viernes, 30 de abril de 2010

IDENTIDADES


Tendemos a dar a nuestra identidad un rango de abstracción inviolable y sagrada: somos quienes somos, al margen de lo que seamos y de cómo seamos, y llevamos mal cualquier tipo de suplantación: nuestro nombre es sólo nuestro, porque nuestro nombre nos representa. Si alguien, por la razón o sinrazón que sea, se hace pasar por nosotros, lo interpretamos como una burla a nuestra esencia ontológica, como una impostura que afecta a los cimientos básicos de nuestro ser. (Y no digamos cuando esa impostura consiste en un fraude bancario, por ejemplo: ahí ya sacamos la pistola.)

Hace un par de semanas, en una búsqueda a través de Google, me encontré con una discusión extraña en el chat de un blog. Un amigo mío ridiculizaba el libro que acaba de publicar otro amigo mío, con la agravante de que ellos son amigos entre sí. De todas formas, la experiencia nos ofrece una enseñanza melancólica: la emocionalidad puede dar muchas vueltas, y no siempre para bien. Los sentimientos se enredan. Los afectos fluctúan, o se deforman, o se derrumban. Llamé al amigo que ridiculizaba al otro amigo, porque el asunto me entristecía. Por suerte para mi ánimo, todo era una impostura: alguien había suplantado la identidad de uno para agredir al otro, sabiendo que ambos eran amigos antiguos y bien avenidos, supongo que con el propósito –tal vez demasiado optimista- de que iba a minar esa amistad, a pesar de que el malentendido malévolo resultaba fácilmente desmontable. Todo quedó, en fin, en el susto.

Pero la realidad tiende a ser bromista. Ayer mismo me llamó otro amigo para avisarme de que en ese mismo chat de ese mismo blog andaba yo opinando agresivamente sobre cualquier cuestión divina o humana, incluida en esas cuestiones el propio amigo que me avisaba. Me fui a la página y allí estaba yo, metiéndome con medio universo, porfiando destempladamente con los demás chateadores, empleando palabras que jamás empleo y reconociendo públicamente -sin complejos- que tengo un pene de dimensiones ridículas. Para rizar el rizo, alguien ponía en duda que el impostor fuese yo, pero el impostor le resolvía esa duda razonable: él era yo, sin duda posible, y de paso se acordaba feamente de la madre del otro por haber dudado de que él era yo.

Pero el juego de espejos continuaba: otro charlatán cibernético salió a escena para decir que el tipo que se hacía pasar por mí era un farsante, porque quien era yo era él, y le afeaba al otro el haber suplantado su personalidad, que no era otra que la mía. A partir de entonces, ambos se pasaron varias horas discutiendo si el primero era yo o si lo era el segundo, mientras que algunos terceros en discordia aportaban sus hipótesis y arriesgaban apuestas: algunos sospechaban que yo era el primer impostor, mientras que otros estaban seguros de que yo era el segundo impostor, el advenedizo.

¿Resulta divertido hacerse pasar por otro? Supongo que sí. Yo mismo me hago pasar por mí mismo cuando no tengo más remedio, ya que siempre será mejor eso que mostrarte realmente como eres: un fantasma desconcertado que no sabe muy bien del todo quién es, porque toda identidad es un espejismo de la conciencia, un apaño de la razón para ir tirando. Hasta que un día nos morimos y quedamos a la espera de que alguien se haga pasar por nosotros en la ouija.

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viernes, 23 de abril de 2010

VERGÜENZA AJENA


Todos los sentimientos son raros y desconcertantes, cada cual a su modo, entre otras razones porque suponen una anomalía del ánimo, que anda más en sí desde la serenidad que desde la turbulencia. De todas formas, creo que estaremos de acuerdo en que, entre todos los sentimientos que podemos padecer o disfrutar, el más raro de todos es el de la vergüenza ajena.

Si bien se mira, el hecho de sentir vergüenza ajena es algo tan prodigioso como lo sería la capacidad de sentir el dolor de muelas que padece tu vecino o como contagiarte del tartamudeo de alguien que te para por la calle para preguntarte la hora. La vergüenza ajena es un extrañísimo sentimiento extrañísimamente solidario, ya que asumes una vergüenza que ni siquiera quien la provoca la siente, de modo que cargas con una vergüenza ajena sin tener el apoyo moral de la persona que está provocándote la vergüenza en cuestión, esa persona, en fin, que está haciendo el ridículo sin saberlo y sin sospechar que eres tú quien está sufriendo los inconvenientes que trae consigo el sentimiento de vergüenza.


Se podría suponer que la vergüenza ajena no es en el fondo tan ajena, ya que a veces sentimos vergüenza ajena a causa de personas allegadas a nosotros, de modo que, en determinada medida, se trataría de una vergüenza propia. Pero hay ocasiones en que uno llega a padecer vergüenza ajena a causa de personas del todo desconocidas, y ahí se nos derrumba el argumento de la vergüenza ajena como sentimiento dependiente de la cercanía con el estimulador de dicha vergüenza. Y eso resulta lo más injusto de todo, pues lo lógico y razonable sería que cada persona cargase en este mundo tormentoso con sus vergüenzas propias y exclusivas, sin tener que verse obligada a asumir las del prójimo, que casi nunca es un ente que merezca demasiada fiabilidad psicológica.


Esa condición transferible de la vergüenza la convierte en un peligro social soterrado, ya que no existe cosa que dé más vergüenza que el sentir vergüenza ajena, en buena parte porque nos da vergüenza del otro y, a la vez, nos da vergüenza de que nos dé vergüenza asumir la vergüenza de quien ni siquiera se toma la molestia de asumir su propia vergüenza. Esta suma de circunstancias hace que el carácter del vergonzoso ajeno vaya escorándose a la misantropía, a la cerrazón social, al anacoretismo, lo que en ocasiones se ha traducido en depresión y en absentismo laboral.


Según cuentan, vivía en la localidad sevillana de Écija un talabartero, muy fino en su labor, que no podía cruzar dos palabras con una persona sin sentir al minuto una irresistible vergüenza ajena, hubiese motivo para ese sentimiento o no, lo que le hacía sentir también vergüenza propia. Debido a ese defecto, dejó de hablar con la gente y la gente dejó de hablar con él, hasta el punto de que colocó un torno conventual en la puerta de su negocio y a través de él recibía los encargos y despachaba su esmerada mercancía, entre la que se contaban atalajes de cabalgaduras, zahones y botos. Y en ese régimen de aislamiento se mantuvo hasta la muerte, víctima de las dos modalidades básicas de vergüenza. Descanse en paz.


