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Sabía que eran los padres, pero, en la duermevela, el sonido de las zapatillas arrastradas era el de las babuchas de unos reyes.
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M.B.T. tuvo una noche agitada. Se durmió unas 18 veces, y otras tantas se despertó con un grado variable de sobresalto, como si fuese aquello un festival de ficciones inquietantes. Por la mañana, M.B.T. se levantó con la sensación de ser una especie de despojo freudiano, molido por los caprichos lisérgicos del subconsciente. “¡Qué de sueños he tenido, y qué malos todos!”, se lamentó ante el espejo, ese espejo que le devolvía una cara espeluznada, sin duda de tanto deambular por los barrizales hipnóticos del pensamiento.
Los sueños son materia volátil, pero M.B.T. lograba recordar algunos, y ese recuerdo le llenaba el estómago de agujas.
Iba él por la calle y, de pronto, alguien lo arrastraba a la fuerza hasta una nave industrial. Había allí muchos chinos que hacían paquetes mientras cantaban villancicos. Su raptor le mostraba una tableta gigante de turrón de Xixona y le decía. “Hasta que no te la comas entera no saldrás de aquí, canalla”, y M.B.T. comía turrón sin parar, y los chinos cantores se reían de él, al tiempo que le obligaban a degustar caramelos de jazmín, como si tuviese poco aporte calórico con el turrón, que le iba ya indigestando.
Recordaba otro sueño gastronómico: una figura gigante de mazapán que representaba un oso panda corría tras él por un bosque de azúcar. “Voy a devorarte”, le amenazaba el oso panda de mazapán, pero M.B.T. tuvo la fortuna de despertarse justo en el momento en que el dulce depredador iba a engullirlo. En otro de sus sueños, M.B.T. se cruzaba con unos pastores que le ordenaban: “Ven con nosotros a Belén”, y le ponían un carnero sobre los hombros, y M.B.T. avanzaba por un desierto infinito, y el carnero le mordisqueaba la oreja.
Más: entraba M.B.T. en una tienda de juguetes con sus dos hijos. Cada niño cogía un carro. Al instante, los dos niños aparecían ante él con sus respectivos carros repletos, pero… repletos de otros muchos carros que a su vez estaban llenos de carros, y toda esa torre de carros rebosaba de juguetes. “Son 1.000 millones”, le repetía la cajera, mientras agitaba una factura larga como una serpentina. Y aún más: los tres Reyes Magos se acercaban a su cama, lo zarandeaban y le decían: “Te has portado mal, muchacho. Tienes que devolvernos todos los juguetes que te hemos ido regalando a lo largo de tu vida. Así que ya sabes: ve buscándolos por los desvanes de la casa. Tenemos aquí la lista completa de todos los regalos que te hemos hecho a lo largo de estos 40 años. Que no falte ni uno. Porque te has portado muy mal”, y M.B.T. se vio de pronto desarmando su scalectrix, con lágrimas en los ojos.
En otro sueño, M.B.T. estaba en una fiesta de fin de año, con un gorro de lentejuelas, un matasuegras y una guirnalda al cuello. “¿Qué año es este?”, preguntaba a la gente que andaba por allí, y la gente le contestaba: “El año del fin del mundo”, y, de pronto, todo saltaba en pedazos, y un rostro enorme y barbudo se proyectaba en el aire con la textura incierta de un espejismo: “Soy Dios, y ya no habrá más fiestas. Se acabó la diversión, muñecos míos”.
M.B.T. llegó, en fin, a su oficina. En la puerta alguien había colocado un cartel: “Feliz Navidad y próspero 2011”. Y musitó: “Sí, ya veremos”.
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¿Fiestas navideñas? Habría que discutirlo, porque mucho me temo que estas celebraciones de resonancias bíblicas presentan un alto componente penitencial -aunque, dada la complejidad intrínseca del género humano, no resulta imposible conciliar el concepto de fiesta con el concepto de penitencia: ahí está la Semana Santa, o la Cuaresma, o las orgías sadomasoquistas, pongamos por caso.
