sábado, 30 de abril de 2011

CORRECTORES


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En la revista PAISAJES, esa que distribuyen en los trenes, salió, en el número de abril, un reportaje mío. El planteamiento que me proponian resultaba bastante absurdo: el río Tinto, las marismas del Guadalquivir, Cádiz y Huelva... Todo mezclado. Como si a alguien le proponen un reportaje conjunto, no sé, sobre Albacete y Vigo, poco más o menos.


Dije que no, porque esos encargos acaban dando más jaleo de la cuenta, y además ando en otras cosas. Me insistieron y, al final, lo hice, conjugando como mejor supe, que no fue mucho.

Mi estupor viene ahora, cuando lo leo publicado: algún espabilado, o espabilada, ha metido mano en mis textos, trastornando frases, añadiendo o suprimiendo comas y permitiéndose incluso el adorno estilístico de algunos errores gramaticales graves.

Y ahí queda uno, en fin, como firmante y responsable de los errores de un botarate anónimo.

Y es que los denominados "correctores de estilo" -generalmente becarios con la ESO aprobada por los pelos- suelen tener más peligro que un mono con una navaja. Si les pierdes el control en algún proceso de la edición de un texto, cruza los dedos.

Me acuerdo de un corrector de estilo que se empeñó en cambiarme la palabra "azotea" por "terrado", porque él era catalán; de un corrector argentino que me proponía cambiar "coger" por "prender" (porque, allá, el hecho inocente de "coger conchas en la playa" tira a porno), aunque la novela no iba a publicarse en su país, sino en el mío, y de una iluminada correctora que en una novela me cambió "sisar" por "sisear" sin consultármelo siquiera -porque en esos casos el autor es lo de menos- y sin consultar el diccionario... Y por supuesto luego vino el maestrillo Senabre a señalar mi escandalosa confusión.

Bastante tiene uno con los errores propios como para cargar encima con los ajenos aplicados a lo propio.

(Quede esto, en fin, como desahogo privado, impropio de ser publicitado, porque hasta vergüenza da. Pero...)


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jueves, 28 de abril de 2011

PREMIO BEATÍFICO

La editorial Anaya convoca un premio de literatura infantil y juvenil. En el encabezado de las bases se lee: "La obra ganadora deberá contribuir a formar la personalidad de los lectores, promover su integración social y difundir los valores propios de una sociedad democrática".

En este premio tendrían pocas probabilidades de éxito novelas como El guardián entre el centeno o La isla del tesoro (a no ser que a John Silver se le considere un difusor de los valores democráticos entendidos a la manera valenciana, por ejemplo).

Le extraña a uno, en fin, que la obra ganadora no se limite a la aspiración de difundir los valores literarios, que lo demás ya vendrá por sí solo, en el caso de que tuviera que venir.

La beatería laica está muy bien, pero no deja de ser beatería. Y toda manifestación de beatería provoca, no sé, una extraña vergüenza ajena.

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domingo, 24 de abril de 2011

BOTELLA

Una botella es siempre una botella, al margen de lo que contenga, lo que no deja de ser una afirmación contundente del ego botellero: así hospede un licor bravío -de una graduación que maree con sólo leerla en la etiqueta, digamos- o así albergue un refresco de naranja con burbujas, la botella es siempre botella, condición que obtiene gracias a su cualidad de recipiente multiusos.

Con lo que nos gusta a los humanos dar nombre a las cosas, aunque separe a una cosa de otra cosa apenas un leve matiz de naturaleza o de utilidad, resulta raro que no exista la palabra “burbubotella”, pongamos por caso, para designar los ya mencionados refrescos con burbujas, o que no exista el término “whiskytella” para designar lo que ustedes se imaginan. Pero se ve que la botella está muy implantada como concepto único, invulnerable a la terminología antigeneralista.

A pesar de que toda botella es por antonomasia una botella, existen miles de tipos de botella: desde las que representan la sevillana Torre del Oro hasta las que reproducen la efigie de un torero o de una manola, pasando por las que tienen forma de ente surrealista o de luna humanizada con un rostro.

Casi todas las botellas son productos de valía artística –salvo tal vez las que pretenden serlo, que suelen acabar en bodrios-, pues están concebidas con arreglo a armonías muy estimables. Aun así, las botellas son objetos que tiramos sin reparo alguno a la basura o, en el mejor de los casos, al contenedor de vidrio. Si me permiten ustedes la temeridad del juicio, estoy convencido de que todos tenemos en casa algún jarrón que es mucho más feo que las botellas que desechamos a diario, lo que no es obstáculo para que tiremos una botella de formas armoniosas y conservemos en cambio un jarrón que es un verdadero mamarracho. Nunca comprenderá uno, en fin, el privilegio doméstico del que gozan los jarrones feos. Un privilegio que los libra de las fatigas propias del reciclado, aunque bien es verdad que los jarrones espantosos –fruto por lo general de regalos demasiado optimistas- acaban vegetando durante décadas en las mazmorras penumbrosas de los altillos del armario, del sótano o de la cochera.

