viernes, 30 de septiembre de 2011

EL SUEÑO












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Resulta lógico que casi todos los animales durmamos, ya sea de noche o de día, según nuestro sistema peculiar de depredación o de lo que sea, pero lo que no resulta lógico -ni tal vez aceptable- es que tengamos que soñar mientras dormimos. ¿Para qué sirve un sueño si no eres un oniromante como Artemidoro o como Sigmund Freud? Para nada, y la mayoría de las veces para pasar un mal rato.

Nos dormimos cuando el cuerpo se nos vence, y se supone que dormimos para descansar, aunque la mayoría de las veces nos despertamos más agotados que cuando cerramos los ojos, porque los sueños nos han trasladado a junglas difíciles, nos han hecho viajar en globo aerostático, nos han brindado la ficción de ser perseguidos por un tigre o nos han arrojado a un abismo, entre otras acrobacias. El guión de los sueños suele ser proclive a las acciones de alto riesgo, y no conozco a nadie que haya soñado que duerme tranquilamente en su cama, que sería al fin y al cabo el sueño idóneo.

El concepto de pesadilla define la condición infernal del sueño, lo que no quita que todo sueño sea infernal a su manera, pues no existe sueño que no parezca ser guiado por mano diabólica. Incluso el aventurado que sueña con su actriz predilecta acaba afligido a los dos o tres segundos de despertar, cuando comprueba que todo fue una fantasía sin más fundamento que la frustración, y entonces puede caer en la pesadilla de la vigilia, y ensombrecerse mucho por dentro, porque se da la circunstancia de que no hay sueños imposibles, al poderse soñar en teoría con todo, pero resulta que el hecho de soñar un sueño imposible tiene el efecto paradójico de evidenciar su imposibilidad.

La capacidad de soñar debería ser algo insólito, reservado a los magos y hechiceros de la tribu y negado a la gente corriente. “Ese sueña”, diríamos con respeto, con asombro y con algo de conmiseración. De ser así, podrían montarse espectáculos con los soñadores, que contarían a los durmientes puros sus peripecias oníricas: “Anoche soñé que cruzaba un puente líquido y me topé de frente con un dragón tricéfalo que resultó ser el alma en pena de mi tío Camilo, el que se fue a vivir a La Pampa argentina y regresó de allí con cinco dientes de oro. Cuando le dije que era su sobrino, el dragón se transformó en Uri Geller, el que doblaba las cucharas, que se empeñó en invitarme a tomar el té en el castillo del conde Drácula…”. Y la gente aplaudiría tras la narración de los disparates.

Conocí a un hombre que vivía mortificado por los sueños, pues no lograba olvidarlos, que es lo que solemos hacer casi todos incluso antes de despertar. Recordaba, uno por uno, todos sus sueños, o eso decía. Visitó a médicos de muchas especialidades, aunque ninguno supo librarle de su padecimiento. Murió hace un par de meses, con los ojos muy saturados de horrores aleatorios. Sus últimas palabras fueron: “Ojalá el sueño eterno no sea eterno”. Ojalá.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

EL LETRERO DEL DOCTOR DE PEPPO


En Lucera, un pueblo italiano -bonito, descacharrado y triste- de la región de Apulia, de pronto, al lado de la pulcra plaza del Duomo, este reclamo inquietante, porque calcula uno que el doctor De Peppo curará ya pocas cosas, aunque ahí sigue el cartel de su negocio, oxidado y artesanal, con la misma tenacidad que las ruinas clásicas, rotulado por alguien con poco pulso quirúrgico, desde luego.

lunes, 26 de septiembre de 2011

RONDA BANAL DE SUPLEMENTOS





1.

En Babelia, en esa página 3 que dedican a ofrecernos una fotografía artística de un artista en su lugar de trabajo, venía anteayer M. R., en actitud de mirar más o menos hacia el infinito desde su “céntrico piso” coruñés, según precisa el periodista Estévez. El periodista Estévez destacaba en titular que el autor gallego “trabaja en soledad en su casa de A Coruña”. Cabe deducir que los demás escritores trabajan rodeados de la tuna.

2.

