lunes, 11 de abril de 2011

GAZAPOS

Recibe el nombre de gazapo el conejo joven. (Y, se mire como se mire, no deja de resultar el conejo uno de los animales más exóticos de cuantos nos rodean: un híbrido de hámster, de ardilla y de canguro. Y hay ocasiones en nuestra vida en que no tenemos inconveniente en comernos un conejo, generalmente con acompañamiento de arroz.) Como segunda acepción de su segunda acepción, en sentido figurado o familiar, la Real Academia de la Lengua propone: “Yerro que por inadvertencia deja escapar el que escribe o el que habla”. Si dejamos de lado los múltiples gazapos que cualquier persona cultivada puede llegar a acumular en un solo día de amena conversación y nos centramos en los gazapos de escritura, resulta inevitable el recuerdo del célebre gazapo cervantino que afecta al rucio de Sancho Panza: un burro que desaparece y reaparece de forma inopinada, como si se tratase de la paloma de un ilusionista, a pesar de tener un tamaño inadecuado para esos birlibirloques.

En Ana Karenina, Tolstói, por su parte, no se hace un lío con un asno, sino con una vaca, que tampoco está mal: en el capítulo 26 de la primera parte de esa novela, el personaje llamado Levin vuelve a su finca tras pasar unos días en Moscú; su cochero tuerto le pone al tanto de las novedades ocurridas durante su ausencia; entre ellas, el parto de la vaca llamada Paonne. Apenas dos páginas después, el que llega a dar el parte de novedades a Levin es su administrador; entre esas novedades se cuenta la del parto de la vaca, lo que ya para Levin no supone ninguna novedad; y aquí viene el gazapo, con sus ágiles patas de conejo joven, para enredar entre las patas de la vaca: “Levin reprendió severamente al hombre, pero su malhumor cedió al ser informado de un feliz acontecimiento: Paonne, la mejor de las vacas, comprada en la feria, había parido”, y entonces Levin, de repente entusiasmado, pide con urgencia su pelliza y una linterna para correr en plena noche a ver la vaca y la ternera. Descartada la posibilidad de que la vaca Paonne pariera dos veces en el intervalo de dos páginas –habilidad que ni siquiera corresponde a los prolíficos conejos-, no nos queda más remedio que dudar de la facultad mnemotécnica de Levin o de Tosltói, a elegir.

En su novela Grandes esperanzas, Dickens describe la siguiente escena: el joven narrador de la historia sube una escalera, al tiempo que la baja un individuo que es descrito de este modo: “Era un hombre corpulento, muy moreno, con una cabeza muy grande y unas manos que correspondían al tamaño de la cabeza. Me cogió la barbilla con su manaza y me hizo levantar la cabeza para mirarme a la luz de una vela. Tenía prematuramente calva la coronilla, las cejas negras, espesas y rizadas, y los ojos hundidos y desagradablemente penetrantes y recelosos”. Dado que la novela está contada en primera persona, la apreciación de la calvicie prematura de la coronilla de ese individuo no puede deberse sino a un error de perspectiva no atribuible al pobre Pip, sino al gran Dickens, que en ese momento no miraba a través de los ojos del pobre Pip.

Todo esto confirma, en definitiva, que quien tiene boca se equivoca, y no digamos quien, además de boca, se sienta en una mesa a escribir, que es asunto más arriesgado que el de mover la boca.

domingo, 3 de abril de 2011

COMIDA










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A estas alturas, la cocina se ha convertido en una rama del arte vanguardista, hasta el punto de que los platos tradicionales no merecen otra consideración que la de tanteos jurásicos -por así decirlo- para llegar a la cumbre estética en que se mueve hoy el sector estelar de la gastronomía.

La condición humana requiere vivir frente a un espejismo constante de progreso, para mantener de ese modo la ilusión de constituir una especie animal ascendente, inconformista con respecto a los logros del pasado y necesitada por tanto de novedades.

La nueva gastronomía ha echado raíces incluso en la poesía lírica: hoy por hoy, leer la carta de determinados restaurantes equivale a leer un poema mitológico de Góngora, un poema de tono imperial de Rubén Darío o incluso una cursilería evanescente de Núñez de Arce. En la carta de los restaurantes de avanzadilla, todo se llena de palabras más o menos esdrújulas que uno no entiende del todo, de plantas exóticas, de metáforas complejas, de sinestesias sorprendentes, de conceptos difíciles como el de “espuma de jamón” o el de “soplo de cilantro”, que desplazan ya la gastronomía al territorio de la alquimia e incluso de la metafísica.

