lunes, 7 de marzo de 2011

EL BUEN SOLDADO








.

La editorial sevillana PARÉNTESIS (www.parentesiseditorial.com), que dirige Antonio Rivero Taravillo, acaba de reeditar, en una nueva traducción debida a Victoria León, la novela El buen soldado, de Ford Madox Ford, que vale mucho por sí misma y también por los caminos narrativos que desbrozó, cualidades que no siempre se confabulan. Antonio tuvo la amabilidad de pedirme que la prologara. Van a continuación algunos fragmentos de ese prólogo:


"Ford Madox Ford empezó a escribir El buen soldado a finales de 1913, a sus 40 años recién cumplidos. Antes de publicarse en 1915, la novela tuvo un título de reverberaciones un tanto melodramáticas: La historia más triste. El editor consideró que se trataba de un reclamo -cualquier título no es mucho más que eso- muy poco atrayente para una sociedad que estaba siendo testigo de las calamidades derivadas de la Primera Guerra Mundial. La discrepancia se resolvió mediante una broma, según explica Ford en el prólogo que añadió a una edición de 1927 de esta novela de atmósfera envolvente y de título tan ambiguo como equívoco, ya que dirige el foco hacia uno solo de los cuatro pilares de la historia: un matrimonio inglés y otro norteamericano que mantienen a lo largo de nueve años una relación en principio afable, a la larga tortuosa y al cabo destructiva".

(...)

Ford no recurre a sentimientos esquemáticos que induzcan -o al menos faciliten- el posicionamiento moral del lector frente a los protagonistas de su novela, sino a sentimientos tan enturbiados como sólo pueden enturbiarse en la vida real; sentimientos extraños, poliédricos y confusos, como lo son tal vez todos los sentimientos cuando se diseccionan y cuando se procura desplazarlos al ámbito de la razón, que no deja de ser una intrusa vanidosa en los asuntos sentimentales. Mark Schorer supone que “en última instancia”, El buen soldado describe un mundo que carece de sentido moral y que revela a un narrador que sufre la locura de la inercia moral: una víctima indolente que ni siquiera se toma la molestia de guardar rencor.

(...) "En esta novela, Ford Madox Ford plantea la coherencia peculiar de las pasiones, una coherencia que está por encima -o por debajo, quién puede saberlo- de cualquier razonamiento lógico, quizá porque las pasiones que merecen ese nombre se alimentan en buena parte de las contradicciones; entre ellas, la que tal vez sea la mayor de las contradicciones posibles: el afán de esclavitud sentimental en nombre de la libertad de los sentimientos" (...)

(...) "El ritmo de la narración es el propio de una conciencia impúdica aunque a la vez temerosa: la conciencia de alguien que quiere contar pero que parece remiso a contar, explícito y escurridizo a la vez; la conciencia de alguien, en fin, que ofrece verdades a medias como táctica para ofrecer una verdad global: una verdad hecha pedazos, hecha de pedazos. “Soy consciente de haber contado esta historia con muy poco orden, de manera que tal vez resulte difícil encontrar el camino por lo que quizá no sea más que una especie de laberinto”, confiesa el narrador. Esa carencia de orden es una de sus virtudes estilísticas: la alteración de la linealidad del espacio y del tiempo narrativos en beneficio de una exposición del discurso mediante la recurrencia continua al flash-back" (...)

Divagaciones al margen, y en resumen, una novela capital.

.

domingo, 27 de febrero de 2011

EL POLLO FUGITIVO


Lo peor que puede pasarle a uno en este mundo es nacer pollo. Bueno, puede haber algo peor: nacer pollo y tener la misma inteligencia que un pulpo, pongamos por caso, porque la verdad es que los pollos no andan muy allá en cuestiones de comprensión y discernimiento, quizá porque demasiada tarea intelectual padecen por el simple hecho de asumir que son pollos. Naces pollo, en fin, y te pasas la vida absorto y meditabundo, sumido en cavilaciones, intentando buscarle un sentido trascendental al hecho de ser pollo, aunque al final te das cuenta de que ser pollo no tiene trascendencia alguna y que lo más probable es que te coman frito al estilo de Kentucky o en pepitoria. De ahí el drama esencial del pollo.

Hace unos días leíamos la noticia de que un pollo se había escapado de una granja de Soria. Dicho así, parece una hazaña trivial, pero hay que tener en cuenta que las granjas avícolas suelen disponer de más medidas de seguridad que Guantánamo. No se sabe cómo, el pollo burló a sus vigilantes, echó a correr por aquellos campos de reminiscencias machadianas y llegó a Madrid, donde vivió su peculiar aventura de prófugo.