Aparte del mal destino que les reservan las costumbres humanas, las botellas padecen ultrajes en el habla coloquial: nos referimos con desdén a un “cuello de botella” para designar obstáculos y estancamientos en cualquier tipo de situación. Decimos “Fulano le da a la botella”, como si a Fulano le embriagase el contacto con la botella en sí y no la ingesta abusiva de su contenido. A José Bonaparte, rey francés de España por la gracia de Dios y de su hermano, nuestros antepasados le apodaron Pepe Botella, en referencia a su supuesto alcoholismo, que ni siquiera de lejos era tal, según parece. Y así sucesivamente.

Por lo demás, en toda botadura de barco que se precie se estrella contra el casco una botella, aunque sus tripulantes darían cualquier cosa por una botella intacta en el caso de que el barco en cuestión naufragase y fuesen todos a parar a una isla desierta, porque el mundo es así de raro y de contradictorio.

sábado, 16 de abril de 2011

LA SEMANA FANTÁSTICA



¿No lo oyen? Pum, pum, pururún. (Y luego entran las cornetas: Tiru, tiruriru, titiriritití.) (Etcétera.) Vas a la calle de las Angustias y tienes que desviarte a la plaza de los Mártires porque el paso procesional del Supremo Dolor está luciendo sus esplendores por la antedicha calle de las Angustias, aunque al llegar a la también antedicha plazuela de los Mártires te quedas deslumbrando ante la visión inesperada del trono babilónico y ambulante de Nuestra Señora de la Soledad, de modo que, como vas con prisa, se te ocurre atajar por la calle Nuestra Señora del Rosario, en la que te topas con el desfile silencioso del Cristo de la Lanzada, porque las cofradías de silencio presentan ese inconveniente: que no te las oyes venir.

¿Por dónde coger? Meditas un momento y resuelves que el método más rápido para llegar a la calle de las Angustias tal vez consista en enfilar la calle María Auxiliadora (donde es posible que no haya trasiego de penitentes, aunque en estos días eso nunca se sabe del todo) y, una vez allí, bajar por Cardenal Spínola, llegar a la plaza del Pie de la Cruz, cruzar la avenida de Santa Teresa y, tras circunvalar la parroquia de San Miguel, llegar por fin a la calle de las Angustias. “Vamos allá”, te dices, y allá vas, en efecto. 

La primera etapa de tu itinerario alternativo se desarrolla con éxito y sin incidentes, a pesar de que el eco de unos tambores lejanos avisa de la cercanía de una aglomeración penitencial. Llegas a Cardenal Spínola y, de pronto, te ves venir de cara un tropel de gente que acaba de presenciar la recogida de Nuestro Señor Atado a la Columna y que avanza al trote para no perderse la salida del Cristo de los Flamencos, porque allí suele haber cada año una docena de saeteros de primera fila, y aquello parece la OTI, aunque en registro dramático y calé. Te refugias, en fin, en un portal mientras pasa la estampida y, una vez despejada la calle Cardenal Spínola, la bajas presurosamente y llegas a la plaza Pie de la Cruz, donde te ves obligado a acelerar el paso porque el eco de tambores está dejando de ser tal eco, ya que la cruz de guía de la Quinta Llaga acaba de recortarse en todo su esplendor en la cima del cambio de rasante de la calle Isabel la Católica.

Comoquiera que un concejal de Urbanismo decidió que la plaza Pie de la Cruz debía ir enlosada en mármol, como quiera que vas embalado para acudir a tu cita laica y comoquiera que llevas las suelas de los zapatos llenas de cera, te pegas un batacazo de personaje de tebeo, con pirueta incluida, te dislocas un tobillo y te acuerdas con ira del difunto padre del Demonio, que en el infierno esté. 