En el suplemento cultural de Abc, por su parte, el habitualmente desahogado Andrés Ibáñez abre su artículo con esta aseveración preocupante: “No sé si estarán de acuerdo conmigo, pero vivimos en una época en la que NADA FUNCIONA. Es decir (aclaramos), no es que las cosas no funcionen, sino que las cosas que antes funcionaban o las cosas que siempre habían funcionado, de pronto ya no funcionan. Por “cosas” entiendo todo tipo de cosas, tales como: leyes, ideas, principios, máquinas, sistemas, procesos, estilos, soluciones, modos de comportamiento, hábitos, etc.”.

...Y olé, como si dijéramos. (Insuperable quizá ese “Por cosas entiendo todo tipo de cosas”, que le envidiaría el mismísimo J.M.)

3.

El problema de saber mucho es que puede acabar uno creyendo que sabe de todo.

En Babelia, el profesor Mainer señala como paradigmas de poetas malditos y menospreciados a Aníbal Núñez y a Diego Jesús Jiménez. Cabe suponer que cada cosa irá por su lado: que el “maldito” sería Núñez y que el “menospreciado” sería Jiménez (que obtuvo el premio Adonais, el premio de la Crítica y, en dos ocasiones, el premio Nacional de Literatura, pongamos por caso), porque hasta grima da imaginar que ambos tuvieran la mala suerte de padecer esas dos calamidades en el espacio breve de una vida.

Es curioso: si tienes la desgracia de morirte de una enfermedad derivada -así sea tangencialmente- de una adicción a la heroína, no eres un infeliz, sino un poeta maldito, con el aura turbia de los espíritus superiores, indóciles al mundo; si te mueres, en cambio, de un cáncer de hígado, no pasas de ser un pequeñoburgués.

Hay enfermedades más o menos prestigiosas para un escritor, según parece. Habría que establecer un canon al respecto -y nadie mejor que Mainer para ese fin-, para calibrar uno de qué le convendría morirse.

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lunes, 19 de septiembre de 2011

DICCIONARIOS


Hay diccionarios de todo. O –seamos prudentes- de casi todo. (Por haber, hay diccionarios de diccionarios.) Diccionarios de mitología, de escuelas de pensamiento, etimológicos, de dudas, de términos literarios, fraseológicos, de esoterismo, de sueños, de personajes literarios, de celebridades históricas, de cocina, de filosofía, de sinónimos y antónimos, de parapsicología… Se trata de un mercado muy surtido, y está muy bien que sea así, porque no hay grado de sabiduría que logre superar nuestro grado de ignorancia.

Decía Platón, en un día de optimismo genuinamente platónico, que aprender es recordar, pero es posible que la condición indispensable para aprender sea más bien la de ignorar, aunque se da la paradoja de que, cuanto más aprendemos, más nos queda por aprender, al ser el de la consecución de la sabiduría una especie de trabajo de Sísifo. De ahí la confesión célebre de Sócrates, aquel desdichado suicida a la fuerza: “Sólo sé que no sé nada”, frase que suelen emplear con orgullo las personas ignorantes que buscan apoyaturas prestigiosas para hacer ostentación de su ignorancia.

Un diccionario de la lengua es un tesoro, hasta el punto de que como tal tesoro eran presentados algunos diccionarios antiguos por sus autores, conscientes de que hacían un regalo sin par al mundo.

Hay personas que, a la pregunta tonta de qué libro se llevarían a una isla desierta, responden que el Diccionario de la Real Academia Española. Como experimento no está mal, pero mucho me temo que tales personas acabarían medio locas o locas del todo, ya que la lectura sistemática de un diccionario, al no ser libro de lectura sino de consulta, no sólo nos advierte de nuestro porcentaje apabullante de desconocimiento de nuestra lengua, sino que además nos ofrece un catálogo exhaustivo de las cosas de la realidad, ya sean visibles o invisibles, ya abstractas o concretas, ya palpables o imaginarias, y lo que menos necesita un ser abandonado en una isla desierta es recordar todos los prodigios conceptuales o industriales que el género humano ha añadido al universo.