En estas fiestas, por una razón o por otra, todo el mundo sufre, en buena medida porque la empresa promotora es muy partidaria del sufrimiento como vía de beatitud. El que está quitándose del tabaco, por ejemplo, lo pasa fatal, ya que la tentación de reincidir en el hábito de echar humo se acrecienta, y lo más probable es que recaiga. El que fuma de modo habitual termina envenenado de alquitranes. El que nunca fuma acaba -por quién sabe qué repente dionisiaco- con un habano entre los dientes, o con un cigarrillo que sujeta con mano inexperta, porque estas fiestas invitan no sólo al exceso, sino también a la extravagancia.
La persona que está a dieta acaba perdiendo el control mental y se pone hasta el gorro de pestiños y chocolate, de licores y mantecados, de salsas barrocas y de turrones, y luego se las tiene que ver con su conciencia. El gordo engorda. El flaco engorda. El que tiene úlcera acaba en urgencias. Los triglicéridos hacen su agosto. El que apenas suele comer acaba indigestado. El alcohólico anónimo no se resiste a mojarse los labios en una copa de champán después de las 12 campanadas. El que nunca bebe se toma un par de copas. El que acostumbra tomarse un par de copas acaba tomándose cuatro, y los que gustan de tomarse cuatro acaban con ocho encima, y hasta es posible que canturreen, porque el beber y el canturrear son artes complementarias. Incluso los niños acercan sus labios aventureros a la copa de espumoso, y los padres no dudan en celebrar esa temprana curiosidad enológica, entre otras razones porque ellos están ya hasta la nariz de destilados.
Como hay que hacer regalos a mansalva, los pobres acaban siendo más pobres y los ricos menos ricos. Como hay que comer y beber más de lo prudente, se hace un gasto imprudente en el supermercado, y casi todo el mundo llega a enero con más trampas financieras que un Ayuntamiento. Para acrecentar el aire penitencial de estas fiestas, los niños se aburren en casa, señalando una y otra vez en el catálogo de juguetes las cosas que necesitan para seguir viviendo. Pasan ellos los días de tregua colegial soñando con artefactos prodigiosos, pero esos artefactos no podrán disfrutarlos hasta un par de días antes de volver a clase, cuando ya dispongan de horas muy contadas para jugar: una variante infantil del mito de Tántalo. Los adultos se desesperan al ir a comprar regalos para otros adultos, que ya tienen de todo, incluso lo que les sobra. Y acaban comprando, quieran o no, como una fatalidad que ni ellos mismos se explican, corbatas y alfileres de corbata, pitilleras y pañuelos, abrecartas y encendedores, y a lo sumo –si se trata de un familiar cercano- un pijama de fibra térmica con estampados geométricos.
De todas formas, y en la medida de lo posible, felices fiestas.
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El alumbrado navideño tal vez responda, no sé, a una añoranza más o menos colectiva del país de las hadas: andar de noche por calles tornasoladas de escarlata y de azul, de amarillo y de verde; mirar hacia arriba, hacia la luna de los duendes lunáticos, y ver una guirnalda fantasiosa en vez de un cielo compacto y negro como la boca del lobo que pretendió comerse a Caperucita… Pero no todo es magia en esto del alumbrado navideño, sobre todo porque la gestión de ese alumbrado corresponde a los gobiernos municipales, que la única magia que practican consiste en gastar más dinero del que disponen, lo que tampoco deja de tener su mérito.
A veces, las noticias intrascendentes, esas que apenas ocupan una columnilla medio arrumbada del periódico, tienen la capacidad inesperada de ofrecernos la esencia de la realidad, que suele ser una esencia complicada y exótica.
Una de esas noticias informaba hace poco de que el alcalde de derechas de un pueblo gaditano, con el beneplácito incondicional de su equipo de gobierno, había suprimido -lo que se dice suprimir: ni una bombilla- la iluminación navideña: “Ante el panorama económico, hay que tomar decisiones valientes”, y es verdad que parecía una decisión valiente la suya, en especial si se tiene en cuenta que sus votantes naturales suelen ser muy de belén y capirote, muy de saeta y villancico, entre otros folclorismos teológicos. “Un aplauso para el alcalde antibombilla”, se dijo uno. Pero había que seguir leyendo, claro está, y allí aparecía el portavoz del partido de izquierdas poniendo el grito en el cielo y exigiendo al equipo gobernante que rectificase aquella “decisión absurda”. Les confieso que algo así como 264 signos de interrogación se abrieron al instante en mi mente, que no está ya para esas bacanales de incertidumbres. La reacción del presidente de los comerciantes era más previsible, y el hombre no dejó de manifestar su “sorpresa e indignación” (que es un sentimiento doble y estandarizado, y sin duda bastante doloroso) ante la decisión municipal. Por lo visto, si en las calles hay luces de colores, te entran unas ganas compulsivas de gastar dinero, lo que añade al asunto un matiz un tanto demoníaco: las luces navideñas se pagan con nuestros impuestos y esa inversión pública en alumbrado nos induce a gastar más dinero, como si fuésemos ayuntamientos en vez de personas.