Se mire como se mire, el acto de comer no es elegante. Nutritivo sí, indispensable, gozoso, pero elegante no, por elegante que sea el restaurante en que nos alimentemos, por distinguidos que sean nuestros modales y por bien vestido que vaya el camarero: hay que masticar, hay que deglutir, hay que limpiarse los labios manchados, hay que desplazar con la lengua los restos que se nos quedan adheridos a las encías, hay que reprimir los eructos, hay que segregar jugos por dentro… Una verdadera asquerosidad, por triste que resulte decirlo. De ahí, tal vez, que la gastronomía moderna recurra a lo etéreo y a lo mínimo para paliar los matices salvajes que confluyen en el acto de comer. Porque esos parecen ser los principios esenciales de la nueva cocina: transformar lo sólido en volátil y reducir la proporción de los alimentos. Y los divos actuales de los fogones han llevado a cabo esos principios hasta tal grado de perfección y sutileza, que se diría que no cocinan para estómagos humanos, sino para paladares de ángeles y de arcángeles, de tronos y de dominaciones, por no meter a Dios en esto.

La cocina tradicional parece haber quedado para gente que tiene el cielo de la boca hecho de papel de lija. Pero el caso es que los humanos somos más complejos de lo que parece, y se da el caso de que solemos llegar a la cima para volver a la sima, sobre todo en cuestiones de moda, de manera que hay personas que consideran un signo de distinción social -e incluso intelectual- el hecho de desdeñar la vanguardia gastronómica en beneficio de los platos tradicionales, hasta el extremo de burlarse de quienes alardean de finura de paladar. ¡Oh, mundo!

lunes, 28 de marzo de 2011

HAIKUS


Me pidieron de EL CULTURAL, del diario EL MUNDO, tres haikus en torno al desastre de Japón. Se publicaron el viernes.

Son estos:


1

La mala mar,

herida de sí misma,

muere matando.


2

¿De qué va huyendo

la ola agonizante

que nos arrastra?


3

¿También tú, mar?

Tu azul era el zafiro

de mis metáforas.


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(Ilustración de Hiroshige.)

sábado, 19 de marzo de 2011

BOMBILLA


Si las bombillas no sirviesen para nada, si no alumbrasen, si se limitaran a ser objetos sin función, las veríamos expuestas en los museos, pues pocos ingenios resultan tan hermosos y delicados como una bombilla clásica. Pero, como alumbran, las bombillas tienen que conformarse con ser bombillas, que no es un gran destino, de acuerdo, pero que tampoco está mal, sobre todo para el usuario.

La bombilla es un mundo hermético, simplicísimo y complejísimo a la vez, como casi todas las cosas que merecen la pena. Una bombilla apagada es un mundo despoblado, sin el duende dentro. Una bombilla encendida es un pequeño prodigio: una luz que tiene su origen quién sabe dónde y que encuentra la meta en un filamento que puede ser de platino, de carbón, de wolframio o de tungsteno, entre otros materiales posibles, según informan quienes saben.

Una bombilla no se pone al rojo vivo, sino al rojo blanco, que es un rojo muy peculiar, al menos para tratarse de un rojo. El bulbo de cristal de toda bombilla contiene un gas inerte que protege los filamentos de las altas temperaturas, lo que convierte a la bombilla en un ámbito con fantasma incorporado, pues como tal fantasma podemos considerar el mencionado gas inerte, que suena más a ocurrencia lírica que a término científico: inerte… El gas…

Una bombilla encendida atrae a los insectos (salvo a los traicioneros mosquitos, que son amigos de las tinieblas, porque ellos son como murciélagos en miniatura), y lo cierto es que comprende uno a esos insectos que no paran de revolotear en torno a las lámparas domésticas o a las farolas públicas: si uno hubiera nacido insecto, también se fascinaría ante ese espectáculo de refulgencia en plena noche, y creo que más de un insecto acabará pensando que una farola es en realidad la Luna misma, que se ha desprendido del cielo y ha ido a parar a un muro de la calle Aribau o de la calle Pedro Pérez, por no señalar a nadie en concreto.

Para una polilla con un poco de mentalidad estética, una bombilla debe de representar algo así como un palacio impenetrable de cristal en el que de noche se produce el milagro de la luminiscencia, de la luz surgida de la nada. Por eso, algunos insectos se apostan durante el día en las inmediaciones de la bombilla o sobre el cristal mismo de la bombilla, a la espera de que se ponga el sol y de que una mano distraída active el mecanismo prodigioso que permite que llegue al filamento un caudal inextinguible de luz, la luz a chorros, la luz navegante que viene de qué ríos.