Contaba el poeta Ángel González la historia de un alemán al que se le metió entre ceja y ceja aprender el idioma español con la ayuda exclusiva del diccionario de la Academia, sin gramática ni maestros, y presumía el hombre de aprender cada día tres palabras, lo que al año suponía un millar largo de ellas y al decenio unas once mil. Al quinto año de ocupación tan pintoresca y afanosa, se le acercó un desconocido en un bar de Zamora para pedirle fuego y el alemán se lo dio con afabilidad, pues ni siquiera el más tacaño de los seres niega a nadie un poco de fuego. Entablaron conversación, y explicó el alemán al zamorano su método de aprendizaje de nuestro idioma, de lo que se admiró grandemente el nativo, pues, a ojo de cubero, dio por sentado que el foráneo manejaba más léxico que él. “En efecto”, dijo el alemán. “Tengo ya casi todo el diccionario aquí: en el culo”, y se señaló la frente, error que dejó aturdido al principio al zamorano y divertido luego.

Hasta la próxima.


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martes, 13 de septiembre de 2011

CHRISTINA STEAD


La editorial Pre-Textos acaba de publicar la novela El hombre que amaba a los niños, de la australiana Christina Stead (1902-1983), en traducción de Silvia Barbero. Una novela magnífica y de sabor raro: tierna y terrible, divertida y escalofriante.


http://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?products_id=1320&osCsid=91a6q21iucsat9unusbuus7455

El prólogo es -con perdón- mío. Reproduzo aquí algunos fragmentos:

Muchas novelas sumergen al lector en una espiral de desdichas para aliviarle luego con un desenlace venturoso, con un final en que los azares favorables se armonizan para imponerse al caos que implica el infortunio. Es el esquema asimétrico -y a veces demasiado optimista- de buena parte de la novelística decimonónica, de casi todas las novelas románticas de kiosco y de la mayoría de los cuentos de hadas.

Me temo que esta novela es cualquier cosa menos un cuento de hadas.

Sam Pollit, nacido en una desenfadada familia de menesterosos, funcionario de medio pelo con grandes proyectos irrealizables, es un hombre de ideas vanidosas, un pensador megalómano, seguro de poseer la clave secreta -y tan sencilla- para redimir a la humanidad: exterminar al 90% de sus componentes.

Su mujer, de soltera Henrietta Collyer, nacida en una familia adinerada, posee toda la fuerza oscura de quien experimenta una angustia que le sobrepasa: es mezquina porque su destino es mezquino, es cruel porque es víctima de la crueldad, es insoportable porque, para empezar, no se soporta.

(...)

Sam Pollit es un hombre hecho a sí mismo y el ídolo ejemplar de sí mismo, una especie de duendecillo pequeñoburgués al que le gusta cantar, ensayar trabalenguas, imitar a su cómico favorito, jugar con los pequeños, someter la vida familiar a una disciplina entre castrense y puramente lunática y dar discursos elevados -y descabellados- a sus hijos y a cualquiera que le preste oídos. Es enemigo de las religiones y del consumo de alcohol, de la usura y del mal en todas sus manifestaciones posibles; es partidario ferviente, en cambio, de la conservación de la naturaleza, de la igualdad racial, de Roosevelt y del holocausto eugenésico.

Si Samuel Pollit es un hombre hecho a sí mismo, Henrietta es una mujer destruida a sí misma. Su matrimonio con el joven viudo Pollit arruina sus ilusiones románticas de muchachita bien de Baltimore: su príncipe azul acaba transformado en su bestia negra. Derrochadora y adversativa, confundida y maquinadora, negligente con los hijos y con las tareas domésticas, obsesionada por el dinero, asqueada de la pobreza y cansada de tener que asistir a su prole numerosa, Henny se muestra como un carácter enfático, con la vehemencia de la desesperación: dondequiera que ella esté, soplan vendavales de sombra.

Si dejamos al margen a los niños, que son las víctimas contiguas de este drama entre dos, esta novela promueve pocas simpatías hacia sus personajes. Tampoco odios, por odiosos que puedan resultar. Christina Stead tiene la habilidad de hacernos difícil el posicionamiento moral ante el matrimonio Pollit: tanto Sam como Henny son víctimas y verdugos, ambos son inocentes y culpables, los dos son crueles y dignos de compasión.

(...)

