domingo, 12 de septiembre de 2010

SEPTIEMBRE











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No me gustaría poner en duda la identidad de nada, pero mucho me temo que, en esta tierra, las cuatro estaciones meteorológicas se reducen en realidad a dos: el invierno y el verano. El otoño y la primavera son aquí unos meros fantasmas terminológicos, épocas del año que padecen una indefinición intrínseca: en otoño no sabes si vas a helarte o si vas a poder darte un chapuzón en la playa, y en primavera jamás sabes si la boda o la barbacoa se te va a malograr por culpa de un diluvio. Ahora bien, con el invierno y el verano juegas sobre seguro, porque son estaciones de carácter fuerte, poco dadas a veleidades. Es muy difícil que en diciembre tengas que ponerte bronceador, y muchas cosas extrañas tendrían que ocurrir para que tuvieras que echarte una manta por encima en pleno mes de julio (que un mago vengativo te convirtiese, no sé, en un pollo ultracongelado, por ejemplo).


Cada una de estas dos grandes estaciones nos trae una dosis de amnesia. En invierno, nos olvidamos por completo del gazpacho con guarnición, del ventilador de cinco velocidades, de las chanclas de diseño anatómico y del tinto carbonatado con casera, que son conceptos imprescindibles en verano. En verano, nos olvidamos por completo del caldo de gallina, del edredón de pluma de pato noruego, de los calcetines de tres centímetros de espesor y del frenadol complex, que son factores ineludibles en invierno. Te echan por encima un jersey de lana el 15 de agosto a las tres de la tarde, pongamos por caso, y lo menos que te provoca es una urticaria. Te traen los reyes magos el 6 de enero un flotador en forma de cisne y un escalofrío te recorre la espalda, porque te parece mentira que alguna vez te hayas sumergido en el ancho mar o en una simple piscina pública. Vive uno así, acordándose y olvidándose de cosas según los dictados del termómetro, y eso enrarece bastante la vida.


En invierno eres un rostro pálido y en verano pareces un indio cheroke, lo que a la fuerza provoca problemas de identidad, porque te miras en el espejo en pleno invierno y echas de menos a aquella especie de mulato postizo en que lograste convertirte durante tu veraneo, y ves allí una cara del color de la cera litúrgica, y, mientras te afeitas, llegas a pensar que eres el primo del conde Drácula en vez de aquel alegre caribeño de impostura que salía cada noche de agosto con una camisa de colores vivos a castigar las barras de los bares con una pose vacilona de latin lover, tarareando baladas que hablaban de amores bravíos o marcando con el pie los compases del son o del merengue.


Las intrépidas amas de casa que se han pasado dos meses yendo al supermercado en biquini y con un pareo de tul ilusión amarrado a la cintura, como si fuesen bailarinas polinesias, sienten de pronto un extraño pudor que les obliga a bajarse un poco la falda cuando se sientan en la cafetería, y tal vez no duden en escandalizarse cuando vean a una adolescente trotar por las calles otoñales con una minifalda.


Ha llegado septiembre, en fin, y ya tenemos que empezar a olvidarnos de bastantes cosas y a recordar muchos olvidos, porque todo no cabe en la memoria, esa forma fantasmagórica del tiempo.


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martes, 7 de septiembre de 2010

EX PRESIDENTES




















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Ojalá me equivoque, pero mucho me temo que, a veces, ser ex presidente de un gobierno resulta más difícil que ser presidente de un gobierno. ¿Por qué? No lo sé, pero el caso es que uno no puede evitar acordarse de las miss mundo salientes cuando oye hablar a un ex presidente de gobierno, que siempre tiene algo de rey destronado: ese aire majestuoso de petulancia y de héroe venido a menos, propio de alguien que ha tenido un país en la mano y que ahora se limita a tener en la mano un rastrillo de jardinería o una raqueta de pádel.


Para aspirar a la presidencia de un gobierno supongo que hay que disponer de un tipo peculiar de carácter. Conozco a gente que aspira a ser gerente de una empresa, a ser un carpintero fiable o a ser un médico eficaz, pongamos por caso, pero no conozco a nadie que aspire a ser presidente del gobierno, aunque tengo que reconocer que mi círculo de amistades no es demasiado amplio. Quien aspira a la presidencia de un gobierno debe de alimentar algún tipo de síndrome de redentor, porque no creo que nadie aspire a ese cargo con el convencimiento de que va a llevar su país al desastre, aunque el fluir de la Historia nos indica que de todo hay. Cuesta trabajo, en fin, imaginar cómo trataríamos a un amigo que un día proclamase su aspiración a la presidencia del gobierno, y no habría que descartar que le atribuyésemos un trastorno más o menos napoleónico.