Como saben, el pollo fugitivo entró en una entidad bancaria y, al rato de observar los trajines propios de esos comercios, le atormentó una paradoja: una multitud de pobres confiaba sus ahorros a una minoría de ricos para que los ricos fuesen más ricos y ellos igual de pobres. Según testigos presenciales (¿puede haber testigos ausentes?), el pollo salió de la sucursal con lágrimas en los ojos, que, a falta de pañuelo, se secaba con el ala derecha.

En su ruta azarosa, entró en el Congreso de los Diputados, donde el presidente de aquella institución, al confundirlo con un diplomático de un país exótico, le regaló un ejemplar de la Constitución de 1812. “La piel de la encuadernación es de vaca, no de pollo”, le tranquilizó el susodicho presidente, y el pollo suspiró, porque lo único que les falta a los de su especie es que, en estos tiempos de ahorros y miserias, encuadernen los libros con piel de pollo o de gallina. Con su libro bajo el ala, salió el pollo del Congreso y se encaminó a la llamada Puerta del Sol, donde un espabilado le propuso un trueque: una bolsita de alpiste a cambio del libro. El pollo, que no había desayunado, accedió de buen grado.

Anduvo el pollo, en fin, de aquí para allá, tomando nota mental de todo por si algún día le daba por escribir una “Guía turística de Madrid para pollos”. Hasta que tuvo la mala suerte de entrar en un MacDonald´s y le preguntó al camarero si había trabajo para él. “Por supuesto que sí. Pasa a la cocina”, y allí acabó la odisea del fugado.

Les cuento esta historia trágica del pollo de Soria para que no caiga, como tantas otras, en el olvido.

.

viernes, 18 de febrero de 2011

NABOKOV Y LAS MARIPOSAS ERRANTES

.





The New York Times da la información: los nuevos métodos científicos corroboran la hipótesis de Vladimir Nabokov de que las mariposas azules llegaron a América desde Asia. En su día, los entomólogos se tomaron a chacota la hipótesis de aquel entomólogo autodidacta: "¡Ensueños de poeta!". Sí, bueno, pues ahí está ahora el resultado de esos ensueños.

Para celebrarlo (aunque confieso que las mariposas, incluidas las azules, no son mi mayor preocupación), va un poema de Nabokov que traduje hace años:

U N

D E S C U B R I M I E N T O


En tierra legendaria, todo rocas, lavanda

y alta yerba, la encontré,

sobre un barrizal al lado de un arroyo

inaccesible, en un paso de montaña.


Para la ciencia, sus rasgos eran nuevos:

forma y tonalidad, esa especial coloración

de resplandor lunar que atenuaba sus azules,

el abdomen pardusco, los flancos de geométricos diseños.


Han desenmascarado su esculpido sexo mis agujas;

el tejido muerto no podía ya ocultar

esa valiosa mota que ahora riza la lágrima

convexa y límpida que resbala por el portaobjetos iluminado.


Al apretar levemente un tornillo, dos antenas ambarinas

emergen de la niebla y se arquean en simetría perfecta,

y escamas como trozos de amatista

cruzan la circunferencia mágica del microscopio.


Versado en latín taxonómico, fui su descubridor

y le di nombre, y así me convertí

en padrino de un insecto y el primero en describirlo.

Ya ninguna otra fama me interesa.


Con las alas extendidas, traspasada por un alfiler

(aunque profundamente dormida),

a salvo del asedio de parientes y del moho,

en la fortaleza aislada en que guardamos

los especímenes de cada especie, trascenderá al polvo que la forma.


Oscuras pinturas, tronos, piedras que besan los peregrinos,

poemas que perduran un milenio

tan sólo imitan la inmortalidad

de esta etiqueta roja al pie de una pequeña mariposa.

(1943)


domingo, 13 de febrero de 2011

NUEVOS ARISTÓCRATAS


Las apariencias tienen la facultad de ser cambiantes, las esencias quizá no tanto. En sus buenos tiempos, la nobleza imponía a la plebe la tasa de los tributos no en función de los intereses de la plebe, claro está, sino en función de las necesidades de la propia nobleza para mantenerse como estamento privilegiado. En sus buenos tiempos, la nobleza presidía los festejos que le apetecía presidir. En sus buenos tiempos, la nobleza tenía muy claro que los signos externos de grandeza eran algo más que signos externos. En sus buenos tiempos, la nobleza, en fin, mantenía las distancias, porque su subsistencia dependía en gran parte de esas distancias: el mantenimiento de un rango ilusorio para poder mantener un rango con beneficios prácticos.