Christina Stead nació en Sydney en 1902 y murió en su ciudad natal en 1983, después de haber vivido en Inglaterra, Francia, Estados Unidos y muy fugazmente en España, que abandonó nada más estallar la guerra del 36. Se casó con el escritor y economista William J. Blake, que compartió con ella ideas marxistas. Su padre fue un biólogo marino y un pionero de las ideas conservacionistas de la naturaleza; la autora misma reconoció que Samuel Pollit es, en lo esencial, un trasunto de la figura paterna, pero ese detalle se deslinda del ámbito de la ficción, y El hombre que amaba a los niños es al fin y al cabo una novela, de modo que no creo que los lectores tengamos derecho a ir más allá de sus fronteras ilusorias, ni creo que tampoco nos interese de manera especial: al margen de sus modelo, Samuel Pollit es una afortunadísima creación literaria, porque no siempre un buen modelo hace un buen personaje.

(...)

Dispóngase el lector, en fin, a saborear un trago fuerte. Y amargo.


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viernes, 2 de septiembre de 2011

HUEVO


Hay muy pocas razones para que alguno de nosotros desee haber nacido gallina, pero creo que el aliciente principal para no desear ser gallina tiene que ver con la circunstancia pintoresca y atroz de que la gallina esté obligada por las leyes de la naturaleza a poner un huevo casi a diario. A nadie le gusta poner huevos, al menos que yo sepa. Ni siquiera a los loquitos que creen ser gallina, que los hay.

Se mire como se mire, hay un factor milagroso en el hecho de poner un huevo, pero lo más milagroso de todo es que el huevo no se rompa mientras la gallina aprieta para poner o deponer el huevo. Vas a la tienda, compras una docena de huevos, te los meten en una bolsa y, cuando llegas a casa, se han roto cuatro o cinco. Sin embargo, la gallina pone el huevo intacto y entero, por ese grado de malabarismo virtuosista que ha alcanzado con los músculos del ano.

Como las gallinas han perdido el don del vuelo, tienen que satisfacer su vanidad poniendo huevos a cualquier hora, habilidad que les ha valido la ruina. En efecto, gracias a su capacidad ponedora, las gallinas viven cautivas en jaulas individuales, dedicadas a poner huevos sin ton ni son, entre otras cosas para satisfacer la afición humana por la tortilla. Presas y explotadas, las gallinas suelen estar condenadas al insomnio, ya que viven en naves industriales iluminadas de forma ininterrumpida. Algunas gallinas optimistas piensan que viven en un afterhour, en una especie de macrodiscoteca en la que hay miles de gogós emplumadas metidas en jaulas, lo que no pasa de ser un espejismo psicológico con poco fundamento.

La imaginación humana ha llegado a soñar con una gallina que pone huevos de oro, pues está visto y comprobado que nuestra capacidad quimérica no tiene fondo ni límite, hasta el punto de mezclar factores de difícil armonización: la gallina en sí, el culo de la gallina, el huevo y el rey de los metales.

Si nos fijamos, las gallinas tienen ojos aterrados, y es posible que no les falten motivos, pues muy mala suele ser su vida desde el origen: vivir retorcidas dentro de un huevo y, con apenas conocimiento de los misterios del mundo, verse obligadas a romper el cascarón y lanzarse a la realidad con el único abrigo de una pelusa amarilla y de una madre que no para de poner huevos. A pesar de que el hecho de poner huevos es una actividad molesta y a su manera aterradora, podemos asegurar, no obstante, que la decadencia de la gallina como tal gallina comienza cuando deja de poner huevos. En cuanto el propietario de la gallina en cuestión se apercibe de tal circunstancia, la gallina tiene los días contados, y lo más frecuente es que acabe convirtiéndose en el ingrediente de un proceso casi alquímico: un pucherito de gallina.

En cuanto al huevo como categoría exenta, sólo puede merecer nuestro aplauso, pues son muchas las formas en que admite ser preparado para su consumo: desde el esplendor del huevo frito hasta la suprema golosina que constituye el llamado tocino de cielo. También se utilizaba antaño como elemento arrojadizo en funciones teatrales, pero esa es ya otra historia.


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LAS ROSAS BLANCAS

(Private words adressed to you in public)

Se marchitaron, pero aquí siguen...