En cuanto al destino trágico que está reservado a casi todas las cosas del mundo, digamos que las bombillas suelen tener una muerte fulminante. No hay bombilla que muera de muerte natural, de muerte lenta, por desgaste paulatino. No: la bombilla muere siempre electrocutada. En una micra de segundo, puede pasar de la actividad al acabamiento irreparable. Se trata de una muerte tan sumamente súbita, que en realidad parece un suicidio, pues nada se da tanta prisa en morir como una bombilla sana, ella sabrá por qué.


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lunes, 14 de marzo de 2011

CAFÉ












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Debido a su poder instantáneo para espabilar e infundir diligencia a la clase obrera, el café puede ser considerado como una de las armas secretas más eficaces del capitalismo. Es posible que, sin la existencia providencial del café, el absentismo laboral alcanzase cotas insostenibles para nuestro entramado productivo, y adiós entonces a tantísimas cosas.

Dicen quienes conocen las cosas que sucedieron en el pasado que, hasta el siglo XVII, el café era para los europeos un concepto exótico, algo que se mencionaba en los relatos de los viajeros que regresaban de Oriente con un fardo de curiosidades en la memoria. Mientras los árabes y los turcos bebían café, los europeos tomábamos vino y cerveza desde las claras del día, extremo que, se mire como se mire, distaba mucho de la ejemplaridad cívica y del fomento de la diligencia laboral. Como no hace falta decir, los pueblos de Europa, amigos del sincretismo, siguen bebiendo vino y cerveza, aunque suelen recurrir al café para paliar los efectos del vino y de la cerveza, en tanto que los pueblos árabes, más partidarios de la inamovilidad de las tradiciones, siguen con la cosa del café, ya que el consumo de bebidas alcohólicas puede acarrearles problemas de índole teológica, y tampoco se trata de eso.

Quiere la leyenda que los sufíes fueron los introductores del café en el mundo islámico, y se supone que los primeros cafeinómanos se manifestaron a finales del siglo XIV en círculos místicos, pues les infundía elevación de espíritu aquella sustancia. De todas formas, la popularización del café llevó consigo que se abrieran establecimientos para su consumo, y parece lógico que en tales establecimientos se practicaran juegos de azar, se alternase con mujeres y se escuchase música. Estas expansiones lograron herir la sensibilidad de un jefe de policía de La Meca, que, en el siglo XVI, con la complicidad de un concilio de alfaquíes, consiguió prohibir el comercio y consumo de café. La prohibición duró hasta que le sucedió en el cargo un partidario del café, y las aguas volvieron a su cauce; es decir, a las cafeteras.

En un principio, se atribuyeron al café muchas propiedades terapéuticas: la purificación de la sangre, la sedación del estómago, el fortalecimiento del hígado… El sector más puritano de las postrimerías del XVII no dudó en otorgarle una cualidad moral: la de alejar a los humanos del vicio del alcohol.

El café fue recibido en Europa, en fin, como una especie de sustancia mesiánica, redentora de una situación de borrachera global, ya que tanto la cerveza como el vino formaban parte de la dieta de cualquier familia, niños incluidos.

A principios del XVIII, el país europeo con un índice mayor de consumo de café era Gran Bretaña, hasta que, a mediados de siglo, ese consumo entusiasta fue relegado en beneficio de la popularización del té, quizá por ese prurito británico de diferenciarse de sus nacionalidades vecinas incluso a la hora de colocar el volante en un coche.

Herman Melville, en su novela Moby Dick, concibió a un personaje cafeinómano que procuró hacer entrar en razón –aunque en vano- al capitán Ahab: el oficial Starbuck, que en la actualidad da nombre a una cadena internacional de cafeterías, como no hace falta ni decir.


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jueves, 10 de marzo de 2011

LAS RESPUESTAS RETÓRICAS
























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De momento al menos, todo parece destinado a volver al papel.

En la novedosa colección Álogos (dedicada a recopilar entradas de blogs), Javier Sánchez Menéndez, el diligente director de la Isla de Siltolá (siltola.blogspot.com
), ha editado una selección de las entradas de este MERCADO DE ESPEJISMOS.

En la misma tanda, han salido recopilaciones de J.M. Benítez Ariza, Enrique García-Máiquez y Fernando Valls.

Pues nada, eso: que muchas de estas divagaciones ya están allí y, por supuesto, siguen estando aquí.

El soporte fantasmal y el soporte papel.