“¡Que alguien avise a una ambulancia!”, sugiere un filántropo, y otro filántropo que pasa por allí llama con su móvil al hospital. “Dicen que van a tardar un poco, porque ahora mismo está pasando el Cristo de la Viga por la calle María Goretti. ¿Le duele mucho?” Y asientes, como es lógico. Pero lo peor llega cuando tienen que moverte para dejar vía libre a la cofradía de la Quinta Llaga: te cogen entre cuatro y, mientras la banda interpreta “Los campanilleros”, te tumban en uno de los bancos rococó de la plaza Pie de la Cruz. “¿Cómo se siente usted?”, te pregunta una enlutada con peineta y mantilla. “¿Cómo voy a sentirme, señora? Como ese que va ahí”. (Y es que menuda semana nos espera.)
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lunes, 11 de abril de 2011

GAZAPOS

Recibe el nombre de gazapo el conejo joven. (Y, se mire como se mire, no deja de resultar el conejo uno de los animales más exóticos de cuantos nos rodean: un híbrido de hámster, de ardilla y de canguro. Y hay ocasiones en nuestra vida en que no tenemos inconveniente en comernos un conejo, generalmente con acompañamiento de arroz.) Como segunda acepción de su segunda acepción, en sentido figurado o familiar, la Real Academia de la Lengua propone: “Yerro que por inadvertencia deja escapar el que escribe o el que habla”. Si dejamos de lado los múltiples gazapos que cualquier persona cultivada puede llegar a acumular en un solo día de amena conversación y nos centramos en los gazapos de escritura, resulta inevitable el recuerdo del célebre gazapo cervantino que afecta al rucio de Sancho Panza: un burro que desaparece y reaparece de forma inopinada, como si se tratase de la paloma de un ilusionista, a pesar de tener un tamaño inadecuado para esos birlibirloques.

En Ana Karenina, Tolstói, por su parte, no se hace un lío con un asno, sino con una vaca, que tampoco está mal: en el capítulo 26 de la primera parte de esa novela, el personaje llamado Levin vuelve a su finca tras pasar unos días en Moscú; su cochero tuerto le pone al tanto de las novedades ocurridas durante su ausencia; entre ellas, el parto de la vaca llamada Paonne. Apenas dos páginas después, el que llega a dar el parte de novedades a Levin es su administrador; entre esas novedades se cuenta la del parto de la vaca, lo que ya para Levin no supone ninguna novedad; y aquí viene el gazapo, con sus ágiles patas de conejo joven, para enredar entre las patas de la vaca: “Levin reprendió severamente al hombre, pero su malhumor cedió al ser informado de un feliz acontecimiento: Paonne, la mejor de las vacas, comprada en la feria, había parido”, y entonces Levin, de repente entusiasmado, pide con urgencia su pelliza y una linterna para correr en plena noche a ver la vaca y la ternera. Descartada la posibilidad de que la vaca Paonne pariera dos veces en el intervalo de dos páginas –habilidad que ni siquiera corresponde a los prolíficos conejos-, no nos queda más remedio que dudar de la facultad mnemotécnica de Levin o de Tosltói, a elegir.

En su novela Grandes esperanzas, Dickens describe la siguiente escena: el joven narrador de la historia sube una escalera, al tiempo que la baja un individuo que es descrito de este modo: “Era un hombre corpulento, muy moreno, con una cabeza muy grande y unas manos que correspondían al tamaño de la cabeza. Me cogió la barbilla con su manaza y me hizo levantar la cabeza para mirarme a la luz de una vela. Tenía prematuramente calva la coronilla, las cejas negras, espesas y rizadas, y los ojos hundidos y desagradablemente penetrantes y recelosos”. Dado que la novela está contada en primera persona, la apreciación de la calvicie prematura de la coronilla de ese individuo no puede deberse sino a un error de perspectiva no atribuible al pobre Pip, sino al gran Dickens, que en ese momento no miraba a través de los ojos del pobre Pip.

Todo esto confirma, en definitiva, que quien tiene boca se equivoca, y no digamos quien, además de boca, se sienta en una mesa a escribir, que es asunto más arriesgado que el de mover la boca.

domingo, 3 de abril de 2011

COMIDA










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A estas alturas, la cocina se ha convertido en una rama del arte vanguardista, hasta el punto de que los platos tradicionales no merecen otra consideración que la de tanteos jurásicos -por así decirlo- para llegar a la cumbre estética en que se mueve hoy el sector estelar de la gastronomía.

La condición humana requiere vivir frente a un espejismo constante de progreso, para mantener de ese modo la ilusión de constituir una especie animal ascendente, inconformista con respecto a los logros del pasado y necesitada por tanto de novedades.

La nueva gastronomía ha echado raíces incluso en la poesía lírica: hoy por hoy, leer la carta de determinados restaurantes equivale a leer un poema mitológico de Góngora, un poema de tono imperial de Rubén Darío o incluso una cursilería evanescente de Núñez de Arce. En la carta de los restaurantes de avanzadilla, todo se llena de palabras más o menos esdrújulas que uno no entiende del todo, de plantas exóticas, de metáforas complejas, de sinestesias sorprendentes, de conceptos difíciles como el de “espuma de jamón” o el de “soplo de cilantro”, que desplazan ya la gastronomía al territorio de la alquimia e incluso de la metafísica.

