sábado, 26 de septiembre de 2009

ANIMALES EN GENERAL




El género humano es aficionado a realizar documentales sobre el mundo animal, documentales que luego las cadenas televisivas tienden a programar a la hora de la siesta, quizá porque en esos documentales se come mucho: el guepardo, por ejemplo, se come en cuanto puede a una gacela Thompson, ese herbívoro que puede alcanzar una velocidad punta de 100 kilómetros por hora para no acabar convertido en un improvisado steak tartare y que apenas duerme una hora al día, supongo que por el mismo motivo. Y así sucesivamente: en el reino animal no sólo tienes que preocuparte de a quién te vas a comer, sino también de quién puede comerte.

Vemos un documental sobre, qué sé yo, los escarabajos, y nos decimos: “¡Qué curiosos son esos bichos! ¡Qué listos son estos coleópteros!”, porque estamos predispuestos a sentir admiración por las destrezas de los animales, sin pararnos a pensar que son precisamente esas destrezas las que les permiten perdurar como especie. Imagínense, no sé, que los leones no tuvieran dientes o que las hormigas fuesen criaturas individualistas. Tres días les echaba yo sobre la tierra, a no ser que los leones se convirtiesen a la dieta vegetariana y que las hormigas adoptasen el relajado plan de vida de las cigarras cantoras, al menos en la medida de lo posible, porque nunca han tenido las hormigas afición al canto, que yo sepa.

Pero imaginemos que hubiese otra especie animal en nuestro planeta con capacidad y medios para realizar documentales televisivos y que dedicara uno de ellos a la especie humana. Oh, Dios mío. Más vale no pensarlo siquiera: “Durante la época de calor, un buen número de humanos emigra a las zonas cálidas y se recubre el cuerpo con aceites vegetales para protegerse de las radiaciones solares”. (“¡Qué listos son estos humanos!”, exclamarían los telespectadores del reino animal.)

“Cuando tienen vacío el frigorífico, los humanos acuden a un supermercado para proveerse de víveres. Una vez elegidos los productos con arreglo a su precio y a sus virtudes nutricionales, los humanos hambrientos pasan por un control que está gobernado por una hembra llamada cajera y regresan a sus hogares con alimentos que les durarán al menos una semana, que es la previsión media de sus incursiones a la despensa comunal de víveres. Los restos alimenticios son metidos en bolsas y, de noche, unos ejemplares macho revestidos de tejido reflectante recogen esos desperdicios y los acumulan en zonas alejadas de los habitáculos. Tales desperdicios pueden consistir incluso en recipientes de metal de cierre hermético, ya que el género humano, para poder mantener los alimentos en condiciones higiénicas durante el mayor tiempo posible, ha desarrollado una curiosa técnica que le permite conservar durante años unos mejillones o unos berberechos”. (“¡Qué bichos tan listos!”, dirían los otros bichos, salvo quizá los mejillones y los berberechos.)

“En las épocas de frío, los animales humanos se revisten con prendas elaboradas con materiales provenientes de otros animales, ya sean ovejas, conejos o visones, dependiendo de la casta a la que el humano en cuestión pertenezca, y sus conversaciones giran fundamentalmente en torno al frío que hace, que es su tema recurrente cuando hace mucho frío, así como lo es el calor cuando hace mucho calor”.

En fin, eso: que están muy bien los documentales.
.

domingo, 20 de septiembre de 2009

ELEPÉS


De vez en cuando, apetece hacer listas, esas aliadas metódicas de los recuerdos caóticos.

Hoy me apetece hacer (¿¿¿???) la de los discos fundamentales de mi adolescencia.

Discos que por una razón o por otra -por una razón y por otra, generalmente- fueron decisivos en aquella época de confusiones y de deslumbramientos.

La música tiene una capacidad prodigiosa de rememoración: oyes por azar las notas iniciales de una canción olvidada desde hace décadas y, de repente, el pasado se reconstruye: revives con precisión un estado emocional, un estado de conciencia, unos olores, unas sensaciones específicas, unas asociaciones sentimentales que ya no tienen nada que ver con el que ahora eres.

La música, en fin, da oxígeno a los fantasmas, por decirlo de algún modo.

Nick Hornby (recomendable su libro 30 canciones, en Anagrama) opina que no se debe juzgar la música por sus repercusiones emocionales en nuestra historia personal, sino por su valía musical intrínseca. Bueno, sí, pero ¿cómo se hace eso?

La música se enreda con los enredos propios de la memoria y entra a formar parte de su catálogo de nebulosas nostálgicas.

Pero va ya la lista. La hago sin repasar los discos que tengo en las estanterías, confiando en la memoria, que suele ser poco de fiar para asuntos de memoria. Es decir, que algún olvido importante habrá.

Como se ve, las referencias son bastante previsibles. (Como la adolescencia misma.)


-JIMI HENDRIX, Band of Gypsys

-DEEP PURPLE, Machine Head

-ALLMAN BROTHERS, Live at Fillmore East

-PINK FLOYD, The Dark Side of the Moon

-CREAM, Live Cream

-STEPHEN STILLS, M. BLOOMFIELD, AL KOOPER, Supersession

-THE BEATLES, Let it Be

-SANTANA, Abraxas

-DAVID BOWIE, Ziggy Stardust

-URIAP HEEP, Look at Yourself

-CREEDENCE CLEARWATER REVIVAL, Pendulum

-EMERSON, LAKE & PALMER, Pictures at an Exhibition

-JETHRO TULL, Aqualung

-GRAN FUNK RAILROAD, E Pluribus Funk

-TRAFFIC, On the Road

-JEFFERSON AIRPLANE, Surrealistic Pillow

-GEORGE HARRISON, All Things Must Pass

-BLIND FAITH, Blind Faith

-CAT STEVENS, Foreigner

-LYNARD SKYNYARD, Second Helping

-KING CRIMSON, In the Court of the Crimson King
.
(El tiempo ha pasado -y cómo-, pero todos siguen pareciéndome maravillosos, por emplear un adjetivo entusiasta y de contornos difusos.)
.
P.D. Ahora empieza la lista de los olvidos:
.
-THE ROLLING STONES, Sticky Fingers
-MAHAVISHNU ORCHESTRA, Birds of Fire
-ERIC CLAPTON (et allii), Rainbow Concert
-LEONARD COHEN, Songs from a Room
.
Habrá más, supongo.