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lunes, 7 de marzo de 2011

EL BUEN SOLDADO








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La editorial sevillana PARÉNTESIS (www.parentesiseditorial.com), que dirige Antonio Rivero Taravillo, acaba de reeditar, en una nueva traducción debida a Victoria León, la novela El buen soldado, de Ford Madox Ford, que vale mucho por sí misma y también por los caminos narrativos que desbrozó, cualidades que no siempre se confabulan. Antonio tuvo la amabilidad de pedirme que la prologara. Van a continuación algunos fragmentos de ese prólogo:


"Ford Madox Ford empezó a escribir El buen soldado a finales de 1913, a sus 40 años recién cumplidos. Antes de publicarse en 1915, la novela tuvo un título de reverberaciones un tanto melodramáticas: La historia más triste. El editor consideró que se trataba de un reclamo -cualquier título no es mucho más que eso- muy poco atrayente para una sociedad que estaba siendo testigo de las calamidades derivadas de la Primera Guerra Mundial. La discrepancia se resolvió mediante una broma, según explica Ford en el prólogo que añadió a una edición de 1927 de esta novela de atmósfera envolvente y de título tan ambiguo como equívoco, ya que dirige el foco hacia uno solo de los cuatro pilares de la historia: un matrimonio inglés y otro norteamericano que mantienen a lo largo de nueve años una relación en principio afable, a la larga tortuosa y al cabo destructiva".

(...)

Ford no recurre a sentimientos esquemáticos que induzcan -o al menos faciliten- el posicionamiento moral del lector frente a los protagonistas de su novela, sino a sentimientos tan enturbiados como sólo pueden enturbiarse en la vida real; sentimientos extraños, poliédricos y confusos, como lo son tal vez todos los sentimientos cuando se diseccionan y cuando se procura desplazarlos al ámbito de la razón, que no deja de ser una intrusa vanidosa en los asuntos sentimentales. Mark Schorer supone que “en última instancia”, El buen soldado describe un mundo que carece de sentido moral y que revela a un narrador que sufre la locura de la inercia moral: una víctima indolente que ni siquiera se toma la molestia de guardar rencor.

(...) "En esta novela, Ford Madox Ford plantea la coherencia peculiar de las pasiones, una coherencia que está por encima -o por debajo, quién puede saberlo- de cualquier razonamiento lógico, quizá porque las pasiones que merecen ese nombre se alimentan en buena parte de las contradicciones; entre ellas, la que tal vez sea la mayor de las contradicciones posibles: el afán de esclavitud sentimental en nombre de la libertad de los sentimientos" (...)

(...) "El ritmo de la narración es el propio de una conciencia impúdica aunque a la vez temerosa: la conciencia de alguien que quiere contar pero que parece remiso a contar, explícito y escurridizo a la vez; la conciencia de alguien, en fin, que ofrece verdades a medias como táctica para ofrecer una verdad global: una verdad hecha pedazos, hecha de pedazos. “Soy consciente de haber contado esta historia con muy poco orden, de manera que tal vez resulte difícil encontrar el camino por lo que quizá no sea más que una especie de laberinto”, confiesa el narrador. Esa carencia de orden es una de sus virtudes estilísticas: la alteración de la linealidad del espacio y del tiempo narrativos en beneficio de una exposición del discurso mediante la recurrencia continua al flash-back" (...)

Divagaciones al margen, y en resumen, una novela capital.

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domingo, 27 de febrero de 2011

EL POLLO FUGITIVO


Lo peor que puede pasarle a uno en este mundo es nacer pollo. Bueno, puede haber algo peor: nacer pollo y tener la misma inteligencia que un pulpo, pongamos por caso, porque la verdad es que los pollos no andan muy allá en cuestiones de comprensión y discernimiento, quizá porque demasiada tarea intelectual padecen por el simple hecho de asumir que son pollos. Naces pollo, en fin, y te pasas la vida absorto y meditabundo, sumido en cavilaciones, intentando buscarle un sentido trascendental al hecho de ser pollo, aunque al final te das cuenta de que ser pollo no tiene trascendencia alguna y que lo más probable es que te coman frito al estilo de Kentucky o en pepitoria. De ahí el drama esencial del pollo.

Hace unos días leíamos la noticia de que un pollo se había escapado de una granja de Soria. Dicho así, parece una hazaña trivial, pero hay que tener en cuenta que las granjas avícolas suelen disponer de más medidas de seguridad que Guantánamo. No se sabe cómo, el pollo burló a sus vigilantes, echó a correr por aquellos campos de reminiscencias machadianas y llegó a Madrid, donde vivió su peculiar aventura de prófugo.

Como saben, el pollo fugitivo entró en una entidad bancaria y, al rato de observar los trajines propios de esos comercios, le atormentó una paradoja: una multitud de pobres confiaba sus ahorros a una minoría de ricos para que los ricos fuesen más ricos y ellos igual de pobres. Según testigos presenciales (¿puede haber testigos ausentes?), el pollo salió de la sucursal con lágrimas en los ojos, que, a falta de pañuelo, se secaba con el ala derecha.

