viernes, 21 de mayo de 2010

REALIDADES






Uno de los conceptos que menos respeto nos merecen es sin duda el de realidad. “¿Qué es la realidad?”, nos preguntan o nos preguntamos, y casi todas las respuestas tienden a la devaluación o incluso a la degradación de ese concepto, quizá porque la realidad es en el fondo algo tan real, que no podemos comprender en qué consiste con exactitud, y finalmente, por la ley de la paradoja, acabamos dispensándole la misma consideración que solemos dispensar a las fantasmagorías, a las especulaciones ociosas en torno a materias etéreas: un fu ni fa metafísico.

Los periódicos, por ejemplo, serían un buen índice de realidad si no fuesen manipuladores de realidades, creadores más o menos interesados de realidades, ya afecte esa realidad a la conjetura de una guerra planetaria o ya se refiera a la detención por hurto en unos grandes almacenes de una actriz holliwoodense de segunda fila, pues de todo hay, y todo acaba formando parte del entramado de la realidad diaria gracias a su mera divulgación, ya que la más insignificante de las anécdotas acaba ascendiendo al rango de noticia en cuanto la roza la varilla mágica del periodismo.

Y se pregunta uno: “¿Por qué no democratizar la condición de noticiable?” Que fuésemos al kiosco y leyésemos en la primera página de un periódico de difusión nacional, en grandes titulares, algo así como: “ESCÁNDALO EN VALDEPEÑAS”, y que, atraídos por esa circunstancia insólita (¿un escándalo en Valdepeñas?), leyésemos con dedos temblorosos la entradilla: “Ayer, sobre las seis de la tarde, José Menéndez Arroyo entró en el bar El Jamón de Oro y, nada más tomarse el primer vaso de vino, se aplicó de inmediato a la tarea de insultar a toda la clientela, hasta que fue desalojado del establecimiento gracias a la colaboración de Matilde Vargas Olmedilla, esposa del metepata.” Y que, tras una narración pormenorizada de los hechos, se reprodujesen opiniones sobre el particular recabadas entre personalidades variopintas: el director de la Real Academia Española, algún psiquiatra de escuela vienesa y algún senador manchego, pongamos por caso, para que de ese modo el lector alcanzase una visión caleidoscópica y contrastada del escándalo de Valdepeñas.


Para los lectores de prensa, la realidad, en fin, es algo que siempre les ocurre a los otros, aquello que deciden los otros, aquello que los otros determinan. Algo así como el 99 % de la población mundial se va al otro mundo sin jamás haber sido noticia en este, a menos que, por la vanidad de ver su nombre en un periódico, decida meterse a asesino o como poco a concejal, o a menos que pague una esquela, y eso desanima mucho, qué duda cabe, porque la gente acaba pensando que la suya es una existencia intrascendente y anodina, una aventura intercambiable, un tarea sin relieve.

Habría que reajustar, en definitiva, el concepto periodístico de realidad, y que ese reajuste se reflejase en los titulares: “MANUEL HEREDIA LE VENDE UN SOFÁ DE SEGUNDA MANO A SU CUÑADO, EL CÉLEBRE CHURRERO MARINETTI”, o bien: “OPERADO CON ÉXITO DE VESÍCULA JUAN ORTEGA, EL AMABLE PORTERO DEL CINE CALIPSO”. Porque la realidad es cosa de todos, por más que los distribuidores de realidades nos ninguneen.



.

sábado, 15 de mayo de 2010

AÑOS DOBLES



















.
Los años se van volando. En un visto y no visto. A fuerza de costumbre, uno aprende a no lamentarse de esa velocidad, aunque no puede evitar sorprenderse de ella, de esa prisa incorregible del tiempo, que es nuestra gran abstracción y nuestra gran paradoja: lo que nos hace y lo que nos destruye, lo que nos da todo para al instante quitarnos todo. Cada momento futuro es un espacio vacío. Cada momento pasado es una nebulosa.

En nuestro afán por ordenar el tiempo, por darle una lógica a su progresión, hemos inventado las milésimas de segundo, los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, los años, los siglos, los milenios… Visto así, el tiempo parece un mecanismo, aunque en realidad se trata de un magma extraño: algo que fluye en torno a sí mismo, eterno y fugaz, inamovible y cambiante, perceptible y fantasmagórico… Creo yo, no sé, que nos hemos quedado cortos en la medida de los años. A fin de cuentas, 365 días no son nada, porque, entre cosa y cosa, entre deberes y ocios, entre horas de sueño y horas muertas, entre días de lluvia y de especial ajetreo, se nos van de las manos como el agua misma.

Habría que modificar ese error de cálculo y al menos duplicar la duración de los años, de modo que durasen 730 días, que es ya una cantidad respetables de jornadas, lo que nos evitaría el tener que quejarnos cada año de lo rápido que se van los años, de lo rápido que se nos va la vida. Habría también que eliminar los años bisiestos, como es lógico, porque no está la cosa como para perder ni un solo día, esos días espectrales de los febreros mutilados.

Con esos años de doble duración, las fiestas navideñas, pongamos por caso, resultarían más llevaderas: una indigestión el 48 de diciembre, una resaca motivada por las celebraciones del 62 de diciembre y un ataque de angustia por los regalos que aún te faltan por comprar a la altura del 12 de enero por la mañana, porque has dejado esa pesadilla ilusionante para última hora. Pero ya no tendrías que repetir hasta 24 meses después, que es un plazo prudente para que un organismo adulto se recupere de la ingestión de las grasas animales que sirven de base a los polvorones y mantecados, de los gases del cava, del ácido úrico que aporta el marisco y del chute de glucemia que provocan las 12 uvas tomadas a toda prisa, como si en vez de acabarse el año se fuese a acabar el mundo.

No sé, sería cuestión de que las autoridades se pusieran de acuerdo en cambiar el calendario, porque así no nos quejaríamos tanto de la velocidad del tiempo, de la fugacidad de la vida, del ilusionismo vertiginoso en que consiste el vivir.Años de 24 meses. Meses de al menos 60 días. Semanas de 336 horas… Qué larga se nos haría la existencia. Qué larga. Un solo cumpleaños cada 24 meses. Una sola declaración de renta cada 24 meses. Un nuevo propósito de dejar de fumar a principios de año cada 24 meses. Un chequeo médico cada 24 meses. Elecciones cada 96 meses. Y así sucesivamente.

