
Uno de los conceptos que menos respeto nos merecen es sin duda el de realidad. “¿Qué es la realidad?”, nos preguntan o nos preguntamos, y casi todas las respuestas tienden a la devaluación o incluso a la degradación de ese concepto, quizá porque la realidad es en el fondo algo tan real, que no podemos comprender en qué consiste con exactitud, y finalmente, por la ley de la paradoja, acabamos dispensándole la misma consideración que solemos dispensar a las fantasmagorías, a las especulaciones ociosas en torno a materias etéreas: un fu ni fa metafísico.
Los periódicos, por ejemplo, serían un buen índice de realidad si no fuesen manipuladores de realidades, creadores más o menos interesados de realidades, ya afecte esa realidad a la conjetura de una guerra planetaria o ya se refiera a la detención por hurto en unos grandes almacenes de una actriz holliwoodense de segunda fila, pues de todo hay, y todo acaba formando parte del entramado de la realidad diaria gracias a su mera divulgación, ya que la más insignificante de las anécdotas acaba ascendiendo al rango de noticia en cuanto la roza la varilla mágica del periodismo.
Y se pregunta uno: “¿Por qué no democratizar la condición de noticiable?” Que fuésemos al kiosco y leyésemos en la primera página de un periódico de difusión nacional, en grandes titulares, algo así como: “ESCÁNDALO EN VALDEPEÑAS”, y que, atraídos por esa circunstancia insólita (¿un escándalo en Valdepeñas?), leyésemos con dedos temblorosos la entradilla: “Ayer, sobre las seis de la tarde, José Menéndez Arroyo entró en el bar El Jamón de Oro y, nada más tomarse el primer vaso de vino, se aplicó de inmediato a la tarea de insultar a toda la clientela, hasta que fue desalojado del establecimiento gracias a la colaboración de Matilde Vargas Olmedilla, esposa del metepata.” Y que, tras una narración pormenorizada de los hechos, se reprodujesen opiniones sobre el particular recabadas entre personalidades variopintas: el director de la Real Academia Española, algún psiquiatra de escuela vienesa y algún senador manchego, pongamos por caso, para que de ese modo el lector alcanzase una visión caleidoscópica y contrastada del escándalo de Valdepeñas.
Para los lectores de prensa, la realidad, en fin, es algo que siempre les ocurre a los otros, aquello que deciden los otros, aquello que los otros determinan. Algo así como el 99 % de la población mundial se va al otro mundo sin jamás haber sido noticia en este, a menos que, por la vanidad de ver su nombre en un periódico, decida meterse a asesino o como poco a concejal, o a menos que pague una esquela, y eso desanima mucho, qué duda cabe, porque la gente acaba pensando que la suya es una existencia intrascendente y anodina, una aventura intercambiable, un tarea sin relieve.
Habría que reajustar, en definitiva, el concepto periodístico de realidad, y que ese reajuste se reflejase en los titulares: “MANUEL HEREDIA LE VENDE UN SOFÁ DE SEGUNDA MANO A SU CUÑADO, EL CÉLEBRE CHURRERO MARINETTI”, o bien: “OPERADO CON ÉXITO DE VESÍCULA JUAN ORTEGA, EL AMABLE PORTERO DEL CINE CALIPSO”. Porque la realidad es cosa de todos, por más que los distribuidores de realidades nos ninguneen.
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