.

lunes, 14 de septiembre de 2009

CORRUPCIONES


Una de las virtudes más sólidas de los políticos corruptos es su capacidad de resistencia ante lo evidente: los pillan con las manos en la masa -o con la masa en las manos- y niegan las manos y la masa. Una buena lección, sin duda, de cómo debemos tratar a la realidad en el preciso instante en que la realidad se ponga impertinente.

Creo que todos estaremos de acuerdo en que a nadie le gusta ser un político corrupto. A nadie. Nadie, en la flor de la edad y de las ilusiones, proclama: “Mi meta en la vida consiste en llegar a convertirme en un gran político corrupto”, porque eso sería como aspirar a convertirse en el Hombre Lobo o en Fu-Manchú, y las aspiraciones humanas suelen tener un vuelo más angelical y más heroico: todos entretenemos la quimera de ser el tipo que liquida al licántropo asesino con una bala de plata o el que frustra los planes aniquiladores del canalla asiático. Entre ser el honrado concejal de Alcantarillado y Fosas Sépticas de una aldea y ser ministro corrupto, todos nos decidiríamos con firmeza y con golpes de pecho por la primera de las dos opciones, aunque luego el curso de la vida modifique la opción y podamos llegar a convertirnos en concejal corrupto de Alcantarillado y Fosas Sépticas, porque con la conciencia nunca se sabe, y con las alcantarillas mucho menos.

En el fondo del fondo, los políticos corruptos deben de pasarlo mal, porque resulta duro levantarse por la mañana, mirarse en el espejo y decirse: “Ea, a ver si hoy nos corrompemos mejor que ayer”. Y luego padecer la incomprensión de todos, porque la corrupción tiene mala prensa. Existen muchos prejuicios en torno a la corrupción. Y mucho desconocimiento. Y mucha hipocresía, hasta el punto de que nadie puede llegar por la noche a casa, cansado de corromperse, y decirle con orgullo a la familia: “Hoy vengo deslomado de tanto corromperme por vosotros”. Porque eso es lo malo que tiene la corrupción: que está obligada a ser secreta, que no puedes compartir la gloria de tu corrupción ni con tus íntimos, que te pasas la vida corrompiéndote sin poder alardear de ser un corrupto magistral. El político corrupto sabe mucho, en fin, de soledades.

Lo que no parece comprender la gente es que el político corrupto, al ser aventurero, está expuesto a muchos peligros. No ya sólo al peligro de que lo pillen, que eso es a fin de cuentas lo de menos, sino al de la manipulación por parte de la prensa, por ejemplo, que puede cebarse con él y ocasionar un daño irreparable al buen nombre de su familia. Y eso no. El buen nombre de la familia no. Que uno ha estado corrompiéndose precisamente para que la familia tenga un buen nombre. En ese punto, el político corrupto se muestra intransigente, y hace bien.

Se mete uno en política por pura filantropía, por ganas de luchar por el bien común y toda esa serenata, pero luego aparecen los encantadores, los ilusionistas corruptores que te abren un maletín y te muestran una nueva forma de vida, un futuro menos incierto, un sueño palpable, un espejismo de redención personal, unos trajes a medida e incluso un chalet. Y ya estás perdido, camarada. Porque ni siquiera puedes contarlo, y eso es el colmo de los colmos.

.

martes, 8 de septiembre de 2009

INVENTOS



Nos pasamos la vida inventando excusas para inventar cosas. Y en eso, como en todo, hay jerarquías. Hay quien inventa el submarino, pongamos por caso, y quien inventa el cepillo de dientes eléctrico, hay quien inventa un líquido quitamanchas y quien inventa el telescopio. Pero, en general, casi nadie se va de este mundo sin inventar algo, así sea una receta insólita de tortilla, porque la historia del género humano es, en buena parte, la historia de sus inventos.

Algunos inventos resultan muy prácticos, como por ejemplo el frigorífico, esa especie de ataúd del Yeti que ronronea por las noches, aunque otros resultan preocupantes, como por ejemplo la bomba de hidrógeno, que viene a ser el antídoto contra todos los demás inventos de la humanidad, incluido el concepto mismo de humanidad. Pero no voy a hablarles hoy de inventos materiales, sino de algunos inventos abstractos, no menos sorprendentes y prodigiosos que los que encontramos en las tiendas de electrodomésticos o en los archivos históricos del registro de marcas y patentes.

Hemos inventado, qué sé yo, el alma y, de paso, hemos inventado la inmortalidad del alma, al margen de haber inventado previamente la noción de inmortalidad, que es uno de los inventos metafísicos más aterradores, porque nos obliga a imaginar algo que excede nuestra imaginación: un tiempo infinito para una conciencia inestable y fugitiva.
.
Hemos inventado la verdad, que nunca sabemos del todo en qué consiste, y hemos inventado la mentira, que interpretamos como una ofensa a la verdad, cuando lo cierto, y lo melancólico, es que hay verdades que hasta mentira parece que sean verdad y que hay mentiras que hasta mentira parece que no sean verdades.
.
Hemos inventado la música para dignificar nuestra condición de seres ruidosos y hemos inventado la literatura para que alguien nos hable de nosotros mismos cuando nos habla de gente que no tiene nada que ver con nosotros, porque se trata, en esencia, de un mercado de quimeras: alguien te cuenta una historia y te presta un disfraz para tu destino.
.
Hemos inventado la astrología para consolarnos de nuestra incapacidad para inventar los astros, que para muchos son invento de Dios, ese otro invento portentoso: unos seres insignificantes imaginan a un ser insomne y omnipresente, omnipotente y perpetuo. Hemos visto en la luna cambiante el rostro frío de una hechicera. Hemos inventado dioses, semidioses, náyades, dragones y héroes ficticios que decapitan dragones.
.
Hemos imaginado geografías míticas: Eldorado y la Atlántida, la isla de las sirenas fatales y el Paraíso Terrenal. Hemos echado a trotar por un bosque de niebla al unicornio. Hemos inventado los relojes y hemos inventado la prisa. Hemos inventado la ortografía y las faltas de ortografía, el concepto de azar y los juegos de azar, el whisky y la aspirina. Hemos alimentado el sueño de volar y el miedo a volar en los aviones.

