Las cosas que trae el hacerse mayor, que tantas cosas se lleva...
http://www.visor-libros.com/tienda/novedades/felipe-benitez-reyes-la-literatura-como-caleidoscopio.html
viernes, 26 de septiembre de 2014
domingo, 21 de septiembre de 2014
POPULISMOS
Entre los políticos no parece
haber cosa más impopular ni más desprestigiada que el populismo, término que ni
siquiera está recogido en el diccionario de la RAE, lo que lo convierte en una especie de
entelequia: algo así como un gamusino ideológico. Esa impopularidad y ese
desprestigio resultan más misteriosos de lo que son de por sí si se tiene en
cuenta que el populismo es una práctica común a todas las formaciones políticas
y a los políticos de todas las jerarquías, que tienen la facultad casi
esotérica de intuir los recursos populistas únicamente en sus adversarios. Como
paso previo a una definición más ajustada, podríamos acordar que el populismo
es algo que sucede siempre en sede ajena.
En
política, el populismo tal vez no sea tanto una estrategia como una fatalidad,
en gran parte porque el pueblo mismo es populista: nos divierten más los
discursos inverosímiles que los discursos razonables, nos hechiza más la
ficción que la realidad, nos intranquiliza más el futuro que el presente y, por
si fuera poco, nos convencen más los cuentos
–incluido el de la lechera- que las cuentas, lo que tal vez diga mucho a
favor de nuestra naturaleza imaginativa, aunque tal vez un poco menos de
nuestra naturaleza meditativa, por no hablar aquí de nuestra inmunidad al
escarmiento. El político que decidiese renunciar al beneficio de las prácticas
populistas tendría en principio que presentarse a las elecciones sin un
programa electoral, ya que los programas electorales constituyen una de las
ramas más frondosas de la literatura fantástica.
Al fondo de
todo esto, lo que late es tal vez una gran melancolía colectiva: necesitamos
gestores, pero también redentores; necesitamos gobernantes, pero también
profetas. Necesitamos, en definitiva, que nos engañen un poco, aunque al final
el engaño resulte desproporcionado: una estafa masiva a partir de la retórica.
Una retórica que lo mismo sirve para prometer que para justificar el incumplimiento
de las promesas. Y es que el populismo no se sustenta tanto en la oferta de
imposibilidades como en la impunidad de ofertar sin otro fundamento que el de
un reclamo, con la garantía además del blindaje de los mecanismos democráticos
para dejar de ser democráticos al día siguiente al de unos comicios.
Todo político
es populista no sólo por definición, sino también por indefinición: cuando
tiene que ajustar la realidad a su programa, lo normal es que acabe ajustando
su programa a la realidad, y ahí cabe todo, empezando por el incumplimiento del
programa mismo. Es el problema de jugar con irrealidades.
El populismo
viene a ser el dopaje de los políticos: la trampa para ganar, el plus de
fortaleza fraudulenta. Empezando por el populismo que supone el acusar de
populista al competidor: el tramposo que denuncia al fullero. El comediante
enmascarado que se escandaliza, en fin, de que sus compañeros de reparto lleven
máscara.
(Publicado ayer en prensa.)
viernes, 19 de septiembre de 2014
lunes, 15 de septiembre de 2014
COLLAGES
Haciendo una serie de collages (de tijeras y pegamento) para ilustrar el próximo número de Campo
de Agramante, la revista de la Fundación Caballero Bonald. (Estará
dedicado a Juan García Hortelano, de ahí las recurrencias sesenteras y
setenteras.) Van 4 de ellos.
viernes, 12 de septiembre de 2014
miércoles, 10 de septiembre de 2014
lunes, 8 de septiembre de 2014
martes, 2 de septiembre de 2014
Extraña -y muy buena- esta película (de 1949) de King Vidor.
Extraña porque, aparte del previsible enredo amoroso, lo que plantea es fundamentalmente un problema de ética estética, por decirlo con una expresión del gusto de J.R.J.
Los conflictos de un arquitecto con la realidad a partir de sus principios estéticos insobornables. Una especie de alegato en favor de la modernidad -que es siempre un concepto provisional y transitorio, porque no puede ser de otra manera.
Todo a partir de las muy discutidas premisas ideológicas de Ayn Rand.
Y lo más raro de todo: que los productores diesen el visto bueno comercial al producto.
Extraña porque, aparte del previsible enredo amoroso, lo que plantea es fundamentalmente un problema de ética estética, por decirlo con una expresión del gusto de J.R.J.
Los conflictos de un arquitecto con la realidad a partir de sus principios estéticos insobornables. Una especie de alegato en favor de la modernidad -que es siempre un concepto provisional y transitorio, porque no puede ser de otra manera.
Todo a partir de las muy discutidas premisas ideológicas de Ayn Rand.
