve ya a la Virgen.
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Como de épica van sobrados, no estaría de más añadir al asunto un
componente bíblico, a saber: que el Gobierno indultara a uno de los
Jordi, pero que la elección del Jordi bienaventurado recayese en el
Govern.
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En la República Popular de las Buenas Personas va a haber tortazos para
conseguir el puesto de Inquisidor General de las Malas Personas.
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La Alianza Popular de Fraga pasó a ser el PP.
La Convergència de Pujol, el PdCAT, ahora revolucionario.
El único que se mantiene en sí, desde niño, es Paquirrín.
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La Alianza Popular de Fraga pasó a ser el PP.
La Convergència de Pujol, el PdCAT, ahora revolucionario.
El único que se mantiene en sí, desde niño, es Paquirrín.
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Las borracheras -etílicas, patrióticas, etc.- pueden ser alegremente
colectivas, pero la resaca es siempre melancólicamente individual.
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Hay una diferencia cualitativa entre la inteligencia del estratega y la astucia del fullero.
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A algunos políticos tal vez les convendría desescalar un poco el verbo "desescalar".
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Ese extraño momento en que la épica es sustituida por la cursilería...
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FRANQUISMO
Tienen razón los de allí. Estamos volviendo al franquismo. Muchos detalles lo indican:
-saltarse la legalidad vigente y el pacto constitucional en nombre de la liberación mesiánica de un pueblo oprimido y mal gobernado por otros
-silenciar a la oposición
-cerrar el parlamento
-convertir la calle en un espacio de debate teatralizado
-sustituir la realidad democrática por la aglomeración callejera
-medir la legitimidad democrática en la calle y no en las urnas
-convocar comicios con el único control del convocante
-ascender a mandato popular el pucherazo
-exaltación retrohistórica de la patria
-la patria como unidad de destino en lo universal
-la patria como concepto supremo, jerárquicamente por encima de la realidad
-mendigar el reconocimiento internacional
-promover la irracionalidad simbólica de las banderas
-distinguir entre banderas verdaderas y banderas espurias
-ensalzar a los abanderados como patriotas
-medir los grados de patriotismo
-promocionar calladamente el etnicismo supremacista
-ascender al rango de héroe civil a los delincuentes afectos
-no condenar la persecución de los desafectos
-controlar los medios públicos de comunicación
-politizar las fuerzas de seguridad
-sustitución de la eficacia gestora por el discurso heroico
-la infancia como cantera de patriotas
-la escolarización como fomento del espíritu nacional
-guardar silencio ante el linchamiento popular de los renegados
-subvencionar aparatos de propaganda
-hablar por boca de la totalidad del pueblo
-saltarse la legalidad vigente y el pacto constitucional en nombre de la liberación mesiánica de un pueblo oprimido y mal gobernado por otros
-silenciar a la oposición
-cerrar el parlamento
-convertir la calle en un espacio de debate teatralizado
-sustituir la realidad democrática por la aglomeración callejera
-medir la legitimidad democrática en la calle y no en las urnas
-convocar comicios con el único control del convocante
-ascender a mandato popular el pucherazo
-exaltación retrohistórica de la patria
-la patria como unidad de destino en lo universal
-la patria como concepto supremo, jerárquicamente por encima de la realidad
-mendigar el reconocimiento internacional
-promover la irracionalidad simbólica de las banderas
-distinguir entre banderas verdaderas y banderas espurias
-ensalzar a los abanderados como patriotas
-medir los grados de patriotismo
-promocionar calladamente el etnicismo supremacista
-ascender al rango de héroe civil a los delincuentes afectos
-no condenar la persecución de los desafectos
-controlar los medios públicos de comunicación
-politizar las fuerzas de seguridad
-sustitución de la eficacia gestora por el discurso heroico
-la infancia como cantera de patriotas
-la escolarización como fomento del espíritu nacional
-guardar silencio ante el linchamiento popular de los renegados
-subvencionar aparatos de propaganda
-hablar por boca de la totalidad del pueblo
(Etcétera.)
Sí. Estamos volviendo al franquismo.