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lunes, 19 de abril de 2010

POLÍTICOS PORTÁTILES





La vida suele ser corta, al menos para la mayoría de los asuntos relacionados con la vida. A causa de esa brevedad, admiramos que alguien sepa asentarse con diligencia y fundamento en el mundo, adquirir habilidades y saberes, asumir el legado de la tradición en algún ámbito profesional y abrir caminos en ese ámbito, que suele ser limitado y específico, inevitablemente especializado, porque nadie puede saber todo sobre su propia materia de trabajo o de estudio.

De todas formas, los políticos constituyen una raza aparte, circunstancia que proclamo con orgullo y asombro. A lo largo de su vida, un político está capacitado para deambular por territorios diversos sin mengua alguna de su efectividad gestora: puede levantarse como viceconsejero de obras públicas y acostarse como subdelegado provincial de cultura y deportes, lo que en absoluto constituye un impedimento para que la semana próxima sea nombrado director general de innovación y ciencia. Puede darse el caso prodigioso de que un individuo que es médico de profesión acabe como delegado municipal de urbanismo, de igual modo que puede producirse el hecho portentoso de que un arquitecto acabe como delegado municipal de sanidad, porque la tómbola de los cargos no está obligada a someterse a las estrecheces de la lógica. Es la magia, en fin, de la política, donde nadie está obligado a ser quien es, sino un emblema de algo: un abogado puede llegar a convertirse en teniente de alcalde delegado de playas, en tanto que un pastor de ovejas puede transformarse de un día para otro en delegado de tráfico, porque siempre será más fácil pastorear unos coches que un rebaño de seres irracionales. El milagro, en definitiva, de la ciencia infusa.

No faltan lenguas que difunden la malicia de que hay seres con la mente envenenada por el poder, como si llevaran puesto el anillo maléfico del Señor de los Anillos, y que son esos envenenados quienes están dispuestos a aceptar cualquier cargo con tal de no volver a una vida laboral corriente, sin coche oficial, sin dietas, sin tarjeta de crédito con cargo indirecto al contribuyente, sin secretarias, sin uso gratuito del teléfono y sin ociosas comidas de trabajo. No sé yo. Me da a mí que se trata más bien de individuos no sólo dispuestos a sacrificarse por el bien común desde cualquier trinchera (hoy agricultura y pesca y mañana gobernación y justicia, por ejemplo), sino personas que se desviven por mantener vigente la imagen del humanista del Renacimiento.

Dejémonos de una vez de suspicacias y aceptemos, en fin, la condición portátil de nuestros políticos: no importa no saber ni una palabra de algo para ser el representante social y el gestor institucional de ese algo. Ellos manejan razones que el vulgo no puede entender. Ellos están hechos de otra pasta. Exactamente, de la misma pasta que la Barbie, esa muñeca que representa el colmo de la polivalencia.


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lunes, 12 de abril de 2010

HECHO A MANO






Si entras en una tienda y ves que un objeto lleva el letrero de “Hecho a mano”, échate a temblar, porque pueden pedirte por él lo que quieran, así se trate de una cuchara de palo. “Hecho a mano”, nada menos. “¿Con la mano de quién?”, cabría preguntar, porque está claro que no todas las manos valen lo mismo. O mejor dicho: por el hecho de ser mano, toda mano tiene un gran valor, como es lógico, pero un valor como tal mano (es decir, como algo de mucha utilidad para el dueño de la mano en cuestión y tal vez para su pareja), lo que no quiere decir necesariamente que todo cuanto haga esa mano tenga valor de mercado, porque hay manos y manos.


Hay manos habilidosas y manos torpes, manos destrozonas y manos creativas. A la persona que sabe gobernar en sus manos y sacarles un provecho práctico la llamamos “manitas” y a la persona que desbarata cuanto toca la llamamos “manazas”, que son denominaciones con un ligero matiz degradante: el diminutivo de la primera denominación insinúa una especie de habilidad ociosa y dominguera, enfocada a la pura tontería artesanal, mientras que el sufijo de la segunda sugiere una cierta brutalidad inconsciente de elefante en una cristalería, cuando en realidad el manazas puede ser una persona prudente que no se mete en líos manuales de ningún tipo, salvo los básicos. Las categorías intermedias no gozan de denominación, y eso tal vez que salen ganando. (En un plano un poco más tangencial, tendríamos la denominación de “chapuzas”: alguien que no hace las cosas demasiado bien, pero que las hace, incluso a deshora.)


El prestigio de los cachivaches hechos a mano se basa en una superstición de carácter primitivista: la desconfianza ante la máquina. En algún rincón del subconsciente, damos por hecho que todo artesano pone el mayor esmero en la elaboración de un producto, mientras que una máquina se limita a seriar productos sin importarle el resultado. No sé yo. Hay artesanos malísimos y máquinas perfectas. Hay máquinas prodigiosas y artesanos lamentables. En la vida se me ocurriría comprar un bolígrafo hecho a mano, por ejemplo, porque la peor de las máquinas de hacer bolígrafos siempre será más fiable que el mejor de los artesanos dedicados a manufacturar bolígrafos, en el caso de que exista una ocupación tan estrafalaria y tan poco rentable. La mano es decisiva si uno recibe el encargo de pintar a una infanta y se da el caso de que el dueño de la mano se apellida Velázquez, por ejemplo, pero la mano deja de tener importancia si de lo que se trata es de fabricar una sartén antiadherente, creo yo.


“Hecho a mano”, lee uno en la etiqueta de un producto cualquiera: de una bufanda, de un zapato, de una tinaja, de un bolso, de una alfombra, de una máscara africana o incluso de una barra de pan. Bien, ¿y qué? ¿Qué garantía especial ofrecen esas manos anónimas? ¿Qué virtud extra otorgan esas manos al producto para que nos cueste más caro que un producto industrial? Misterio.


Las máquinas hacen muy bien las cosas no por ser máquinas, claro está, sino por ser fruto del ingenio humano, que prefiere disfrutar de las cosas en vez de pasarse la vida construyéndolas, ya sean esas cosas prácticas o suntuarias, porque todo tiene su utilidad: el jarrón y la espumadera, la perla y tenedor, el ventilador y el broche de diamantes. Y no estaría mal pensar en un nuevo reclamo: “Hecho a máquina con una máquina hecha a mano”.