Por su parte, el representante de la izquierda más a la izquierda de la otra izquierda se limitó a formular una sospecha razonable: que la decisión del equipo de gobierno no respondía a ningún afán de ahorro, sino a la negativa de la empresa concesionaria a instalar el alumbrado a causa de los impagos acumulados. Ay.
“¿Así es la política?”, se pregunta uno. No, así es, más bien, la vida misma, este malentendido minucioso, con sus luces y sus sombras… E incluso con sus bombillas.
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(Para quienes anden por la zona: Ricardo Cadenas expone en la Casa de la Provincia de Sevilla, hasta el 16 de enero, una muestra de trabajos pictóricos en torno al cómic. El que sigue es el texto que he escrito para el catálogo.)
Cada cual tiene sus sistemas para entenderse con las cosas de la vida. Esos sistemas -lo digo por experiencia- pueden ser tan normales como anómalos, tan imprecisos como precisos, tan infalibles como falibles. Es decir, que al fin y al cabo no son nada. Pero ¿quién puede vivir sin algún tipo de sistema? Yo, por ejemplo, cuando miro la obra de un pintor contemporáneo, me pregunto: “¿Podría ganarse la vida esta persona como pintor en algún lugar de Italia en pleno Renacimiento pintando como había que pintar en Italia en pleno Renacimiento para poder ganarse la vida como pintor?” Una pregunta larga, redundante, maliciosa en apariencia y, en el fondo, demasiado candorosa, pero nadie ha dicho -al menos hasta donde sé- que las preguntas tengan que ser complejas, ya que ese privilegio -o esa lacra, según se mire- parece reservado a las respuestas. Una repuesta que, en este caso, casi siempre es negativa.
Con Ricardo Cadenas no me pasa: me lo imagino en, qué sé yo, la Florencia del Quinientos, con camisa de tafetán y jubón de brocado, con las medias impecables, con botas relucientes de cordobán, acudiendo a toda prisa a pintar un fresco en la cúpula de la capilla privada de un cardenal más o menos libertino, antes de salir corriendo también a toda prisa hacia la casa de un duque para pintarle un retrato de cuerpo entero con armadura milanesa y fondo bucólico, y, entre cosa y cosa, dibujando un escudo de armas para un noble advenedizo, la caricatura de algún poderoso risible, trazando el perfil exacto de alguna marquesita napolitana para tallarle un camafeo, retratando a la familia entera de un condotiero enriquecido o pintando un telón de fondo para alguna representación palatina de una comedia de enredos cortesanos y galantes.
Dibujante magnífico en tiempos en que el dibujo pasa por ser un inconveniente, colorista matizado y elegantísimo frente a la moda de los colores puros o guarreados, equilibrista de los equilibrios compositivos, pintor ocurrente y hondo, sorpresivo y escueto, barroco comedido, neoclásico sin servidumbres con respecto al clasicismo, moderno de modernidades respetables, culto y siempre alerta, rastreador atento de tradiciones, Ricardo Cadenas se hubiera ganado muy bien la vida, sí, en pleno Renacimiento, siendo él mismo a pesar del capricho impositivo de cardenales y de duques, al igual que sigue siendo él mismo a pesar de los caprichos actuales de los galeristas noveleros y de los exegetas solemnes de la bagatela.
Qué buen pintor se perdió el Renacimiento, en fin, y qué buen pintor ha ganado esta época.
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Ese muchacho, el señorito Puigcercós, tiene más razón que un santo cuando dice que aquí en Andalucía no paga impuestos ni Dios, que se supone que tendría que pagar la cuota de IBI correspondiente al tramo de Cielo que afecta a esta comunidad.
