Tarde lluviosa: en el escaparate de la mercería, los carretes de hilo componen por su cuenta el arco iris.
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domingo, 12 de octubre de 2014
sábado, 11 de octubre de 2014
jueves, 9 de octubre de 2014
ALEGRÍA SIN LÍMITE
Así se imagina uno los consejos de administración de Bankia en sus buenos tiempos:
https://www.facebook.com/video.php?v=758645764203451
https://www.facebook.com/video.php?v=758645764203451
lunes, 6 de octubre de 2014
LOS CIUDADANOS
Cuando los políticos quieren
quedar bien con la plebe, se refieren a nosotros como “ciudadanos”, cuya
acepción primera en el diccionario de la
RAE es “Natural o vecino de una ciudad” y cuya
acepción tercera, mucho más optimista, es la siguiente: “Habitante de las
ciudades antiguas o de Estados modernos como sujeto de derechos políticos y que
interviene, ejercitándolos, en el gobierno del país”. En boca de un
político de talante halagador, somos ciudadanos los pueblerinos, los aldeanos e
incluso los vecinos de las pedanías, y todos intervenimos, por supuesto, en el
gobierno del país, con una capacidad clarividente para elegir a quienes
acabarán haciéndonos la vida un poco más imposible, cabe suponer que para que
luego, en nuestra fase ultramundana, el purgatorio nos parezca un sitio
inmejorable. “Los ciudadanos de este país…”, y en ese momento nos sentimos importantes
e imprescindibles: ciudadanos. Nada menos. De este país. (No de otro: de este.)
Para
la clase política, el de “ciudadanía” es un concepto oscilante: somos
ciudadanos de pleno derecho a niveles retóricos, pero la cosa cambia si
decidimos solicitar una audiencia a un simple concejal, ya que entonces pasamos
de la categoría de ciudadano a la categoría de pelmazo. Te sientes ciudadano
cuando pagas tus impuestos para que ese concejal pueda ponerse un sueldo mayor
que el tuyo, compensatorio de sus altas responsabilidades, aunque una voz
interior te susurre que tienes menos de ciudadano que de siervo de la gleba, en
el caso afortunado de que esa voz no te susurre que en realidad eres tonto de
remate. Eres ciudadano incluso cuando un político, para blanquear sus
corrupciones, se escuda en el apoyo electoral de los ciudadanos. Eres.
Ciudadano.
Sea como sea,
uno agradece el otorgamiento de la condición de ciudadano -que resuena en
nuestro subconsciente colectivo con el prestigio de la Revolución Francesa
y de ese tipo de cosas-, ya que resultaría impopular el referirse a nosotros
como “gentuza” o como “chusma”. No hay necesidad, en fin, de vejarnos tan a las
claras, aunque sepamos de sobra que la palabra “ciudadano” es el eufemismo de
cosas un poco peores. “Los ciudadanos de este país…”. (Sí, vale.) Hay políticos
que llegan más lejos y se atreven a una formulación que admitiría matizaciones complicadas:
“La ciudadanía ha hablado”, dicen no ya cuando ganan unas elecciones, sino
incluso cuando algunos ciudadanos se concentran a favor o en contra de algo de
lo que ellos también están en contra o a favor, aunque sepan que una misma
plaza puede atestarse un día con los defensores de pelar artísticamente a los
caniches y, al día siguiente, atiborrarse de defensores de mantener a los
caniches con su pelaje natural.
Para que un
político se adueñe del mensaje de la ciudadanía no le hace falta siquiera
contar con un apoyo electoral mayoritario: los ciudadanos hablan y los
políticos glosan. Por su parte, quienes disfrutan de un apoyo mayoritario no se
toman ni la molestia de glosar: les basta con decretar de una manera bíblica,
como si hubieran recibido directamente desde las alturas las Tablas de la
Ley. Y amén.
(Publicado el sábado en prensa.)
martes, 30 de septiembre de 2014
viernes, 26 de septiembre de 2014
Las cosas que trae el hacerse mayor, que tantas cosas se lleva...
http://www.visor-libros.com/tienda/novedades/felipe-benitez-reyes-la-literatura-como-caleidoscopio.html
http://www.visor-libros.com/tienda/novedades/felipe-benitez-reyes-la-literatura-como-caleidoscopio.html
domingo, 21 de septiembre de 2014
POPULISMOS
Entre los políticos no parece
haber cosa más impopular ni más desprestigiada que el populismo, término que ni
siquiera está recogido en el diccionario de la RAE, lo que lo convierte en una especie de
entelequia: algo así como un gamusino ideológico. Esa impopularidad y ese
desprestigio resultan más misteriosos de lo que son de por sí si se tiene en
cuenta que el populismo es una práctica común a todas las formaciones políticas
y a los políticos de todas las jerarquías, que tienen la facultad casi
esotérica de intuir los recursos populistas únicamente en sus adversarios. Como
paso previo a una definición más ajustada, podríamos acordar que el populismo
es algo que sucede siempre en sede ajena.