(Y ese brillo inoportuno en el cuadro... Interprétese más como la luminiscencia de un ectoplasma que como un defecto fotográfico.)

lunes, 29 de agosto de 2011

LLAVES


Va uno por la calle, despreocupado y ocioso, con el pensamiento ocupado en no pensar y, de pronto, ve una llave caída en la acera. ¿Existe cosa más misteriosa que una llave con cerradura desconocida? Una llave que puede abrir, quién sabe, la puerta de la casa de un cura anglicano aficionado a la poesía georgiana o la de un asesino en serie. Quién puede saber lo que abre una llave perdida en la acera, una llave desnortada y errante, extraviada por su dueño, caída de un bolsillo, por ese afán insensato que tienen las cosas inanimadas de recorrer mundo.

¿Qué hace uno si se encuentra con una llave caída en la acera? Descartada la opción de entregarla en una oficina de objetos perdidos, porque a ninguna persona que esté en sus cabales se le ocurriría ir a buscar allí una llave perdida, la actuación más recomendable tal vez consista en arrojar la llave encontrada a un husillo, para que se funda con la inmundicia que corre por los intestinos de la ciudad y quede neutralizado de ese modo su enigma. Si alguien comete la imprudencia de conservar una llave encontrada en una acera, se le alterará la imaginación, que viene a ser una facultad descontrolada de la conciencia, y se pasará el día tramando conjeturas en torno a la llave, a lo que esa llave podría abrir: la caja fuerte de un estafador, la puerta trasera de una tienda de pelucas, la cabaña de un pescador que sueña con ballenas blancas, el candado de una bicicleta, las esposas de un detenido, el arcón que conserva los disfraces de gente que ya ha muerto… Las posibilidades son muchas, pues muchas son las cosas del mundo que se guardan bajo llave.

El hecho de que algo se guarde bajo llave es síntoma de prestigio, a pesar de que también se guardan bajo llave a los delincuentes. Cualquier documento insignificante se convierte en documento secreto si se le aplica el factor llave, lo mismo que cualquier joya de medio pelo proporciona a su propietario la ilusión de ser dueño de un tesoro si la conserva tras una cerradura, mejor cuanto más compleja y camuflada.

Miles de personas deambulan a diario por nuestras ciudades, y cada una de ellas llevará en el pensamiento lo que tenga a bien llevar, pero casi todas tienen al menos una circunstancia en común: ser portadoras de llaves. Dentro del bolso, dentro del bolsillo, colgando de la presilla del pantalón… Llaves. Llaves para acceder a nuestro territorio exclusivo. Llaves para entrar y poner en marcha nuestro coche. Llaves para abrir la máquina registradora. Llaves para entrar en casa de algún pariente impedido. Llaves para abrir… ¿qué? Lo que sea.

Va uno por la calle, en fin, sin mucho rumbo, absorto en naderías, sin ganas de razonar sobre las cosas, y, de pronto, plaf, una llave en la acera, y ya se le dispara el mecanismo de la máquina de las conjeturas, y pierde el sosiego, porque se pone a pensar en la llave, en lo que podría abrir esa llave, en lo que esa llave oculta. Y recoge la llave del suelo, claro está. Y, sin comerlo ni beberlo, se convierte en el dueño de una llave que podría abrir cientos de cosas diferentes y que, sin embargo, no abrirá nunca nada. Porque toda llave perdida es una llave muerta. Así que RIP.

sábado, 20 de agosto de 2011

UN POEMA DE T.S. ELIOT


Como aquí el viento de levante anda enloquecido, me acuerdo de este poema de Eliot, de su libro juvenil Prufrock y otras observaciones, que traduje en 2000 para la editorial Pre-Textos.

Es uno de los poemas de Eliot que más me gustan.



RAPSODIA EN NOCHE DE VIENTO

Las doce en punto.


A lo largo de los extremos de la calle

sostenida en una síntesis lunar,

los susurrantes conjuros de la luna

disuelven los sustratos de la memoria

y todas sus claras relaciones,

divisiones y precisiones.


Cada farola que dejo atrás

redobla como un tambor fatalista

y, a través de los dominios de lo oscuro,

la medianoche agita la memoria

como agita un demente el cadáver de un geranio.