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lunes, 5 de abril de 2010

GRANDES ACONTECIMIENTOS


















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Con la llegada de la primavera, la gente del Sur no ganamos para sobresaltos antropológicos.


En cuanto guardamos los disfraces de carnaval en el armario, se nos viene encima la Cuaresma y, de repente, nos vemos metidos en Semana Santa, de modo que tenemos que sacar del armario la túnica, el capirote, las alpargatas y, en fin, los distintivos particulares (capas de satén, fajines de seda) de aquella cofradía que sea objeto o cauce de nuestra devoción ritual. En cuanto guardamos el atuendo penitencial en el armario, tenemos que orear el traje corto o el de faralaes, porque se nos viene encima la feria, y el disfraz étnico andaluz para las ocasiones festivas no es poca cosa: botines, zahones, marsellés, sombrero de ala ancha, camisa con chorreras, mantones, mantoncillos, caireles de plata fina, peinetas, gemelos de nácar...

Aún bajo los efectos secundarios propios del etilismo que trae consigo cualquier feria, tenemos que sacar del armario el atuendo rociero, que es muy parecido al utilizado en la feria, aunque no del todo igual, pues cada cosa es lo que es, afortunadamente para los sastres. El armario de un andaluz profesional, en definitiva, suele estar más surtido que la guardarropía de un teatro de provincias. Lástima que el caballo no quepa en el armario. Cuando llega la época de ferias, la sociedad se divide, por cierto, en tres grandes estamentos: los caballos propiamente dichos, los que tienen caballo y los que no tienen caballo. Nadie desea pertenecer al primer estamento, pero todos desearíamos pertenecer al segundo, porque a nadie le gusta que los demás lo miren desde la altura feudal de un caballo. "¿Cuánto costará un caballo?", se pregunta uno. "¿Por cuánto viene a salir una jaca como ésa que monta usted con inigualable dominio y donosura?", le preguntamos al fin al jinete que hace artístico passage sobre una jaca torda por el real de la feria. Cuando nos enteramos del precio del animal, sentimos un crujido dentro del alma, nos agarramos a una botella de vino de la tierra con la misma amargura con que un filósofo existencialista se agarra al concepto de la nada, nos vamos a la calle de las atracciones y nos montamos en un caballo sonriente y multicolor del tiovivo, y sobre él nos ponemos a meditar sobre la injusticia y la desigualdad existentes en el mundo, y comprendemos entonces a la perfección la vigencia de la teoría de la lucha de clases.

Tampoco está barato el jamón, y una feria sin jamón se convierte en algo parecido a una temporada de ayuno ascético. En época de farolillos y de faralaes nadie come mortadela, pongamos por caso, porque la mortadela entra en contradicción metafísica con el concepto popular de diversión a lo grande. Ir a la feria sin caballo es un hecho lamentable en sí mismo, pero ir a la feria y comer mortadela en vez de jamón supone una especie de distorsión antropológica. Y lo mismo ocurre con la bebida: en una feria se bebe manzanilla de Sanlúcar, fino de Jerez o cerveza helada y diurética (lo que tiene como consecuencia la inundación inevitable de los urinarios públicos), pero a nadie se le ocurre beber sangría, por ejemplo, porque esa ocurrencia podría interpretarse como un atentado contra las señas colectivas de identidad. Ni siquiera los extranjeros pueden tomar sangría en las ferias, aun siendo la sangría nuestra bebida más turística, de modo que se ven obligados a beber fino o manzanilla, y luego ocurre lo que ocurre.

La primavera del Sur, en fin, tan complicada…


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lunes, 29 de marzo de 2010

LA HORA ELÍPTICA




Hemos tenido que adelantar una hora los relojes, porque incluso el Tiempo acaba siendo esclavo de las decisiones políticas, a las que todos nos debemos, seamos personas, seamos ganado del tipo vacuno o del tipo ovino o bien seamos abstracciones.

No puedo presumir de ser lo que se dice un especialista en cambios horarios, todo lo contrario más bien, aunque supongo que existirán tantas razones para adelantar la hora como para dejarla como estaba, a pesar de que las razones en contra resultan ociosas a estas alturas: las 11 de la mañana son ya las 12 del mediodía, inexorablemente, hasta que nos den la contraorden de atrasar los relojes, allá por el otoño, que es precisamente cuando a uno le gustaría que el anochecer llegara más tardío, para aplazar un poco el efecto de esa melancolía sin porqué y sin alivio que suelen inocularnos las tinieblas durante las estaciones frías.

Vive uno de repente en una especie de doble régimen temporal, no sólo porque cuesta habituarse a esta elipsis, a esta hora robada, a esta hora nonata, borrada por decreto y de un plumazo de la historia general del tiempo, sino porque la pereza nos hace dejar en la hora antigua ese reloj de pared que queda altísimo, hasta que un día cojamos la escalera de mano para alguna otra cosa y adelantemos las manillas de ese reloj recalcitrante, marcador de una hora difunta, rezagado y absorto en su lógica de mecanismo invariable, ajeno al quita y pon que se traen los humanos con las horas.

También seguirán marcando una hora anticuada esos relojes de pulsera que apenas usamos y que, no obstante, prosiguen su fiel tictac en el cajón de una cómoda o en el secreter de la mesilla de noche, y, cuando algún día saquemos alguno de ellos de su estuche, creeremos al pronto que se nos ha averiado, pero luego nos acordaremos del cambio primaveral de hora, y pensaremos en esa hora que jamás existió, y sincronizaremos entonces el reloj cimarrón con sus colegas vanguardistas.

Los relojes llamados digitales merecen capítulo aparte, ¿verdad? Porque las manillas de un reloj de cuerda las movemos con facilidad y sin tener que pensar siquiera en cómo hacerlo, por un acto reflejo adquirido desde que nos regalaron nuestro primer reloj ruidoso, pero ¿cómo se adelanta un reloj digital? No creo que nadie se sepa eso de memoria, de modo que hay que recurrir al manual de instrucciones, y entonces surge un problema complementario: ¿dónde estará el manual de instrucciones del reloj? Revuelves media casa y, por fortuna, el manual aparece antes de verte obligado a revolver la otra mitad. “Estupendo”, dices, así que abres el manual de instrucciones, que viene en ocho idiomas, y, al leerlo en español, compruebas que lo mismo te daría leerlo en japonés, por la simple razón de que el manual instructivo de tu reloj digital de fabricación taiwanesa parece haberlo traducido un musulmán suní de Tayikistán emigrado a Kao-hsiung para aprender la lengua de Cervantes en la academia de idiomas clandestina de un turcumano.