Este es nuestro circo etéreo, nuestra rutina mágica. Y la vida se nos va mientras inventamos la vida, porque ese invento, en fin, es el que cuenta.

.

jueves, 3 de septiembre de 2009

SEPTIEMBRE



Aún vendrán semanas de calor, aún quedan por llegar noches densas y mágicas de balcones abiertos, pero el verano, el concepto social de verano, terminó el 1 de septiembre, ese siempre extraño día primero de septiembre, con su aire de verbena concluida, con su repentina quietud.

Son raros en el fondo los veranos, porque a todo le infunden un matiz de provisionalidad, y hacen que nuestras rutinas se disloquen, y promueven en nosotros un alegre sentimiento de anomalía frente a la realidad y frente al tiempo, como si fuesen los veranos un espejismo de eternidad volandera, de realidad descoyuntada, de tiempo fuera del tiempo.

En los puertos de mar, las calles se han vaciado de repente, porque, deberes al margen, la gente huye de los lugares veraniegos en cuanto percibe la llegada de esa epidemia psicológica que es el otoño, propiciador de melancolías y de meditaciones en torno a lo sombrío. Y sale uno a la calle y se cruza ya con la gente de siempre, con esos desconocidos habituales con los que comparte pueblo durante diez meses del año, sumido cada cual en sus tareas. Y de repente el mar es más de plata. Y es más tenue la luz, más envolvente, y ya no cae del cielo como una maldición esplendorosa.

Aún se ve a gente por la calle con el curioso disfraz de veraneante, pero de pronto –no sabemos por qué- nos resultan un tanto cómicas las bermudas, las gorras, las sandalias aerodinámicas… Con un poco de vergüenza, con la conciencia del resacoso que no logra explicarse por qué hizo lo que hizo cuando llevaba las copas encima, vamos arrinconando las camisetas de propaganda, las toallas de estampaciones psicodélicas, las prendas de tejido transparente. Con un leve estupor, contemplamos el tono tostado de nuestra piel, y por un instante nos parece estar metidos en el cuerpo de otro, en el de un fakir asiático o en el de un bongosero del Caribe, y nos acordamos entonces de las cosas terribles que se dicen del sol, de ese sol vigoroso que alumbra un planeta enfermo, y nos lamentamos de nuestra imprudencia, y nos invaden las aprensiones.

De la última noche de agosto a la primera mañana de septiembre, las muchachas dejan de ir al supermercado en bikini y pareo, quizá porque se notan de repente desnudas y observadas, igual que nuestra madre Eva cuando las cosas comenzaron a torcerse en el Paraíso Terrenal. Será, no sé yo, que, con la llegada de septiembre, las personas y las cosas van volviendo a su ser, como quien dice, después de haber estado todo muy fuera de sí mismo, huido de sí mismo, despistado de sí, errante en esa especie de Arcadia del tinto con casera que en esencia es el verano.

Aún vendrán días de calor, sin duda. Las terrazas de los bares seguirán abiertas, y habrá en ellas veladores vacantes, y camareros ociosos, y las bebidas y raciones no tardarán media hora en llegar a nuestra mesa. Septiembre vuelve a poner las cosas en su sitio, devuelve realidad a la realidad distorsionada y bulliciosa del verano, rescata del olvido la conciencia de que la vida pasa muy deprisa. Tan deprisa, que, al abrir el armario, llegado ya septiembre, caemos en la cuenta de que no sólo tenemos bañadores, sino también jerséis de entretiempo, porque la vida es eso en cierto modo: un continuo entretiempo que multiplica por cero la existencia.

.

martes, 1 de septiembre de 2009

FU-MANCHÚ




Anoche, a modo de despedida oficial -y simbólica- del verano, nos pusimos El castillo de Fu-Manchú, dirigida por Jesús Franco. Es la última en que Christopher Lee prestó su cara al villano asiático ideado por Sax Rohmer.

No estoy seguro, pero creo que puede contarse entre las peores películas que se han filmado jamás. Y sin la gracia, ay, que pueden tener las películas malas, incluidas otras de la serie de Fu-Manchú, sin ir más lejos. ("El mundo volverá a tener noticias de Fu-Manchú", proclamaba aquel psicópata al final de cada película, cuando Nayland Smith, de Scotland Yard, le truncaba sus planes encaminados a esclavizar a la humanidad en pleno, él sabría para qué... y uno, de chaval, se entretenía -qué remedio- con eso.)

Ni siquiera el pobre Ed Wood, que ostenta el título oficioso -e inmerecido- de peor director del mundo, podría competir con este disparate desangelado.

(En los créditos, por ejemplo, se advierte de que las imágenes fueron rodadas en "Estambul y alrededores", aunque en realidad están rodadas en su mayoría en el Parque Güell de Barcelona. Otras muchas están tomadas de retazos de archivo.)

Fue nuestro homenaje, con todo, a los cines de verano -ya desaparecidos los seis que hubo aquí, en el pueblo- en que veíamos ese tipo de películas de condición descabellada. Y un homenaje, también, por qué no, a nuestra adolescencia. (Al fin y al cabo, los homenajes meramente emocionales salen gratis...)
.
Por cierto, ¿alguien puede darme alguna pista sobre cómo conseguir la película La máscara de Dimitrios, de Jean Negulesco, basada en la novela homónima -y excelente- de Eric Ambler? La vi en 1992, durante una convalecencia, creo recordar que en Canal Sur, a las 4 de la tarde, y me fascinó. (Casi todas las películas en que sale Peter Lorre suelen fascinarme, no sé por qué: es mi comodín de fascinaciones cinematográficas, digamos.) Llevo años deseando verla de nuevo, pero no la encuentro en ningún circuito comercial. (No sé manejar los programas de descarga de películas.)