Se mire como se mire, el acto de comer no es elegante. Nutritivo sí, indispensable, gozoso, pero elegante no, por elegante que sea el restaurante en que nos alimentemos, por distinguidos que sean nuestros modales y por bien vestido que vaya el camarero: hay que masticar, hay que deglutir, hay que limpiarse los labios manchados, hay que desplazar con la lengua los restos que se nos quedan adheridos a las encías, hay que reprimir los eructos, hay que segregar jugos por dentro… Una verdadera asquerosidad, por triste que resulte decirlo. De ahí, tal vez, que la gastronomía moderna recurra a lo etéreo y a lo mínimo para paliar los matices salvajes que confluyen en el acto de comer. Porque esos parecen ser los principios esenciales de la nueva cocina: transformar lo sólido en volátil y reducir la proporción de los alimentos. Y los divos actuales de los fogones han llevado a cabo esos principios hasta tal grado de perfección y sutileza, que se diría que no cocinan para estómagos humanos, sino para paladares de ángeles y de arcángeles, de tronos y de dominaciones, por no meter a Dios en esto.

La cocina tradicional parece haber quedado para gente que tiene el cielo de la boca hecho de papel de lija. Pero el caso es que los humanos somos más complejos de lo que parece, y se da el caso de que solemos llegar a la cima para volver a la sima, sobre todo en cuestiones de moda, de manera que hay personas que consideran un signo de distinción social -e incluso intelectual- el hecho de desdeñar la vanguardia gastronómica en beneficio de los platos tradicionales, hasta el extremo de burlarse de quienes alardean de finura de paladar. ¡Oh, mundo!

lunes, 28 de marzo de 2011

HAIKUS


Me pidieron de EL CULTURAL, del diario EL MUNDO, tres haikus en torno al desastre de Japón. Se publicaron el viernes.

Son estos:


1

La mala mar,

herida de sí misma,

muere matando.


2

¿De qué va huyendo

la ola agonizante

que nos arrastra?


3

¿También tú, mar?

Tu azul era el zafiro

de mis metáforas.


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(Ilustración de Hiroshige.)

sábado, 19 de marzo de 2011

BOMBILLA


Si las bombillas no sirviesen para nada, si no alumbrasen, si se limitaran a ser objetos sin función, las veríamos expuestas en los museos, pues pocos ingenios resultan tan hermosos y delicados como una bombilla clásica. Pero, como alumbran, las bombillas tienen que conformarse con ser bombillas, que no es un gran destino, de acuerdo, pero que tampoco está mal, sobre todo para el usuario.

La bombilla es un mundo hermético, simplicísimo y complejísimo a la vez, como casi todas las cosas que merecen la pena. Una bombilla apagada es un mundo despoblado, sin el duende dentro. Una bombilla encendida es un pequeño prodigio: una luz que tiene su origen quién sabe dónde y que encuentra la meta en un filamento que puede ser de platino, de carbón, de wolframio o de tungsteno, entre otros materiales posibles, según informan quienes saben.

Una bombilla no se pone al rojo vivo, sino al rojo blanco, que es un rojo muy peculiar, al menos para tratarse de un rojo. El bulbo de cristal de toda bombilla contiene un gas inerte que protege los filamentos de las altas temperaturas, lo que convierte a la bombilla en un ámbito con fantasma incorporado, pues como tal fantasma podemos considerar el mencionado gas inerte, que suena más a ocurrencia lírica que a término científico: inerte… El gas…

Una bombilla encendida atrae a los insectos (salvo a los traicioneros mosquitos, que son amigos de las tinieblas, porque ellos son como murciélagos en miniatura), y lo cierto es que comprende uno a esos insectos que no paran de revolotear en torno a las lámparas domésticas o a las farolas públicas: si uno hubiera nacido insecto, también se fascinaría ante ese espectáculo de refulgencia en plena noche, y creo que más de un insecto acabará pensando que una farola es en realidad la Luna misma, que se ha desprendido del cielo y ha ido a parar a un muro de la calle Aribau o de la calle Pedro Pérez, por no señalar a nadie en concreto.

Para una polilla con un poco de mentalidad estética, una bombilla debe de representar algo así como un palacio impenetrable de cristal en el que de noche se produce el milagro de la luminiscencia, de la luz surgida de la nada. Por eso, algunos insectos se apostan durante el día en las inmediaciones de la bombilla o sobre el cristal mismo de la bombilla, a la espera de que se ponga el sol y de que una mano distraída active el mecanismo prodigioso que permite que llegue al filamento un caudal inextinguible de luz, la luz a chorros, la luz navegante que viene de qué ríos.