Los empresarios catalanes, según el mencionado político, tienen en casa, prácticamente en régimen de okupa, a un inspector de Hacienda. Aquí no. Aquí llega un inspector de Hacienda, con su traje de bandolero, al cortijo de un defraudador fiscal y dice desde su jaca cartujana: “Don Pepe, mire usted, hombre, que nos debe casi un millón de euros por esa manía suya de defraudar”, y el tal don Pepe le replica: “¡Allá penas, don Joselillo, que estamos en la tierra de la jarana! Bájese de ese caballo tordo que monta usted con inigualable donaire y apostura y vamos a echarnos unas cañas de manzanilla, que ahora mismo aviso yo a un cuadro flamenco”. (Y al rato llegan los flamencos, claro está, y el inspector de Hacienda se va sin el dinero, pero con toda la alegría del mundo metida en el subconsciente, que es de lo que se trata.)
Aquí le mandan un requerimiento a un jornalero del campo y, cuando el inspector se planta en el chalet del jornalero en cuestión, el inspector en cuestión le recrimina: “Venga, hombre, Manolo, que te hemos escrito y ni siquiera te has molestado en contestar”, y el tal Manolo se justifica: “Verá usted, Gutiérrez (o lo que sea), es que la carta me llegó cuando estaba metido en el jacuzzi, después de pasarme todo el día vareando olivos, la abrí enseguida por sentido del deber cívico, se me cayó al agua y se corrió la tinta, porque este nuevo jacuzzi que me han puesto parece una centrifugadora. Pero no se preocupe usted que, en cuanto me vaya al paro y venda un par de cuadros de Murillo que tengo en el sótano, le juro que le pago todo lo que le debo e incluso le doy una propina para que se vaya usted a Disneyland París con sus churumbeles”.
Cuando un inspector de Hacienda pilla en falta fiscal a un andaluz no le pone una multa, porque eso es más bien cosa de la Guardia Civil, sino que le impone trabajos sociales, como por ejemplo el consistente en cantarle una saeta a la Virgen de la Macarena a la salida triunfal de su trono o en sacar a bailar una sevillana a una duquesa durante la feria de abril. Aquí se hacen las cosas, en fin, de otra manera, porque no es tan importante pagar impuestos como quedar bien con la gente, a ser posible sin soltar ni un duro.
En Andalucía tenemos una tasa actual de paro del 28,55%, y es posible -no sé, digo yo- que a muchos de esos parados les gustaría poder pagar impuestos en vez de cobrar -si lo cobran- un subsidio, siquiera fuese por complacer al señorito Puigcercós, ese hombre que tiene una boca. Aunque el defecto de algunas bocas es que les da por hablar.

Una mujer holandesa fue a un Burger King de Amsterdam para tomarse una ensalada y resultó que en la ensalada que le sirvieron había una rana viva, lo que convertía el plato en una performance en toda regla. De todas formas, tal y como está la gastronomía contemporánea, con esos cocineros que exhiben talante de alquimista iluminado, el incidente no resulta del todo escandaloso, ya que algunos fogones modernos son la plataforma del arte vanguardista, y la vanguardia tiene manga ancha. Aun así, si pides una ensalada, lo normal es que no contenga como ingrediente una rana viva, a menos que lo avisen en la carta: “Ensalada mixta con rana saltarina del condado de Calaveras”, como homenaje a Mark Twain, compatriota de los propietarios de esa cadena de comida rápida.
A lo mejor el misterio radica ahí, no sé: para que la comida sea aún más rápida, lo mejor es añadirle una rana, ya que las ranas pueden ser muy veloces cuando les da por pegar saltos. Echas una rana viva en la jungla de una ensalada y, a lo mejor, el plato sale dando brincos por la puerta del establecimiento. “Eso sí que es comida rápida, y lo demás son cuentos”, diría la gente, que anda siempre con prisa y que agradece por tanto cualquier manifestación de la velocidad.
Los responsables del restaurante están investigando cómo pudo acabar la rana en la ensalada, aunque no especifican si el asunto está en manos de la policía local o de la INTERPOL, porque igual se trata de una rana terrorista, dispuesta a boicotear los hábitos culinarios de EEUU en la medida de sus posibilidades, que al fin y al cabo no son escasas: una rana oculta en el fondo de una ensalada posee la cualidad de provocar el pánico. Es lo mismo que si vas a un restaurante segoviano con la intención de atracarte de ancas de rana y resulta que, bajo el montón de patitas rebozadas y crujientes, te encuentras de pronto una hamburguesa. Lo inesperado sobresalta, o sea. Acojona, vamos.