.


jueves, 27 de agosto de 2009

LA GLORIA Y EL BACALAO



Un día, mientras paseábamos por la ribera del Duero, en Oporto, esa ciudad tobogán, mezcla rara y fascinante de siglo XVIII y de años 50, bajo nubarrones que parecían ectoplasmas de plomo, el escritor Enrique Vila-Matas, coleccionista de rarezas metafísicas y de azares pintorescos –en el caso de que exista algún azar que no merezca la calificación de pintoresco-, nos señaló a Jorge Edwards y a mí una lápida de mármol colocada sobre el dintel de un portón y, con esa forma suya de sonreír que parece basarse en una sonrisa indefinidamente postergada, nos dijo: “Leed lo que pone”, y lo que leímos fue lo siguiente: “Aquí nació Josè Luis Gomes de Sá (1851-1926), que inventó para el mundo el bacalao al gomes de sá, gloria de la cocina portuguesa. Homenaje de sus admiradores de Portugal y de Brasil. 1988”.

Está bien, ¿no? Inventas una receta de bacalao y tus admiradores perpetúan en mármol tu memoria, por si alguien cometiese la imprudencia de olvidarse de ti, pues suele tener mala memoria la Humanidad no sólo para los inventores de recetas de bacalao, sino también para los inventores en general: ¿qué lápida de mármol o qué monumento de bronce conmemora al inventor de la compresa con alas, pongamos por caso, o al de la gamuza mágica para limpiar metales? ¿Qué estatua ecuestre glorifica el paso por este mundo del inventor de las espuelas? ¿Qué monolito eterniza al filántropo que tuvo la ocurrencia de concebir el turrón para diabéticos?

El género humano es desagradecido, según parece, pues nada resultaría más sencillo que el hecho de llenar nuestras ciudades de monumentos dedicados a la memoria de la gente inventora, a la que tantos prodigios debemos: el exprimidor de zumo, el cuchillo eléctrico, el edredón de pluma, los huevos a la flamenca, el ensartador automático de hilo de coser, el gazpacho, la mortadela con aceitunas, las bolas chinas vaginales, el sacapuntas de manivela… Qué sé yo. Iría uno por la calle absorto en la contemplación de monumentos y en la lectura de lápidas, y se admiraría del ingenio ajeno, lo que siempre constituye un ejercicio moral excelente, pues nada consuela más que la certeza de que existen congéneres nuestros que se toman la molestia de inventar para que el prójimo obtenga beneficio cotidiano de esa invención, así se trate de un matamoscas eléctrico o de una bayeta antiadherente.

Gomes de Sá, inventor del bacalao al gomes de sá, murió hace muchos años, pero aún hay gente en Portugal y en Brasil que admira a Gomes de Sá propiamente dicho y que degusta el bacalao al gomes de sá, gloria de la cocina portuguesa. Un hombre con suerte, sin duda, este Gomes. Porque la mayoría de los inventores, ya digo, se va de este mundo sin dejar estelas de admiración, a no ser que su invento consista en la luz eléctrica o en la bomba atómica. Y se pregunta uno: ¿cuánto puede costar una lápida que eternice el nombre del inventor de la campana extractora o el del creador del helado de chocolate blanco con chocofriskis de Illinois? Cuatro duros. Y por esos cuatro duros ningún inventor sería menos que Gomes de Sá, que, a fin de cuentas, le debe su inmortalidad al bacalao, esa sustancia alquímica de los portugueses.

sábado, 22 de agosto de 2009

PALABRAS DIFUNTAS



En virtud de su tradicional prudencia filológica, interpretada por algunos suspicaces como rasgo de carcundia y de afición a la retaguardia, la Real Academia Española de la Lengua aún no da cabida en su diccionario a bastantes palabras que utilizamos cotidianamente, pues temen con razón los académicos que se trate en su mayoría de términos volanderos, muletillas y neologismos de vida breve, pero recoge en cambio palabras que nadie utiliza jamás… aunque digamos mejor casi nadie, en fin, por no apostar de manera arriesgada por la universalidad de la afirmación, ya que son escasas las afirmaciones que afectan al total del universo, incluida tal vez esta afirmación misma.

Imaginemos que alguien nos pregunta, qué sé yo, por un pariente o conocido y que le respondemos algo así como: “Le sentó mal el conducho de cámaros y está en cama y camariento, de modo que distrae las horas haciendo esquicios de esquientas en el fundago campés”. Cabe suponer que casi lo mismo le daría a nuestro interrogador una respuesta formulada en una variante argótica del dialecto que emplean los pescadores en el sureste de Groenlandia, por no señalar a nadie en concreto, pues hay ocasiones en que nuestro propio idioma se nos vuelve incógnito y raro, con aires de trabalenguas cómico o de fórmula de hechicería.

El celebrado estilista barbichivesco, gallego y manco que se bautizó a sí mismo como don Ramón María del Valle-Inclán era muy partidario de frases como la siguiente: “El tío Juanes apareja el cuartago bajo el alpende”, o bien como esta otra: “¡Y ese solimán se berrea tanicuanto le aprieten las mancuerdas!” Frases ambas, según se ve, que denotan bizarría, tanto en el sentido francés como en el sentido español de la palabra bizarría: rareza y valor, a más de un poco de empacho de narcisismo estilístico, como es lógico, lo que sería ya cuestión aparte.

Cualquier diccionario está lleno de palabras medio difuntas o difuntas del todo, desusadas, en vías de extinción si no ya extintas, huéspedes de una especie de morgue lexicológica, rígidas ya, acartonadas, sin el calor de unos labios que las pronuncien con ira o con dulzura, porque el camino de cualquier lengua está sembrado de cadáveres verbales, caídos a plomo a la sima del olvido por pura desemantización repentina: ¿quién fue la última persona que pronunció en su conversación la palabra “corrozco” o la palabra “luva”, por ejemplo?

Qué extrañas son las palabras olvidadas, fósiles del idioma, inutilizadas por el tiempo, tan aficionado a arrasar las huellas de lo humano en este mundo.