En cuanto al destino trágico que está reservado a casi todas las cosas del mundo, digamos que las bombillas suelen tener una muerte fulminante. No hay bombilla que muera de muerte natural, de muerte lenta, por desgaste paulatino. No: la bombilla muere siempre electrocutada. En una micra de segundo, puede pasar de la actividad al acabamiento irreparable. Se trata de una muerte tan sumamente súbita, que en realidad parece un suicidio, pues nada se da tanta prisa en morir como una bombilla sana, ella sabrá por qué.


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lunes, 14 de marzo de 2011

CAFÉ












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Debido a su poder instantáneo para espabilar e infundir diligencia a la clase obrera, el café puede ser considerado como una de las armas secretas más eficaces del capitalismo. Es posible que, sin la existencia providencial del café, el absentismo laboral alcanzase cotas insostenibles para nuestro entramado productivo, y adiós entonces a tantísimas cosas.

Dicen quienes conocen las cosas que sucedieron en el pasado que, hasta el siglo XVII, el café era para los europeos un concepto exótico, algo que se mencionaba en los relatos de los viajeros que regresaban de Oriente con un fardo de curiosidades en la memoria. Mientras los árabes y los turcos bebían café, los europeos tomábamos vino y cerveza desde las claras del día, extremo que, se mire como se mire, distaba mucho de la ejemplaridad cívica y del fomento de la diligencia laboral. Como no hace falta decir, los pueblos de Europa, amigos del sincretismo, siguen bebiendo vino y cerveza, aunque suelen recurrir al café para paliar los efectos del vino y de la cerveza, en tanto que los pueblos árabes, más partidarios de la inamovilidad de las tradiciones, siguen con la cosa del café, ya que el consumo de bebidas alcohólicas puede acarrearles problemas de índole teológica, y tampoco se trata de eso.

Quiere la leyenda que los sufíes fueron los introductores del café en el mundo islámico, y se supone que los primeros cafeinómanos se manifestaron a finales del siglo XIV en círculos místicos, pues les infundía elevación de espíritu aquella sustancia. De todas formas, la popularización del café llevó consigo que se abrieran establecimientos para su consumo, y parece lógico que en tales establecimientos se practicaran juegos de azar, se alternase con mujeres y se escuchase música. Estas expansiones lograron herir la sensibilidad de un jefe de policía de La Meca, que, en el siglo XVI, con la complicidad de un concilio de alfaquíes, consiguió prohibir el comercio y consumo de café. La prohibición duró hasta que le sucedió en el cargo un partidario del café, y las aguas volvieron a su cauce; es decir, a las cafeteras.

En un principio, se atribuyeron al café muchas propiedades terapéuticas: la purificación de la sangre, la sedación del estómago, el fortalecimiento del hígado… El sector más puritano de las postrimerías del XVII no dudó en otorgarle una cualidad moral: la de alejar a los humanos del vicio del alcohol.

El café fue recibido en Europa, en fin, como una especie de sustancia mesiánica, redentora de una situación de borrachera global, ya que tanto la cerveza como el vino formaban parte de la dieta de cualquier familia, niños incluidos.

A principios del XVIII, el país europeo con un índice mayor de consumo de café era Gran Bretaña, hasta que, a mediados de siglo, ese consumo entusiasta fue relegado en beneficio de la popularización del té, quizá por ese prurito británico de diferenciarse de sus nacionalidades vecinas incluso a la hora de colocar el volante en un coche.

Herman Melville, en su novela Moby Dick, concibió a un personaje cafeinómano que procuró hacer entrar en razón –aunque en vano- al capitán Ahab: el oficial Starbuck, que en la actualidad da nombre a una cadena internacional de cafeterías, como no hace falta ni decir.


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jueves, 10 de marzo de 2011

LAS RESPUESTAS RETÓRICAS
























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De momento al menos, todo parece destinado a volver al papel.

En la novedosa colección Álogos (dedicada a recopilar entradas de blogs), Javier Sánchez Menéndez, el diligente director de la Isla de Siltolá (siltola.blogspot.com
), ha editado una selección de las entradas de este MERCADO DE ESPEJISMOS.

En la misma tanda, han salido recopilaciones de J.M. Benítez Ariza, Enrique García-Máiquez y Fernando Valls.

Pues nada, eso: que muchas de estas divagaciones ya están allí y, por supuesto, siguen estando aquí.

El soporte fantasmal y el soporte papel.

