sábado, 27 de octubre de 2018

Esta imprentilla de Cádiz.
(Y la sugestión repentina de que si encargas allí unas facturas o unas tarjetas de visita, pongamos por caso, te las versifican con rima consonante.)


domingo, 21 de octubre de 2018

BOCA DE PEZ



(Publicado el sábado en prensa. El asunto era facilón, pero...)


La exministra Tejerina estudió de niña en un colegio vallisoletano de la orden religiosa de María Nuestra Señora. Tuvo suerte, pues no hay parangón posible entre estudiar al amparo exclusivo de unos maestros y hacerlo bajo la protección de una deidad: la cosa cambia. Mucho. Por ejemplo, no es lo mismo aprobar de milagro que aprobar gracias a un milagro. En un colegio público, el mayor milagro que suele producirse es que no tenga goteras, pero en un colegio religioso incluso las goteras, si las hubiese, pueden interpretarse pedagógicamente como la manifestación sobrenatural de los santos y santas que lloran en el Cielo por nuestros pecados infantiles.


            En un rapto de generosidad informativa, la exministra ha declarado que lo que sabe un niño andaluz de 10 años es lo que sabe un castellanoleonés de 8. Ella lo tiene muy medido con una vara estadística solvente, pues de mucho tiempo libre habría que disponer para evaluar sobre el terreno los saberes de tantísimas criaturas y luego sentarse a comparar lo que saben unos y otros. La noticia, en fin, no puede ser más desoladora no solo para los niños andaluces, sino también para los castellanoleoneses, a los que ese exceso de sabiduría puede arruinarles la infancia, más propicia a la expansión mediante el juego que a la adquisición de conocimientos mediante la aplicación y el estudio. (De momento, la exministra no ha planteado las diferencias de cavidad craneal ni de volumen cerebral que podrían darse en nuestras respectivas autonomías, ya sean históricas o de historieta.)


            Desde la revelación de la exministra, les confieso que voy por la calle con pesadumbre, mirando con compasión solidaria a esos niños andaluces de 10 años que llevan dos de retraso en su formación, hasta el punto de que algunos juegan a la pelota en vez de estar leyendo a Schopenhauer. No sé, resulta triste saber que las niñas andaluzas de hoy nunca llegarán a ser ministras de nada, porque, en el caso de que llegaran a serlo, se pasarían la mitad exacta de la legislatura sin enterarse ni de la cuarta parte de los asuntos de Estado de los que se enterarían sus adelantados compañeros castellanoleoneses de gabinete, y la vida es corta, y una legislatura aún más corta que la vida.


            En 2011, la exministra Mato –afectada por una rara discapacidad visual que le impide ver jaguares en el garaje de su casa- nos informó de que los niños andaluces son “prácticamente analfabetos”. Así las cosas, la declaración de la exministra Tejerina puede interpretarse como un dato esperanzador: es posible que, de aquí a un par de décadas, los niños andaluces se pongan a la par de los de Castilla, en el caso de que los niños castellanos no se embalen intelectualmente y se pongan otros dos años por delante de los andaluces. 

             Seguiremos informando.


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lunes, 8 de octubre de 2018

CREER O NO



(Publicado el sábado en prensa)

Cuando una ideología política se convierte en una fe –lo que de entrada no es bueno ni malo-, el pensamiento se escora al lado de la irracionalidad: del pensar al sentir, del análisis crítico de la realidad a la percepción emocional de la realidad. Según estudios neuropolíticos –tan reveladores como, en el fondo, aterradores-, cuando el exceso de información sobrepasa los límites de nuestra capacidad racional para organizar e interpretar esa información, la razón se echa a un lado y tendemos a buscar soluciones y conclusiones emocionales, que siempre tienen algo de azarosas.

            Algunos neurocientíficos dan por hecho que la persona que milita en una formación política desarrolla un mecanismo cerebral que le impide entender las razones de quienes militan en otra. Algunos experimentos concluyen que, incluso cuando se aportan datos objetivamente favorables sobre la gestión de gobierno de un partido contrario al de nuestra militancia, la mente activa dispositivos que  niegan la evidencia de esos datos. 