Y es que con el tiempo, en fin, conviene jugar lo menos posible, por si acaso. Por si acaso le da por jugar a correr más aprisa.


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viernes, 26 de marzo de 2010

LA SEMANA



Ya huele a incienso, o casi. Ya huele a cera, o casi. Ya está ahí. A la vuelta de la esquina. La semana. Con sus siete días de penitencias aliviadas con música y con caramelos. La mascarada doliente. La cabalgata de los pecadores. El tan tan ratratán. El tituriru.

Ya están los partidarios de María Santísima de los Siete Puñales, como quien dice, haciendo cola para sacar la papeleta de sitio, y eso es lo bueno que tienen las procesiones: que siempre hay plazas disponibles, al contrario que en los hospitales. Ya están los devotos del Cristo del Perdón Infinito, por así decir, planchando su capa púrpura, su antifaz de raso negro, su túnica blanca con botones verdes, que ni a Victorio ni a Lucchino juntos se les ocurriría una cosa así, un atuendo de tantísimo ringorrango y majestad.

Ya están los musiquitos marciales sacando brillo a su corneta, cepillando el gorro emplumado de húsar, dando lustre a sus entorchados y charreteras. Ya están algunos dejando reluciente su coraza de centurión romano, su espada imperial, su casco con penacho de plumas ondulantes. Ya están desempolvando los capataces el terno azul de las grandes efemérides. Ya sueñan los costaleros con su epopeya hercúlea, al ritmo de trombosis de los trombones y al son de claridad de los clarinetes. Y de los tambores. Y de los timbales. Y del gong majestuoso, que siempre que suena parece anunciar la aparición entre fumarolas de Fu Manchú.

Ya queda poco. Ya queda nada. Ya se huele la cera. Ya se huele el incienso. Esto ya huele a gloria. Tan tan ratatrán.

Vas por la calle de Nuestra Señora de las Angustias en dirección a la calle del Espíritu Santo y te ves obligado a desviarte por la plaza de la Virgen de la Merced, atajar por el callejón de Nuestro Padre Jesús Cautivo y cruzar a toda prisa la avenida del Santo Sepulcro, porque en ese instante entra majestuoso en la antedicha calle de Nuestra Señora de las Angustias el paso de caoba y oro del Cristo de los Ocho Cilicios Caído Tres Veces en el Calvario, y al regreso tendrás que desviarte por la ronda de Jesús de la Salud para llegar a tu casa, sita en la calle de San Pablo Miki, porque el paso del trono de plata churrigueresca de María Santísima del Octavo Dolor estará inundando de esplendores penitenciales la plaza de San Alfonso María de Liborio.

Ya está ahí. Ya se huele. Todo llega, cofrades: las largas madrugadas errabundas, el calor litúrgico de los cirios, la luna de plata reflejada en los candelabros de plata, la algarabía barroca de chimpampunes y de voces de mando, la perspectiva cónica de los capirotes… Inolvidable. Cada detalle resulta inolvidable. Ratatrán.

En las peñas flamencas, los cantaores compiten en desgarro, melodramatismo y ayayay para ganar el concurso de saetas. A la puerta de los templos, las furgonetas de las floristerías descargan rosas y claveles, lirios y tulipanes, azucenas puras y orquídeas pecaminosas. Los pasteleros levantan pirámides ambarinas de torrijas. Los desesperados hacen su lista oficial de reclamaciones para leérsela a las divinidades ambulantes.

Ya está aquí. Ya llegó. Siete días con sus noches. Tiruriru. Buena suerte. Y ánimo.

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viernes, 19 de marzo de 2010

BIOGRAFÍAS



Soy lector vehemente de biografías. Por temporadas, en realidad, no leo apenas otra cosa. (Ahora, por ejemplo, estoy en esa racha.) Me interesa de ellas la información, claro está, pero también la narración: la habilidad del biógrafo para dar un tratamiento novelístico a los datos. (Un tratamiento novelístico linealmente decimonónico, para ser más preciso, porque así se libra uno del fárrago: creo que las mejores biografías trazan una línea recta, sin lujo de espirales.) (Y mejor cuanto menos afán psicoanalítico mueva al biógrafo, aunque las conjeturas de inspiración más o menos freudiana resulten casi inevitables en cualquier biografía.)

Me permito comentar algunas de las leídas recientemente, por si alguien comparte esta afición y le da alguna pista. (Y se admiten, claro está, sugerencias.)


Muriel Spark, MARY SHELLEY. Bien, pero ligera. Más básica y divulgativa que otra cosa. (En cualquier caso, conviene complementarla con Memoria de los últimos días de Shelley y Byron, de E.J. Trelawny, que fue amigo de ambos poetas y que, a la muerte de Shelley, le propuso matrimonio a Mary, aunque sin éxito.)

Peter Ackroyd, POE. Correcta, pero me temo que tal vez insuficiente. Sabe a poco. Le falta, creo, esa minuciosidad un tanto demente de las biografías exhaustivas: Ackroyd trabaja aquí con brocha gorda, digamos.

Graham Robb, RIMBAUD. Excelente. Muy bien desarrollada –y documentada, y razonablemente conjeturada en lo necesario- la parte de Abisinia. Se confirma el prejuicio: el joven Rimbaud era difícil de soportar; el Rimbaud retirado en África, sin embargo, actúa como pedestal de su propio mito: ese comerciante codicioso, desengañado del mundo pero no del dinero…

Francesca Romana Paci, JAMES JOYCE. Sin estar mal, mejor irse directamente a la de Richard Ellman.

Juan Lamillar, JOAQUÍN ROMERO MURUBE. Un acercamiento ameno y muy bien documentado –y muy bien escrito- a este poeta menor, que tuvo el mejor sitio de trabajo posible: los alcázares de Sevilla.

Calvin Tomkins, MARCEL DUCHAMP. Magnífica. El primer capítulo resulta un tanto árido, pero luego se vuelve fascinante, como lo fue el biografiado, aquel vago esencial que acertó a convertirse en precursor de tantas frivolidades artísticas de anteayer, de ayer y de hoy: la importancia del concepto artístico en detrimento de la obra artística en sí, por ejemplo. Imprescindible, creo, para entender muchas cosas y poses –y gatos por liebres- del arte contemporáneo.