“¡Qué largo se me ha hecho este año!”, exclamaríamos entonces, y alimentaríamos de ese modo una vaga ilusión de inmortalidad, de haber domado al tiempo, de haberle dado un parón. Espejismos, sí. Pero, ¿de qué modo combatir un espejismo si no es con otro?

.

lunes, 10 de mayo de 2010

EXTRATERRESTRES


Se veía venir. El físico Stephen Hawking ha dicho que la lógica dispone que es más que probable que exista vida extraterrestre. La lógica de la imaginación ya lo dio por sentado hace mucho tiempo, y ahí tenemos a los extraterrestres de las novelas, de los tebeos y de las películas, que constituyen un catálogo de criaturas de apariencia fea y pegajosa y de intenciones aviesas y colonialistas, dispuestas a acabar con los terrícolas por el mero gusto de exterminar, que es algo de lo que los de aquí sabemos un poco.

Indica Hawking que, para su cerebro matemático, los meros números indican que resulta perfectamente racional pensar en formas de vida ultraplanetarias. Uno de matemáticas sabe poco, pero la cosa debe de ser tan clara como una operación del tipo 2 x 2 =
EXTRATERRESTRE, o similar. Es decir, las matemáticas más estrictas en alianza con las fantasías más descabelladas. De todas formas, para que no todo sea exactitud, indica Hawking que “el verdadero desafío consiste en averiguar cómo pueden ser” esos forasteros. Yo me inclino por el tópico del reptil, no sé, más que por el tipo humanoide cabezón. Más tipo lagarto que teletubbie Más verdoso que azulado. Más bien corpulento que menudo. Será cuestión de esperar un poco, y no estaría mal que, mientras sí y mientras no, se organizaran concursos televisivos para definir el fenotipo extraterrestre, aunque el premio no podría entregarse hasta que se produjera la invasión, y todo dependerá de si esto sigue en pie después de que aterricen las naves invasoras.

Avisa Hawking de que no resulta prudente que los humanos mandemos señales al espacio para que sean recibidas por inteligencias extraterrestres, porque más vale dejar las cosas como están. “Si nos visitaran, los resultados serían como cuando Colón llegó a América”, conjetura el científico, y se imagina uno a los extraterrestres cambiándonos nuestras cosas de oro por metales baratos y relucientes de allí, de donde ellos vengan, y practicando un exterminio étnico escalofriante, porque no creo que los extraterrestres se paren a distinguir a un vasco de un extremeño o a un gitano de un chino, y ahí vamos a llevar todos papeletas para el matarile. Como mucho, podrá librarse Venezuela, porque me extrañaría que su presidente dejase pasar por alto la ocasión de chulearles un poco a los foráneos, y no sería raro que nacionalizase de manera automática todos los platillos volantes que aterrizaran con ánimo imperialista en su suelo patrio. Ojalá.

Aquí la cosa sería un poco distinta: les daríamos una subvención para renovar la flota de naves espaciales, les regalaríamos un ordenador para los niños y les mandaríamos a José Blanco para que dialogara con ellos sobre la posibilidad de abrir una línea de alta velocidad entre la Tierra y el planeta que corresponda.

Aunque, al final, ya digo, matarile colectivo, porque ellos van a lo que van. Como cualquiera.

.

lunes, 3 de mayo de 2010

UN POEMA











Llega este mercado a los 30.000 visitantes, tras un año y un mes de apertura. Gracias por pasar por aquí. Para variar un poco el género, va este poema escrito hace poco.







F U E N T E S



De utensilios a símbolos:

el agua que ellas surten es el tiempo.


Su piedra se corrompe,

la pule la rutina, la corroen los líquenes,

le da lustre el fluir.


La fuente seca, en sombra y hojarasca,

es la contradicción, en cambio,

del lenguaje que canta cuanto huye:

lo que calla para explicar lo inexpresable,

la lección del vacío.


Brota el agua y son horas.


Corre el agua y son años.


Oyes manar la fuente

y oyes la eternidad,

un murmullo de huida y permanencia,

el espejismo

cristalino de un agua

que corre tras de sí sin alcanzarse.


Eso dicen las fuentes. Y eso callan.




.



viernes, 30 de abril de 2010

IDENTIDADES


Tendemos a dar a nuestra identidad un rango de abstracción inviolable y sagrada: somos quienes somos, al margen de lo que seamos y de cómo seamos, y llevamos mal cualquier tipo de suplantación: nuestro nombre es sólo nuestro, porque nuestro nombre nos representa. Si alguien, por la razón o sinrazón que sea, se hace pasar por nosotros, lo interpretamos como una burla a nuestra esencia ontológica, como una impostura que afecta a los cimientos básicos de nuestro ser. (Y no digamos cuando esa impostura consiste en un fraude bancario, por ejemplo: ahí ya sacamos la pistola.)

Hace un par de semanas, en una búsqueda a través de Google, me encontré con una discusión extraña en el chat de un blog. Un amigo mío ridiculizaba el libro que acaba de publicar otro amigo mío, con la agravante de que ellos son amigos entre sí. De todas formas, la experiencia nos ofrece una enseñanza melancólica: la emocionalidad puede dar muchas vueltas, y no siempre para bien. Los sentimientos se enredan. Los afectos fluctúan, o se deforman, o se derrumban. Llamé al amigo que ridiculizaba al otro amigo, porque el asunto me entristecía. Por suerte para mi ánimo, todo era una impostura: alguien había suplantado la identidad de uno para agredir al otro, sabiendo que ambos eran amigos antiguos y bien avenidos, supongo que con el propósito –tal vez demasiado optimista- de que iba a minar esa amistad, a pesar de que el malentendido malévolo resultaba fácilmente desmontable. Todo quedó, en fin, en el susto.

Pero la realidad tiende a ser bromista. Ayer mismo me llamó otro amigo para avisarme de que en ese mismo chat de ese mismo blog andaba yo opinando agresivamente sobre cualquier cuestión divina o humana, incluida en esas cuestiones el propio amigo que me avisaba. Me fui a la página y allí estaba yo, metiéndome con medio universo, porfiando destempladamente con los demás chateadores, empleando palabras que jamás empleo y reconociendo públicamente -sin complejos- que tengo un pene de dimensiones ridículas. Para rizar el rizo, alguien ponía en duda que el impostor fuese yo, pero el impostor le resolvía esa duda razonable: él era yo, sin duda posible, y de paso se acordaba feamente de la madre del otro por haber dudado de que él era yo.