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lunes, 7 de marzo de 2011

EL BUEN SOLDADO








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La editorial sevillana PARÉNTESIS (www.parentesiseditorial.com), que dirige Antonio Rivero Taravillo, acaba de reeditar, en una nueva traducción debida a Victoria León, la novela El buen soldado, de Ford Madox Ford, que vale mucho por sí misma y también por los caminos narrativos que desbrozó, cualidades que no siempre se confabulan. Antonio tuvo la amabilidad de pedirme que la prologara. Van a continuación algunos fragmentos de ese prólogo:


"Ford Madox Ford empezó a escribir El buen soldado a finales de 1913, a sus 40 años recién cumplidos. Antes de publicarse en 1915, la novela tuvo un título de reverberaciones un tanto melodramáticas: La historia más triste. El editor consideró que se trataba de un reclamo -cualquier título no es mucho más que eso- muy poco atrayente para una sociedad que estaba siendo testigo de las calamidades derivadas de la Primera Guerra Mundial. La discrepancia se resolvió mediante una broma, según explica Ford en el prólogo que añadió a una edición de 1927 de esta novela de atmósfera envolvente y de título tan ambiguo como equívoco, ya que dirige el foco hacia uno solo de los cuatro pilares de la historia: un matrimonio inglés y otro norteamericano que mantienen a lo largo de nueve años una relación en principio afable, a la larga tortuosa y al cabo destructiva".

(...)

Ford no recurre a sentimientos esquemáticos que induzcan -o al menos faciliten- el posicionamiento moral del lector frente a los protagonistas de su novela, sino a sentimientos tan enturbiados como sólo pueden enturbiarse en la vida real; sentimientos extraños, poliédricos y confusos, como lo son tal vez todos los sentimientos cuando se diseccionan y cuando se procura desplazarlos al ámbito de la razón, que no deja de ser una intrusa vanidosa en los asuntos sentimentales. Mark Schorer supone que “en última instancia”, El buen soldado describe un mundo que carece de sentido moral y que revela a un narrador que sufre la locura de la inercia moral: una víctima indolente que ni siquiera se toma la molestia de guardar rencor.

(...) "En esta novela, Ford Madox Ford plantea la coherencia peculiar de las pasiones, una coherencia que está por encima -o por debajo, quién puede saberlo- de cualquier razonamiento lógico, quizá porque las pasiones que merecen ese nombre se alimentan en buena parte de las contradicciones; entre ellas, la que tal vez sea la mayor de las contradicciones posibles: el afán de esclavitud sentimental en nombre de la libertad de los sentimientos" (...)

(...) "El ritmo de la narración es el propio de una conciencia impúdica aunque a la vez temerosa: la conciencia de alguien que quiere contar pero que parece remiso a contar, explícito y escurridizo a la vez; la conciencia de alguien, en fin, que ofrece verdades a medias como táctica para ofrecer una verdad global: una verdad hecha pedazos, hecha de pedazos. “Soy consciente de haber contado esta historia con muy poco orden, de manera que tal vez resulte difícil encontrar el camino por lo que quizá no sea más que una especie de laberinto”, confiesa el narrador. Esa carencia de orden es una de sus virtudes estilísticas: la alteración de la linealidad del espacio y del tiempo narrativos en beneficio de una exposición del discurso mediante la recurrencia continua al flash-back" (...)

Divagaciones al margen, y en resumen, una novela capital.

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domingo, 27 de febrero de 2011

EL POLLO FUGITIVO


Lo peor que puede pasarle a uno en este mundo es nacer pollo. Bueno, puede haber algo peor: nacer pollo y tener la misma inteligencia que un pulpo, pongamos por caso, porque la verdad es que los pollos no andan muy allá en cuestiones de comprensión y discernimiento, quizá porque demasiada tarea intelectual padecen por el simple hecho de asumir que son pollos. Naces pollo, en fin, y te pasas la vida absorto y meditabundo, sumido en cavilaciones, intentando buscarle un sentido trascendental al hecho de ser pollo, aunque al final te das cuenta de que ser pollo no tiene trascendencia alguna y que lo más probable es que te coman frito al estilo de Kentucky o en pepitoria. De ahí el drama esencial del pollo.

Hace unos días leíamos la noticia de que un pollo se había escapado de una granja de Soria. Dicho así, parece una hazaña trivial, pero hay que tener en cuenta que las granjas avícolas suelen disponer de más medidas de seguridad que Guantánamo. No se sabe cómo, el pollo burló a sus vigilantes, echó a correr por aquellos campos de reminiscencias machadianas y llegó a Madrid, donde vivió su peculiar aventura de prófugo.

Como saben, el pollo fugitivo entró en una entidad bancaria y, al rato de observar los trajines propios de esos comercios, le atormentó una paradoja: una multitud de pobres confiaba sus ahorros a una minoría de ricos para que los ricos fuesen más ricos y ellos igual de pobres. Según testigos presenciales (¿puede haber testigos ausentes?), el pollo salió de la sucursal con lágrimas en los ojos, que, a falta de pañuelo, se secaba con el ala derecha.