Dominique Bona, GALA. Un poco blanda por momentos, pero excelente al cabo, gracias al magnetismo misterioso de Gala Dalí, ese gran personaje de novela que vivía fuera de una novela. (Las cosas comienzan con aires de cuento de hadas y acaban con tinte de relato de terror.)

Amelina Correa, ALEJANDRO SAWA. Me temo que resulta demasiado profesoral, árida y confusa.

Noel Stock, EZRA POUND. Farragosa, aunque tiene -tal vez inevitablemente- capítulos de interés.

Mark Polizzotti, ANDRÉ BRETON. Excelente, concisa y ágil. Ofrece un retrato de cuerpo entero de Breton, virrey del dadaísmo y Papa del surrealismo. Un personaje tan fascinante como irritante, a partes iguales.

Andrew Field, DJUNA BARNES. Este biógrafo fue una de las mayores pesadillas de Nabokov (indispensable, por cierto, la biografía del ruso debida a William Boyd, magnífica y modélica; e indispensable también, al menos para nabokovianos, la que Stacy Schiff dedicó a Véra Nabokov). Aquí resulta más atrayente la biografiada que la biografía: el libro lo salva la sombra poderosa de Djuna Barnes. Se lee con desconfianza, dados los antecedentes fantasiosos de Field, pero no obstante con interés.

Peter Ackroyd, SHAKESPEARE. Centenares y centenares de páginas para marear cuatro datos imprecisos y llegar a la conclusión de que no se sabe casi nada a ciencia cierta sobre Shakespeare. De todas formas, como tiene que llenar las páginas con algo, ofrece un buen retrato, muy vívido, de la época, que es algo que está muy bien, desde luego, pero que tal vez no se corresponda con lo que uno buscaba.
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domingo, 14 de marzo de 2010

COSMOPOLITISMO




Esta es la historia de un tipo que decidió ser cosmopolita, el Marco Polo de su pueblo, como quien dice. Siempre le habían tentado las lejanías, la tierra incógnita, los enigmas asiáticos y los esplendores burgueses de la vieja Europa, la rudeza de los paisajes africanos y la blancura aterradora de los polos. “¡Qué exóticos prodigios no habrá más allá de este pueblo!”, se decía. “¡Qué gran regalo debe de ser el mundo para quien pueda perderse por el mundo!”

Un día de tantos, se animó a transformar sus quimeras y anhelos en experiencias, porque vio en el periódico el anuncio de ofertas magníficas para los trotamundos y aventureros, y tuvo la impresión de que, más que una oferta publicitaria, era aquello en realidad la aparición de un duende cautivo en una lámpara maravillosa, un duende dadivoso que le preguntaba: “¿Adónde quieres ir por cuatro perras?”

En efecto, una compañía aérea alemana ofertaba vuelos entre Jerez de la Frontera y Zurich por 59 euros, entre Sevilla y Londres por 49, entre Sevilla y Austria por 59. “Hombre, no es lo mismo que ir, qué sé yo, a Qurghonteppa o a Tegucipalga, pero no está mal”, de modo que entró en la página web de la compañía para hacer su reserva. Pero el duende de la lámpara maravillosa parecía haberse transmutado en un extorsionista de la Mafia, ya que el vuelo más barato que encontró entre Jerez y Zurich costaba 438 euros, entre Sevilla y Londres 503 euros y entre Sevilla y Austria 548 euros. “Esto ya no es lo mismo”, se dijo, de manera que siguió alimentando sus ensoñaciones de cosmopolitismo con la resignación con que lo había hecho hasta entonces, sintiéndose un esclavo del terruño nativo.

Al día siguiente, no obstante, vio en el periódico el anuncio de ofertas también fabulosas, esta vez por parte de una compañía ibérica. La propaganda era escueta y rotunda, sin detalles: Ginebra (ida y vuelta) 49 euros, París (ida y vuelta) 69 euros, Milán (ida y vuelta) 73 euros. Y se le despertó de nuevo el optimismo. “Son tres destinos buenos”, se dijo, y se apresuró a entrar en la página web de la compañía con el ánimo exaltado por la inminencia de una grata aventura. De todas formas, aquella exaltación le duró poco: el vuelo más barato que encontró para ir a Ginebra ascendía a 1.676,25 euros, más gastos de emisión (entre 12 y 20 euros); el más barato para ir a París costaba 1.450,05 euros (más gastos de emisión) y 873,53 (más gastos de emisión) el vuelo más barato a Milán.

“¡Esto es un fraude! Están jugando ustedes con los sueños de la gente”, le dijo el cosmopolita frustrado al empleado de la compañía que atendió su llamada de protesta. “Es que para conseguir esas gangas hay que estar muy pendiente, porque son muy pocas las plazas a las que se les aplica esa tarifa, ¿me explico? Si vendiésemos más de uno o dos billetes por vuelo a ese precio, nos arruinaríamos, y nadie quiere arruinarse, ¿verdad?” Y el cosmopolita condenado a no serlo le dijo que sí, que aceptaba la explicación, pero insistió en que aquello era un fraude y, sobre todo, un mazazo a los sueños de los viajeros vocacionales.

Desde entonces, viaja todos los días y a todas horas, pero por internet, a la espera de un chollo que le haga por fin cosmopolita. Y ya ni duerme.


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lunes, 8 de marzo de 2010

UN RELATO: EL MALEFICIO


Para celebrar la visita 26.000 (cualquier pretexto sirve para celebrar algo), y para variar de registro, va este relato. (Procede del libro OFICIOS ESTELARES, en el que reuní los relatos escritos entre 1982 y 2008.)





Llegó y puso el libro sobre la mesa, entre un vaso vacío y un sobre sin abrir. “Va a gustarte”. Era una edición argentina de un poeta rumano cuyo nombre omitiremos, ya que es preferible que esta sea una historia sin nombres propios.

Tardé varias semanas en decidirme a leerlo, pero aquella misma noche comencé a soñar con dragones, a los que alguien atribuyó la condición de ser la más universal de las muchas abstracciones que hemos sido capaces de configurar a lo largo de todos estos siglos para afligirnos la conciencia o para satisfacer nuestra fantasía.

Les evitaré el relato minucioso de aquellos sueños, porque la estructura de cualquier sueño no puede soportar el peso de la vigilia. Permítanme, no obstante, precisar un detalle: todos los dragones que aparecían en mis sueños tenían la facultad del habla. Eran, digamos, dragones discursivos, monstruos hechos de palabras sin sentido concreto, aunque empecé a entender su idioma a partir de la noche tercera.