En nuestros días, los aristócratas tradicionales han quedado como mucho para alquilar su título nobiliario a las empresas bodegueras, de modo que un conde o un marqués nos suena hoy a marca de vino tinto. Y es que, como decía, las apariencias cambian: los nuevos aristócratas no ostentan un título de marqués o de duque, sino un cargo político. Ellos se guisan y se comen sus privilegios, ellos imponen a la nueva modalidad de plebe las tasas necesarias para poder sostener el entramado burocrático que les permite el ejercicio de sus funciones filantrópicas, ellos se alían con los otros estamentos de poder para armonizar no el tejido social, sino el tejido de las altas jerarquías; ellos ocupan ahora los sitios de honor en los festejos, y gratis, porque no conoce uno a ningún político que no vaya de gañote a casi todas partes. Y así sucesivamente.

Un parlamentario catalán acaba de alarmarnos del riesgo de que, si se suprimen los privilegios de casta de los políticos, la función pública quede en manos de funcionarios y de pobres. Un ministro nos adoctrinaba hace poco de que los expresidentes de gobierno pueden y deben conciliar el cobro de un sueldo público y de un sueldo privado, ya que dedicaron años muy valiosos de su vida a manejar el timón incierto del país, no como los mineros o los albañiles, por ejemplo, que se limitan a dedicar los años más valiosos de su vida a hacer cruceros por el Caribe.

Según parece, los políticos están haciéndonos un favor, porque podrían dedicarse a actividades más rentables que la de salvar a diario el país, y ese sacrificio suyo se topa con la incomprensión de la plebe, que no acaba de asumir de buen grado que la clase política sea precisamente eso: una clase.

El propietario de Ikea (que, según dicen, es uno de los hombres más ricos de nuestro planeta de pobres) acude cada mañana en metro a su trabajo. Aquí, cualquier concejal de distrito no puede vivir sin coche oficial, por dos motivos de apariencia contradictoria: porque no es sueco y porque resulta muy cómodo hacerse el sueco.


.

lunes, 7 de febrero de 2011

CONCURSANTES ETERNOS


Entre cosa y cosa, nos pasamos la vida concursando, compitiendo. Incluso desde antes de nacer ya andamos metidos en una competición a vida o muerte, y nunca mejor dicho: estamos aquí de pura chiripa, gracias a que nuestro socio espermatozoide llegó el primero al óvulo, entre miles de contrincantes empeñados en pegarle un picotazo germinal al óvulo en cuestión. Nuestro espermatozoide ganó la carrera, y miles de colegas suyos se quedaron por el camino, desnortados, con cara de póquer, sin entender muy bien qué había podido fallar, porque ellos no hicieron más que salir embalados, sin distraerse, sin pensar en otra cosa que no fuese el óvulo, el picotazo, con un firme sentido del deber genético.

En el colegio, competimos en sabiduría con los demás aspirantes a la sabiduría, y nos ponen incluso nota, para que podamos enorgullecernos de nosotros mismos o bien sentirnos humillados, aunque eso en el fondo es lo de menos, porque donde en realidad compiten los colegiales es en el terreno deportivo, formando equipos que ganan copas plateadas o que se beben la copa amargosa del fracaso.

Cuando alguien termina una carrera universitaria, se ve obligado por lo general a preparar oposiciones, que viene a ser una despiadada competición mental, una apuesta bien fuerte, porque lo que está en juego no es sólo el futuro, sino también el presente inmediato: no puedes hipotecarte si no tienes nómina. Y venga temarios, y venga café, y venga machacarte la memoria. Y luego a competir con miles de tipos que han tenido la misma ocurrencia que tú, que se han bebido los mismos litros de café que tú, que están igual de pálidos que tú porque no han visto el sol durante muchos meses.

Haga uno lo que haga, se dedique a lo que se dedique, está siempre concursando o compitiendo, porque la vida la hemos estructurado como un concurso o como una competición. A veces, competimos contra nosotros mismos, avivando nuestra ambición y nuestra estima, hipnotizándonos ante el espejo: “Puedes aspirar a más. Tú puedes aspirar a más”. Y te pones a aspirar a más. Y compites con la comodidad y con la desgana, porque sabes que puedes aspirar a más, a ser más, a ser tu mega-yo, tu propio superhéroe, tu propio ídolo, un tipo admirable que luchó contra sí mismo para aspirar a más, porque un día decidió aspirar a más. A más. A un poco más.

Y, cuando ya eres más, un poco más, tienes que mantenerte ahí, según avisa uno de esos miles de tópicos ramplones que pasan por ser dogmas: “Lo difícil no es llegar, sino mantenerse”. Y te pasas la vida manteniéndote, manteniéndote ahí arriba, para que ningún otro ambicioso te desplace de tus alturas, esas alturas alcanzadas con sudor y sacrificio, porque tuviste el coraje de aspirar a más. A un poco más. Y ahí andas, defendiéndote, defendiendo tu territorio conquistado, tu parcela de universo, tu aspiración cumplida, porque muchos otros la ansían, esos otros que también han tenido la idea luminosa de aspirar a más, a costa de lo que sea.