Como las hipótesis salen gratis, les confieso que tengo dos hipótesis sobre la rana misteriosa del Burger King holandés. Con arreglo a mi primera hipótesis, pudiera tratarse de una rana suicida. Sí: una rana que decidió inmolarse en un restaurante de comida basura para protestar por la globalización gastronómica. “Que me coman viva”, debió de proclamar la rana heroica ante sus familiares batracios. “Que mi sacrificio sirva al menos como testimonio”. Con arreglo a mi segunda hipótesis, un poco más insidiosa, lo único que pretendía la rana era comerse la ensalada: pasó ella por allí, vio aquella cosa verde y barroca y le entró apetito, de modo que se tiró de cabeza al bol, con la mala suerte de que, a mitad del banquete, llegó un empleado y le sirvió la ensalada exótica a la cliente desafortunada, que ha declarado que no tiene previsto presentar una demanda por daños emocionales, actitud que puede interpretarse como un gesto de apoyo al colectivo de las ranas para su integración en el menú de la multinacional.
¿A qué sabrá una rana viva? Por si acaso no les pica la curiosidad, remuevan bien sus ensaladas antes de hincarles el diente y vean si algo salta. Y si algo salta, comprueben si hace croc-croc. Y si hace croc-croc, avisen al encargado y pídanle que al menos la pasen por la plancha. Y que aproveche.
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Un futbolista en activo lleva tatuada en el antebrazo la siguiente proclama: “Nacer en La Perdriel fue y será lo mejor que me pasó en la vida”. Él lo sabrá mejor que nadie, desde luego, pero mucho me temo que se trata de una secuencia lógica un poco chirriante, ya que el simple hecho de nacer -a secas- tal vez sea más importante por sí mismo que el hecho de nacer no ya en La Pedriel, sino incluso en Chimbamba, aunque no duda uno de que el hecho de venir al mundo en La Perdriel, allá en Argentina, no tenga comparación posible con el hecho de nacer en cualquier otra parte, porque aquello debe de ser la bomba: La Perdriel, nada menos.
Que yo sepa, ningún político ha pasado por el taller de un tatuador para dejar constancia en su piel de su amor al terruño nativo. Eso que se pierden, creo yo, porque resultaría conmovedor leer en el antebrazo de los dirigentes locales, regionales o nacionales una leyenda micropatriótica del tipo: “Nacer en Vilanova i la Geltrú es incluso mejor que nacer en Reus”, por ejemplo. O bien: “Nacer en Vizcaya es un privilegio reservado a los vizcaínos”. O incluso, si el político en cuestión disfruta de un antebrazo largo: “Lo mejor que me ha pasado y me pasará en la vida es haber nacido en Ayamonte (Huelva), porque, de estar mi madre apenas unos kilómetros más al oeste, hubiese tenido la desgracia de nacer en Portugal”.
Esto, como casi todo en la vida, presentaría al menos un inconveniente, a saber: que los políticos tendrían que dar los mítines en manga corta, para que pudiésemos leer sus respectivas declaraciones de amor telúrico, ya que la frente es un sitio poco aconsejable para tatuarse una cosa de este tipo. (Habría que consultar el asunto, desde luego, con los asesores de imagen, que vienen a ser algo así como el espejo de la reina malvada del cuento de Blancanieves.) “¿Has visto el tatuaje que se ha hecho el aspirante a lehendakari?”, preguntaríamos con asombro y admiración. “¿Has visto lo que se ha tatuado el Honorable?”, preguntaríamos con orgullo. “Me ha emocionado el mensaje que se ha tatuado a lo largo de todo el brazo el alcalde de Estepona”, confesaríamos. En los ayuntamientos, en las diputaciones, en los parlamentos autonómicos, en el parlamento nacional y en el senado veríamos a políticos arremangándose para mostrarse entre sí su tatuaje, su declaración de amor a la tierra natal: “Si en vez de nacer en Vigo hubiese nacido en Cabrales, ahora estaría comiendo queso en vez de centollos”, pongamos por caso.