Palabras y palabras que nuestros antepasados pronunciaban para expresar sus zozobras y venturas, para designar un apero o para describir una loma, para cantar con pena los ojos desdeñosos de una amante o para ensalzar el pelaje de un carnero, que no todo podía ser lirismo ni laúd. Palabras expulsadas de la realidad, flotantes en el limbo de los diccionarios, extravagantes y disecadas, degradadas a pintoresquismo de escritor arcaizante las de mayor fortuna… Palabras y palabras, en fin. Palabras en el tiempo sin el tiempo.


.

domingo, 16 de agosto de 2009

LES PAUL






Ha muerto Les Paul. A los 94.

A principios de los 90, le vi tocar en un club neoyorkino, con dos guitarristas de acompañamiento.

Silvia y yo vimos el anuncio a última hora en Village Voice y salimos corriendo para allá. No había entradas. El portero se prestó a remediar el desastre. Habló con una pareja que ocupaba una de las mesas y le preguntó si no le importaba compartirla con nosotros. No le importó. Y, de vernos en la calle, nos vimos en primera fila.

Más que su música, me atraía de Les Paul su condición de diseñador de guitarras, en su trono compartido con Leo Fender. Cuando yo tocaba en grupos, tuve una Les Paul de principios de los 70 que le compré por muy poco a un militar americano que andaba por la Base de aquí. Había soñado con tener una desde los 12 años. Pero -lo que son las cosas- no me entendía con ella, y con las guitarras hay que entenderse muy bien. Para los solos resultaba magnífica, con una pastilla de agudos de mucho mordiente y con una pastilla de graves muy densa, muy solemne y aterciopelada. Pero para las partes rítmicas era imposible: formaba una nube confusa, y no me veía capaz de ecualizar aquella especie de tormenta. Ante la insistencia de un amigo con más afán domeñador que yo, acabé -qué tontería- vendiéndosela.

La música de Les Paul, cursi y maravillosa, solía sonar con frecuencia alarmante en los ascensores y en el piano-bar de los hoteles en los años 6o y 70, y de ahí su inmerecido descrédito: mera música ambiental, esa aberración contemporánea: la música quieras o no quieras.

A Les Paul, en fin, se le podía oír tocar a dos metros de tu mesa por veinte dólares, en un pequeño club de la Tercera Avenida en el que cabían apenas cincuenta personas.

Un hijo suyo con aspecto de poca desenvoltura manejaba una cámara de vídeo para grabar la actuación. Les Paul pidió un aplauso para él: "My son", dijo, señalándolo con la misma prosopopeya con que hubiese señalado, no sé, a Alfred Hitchcock o a John Huston.

Al término de la actuación, Les Paul firmó varias guitarras de sus modelos a algunos mitómanos que andaban por allí.

En la puerta del club, su hijo, con gesto cándido de no enterarse de gran cosa, sostenía con las dos manos un cartelón en el que podía leerse: "La verdadera historia de Les Paul. Sólo dos dólares"; a su lado, encima de un taburete, había una pila de pliegos con la verdadera historia del hombre mítico que en ese instante se tomaba un vaso de agua en la barra.

"The dreams that you dare to dream..."

Hoy lo recuerdo tocando, sonriente, "Over the Rainbow", allí, a apenas dos metros de la mesa que compartíamos con unos desconocidos, en un tiempo que su muerte convierte ahora en legendario o tal vez en fantasmal, quién sabe, desconcertante y fugaz como todos los arco iris.

.

lunes, 10 de agosto de 2009

EL ENMASCARADO DE PLATA



La memoria de mi infancia es un verano infinito, una playa fantasmagórica habitada por figuras de cera, un tiempo circular. El Cine Playa estaba especializado en películas de terror, en sentido amplio: cualquier historia anómala, cualquier descabellada fantasía. Y me acuerdo ahora, con este calor hostil, de Santo, el Enmascarado de Plata, aquel campeón de lucha libre convertido en superhéroe por la industria cinematográfica mexicana y ascendido al rango de ídolo nacional por sus compatriotas.

De batirse en el ring con rivales que se hacían llamar el Lobo Negro, el Murciélago o el Ruso Loco, aquel enmascarado acabó batiéndose en los mundos de ficción con el Rey del Crimen, con el Estrangulador, con Drácula, con el Hombre Lobo, con los cazadores de cabezas, con el doctor Frankenstein y con la hija de Frankenstein, con las mujeres vampiro, con la Momia, con los zombies, con los jinetes del terror, con la Mafia del Vicio y con el barón Brákola. Todos aquellos engendros y villanos más o menos sobrenaturales le hacían perrerías, pero Santo acababa saliendo victorioso, porque el representante de la bondad era él: Rodolfo Guzmán Huerta, nacido en Tulancingo en 1917 y muerto como héroe popular de México D.F. en 1984.

En sus comienzos como luchador, Santo decidió enmascararse, y enmascarado se mantuvo en público hasta pocas semanas antes de su muerte, cuando decidió desvelar en un programa televisivo el enigma de su cara. (A principios de los años 40, un rival consiguió arrancarle la máscara durante una pelea, pero resultó que debajo tenía otra, porque el mismo Santo avisó a los curiosos: “Nadie hay detrás del Enmascarado. Todos y ninguno a la vez”.) No obstante, fue enterrado con la máscara puesta, como gesto simbólico de fidelidad a su secreto, o quizá porque quien en realidad moría no era Rodolfo Guzmán, sino un personaje que pertenecía al supramundo de los seres prodigiosos.

Es muy vago mi recuerdo de sus películas, y busco ahora sus títulos: Santo en el Museo de Cera, Santo en el Hotel de la Muerte, Santo contra la invasión de los marcianos, Santo en el tesoro de Drácula, Las momias de Guanajuato… (Y, de pronto, una desconcertante resonancia metafísica: Santo frente a la muerte.)

De niño, en las noches estáticas de verano, me iba al Cine Playa y la realidad comenzaba a trastornarse: vampiros noctívagos y sedientos, licántropos feroces, campesinas rubicundas convertidas en siervas lascivas del conde de Transilvania, marcianos psicóticos, espectros de templarios que cabalgaban a lomos de bestias fantasmales… Un surtido de horrores, un muestrario de trasmundos.