En su ruta azarosa, entró en el Congreso de los Diputados, donde el presidente de aquella institución, al confundirlo con un diplomático de un país exótico, le regaló un ejemplar de la Constitución de 1812. “La piel de la encuadernación es de vaca, no de pollo”, le tranquilizó el susodicho presidente, y el pollo suspiró, porque lo único que les falta a los de su especie es que, en estos tiempos de ahorros y miserias, encuadernen los libros con piel de pollo o de gallina. Con su libro bajo el ala, salió el pollo del Congreso y se encaminó a la llamada Puerta del Sol, donde un espabilado le propuso un trueque: una bolsita de alpiste a cambio del libro. El pollo, que no había desayunado, accedió de buen grado.

Anduvo el pollo, en fin, de aquí para allá, tomando nota mental de todo por si algún día le daba por escribir una “Guía turística de Madrid para pollos”. Hasta que tuvo la mala suerte de entrar en un MacDonald´s y le preguntó al camarero si había trabajo para él. “Por supuesto que sí. Pasa a la cocina”, y allí acabó la odisea del fugado.

Les cuento esta historia trágica del pollo de Soria para que no caiga, como tantas otras, en el olvido.

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viernes, 18 de febrero de 2011

NABOKOV Y LAS MARIPOSAS ERRANTES

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The New York Times da la información: los nuevos métodos científicos corroboran la hipótesis de Vladimir Nabokov de que las mariposas azules llegaron a América desde Asia. En su día, los entomólogos se tomaron a chacota la hipótesis de aquel entomólogo autodidacta: "¡Ensueños de poeta!". Sí, bueno, pues ahí está ahora el resultado de esos ensueños.

Para celebrarlo (aunque confieso que las mariposas, incluidas las azules, no son mi mayor preocupación), va un poema de Nabokov que traduje hace años:

U N

D E S C U B R I M I E N T O


En tierra legendaria, todo rocas, lavanda

y alta yerba, la encontré,

sobre un barrizal al lado de un arroyo

inaccesible, en un paso de montaña.


Para la ciencia, sus rasgos eran nuevos:

forma y tonalidad, esa especial coloración

de resplandor lunar que atenuaba sus azules,

el abdomen pardusco, los flancos de geométricos diseños.


Han desenmascarado su esculpido sexo mis agujas;

el tejido muerto no podía ya ocultar

esa valiosa mota que ahora riza la lágrima

convexa y límpida que resbala por el portaobjetos iluminado.


Al apretar levemente un tornillo, dos antenas ambarinas

emergen de la niebla y se arquean en simetría perfecta,

y escamas como trozos de amatista

cruzan la circunferencia mágica del microscopio.


Versado en latín taxonómico, fui su descubridor

y le di nombre, y así me convertí

en padrino de un insecto y el primero en describirlo.

Ya ninguna otra fama me interesa.


Con las alas extendidas, traspasada por un alfiler

(aunque profundamente dormida),

a salvo del asedio de parientes y del moho,

en la fortaleza aislada en que guardamos

los especímenes de cada especie, trascenderá al polvo que la forma.


Oscuras pinturas, tronos, piedras que besan los peregrinos,

poemas que perduran un milenio

tan sólo imitan la inmortalidad

de esta etiqueta roja al pie de una pequeña mariposa.

(1943)


domingo, 13 de febrero de 2011

NUEVOS ARISTÓCRATAS


Las apariencias tienen la facultad de ser cambiantes, las esencias quizá no tanto. En sus buenos tiempos, la nobleza imponía a la plebe la tasa de los tributos no en función de los intereses de la plebe, claro está, sino en función de las necesidades de la propia nobleza para mantenerse como estamento privilegiado. En sus buenos tiempos, la nobleza presidía los festejos que le apetecía presidir. En sus buenos tiempos, la nobleza tenía muy claro que los signos externos de grandeza eran algo más que signos externos. En sus buenos tiempos, la nobleza, en fin, mantenía las distancias, porque su subsistencia dependía en gran parte de esas distancias: el mantenimiento de un rango ilusorio para poder mantener un rango con beneficios prácticos.

En nuestros días, los aristócratas tradicionales han quedado como mucho para alquilar su título nobiliario a las empresas bodegueras, de modo que un conde o un marqués nos suena hoy a marca de vino tinto. Y es que, como decía, las apariencias cambian: los nuevos aristócratas no ostentan un título de marqués o de duque, sino un cargo político. Ellos se guisan y se comen sus privilegios, ellos imponen a la nueva modalidad de plebe las tasas necesarias para poder sostener el entramado burocrático que les permite el ejercicio de sus funciones filantrópicas, ellos se alían con los otros estamentos de poder para armonizar no el tejido social, sino el tejido de las altas jerarquías; ellos ocupan ahora los sitios de honor en los festejos, y gratis, porque no conoce uno a ningún político que no vaya de gañote a casi todas partes. Y así sucesivamente.