            Este sectarismo sirve para ser aplicado a la política, a la religión o al deporte, y lo más prudente sería resignarnos a que la historia de la humanidad se reduzca a la historia de una confrontación permanente e inexorable no ya tanto entre maneras distintas de pensar como entre maneras distintas de sentir lo que pensamos, al menos en los casos afortunados en que el sentir se apoya en el pensamiento. La idea de una sociedad armoniosa en cuanto al equilibrio de sus intereses colectivos no pasa de ser, en fin, una tierna utopía que tiene que conformarse con una distopía soportable: la gestión equilibrada de unos desequilibrios irresolubles.

            Las formaciones políticas lo que en esencia nos ofrecen son diferentes opciones de paraíso, lo cual establece un pacto de fantasía entre los gobernantes y los gobernados: ambos sabemos de sobra que los paraísos terrenales se extinguieron en las primeras páginas de la Biblia, pero ambos optamos por dar crédito a una ilusión casi tan antigua como el mundo: redimir a la condición humana de sí misma. Con arreglo a nuestro nivel de credulidad con respecto a esa oferta variada de paraísos, elegiremos a un redentor o a otro, o bien nos abstendremos de votar, aunque en cualquier sociedad democrática los niveles de abstención –así rocen el 50%- no suelen ser considerados síntomas de alarma, sino gajes del sistema.

            En estos momentos, padecemos en España una sensación de provisionalidad, de deriva aventurera y desconcertante: un gobierno en precario metido en una confusa campaña electoral anticipada, unos partidos que lo apoyan desde la equidistancia estratégica y una oposición que profetiza poco menos que el fin de la civilización si no le concedemos el poder cuanto antes. Cuestión de fe, en suma. Y de paciencia.

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domingo, 7 de octubre de 2018

lunes, 24 de septiembre de 2018

EL HEROÍSMO CONFORTABLE



(Publicado el sábado en prensa)

Debo empezar con la confesión de mi aconfesionalidad. Aclarado esto, veamos…

            El actor Willy Toledo ha tenido que comparecer ante un juez por blasfemo. Si bien la exhibición de su blasfemia resulta sobreactuada, no implica menos sobreactuación el hecho de que una asociación de abogados cristianos –promotora de la denuncia- procure convertir los juzgados en un tribunal del Santo Oficio. Al fin y al cabo, lo que dijo Toledo se oye a diario en cualquier taberna, y por lo general sin ánimo sacrílego, sino como una expresión pretendidamente viril que mezcla la teología con la escatología, materias ambas consustanciales a la cultura española. Tan chusco resulta que un ateo blasfeme sobre un concepto en el que no cree como que un creyente se ofenda por un exabrupto inspirado en su creencia, sobre todo si se tiene en cuenta que la comunidad cristiana tiene una larga tradición de martirio, aparte de la prescripción de ofrecer la otra mejilla a sus antagonistas. 

             Cabe un matiz, desde luego: quien blasfema no busca insultar a un ente para él ilusorio, sino a quienes focalizan su fe en ese ente tenido por sagrado, y ahí salimos del ámbito de la espiritualidad para entrar en el de la convivencia. Cabe otro matiz: si los creyentes están convencidos de la existencia de un infierno para los descreídos, no acaba de entenderse que, en vez de por una acción apostólica, opten por una acción judicial. Y otro matiz: de igual modo que un creyente puede sentirse ofendido por una blasfemia, un ateo puede sentirse ofendido por la amenaza inexorable del infierno aunque lleve una vida de santo laico. Cuando se enfrentan el mundo terrenal y el mundo celestial, en fin, el único pacto posible es el que establecen el agua y el aceite: ni la una ni el otro pueden dejar de ser lo que son para ser una tercera cosa.