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Sí. Estamos volviendo al franquismo.
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lunes, 23 de octubre de 2017
EL UNICORNIO
(Publicado el sábado en la prensa)
Cuando decimos que un pueblo que
secularmente comparte historia y cultura con otros pueblos tiene “una cultura
propia”, ¿de qué hablamos en realidad? Pues fundamentalmente de asuntos
gastronómicos y folklóricos, ya que sería cosa de brujería que, en el siglo
XXI, un segmento de población intranacional sea depositario de una cosmovisión diferente a la de sus vecinos, a no ser que traslademos el foco a las tribus
amazónicas, pongamos por caso. Aun así, el tener una cultura propia –o al menos
suponer que se tiene, lo que para el caso viene a dar lo mismo- implica desde
luego una ventaja: quien disfruta del privilegio de disponer de una cultura
propia colectiva puede evitarse la molestia de forjarse una cultura propia
individual. Para disfrutar de la primera basta con alimentar unas sugestiones
borrosas; para beneficiarse de la segunda, hay que esforzarse un poco en el
estudio y en la reflexión.
La opción más cómoda resulta clara, sobre todo si
tenemos en cuenta que esa cultura infusa, recibida de nacimiento por derechos
territoriales, tiene bastante utilidad para quienes carecen de una cultura
adquirida, de modo que cualquier iletrado puede sentirse culturalmente superior
no sólo a los foráneos, sino incluso a cualquier compatriota que descrea o
alimente divergencias con respecto a esa cultura privativa, que de por sí
constituye un dogma telúrico. Quien es partícipe de una cultura diferencial, en
suma, tiene legitimado el sentimiento del supremacismo cultural, así no sepa
hacer la o con un canuto: lo ampara su cultura autóctona, la infusa. Es lo
bonito de las ideas mágicas: que puedes hacerlas tuyas con solo desearlo.
Tenemos
la costumbre de identificar los territorios con cultura propia con los
territorios bilingües. Bien. El hecho de que una región sea bilingüe es
consecuencia de una deriva histórica, como casi todo, aparte de ser la prueba
–si hiciera falta- de una cultura menos exclusiva que mestiza. Otra cosa es que
se decida considerar como legítima una de esas lenguas y la otra como espuria.
Y otra cosa es también la suposición de que el bilingüismo genera, por inercia,
una cultura distintiva que rige unánimemente la vida de todos y cada uno de sus
hablantes, aunque no por ser bilingües, sino por disponer de una “lengua
propia”, a diferencia de las regiones monolingües, en las que hay que
conformarse con una lengua y con una cultura… ¿prestadas?
Una nación es,
por encima de todo, una convención administrativa que no se fundamenta en
conceptos fantasiosos, sino en asuntos prácticos: unas leyes, un sistema educativo
y sanitario, una fiscalidad, una red de carreteras... Esa es la cultura común:
las normas e instrumentos para la convivencia. Y lo demás es folklore, bailes
regionales. O gastronomía. O incluso un unicornio rosa.
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lunes, 9 de octubre de 2017
LA ENCRUCIJADA
(Publicado el sábado en la prensa)
El trance catalán puede verse
desde un ángulo pesimista (cuando un problema no tiene solución, la solución es
el mantenimiento del problema) o bien optimista (cuando un problema se presenta
como irresoluble, es señal de que la solución está en marcha). Lo prudente
sería situarse en una posición intermedia; es decir, en la perplejidad. En las
bulliciosas redes sociales se comprueba que la polarización de los razonamientos
populares los hace irreconciliables no sólo entre sí, sino con frecuencia
irreconciliables consigo mismos como tales razonamientos: andanadas en las que
se destierra el pensamiento en beneficio de la visceralidad no ya sólo
acrítica, sino incluso irracional, tanto por una parte como por la otra, hasta
el punto de que todo cuanto digas –e incluso lo que no- será utilizado en tu
contra, pues cualquier discusión no es ya que se convierta en un monólogo, sino
que tiene voluntad innegociable de monólogo: cuando se está convencido de tener
la razón, no se discute, sino que se exhibe lo indiscutible.
