
Estamos acostumbrados a identificar a los magos de Oriente con un alcalde o con un concejal con barba postiza, o bien con la cara embadurnada si le toca hacer de Baltasar, pero ¿qué sabemos en realidad –y es un decir- de esos aventureros a los que la tradición popular ha ascendido al rango de reyes? En la Biblia, sólo los menciona san Mateo, y tenemos que recurrir a los evangelios apócrifos para verlos echarse de nuevo a los caminos con una estrella anómala por guía.
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El asunto de la estrella resulta en sí mismo bastante complicado: si hacemos caso a san Mateo, los magos siguieron una estrella que vieron brillar en el este, pero, dado que ellos estaban precisamente en el este, por fuerza tuvieron que seguir una estrella que, al avanzar ellos hacia el oeste, les quedaba a la espalda, que es una manera extraña de seguir algo. Tampoco faltan las hipótesis en torno a la naturaleza de aquel fenómeno: ¿una supernova, el cometa Halley, el cometa Hale-Bopp, un meteoro, la conjunción de Venus y Júpiter…?
Hay quien supone que los magos pudieron ser sacerdotes persas de la religión zoroástrica, de tradición mesiánica, y hay quien los identifica con sacerdotes de Mitra, dios solar. Sea como sea, ni siquiera sabemos el número exacto (en un ámbito de fábula, claro está) de aquellos magos errantes e imaginarios que llegaron a Jerusalén en busca del imaginario rey niño de los judíos. San Mateo no precisa cuántos eran, aunque hay quien deduce por el número de ofrendas (oro, incienso y mirra) que fueron tres, y es el Papa san León, en el siglo V, quien fija ese número, aunque el arte primitivo cristiano nos presenta un número variable de magos: hasta ocho aparecen representados en un jarrón, en tanto que la tradición oriental eleva ese número a la docena.
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Es Beda el Venerable quien primeramente atribuye a Baltasar una tez oscura, aunque hasta el siglo XIV no encontramos la figura del rey negro. Sus nombres también admiten variantes: entre los griegos, se les conocía por Appellicon, Amerín y Damascón; entre los hebreos, por Magalath, Galgalath y Serakin; entre los sirios, por Larvandad, Hormisdas y Gushnasaph…
La tradición piadosa da por supuesto que los magos, al regresar de la adoración, fueron discípulos de santo Tomás. Otros afirman que se convirtieron en obispos y que murieron martirizados hacia el año 70 de nuestra era.
A principios del siglo IV, santa Elena, madre del emperador Constantino, reunió los despojos de los magos para que fuesen venerados en Constantinopla, y allí estuvieron hasta que los tres fiambres fueron obsequiados a san Eustorgio, que los trasladó a Milán guiado, según la leyenda, por la misma estrella que guió a los magos en su viaje. En el siglo XII, con el saqueo de Milán por parte de Barbarroja, los tres sarcófagos fueron a parar a Colonia, donde aún se veneran. Para compensar a los milaneses de esa pérdida, ya en la frontera del siglo XX, y gracias a las artes diplomáticas del arzobispo de Milán, los alemanes les restituyeron una tibia, un húmero y un esternón de los magos.
Y esos son, así por encima, los misteriosos visitantes que alteran cada año el sueño de los niños impacientes.
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