En
política, el populismo tal vez no sea tanto una estrategia como una fatalidad,
en gran parte porque el pueblo mismo es populista: nos divierten más los
discursos inverosímiles que los discursos razonables, nos hechiza más la
ficción que la realidad, nos intranquiliza más el futuro que el presente y, por
si fuera poco, nos convencen más los cuentos
–incluido el de la lechera- que las cuentas, lo que tal vez diga mucho a
favor de nuestra naturaleza imaginativa, aunque tal vez un poco menos de
nuestra naturaleza meditativa, por no hablar aquí de nuestra inmunidad al
escarmiento. El político que decidiese renunciar al beneficio de las prácticas
populistas tendría en principio que presentarse a las elecciones sin un
programa electoral, ya que los programas electorales constituyen una de las
ramas más frondosas de la literatura fantástica.
Al fondo de
todo esto, lo que late es tal vez una gran melancolía colectiva: necesitamos
gestores, pero también redentores; necesitamos gobernantes, pero también
profetas. Necesitamos, en definitiva, que nos engañen un poco, aunque al final
el engaño resulte desproporcionado: una estafa masiva a partir de la retórica.
Una retórica que lo mismo sirve para prometer que para justificar el incumplimiento
de las promesas. Y es que el populismo no se sustenta tanto en la oferta de
imposibilidades como en la impunidad de ofertar sin otro fundamento que el de
un reclamo, con la garantía además del blindaje de los mecanismos democráticos
para dejar de ser democráticos al día siguiente al de unos comicios.
Todo político
es populista no sólo por definición, sino también por indefinición: cuando
tiene que ajustar la realidad a su programa, lo normal es que acabe ajustando
su programa a la realidad, y ahí cabe todo, empezando por el incumplimiento del
programa mismo. Es el problema de jugar con irrealidades.
El populismo
viene a ser el dopaje de los políticos: la trampa para ganar, el plus de
fortaleza fraudulenta. Empezando por el populismo que supone el acusar de
populista al competidor: el tramposo que denuncia al fullero. El comediante
enmascarado que se escandaliza, en fin, de que sus compañeros de reparto lleven
máscara.
(Publicado ayer en prensa.)
viernes, 19 de septiembre de 2014
lunes, 15 de septiembre de 2014
COLLAGES
Haciendo una serie de collages (de tijeras y pegamento) para ilustrar el próximo número de Campo
de Agramante, la revista de la Fundación Caballero Bonald. (Estará
dedicado a Juan García Hortelano, de ahí las recurrencias sesenteras y
setenteras.) Van 4 de ellos.
viernes, 12 de septiembre de 2014
miércoles, 10 de septiembre de 2014
lunes, 8 de septiembre de 2014
martes, 2 de septiembre de 2014
Extraña -y muy buena- esta película (de 1949) de King Vidor.
Extraña porque, aparte del previsible enredo amoroso, lo que plantea es fundamentalmente un problema de ética estética, por decirlo con una expresión del gusto de J.R.J.
Los conflictos de un arquitecto con la realidad a partir de sus principios estéticos insobornables. Una especie de alegato en favor de la modernidad -que es siempre un concepto provisional y transitorio, porque no puede ser de otra manera.
Todo a partir de las muy discutidas premisas ideológicas de Ayn Rand.
Y lo más raro de todo: que los productores diesen el visto bueno comercial al producto.
Extraña porque, aparte del previsible enredo amoroso, lo que plantea es fundamentalmente un problema de ética estética, por decirlo con una expresión del gusto de J.R.J.
Los conflictos de un arquitecto con la realidad a partir de sus principios estéticos insobornables. Una especie de alegato en favor de la modernidad -que es siempre un concepto provisional y transitorio, porque no puede ser de otra manera.
Todo a partir de las muy discutidas premisas ideológicas de Ayn Rand.
Y lo más raro de todo: que los productores diesen el visto bueno comercial al producto.
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