Pero el juego de espejos continuaba: otro charlatán cibernético salió a escena para decir que el tipo que se hacía pasar por mí era un farsante, porque quien era yo era él, y le afeaba al otro el haber suplantado su personalidad, que no era otra que la mía. A partir de entonces, ambos se pasaron varias horas discutiendo si el primero era yo o si lo era el segundo, mientras que algunos terceros en discordia aportaban sus hipótesis y arriesgaban apuestas: algunos sospechaban que yo era el primer impostor, mientras que otros estaban seguros de que yo era el segundo impostor, el advenedizo.

¿Resulta divertido hacerse pasar por otro? Supongo que sí. Yo mismo me hago pasar por mí mismo cuando no tengo más remedio, ya que siempre será mejor eso que mostrarte realmente como eres: un fantasma desconcertado que no sabe muy bien del todo quién es, porque toda identidad es un espejismo de la conciencia, un apaño de la razón para ir tirando. Hasta que un día nos morimos y quedamos a la espera de que alguien se haga pasar por nosotros en la ouija.

.

viernes, 23 de abril de 2010

VERGÜENZA AJENA


Todos los sentimientos son raros y desconcertantes, cada cual a su modo, entre otras razones porque suponen una anomalía del ánimo, que anda más en sí desde la serenidad que desde la turbulencia. De todas formas, creo que estaremos de acuerdo en que, entre todos los sentimientos que podemos padecer o disfrutar, el más raro de todos es el de la vergüenza ajena.

Si bien se mira, el hecho de sentir vergüenza ajena es algo tan prodigioso como lo sería la capacidad de sentir el dolor de muelas que padece tu vecino o como contagiarte del tartamudeo de alguien que te para por la calle para preguntarte la hora. La vergüenza ajena es un extrañísimo sentimiento extrañísimamente solidario, ya que asumes una vergüenza que ni siquiera quien la provoca la siente, de modo que cargas con una vergüenza ajena sin tener el apoyo moral de la persona que está provocándote la vergüenza en cuestión, esa persona, en fin, que está haciendo el ridículo sin saberlo y sin sospechar que eres tú quien está sufriendo los inconvenientes que trae consigo el sentimiento de vergüenza.


Se podría suponer que la vergüenza ajena no es en el fondo tan ajena, ya que a veces sentimos vergüenza ajena a causa de personas allegadas a nosotros, de modo que, en determinada medida, se trataría de una vergüenza propia. Pero hay ocasiones en que uno llega a padecer vergüenza ajena a causa de personas del todo desconocidas, y ahí se nos derrumba el argumento de la vergüenza ajena como sentimiento dependiente de la cercanía con el estimulador de dicha vergüenza. Y eso resulta lo más injusto de todo, pues lo lógico y razonable sería que cada persona cargase en este mundo tormentoso con sus vergüenzas propias y exclusivas, sin tener que verse obligada a asumir las del prójimo, que casi nunca es un ente que merezca demasiada fiabilidad psicológica.


Esa condición transferible de la vergüenza la convierte en un peligro social soterrado, ya que no existe cosa que dé más vergüenza que el sentir vergüenza ajena, en buena parte porque nos da vergüenza del otro y, a la vez, nos da vergüenza de que nos dé vergüenza asumir la vergüenza de quien ni siquiera se toma la molestia de asumir su propia vergüenza. Esta suma de circunstancias hace que el carácter del vergonzoso ajeno vaya escorándose a la misantropía, a la cerrazón social, al anacoretismo, lo que en ocasiones se ha traducido en depresión y en absentismo laboral.


Según cuentan, vivía en la localidad sevillana de Écija un talabartero, muy fino en su labor, que no podía cruzar dos palabras con una persona sin sentir al minuto una irresistible vergüenza ajena, hubiese motivo para ese sentimiento o no, lo que le hacía sentir también vergüenza propia. Debido a ese defecto, dejó de hablar con la gente y la gente dejó de hablar con él, hasta el punto de que colocó un torno conventual en la puerta de su negocio y a través de él recibía los encargos y despachaba su esmerada mercancía, entre la que se contaban atalajes de cabalgaduras, zahones y botos. Y en ese régimen de aislamiento se mantuvo hasta la muerte, víctima de las dos modalidades básicas de vergüenza. Descanse en paz.


.

lunes, 19 de abril de 2010

POLÍTICOS PORTÁTILES





La vida suele ser corta, al menos para la mayoría de los asuntos relacionados con la vida. A causa de esa brevedad, admiramos que alguien sepa asentarse con diligencia y fundamento en el mundo, adquirir habilidades y saberes, asumir el legado de la tradición en algún ámbito profesional y abrir caminos en ese ámbito, que suele ser limitado y específico, inevitablemente especializado, porque nadie puede saber todo sobre su propia materia de trabajo o de estudio.

De todas formas, los políticos constituyen una raza aparte, circunstancia que proclamo con orgullo y asombro. A lo largo de su vida, un político está capacitado para deambular por territorios diversos sin mengua alguna de su efectividad gestora: puede levantarse como viceconsejero de obras públicas y acostarse como subdelegado provincial de cultura y deportes, lo que en absoluto constituye un impedimento para que la semana próxima sea nombrado director general de innovación y ciencia. Puede darse el caso prodigioso de que un individuo que es médico de profesión acabe como delegado municipal de urbanismo, de igual modo que puede producirse el hecho portentoso de que un arquitecto acabe como delegado municipal de sanidad, porque la tómbola de los cargos no está obligada a someterse a las estrecheces de la lógica. Es la magia, en fin, de la política, donde nadie está obligado a ser quien es, sino un emblema de algo: un abogado puede llegar a convertirse en teniente de alcalde delegado de playas, en tanto que un pastor de ovejas puede transformarse de un día para otro en delegado de tráfico, porque siempre será más fácil pastorear unos coches que un rebaño de seres irracionales. El milagro, en definitiva, de la ciencia infusa.