Esto de los tatuajes podría traer consigo, además, la reducción del gasto en las campañas electorales, ya que cualquier experto en marketing puede dar fe de que la gente pone más interés en leer lo que alguien se tatúa en el brazo que en leer -y creerse- los eslóganes que proponen las vallas publicitarias.
Ahora bien, hay que tener muy clara una cosa: que como nacer en La Perdriel, nada de nada.
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Ayer tarde, en un descuido, me hice una gran pregunta: “¿Por qué decimos tantas tonterías en nuestras conversaciones?”, y me puse a acumular respuestas posibles, a pesar de que, como he dicho, las respuestas que nos sugieren esas grandes preguntas acaban siendo siempre, o casi siempre, pura retórica ornamental. Llegué a barajar 14 respuestas inútiles, aunque alguna más o menos razonable, al menos para como suele andar mi raciocinio. “¿14 respuestas?” Ni una más ni una menos, ya digo, aunque sólo les haré perder el tiempo con mi favorita: “Decimos muchas tonterías no porque seamos especialmente tontos, sino porque cometemos un error de cálculo en el tiempo que media entre una pregunta y una respuesta”. Estás dando un paseo con un amigo y te pregunta, qué sé yo: “¿Qué opinas de la comida turca?”, y, apenas una micra de segundo más tarde, ya flota en el aire tu respuesta: “Bueno, no sé, porque tengo gastritis” O te pregunta un camarero: “¿Qué te parece lo de Israel?”, y, al instante, sale de tu boca un “Uff”, que es una pura tontería interjectiva y onomatopéyica, y así sucesivamente.
El caso es, creo yo, que nos hemos hecho un lío con los procesos intelectivos y con las normas de cortesía. “¿Cómo es eso?” Muy sencillo: si alguien nos pide nuestra opinión sobre la pesca con caña o sobre la pintura holandesa del siglo XVI, pongamos por caso, la cortesía nos impele a ofrecer un juicio instantáneo, a pesar de que ese juicio requeriría un periodo de reflexión de al menos un par de semanas. Lo normal sería, en fin, que, ante un requerimiento de esa índole, nos quedásemos callados y meditabundos y que, al cabo de ese par de semanas, al reencontrarnos con nuestro interlocutor, le dijésemos: “Oye, ¿te acuerdas de aquello que me preguntaste hace un par de semanas? Pues he estado reflexionando y documentándome y creo que…” (Y ya luego lo que convenga.) Pero no, tenemos siempre una opinión o una respuesta al borde los labios, respuestas que incluso preceden a una pregunta, opiniones urgentes que salen de la boca sin pasar por otro filtro que la boca misma, réplicas caprichosas y casuales, rápidas, como si se tratara de un torneo verbal en el que pierde quien calla, a menos que al callar otorgue.
Y con estas tonterías, en fin, ya hemos echado el rato en este lunes festivo y ventoso.
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La monarquía es un gran invento. Sobre todo para los monarcas, claro está. Se ve que el género humano anda tan necesitado de abstracciones, que es capaz de abstraerse y decidir que un congénere suyo disfrute del derecho al uso de corona y de trono, de cetro y, si hiciera falta, de capa de armiño, aunque luego vista de sport.
Se da la circunstancia curiosa de que no sólo el pueblo acaba creyéndose que un rey es un rey, sino que mucho me temo que incluso los reyes se creen de verdad que son reyes. (Lo decía el pintor Ramón Gaya: “La reina de Inglaterra se ha creído que es la reina de Inglaterra”.) Como la vigencia y buena salud de la institución monárquica no parece peor en el siglo XXI que en el siglo XII o XIII -y no digamos en el XVIII, y en territorio francés-, ya disponemos incluso de al menos dos monarquías comunistas: la cubana y la norcoreana. La primera es del tipo nepotista; la segunda, más convencional: de padre a hijo, aunque con intrigas más o menos shakesperianas de por medio, para que no falte de nada.
Creo yo, no sé, que algunos reyes pueden vivir del cuento gracias a los cuentos infantiles, a la estela que esas ficciones nos han dejado en el subconsciente. (Al fin y al cabo, ¿quién sería tan desalmado como para traicionar la memoria de los cuentos que oyó o leyó en su niñez candorosa?) En nuestra infancia, el rey era por lo general un ser barbado y bondadoso que aparecía en los cuentos, allá en su castillo unifamiliar, y que acababa cediendo el protagonismo narrativo al príncipe, que era quien andaba con la testosterona a punto de ebullición, enamorado el muchacho de alguna princesa rubia con la que acababa casándose, a veces a despecho de los poderes malignos de alguna bruja, de los asedios de algún ogro o de los celos de algún dragón.