Nos pasamos la vida compitiendo. Nos pasamos la vida concursando. Por encima incluso de nosotros mismos. Y luego, el día menos pensado, nos morimos. Pero para eso hemos inventado el remedio de la inmortalidad. Y el juego sigue: infierno, paraíso o purgatorio. Y qué cansancio.

lunes, 31 de enero de 2011

MERCADO y TAMAGOTCHI







.



Una de las peculiaridades del ser humano consiste en tener que vivir más pendiente de las entelequias -el futuro, la conciencia, los dioses- que de las cosas tangibles. Te cae una entelequia y ya estás listo, porque uno puede estar más o menos preparado para luchar contra un tigre, pero no para luchar contra un tigre invisible.

La entelequia de moda es el mercado. No el mercado al que uno va a comprar pescado o legumbres, sino ese otro mercado abstracto que determina el precio del pescado y de las legumbres. Oye uno hablar de los mercados y tiene que hacer un esfuerzo para imaginarse en qué consisten, y la fantasía empieza a volar, según es condición natural de la fantasía: ¿son los mercados una especie de cofradía compuesta por seres parecidos al tío Gilito?, ¿son los mercados un olimpo de dioses sin piedad que exigen sacrificios humanos: la congelación de las pensiones, la agilización del despido, el retraso de la edad de jubilación? ¿Qué son los mercados, dónde viven, qué comen, en qué piensan cuando no piensan en el mercado propiamente dicho? ¿Duermen los mercados con la conciencia tranquila? Quién sabe, ¿verdad?, porque la conciencia puede ser más acomodaticia de lo que recomienda la propia conciencia. Lo que sí parece estar más o menos claro es que los mercados son como los antiguos tamagotchis: hay que mimarlos, hay que procurar que estén tranquilos, que tengan sus necesidades cubiertas, que coman a su hora, que orinen, que no se alteren, porque de lo contrario llevamos las de perder: un mercado nervioso es una bomba de relojería. De ahí que los gobiernos se pasen la vida jugando al tamagotchi, con el alma en vilo y con éxito variable, porque no hay cosa más complicada que tener contento a un tamagotchi.

Según parece, los mercados poseen la capacidad prodigiosa de poder inyectar dinero, porque el dinero de verdad se manifiesta en estado líquido (no como el dinero nuestro: papeluchos sólidos y manoseados), y se figura uno a los amos de los mercados con una jeringuilla gigantesca, poniendo inyecciones a los países que les caen bien y utilizando en cambio la jeringuilla para extraerles sangre a los países que les caen regular, porque esto de los mercados es como todo: una cuestión de empatía, y la empatía es, al fin y al cabo, una manifestación del capricho.

Los mercados, en fin… Qué cosa tan rara son los mercados: duendecillos burlones que llevan el dinero de un sitio a otro ni siquiera en sacas, sino pulsando una simple tecla del ordenador; tamagotchis que juegan al monopoly con la gente, entelequias que dudan, se inquietan, se ponen de repente optimistas, como si padecieran bipolaridad. Qué raros.

Si los mercados no fuesen entidades fantasmagóricas, si tuviesen cara, más de uno se animaría a partirles la cara, por despiadado que resulte maltratar a un tamagotchi. Pero, como son invisibles, aquí estamos, conviviendo con esa abstracción, como si no tuviésemos ya abstracciones de sobra para hacernos un lío con la realidad.

lunes, 24 de enero de 2011

RESTAURANTE LITERARIO










Una de las pocas emociones intelectuales que se derivan del hecho de ser dueño de un restaurante consiste en poder bautizar a capricho los platos que uno se inventa, aunque la invención meramente consista en rociar un lomo de besugo con una mousse de menta tras haberlo cocido en un batido de chocolate especiado con ajonjolí, pongamos por caso, pues la mente de un cocinero suele estar de sobra preparada para asumir cualquier atrevimiento estético de corte más o menos dadaísta.

Si yo abriese un restaurante, lo más probable es que tuviera que cerrarlo a las dos semanas, pero, al menos durante ese periodo, podría bautizar a mi gusto numerosos platos, y practicaría ese sacramento culinario con arreglo a la deformación profesional que todo escritor aplica, más o menos insensatamente, a las cosas de la realidad, pues en eso consiste lo esencial de su faena.

