(Publicado ayer en prensa)
La cantante Rosalía, de gira por
las Américas, concedió una entrevista en la que, preguntada por la figura de
Picasso, hizo estas declaraciones: “Nunca me ha molestado diferenciar al
artista de la obra. Quizás ese señor, si le hubiera conocido, no me hubiera
caído tan bien por las cosas que me han explicado. Pero, quién sabe, a lo mejor
sí. No me importa, disfruto de su obra”.
Lo más
misterioso del asunto es que a una joven cantante del siglo XXI le pidan, sin
venir a qué, que enjuicie a un viejo pintor del siglo XX -y que el juicio no se
centre en su pintura, sino en su comportamiento conyugal-, y es misterioso,
entre otras cosas, porque su opinión al respecto resulta tan relevante para su
público como lo sería el hecho de solicitarle su valoración del teorema
matemático de Fermat.
Bien,
¿dijo alguna barbaridad Rosalía?, ¿fue la suya una declaración insultante para
colectivos marginales, vulnerables o susceptibles de ser especialmente
susceptibles? Creo que no, salvo que se padezca algún trastorno de
discernimiento de las muchas realidades que componen la realidad: se puede
disfrutar de la obra de Picasso y reprobar su conducta con sus sucesivos amores
y amoríos, a menos que estemos convencidos de que el arte pictórico se sustenta
en la moral.
Aparte de eso,
al ver un retrato de Dora Maar pintado por Picasso no todo el mundo está
informado de que, además de pintarla, el artista le daba palizas bestiales,
según el testimonio de, entre otros, Paul Éluard. Cabe aplicar al espectador de
la obra de Picasso, en fin, la presunción de inocencia. (Y que los más avisados
se reserven la posibilidad de ver en “Las señoritas de Avignon” no un
experimento cubista, sino una apología de la prostitución).
Hay quienes piden
que la obra de Picasso, maltratador y machista, sea retirada de los museos,
aunque de momento nadie se ha atrevido a proponer que el hueco que deje sea
ocupado por la obra de un pintor intrascendente como tal pintor, pero ejemplar
como marido.
Sea
como sea, la cantante Rosalía, tras la presión y la catarata de insultos que padeció
por sus declaraciones, ha acabado pidiendo perdón en público, y ahí es donde
creo que se ha equivocado: no resulta prudente ceder a la vocación
inquisitorial de quienes se proclaman puros y puras de espíritu, porque de ese
modo estamos dándoles argumentos para ejercer una de las aficiones más
arraigadas en el ser humano: la censura y condena de cualquier insignificante
divergencia del prójimo con respecto a la ortodoxia fijada como tal por algún
colectivo dominante.
A poco que nos
descuidemos, seremos culpables, en suma, de algo que ni siquiera sospechábamos.
En
otro ámbito, el rey Felipe VI ha reconocido –aunque de manera informal y con la
boca chica- que hubo “abuso en la conquista de México”, cabe suponer que casi
tanto como en la casa de Picasso. Al final, el expresidente López Obrador,
hombre de pensamiento lento, se ha salido con la suya: exigía que España
pidiese perdón de manera sumamente retrospectiva por los desmanes de la
Conquista.
Ahora podemos
devolverle la pelota al país hermano y exigir a la presidenta Sheinbaum que
pida perdón a la Humanidad en pleno por las más de 5000 mujeres asesinadas en
México durante 2025. O por las miles de muertes ocasionadas por el
narcotráfico. O por el índice de corrupción política y policial de su país.
Y
es que Picasso no tiene la culpa de todo.
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