Eran cuentos que siempre acababan bien, y de ahí que nuestro subconsciente atribuya a la realeza una capacidad infalible para solucionar los grandes problemas de Estado, como por ejemplo el que representaría el hecho de que el príncipe en cuestión, en vez de enamorarse de una princesa, se enamorase de una plebeya, porque está visto que los príncipes modernos no se enamoran de las princesas ni a tiros y que las princesas de hoy no quieren ver a los príncipes ni en pintura. ¿Cómo se arreglaría ese desequilibrio de linaje? No estoy seguro, pero creo que por una vía muy sencilla: gracias al cuento de Cenicienta.
La realidad es rara, porque para eso es una construcción colectiva. En estos tiempos de escasez, lo normal sería que los pueblos les dijesen a sus reyes: “Majestades, las cosas están muy malas. Búsquense ustedes un trabajito mientras sí y mientras no, a ver si esto mejora pronto y podemos volver a subvencionarles a vuecencias una vida mágica y acorde con los cuentos más bonitos”. Pero los cuentos, claro está, no son más que cuentos.
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El juicio a los imputados en la operación Malaya tiene muchas papeletas para convertirse en un sainete surrealista en el que, gracias a la estrategia retórica de los abogados, los integrantes de esa banda de tunantes y tunantas acaben siendo presentados ante la ciudadanía atónita como víctimas sufrientes y colaterales del sistema capitalista.
Allí lo que menos sobra es gente, pero uno echa de menos en esa pandilla tan populosa a Carlos Fernández, aquel concejal del Partido Andalucista que, a pesar de tener cara de estar haciendo a diario la primera comunión, se dejó seducir por las intrigas del poder y por el poder del dinero y que aún hoy anda en paradero desconocido, aunque la policía tiene indicios de que anda escabullido en la Pampa argentina. ¿Disfrazado de gaucho? Quién sabe, porque un huido de la justicia es capaz de disfrazarse de cualquier cosa con tal de no tener que disfrazarse de presidiario.
De todas formas, como uno es fantasioso por naturaleza y por deformación profesional, prefiere imaginar al concejal fugado como huésped de algún palacio fastuoso erigido en algún solar reseco de los Emiratos Árabes, con su chilabita de seda y demás accesorios propios de los lugareños, llevando vida de jeque vicario, como quien dice, aunque echando mucho de menos a su madre, porque tiene fama de madrero, y nadie ha demostrado que los presuntos delincuentes carezcan de ternura filial, a pesar de carecer por completo de ternura social. Me lo imagino, ya digo, en un sitio de esos, en Dubai, por ejemplo, no sé, porque no sería extraño que el prófugo Fernández, en sus tiempos de prevaricador, de malversador y de defraudador, entablase una amistad verdadera con algún que otro potentado de allí, de esos que recalan en Marbella para cerrar las joyerías y todo lo que humanamente pueda cerrarse, incluida la conciencia del prójimo.
Es posible, no sé, que Fernández se aloje en la caseta del perro de algún jeque, pero creo que estarán de acuerdo conmigo en que la caseta del perro de un jeque puede reunir mejores condiciones de habitabilidad que muchas viviendas de obreros, aparte de tratarse de un escondrijo casi perfecto, porque la policía no suele buscar en esos recintos a los concejales fugados, aunque es verdad que nuestro Fernández corre el riesgo de que el perro de la policía se asome por casualidad a la caseta del perro del jeque, se encapriche de aquellos esplendores y se quede a vivir allí, con la pérdida de intimidad que esa circunstancia representaría para el villanito marbellí con aspecto de no haber roto nunca un plato, a pesar de haber destrozado una vajilla entera.
A mí, ¿qué quieren que les diga?, la decisión de Fernández de darse a la fuga me parece intachable. Creo que los demás imputados en el caso Malaya debieron hacer lo mismo en su día. Es verdad que, con su evasión, se librarían del peso de la justicia. Pero, como contrapartida, nosotros nos libraríamos de ellos para siempre, que es de lo que se trata.
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