La una y media.

La farola chisporroteó,

la farola murmuró,

la farola dijo: "Mira a esa mujer

que titubea ante ti a la luz de la puerta

que se abre ante ella como una mueca.

Puedes ver que la cenefa de su vestido

está hecha jirones y manchada de arena,

que el rabillo de su ojo

se retuerce como un alfiler doblado".


La memoria vomita hasta vaciarse

un enorme tropel de cosas retorcidas;

en la playa una rama retorcida,

sus pulidas aristas devoradas,

como si en ella el mundo revelase

el enigma de su esqueleto,

rígido y blanco.

Un muelle roto en la explanada de una fábrica,

herrumbre que conserva la forma que la antigua fuerza ha dejado

sólida y enroscada y lista para saltar.


Las dos y media,

la farola dijo:

"Observa al gato que, despatarrado junto a la alcantarilla,

saca la lengua con naturalidad

y devora una porción de mantequilla rancia".

Así, la mano automática del niño

se deslizó para apropiarse de un juguete que corría por el puerto.

Nada pude yo ver tras la mirada de ese niño.

He visto ojos por la calle

que intentaban mirar a través de las contraventanas luminosas,

y un cangrejo una tarde en una charca,

un anciano cangrejo con percebes en su caparazón

que se agarró a la punta del palo que le tendí.


Las tres y media,

la farola chisporroteó,

la farola murmuró en la oscuridad.

La farola canturreó:

"Mira la luna,

la lune ne garde aucune rancune,

que guiña un ojo feble,

que ríe en los rincones

y que alisa el cabello de la hierba.

La luna ya ha perdido su memoria.

Una lechosa viruela le agrieta la cara,

con su mano retuerce una rosa de papel

que huele a polvo y agua de colonia,

está sola

con todos los antiguos olores nocturnales

que una vez y otra vez recorren su cerebro".


Llega la reminiscencia

de los secos geranios sin sol

y del polvo en las grietas,

el olor a castañas en las calles,

los olores de hembra en los cuartos cerrados,

un olor a tabaco en los pasillos

y a cóctel en los bares.


La farola dijo:

"Las cuatro.

He aquí el número de la puerta.

¡Memoria!

Tú tienes la llave,

el farolillo expande un círculo en la escalera.


Sube.

La cama está destapada; el cepillo de dientes cuelga de la pared,

deja tus zapatos a la puerta, duerme, prepárate para vivir".


El último retorcimiento del cuchillo.


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miércoles, 17 de agosto de 2011

OTRA NOTICIA

Del mismo corresponsal que redactó la noticia de la entrada anterior:

Agentes de la Guardia Civil de Los Barrios han detenido a una persona como presunta autora de dos delitos con fuerza en las cosas. En la madrugada del 31 de julio, un agente fuera de servicio sorprendió a una persona saliendo de los bajos de un turismo estacionado con un reciepiente de plástico lleno de gasolina. Tras llamarle la atención, huyó y tuvo que interceptarlo. Finalmente se le intervinieron dos garrafas llenas de combustible, presuntamente robado. El detenido tiene como iniciales B.R.S.

domingo, 14 de agosto de 2011

NOTICIA INSONDABLE


(Digresión previa.) Una noticia es, en gran medida, la narración de una noticia, más que la noticia en sí. Pasa igual con las novelas: una novela no es una historia, sino la narración de una historia, y la historia será buena si su narración es buena, y será una mala novela si su narración es mala, por buena que sea la historia de la que parte o en que se sustenta. (Fin -afortunadamente- de la digresión.)

Al hilo de la entrada anterior, reproduzco una noticia leída ayer en un periódico provincial, por si alguien es capaz de descifrar su secuencia narrativa, sobre todo en lo que se refiere a los aspectos geográficos. Yo me declaro incapaz.

SE DA A LA FUGA CON UN TURISMO QUE PROBABA

La Policía Local de La Línea ha esclarecido la apropiación indebida de un vehículo de lujo, un Spider, de un concesionario de Marbella. Los hechos ocurrieron el pasado 14 de julio. El ahora detenido (F.M.M.) retiró el coche, valorado en 300.000 euros, de la tienda junto a su propietario. Juntos, decidieron un pequeño viaje para probarlo. Una vez en Ceuta, el presunto comprador y conductor aprovechó que el acompañante y vendedor se bajó para desaparecer con el vehículo. Tras la denuncia, ha sido localizado en el municipio linense.