En su ruta azarosa, entró en el Congreso de los Diputados, donde el presidente de aquella institución, al confundirlo con un diplomático de un país exótico, le regaló un ejemplar de la Constitución de 1812. “La piel de la encuadernación es de vaca, no de pollo”, le tranquilizó el susodicho presidente, y el pollo suspiró, porque lo único que les falta a los de su especie es que, en estos tiempos de ahorros y miserias, encuadernen los libros con piel de pollo o de gallina. Con su libro bajo el ala, salió el pollo del Congreso y se encaminó a la llamada Puerta del Sol, donde un espabilado le propuso un trueque: una bolsita de alpiste a cambio del libro. El pollo, que no había desayunado, accedió de buen grado.

Anduvo el pollo, en fin, de aquí para allá, tomando nota mental de todo por si algún día le daba por escribir una “Guía turística de Madrid para pollos”. Hasta que tuvo la mala suerte de entrar en un MacDonald´s y le preguntó al camarero si había trabajo para él. “Por supuesto que sí. Pasa a la cocina”, y allí acabó la odisea del fugado.

Les cuento esta historia trágica del pollo de Soria para que no caiga, como tantas otras, en el olvido.

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viernes, 18 de febrero de 2011

NABOKOV Y LAS MARIPOSAS ERRANTES

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The New York Times da la información: los nuevos métodos científicos corroboran la hipótesis de Vladimir Nabokov de que las mariposas azules llegaron a América desde Asia. En su día, los entomólogos se tomaron a chacota la hipótesis de aquel entomólogo autodidacta: "¡Ensueños de poeta!". Sí, bueno, pues ahí está ahora el resultado de esos ensueños.

Para celebrarlo (aunque confieso que las mariposas, incluidas las azules, no son mi mayor preocupación), va un poema de Nabokov que traduje hace años:

U N

D E S C U B R I M I E N T O


En tierra legendaria, todo rocas, lavanda

y alta yerba, la encontré,

sobre un barrizal al lado de un arroyo

inaccesible, en un paso de montaña.


Para la ciencia, sus rasgos eran nuevos:

forma y tonalidad, esa especial coloración

de resplandor lunar que atenuaba sus azules,

el abdomen pardusco, los flancos de geométricos diseños.


Han desenmascarado su esculpido sexo mis agujas;

el tejido muerto no podía ya ocultar

esa valiosa mota que ahora riza la lágrima

convexa y límpida que resbala por el portaobjetos iluminado.


Al apretar levemente un tornillo, dos antenas ambarinas

emergen de la niebla y se arquean en simetría perfecta,

y escamas como trozos de amatista

cruzan la circunferencia mágica del microscopio.


Versado en latín taxonómico, fui su descubridor

y le di nombre, y así me convertí

en padrino de un insecto y el primero en describirlo.

Ya ninguna otra fama me interesa.


Con las alas extendidas, traspasada por un alfiler

(aunque profundamente dormida),

a salvo del asedio de parientes y del moho,

en la fortaleza aislada en que guardamos

los especímenes de cada especie, trascenderá al polvo que la forma.


Oscuras pinturas, tronos, piedras que besan los peregrinos,

poemas que perduran un milenio

tan sólo imitan la inmortalidad

de esta etiqueta roja al pie de una pequeña mariposa.

(1943)


domingo, 13 de febrero de 2011

NUEVOS ARISTÓCRATAS


Las apariencias tienen la facultad de ser cambiantes, las esencias quizá no tanto. En sus buenos tiempos, la nobleza imponía a la plebe la tasa de los tributos no en función de los intereses de la plebe, claro está, sino en función de las necesidades de la propia nobleza para mantenerse como estamento privilegiado. En sus buenos tiempos, la nobleza presidía los festejos que le apetecía presidir. En sus buenos tiempos, la nobleza tenía muy claro que los signos externos de grandeza eran algo más que signos externos. En sus buenos tiempos, la nobleza, en fin, mantenía las distancias, porque su subsistencia dependía en gran parte de esas distancias: el mantenimiento de un rango ilusorio para poder mantener un rango con beneficios prácticos.

En nuestros días, los aristócratas tradicionales han quedado como mucho para alquilar su título nobiliario a las empresas bodegueras, de modo que un conde o un marqués nos suena hoy a marca de vino tinto. Y es que, como decía, las apariencias cambian: los nuevos aristócratas no ostentan un título de marqués o de duque, sino un cargo político. Ellos se guisan y se comen sus privilegios, ellos imponen a la nueva modalidad de plebe las tasas necesarias para poder sostener el entramado burocrático que les permite el ejercicio de sus funciones filantrópicas, ellos se alían con los otros estamentos de poder para armonizar no el tejido social, sino el tejido de las altas jerarquías; ellos ocupan ahora los sitios de honor en los festejos, y gratis, porque no conoce uno a ningún político que no vaya de gañote a casi todas partes. Y así sucesivamente.