En la carta de mi ruinoso restaurante no faltarían el solomillo stendhal, los higaditos de faulkner al whisky, los entrantes de chacinas galdosianas, el arenque de azorín a las finas yerbas, el ossobuco a la valle-inclán, el ragut darío, el filet villon, el besugo pasternak, el paté de poe, los lomitos de proust a la bechamel ni el flaubert de alcachofas. No creo que el mío fuese un restaurante serio si prescindiera en la carta de los buñuelos turgénev, de las cocochas de esturión al dostoiesvki, del chuletón balzac, de la migala a la arreola, de los canelones mallarmé, de las truchas capote o de los pessoítas al oporto.

Los domingos ofrecería un menú-degustación a precio promocional, a saber: chestertones en su tinta, pechugas de pavo de Wilde, huevecitos de kafka, monterrosos de dinosaurio y sesos de hamlet.

No sé, las cartas largas tampoco son muy buena cosa, porque los clientes se marean ante tantos manjares y no saben qué pedir, pero ¿cómo iba a privar a los paladares más refinados de los cogollitos de Li Po, del revuelto de Joyce, del conrad de bacalao o de las delicias de ternerita nabokov?

El vino de la casa sería barato y popular: un Viña Campoamor, un Pérez de Ayala o un Sangre de Unamuno. ¿Los postres? No podrían faltar las riquísimas lampedusas de gato, los castizos buñuelos de baroja acompañados de un goethe al carajillo o los rollitos de kundera con sirope.

Bueno, no creo que mi restaurante tuviese mucho éxito ni que cooperase especialmente a la difusión de la cultura universal, pero yo me lo iba a pasar en grande al poder exclamar cosas como "¡Marchando un cernuda poco hecho!"


.

martes, 18 de enero de 2011

EL GASTO BOBO









.


Los organismos oficiales están sin blanca, hasta el punto de que las empresas y los proveedores se echan a temblar si el negociado de un simple ayuntamiento les pide un presupuesto, porque saben que, con un poco de suerte, cobrarán apenas unos días antes del Juicio Final, con lo cual van a disponer de muy poco tiempo para disfrutar de la ganancia.

Ante esta carestía de dinero público, se acuerda uno con nostalgia de aquella edad de oro en que los políticos ejercían de reyes magos: gente magnánima que repartía agendas, bolígrafos, mecheros, libros a todo color, calculadoras, metopas, maletines, pins, alfileres de corbata, pendrives, paraguas, sombrillas, mochilas, bolsos, discos, carteras… Todo con su logotipo correspondiente, porque los regalos institucionales son como los toros de lidia: siempre llevan el hierro de la ganadería.

Se acuerda uno de aquella edad dorada en que las instituciones públicas organizaban banquetes multitudinarios con cargo a la partida de gastos de representación o de algo por el estilo, supone uno que para que, llegada la hora de votar, nuestro estómago nos dijese: “Eh, tú, no te equivoques de papeleta. Acuérdate de lo bueno que estaba aquel solomillo al que nos convidó el viceconsejero de turismo con motivo del día de la patria autonómica”.

Tiempos aquellos, ay, en que los representantes del pueblo se hicieron gourmets y sumilleres gracias a tarjetas de crédito cuyos cargos iban al arca común. Tiempos de gloria en que cualquier infraconcejal o subvicedelegado disponía de coche oficial, en que cualquier vicesubsecretario disfrutaba de varios asesores, en que cualquier vicesubpresidente de cualquier subcomisión viajaba en business, se hospedaba en hoteles de ringorrango y estudiaba la carta de vinos de los restaurantes con el aplomo de un magnate de toda la vida, porque la entrega a la función pública lleva implícito el refinamiento instantáneo del espíritu, de modo y manera que un rústico asciende a concejal y, a las dos semanas, ya sabe distinguir entre un ribera del duero y un borgoña, y gratis.

La catalogación de “político corrupto” es más sencilla -y más terrible- de lo que parece: todo aquel que hace una simple llamada privada desde un teléfono pagado con dinero público. Y de ahí para arriba. Tan simple -y tan terrible- como eso. Los que se han gastado el dinero en regalar bolígrafos, mecheros, etc., no serían estrictamente corruptos, sino más bien bobos, porque muy bobo hay que ser para confundir el ejercicio de la función pública con el síndrome de Papa Noel.

Si juntásemos todo el dinero que los políticos se han gastado en banquetes indigestos, en viajes inútiles, en editar libros absurdos, en regalos suntuarios, en subvenciones injustas, en conciertos gratuitos, en premios irrelevantes, en chatarra artística, en dietas abultadas y en más vale no saber qué más, ¿qué suma daría? El chocolate del loro tal vez, pero el problema de ahora es que no sólo es el loro el que se ha quedado sin chocolate.

.

viernes, 14 de enero de 2011

COLLAGES

.