Tras
la espiral de reducciones al absurdo del Govern, tras la torpeza táctica de la
orden judicial de retirar las urnas (bastaba con invalidar el resultado, no el
instrumental) y tras la inconveniencia de las cargas policiales (la ley es sólida,
pero la realidad es líquida), muchos catalanes, confundiendo quizá Estado con
gobierno, han optado por la comodidad de los pensamientos elementales: “España
nos odia”, lo que, de ser así, desbordaría el territorio de la psicología para
invadir el de la parapsicología, pero no da la impresión de que estemos en la
era de los raciocinios, sino más bien en la de los dogmas improvisados sobre la
marcha y a ritmo de tuit.
No puede haber épica, en suma, sin antagonistas, así
lo sean abstractos, como abstracto es el ensueño de un pueblo oprimido
insidiosamente por los fantasmas con armadura de los siglos pretéritos, con la
agravante de que los descendientes de esos fantasmas sean sus compatriotas en
el presente, cuando no ellos mismos. Por lo demás, según la mentalidad del
patriota, el patriotero es siempre el otro, hasta el punto de que, llegado el
instante en que las banderas sustituyen al pensamiento, un símbolo de
interpretación tan múltiple como difuso se convierte en un contundente emblema
arrojadizo. No olvidemos, en fin, que los oligarcas siempre han tenido la
habilidad de hacer que las disputas entre oligarcas parezcan disputas entre
pueblos.
El
conflicto catalán es casi imposible que admita una solución externa, lo que resulta
preocupante en una medida asumible. Lo alarmante sería que no tuviese una
posibilidad de solución interna, y los síntomas indican que las cosas van por
ahí. Porque si das un paso hacia el abismo, es muy raro que acabes en un sitio
que no sea el abismo.
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domingo, 24 de septiembre de 2017
RETROSPECCIÓN
(Este artículo se publicó ayer en prensa... aunque, en uno de los 16 periódicos en que aparece -en concreto el diario SUR, cuajado de frases cercenadas o intolerablemente reescritas, de errores, de agramaticalidades, de comas cambiadas de sitio, etc., gracias a la labor de un/a corrector/a anónimo/a, que para eso están: para que el firmante de un texto haga el ridículo.)
En España urge un debate sobre la
fijación histórica; es decir, un debate que especifique a qué momento prefiere
retrotraerse cada parcela de nuestra plurinacionalidad para fijar el origen
exacto de su identidad colectiva y de sus hechos diferenciales: si se trata de
una fecha del siglo XIV o XV, pongamos por caso, o ya del siglo XX, porque se
ve que la realidad histórica del siglo XXI no tiene demasiados partidarios –y
es lógico- entre los defensores de la retrohistoria, que por definición
establecen sus argumentos en el pasado y en el futuro, dando un salto
acrobático sobre el presente, que es la mercancía que tiene peor salida
comercial en el negocio político, quizá porque el presente está más vinculado a
la realidad en crudo que a las fantasías y futuribles que mantienen a los
profesionales del bien común en sus sillones.
Imagino que en esa fijación
temporal retrospectiva contarán mucho las hazañas bélicas y las estrategias matrimoniales
de reyes, duques y condes, a pesar de que el retrohistoricismo entretiene la
ilusión florida de que la historia de los pueblos la escriben a su antojo los
siervos de la gleba y no sus mandatarios, lo que puede propiciar la paradoja de
que algunas regiones reclamen la instauración de una república moderna con
argumentos derivados de los caprichos y desmanes de unos monarcas antiguos,
pero nadie ha demostrado que las paradojas impidan la coherencia, al menos no
en la política y en el teatro del absurdo, esas dos disciplinas artísticas
hermanadas con frecuencia por el discurso del sinsentido.