            Willy Toledo sabe que su caso no va a tener consecuencias, y de ahí –al menos en parte- su valentía. Una valentía que tal vez resultaría más comedida si en Cuba decidiera cagarse –ya fuese metafórica o fisiológicamente- en el mausoleo de Fidel Castro o si en Corea del Norte le diese por hacer chistes sobre el corte de pelo del líder supremo de allí. Se podrá objetar que no es lo mismo insultar a personas que a entelequias. Sí, pero no olvidemos que para un creyente una entelequia es un ser real, no un fantasma contingente y sujeto a la controversia, ya que para algo se inventaron los dogmas.

            Este asunto tiene otro fondo: el héroe de guiñol que saca pecho contra el Estado que, con todos sus defectos y carencias, ampara sus derechos. El flagelador teatral de un sistema que le permite incluso denigrar ese sistema de una manera muy española: escupiendo chulescamente por el colmillito. Y poco más.

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domingo, 9 de septiembre de 2018

EL HORARIO



(Publicado ayer en prensa)

Si tuviésemos que sintetizar el espíritu que rige los debates que se originan en las redes sociales, bastaría con imaginar a alguien que escribe “Hoy me he levantado con dolor de cabeza” y a otro alguien que le replica “No estoy de acuerdo”. Hay quien supone que las redes sociales han promovido la idiotez, pero me temo que el asunto es más simple: antes la idiotez era privada y ahora aspira a ser pública. Hemos pasado, en fin, de la idiotez casi secreta a la idiotez exhibida.

            Como norma general, el idiota suele ser el que no piensa como nosotros, por idiotas que seamos, y ahí se origina una guerra de idioteces antagónicas de la que sólo sale victoriosa la idiotez como concepto genérico. En buena medida, esta expansión de la idiotez se debe a una superstición intelectual: la de estar convencidos de que todos los fenómenos del mundo están necesitados de nuestra opinión, ya sea cualificada o intuitiva.

            Históricamente, el ser humano tiene vocación discrepante con respecto al resto de los seres humanos, de modo que resulta imposible llegar a una conclusión unánime sobre, qué sé yo, la manera de anudarse la corbata o de freír un huevo adecuadamente: hay teorías variadas al respecto, y controversia. 

            El último debate que ha enfrentado a parte de la población es el del mantenimiento o no del horario veraniego durante todo el año. No puede decirse con propiedad que se trate de un severo debate filosófico, pero no por ello deja de ser un debate, que es de lo que se trata: disponer de algo sobre lo que no estar de acuerdo con el mayor número posible de congéneres. 

            Entre las muchas opiniones oídas y leídas al respecto, me ha conmovido una en especial. Un reportero le puso el micrófono por delante a un joven que ofreció a los televidentes una apreciación no sólo inesperada, sino antropológicamente desgarradora: “Los canarios no podemos perder nuestra identidad”. No habíamos caído en eso: en la pérdida irreparable de la tradicional coletilla “una hora menos en Canarias”. Esa hora menos que, según el dictamen del joven canario, sustenta la identidad de los isleños, que nacen y mueren una hora antes que los peninsulares. El asunto presenta, como es natural, sus contradicciones, como casi todo en esta vida: también los portugueses tienen una hora menos en sus relojes, lo que equipararía la identidad canaria con la identidad portuguesa, extremo que tal vez enredaría un poco más la ya de por sí enredada cuestión identitaria ibérica.

            Por su parte, los gallegos, más cercanos que los canarios a la cultura lusa, alegan que les amanecería muy tarde.

            La clave esencial del asunto la ha planteado la escritora y periodista vasca Txani Rodríguez: “Entonces, los de izquierdas, ¿qué posición tenemos con respecto al cambio horario?”. La broma es muy buena como tal broma, pero también muy seria, porque el caso es que, a fuerza de opiniones, y hora más y hora menos, ya no sabe uno demasiado bien ni qué opinar de sí mismo. 