Un parlamentario catalán acaba de alarmarnos del riesgo de que, si se suprimen los privilegios de casta de los políticos, la función pública quede en manos de funcionarios y de pobres. Un ministro nos adoctrinaba hace poco de que los expresidentes de gobierno pueden y deben conciliar el cobro de un sueldo público y de un sueldo privado, ya que dedicaron años muy valiosos de su vida a manejar el timón incierto del país, no como los mineros o los albañiles, por ejemplo, que se limitan a dedicar los años más valiosos de su vida a hacer cruceros por el Caribe.

Según parece, los políticos están haciéndonos un favor, porque podrían dedicarse a actividades más rentables que la de salvar a diario el país, y ese sacrificio suyo se topa con la incomprensión de la plebe, que no acaba de asumir de buen grado que la clase política sea precisamente eso: una clase.

El propietario de Ikea (que, según dicen, es uno de los hombres más ricos de nuestro planeta de pobres) acude cada mañana en metro a su trabajo. Aquí, cualquier concejal de distrito no puede vivir sin coche oficial, por dos motivos de apariencia contradictoria: porque no es sueco y porque resulta muy cómodo hacerse el sueco.


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lunes, 7 de febrero de 2011

CONCURSANTES ETERNOS


Entre cosa y cosa, nos pasamos la vida concursando, compitiendo. Incluso desde antes de nacer ya andamos metidos en una competición a vida o muerte, y nunca mejor dicho: estamos aquí de pura chiripa, gracias a que nuestro socio espermatozoide llegó el primero al óvulo, entre miles de contrincantes empeñados en pegarle un picotazo germinal al óvulo en cuestión. Nuestro espermatozoide ganó la carrera, y miles de colegas suyos se quedaron por el camino, desnortados, con cara de póquer, sin entender muy bien qué había podido fallar, porque ellos no hicieron más que salir embalados, sin distraerse, sin pensar en otra cosa que no fuese el óvulo, el picotazo, con un firme sentido del deber genético.

En el colegio, competimos en sabiduría con los demás aspirantes a la sabiduría, y nos ponen incluso nota, para que podamos enorgullecernos de nosotros mismos o bien sentirnos humillados, aunque eso en el fondo es lo de menos, porque donde en realidad compiten los colegiales es en el terreno deportivo, formando equipos que ganan copas plateadas o que se beben la copa amargosa del fracaso.

Cuando alguien termina una carrera universitaria, se ve obligado por lo general a preparar oposiciones, que viene a ser una despiadada competición mental, una apuesta bien fuerte, porque lo que está en juego no es sólo el futuro, sino también el presente inmediato: no puedes hipotecarte si no tienes nómina. Y venga temarios, y venga café, y venga machacarte la memoria. Y luego a competir con miles de tipos que han tenido la misma ocurrencia que tú, que se han bebido los mismos litros de café que tú, que están igual de pálidos que tú porque no han visto el sol durante muchos meses.

Haga uno lo que haga, se dedique a lo que se dedique, está siempre concursando o compitiendo, porque la vida la hemos estructurado como un concurso o como una competición. A veces, competimos contra nosotros mismos, avivando nuestra ambición y nuestra estima, hipnotizándonos ante el espejo: “Puedes aspirar a más. Tú puedes aspirar a más”. Y te pones a aspirar a más. Y compites con la comodidad y con la desgana, porque sabes que puedes aspirar a más, a ser más, a ser tu mega-yo, tu propio superhéroe, tu propio ídolo, un tipo admirable que luchó contra sí mismo para aspirar a más, porque un día decidió aspirar a más. A más. A un poco más.

Y, cuando ya eres más, un poco más, tienes que mantenerte ahí, según avisa uno de esos miles de tópicos ramplones que pasan por ser dogmas: “Lo difícil no es llegar, sino mantenerse”. Y te pasas la vida manteniéndote, manteniéndote ahí arriba, para que ningún otro ambicioso te desplace de tus alturas, esas alturas alcanzadas con sudor y sacrificio, porque tuviste el coraje de aspirar a más. A un poco más. Y ahí andas, defendiéndote, defendiendo tu territorio conquistado, tu parcela de universo, tu aspiración cumplida, porque muchos otros la ansían, esos otros que también han tenido la idea luminosa de aspirar a más, a costa de lo que sea.