COMO NO TODO PUEDEN SER DIVAGACIONES, VA UN POCO DE PUBLICIDAD TANGENCIALMENTE PROPIA, A SABER: UNA NUEVA EMPRESA DE AQUÍ HA HECHO -CON MUCHO OPTIMISMO, ME TEMO- UNA TIRADA DE DOS COLLAGES MÍOS.


PUEDEN VERSE EN

http://interroganteeditorial.blogspot.com


.

miércoles, 5 de enero de 2011

UN RELATO EN MINIATURA


.






.

Sabía que eran los padres, pero, en la duermevela, el sonido de las zapatillas arrastradas era el de las babuchas de unos reyes.


.

viernes, 31 de diciembre de 2010

SUEÑOS FESTIVOS


.


M.B.T. tuvo una noche agitada. Se durmió unas 18 veces, y otras tantas se despertó con un grado variable de sobresalto, como si fuese aquello un festival de ficciones inquietantes. Por la mañana, M.B.T. se levantó con la sensación de ser una especie de despojo freudiano, molido por los caprichos lisérgicos del subconsciente. “¡Qué de sueños he tenido, y qué malos todos!”, se lamentó ante el espejo, ese espejo que le devolvía una cara espeluznada, sin duda de tanto deambular por los barrizales hipnóticos del pensamiento.

Los sueños son materia volátil, pero M.B.T. lograba recordar algunos, y ese recuerdo le llenaba el estómago de agujas.

Iba él por la calle y, de pronto, alguien lo arrastraba a la fuerza hasta una nave industrial. Había allí muchos chinos que hacían paquetes mientras cantaban villancicos. Su raptor le mostraba una tableta gigante de turrón de Xixona y le decía. “Hasta que no te la comas entera no saldrás de aquí, canalla”, y M.B.T. comía turrón sin parar, y los chinos cantores se reían de él, al tiempo que le obligaban a degustar caramelos de jazmín, como si tuviese poco aporte calórico con el turrón, que le iba ya indigestando.

Recordaba otro sueño gastronómico: una figura gigante de mazapán que representaba un oso panda corría tras él por un bosque de azúcar. “Voy a devorarte”, le amenazaba el oso panda de mazapán, pero M.B.T. tuvo la fortuna de despertarse justo en el momento en que el dulce depredador iba a engullirlo. En otro de sus sueños, M.B.T. se cruzaba con unos pastores que le ordenaban: “Ven con nosotros a Belén”, y le ponían un carnero sobre los hombros, y M.B.T. avanzaba por un desierto infinito, y el carnero le mordisqueaba la oreja.

Más: entraba M.B.T. en una tienda de juguetes con sus dos hijos. Cada niño cogía un carro. Al instante, los dos niños aparecían ante él con sus respectivos carros repletos, pero… repletos de otros muchos carros que a su vez estaban llenos de carros, y toda esa torre de carros rebosaba de juguetes. “Son 1.000 millones”, le repetía la cajera, mientras agitaba una factura larga como una serpentina. Y aún más: los tres Reyes Magos se acercaban a su cama, lo zarandeaban y le decían: “Te has portado mal, muchacho. Tienes que devolvernos todos los juguetes que te hemos ido regalando a lo largo de tu vida. Así que ya sabes: ve buscándolos por los desvanes de la casa. Tenemos aquí la lista completa de todos los regalos que te hemos hecho a lo largo de estos 40 años. Que no falte ni uno. Porque te has portado muy mal”, y M.B.T. se vio de pronto desarmando su scalectrix, con lágrimas en los ojos.

En otro sueño, M.B.T. estaba en una fiesta de fin de año, con un gorro de lentejuelas, un matasuegras y una guirnalda al cuello. “¿Qué año es este?”, preguntaba a la gente que andaba por allí, y la gente le contestaba: “El año del fin del mundo”, y, de pronto, todo saltaba en pedazos, y un rostro enorme y barbudo se proyectaba en el aire con la textura incierta de un espejismo: “Soy Dios, y ya no habrá más fiestas. Se acabó la diversión, muñecos míos”.

M.B.T. llegó, en fin, a su oficina. En la puerta alguien había colocado un cartel: “Feliz Navidad y próspero 2011”. Y musitó: “Sí, ya veremos”.

.

domingo, 26 de diciembre de 2010

FIESTAS NAVIDEÑAS



¿Fiestas navideñas? Habría que discutirlo, porque mucho me temo que estas celebraciones de resonancias bíblicas presentan un alto componente penitencial -aunque, dada la complejidad intrínseca del género humano, no resulta imposible conciliar el concepto de fiesta con el concepto de penitencia: ahí está la Semana Santa, o la Cuaresma, o las orgías sadomasoquistas, pongamos por caso.