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domingo, 2 de septiembre de 2018

Juan Bonilla escribe sobre Ya la sombra en la revista Mercurio:

http://revistamercurio.es/ediciones/2018/mercurio-203/sombra-hecha-de-luz/

lunes, 27 de agosto de 2018

LAZOS

(Publicado el sábado en prensa)




El ser humano tiende al simbolismo. Es decir, a ver en algo no sólo ese algo, sino otro algo que está por encima de ese algo: el algo trascendido. Por si fuese poco, esa tendencia puede aliarse con la inclinación al pensamiento embrujado, y ahí empieza ya la verdadera eficacia espiritual: una persona perteneciente a una civilización avanzada puede estar convencida de que arrojar a una hoguera un papel con algo escrito -a ser posible durante el solsticio de verano- hace que ese algo deje de actuar maléficamente sobre su vida. Y no sólo eso: incluso es posible que sus chakras vuelvan al sitio del que jamás debieron moverse.

            La política no es ajena a los símbolos, sino más bien todo lo contrario, hasta el punto de que hay pesimistas que se malician que la política viene a ser el símbolo ineficiente de lo que debería ser una gestión de lo público, pero esa sería otra historia.

            Los símbolos están muy bien para servir como símbolos, pero para poco más, a menos que ascendamos un símbolo a la condición de sagrado, ya sea por vía laica o por vía religiosa, pues entonces el símbolo en cuestión adquiere una utilidad innegable: perturbar la realidad común en beneficio de una realidad privada.

            En Cataluña, sin ir mas lejos, hay personas que ponen lazos amarillos en sitios públicos y personas que arrancan esos lazos. La lógica nos susurra que tanto los que los ponen como quienes los arrancan son catalanes, a no ser que existan evidencias de que los arrancadores de lazos son cuadrillas de españoles unionistas que operan en aquellas tierras tras viajar varias horas en un autobús subvencionado por el Estado para dislocar la convivencia armónica de las gentes de allí: el turismo antilazo, por así decirlo. 

Como no podía ser menos, los mossos han tomado cartas en el conflicto simbólico mediante el procedimiento de identificar, para posible sanción, a los arrancadores de lazos, bajo el amparo nada menos que de la Ley de Seguridad Ciudadana, alias Ley Mordaza. 

¿Presos políticos frente a políticos presos? Según el adjetivo se anteponga o se posponga en tus mecanismos mentales, te dedicas a colgar lazos o a arrancarlos. La fiscal general del Estado ha dicho que poner lazos es un acto de libertad de expresión, pero que arrancarlos también lo es. Tiene toda la razón en su apreciación salomónica, aunque ha pasado por alto un detalle: el devoto de un símbolo no puede admitir la profanación de su símbolo. Un símbolo no se cuestiona: simplemente es. Y se acata. Y ya.

            Los malos catalanes que arrancan el símbolo de los buenos catalanes lo tienen difícil: un símbolo se combate con otro símbolo, no con la destrucción de un símbolo ajeno. Para equilibrar el sistema de agravios y el sentir victimista, que prueben, no sé, a colgar butifarras, a ver si los del otro bando no las arrancan de cuajo.

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lunes, 13 de agosto de 2018

CUESTIÓN DE FE



(Publicado el sábado en prensa)

Uno de los mecanismos más misteriosos de nuestra mente es el que determina que tengamos fe en algo. No sé: tener la convicción de que, tras la muerte, conviviremos con nuestro dios, rodeado de un coro de ángeles o de una corte de huríes, según la doctrina que nos ilumine. Tener la convicción de que los extraterrestres están entre nosotros, disfrazados de terrícolas, para estudiar nuestras costumbres o para lo que quiera que un extraterrestre decida infiltrarse en nuestras respectivas civilizaciones. Tener la convicción de que en la baraja del tarot está escrito nuestro futuro. Tener la convicción de que una plegaria dirigida a un ser sobrenatural hará que sanemos de una enfermedad incurable o que gane nuestro equipo. Etcétera.

            Somos seres extraños, divididos entre la racionalidad y la superstición, entre realidades contundentes y fantasmagorías difusas, propensos a mudar nuestro pensamiento al territorio de lo sobrenatural en cuanto lo natural nos sobrepasa o nos resulta insuficiente.

