sábado, 28 de abril de 2012
REFLEXIÓN PRIVATIZADORA
Visto lo visto en aquellas tierras, ¿por que no privatizan también -para ahorrar- la gestión política?
viernes, 27 de abril de 2012
PRIMA-VERA (o prima-falsa)
jueves, 26 de abril de 2012
LOS EQUILIBRIOS PRESUPUESTARIAMENTE PARADÓJICOS
Las ambulancias serán de pago, según decisión de los usuarios de coches oficiales, que seguirán siendo gratuitos.
lunes, 23 de abril de 2012
EL CURIOSO CASO DE LAS MOSCAS BORRACHITAS
viernes, 20 de abril de 2012
CANCIÓN DE PACO CIFUENTES

En su nuevo disco, titulado MIENTRAS TODO ARDE, Paco Cifuentes incluye esta canción, con letra mía. (Toco también en ella la guitarra eléctrica, en los adornos; la base de guitarra acústica es del gran Jose Recacha, de Glazz.) Me gusta mucho el resultado, y espera uno lo mismo de la afición en general.
Está disponible en este enlace:
http://soundcloud.com/paco-cifuentes/09-viejas-glorias
El disco entero es para no perdérselo.
Está disponible, completo, en
http://www.pacocifuentes.es/
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miércoles, 18 de abril de 2012
CAPRICHOS DE LA REALIDAD
sábado, 14 de abril de 2012
PREGUNTA RETÓRICA
viernes, 13 de abril de 2012
jueves, 12 de abril de 2012
miércoles, 11 de abril de 2012
LIBRO SOBRE JAVIER RUIBAL

Luis García Gil ha publicado un libro sobre el prodigioso Javier Ruibal.
Va un texto mío que se incluye en ese libro:
RUIBAL EN LA INTIMIDAD
A veces piensa uno que a Javier Ruibal, cuando canta, le sobra en realidad todo: los arreglos instrumentales, los músicos de acompañamiento, las orquestas filarmónicas, su propia guitarra incluso. Porque su voz se basta y se sobra. Su voz de privilegio, con sus ondulaciones de prodigio, con sus matices de hondura y levedad, poderosa y etérea, tan potente, tan frágil.
…Una reunión de amigos, y empieza a circular una guitarra, como quien no quiere la cosa, rasgueada por uno y por otro, cada cual con sus ocurrencias, para compartir. Hasta que la guitarra, como imantada, llega a las manos de Javier, que la mira como si no hubiese visto una guitarra en toda su vida. “Anda, Javier”, le dice alguien, y él, sin carraspear siquiera, empieza a cantar una cosa suya, o unos cuplés de carnaval, y ya todo es pasmo y alegría, o melancolía, o lo que sea. Y no suelta ya la guitarra, porque lo de Javier es cantar por el gusto puro de cantar, la consecuencia lógica tener la música muy adentro, esa música que sale de él como salen los genios de las lámparas maravillosas, entre una neblina mágica.
Javier Ruibal es mucho Javier Ruibal a cualquier hora del día o de la noche: él tiene cautivo el milagro, disponible en cualquier momento, en su alma barroca, en su garganta infalible.
Canta Javier Ruibal y ya estás hipnotizado, y dejas que la música te lleve a donde a ella le dé la gana, su irreal gana, a sus trasmundos de emoción hacia adentro y de maravilla en el aire.
Y, en medio del milagro, el hechicero se para de repente y pregunta: “¿Hay por ahí una cervecita?”. Y luego, claro está, sigue. Seguimos. Como la vida, en la vida.
jueves, 5 de abril de 2012
LA TONTA VANIDAD DEL VANIDOSO
Mentalidad de emperador romano: dejar huella inmortal de su figura.
Y sin necesidad de conquistar la Galia ni Britania.
http://blogs.elpais.com/sin-titulo/2012/04/las-vanidades-de-jos%C3%A9-bono.html
lunes, 2 de abril de 2012
TAREA
(Pom, pom, poporrom, etc.)
lunes, 26 de marzo de 2012
LOS DEL MICRO

Un micrófono tiene algo de artefacto de hechicería, no sólo por su capacidad para amplificar la voz, sino también por su capacidad para amplificar el ego, que es algo así como el yo con un penacho de plumas de pavo real. Para comprobar el grado de egolatría de un semejante, lo mejor es ponerlo frente a un micrófono, porque el micrófono viene a ser para el henchido de sí lo que eran las espinacas para Popeye el marino.
Los dictadores célebres, por ejemplo, creo yo que se metieron a dictadores no tanto por el gusto de dictar cosas como por el placer de oír su voz sobredimensionada, retumbante en el espacio de las plazas públicas, improvisando insensateces porque no podían dejar de hablar, hipnotizados por su torrente artificial de voz, igual que si fueran tenores líricos en la ópera bufa del delirio sociopolítico o similar.
Mussolini, ante un micrófono, parecía un boxeador sonado, con recursos actorales aprendidos en el cine mudo o en el teatro del colegio, gesticulante, con algo de monstruo de Frankenstein harto de anfetaminas. Hitler, ante un micrófono, se volvía más loco de lo que estaba y se ponía a gritar como un nibelungo, y creo que la llamada Operación Valquiria hubiese tenido éxito si, en vez de plantearse como un atentado con explosivos, se hubiese ceñido a un propósito más modesto pero igualmente aniquilador: colocarle a Hitler, en un descuido, una peluca de valquiria, con sus trenzas doradas, mientras se desgañitaba ante miles de arios, porque ese complemento carnavalesco no hay quien lo sobrelleve con decoro, incluidas tal vez las propias valkirias. Franco, ante un micrófono, tampoco estaba nada mal, aunque, visto lo visto, prefiero eludir cualquier apreciación al respecto, por si acaso a alguna asociación retrohistoricista le da por llevarme ante los tribunales, ya que ahora mismo no dispongo de tiempo para diversiones jurídicas.
En nuestros días, la fascinación por el micrófono parece haber cambiado de signo político: ahí tenemos a Fidel Castro y a Hugo Chávez, por ejemplo, virtuosos del monólogo, a veces cómico sin querer y a veces apocalípticamente apocalíptico. Y es que el micrófono tiene esa cualidad: encoge tal vez la mente, pero ensancha por vía de artificio la caja torácica, de modo que el charlista se siente como Júpiter Tronante, y no es para menos. Como aliado de la retórica, el micrófono no sólo subraya las razones, sino que las vuelve incontestables, en especial si el contestatario en cuestión carece de micrófono.
Pero no hay que irse a esferas tan altas del poder para encontrar a fascinados por la voz amplificada: en las bodas y en las tómbolas, en las verbenas y en los concursos pueblerinos de misses, en los mercadillos y en las romerías, en el rosario de la aurora incluso, siempre hay alguien aferrado a un micrófono o como poco a un megáfono. Pues bien, ese, el del micrófono o el del megáfono, es el peligroso. No lo duden.
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