Y lo más raro de todo: que los productores diesen el visto bueno comercial al producto.
sábado, 23 de agosto de 2014
DEL SABER
El afán de saber, la aspiración
al conocimiento, implica en gran parte la nostalgia de un saber imposible, de
un conocimiento inabarcable. Implica también una resignación: la de ejercer un
mero tanteo en el misterio poliédrico del mundo, empezando por nosotros mismos,
ya que, al fin y al cabo, no hay misterio mayor, ni con patrones más
inestables, que el de la propia identidad: el misterio de sabernos, de
aprendernos y de aceptarnos. El misterio insondable, en definitiva, de nuestra
oscilación.
Quisiéramos
tener la capacidad de concebir una metáfora de niveles complejos y a la vez ser
capaces de resolver un problema matemático que se desplegase a lo largo de
varias pizarras repletas de números y de símbolos, con aspecto de gran
pictograma, de jeroglífico sometido a una secuencia perfecta e intransigente
con cualquier desorientación. Al fin y al cabo, ambas cosas –la metáfora y el
problema matemático- no son asuntos divergentes: tanto una como otra tienen la
obligación de sugerir un desarrollo perfecto. Nos gustaría conocer el proceso
por el que se fusionan los átomos y ser igualmente capaces de eternizar en un
pentagrama la secuencia musical que nos transita por la imaginación –o por
donde corresponda- con la fluidez de un pensamiento líquido. Nos gustaría, qué
sé yo, ser capaces de construir un mueble con marqueterías de laberintos
geométricos y acertar a reducir nuestra conciencia a una norma geométrica que
nos permitiese interpretar, valorar y tal vez desentrañar los grandes conceptos:
el de la eternidad o el de la nada, el de destino o el del sentido de la
muerte, ya sea desde una ilusión de trascendencia o desde el abismo del
descreimiento. Todos quisiéramos ser en las horas nocturnas el poeta de estirpe
romántica que armoniza en rimas rotundas y con adjetivos contundentes la
esencia de nuestra intimidad tormentosa y ser a la vez el astrónomo meticuloso
que vigila los cuerpos celestes con la precisión y el celo de un centinela de
los cielos.
Es tan
complejo y fascinante el mundo, tan minuciosamente inabarcable, tan
sobrecogedoramente magnífico, que su comprensión total nos conduciría tal vez
no tanto a la sabiduría como a la locura. Afortunadamente quizá, pasamos por él
con apenas unos datos, con apenas unas convicciones, con unas habilidades
específicas, con una percepción liviana de este milagro inmenso en que nos
hemos visto implicados por quién sabe qué cadena prodigiosa de azares.
Esto lo
construimos entre todos, desde el que trenza un canasto de mimbre hasta quien
elabora una suposición filosófica, desde quien perfora una caña para hacerse un
caramillo hasta quien dirige una gran orquesta. Desde quien estudia
microorganismos en un laboratorio hasta quien imagina gigantes malintencionados
para escribir cuentos que sobrecojan gustosamente la fantasía de los niños.
Y otro verano,
en fin, que se nos va.
(Publicado ayer en prensa)
lunes, 11 de agosto de 2014
EL SÁBADO
El sábado es un buen día para quedarse en casa y
emprender faenas postergadas desde no sabemos cuándo, aunque latentes en
nuestra conciencia igual que remordimientos, ya que los meses pasan con la
rapidez de una semana, las semanas con la rapidez de un día y los días con la
velocidad de los relámpagos, y de los minutos no merece la pena ni hablar -y no
digamos de esos eternos agonizantes: los segundos.
El sábado es un día idóneo
para decirse: “Voy a ordenar los discos por orden alfabético”, o bien: “Voy a
arreglar las herramientas”, y entretenerse uno en clasificar los tornillos
según su longitud y grosor, y los espiches, y los cáncamos y puntillas, y en
limpiar de óxido el martillo, y en darle aceite al serrucho, y similares.
Hoy es un día inmejorable para
remangarse uno y decir: “El trastero”, y meterse en aquella covacha, entre
botes de pintura reseca, entre cajas de juguetes ya inútiles y entre flotadores
desinflados, y dedicarse a poner en orden las cajas con adornos navideños, los
capirotes de penitencia, los sombreros de ala ancha, los disfraces de carnaval,
los libros polvorientos del bachillerato, los diplomas de participación en
actividades deportivas terrestres o acuáticas, y así sucesivamente, según las
aficiones o devociones de cada cual, pues somos una especie animal muy
diversificada, al menos en las actividades externas, aunque me temo que esas
actividades externas responden a una diversidad inconsolable en cuestiones
internas. O puede decidir uno arreglar los armarios para experimentar la sensación
de quedarse de piedra al ver esa camisa que, hace apenas dos temporadas, era el
último grito y que hoy dan ganas de gritar al verla, o ese jersey ingrato que
nos revive una sensación de picor constante, tal vez porque se elaboró con la
lana de una oveja sobre la que pesaba una maldición egipcia o algo así, o esa
chaqueta que ya no nos cierra.