No faltan lenguas que difunden la malicia de que hay seres con la mente envenenada por el poder, como si llevaran puesto el anillo maléfico del Señor de los Anillos, y que son esos envenenados quienes están dispuestos a aceptar cualquier cargo con tal de no volver a una vida laboral corriente, sin coche oficial, sin dietas, sin tarjeta de crédito con cargo indirecto al contribuyente, sin secretarias, sin uso gratuito del teléfono y sin ociosas comidas de trabajo. No sé yo. Me da a mí que se trata más bien de individuos no sólo dispuestos a sacrificarse por el bien común desde cualquier trinchera (hoy agricultura y pesca y mañana gobernación y justicia, por ejemplo), sino personas que se desviven por mantener vigente la imagen del humanista del Renacimiento.

Dejémonos de una vez de suspicacias y aceptemos, en fin, la condición portátil de nuestros políticos: no importa no saber ni una palabra de algo para ser el representante social y el gestor institucional de ese algo. Ellos manejan razones que el vulgo no puede entender. Ellos están hechos de otra pasta. Exactamente, de la misma pasta que la Barbie, esa muñeca que representa el colmo de la polivalencia.


.

lunes, 12 de abril de 2010

HECHO A MANO






Si entras en una tienda y ves que un objeto lleva el letrero de “Hecho a mano”, échate a temblar, porque pueden pedirte por él lo que quieran, así se trate de una cuchara de palo. “Hecho a mano”, nada menos. “¿Con la mano de quién?”, cabría preguntar, porque está claro que no todas las manos valen lo mismo. O mejor dicho: por el hecho de ser mano, toda mano tiene un gran valor, como es lógico, pero un valor como tal mano (es decir, como algo de mucha utilidad para el dueño de la mano en cuestión y tal vez para su pareja), lo que no quiere decir necesariamente que todo cuanto haga esa mano tenga valor de mercado, porque hay manos y manos.


Hay manos habilidosas y manos torpes, manos destrozonas y manos creativas. A la persona que sabe gobernar en sus manos y sacarles un provecho práctico la llamamos “manitas” y a la persona que desbarata cuanto toca la llamamos “manazas”, que son denominaciones con un ligero matiz degradante: el diminutivo de la primera denominación insinúa una especie de habilidad ociosa y dominguera, enfocada a la pura tontería artesanal, mientras que el sufijo de la segunda sugiere una cierta brutalidad inconsciente de elefante en una cristalería, cuando en realidad el manazas puede ser una persona prudente que no se mete en líos manuales de ningún tipo, salvo los básicos. Las categorías intermedias no gozan de denominación, y eso tal vez que salen ganando. (En un plano un poco más tangencial, tendríamos la denominación de “chapuzas”: alguien que no hace las cosas demasiado bien, pero que las hace, incluso a deshora.)


El prestigio de los cachivaches hechos a mano se basa en una superstición de carácter primitivista: la desconfianza ante la máquina. En algún rincón del subconsciente, damos por hecho que todo artesano pone el mayor esmero en la elaboración de un producto, mientras que una máquina se limita a seriar productos sin importarle el resultado. No sé yo. Hay artesanos malísimos y máquinas perfectas. Hay máquinas prodigiosas y artesanos lamentables. En la vida se me ocurriría comprar un bolígrafo hecho a mano, por ejemplo, porque la peor de las máquinas de hacer bolígrafos siempre será más fiable que el mejor de los artesanos dedicados a manufacturar bolígrafos, en el caso de que exista una ocupación tan estrafalaria y tan poco rentable. La mano es decisiva si uno recibe el encargo de pintar a una infanta y se da el caso de que el dueño de la mano se apellida Velázquez, por ejemplo, pero la mano deja de tener importancia si de lo que se trata es de fabricar una sartén antiadherente, creo yo.


“Hecho a mano”, lee uno en la etiqueta de un producto cualquiera: de una bufanda, de un zapato, de una tinaja, de un bolso, de una alfombra, de una máscara africana o incluso de una barra de pan. Bien, ¿y qué? ¿Qué garantía especial ofrecen esas manos anónimas? ¿Qué virtud extra otorgan esas manos al producto para que nos cueste más caro que un producto industrial? Misterio.


Las máquinas hacen muy bien las cosas no por ser máquinas, claro está, sino por ser fruto del ingenio humano, que prefiere disfrutar de las cosas en vez de pasarse la vida construyéndolas, ya sean esas cosas prácticas o suntuarias, porque todo tiene su utilidad: el jarrón y la espumadera, la perla y tenedor, el ventilador y el broche de diamantes. Y no estaría mal pensar en un nuevo reclamo: “Hecho a máquina con una máquina hecha a mano”.


.

lunes, 5 de abril de 2010

GRANDES ACONTECIMIENTOS


















.
Con la llegada de la primavera, la gente del Sur no ganamos para sobresaltos antropológicos.


En cuanto guardamos los disfraces de carnaval en el armario, se nos viene encima la Cuaresma y, de repente, nos vemos metidos en Semana Santa, de modo que tenemos que sacar del armario la túnica, el capirote, las alpargatas y, en fin, los distintivos particulares (capas de satén, fajines de seda) de aquella cofradía que sea objeto o cauce de nuestra devoción ritual. En cuanto guardamos el atuendo penitencial en el armario, tenemos que orear el traje corto o el de faralaes, porque se nos viene encima la feria, y el disfraz étnico andaluz para las ocasiones festivas no es poca cosa: botines, zahones, marsellés, sombrero de ala ancha, camisa con chorreras, mantones, mantoncillos, caireles de plata fina, peinetas, gemelos de nácar...