En estas fiestas, por una razón o por otra, todo el mundo sufre, en buena medida porque la empresa promotora es muy partidaria del sufrimiento como vía de beatitud. El que está quitándose del tabaco, por ejemplo, lo pasa fatal, ya que la tentación de reincidir en el hábito de echar humo se acrecienta, y lo más probable es que recaiga. El que fuma de modo habitual termina envenenado de alquitranes. El que nunca fuma acaba -por quién sabe qué repente dionisiaco- con un habano entre los dientes, o con un cigarrillo que sujeta con mano inexperta, porque estas fiestas invitan no sólo al exceso, sino también a la extravagancia.

La persona que está a dieta acaba perdiendo el control mental y se pone hasta el gorro de pestiños y chocolate, de licores y mantecados, de salsas barrocas y de turrones, y luego se las tiene que ver con su conciencia. El gordo engorda. El flaco engorda. El que tiene úlcera acaba en urgencias. Los triglicéridos hacen su agosto. El que apenas suele comer acaba indigestado. El alcohólico anónimo no se resiste a mojarse los labios en una copa de champán después de las 12 campanadas. El que nunca bebe se toma un par de copas. El que acostumbra tomarse un par de copas acaba tomándose cuatro, y los que gustan de tomarse cuatro acaban con ocho encima, y hasta es posible que canturreen, porque el beber y el canturrear son artes complementarias. Incluso los niños acercan sus labios aventureros a la copa de espumoso, y los padres no dudan en celebrar esa temprana curiosidad enológica, entre otras razones porque ellos están ya hasta la nariz de destilados.

Como hay que hacer regalos a mansalva, los pobres acaban siendo más pobres y los ricos menos ricos. Como hay que comer y beber más de lo prudente, se hace un gasto imprudente en el supermercado, y casi todo el mundo llega a enero con más trampas financieras que un Ayuntamiento. Para acrecentar el aire penitencial de estas fiestas, los niños se aburren en casa, señalando una y otra vez en el catálogo de juguetes las cosas que necesitan para seguir viviendo. Pasan ellos los días de tregua colegial soñando con artefactos prodigiosos, pero esos artefactos no podrán disfrutarlos hasta un par de días antes de volver a clase, cuando ya dispongan de horas muy contadas para jugar: una variante infantil del mito de Tántalo. Los adultos se desesperan al ir a comprar regalos para otros adultos, que ya tienen de todo, incluso lo que les sobra. Y acaban comprando, quieran o no, como una fatalidad que ni ellos mismos se explican, corbatas y alfileres de corbata, pitilleras y pañuelos, abrecartas y encendedores, y a lo sumo –si se trata de un familiar cercano- un pijama de fibra térmica con estampados geométricos.

De todas formas, y en la medida de lo posible, felices fiestas.


.

sábado, 18 de diciembre de 2010

POLÍTICA Y BOMBILLA


El alumbrado navideño tal vez responda, no sé, a una añoranza más o menos colectiva del país de las hadas: andar de noche por calles tornasoladas de escarlata y de azul, de amarillo y de verde; mirar hacia arriba, hacia la luna de los duendes lunáticos, y ver una guirnalda fantasiosa en vez de un cielo compacto y negro como la boca del lobo que pretendió comerse a Caperucita… Pero no todo es magia en esto del alumbrado navideño, sobre todo porque la gestión de ese alumbrado corresponde a los gobiernos municipales, que la única magia que practican consiste en gastar más dinero del que disponen, lo que tampoco deja de tener su mérito.

A veces, las noticias intrascendentes, esas que apenas ocupan una columnilla medio arrumbada del periódico, tienen la capacidad inesperada de ofrecernos la esencia de la realidad, que suele ser una esencia complicada y exótica.

Una de esas noticias informaba hace poco de que el alcalde de derechas de un pueblo gaditano, con el beneplácito incondicional de su equipo de gobierno, había suprimido -lo que se dice suprimir: ni una bombilla- la iluminación navideña: “Ante el panorama económico, hay que tomar decisiones valientes”, y es verdad que parecía una decisión valiente la suya, en especial si se tiene en cuenta que sus votantes naturales suelen ser muy de belén y capirote, muy de saeta y villancico, entre otros folclorismos teológicos. “Un aplauso para el alcalde antibombilla”, se dijo uno. Pero había que seguir leyendo, claro está, y allí aparecía el portavoz del partido de izquierdas poniendo el grito en el cielo y exigiendo al equipo gobernante que rectificase aquella “decisión absurda”. Les confieso que algo así como 264 signos de interrogación se abrieron al instante en mi mente, que no está ya para esas bacanales de incertidumbres. La reacción del presidente de los comerciantes era más previsible, y el hombre no dejó de manifestar su “sorpresa e indignación” (que es un sentimiento doble y estandarizado, y sin duda bastante doloroso) ante la decisión municipal. Por lo visto, si en las calles hay luces de colores, te entran unas ganas compulsivas de gastar dinero, lo que añade al asunto un matiz un tanto demoníaco: las luces navideñas se pagan con nuestros impuestos y esa inversión pública en alumbrado nos induce a gastar más dinero, como si fuésemos ayuntamientos en vez de personas.