Al despertarme, tenía la sensación de haber luchado contra una fuerza abstracta y sublime y comenzaba el día con el agotamiento de un combatiente real.

Al quinto día de soñar con ellos, empecé a cogerle miedo a la llegada de la noche. Procuraba retrasar la hora de retirarme a dormir, y recurría al café después de la cena. Pero el sueño, aunque tarde, llega siempre, y con él llegaban los dragones, y las palabras de los dragones.

“¿Has leído ya el libro?”, me preguntó, y aproveché para hablarle de mis sueños. “Seguro que eres la única persona del mundo que aún sueña con dragones”, y bromeó: “¿Es verdad que echan fuego por la boca?”

Después de diez días seguidos de soñar con aquellas bestias prodigiosas, decidí llevar un registro de mis sueños. Allí lo contaba todo: la crónica diaria de mi trato con los monstruos habladores. Mi terror.

“¿Qué tal se portan tus dragones?”, y volvió a preguntarme si había leído ya el libro del poeta rumano. La primera pregunta no se la respondí, y a la segunda le respondí que no: no podía dedicarme a leer porque tenía que dedicarme a relatar mis sueños, a dejar constancia de su desarrollo en mi inventario de endriagos oníricos, en mi privada dragomaquia. “Pues te convendría leerlo cuanto antes”, y le dije que en cuanto pudiera.

Llegué a familiarizarme con aquella fauna hipnótica. Los dragones se habían singularizado. Ya no eran un tropel indistinto. Uno de ellos hablaba sin abrir la boca, con una especie de lenguaje bronquial. Otro devoraba grandes peces en un lago del color de la púrpura. Otro, quizás el más terrible, dormía con los ojos abiertos. Otro… mejor callarlo.

Durante el día, hacía pronósticos en torno al argumento del sueño de la noche venidera. Siempre resultaban fallidos, quizá porque todo sueño consiste en una improvisación sobre el terreno y no cabe, en fin, la previsión: entras en el sueño y no sabes adónde entras.

“Deberías leer el libro”, y le decía que sí.

Una noche, uno de los dragones me habló con mi propia voz. Recuerdo haberle respondido con una voz que debía de ser la suya.

A la noche siguiente, el mismo dragón me puso delante un espejo. “Mírate”, me dijo con mi voz. Y me miré. Y vi una silueta líquida que, muy poco a poco, iba adquiriendo la forma de un espectro. El espectro me dijo: “Mírate en mi inexistencia”. Y en su inexistencia me miré. Y vi allí, en esa incorporeidad parecida a una niebla, una cara que me resultaba familiar, aunque no sabía de quién se trataba. Aquella cara me dijo: “Mírate en mí”. Y me miré. Y vi que era mi memoria. “No me mires”, me dijo entonces mi memoria, y le obedecí, y entonces soñé que me olvidaba de todo y que un dragón devoraba mi pasado.

Una tarde decidí leer por fin el libro del poeta rumano. Había llovido. Había nubes. Busqué una nube con forma de dragón, pero no la encontré.

El quinto poema decía así:


Galopa en el lomo de la bestia de las escamas de oro.
Huye hasta salir de la habitación en que arde una vela.
Sostén entre tus manos la materia de tus sueños.
Elige una de las dos llaves.
Abre la puerta que no quieres abrir.
Entra en el castillo del dragón que dormita.
Asesínalo con tu espada invisible.
Y lo que quede de todo eso serás tú.


“¿Has leído ya el libro?” Y me miró como si supiese la respuesta.

Aquella noche volví a soñar con dragones, pero todos murieron, de una manera o de otra, a lo largo de mi sueño. Comprendí que no regresarían jamás, porque incluso los sueños tienen su lógica narrativa.

Desde entonces, sueño a veces que sueño con dragones, pero ellos ya no aparecen por allí, porque están muertos.

Y no sé durante cuánto tiempo seguiré sintiéndome culpable de ese crimen.
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martes, 2 de marzo de 2010

PATOSOS





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Damos por sentado que cada persona es un mundo, y no deja de advertirse un no sé qué vanidoso en esa afirmación radical de nuestro yo, de nuestro temperamento, de nuestro destino. A todos nos ocurren, en esencia, las mismas cosas, aunque las anécdotas nos singularicen, y forjamos nuestra leyenda privada en virtud de esas anécdotas. No nos singulariza el sufrimiento, sino su origen y su desarrollo. No nos hace únicos el favor de la fortuna, sino su forma caprichosa de elegirnos.

No obstante, por únicos e intransferibles que seamos, la humanidad puede dividirse en grupos, y éstos dividirse a su vez en subgrupos, y dentro de esos subgrupos pueden tener cabida las variantes anómalas, lo que de ningún modo nos excluye del grupo, circunstancia que no deja de ser un golpe bajo a nuestra pregonada singularidad.

Uno de los grupos humanos más curiosos es el que constituyen los graciosos sin gracia, esos individuos que se esfuerzan en ser graciosos sin éxito alguno, con la peculiaridad de que el gracioso fracasado no alcanza siquiera el rango de gracioso fracasado, lo que de algún modo constituiría un reconocimiento a medias de su afán, sino el de puro patoso.

Vas por la calle y te ves venir de frente a un patoso oficial, a uno de esos que se empeñan en tener un tipo de carácter que les ha negado la naturaleza, porque en todo patoso hay un rebelde: se resiste a ser como es. “Mala suerte”, musitas cuando te das cuenta de que el gracioso de impostura te ha visto, porque suelen tener ellos vista de águila, sin duda por pasarse la vida buscando presas.