Aún bajo los efectos secundarios propios del etilismo que trae consigo cualquier feria, tenemos que sacar del armario el atuendo rociero, que es muy parecido al utilizado en la feria, aunque no del todo igual, pues cada cosa es lo que es, afortunadamente para los sastres. El armario de un andaluz profesional, en definitiva, suele estar más surtido que la guardarropía de un teatro de provincias. Lástima que el caballo no quepa en el armario. Cuando llega la época de ferias, la sociedad se divide, por cierto, en tres grandes estamentos: los caballos propiamente dichos, los que tienen caballo y los que no tienen caballo. Nadie desea pertenecer al primer estamento, pero todos desearíamos pertenecer al segundo, porque a nadie le gusta que los demás lo miren desde la altura feudal de un caballo. "¿Cuánto costará un caballo?", se pregunta uno. "¿Por cuánto viene a salir una jaca como ésa que monta usted con inigualable dominio y donosura?", le preguntamos al fin al jinete que hace artístico passage sobre una jaca torda por el real de la feria. Cuando nos enteramos del precio del animal, sentimos un crujido dentro del alma, nos agarramos a una botella de vino de la tierra con la misma amargura con que un filósofo existencialista se agarra al concepto de la nada, nos vamos a la calle de las atracciones y nos montamos en un caballo sonriente y multicolor del tiovivo, y sobre él nos ponemos a meditar sobre la injusticia y la desigualdad existentes en el mundo, y comprendemos entonces a la perfección la vigencia de la teoría de la lucha de clases.

Tampoco está barato el jamón, y una feria sin jamón se convierte en algo parecido a una temporada de ayuno ascético. En época de farolillos y de faralaes nadie come mortadela, pongamos por caso, porque la mortadela entra en contradicción metafísica con el concepto popular de diversión a lo grande. Ir a la feria sin caballo es un hecho lamentable en sí mismo, pero ir a la feria y comer mortadela en vez de jamón supone una especie de distorsión antropológica. Y lo mismo ocurre con la bebida: en una feria se bebe manzanilla de Sanlúcar, fino de Jerez o cerveza helada y diurética (lo que tiene como consecuencia la inundación inevitable de los urinarios públicos), pero a nadie se le ocurre beber sangría, por ejemplo, porque esa ocurrencia podría interpretarse como un atentado contra las señas colectivas de identidad. Ni siquiera los extranjeros pueden tomar sangría en las ferias, aun siendo la sangría nuestra bebida más turística, de modo que se ven obligados a beber fino o manzanilla, y luego ocurre lo que ocurre.

La primavera del Sur, en fin, tan complicada…


.


lunes, 29 de marzo de 2010

LA HORA ELÍPTICA




Hemos tenido que adelantar una hora los relojes, porque incluso el Tiempo acaba siendo esclavo de las decisiones políticas, a las que todos nos debemos, seamos personas, seamos ganado del tipo vacuno o del tipo ovino o bien seamos abstracciones.

No puedo presumir de ser lo que se dice un especialista en cambios horarios, todo lo contrario más bien, aunque supongo que existirán tantas razones para adelantar la hora como para dejarla como estaba, a pesar de que las razones en contra resultan ociosas a estas alturas: las 11 de la mañana son ya las 12 del mediodía, inexorablemente, hasta que nos den la contraorden de atrasar los relojes, allá por el otoño, que es precisamente cuando a uno le gustaría que el anochecer llegara más tardío, para aplazar un poco el efecto de esa melancolía sin porqué y sin alivio que suelen inocularnos las tinieblas durante las estaciones frías.

Vive uno de repente en una especie de doble régimen temporal, no sólo porque cuesta habituarse a esta elipsis, a esta hora robada, a esta hora nonata, borrada por decreto y de un plumazo de la historia general del tiempo, sino porque la pereza nos hace dejar en la hora antigua ese reloj de pared que queda altísimo, hasta que un día cojamos la escalera de mano para alguna otra cosa y adelantemos las manillas de ese reloj recalcitrante, marcador de una hora difunta, rezagado y absorto en su lógica de mecanismo invariable, ajeno al quita y pon que se traen los humanos con las horas.

También seguirán marcando una hora anticuada esos relojes de pulsera que apenas usamos y que, no obstante, prosiguen su fiel tictac en el cajón de una cómoda o en el secreter de la mesilla de noche, y, cuando algún día saquemos alguno de ellos de su estuche, creeremos al pronto que se nos ha averiado, pero luego nos acordaremos del cambio primaveral de hora, y pensaremos en esa hora que jamás existió, y sincronizaremos entonces el reloj cimarrón con sus colegas vanguardistas.

Los relojes llamados digitales merecen capítulo aparte, ¿verdad? Porque las manillas de un reloj de cuerda las movemos con facilidad y sin tener que pensar siquiera en cómo hacerlo, por un acto reflejo adquirido desde que nos regalaron nuestro primer reloj ruidoso, pero ¿cómo se adelanta un reloj digital? No creo que nadie se sepa eso de memoria, de modo que hay que recurrir al manual de instrucciones, y entonces surge un problema complementario: ¿dónde estará el manual de instrucciones del reloj? Revuelves media casa y, por fortuna, el manual aparece antes de verte obligado a revolver la otra mitad. “Estupendo”, dices, así que abres el manual de instrucciones, que viene en ocho idiomas, y, al leerlo en español, compruebas que lo mismo te daría leerlo en japonés, por la simple razón de que el manual instructivo de tu reloj digital de fabricación taiwanesa parece haberlo traducido un musulmán suní de Tayikistán emigrado a Kao-hsiung para aprender la lengua de Cervantes en la academia de idiomas clandestina de un turcumano.

Y es que con el tiempo, en fin, conviene jugar lo menos posible, por si acaso. Por si acaso le da por jugar a correr más aprisa.


.

viernes, 26 de marzo de 2010

LA SEMANA



Ya huele a incienso, o casi. Ya huele a cera, o casi. Ya está ahí. A la vuelta de la esquina. La semana. Con sus siete días de penitencias aliviadas con música y con caramelos. La mascarada doliente. La cabalgata de los pecadores. El tan tan ratratán. El tituriru.

Ya están los partidarios de María Santísima de los Siete Puñales, como quien dice, haciendo cola para sacar la papeleta de sitio, y eso es lo bueno que tienen las procesiones: que siempre hay plazas disponibles, al contrario que en los hospitales. Ya están los devotos del Cristo del Perdón Infinito, por así decir, planchando su capa púrpura, su antifaz de raso negro, su túnica blanca con botones verdes, que ni a Victorio ni a Lucchino juntos se les ocurriría una cosa así, un atuendo de tantísimo ringorrango y majestad.

Ya están los musiquitos marciales sacando brillo a su corneta, cepillando el gorro emplumado de húsar, dando lustre a sus entorchados y charreteras. Ya están algunos dejando reluciente su coraza de centurión romano, su espada imperial, su casco con penacho de plumas ondulantes. Ya están desempolvando los capataces el terno azul de las grandes efemérides. Ya sueñan los costaleros con su epopeya hercúlea, al ritmo de trombosis de los trombones y al son de claridad de los clarinetes. Y de los tambores. Y de los timbales. Y del gong majestuoso, que siempre que suena parece anunciar la aparición entre fumarolas de Fu Manchú.