Nos pasamos la vida compitiendo. Nos pasamos la vida concursando. Por encima incluso de nosotros mismos. Y luego, el día menos pensado, nos morimos. Pero para eso hemos inventado el remedio de la inmortalidad. Y el juego sigue: infierno, paraíso o purgatorio. Y qué cansancio.

lunes, 31 de enero de 2011

MERCADO y TAMAGOTCHI







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Una de las peculiaridades del ser humano consiste en tener que vivir más pendiente de las entelequias -el futuro, la conciencia, los dioses- que de las cosas tangibles. Te cae una entelequia y ya estás listo, porque uno puede estar más o menos preparado para luchar contra un tigre, pero no para luchar contra un tigre invisible.

La entelequia de moda es el mercado. No el mercado al que uno va a comprar pescado o legumbres, sino ese otro mercado abstracto que determina el precio del pescado y de las legumbres. Oye uno hablar de los mercados y tiene que hacer un esfuerzo para imaginarse en qué consisten, y la fantasía empieza a volar, según es condición natural de la fantasía: ¿son los mercados una especie de cofradía compuesta por seres parecidos al tío Gilito?, ¿son los mercados un olimpo de dioses sin piedad que exigen sacrificios humanos: la congelación de las pensiones, la agilización del despido, el retraso de la edad de jubilación? ¿Qué son los mercados, dónde viven, qué comen, en qué piensan cuando no piensan en el mercado propiamente dicho? ¿Duermen los mercados con la conciencia tranquila? Quién sabe, ¿verdad?, porque la conciencia puede ser más acomodaticia de lo que recomienda la propia conciencia. Lo que sí parece estar más o menos claro es que los mercados son como los antiguos tamagotchis: hay que mimarlos, hay que procurar que estén tranquilos, que tengan sus necesidades cubiertas, que coman a su hora, que orinen, que no se alteren, porque de lo contrario llevamos las de perder: un mercado nervioso es una bomba de relojería. De ahí que los gobiernos se pasen la vida jugando al tamagotchi, con el alma en vilo y con éxito variable, porque no hay cosa más complicada que tener contento a un tamagotchi.

Según parece, los mercados poseen la capacidad prodigiosa de poder inyectar dinero, porque el dinero de verdad se manifiesta en estado líquido (no como el dinero nuestro: papeluchos sólidos y manoseados), y se figura uno a los amos de los mercados con una jeringuilla gigantesca, poniendo inyecciones a los países que les caen bien y utilizando en cambio la jeringuilla para extraerles sangre a los países que les caen regular, porque esto de los mercados es como todo: una cuestión de empatía, y la empatía es, al fin y al cabo, una manifestación del capricho.

Los mercados, en fin… Qué cosa tan rara son los mercados: duendecillos burlones que llevan el dinero de un sitio a otro ni siquiera en sacas, sino pulsando una simple tecla del ordenador; tamagotchis que juegan al monopoly con la gente, entelequias que dudan, se inquietan, se ponen de repente optimistas, como si padecieran bipolaridad. Qué raros.

Si los mercados no fuesen entidades fantasmagóricas, si tuviesen cara, más de uno se animaría a partirles la cara, por despiadado que resulte maltratar a un tamagotchi. Pero, como son invisibles, aquí estamos, conviviendo con esa abstracción, como si no tuviésemos ya abstracciones de sobra para hacernos un lío con la realidad.

lunes, 24 de enero de 2011

RESTAURANTE LITERARIO










Una de las pocas emociones intelectuales que se derivan del hecho de ser dueño de un restaurante consiste en poder bautizar a capricho los platos que uno se inventa, aunque la invención meramente consista en rociar un lomo de besugo con una mousse de menta tras haberlo cocido en un batido de chocolate especiado con ajonjolí, pongamos por caso, pues la mente de un cocinero suele estar de sobra preparada para asumir cualquier atrevimiento estético de corte más o menos dadaísta.

Si yo abriese un restaurante, lo más probable es que tuviera que cerrarlo a las dos semanas, pero, al menos durante ese periodo, podría bautizar a mi gusto numerosos platos, y practicaría ese sacramento culinario con arreglo a la deformación profesional que todo escritor aplica, más o menos insensatamente, a las cosas de la realidad, pues en eso consiste lo esencial de su faena.

En la carta de mi ruinoso restaurante no faltarían el solomillo stendhal, los higaditos de faulkner al whisky, los entrantes de chacinas galdosianas, el arenque de azorín a las finas yerbas, el ossobuco a la valle-inclán, el ragut darío, el filet villon, el besugo pasternak, el paté de poe, los lomitos de proust a la bechamel ni el flaubert de alcachofas. No creo que el mío fuese un restaurante serio si prescindiera en la carta de los buñuelos turgénev, de las cocochas de esturión al dostoiesvki, del chuletón balzac, de la migala a la arreola, de los canelones mallarmé, de las truchas capote o de los pessoítas al oporto.