Urge,
decía, la fijación del tiempo originario de cada una de nuestras naciones y
regiones, una vez que hayamos fijado, eso sí, cuáles son nuestras naciones y
cuáles nuestras regiones, por mantener un orden y no liarnos. Para evitar
manipulaciones e imposiciones centralistas, me atrevo a sugerir que esa tarea
corresponda a los parlamentarios autonómicos, que son quienes conocen su pasado
de primera mano y quienes tienen autoridad para establecer el momento exacto en
que arranca su historia nacional dentro de la plurinación o bien –si no hubiera
suerte- su historieta regional dentro de la plurirregionalidad de la
plurinación, según el rango que le atribuya Pedro Sánchez en alguna de sus
improvisaciones metafísicas.
Contamos
ya con aportaciones relevantes: el alegre diputado Rufián, por ejemplo, con esa
contundencia de juicio que le otorga su adolescencia prorrogada, ha dictaminado
que el franquismo acabará el próximo 1 de octubre. Algo es algo, y no está mal
como punto de partida. Ahora sólo nos queda saber si el fin del franquismo en
la historia de España supondrá el fin del gobierno mítico de Wifredo el Velloso
en la retrohistoria catalana, pero demos tiempo al tiempo, al tratarse de un
asunto de espinosa complejidad: hay muertos que tardan más que otros en morir.
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domingo, 10 de septiembre de 2017
EL DIÁLOGO
(Publicado ayer en prensa)
Mientras EEUU y Corea del Norte
juegan a las guerras mundiales, el gobierno central y el catalán siguen jugando
al guerracivilismo retórico. Les confieso que con el PP no estoy de acuerdo ni
en su segunda sigla, pero en este caso les confieso también que no acierto a
imaginar del todo cómo se manejaría en esta coyuntura otro partido, a pesar de
que si el presidente del gobierno fuese Pedro Sánchez no resultaría
descartable, dada su volatilidad intelectual, que negociase con el gobierno
catalán con la oferta de cederle no ya el dominio del archipiélago balear, sino
incluso el del canario.
Se le achaca
al gobierno central el mirar para otro lado ante el conflicto independentista,
pero nadie especifica hacia qué lado debe mirar, y, sobre todo, qué medidas
tiene en su mano que no sean las estrictamente legales. Hay quien reclama una
“solución política” para el problema,
como si lo político fuese un grado superior de las soluciones, pero el
verdadero problema radica en que con alguien que quiere decapitarte –valga la
metáfora extrema- ¿qué puedes negociar? ¿Qué se limite a cortarte las orejas y
la nariz en vez de la cabeza? A esto último parece inclinarse el PSOE con su
pintoresca ocurrencia de la plurinacionalidad, según la cual habría que
vertebrar de nuevo la totalidad del Estado, a costa del Estado, y sin su
opinión, con arreglo a las exigencias telúricas de los mandatarios catalanes.
El
diálogo tiene el prestigio de lo racional, aunque sabemos que existe la
modalidad del diálogo de sordos, que es en el que andan el gobierno central y
el catalán; el primero, con tendencia al exabrupto moderado y poniendo cara de póquer; el segundo, con
inclinación al delirio incontenido y jugando al póquer con la totalidad de la baraja. En medio de ellos, los demás partidos lanzan
sus ocurrencias, ya que estamos en época de improvisaciones, quizá porque los
conflictos artificiales no casan bien con la lógica ni con el sentido común,
sino en cualquier caso con las soluciones igualmente artificiales.
Hay
quien supone que el simple hecho de poner unas urnas es un acto democrático. Depende:
las urnas son democráticas cuando parten de la legalidad democrática, y no
tanto cuando son el disfraz de una estrategia que aspira a convertir en una
realidad común e incontestable una realidad parcial y controvertible. Nadie
puede estar en contra de que un pueblo se exprese con su voto, pero, dejando
aparte la convocatoria paroxística de un referéndum paródico, hay ocasiones en
que ese voto requiere un debate previo a su ejercicio; en este caso, y sin ir más
lejos, el debate sobre la posesión territorial, ya que la idea tribal de que
los diferentes territorios de un Estado pertenecen en exclusividad a su censo
no deja de ser una convicción un tanto primaria a la que convendría dar un par
de vueltas no sólo por los circuitos de la razón, sino también por los
vericuetos de la historia.
Mientras
tanto, en estas andamos. Muy entretenidos.
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