Ya queda poco. Ya queda nada. Ya se huele la cera. Ya se huele el incienso. Esto ya huele a gloria. Tan tan ratatrán.

Vas por la calle de Nuestra Señora de las Angustias en dirección a la calle del Espíritu Santo y te ves obligado a desviarte por la plaza de la Virgen de la Merced, atajar por el callejón de Nuestro Padre Jesús Cautivo y cruzar a toda prisa la avenida del Santo Sepulcro, porque en ese instante entra majestuoso en la antedicha calle de Nuestra Señora de las Angustias el paso de caoba y oro del Cristo de los Ocho Cilicios Caído Tres Veces en el Calvario, y al regreso tendrás que desviarte por la ronda de Jesús de la Salud para llegar a tu casa, sita en la calle de San Pablo Miki, porque el paso del trono de plata churrigueresca de María Santísima del Octavo Dolor estará inundando de esplendores penitenciales la plaza de San Alfonso María de Liborio.

Ya está ahí. Ya se huele. Todo llega, cofrades: las largas madrugadas errabundas, el calor litúrgico de los cirios, la luna de plata reflejada en los candelabros de plata, la algarabía barroca de chimpampunes y de voces de mando, la perspectiva cónica de los capirotes… Inolvidable. Cada detalle resulta inolvidable. Ratatrán.

En las peñas flamencas, los cantaores compiten en desgarro, melodramatismo y ayayay para ganar el concurso de saetas. A la puerta de los templos, las furgonetas de las floristerías descargan rosas y claveles, lirios y tulipanes, azucenas puras y orquídeas pecaminosas. Los pasteleros levantan pirámides ambarinas de torrijas. Los desesperados hacen su lista oficial de reclamaciones para leérsela a las divinidades ambulantes.

Ya está aquí. Ya llegó. Siete días con sus noches. Tiruriru. Buena suerte. Y ánimo.

.

viernes, 19 de marzo de 2010

BIOGRAFÍAS



Soy lector vehemente de biografías. Por temporadas, en realidad, no leo apenas otra cosa. (Ahora, por ejemplo, estoy en esa racha.) Me interesa de ellas la información, claro está, pero también la narración: la habilidad del biógrafo para dar un tratamiento novelístico a los datos. (Un tratamiento novelístico linealmente decimonónico, para ser más preciso, porque así se libra uno del fárrago: creo que las mejores biografías trazan una línea recta, sin lujo de espirales.) (Y mejor cuanto menos afán psicoanalítico mueva al biógrafo, aunque las conjeturas de inspiración más o menos freudiana resulten casi inevitables en cualquier biografía.)

Me permito comentar algunas de las leídas recientemente, por si alguien comparte esta afición y le da alguna pista. (Y se admiten, claro está, sugerencias.)


Muriel Spark, MARY SHELLEY. Bien, pero ligera. Más básica y divulgativa que otra cosa. (En cualquier caso, conviene complementarla con Memoria de los últimos días de Shelley y Byron, de E.J. Trelawny, que fue amigo de ambos poetas y que, a la muerte de Shelley, le propuso matrimonio a Mary, aunque sin éxito.)

Peter Ackroyd, POE. Correcta, pero me temo que tal vez insuficiente. Sabe a poco. Le falta, creo, esa minuciosidad un tanto demente de las biografías exhaustivas: Ackroyd trabaja aquí con brocha gorda, digamos.

Graham Robb, RIMBAUD. Excelente. Muy bien desarrollada –y documentada, y razonablemente conjeturada en lo necesario- la parte de Abisinia. Se confirma el prejuicio: el joven Rimbaud era difícil de soportar; el Rimbaud retirado en África, sin embargo, actúa como pedestal de su propio mito: ese comerciante codicioso, desengañado del mundo pero no del dinero…

Francesca Romana Paci, JAMES JOYCE. Sin estar mal, mejor irse directamente a la de Richard Ellman.

Juan Lamillar, JOAQUÍN ROMERO MURUBE. Un acercamiento ameno y muy bien documentado –y muy bien escrito- a este poeta menor, que tuvo el mejor sitio de trabajo posible: los alcázares de Sevilla.

Calvin Tomkins, MARCEL DUCHAMP. Magnífica. El primer capítulo resulta un tanto árido, pero luego se vuelve fascinante, como lo fue el biografiado, aquel vago esencial que acertó a convertirse en precursor de tantas frivolidades artísticas de anteayer, de ayer y de hoy: la importancia del concepto artístico en detrimento de la obra artística en sí, por ejemplo. Imprescindible, creo, para entender muchas cosas y poses –y gatos por liebres- del arte contemporáneo.

Dominique Bona, GALA. Un poco blanda por momentos, pero excelente al cabo, gracias al magnetismo misterioso de Gala Dalí, ese gran personaje de novela que vivía fuera de una novela. (Las cosas comienzan con aires de cuento de hadas y acaban con tinte de relato de terror.)

Amelina Correa, ALEJANDRO SAWA. Me temo que resulta demasiado profesoral, árida y confusa.

Noel Stock, EZRA POUND. Farragosa, aunque tiene -tal vez inevitablemente- capítulos de interés.

Mark Polizzotti, ANDRÉ BRETON. Excelente, concisa y ágil. Ofrece un retrato de cuerpo entero de Breton, virrey del dadaísmo y Papa del surrealismo. Un personaje tan fascinante como irritante, a partes iguales.

Andrew Field, DJUNA BARNES. Este biógrafo fue una de las mayores pesadillas de Nabokov (indispensable, por cierto, la biografía del ruso debida a William Boyd, magnífica y modélica; e indispensable también, al menos para nabokovianos, la que Stacy Schiff dedicó a Véra Nabokov). Aquí resulta más atrayente la biografiada que la biografía: el libro lo salva la sombra poderosa de Djuna Barnes. Se lee con desconfianza, dados los antecedentes fantasiosos de Field, pero no obstante con interés.