Ahora, con este calor, se acuerda uno de cosas, porque la infancia habita un verano eterno. Santo contra las lobas, Santo contra el Cerebro Diabólico, Santo contra la magia negra… El Enmascarado de Plata luchaba, en definitiva, contra casi todo, porque su misión consistía en poner un poco de orden en un planeta amenazado por toda clase de seres impensables.

Jubilado del ring y de los platós, el Enmascarado trabajó durante un tiempo como escapista junto al mago Yeo, hasta que un día se escapó del mundo para no volver. Su féretro lo cargaron Blue Demon y Black Shadow, sus antiguos rivales deportivos.

De vez en cuando, en fin, con la llegada del calor, el caprichoso recuerdo trae la imagen enmascarada de Santo, huésped excepcional de mi memoria de la infancia, ese neblinoso verano que no acaba jamás.

.

viernes, 7 de agosto de 2009

ALMOHADAS


El relleno de una almohada puede ser de diversos materiales, incluida la pluma de aves desplumadas. Como suena: existe gente que duerme sobre los restos mortales de seres voladores. Hay que tener valor, desde luego, para apoyar la cabeza en una almohada de pluma y dejar que la cabeza en cuestión planee a su aire por las regiones ondulantes de los sueños: lo mismo sueñas, no sé, que eres un pato al que persigue el punto de mira de una escopeta, o que eres un ángel aterrado de tener alas en la espalda, porque te duelen, de modo que, en un mal día, maldices a Dios y te conviertes en un ángel caído, fétido y pérfido, allá en las regiones infernales, agitando alas negras, tintadas por las tenebrosidades de tu alma echada a perder. O qué sé yo: apoyas la cabeza en una almohada de pluma y lo mismo sueñas que eres el jefe de una tribu apache, y en la mayoría de las ficciones los apaches tienen todas las papeletas de la tómbola de la desdicha, así que vas a descansar poco, porque los desdichados viven instalados en el desasosiego.

Si las almohadas hablasen, nos quedaríamos de piedra. La única ventaja de los sueños es que se olvidan casi a la vez que se conciben, aunque es probable que nuestra almohada lleve un registro de todos nuestros sueños, ya sean amables o atroces. En el interior de una almohada es posible que se tejan laberintos minuciosos, con muros hechos con los despojos de la razón, y eso está ahí, ¿verdad?

Cuando cambiamos de almohada, nos pasamos dos o tres días sin soñar gran cosa, porque nuestra cabeza duerme sobre una materia impoluta. Pero, a partir del cuarto día, vuelven los sueños, con todo su vodevil de sinsentidos, con su circo freudiano, con su guiñol de alucinaciones: nuestra almohada se ha manchado con los vertidos invisibles de nuestra mente, y es ya un elemento tóxico del menaje doméstico.

Cuando dormimos en un hotel, jamás logramos descansar del todo, porque se nos cuelan en la cabeza los sueños confusos de los miles de viajeros que nos han antecedido en el uso de la almohada en cuestión, y no es raro que, en mitad de la madrugada, se despierte uno sobresaltado, sudando, aterrado de sí mismo: te has contagiado de un sueño ajeno, demasiado exótico para tu conciencia; un sueño quizá inacabado que andaba errante por el tejido del relleno de la almohada, buscando una víctima anónima y fortuita para cumplirse, porque a los sueños no les gusta que se les deje por la mitad, al saber de sobra que por ese flanco les viene su desprestigio histórico: ser el territorio natural de la inconsecuencia, a pesar del optimismo de algunos psicoanalistas.

Sólo añadir que la almohada de un enfermo viene a ser parte de su enfermedad: esa blancura sucia que esponja el sudor y la fiebre, que sirve de bosque encantado para la microfauna bacteriológica o vírica y de apoyo para una cabeza despeinada, con ojos visionarios, ardientes y rojizos, como si estuviesen sufriendo una visión anticipada de los trasmundos, que es adonde nos iremos todos cuando nos llegue la hora, como no hace falta decir.


.

lunes, 3 de agosto de 2009

MEDITACIONES OCIOSAS





Los alegres hedonistas ensalzan el ocio, como no hace falta ni decir. Los severos moralistas, en cambio, lo censuran y condenan. Ambos, al fin y al cabo, por el mismo motivo: porque el ocio es fuente potencial de placer, y hay quien ve placer en el placer y hay quien ve en el placer un peligro para la pureza del alma, que ya son ganas de ver cosas invisibles.

Sea como sea, el caso es que ayer tenía yo el espíritu ocioso, alejado de ocupaciones y de preocupaciones, flotante en el mismísimo nirvana, como quien dice, y me dio por pensar en el primer ser humano que se comió una alcachofa.

Después de un rato dedicado a pensar en esa circunstancia escalofriante, acabé casi temblando, si les soy sincero: muy desesperado debía de estar aquel lejano antepasado nuestro para ver una alcachofa y llegar a la conclusión de que aquello podía ser comestible, porque lo cierto es que, así al pronto, una alcachofa se parece un poco al casco de un power-ranger, y nadie se traga eso, ni siquiera los niños, que son fakires natos, aficionados a tragarse todo, en especial lo que no debieran, porque con los potitos hay veces en que se ponen rebeldes.

Comerse una alcachofa cruda, cielo santo: con esas hojas duras y punzantes, con ese aspecto de granada de mano paleolítica, con esa tonalidad de verde militar… Cosa distinta es que aquel antepasado nuestro se hubiese encontrado –por la vía del milagro divino, no sé- una olla con un guiso humeante de alcachofas con chícharos, porque eso está muy bueno, o que se hubiese topado con un lago repleto de corazones flotantes de alcachofas, llevadas allí por el azar o por un vendaval antediluviano, pero ¿una alcachofa cruda?

Y así, en fin, pasé el rato, con un nudo alcachofero en la garganta, como si tuviese una alcachofa de diez centímetros de diámetro atascada en la traquea, en actitud solidaria con el pionero de la ingestión de alcachofas, que tiene un mérito.