Por su parte, el representante de la izquierda más a la izquierda de la otra izquierda se limitó a formular una sospecha razonable: que la decisión del equipo de gobierno no respondía a ningún afán de ahorro, sino a la negativa de la empresa concesionaria a instalar el alumbrado a causa de los impagos acumulados. Ay.

“¿Así es la política?”, se pregunta uno. No, así es, más bien, la vida misma, este malentendido minucioso, con sus luces y sus sombras… E incluso con sus bombillas.


.

viernes, 10 de diciembre de 2010

CONTROLADORES PELONES

.

La militarización de los controladores aéreos no será del todo efectiva, me temo, hasta que no los pelen al rape, como hacían con los reclutas nada más pisar el cuartel de instrucción.

Te pelan al rape (al menos en mis tiempos de mili, en los que se llevaban más bien las melenitas, tanto en su variante Jesucristo Superstar como en su modalidad de trovador medieval de la Provenza) y te quedas al momento sin identidad: eres un simple pelón entre una tropa uniformada de pelones.

(Que algún allegado al ministro Blanco, si está de acuerdo con esto que digo, le traslade, por favor, la sugerencia.) (De ese modo, el ministro podrá anunciar, sin dulcificaciones metafóricas, que a los controladores aéreos se les va a caer el pelo.)


.

domingo, 5 de diciembre de 2010

RESIDUOS EXTRATERRESTRES














A veces, uno no puede esquivar la tentación de arriesgar una frase truquista y paradójica que implique una dislocación de conceptos más o menos asentados. Decir, por ejemplo: “La literatura científica es una rama de la literatura de terror”. No es así, claro está, pero tampoco deja de serlo del todo. Les confieso que el libro más aterrador que he leído no es otra cosa que la narración de unos casos clínicos reales: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, del neurólogo Oliver Sacks. Al lado de ese libro, que uno lee con manos temblorosas, las pamplinas solemnemente macabras de Lovecraft, pongamos por caso, acaban dando risa, que es tal vez lo que menos hubiera deseado el visionario de Providence.


Leo en un artículo científico que es posible que el fin de nuestro planeta se produzca de una manera tan tradicional como tosca: de una pedrada, como quien dice. Si a un asteroide le da por chocar con nosotros, ya podemos despedirnos, como se despidieron en su día los dinosaurios. “Otra preocupación más”, se dice uno, y se resigna, en fin, a esa amenaza. En el mismo artículo, leo que cada día caen a la Tierra entre 100 y 1.000 toneladas de material extraterrestre, y en ese punto me echo a temblar, porque una cosa es lo de la gran pedrada y otra lo de ese chorreo continuo, que viene a ser como la pedrea de la lotería, a la espera de que nos toque el asteroide gordo.

Piensa uno, no sé, que igual nos están cayendo a diario las colillas de los marcianos, sus cáscaras de pipas de girasol, sus envoltorios de patatas fritas, sus pelillos verdosos… Por ahí fuera, por los planetas de los alienígenas, se ve que no funciona muy bien la ley de la gravedad, de modo que las cosas, en vez de caerse al suelo, se caen a la Tierra. En Saturno, por ejemplo, un extraterrestre suicida se arroja por el balcón y no cae a la calle, sino que acaba estrellándose en una plaza de Calatayud o en un parking de Zamora. Se ve que allí hace falta un Newton cuanto antes, porque, como no consigan pronto un inventor de la ley de la gravedad, este planeta nuestro va a parecer una chatarrería intergaláctica.

No sé si nosotros también mandamos una cantidad tan grande de residuos a otros planetas. No creo, porque los extraterrestres suelen tener muy mala leche y nos fulminarían con sus armas protobiónicas -por decir algo- si les ensuciásemos la casa. Pero aquí, ya ven, tenemos que barrer a diario entre 100 y 1.000 toneladas de porquería extraplanetaria, y no sabe uno si el polvo que se ha asentado en los muebles proviene de la obra de al lado o de Plutón.

Del cielo no paran de caer cosas, en fin. Si me cruzo con alguno de ustedes y no lo saludo, no se lo tome a mal, por favor. Es que, desde que leí ese artículo, voy por la calle mirando hacia arriba. Por si acaso.

.