O puede uno ponerse a
ordenar los libros, o el cajón de los cubiertos, o esos altillos de armario en
los que escondimos cosas que ya no recordamos siquiera, enseres desterrados de
la escenografía doméstica por su inutilidad o por su fealdad.
O puede uno ponerse a
ordenar el secreter de la mesilla de noche, donde siempre acaban deambulando
pastillas viudas, gemelos de propaganda, el alfiler de corbata que nos regalaron
en el banco, un bolígrafo sin tinta y una linterna sin pilas, un par de
pañuelos, unas gafas rotas… Al final, llega el domingo –ese día que dedicamos a
las tareas agotadoras del ocio- y uno no ha hecho nada de cuanto se propuso el
día anterior, como es lógico y natural, pero el sábado –quién puede dudarlo- es
un día estupendo para hacer cosas. Y así pasan los sábados. Y así pasa la vida.
Con todo por hacer, o casi todo. Asombrados de esta velocidad con que el tiempo
nos lleva hacia quién sabe dónde.
(Publicado en prensa el sábado pasado.)
sábado, 19 de julio de 2014
NOVEDAD DE INTERROGANTE EDITORIAL
EDICIÓN DE 100 EJEMPLARES NUMERADOS Y FIRMADOS POR EL AUTOR.
http://interrogante-editorial.blogspot.com.es/
http://interrogante-editorial.blogspot.com.es/
domingo, 6 de julio de 2014
Alguien
debería decirles a los responsables de los telediarios que sí, que ya
sabemos que en Pamplona se celebra ahora San Fermín, que es el santo que
más gora. Que ya sabemos que hay gente que corre delante de los toros y
toros que corren detrás de la gente, aunque siempre hay un toro que se
rezaga y algún guiri que resulta corneado como detalle de legitimación
folclórica. Que ya nos conocemos de
memoria el ritual del chupinazo y el de tirarse al vacío desde la fuente
Navarrería. Que ya sabemos el color que tiene una camiseta blanca
empapada de vino tinto y lo de las muchachas exhibicionistas. Que ya
sabemos que hay gente que duerme en la calle o que no duerme. Que
sabemos lo de Hemingway, etc. Y, sobre todo, y lo más importante: que no
vemos llegar el día en que se cante el "Pobre de mí" para que los
telediarios hablen de otra cosa y se asienten nuestros saberes
enciclopédicos sobre los sanfermines.
viernes, 4 de julio de 2014
ENTREVISTA
En Diario de Cádiz, a propósito de Política y polichinela.
http://www.diariodecadiz.es/article/entrevistas/1808974/tengo/mucho/respeto/perogrullo/como/opinador.html
http://www.diariodecadiz.es/article/entrevistas/1808974/tengo/mucho/respeto/perogrullo/como/opinador.html
miércoles, 2 de julio de 2014
martes, 1 de julio de 2014
MODALIDADES
Comoquiera que en España tenemos
una experiencia privilegiada en ese particular, la corrupción política va
perfeccionándose, ramificándose y estableciendo sus jerarquías específicas. La
insistencia acaba dando, en fin, sus frutos, así sean amargos.
En primer lugar
estaría, por derecho propio, la corrupción a secas, la corrupción por
antonomasia: la que parte de la iniciativa particular de un individuo para
corromper de paso, y de rebote, al sistema, que para eso está, pues parece
claro que, a estas alturas, casi todo el mundo se ha hecho a la idea de la
imposibilidad del desarrollo de las utopías, mientras que las distopías vienen
solas. Ese lugar prominente corresponde, según decía, a la corrupción de toda
la vida: nuestra corrupción cañí, heredera de los modales propios del bandolero
que se lleva el botín a punta de trabuco, aunque, en atención a los tiempos y
al espíritu que debe regir las sociedades avanzadas, el trabuco haya sido
sustituido por la magia administrativa, ya sea aplicando el arte de la
prestidigitación a unos ERE o las mañas del escapismo a los fondos para unos
cursos de formación.
Una
vez reconocido el predominio y arraigo de esa modalidad, no debemos pasar por
alto otros rangos de corrupción que, no por menos vistosos, resultan menos
malolientes ni menos honorables. Podría hablarse de vicecorrupciones y de
semicorrupciones, por no hacer el catálogo demasiado extenso y que, al final,
los corruptos acaben liándose y no sepan con exactitud en qué modalidad se
enmarcan sus acciones.
De
todas formas, lo peor de la corrupción no es tanto la corrupción misma como las
excusas de los corruptos pillados en falta. Ahí entra en juego –“Yo no he
sido”- otro tipo de corrupción: la de la inteligencia. Si la hubiere.
.
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