Como el pensamiento ocioso es derivativo y errabundo, al rato estaba pensando yo en el primer humano que vio una vaca y decidió devorarla. (Allí, en pleno campo prehistórico, sin cuchillos adecuados, desperdiciando sin duda el solomillo, ignorante del arte de la salazón, etcétera.) Hay algo terrible en eso, ¿no? Ver una vaca pastando en paz y ponerte a segregar jugos gástricos, y acabar matando la vaca. Hoy vemos una vaca y no vemos propiamente una vaca, sino más bien una humeante parrilla argentina, porque una vaca es ya para nosotros un referente cultural de orden culinario, pero, allá en el amanecer de las civilizaciones, había que ser un genio para ver una vaca prehistorica y adivinar que de aquel animal de aspecto melancólico podían obtenerse chuletas, costillas, entrecots al punto, solomillos a la pimienta y huesos para el puchero.

En definitiva: no sé si el ocio resulta favorable o perjudicial, pero el caso es que pasé una mala tarde, pensando en disparates y vainerías, que es de lo que se trata a fin de cuentas, porque el disparate nos exime de comprender la realidad, en el caso de que la realidad pueda ser comprensible, extremo del que me permito dudar con la conciencia muy tranquila.

A causa de esas meditaciones antropológicas, me entró hambre, así que fui a la cocina, abrí una cerveza y me preparé un pincho de tortilla. Hasta que me dio por pensar en la angustia que debe de suponer para las gallinas el hecho de poner un huevo. Y allí se quedó el pincho de tortilla. Y ya veremos en qué acaba todo este lío.
.

jueves, 30 de julio de 2009

PIZZA URGENTE


Tal vez no seamos conscientes del complejo mecanismo que ponemos en funcionamiento cuando pedimos por teléfono una pizza.

Llamas a la pizzería y dices algo así como: “Quiero una pizza gigante de masa fina y muy hecha, con extras de atún, cebolla, langostinos, chorizo, doble queso y alcaparras”, pongamos por caso, pues la pizza es uno de los pocos lugares del mundo en que pueden armonizarse las sustancias heteróclitas, sin duda gracias a la colaboración de la mozzarella, que todo lo integra sobre su lecho fundido.

Pides una pizza, en fin, y al instante se activa una secuencia urgente de acontecimientos: masa extendida mediante rodillos expertos y veloces, condimentos esparcidos con dedos de ilusionista que arroja polvos mágicos dentro de una chistera, horno candente de Vulcano… Pero lo mejor viene cuando la pizza sale de su infierno, en su exacto punto de fundición, con su sabroso aspecto de muñeca de goma derretida. “Lista la número 24”, grita el pizzero en jefe, y ahí entra en acción un elemento fundamental en el jerarquizado mundo de la pizza: el motorista, cuya misión consiste en llevar a nuestro domicilio la pizza ansiada.

El código deontológico del repartidor de pizzas está inspirado en dos conceptos: la velocidad y la temperatura, pues a toda mecha tiene él que ir para que la pizza no llegue fría, ya que una pizza enfriada suele ser motivo sobrado de devolución, quizá porque no existe cosa más nauseabunda que una pizza a temperatura ambiente. Por este motivo, el motopizzero ha desarrollado una mentalidad de espermatozoide: importa llegar cuanto antes, por el camino más rápido, sin pensar en otra cosa, con diligencia de marine en territorio vietnamita.

Nada más colocar la pizza en el cajón de su motillo a escape libre, el repartidor fija en su mente las coordenadas precisas de su destino y allá va, con una especie de piloto automático activado dentro de su diencéfalo, dejando cualquier camino por coger cualquier vereda, con la lengua apretada entre los dientes, con los ojos fijos en el caleidoscopio del horizonte urbano, sorteando vehículos y transeúntes, por calles sin asfaltar, por calles peatonales, en dirección prohibida o por encima de las aceras, esquivando con rápidos zigzags los veladores de las terrazas y los cochecitos de los bebés, urgente y diligente, ansioso y presuroso, heroico y paranoico, como si le persiguiera el demonio enemigo de las pizzas. Uf. Allá va él, capaz de dejar atónita a la Hormiga Atómica y acomplejado al Correcaminos, veloz como un torpedo nuclear de mozzarella, con su metralla de pepinillos, aceitunas o alcaparras. Allá va.

Suena el interfono: “Pizza”, dice el repartidor, prestándole así su voz a la pizza misma. Con el casco ladeado, con los ojos avivados por el riesgo, con la bilis derramada por la cadena imprevista de audacias acrobáticas y de acrobacias audaces, el repartidor te entrega tu extravagante pizza personalizada y tú, como movimiento reflejo de burgués resabiado, palpas el fondo de la caja de cartón. Y sí, está caliente. “Misión cumplida, camarada repartidor”, le dices. Y le das de propina un euro, cuando lo que en realidad se merece no es otra cosa, en fin, que una medalla.

.

lunes, 27 de julio de 2009

ZOO VECINAL




Un vecino mío se compró hace meses un perro, un cachorro de dogo de Burdeos que responde por el nombre de Odín, en recuerdo del supremo dios escandinavo.

Odín ya no es cachorro, porque el tiempo corre muy aprisa para los perros, y tiene en la actualidad la estatura de un poni. Como el perro está en edad de correr y de encontrar gusto en las expansiones territoriales, mi vecino lo sube a la azotea, y puede decirse que en la azotea vive Odín, pues allí se pasa la noche y el día.

A Odín le ha dado por ladrar, que es afición frecuente entre los perros, aunque con la peculiaridad de que él no necesita destinatario palpable para su ladrido, pues lo mismo les ladra a los pájaros que al viento, lo mismo a las nubes que a las almas en pena. Odín, para ejercer su derecho al ladrido, no distingue, en suma, entre lo visible y lo invisible, lo cual dice mucho a favor de su capacidad de pensamiento abstracto: si Odín no tiene a quién ladrar, se lo imagina.

Hasta ahí todo bien. El problema es que a los que hemos cogido la costumbre de dormir nos cae más mal que bien el hecho de que un perro se pase la noche entera ladrándole a la luna, por no señalar a nadie. De modo que, como el ser humano alimenta un fondo de alma vengativo, me compré la semana pasada un mono.