Un parlamentario catalán acaba de alarmarnos del riesgo de que, si se suprimen los privilegios de casta de los políticos, la función pública quede en manos de funcionarios y de pobres. Un ministro nos adoctrinaba hace poco de que los expresidentes de gobierno pueden y deben conciliar el cobro de un sueldo público y de un sueldo privado, ya que dedicaron años muy valiosos de su vida a manejar el timón incierto del país, no como los mineros o los albañiles, por ejemplo, que se limitan a dedicar los años más valiosos de su vida a hacer cruceros por el Caribe.

Según parece, los políticos están haciéndonos un favor, porque podrían dedicarse a actividades más rentables que la de salvar a diario el país, y ese sacrificio suyo se topa con la incomprensión de la plebe, que no acaba de asumir de buen grado que la clase política sea precisamente eso: una clase.

El propietario de Ikea (que, según dicen, es uno de los hombres más ricos de nuestro planeta de pobres) acude cada mañana en metro a su trabajo. Aquí, cualquier concejal de distrito no puede vivir sin coche oficial, por dos motivos de apariencia contradictoria: porque no es sueco y porque resulta muy cómodo hacerse el sueco.


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lunes, 7 de febrero de 2011

CONCURSANTES ETERNOS


Entre cosa y cosa, nos pasamos la vida concursando, compitiendo. Incluso desde antes de nacer ya andamos metidos en una competición a vida o muerte, y nunca mejor dicho: estamos aquí de pura chiripa, gracias a que nuestro socio espermatozoide llegó el primero al óvulo, entre miles de contrincantes empeñados en pegarle un picotazo germinal al óvulo en cuestión. Nuestro espermatozoide ganó la carrera, y miles de colegas suyos se quedaron por el camino, desnortados, con cara de póquer, sin entender muy bien qué había podido fallar, porque ellos no hicieron más que salir embalados, sin distraerse, sin pensar en otra cosa que no fuese el óvulo, el picotazo, con un firme sentido del deber genético.

En el colegio, competimos en sabiduría con los demás aspirantes a la sabiduría, y nos ponen incluso nota, para que podamos enorgullecernos de nosotros mismos o bien sentirnos humillados, aunque eso en el fondo es lo de menos, porque donde en realidad compiten los colegiales es en el terreno deportivo, formando equipos que ganan copas plateadas o que se beben la copa amargosa del fracaso.

Cuando alguien termina una carrera universitaria, se ve obligado por lo general a preparar oposiciones, que viene a ser una despiadada competición mental, una apuesta bien fuerte, porque lo que está en juego no es sólo el futuro, sino también el presente inmediato: no puedes hipotecarte si no tienes nómina. Y venga temarios, y venga café, y venga machacarte la memoria. Y luego a competir con miles de tipos que han tenido la misma ocurrencia que tú, que se han bebido los mismos litros de café que tú, que están igual de pálidos que tú porque no han visto el sol durante muchos meses.

Haga uno lo que haga, se dedique a lo que se dedique, está siempre concursando o compitiendo, porque la vida la hemos estructurado como un concurso o como una competición. A veces, competimos contra nosotros mismos, avivando nuestra ambición y nuestra estima, hipnotizándonos ante el espejo: “Puedes aspirar a más. Tú puedes aspirar a más”. Y te pones a aspirar a más. Y compites con la comodidad y con la desgana, porque sabes que puedes aspirar a más, a ser más, a ser tu mega-yo, tu propio superhéroe, tu propio ídolo, un tipo admirable que luchó contra sí mismo para aspirar a más, porque un día decidió aspirar a más. A más. A un poco más.

Y, cuando ya eres más, un poco más, tienes que mantenerte ahí, según avisa uno de esos miles de tópicos ramplones que pasan por ser dogmas: “Lo difícil no es llegar, sino mantenerse”. Y te pasas la vida manteniéndote, manteniéndote ahí arriba, para que ningún otro ambicioso te desplace de tus alturas, esas alturas alcanzadas con sudor y sacrificio, porque tuviste el coraje de aspirar a más. A un poco más. Y ahí andas, defendiéndote, defendiendo tu territorio conquistado, tu parcela de universo, tu aspiración cumplida, porque muchos otros la ansían, esos otros que también han tenido la idea luminosa de aspirar a más, a costa de lo que sea.

Nos pasamos la vida compitiendo. Nos pasamos la vida concursando. Por encima incluso de nosotros mismos. Y luego, el día menos pensado, nos morimos. Pero para eso hemos inventado el remedio de la inmortalidad. Y el juego sigue: infierno, paraíso o purgatorio. Y qué cansancio.