Es más fácil que sepamos si los
androides sueñan con ovejas eléctricas que saber con exactitud lo que sueña
Donald Trump con respecto al futuro del mundo, más allá de adivinarle al pintoresco
presidente un talante imperialista y mesiánico, destructivo y mercantilista, conforme
a su mentalidad megalómana e infantiloide, con el capricho por guía y con la
pataleta como recurso de autoridad.
Mientras
anda entretenido en convertir Irán en otra escombrera, ya amenaza con hacerse con
el control de Cuba, en la que parece ser que se reserva a Marco Rubio un
destino de virrey. (“Dejen de lado por un momento el hecho de que en Cuba no
hay libertad de expresión, ni democracia, ni respeto por los derechos humanos”,
según Rubio. “El problema fundamental de Cuba es que no tiene economía”, agregó,
por si no quedaba claro el único interés de EEUU por el dominio de la isla).
En
Cuba, llegado el momento, el payaso loco va a tenerlo fácil: aquello es ya
prácticamente una escombrera, y no creo que necesite más explosiones que las de
los fuegos artificiales que celebren el paseo triunfal de las tropas
norteamericanas por las calles con socavones y cúmulos de basura de La Habana,
porque allí la gente se ha pasado décadas viviendo bajo la bota del difunto
Fidel, un charlatán disfrazado de militar que prometió igualdad y que,
curiosamente, cumplió con lo prometido, bien que de una manera un tanto
inesperada: convertir a todos los cubanos – sobre todo cuando la isla perdió su
condición de concubina de la URSS- en pobres de solemnidad. Bueno, a todos no,
porque la “nomenklatura” –y no hablo de oídas- vive allí en una plácida burbuja
aproximadamente capitalista, hasta el punto de que a un enfermo no se le
suministran medicamentos, alegando carestía de ellos por el celebérrimo y
absurdo embargo, pero a una señora con un cargo público–y no hablo de oídas- se
le practican cuantas operaciones de cirugía estética crea necesarias para
sentirse a gusto con su imagen.
Hace
años, Fidel Castro apareció en la lista Forbes de los más ricos del mundo,
cifrando su fortuna en 900 millones de dólares. Un amigo mío que vivió durante
largas temporadas en La Habana me comentó: “No creo que sea cierto. A Fidel no necesita
tener dinero, porque es el dueño de Cuba entera. De las personas y de las cosas”.
Más
que un régimen comunista, Cuba ha sido –y sigue siendo- un régimen retórico. Frente
a la eficiencia, la elocuencia. Frente a la gestión, la perorata. En sus muros
pueden leerse eslóganes como el de REVOLUCIÓN O MUERTE, que suena a aquel viejo
chiste de “¿Makumba o muerte?”. Y es que entre la revolución y la muerte hay un
abanico de opciones, casi todas preferibles para alguien que no tenga complejo
de héroe nacional, y ese ha sido uno de los muchos problemas de los mandatarios
cubanos: el haber reducido la realidad a esa disyuntiva desatinada.
La ciudadanía
podía carecer de alimentos y de medicamentos, pero no de discursos de varias
horas de duración.
Tristemente,
se imagina uno a los cubanos como a los habitantes de aquel reino indeterminado
y decadente del poema de Cavafis que ansiaban la llegada de los bárbaros como
una solución.
Allí
Trump, ya digo, va a tenerlo fácil, sin necesidad de disparar ni una bala. Además,
la isla es idónea para construir resorts de lujo. Tan idónea como la franja de Gaza.
De manera que todo en orden.
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