“¿Para qué se compró usted un mono?” Muy fácil: para desacreditar a Odín ante sus dueños. Cuando Odín está despistado, azuzo al mono para que salte a la azotea de mi vecino, y confieso que me provoca un placer malsano el hecho de verlo reguincharse en los tendederos, hacer acrobacias y revolear a discreción la ropa tendida, porque está el simio en edad de ensayar diabluras.

Mi vecino culpa a Odín de aquel desbarajuste, de modo que las sospechas no recaen en mi mono, al que he bautizado como Jumpy Dingo de Mozambique, por parecerme un nombre de reverberaciones aristocráticas.

Las cosas comenzaron a complicarse cuando Jumpy Dingo (etcétera) saltó a la azotea de otro vecino y le estranguló al loro, que, en el instante del crimen, tomaba el sol en su barra de cautivo. El dueño del loro asesinado dio en atribuir aquella fechoría a manos humanas, de manera que, para hacerse respetar por el vecindario, se compró anteayer un cocodrilo, al que puso de nombre Lagartón.

Dicho cocodrilo se pasa las horas flotando como un tronco macabro en una piscina hinchable instalada en la azotea, mientras que Odín le ladra al universo y que Jumpy Dingo se dedica a estrangular palomas, canarios y volatería en general, porque reconozco que ese mono me ha salido psicópata, hasta el punto de que mi único deseo con respecto a él consiste en que se lo coma Lagartón.

Y así están las cosas: Odín ladrando más y mejor que nunca, yo sin poder dormir, Jumpy Dingo convertido en el asesino en serie de todas las azoteas de la manzana y el cocodrilo aguardando la hora de hacer presa.

Se rumorea que una vecina ha encontrado a su gato ahorcado en la parabólica. Muchos vecinos se quejan de que su ropa tendida aparece desgarrada y tirada por el suelo. Hay quien asegura que ha visto el rabo de su perrita caniche flotando en la piscina del sigiloso Lagartón. Y así día tras día.

Por lo que a mí respecta, estoy barajando opciones para deshacerme del mono, y la que me parece más expeditiva consiste en comprarme un tigre.

Ya veremos.


(Ilustración: "Jumpy Dingo en los carnavales de Cádiz" (2009), por J. E. Bartolomé)

jueves, 23 de julio de 2009

ALMAS AMBULANTES




Pitágoras fue un tipo raro: matemático puro y profeta religioso, filósofo y santón. Según algunos, fue hijo del dios Apolo; según otros, lo fue del rico Mnesarcos. (Una cuestión, en fin, que convendría dejar en manos de genealogistas expertos y prudentes.) Según otros, ni siquiera existió.

Se le atribuyó a Pitágoras la facultad de llevar a cabo milagros y la posesión de poderes sobrenaturales, lo que no constituyó un impedimento para que afirmase que todas las cosas son números ni para que formulara la proposición de los triángulos rectángulos. En virtud de esta dualidad psicológica (la magia y la ciencia, el abracadabra y las especulaciones en torno a la hipotenusa y similares), fundó una escuela de matemáticos y una orden religiosa entre cuyas reglas se contaban las siguientes: no comer alubias, no romper el pan, no comer de una hogaza de pan entera (es decir, ni pan troceado ni pan entero; ¿rayado tal vez?), no comer corazón y hacer desaparecer la huella del cuerpo en las sábanas al levantarse, entre otros preceptos no menos desconcertantes que pintorescos, aunque fáciles de observar, en fin, por los devotos.

Andaba Pitágoras convencido de que el alma no sólo es inmortal, sino además reciclable, de manera que iría transmigrándose de forma indefinida, insospechada y a veces un poco deshonrosa: el alma de un emperador soberbio podía ir a parar al cuerpo multicolor de un guacamayo, por ejemplo. El jonio Jenófanes se burlaba de esta teoría mediante un chiste: decía que, al pasar por una calle en que se maltrataba a un perro, Pitágoras gritó: “¡Alto, no le hagan daño! Es el alma de un amigo mío. Lo supe en cuanto oí su voz”. (Aunque igual acabó el alma burlona de Jenófanes dentro de una perrita marilín, porque con estas cosas nunca se sabe.) Shakespeare, en su obra La noche duodécima (también conocida como Noche de Reyes), puso en boca de sus personajes un parlamento cómico sobre la idea pitagórica de la transmigración: “El alma de nuestra abuela puede pervivir en ave”, dice Malvolio.

Hay contemporáneos nuestros que alardean de creer en la transmigración pitagórica, en la reencarnación budista y en la metempsícosis de andar por casa. Una suerte, desde luego, si se piensa, porque de ese modo se evitan muchas zozobras derivadas de la conciencia de inutilidad de los afanes humanos: nada acaba con la muerte, sino todo lo contrario más bien, pues se inaugura con ella la tómbola de las almas ambulantes.
.
Lo que resulta curioso es que todos los partidarios de esas teorías se instalen siempre a un buen nivel jerárquico: “En una vida anterior debí de ser violinista”, “Creo que en otra vida fui zar de Rusia”, “Creo que he sido ruiseñor”, “Estoy convencido de que soy la reencarnación de un vampiro”, oímos de vez en cuando. Nunca oímos decir a nadie que en una vida anterior fue la carcoma instalada en la caja de un violín, un pato ciego devorado por un zorro, el mamporrero de las caballerizas del último zar de Rusia o la bisagra mohosa del ataúd del conde Drácula, esa bisagra chirriante que, a las doce en punto de la noche, desgarra el silencio en la cripta gótica de un castillo neblinoso, allá en la neblinosa –imagino- Transilvania. Nadie ha sido el alma de una rata asustadiza, de un eunuco persa ni de una gamba enferma de los ojos, errabunda por un mar contaminado.

Los nuevos ricos metafísicos, en fin, con sus antepasados ilustres, apócrifos y etéreos… No como servidor de ustedes, reencarnación legítima de una neurona averiada de Pitágoras, como pueden apreciar.
.