(¿Hicieron "un pequeño viaje", en coche, de Marbella a Ceuta? ¿Es el Spider un coche acuático? Y siguen -a la carta- los signos de interrogación...)


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sábado, 13 de agosto de 2011

UN PERIÓDICO ABANDONADO


Se sube uno, de mañana, a un tren, ocupa su asiento y se encuentra con el ejemplar de un periódico que un viajero madrugador ha abandonado allí, como si ya se lo hubiese aprendido de memoria. Un periódico abandonado tiene siempre algo de misterioso, de inquietante, de objeto profanado, sin esa rigidez crujiente del periódico aún sin abrir. Los pliegos están un poco dislocados, su textura es ya fofa. El viajero más madrugador que tú viene de otra provincia, y ese periódico que encuentras ofrece, aparte de la información generalista, una información eminentemente provincial, como tiene que ser.

Lees un titular enigmático: “La banda del Carmen abrirá el cortejo de Servitas tras la coronación”, y te preguntas qué será Servitas, y te preguntas qué coronación será esa, porque aquí las coronas están ya repartidas. Lees: “La rotación de coches en Santa Brígida aumentó en un 92% de junio a julio”, y te imaginas un carrusel imparable de coches en un lugar que no aciertas a imaginar, porque Santa Brígida te suena a rotonda remota, a avenida periférica, a polígono industrial perdido entre arrozales o entre maizales o entre quién sabe qué, porque los polígonos industriales se elevan siempre en las chimbambas. “Halladas 20 cigüeñas muertas en el Berrocal”, y la imagen te sobrecoge: un cataclismo de plumas, de amasijos yertos de plumas, de cadáveres raros, con sus plumas muertas movidas por el viento, y la fantasía te susurra: “Igual se trata de un suicidio colectivo de cigüeñas”, porque con las cosas de la naturaleza nunca se sabe. A lo mejor -piensa uno- las cigüeñas estaban ya hartas de volar por ahí y llegaron a la conclusión de que lo mejor era morirse, porque la vida errante acaba siendo un incordio, por muy cigüeña que seas. O a lo mejor se suicidaron por el espanto de ser cigüeñas, por el horror de tener plumas, por la humillación de tener que poner huevos, por el vértigo de tener que vivir en las alturas. Y de repente una trama tragicómica: “Una mujer vuelve a su casa y encuentra a tres personas viviendo en ella”. Llevaba fuera varios meses y un amigo de confianza, que tenía las llaves, la había alquilado por su cuenta para ganarse un sobresueldo.

En la sección de entrevistas, un cantaor flamenco declara: “Me encanta cantarle a la tragedia y al amor e incluso al surrealismo. Yo soy muy cubista”. Una joven presentadora televisiva, por su parte, se confiesa: “Aunque pueda parecer raro o chocante, tengo la obsesión de fijarme, antes que nada, en los gemelos de los chicos. Luego alzo la vista y me detengo en los ojos”. Será, piensa uno, que la muchacha conoce a los chicos ya desnudos, o como poco en la playa, o tal vez ocurra que sólo conoce a chicos que llevan pantalón corto.

Llega uno a su destino, en fin, y deja el periódico en el asiento, para que siga la ronda.

miércoles, 10 de agosto de 2011

AFORISMOS UN TANTO ANAFÓRICOS


Un estilo literario puede venir dado no tanto por elecciones como por prejuicios.

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La paradoja es una verdad que hasta parece mentira.

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Para una ficción: no exactamente la realidad, sino ese espacio que existe entre la realidad y la intuición de otra realidad.

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Etimologías: el noble snob (valga la paradoja), el innoble snob (valga la redundancia).

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El guepardo es el dandy de la sabana.


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viernes, 5 de agosto de 2011

EL MES DE LA FUGA


Agosto es un mes difícil. Un mes en el que medio mundo –y es un modo de hablar- se plantea la huida de su mundo. Un mes en el que medio mundo se prepara para recibir la invasión del otro medio.