Peter Ackroyd, SHAKESPEARE. Centenares y centenares de páginas para marear cuatro datos imprecisos y llegar a la conclusión de que no se sabe casi nada a ciencia cierta sobre Shakespeare. De todas formas, como tiene que llenar las páginas con algo, ofrece un buen retrato, muy vívido, de la época, que es algo que está muy bien, desde luego, pero que tal vez no se corresponda con lo que uno buscaba.
.

domingo, 14 de marzo de 2010

COSMOPOLITISMO




Esta es la historia de un tipo que decidió ser cosmopolita, el Marco Polo de su pueblo, como quien dice. Siempre le habían tentado las lejanías, la tierra incógnita, los enigmas asiáticos y los esplendores burgueses de la vieja Europa, la rudeza de los paisajes africanos y la blancura aterradora de los polos. “¡Qué exóticos prodigios no habrá más allá de este pueblo!”, se decía. “¡Qué gran regalo debe de ser el mundo para quien pueda perderse por el mundo!”

Un día de tantos, se animó a transformar sus quimeras y anhelos en experiencias, porque vio en el periódico el anuncio de ofertas magníficas para los trotamundos y aventureros, y tuvo la impresión de que, más que una oferta publicitaria, era aquello en realidad la aparición de un duende cautivo en una lámpara maravillosa, un duende dadivoso que le preguntaba: “¿Adónde quieres ir por cuatro perras?”

En efecto, una compañía aérea alemana ofertaba vuelos entre Jerez de la Frontera y Zurich por 59 euros, entre Sevilla y Londres por 49, entre Sevilla y Austria por 59. “Hombre, no es lo mismo que ir, qué sé yo, a Qurghonteppa o a Tegucipalga, pero no está mal”, de modo que entró en la página web de la compañía para hacer su reserva. Pero el duende de la lámpara maravillosa parecía haberse transmutado en un extorsionista de la Mafia, ya que el vuelo más barato que encontró entre Jerez y Zurich costaba 438 euros, entre Sevilla y Londres 503 euros y entre Sevilla y Austria 548 euros. “Esto ya no es lo mismo”, se dijo, de manera que siguió alimentando sus ensoñaciones de cosmopolitismo con la resignación con que lo había hecho hasta entonces, sintiéndose un esclavo del terruño nativo.

Al día siguiente, no obstante, vio en el periódico el anuncio de ofertas también fabulosas, esta vez por parte de una compañía ibérica. La propaganda era escueta y rotunda, sin detalles: Ginebra (ida y vuelta) 49 euros, París (ida y vuelta) 69 euros, Milán (ida y vuelta) 73 euros. Y se le despertó de nuevo el optimismo. “Son tres destinos buenos”, se dijo, y se apresuró a entrar en la página web de la compañía con el ánimo exaltado por la inminencia de una grata aventura. De todas formas, aquella exaltación le duró poco: el vuelo más barato que encontró para ir a Ginebra ascendía a 1.676,25 euros, más gastos de emisión (entre 12 y 20 euros); el más barato para ir a París costaba 1.450,05 euros (más gastos de emisión) y 873,53 (más gastos de emisión) el vuelo más barato a Milán.

“¡Esto es un fraude! Están jugando ustedes con los sueños de la gente”, le dijo el cosmopolita frustrado al empleado de la compañía que atendió su llamada de protesta. “Es que para conseguir esas gangas hay que estar muy pendiente, porque son muy pocas las plazas a las que se les aplica esa tarifa, ¿me explico? Si vendiésemos más de uno o dos billetes por vuelo a ese precio, nos arruinaríamos, y nadie quiere arruinarse, ¿verdad?” Y el cosmopolita condenado a no serlo le dijo que sí, que aceptaba la explicación, pero insistió en que aquello era un fraude y, sobre todo, un mazazo a los sueños de los viajeros vocacionales.

Desde entonces, viaja todos los días y a todas horas, pero por internet, a la espera de un chollo que le haga por fin cosmopolita. Y ya ni duerme.


.

lunes, 8 de marzo de 2010

UN RELATO: EL MALEFICIO


Para celebrar la visita 26.000 (cualquier pretexto sirve para celebrar algo), y para variar de registro, va este relato. (Procede del libro OFICIOS ESTELARES, en el que reuní los relatos escritos entre 1982 y 2008.)





Llegó y puso el libro sobre la mesa, entre un vaso vacío y un sobre sin abrir. “Va a gustarte”. Era una edición argentina de un poeta rumano cuyo nombre omitiremos, ya que es preferible que esta sea una historia sin nombres propios.

Tardé varias semanas en decidirme a leerlo, pero aquella misma noche comencé a soñar con dragones, a los que alguien atribuyó la condición de ser la más universal de las muchas abstracciones que hemos sido capaces de configurar a lo largo de todos estos siglos para afligirnos la conciencia o para satisfacer nuestra fantasía.

Les evitaré el relato minucioso de aquellos sueños, porque la estructura de cualquier sueño no puede soportar el peso de la vigilia. Permítanme, no obstante, precisar un detalle: todos los dragones que aparecían en mis sueños tenían la facultad del habla. Eran, digamos, dragones discursivos, monstruos hechos de palabras sin sentido concreto, aunque empecé a entender su idioma a partir de la noche tercera.

Al despertarme, tenía la sensación de haber luchado contra una fuerza abstracta y sublime y comenzaba el día con el agotamiento de un combatiente real.

Al quinto día de soñar con ellos, empecé a cogerle miedo a la llegada de la noche. Procuraba retrasar la hora de retirarme a dormir, y recurría al café después de la cena. Pero el sueño, aunque tarde, llega siempre, y con él llegaban los dragones, y las palabras de los dragones.

“¿Has leído ya el libro?”, me preguntó, y aproveché para hablarle de mis sueños. “Seguro que eres la única persona del mundo que aún sueña con dragones”, y bromeó: “¿Es verdad que echan fuego por la boca?”

Después de diez días seguidos de soñar con aquellas bestias prodigiosas, decidí llevar un registro de mis sueños. Allí lo contaba todo: la crónica diaria de mi trato con los monstruos habladores. Mi terror.

“¿Qué tal se portan tus dragones?”, y volvió a preguntarme si había leído ya el libro del poeta rumano. La primera pregunta no se la respondí, y a la segunda le respondí que no: no podía dedicarme a leer porque tenía que dedicarme a relatar mis sueños, a dejar constancia de su desarrollo en mi inventario de endriagos oníricos, en mi privada dragomaquia. “Pues te convendría leerlo cuanto antes”, y le dije que en cuanto pudiera.