Los domingos ofrecería un menú-degustación a precio promocional, a saber: chestertones en su tinta, pechugas de pavo de Wilde, huevecitos de kafka, monterrosos de dinosaurio y sesos de hamlet.

No sé, las cartas largas tampoco son muy buena cosa, porque los clientes se marean ante tantos manjares y no saben qué pedir, pero ¿cómo iba a privar a los paladares más refinados de los cogollitos de Li Po, del revuelto de Joyce, del conrad de bacalao o de las delicias de ternerita nabokov?

El vino de la casa sería barato y popular: un Viña Campoamor, un Pérez de Ayala o un Sangre de Unamuno. ¿Los postres? No podrían faltar las riquísimas lampedusas de gato, los castizos buñuelos de baroja acompañados de un goethe al carajillo o los rollitos de kundera con sirope.

Bueno, no creo que mi restaurante tuviese mucho éxito ni que cooperase especialmente a la difusión de la cultura universal, pero yo me lo iba a pasar en grande al poder exclamar cosas como "¡Marchando un cernuda poco hecho!"


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martes, 18 de enero de 2011

EL GASTO BOBO









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Los organismos oficiales están sin blanca, hasta el punto de que las empresas y los proveedores se echan a temblar si el negociado de un simple ayuntamiento les pide un presupuesto, porque saben que, con un poco de suerte, cobrarán apenas unos días antes del Juicio Final, con lo cual van a disponer de muy poco tiempo para disfrutar de la ganancia.

Ante esta carestía de dinero público, se acuerda uno con nostalgia de aquella edad de oro en que los políticos ejercían de reyes magos: gente magnánima que repartía agendas, bolígrafos, mecheros, libros a todo color, calculadoras, metopas, maletines, pins, alfileres de corbata, pendrives, paraguas, sombrillas, mochilas, bolsos, discos, carteras… Todo con su logotipo correspondiente, porque los regalos institucionales son como los toros de lidia: siempre llevan el hierro de la ganadería.

Se acuerda uno de aquella edad dorada en que las instituciones públicas organizaban banquetes multitudinarios con cargo a la partida de gastos de representación o de algo por el estilo, supone uno que para que, llegada la hora de votar, nuestro estómago nos dijese: “Eh, tú, no te equivoques de papeleta. Acuérdate de lo bueno que estaba aquel solomillo al que nos convidó el viceconsejero de turismo con motivo del día de la patria autonómica”.

Tiempos aquellos, ay, en que los representantes del pueblo se hicieron gourmets y sumilleres gracias a tarjetas de crédito cuyos cargos iban al arca común. Tiempos de gloria en que cualquier infraconcejal o subvicedelegado disponía de coche oficial, en que cualquier vicesubsecretario disfrutaba de varios asesores, en que cualquier vicesubpresidente de cualquier subcomisión viajaba en business, se hospedaba en hoteles de ringorrango y estudiaba la carta de vinos de los restaurantes con el aplomo de un magnate de toda la vida, porque la entrega a la función pública lleva implícito el refinamiento instantáneo del espíritu, de modo y manera que un rústico asciende a concejal y, a las dos semanas, ya sabe distinguir entre un ribera del duero y un borgoña, y gratis.

La catalogación de “político corrupto” es más sencilla -y más terrible- de lo que parece: todo aquel que hace una simple llamada privada desde un teléfono pagado con dinero público. Y de ahí para arriba. Tan simple -y tan terrible- como eso. Los que se han gastado el dinero en regalar bolígrafos, mecheros, etc., no serían estrictamente corruptos, sino más bien bobos, porque muy bobo hay que ser para confundir el ejercicio de la función pública con el síndrome de Papa Noel.

Si juntásemos todo el dinero que los políticos se han gastado en banquetes indigestos, en viajes inútiles, en editar libros absurdos, en regalos suntuarios, en subvenciones injustas, en conciertos gratuitos, en premios irrelevantes, en chatarra artística, en dietas abultadas y en más vale no saber qué más, ¿qué suma daría? El chocolate del loro tal vez, pero el problema de ahora es que no sólo es el loro el que se ha quedado sin chocolate.

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viernes, 14 de enero de 2011

COLLAGES

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COMO NO TODO PUEDEN SER DIVAGACIONES, VA UN POCO DE PUBLICIDAD TANGENCIALMENTE PROPIA, A SABER: UNA NUEVA EMPRESA DE AQUÍ HA HECHO -CON MUCHO OPTIMISMO, ME TEMO- UNA TIRADA DE DOS COLLAGES MÍOS.


PUEDEN VERSE EN

http://interroganteeditorial.blogspot.com


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