Sale uno por la puerta cargado de maletas y con la cabeza llena de ilusiones, porque el viaje tiene eso: que te hace esperar mucho de la vida. Luego, como es lógico, la vida da de sí lo que da, que puede ser mucho o poco, según ande uno consigo (con su conciencia y con ese tipo de cosas), porque el factor principal de un viaje no es tanto el estado del punto de llegada como el estado del punto de partida, y ese punto de partida es siempre uno mismo. Viajar consiste en una fuga, pero hay quien lleva la prisión por dentro. Viajar es olvidarse un poco, pero hay quien no puede dejar atrás la memoria. Viajar supone una aventura, pero hay quien lleva por dentro la desventura. Por el contrario, quien lleva consigo la alegría camina siempre en dirección al paraíso.

Sea como sea, ya estamos en agosto, el mes por excelencia de la evasión. El mes en que uno se echa por encima una camiseta de estampaciones casi impensables, se calza unas chanclas, se embute en unas bermudas, se pone una gorra… y a vivir, disfrazado de no se sabe qué, aunque sepamos en el fondo de qué: de quien no eres. Porque las vacaciones activan la rebeldía de la identidad: te niegas a ser durante unas semanas ese individuo trajeado y madrugador que está obligado a atender a los clientes con una sonrisa, así lleguen los clientes con cara de perro peleón; te niegas a ser durante unos días esa ama de casa condenada a la puntualidad de las comidas y de la hora de salida del colegio, esclavizada por la pila de ropa sin planchar y por la pila de ropa pendiente de lavar; te niegas a ser el estudiante abrumado por las trampas imprevisibles de la mnemotecnia… Te niegas.

Llega el mes de agosto y procuras hacer una especie de viaje astral, una salida de ti mismo a fin de convertirte en una persona exótica para ti mismo: alguien que se levanta cuando le parece, que come sardinas de pie en un chiringuito, que se acuesta a las tantas y con unos centilitros de alcohol en la sangre, con la sugestión de vivir en un sábado eterno. Llega agosto y los aeropuertos se convierten en ferias, los bares en manifestaciones multitudinarias, las playas en cuadros de El Bosco y los supermercados en un hormiguero. Llega agosto y a todo el mundo le entra la nostalgia del Edén, de la edad de la inocencia, de la edad sin edades. Y todo parece, no sé, una representación teatral masiva, un festival de imposturas, porque se trata de eso: de despistar un poco la memoria, de hacerse un poco el tonto con respecto a la propia vida, de hacerse un poco el longuis con respecto al destino.

Llega agosto, en fin, y muchos hacen la maleta, dejando atrás una casa, una rutina, una ocupación y un fantasma. Ese fantasma que, durante el resto del año, está obligado a vestirse de una manera específica, a comportarse de un modo invariable, a pensar de manera ineludible en determinados asuntos siempre urgentes. Ese fantasma que se queda cautivo en una mazmorra durante todo el mes de agosto, ululando. Esperando.

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miércoles, 3 de agosto de 2011

ANDRÉ BRETON


Mark Polizzotti, La vida de André Breton, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2009


Resultaría difícil sostener que André Breton fue un gran escritor, pero resultaría difícil negarle su condición de gran figura literaria. Vehemente y despótico, sectario y testarudo, repulsivo y fascinante, caprichoso, purista y estratega impuro, el llamado Papa del Surrealismo tuvo una vida que se adivina más agitada en su narración que en su cotidianidad, ya que al fin y al cabo una biografía incide sobre lo extraordinario.

De esa narración se encarga Mark Polizzotti con muy buen tino para ofrecer no sólo el relato de las vicisitudes personales y artísticas vividas por Breton, sino –como no podía ser de otra manera- por todo el voluble grupo de los surrealistas, que solían ser tipos de cuidado, dispuestos a partirse la cara –en sentido literal- para defender sus premisas estéticas, ya que el surrealismo tuvo mucho de fe basada en dogmas, y de ahí quizá la proliferación de apóstatas en su seno... por no decir en su cubo de cangrejos, que tal vez sea una imagen más acorde con el asunto.

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