            Todo eso estaría muy bien –o al menos no demasiado mal- si esas creencias se nos quedasen dentro de la mente como pintoresquismos inevitables de quienes tienen que convivir las 24 horas del día con una actividad cerebral bastante compleja, obligados a formulaciones, a reacciones y a conclusiones arriesgadas: desde dar por buena la teoría de la reencarnación, pongamos por caso, hasta elegir qué modelo de coche te compras, con la peculiaridad de que el ser el humano tiende a ser titubeante no sólo antes las grandes cuestiones metafísicas, sino incluso a la hora de elegir una pieza en la panadería, sobre todo si se trata de una de esas panaderías vanguardistas en que los productos están barroquizados con un surtido de simientes que ni siquiera sospechábamos que existían. Pero si una creencia, una fe, decide ser no solo expansiva sino también imperativa, el asunto se complica un poco, pues demasiado suele tener una persona con su propio jaleo ideológico y emocional como para adoptar el ajeno, lo que no quita que haya quien se alinee fervorosamente con credos estrafalarios, rendidos ante el carisma y la elocuencia de unos líderes que lo mismo montan una secta en un rancho de Texas que un partido político que enaltece la supremacía regional. Qué extrapola cada cual en esas adhesiones me temo que es algo que ni siquiera sabe el interesado: los misterios del ser, como quien dice.

            Tener fe en algo resulta estupendo, siempre y cuando no tengamos demasiada fe en nosotros mismos: la fe –ya sea en la misericordia de una deidad o en la eficacia gestora del presidente de una diputación- como paliativo personal ante el vacío o ante lo que sea, pero no como remedio ecuménico. El problema suele ser, en fin, que la fe bien entendida empieza por uno mismo, y en esas andamos desde los tiempos del Génesis, sin escarmiento posible: cada loco con su tema. Cada creyente con su fe. Y mucha gente en la playa.

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miércoles, 8 de agosto de 2018

VIERNES 10 DE AGOSTO
20.30 h.

Coloquio y lectura de poemas 
a cargo de
Eloy Sánchez Rosillo, Felipe Benítez Reyes y Luis García Montero
 

(Modera: Ignacio Elguero). 

Hospital Real de la Misericordia. MARBELLA

lunes, 6 de agosto de 2018

FOTOGRAFÍAS







Hasta hace no mucho, la gente se fotografiaba en ocasiones más o menos señaladas, y aun eso si alguien había tenido la ocurrencia de echarse una cámara encima, cosa que ocurría muy raramente, ya que las buenas cámaras fotográficas presentaban el inconveniente de ser un ingenio pesado y molesto, y sólo los muy aficionados a la perpetuación de las estampas familiares o amistosas se prestaban a ese martirio, que a veces requería la búsqueda de encuadres imposibles: retratar, por ejemplo, a un grupo de 30 o 40 personas, perro incluido. “Lástima que no tengamos una cámara”, solía ser la queja más frecuente en los momentos álgidos de las reuniones celebratorias. 

             Cuando se trataba de ocasiones señaladamente señaladas, se contrataba a un profesional para que eternizara lo fugitivo, incluida en ese concepto la inocencia acartonada de la primera comunión o la ilusión contenida en los pliegues más o menos etéreos de un vestido nupcial. Una persona corriente llegaba a la vejez, en fin, con más o menos un centenar de fotos de su persona, y el hecho de retratarse tenía algo de episodio solemne, y de ahí quizá el que, en las viejas fotografías en sepia, todo el mundo parezca un muñeco de cartón, con la expresión rígida, la pose envarada, la mirada difusa, con aspecto de estar orinándose o de reírse sin ganas ni motivo.


            Fotografiarse venía a ser un juego de azar en el que lo acostumbrado era que saliese uno perdiendo: los ojos cerrados o rojos, las arrugas marcadas, el gesto irreconocible, los dientes amarillentos… Cuando en la cámara sonaba el clic, era lo mismo que cuando la ruleta del casino empieza a girar. No había posibilidad de rectificación mediante la magia del Photoshop moderno -capaz de convertir a la bruja Piti en Miss Tarragona, o viceversa-, y si el experimento salía mal, así te quedabas para los restos, fijado en una imagen deformada, para vergüenza propia y quién sabe si no también ajena, porque no existe persona más fea que un feo fotografiado, detenido en su fealdad, que en movimiento puede más o menos disimularse. “Es que no soy fotogénico”, solíamos disculparnos cuando recogíamos el paquete de fotos en la tienda de revelado.