El patoso, según es inherente a su condición, te para con el fin de hacerte partícipe de una de sus gracias sin gracia. Te resignas e intentas exhibir una sonrisa postiza y cortés, algo que se parece de manera remota a una sonrisa, porque –nadie sabe por qué razón, quizá por un resorte de caridad- a los patosos les obsequiamos una sonrisa prematura: procuramos reírnos de antemano de la sosería que van a formularnos como si fuese el chiste del siglo.
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Entonces, el patoso te suelta su gracia sin gracia alguna, y tu sonrisa postiza se transforma en un rictus angustiado, porque lo que el patoso acaba de decirte tiene tan poca gracia, que sería capaz de derretir la sonrisa pintada en la cara de un payaso y transformarla en una mueca de dolor de muelas. Pero aguantas el tipo y restableces la sonrisa falsa, esa sonrisa ilusoria que se parece a una sonrisa en la misma medida en que un aguacate abierto se parece a una rana verde. Si alguien te viese hablar en ese instante con el patoso, pensaría, a juzgar por tu expresión, que el patoso está contándote cómo se sacaban las muelas en el siglo XIII.
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¿Durante cuánto tiempo puede uno mantener una sonrisa falsa? Más bien poco, ¿verdad? Pero el patoso no tarda en liberarte, no por prudencia, no, sino por filantropía: él se debe a su público, que es la humanidad. Él tiene que repartir su gracia sin gracia de un modo equitativo, a cuanta más gente mejor, y no puede caer en el favoritismo. “Adiós”, te dice el patoso, y no es raro que adorne esa despedida con alguna coletilla que él considera desternillante. “Uf”, suspiras, y el patoso sigue su camino, malentendiéndose con su carácter, repartiendo la alegría a su peculiar manera. Esa alegría suya que tanto se parece a una patada en plena boca con un zapatón blando de payaso.
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lunes, 22 de febrero de 2010

PLANETAS DE DIAMANTE


La ciencia suele ser un reducto de magia. La luna prodigiosa y lírica que nos describió el hiperbólico Cyrano de Bergerac no es más lírica ni más prodigiosa que esa luna que vemos cada noche a través de la ventana, esa luna mutante y vagabunda que juega a la geometría consigo misma: de repente mengua, de improviso crece… Hay noches en que parece una cimitarra fantasmagórica, noches en que simula ser una hoz de marfil, noches en que toma la apariencia de ojo ciego de cíclope. Y así va: disfrazándose. La dama indefinida.

Vladimir Nabokov sospechaba que en la obra de arte se produce una especie de fusión entre la precisión de la poesía y la emoción de la ciencia pura. El caso es que unos científicos han conjeturado que algunos planetas extrasolares pueden estar hechos de diamante, al haberse condensado a partir de gas y de polvo rico en carbono. Esos planetas podrían tener la corteza de carbón casi puro y su capa más exterior sería de grafito, pero, más abajo, resulta probable que la presión haya transformado ese grafito en la forma más prestigiosa del carbono: el diamante.

Se imagina uno esos planetas, no sé, como inmensas joyerías flotantes por el universo, como la inmensa caja fuerte de un Tiffany´s ultragaláctico, como el sueño codicioso de un maharajá.

El rey castellano Alfonso X, en su Lapidario, da por hecho que el diamante es una piedra que se halla en el río llamado Barabicen, que corre por la tierra conocida como Horacim. Según el soberano sabio, nadie puede llegar al lugar en que nace ese río, al haber allí muchas serpientes y otras muchas bestias ponzoñadas, entre ellas unas víboras que matan sólo con mirar. Por venir el diamante de este medio, dice el rey que es piedra venenosa: si alguien la mantiene en la boca durante un rato, se le caerán los dientes; si la muelen y hacen mortero de ella con estaño, se convierte en tósigo mortal, de modo que le verá la cara a la muerte quien tenga la desventura de ingerirlo. Por lo demás, nos dice aquel rey de Castilla que el diamante, al ser de naturaleza fría y seca, convierte a quien lo lleva en persona susceptible de enojarse enseguida, inclinada a reñir “y hacer toda otra cosa que sea de atrevimiento y esfuerzo”.

Las pintorescas convenciones mercantiles han convertido el diamante en un símbolo del amor duradero. Regalar un diamante es como regalar el corazón. Un corazón transparente, un corazón muy caro, un corazón de carbono hecho cristal. El diamante, piedra seca y fría, según señala el monarca castellano, se ha convertido en metáfora del corazón caudaloso y candente, del voluble corazón, del músculo sanguíneo y tornadizo. Una piedra preciosa, arrogante y perfecta sobre el fondo aterciopelado del estuche, se transforma en embajadora de un corazón, y el corazón que recibe ese corazón metafórico y cristalizado se conmueve. Es el poder esotérico del carbono, supongo. Es la magia del prisma. Es la fuerza ancestral y caprichosa de los símbolos.

Por ahí, fuera de nuestro sistema solar, puede haber planetas de entraña diamantina, errantes por el silencio corpóreo de las regiones etéreas. Y todo parece, en fin, el sueño delirante de un joyero.


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viernes, 19 de febrero de 2010

CARNAVAL EN CÁDIZ


Bueno, esta noche a ponerse el disfraz. Esta noche a echarse a la calle. Esta noche a andar por ahí disfrazado de guerrero ninja, de vikingo, de emperador de Roma. Esta noche a no ser nadie, a no ser nada. A dejarse llevar.

En los bares habrá princesas de muchísimos reinos, una congregación anómala de anómalas princesas errabundas: la princesa del país de las mujeres pantera, la princesa del país tenebroso de las brujas, la princesa de la soledad, con su maquillaje de difunta y su vaso en la mano, a la espera de un caballero de corazón limpio y de limpio linaje que la libere de alguna maldición medieval escalofriante. En los bares habrá esquimales y chinos de pega, habrá magos, domadores de circo, trogloditas, mosqueteros… Pelucas afro, pelucas rojas, verdes, del color mismo del oro bruñido; empolvadas pelucas dieciochescas… Antifaces de pedrería, máscaras anatómicas de monstruo, de asesinado, de muñeco que contempla el horror…
Esta noche, a la calle. A jugar a no ser.

Hay quien supone que los disfraces revelan frustraciones de identidad, que son el indicativo freudiano de nuestros anhelos secretos. Una suposición arriesgada, se mire como se mire, porque, de ser eso así, podemos darnos cuenta de que nuestros amigos quisieran ser enloquecidas drag-queens, piratas temerarios, soldados de una guerra en el Oriente; de que nuestra novia alimenta el desconsuelo de no haber nacido cabaretera, de no haber nacido walkiria o teletubbie; de que nosotros mismo estamos psicológicamente machacados por el hecho de no haber sido el emperador de los austrohúngaros, o un gángster de alma gélida, o un trovador provenzal que tocase el laúd debajo del balcón de las doncellas soñadoras. Cualquiera sabe.

Como es noche de carnaval, hagamos filosofía de baratillo, metafísicas de todo a un euro. ¿Quiénes querríamos ser? ¿Qué extravagante forma de vida, distinta por completo a la que nos ha caído en suerte, alienta en lo más recóndito de nuestras quimeras, en nuestro trastero de quimeras?