Cuando un presidente de gobierno está en activo se ve obligado a aparentar sensatez, prudencia y mesura en su discurso, porque los presidentes majaretas no creo que tengan demasiado porvenir fuera de Venezuela. Ahora bien, cuando un presidente de gobierno se jubila como tal, hay ocasiones en que uno no puede dejar de sentir un poco de compasión por esa figura lastimosa que anda por ahí ofreciendo soluciones para un presente que ya no le corresponde solucionar y que recuerda a esos borrachitos que se dedican a evocar en los bares sus glorias pasadas, entre las medias sonrisas de su auditorio. Bien es cierto que muchos ex presidentes se dedican a dar conferencias con caché de artista triunfal, con ese aire olímpico de quien conoce los entramados más recónditos del mundo, de quien esconde en la manga los grandes remedios, de quien arreglaría esto en dos mañanas, al margen de que en su época de gobierno se dedicase a dar bandazos.


Son pocos, pero ahí están, y habría que hacer algo por ellos, porque de lo contrario van a tener una mala vejez: recordando menos lo que hicieron cuando les tocaba que lo que pudieron haber hecho cuando les tocaba hacerlo a otros, porque casi nadie se sustrae a la tentación de dar lecciones magistrales a toro pasado. Compremos varias islas, no sé, y mandémoslos allí en condición de virreyes, por ejemplo. A ver si de ese modo se aplacan, digo yo.


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domingo, 29 de agosto de 2010

SOBRE FORMULACIONES TAUTOLÓGICAS

PUBLICADO HOY EN DIARIO DE SEVILLA


Diabluras de recorta y pega

Felipe Benítez Reyes publica 'Formulaciones tautológicas', una serie de 21 'collages' acompañados de sendos relatos concebidos como "una derivación 'desprejuiciada" de su habitual universo narrativo

Francisco Camero / SEVILLA | Actualizado 29.08.2010 - 08:35


Uno de los collages del libro: algo así pasaría si se organizara una carrera de caballos en una vieja biblioteca.



Los cuadernos de notas de Felipe Benítez Reyes suelen acabar siendo el doble de gruesos que recién estrenados. Siempre le gustó recortar imágenes, mezclarlas y pegarlas. Con el tiempo, el escritor ha ido reuniendo una colección de revistas francesas y españolas del siglo XIX de las que saca su material. También de una enciclopedia animal que compró en una librería de viejo, "aunque alguien se había entretenido en recortar casi todos los grabados y sólo quedaban los de reptiles y batracios, lo que explica que haya ranas y serpientes en mis collages en vez de, no sé, oropéndolas o cervatillos", dice el escritor gaditano (Rota, 1960).

Juan Bonilla sabía de esta vieja afición de su amigo, que surgió "como suelen venir estas cosas, sin darse uno cuenta", y le animó a componer un libro para inaugurar una colección de textos e imágenes que dirige en la malagueña editorial Zut. A Benítez Reyes le gustan los libros "anómalos", y esta propuesta de su colega jerezano suponía "un cambio de registro, una manera diferente de plantear un conjunto". Y se animó. El resultado es un libro titulado
Formulaciones tautológicas, que recoge en una entrañable y primorosa edición una serie de 21 collages, cada uno de ellos acompañados de un (micro) relato ad hoc del autor de Vidas improbables, El novio del mundo o La propiedad del paraíso.

"Los collages son previos a los textos. El reto era extraer una posibilidad narrativa más o menos lógica de esas imágenes descabelladas. Los textos vienen a ser una especie de explicación absurda de un absurdo, y esa acumulación de irracionalidad creo que acaba adquiriendo algún tipo de coherencia, o al menos así lo pretendí, aunque tampoco pasa nada si no la tiene", explica el escritor, para quien esta técnica tiene el atractivo de lo "casual", porque "sólo puedes sacarle partido a lo que tienes disponible, no a lo que tienes en mente".

Al hablar de este tipo de libros, al narrador, poeta y ensayista le resulta "inevitable mencionar a Max Ernst". "Sus novelas en imágenes -dice- son uno de los puntales del collage. Es un referente inexcusable, sobre todo si uno trabaja con imágenes decimonónicas, como es mi caso". Tal como concibe él mismo un buen collage, éste "debe ser escueto". "No conviene abusar de los elementos, porque entonces se convierte en una imagen farragosa. Busco la nitidez; es decir, que la imagen se aprecie a primera vista como un todo, no como una acumulación de componentes dispares. Me interesa además la aplicación del concepto surrealista de desplazamiento, la descontextualización de las imágenes, la creación de ámbitos visuales ilógicos. A fin de cuentas, un collage es sólo una diablura, y casi siempre contiene un elemento humorístico: la realidad puesta del revés".