            En nuestros días, la gente fotografía casi todo: el plato de aceitunas que le ponen en el bar, el gato que cruza la calle, los zapatos que acaba de comprar, la paella del domingo… Cualquier adolescente puede guardar millares de fotografías en su teléfono móvil, de lo que cabe deducir que, al final de su vida, esos millares serán centenares de millares, o millones, en todas las poses y circunstancias. “Presentes sucesiones de difunto”, escribió Quevedo. Álbumes inmateriales de imágenes inmateriales de quienes vamos siendo, imágenes virtuales almacenadas en un artilugio prodigioso, para dar testimonio -¿a quién, sino a nosotros mismos?- de nuestro fluir. 

         Y generalmente disponibles, para disfrute universal, en Facebook.

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lunes, 30 de julio de 2018

VIOLINES Y TAMBORES



(Publicado el sábado en prensa)


De las pocas cosas que uno aprende después de muchos años de escribir artículos en prensa es que no deben arriesgarse profecías, en parte por lo que la deriva de la realidad tiene de imprevisible, aunque sobre todo por lo que tiene de absurda. Pero, comoquiera que estamos en verano, que es una estación que propicia las irresponsabilidades, me atrevo a suponer que tanto Pedro Sánchez como Pablo Casado tienen las horas muy contadas en sus flamantes ocupaciones.


            Como presidente del gobierno, Sánchez afronta un problema de solución difícil: presidir una empresa que a sus accionistas mayoritarios les interesa que entre en bancarrota, a no ser que demos por supuesto que a los partidos que le apoyaron en la moción de censura les conviene que una buena gestión gubernamental les arrebate votos en las próximas elecciones: la ingenuidad sólo acierta de vez en cuando. Y el caso es que a Sánchez le va bien, sobre todo porque, más que gobernar, está haciendo una campaña electoral anticipada desde el gobierno: una política de música de violines.


            Sobre el papel, se supone que los políticos están en su cargo para asegurar el bien común y no para asegurar el bien partidista, pero la suspicacia nos susurra que la alianza que puso en la calle al gobierno moralmente insostenible de Rajoy no se debió tanto al hartazgo moral –a fin de cuentas, el historial de corrupción del PP venía de muy largo- como a la impaciencia electoral: promover un gobierno transitorio y probar suerte en las urnas… en cuanto Ciudadanos cayese en las encuestas. De paso, se satisfacía el anhelo de Sánchez de dormir en la Moncloa, así fuese durante un par de meses, a pesar de su intención, hasta entonces no revelada, de convertirse en huésped fijo durante al menos el resto de la legislatura. Tras el cumplimiento de ese anhelo perentorio, el cuento de hadas empieza a desfigurarse, y la primera pesadilla le viene de Cataluña, con el grueso de sus dirigentes dispuestos a dialogar con el gobierno central en unos términos inmejorables: “O nuestra independencia o tu gobierno”.


            Por su parte, la elección de Casado como presidente del PP no deja de resultar coherente con la pintoresca trayectoria de ese partido: sentar en la poltrona suprema a alguien que muy posiblemente tendrá que sentarse en un banquillo judicial para dar explicaciones sobre su fulgurante expediente académico. Ni siquiera el precedente Cifuentes parece haberles servido no ya de escarmiento, sino ni siquiera de advertencia. Lo que se dice un espíritu aventurero, cuando no temerario.


            Y en esas andamos: en la política de la fragilidad. En unas expectativas sociales sostenidas por unos discursos estratégicos. En una coyuntura en que todo suena, como decía, a música de violines, pero en que ya se oyen, no muy lejanos, los tambores de guerra.

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miércoles, 25 de julio de 2018