Esta noche habrá por ahí gente disfrazada, fugitiva de sí. Porque la verdad es que te pones un traje, qué sé yo, de astronauta y es como si fueras otro, un astronauta heterodoxo y parlanchín que bebe gintonics sin parar y que intenta llevarse a la cama a una vampira, a una sultana de ojos entenebrados por el khol o a una mujer gato. Te pones un disfraz y parece como si huyeran de ti tus fantasmas, como si te lavasen por dentro, porque durante unas horas vas a poder ser quien nunca has sido, un fantoche de ti, caricatura alegre de tu ser, mamarracho que asume el no ser nada.

Esta noche, a la calle. De lo que sea. A sorprendernos de nuestra propia sombra reflejada en el asfalto regado de confeti.

Esta noche, a la calle. Que tiempo habrá de cuaresmas. Que tiempo habrá de ser nosotros mismos. Que tiempo habrá de ponerse el disfraz de todas las mañanas.


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sábado, 13 de febrero de 2010

EL MUÑECO DE CERA


La imagen de Jaime de Marichalar que se exhibía (iba a decir “que se veneraba”) en el Museo de Cera de Madrid está arrumbada desde el jueves en el almacén de los trastos, haciendo bulto con las de otras celebridades pasajeras caídas en desgracia: el batallón inmóvil de los mindundis repentinos. Las estrellas estrelladas.

Cuando cesó temporalmente su convivencia con la infanta, a Marichalar lo desplazaron a la sala taurina, donde se arrebujan, congelados en un gesto de triunfo, unos cuantos matadores más o menos célebres, incluido Jesulín de Ubrique, nada menos.

Y allí estaba él, el aún duque de Lugo, a salvo tras un burladero, con un abanico rojo en la mano para ahuyentar las sofocaciones, observando con sus ojos de cristal aquel revoltijo de adultos vestidos con pantis bordados en oro y pedrería, como si aquello fuese un desfile fantasioso de Galiano. ¿Qué daño hacía él allí, en aquella tarde de toros artificial?

Pero no: de la inmortalidad de la cera, en fin, al trastero, porque la vida es un asunto complicado: te acuestas con una corona ducal y con un muñecón tuyo en un museo y te levantas plebeyo y sin muñecón, como un cualquiera. A fin y al cabo, lo que han hecho los directivos del Museo de Cera con el muñeco de Marichalar es lo mismo que hicieron los españoles de la época con el abuelo del rey: darle el “arrivederci”, como quien dice. En esto de la monarquía lo mismo te ponen que te quitan, porque todos los tronos parecen tener ruedas. Si trabajas en la monarquía, siempre tienes un contrato temporal, y no hay sindicato que te salve como las cosas se tuerzan: a la calle, majestad. Y a la calle te vas con tu corona, a vivir en un exilio dorado o como poco de purpurina, ya que el exilio viene a ser algo así como el subsidio de paro de la realeza.
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A Marichalar lo han echado, en fin, de la familia real española y del Museo de Cera madrileño. Dos en uno. Lo primero, lo de la familia, va a tener mal arreglo a estas alturas, porque en los asuntos de amores no tiene mano ni el Papa, a no ser que sea para anular matrimonios en una modalidad de divorcio por lo sagrado, pero con lo del muñeco creo que se podría hacer algo de provecho todavía. No sé: donarlo a la peña de los amigos de la capa española, por ejemplo, en funciones de figurín emblemático. O mandárselo a su ex suegro para que practique con el rifle. O mejor todavía: regalárselo al propio Marichalar para que se lo lleve a su piso de soltero y le sirva como galán de noche, o para que se distraiga vistiéndolo como si fuera el Ken de la Barbie. Digo yo. Cualquier cosa mejor que tener a ese pobre muñeco en un trastero, cubriéndose de polvo y de olvido popular.
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Eso es lo malo que tienen, en fin, los muñecos de cera: que están hechos de una materia que se derrite.
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viernes, 5 de febrero de 2010

COLCHONES MORIBUNDOS




El género humano tiende a la asociación, generalmente como fórmula para dar un marco colectivo a nuestras exóticas manías particulares. Existen asociaciones de criadores de canarios canoros, de amigos de la capa española, de bebedores de moscatel… Existen asociaciones de casi todo, incluso asociaciones de asociaciones, porque a nadie le gusta andar por el mundo solitario y desasociado, a cuestas con el peso psicológico de su afición, sin poder repartir ese peso entre algunas mentes cómplices.

Por existir, existe la Asociación Española de la Cama, de la que todos nos haríamos socios si supiésemos cuáles son los trámites de inscripción, ya que nos cuesta trabajo imaginar la existencia de una Asociación de Enemigos de la Cama, aunque no deberíamos pasar por alto la opinión que al respecto puedan tener los fakires, claro está. Pero ¿quiénes son los promotores de esa mullida asociación conocida por ASOCAMA? ¿Será su presidente Joe Marmota, el vago de Minnesota, aquel personaje de tebeo que era capaz de dormirse incluso cuando no tenía sueño? El misterio se clarifica, en fin, de manera más bien decepcionante, porque los misterios acostumbran tener un buen arranque y un mal punto de llegada: se trata de una asociación integrada por fabricantes de colchones.

El lema de ASOCAMA resulta escalofriante: “Si tu colchón tiene más de diez años, no tienes colchón”. Es decir, los colchones mueren a los diez años, en plena infancia, cuando aún tienen por delante lo mejor de la vida. Los colchones mueren niños, y a los diez años y un día estamos durmiendo sobre un colchón muerto, sobre un cadáver de muelles difuntos, sobre una estructura fantasmal, porque el tiempo asesina a los colchones.

Cada diez años, tenemos que enterrar nuestro colchón, y con él enterramos muchas noches inquietas y muchas apacibles, muchas noches de insomnio y muchas de adentramiento en unos mundos psicodélicos, simbólicos, freudianos e inquietantes, conversando en sueños con zombies, desplazándonos a países descoyuntados, besando a muchachas sin rostro. Cada vez que muere nuestro colchón, se va con él la memoria de las noches de enfermedad, de las noches de sexo, de esas horas de lectura arañadas al tiempo de descanso por nuestro afán de aprender o de buscar un refugio amable en las ficciones ingeniosas.

Los colchones tienen algo de superficie embrujada, porque en ellos encuentra campo libre nuestro descontrolado subconsciente y porque siempre hay algo mágico en el hecho de soñar, de ser nosotros sin ser nosotros, de ponernos un pijama y emprender un viaje por el mundo oscuro, sobre un colchón que se muere un poco cada día, como tantas otras cosas.

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