Llegué a familiarizarme con aquella fauna hipnótica. Los dragones se habían singularizado. Ya no eran un tropel indistinto. Uno de ellos hablaba sin abrir la boca, con una especie de lenguaje bronquial. Otro devoraba grandes peces en un lago del color de la púrpura. Otro, quizás el más terrible, dormía con los ojos abiertos. Otro… mejor callarlo.

Durante el día, hacía pronósticos en torno al argumento del sueño de la noche venidera. Siempre resultaban fallidos, quizá porque todo sueño consiste en una improvisación sobre el terreno y no cabe, en fin, la previsión: entras en el sueño y no sabes adónde entras.

“Deberías leer el libro”, y le decía que sí.

Una noche, uno de los dragones me habló con mi propia voz. Recuerdo haberle respondido con una voz que debía de ser la suya.

A la noche siguiente, el mismo dragón me puso delante un espejo. “Mírate”, me dijo con mi voz. Y me miré. Y vi una silueta líquida que, muy poco a poco, iba adquiriendo la forma de un espectro. El espectro me dijo: “Mírate en mi inexistencia”. Y en su inexistencia me miré. Y vi allí, en esa incorporeidad parecida a una niebla, una cara que me resultaba familiar, aunque no sabía de quién se trataba. Aquella cara me dijo: “Mírate en mí”. Y me miré. Y vi que era mi memoria. “No me mires”, me dijo entonces mi memoria, y le obedecí, y entonces soñé que me olvidaba de todo y que un dragón devoraba mi pasado.

Una tarde decidí leer por fin el libro del poeta rumano. Había llovido. Había nubes. Busqué una nube con forma de dragón, pero no la encontré.

El quinto poema decía así:


Galopa en el lomo de la bestia de las escamas de oro.
Huye hasta salir de la habitación en que arde una vela.
Sostén entre tus manos la materia de tus sueños.
Elige una de las dos llaves.
Abre la puerta que no quieres abrir.
Entra en el castillo del dragón que dormita.
Asesínalo con tu espada invisible.
Y lo que quede de todo eso serás tú.


“¿Has leído ya el libro?” Y me miró como si supiese la respuesta.

Aquella noche volví a soñar con dragones, pero todos murieron, de una manera o de otra, a lo largo de mi sueño. Comprendí que no regresarían jamás, porque incluso los sueños tienen su lógica narrativa.

Desde entonces, sueño a veces que sueño con dragones, pero ellos ya no aparecen por allí, porque están muertos.

Y no sé durante cuánto tiempo seguiré sintiéndome culpable de ese crimen.
.

martes, 2 de marzo de 2010

PATOSOS





.
Damos por sentado que cada persona es un mundo, y no deja de advertirse un no sé qué vanidoso en esa afirmación radical de nuestro yo, de nuestro temperamento, de nuestro destino. A todos nos ocurren, en esencia, las mismas cosas, aunque las anécdotas nos singularicen, y forjamos nuestra leyenda privada en virtud de esas anécdotas. No nos singulariza el sufrimiento, sino su origen y su desarrollo. No nos hace únicos el favor de la fortuna, sino su forma caprichosa de elegirnos.

No obstante, por únicos e intransferibles que seamos, la humanidad puede dividirse en grupos, y éstos dividirse a su vez en subgrupos, y dentro de esos subgrupos pueden tener cabida las variantes anómalas, lo que de ningún modo nos excluye del grupo, circunstancia que no deja de ser un golpe bajo a nuestra pregonada singularidad.

Uno de los grupos humanos más curiosos es el que constituyen los graciosos sin gracia, esos individuos que se esfuerzan en ser graciosos sin éxito alguno, con la peculiaridad de que el gracioso fracasado no alcanza siquiera el rango de gracioso fracasado, lo que de algún modo constituiría un reconocimiento a medias de su afán, sino el de puro patoso.

Vas por la calle y te ves venir de frente a un patoso oficial, a uno de esos que se empeñan en tener un tipo de carácter que les ha negado la naturaleza, porque en todo patoso hay un rebelde: se resiste a ser como es. “Mala suerte”, musitas cuando te das cuenta de que el gracioso de impostura te ha visto, porque suelen tener ellos vista de águila, sin duda por pasarse la vida buscando presas.

El patoso, según es inherente a su condición, te para con el fin de hacerte partícipe de una de sus gracias sin gracia. Te resignas e intentas exhibir una sonrisa postiza y cortés, algo que se parece de manera remota a una sonrisa, porque –nadie sabe por qué razón, quizá por un resorte de caridad- a los patosos les obsequiamos una sonrisa prematura: procuramos reírnos de antemano de la sosería que van a formularnos como si fuese el chiste del siglo.
.
Entonces, el patoso te suelta su gracia sin gracia alguna, y tu sonrisa postiza se transforma en un rictus angustiado, porque lo que el patoso acaba de decirte tiene tan poca gracia, que sería capaz de derretir la sonrisa pintada en la cara de un payaso y transformarla en una mueca de dolor de muelas. Pero aguantas el tipo y restableces la sonrisa falsa, esa sonrisa ilusoria que se parece a una sonrisa en la misma medida en que un aguacate abierto se parece a una rana verde. Si alguien te viese hablar en ese instante con el patoso, pensaría, a juzgar por tu expresión, que el patoso está contándote cómo se sacaban las muelas en el siglo XIII.
.
¿Durante cuánto tiempo puede uno mantener una sonrisa falsa? Más bien poco, ¿verdad? Pero el patoso no tarda en liberarte, no por prudencia, no, sino por filantropía: él se debe a su público, que es la humanidad. Él tiene que repartir su gracia sin gracia de un modo equitativo, a cuanta más gente mejor, y no puede caer en el favoritismo. “Adiós”, te dice el patoso, y no es raro que adorne esa despedida con alguna coletilla que él considera desternillante. “Uf”, suspiras, y el patoso sigue su camino, malentendiéndose con su carácter, repartiendo la alegría a su peculiar manera. Esa alegría suya que tanto se parece a una patada en plena boca con un zapatón blando de payaso.
.