En el centenar de páginas de
Formulaciones tautológicas conviven personajes estrafalarios, melancólicos y a veces -como el fantasma moribundo de una de las historias- paradójicos. El autor, que nunca ha dejado de amar a este tipo de criaturas, asume los relatos de este libro como "una derivación desprejuiciada" de sus "resortes narrativos habituales". Gigantes que acuden a una ciudad lituana para participar en un desastroso simposio centroeuropeo, niños bicéfalos que navegan en mares de juguete, jinetes espectrales, novias invisibles, un hombre "que era de Calatayud pero que murió como si fuera de Vigo", incluso una iguana descomunal que devora en la puerta de unos juzgados a todos los culpables antes de que puedan siquiera comparecer ante el juez... Son sus seres extraordinarios, que viven su condición fundamentalmente como una fatalidad y que mueven a la compasión.

"Creo que hay que ser compasivo, o al menos comprensivo, con los personajes que uno inventa. No se les debe tratar como a marionetas ni como a muñecos del pimpampún, sino como a seres irreales, aunque con derecho a tener una conciencia. Todo narrador tiene algo de marionetista, pero no le conviene hacer marionetas. Si un personaje no alcanza la posibilidad de pasar por un ente real, así se trate de un vampiro o de un gigante de dos cabezas, acaba resultando un muñeco grotesco", afirma.

La narrativa breve es uno de los territorios que Benítez Reyes ha frecuentado siempre con gusto, pero el microrrelato no ha sido tan habitual. Aunque él no reconoce este tipo de fronteras genéricas. "Un microrrelato es sencillamente un relato un poco más corto de la cuenta, lo que no le quita su condición de relato. Pasa igual que con la poesía: tan poema es una epopeya de varios miles de versos como una soleá", concluye el autor, que anda trabajando en una novela que la está dando "problemas" y escribiendo poemas de vez en cuando, "aunque con cautela, porque un poeta de 50 años debe ser muy precavido, no porque vaya a equivocarse, sino precisamente porque puede cogerle miedo a equivocarse".

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viernes, 27 de agosto de 2010

GATOS
















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El tamaño importa. Si los gatos tuviesen el tamaño de una jirafa, serían animales domésticos en el mismo porcentaje en que lo son las jirafas. Si los gatos tuviesen el tamaño de un tigre, a ver quién se atrevía a darles un cate cuando se afilasen las uñas en el sofá, y a ver qué quedaba del sofá. La discreción de sus proporciones ha liberado al gato, en fin, de las incertidumbres y molestias de la vida salvaje, hasta el extremo de transformarlo en un animal más casero y hedonista que los propios humanos, a los que parasitan con cierto chuleo característicamente felino, sobre todo en lo que se refiere a la dieta, a los requisitos higiénicos y a la cesta de dormir, que han de ser de calidad contrastada para no merecer su desprecio. Sírvele a un gato una lata de comida de oferta y tendrás asegurado un drama familiar importante, porque no hay gourmet en este mundo que entienda más de conservas que un gato, a pesar de tener una lengua con textura de papel de lija.


A cambio de una vida confortable, el gato macho está dispuesto incluso a dejarse emascular, circunstancia que, aunque al principio no le cae bien, acaba reportándole el beneficio de no tener que andar por ahí de noche, en las rachas de celo, maullando como un alma en pena, hecho un donjuán de pelos tiesos, indigno y suplicante, haciendo alarde de lascivia, a la espera de que alguna gata se apiade de él y lo conduzca a un callejón oscuro. Ese tiempo que no tiene que perder en galanteos ni en cumplir los protocolos del instinto de procreación el gato lo invierte en su actividad más característica: dormir, porque todo gato sabe de sobra –y antes incluso que Calderón de la Barca- que la vida es sueño, concepto propio de la metafísica barroca que ellos llevan a la práctica de la manera más expeditiva posible: durmiendo a cualquier hora y en cualquier superficie mullida, así suenen a la vez todos los despertadores de la casa, porque el gato ha desarrollado una memoria genética que le advierte de que el despertador es un asunto que no va con él, y hay que reconocer que esa displicencia ante los rigores temporales aviva la envidia de muchos humanos, género animal que suele caracterizarse por arrastrar una falta endémica de sueño a causa de sus obligaciones laborales, que han de iniciarse al alba misma, como quien dice. Resulta raro ver a un gato despierto, y si lo vemos es que va camino de la cama.


Hay muchas razas de gato, aunque todas tienen en común unos ojos despavoridos, quizá porque no acaban de fiarse del todo de sus propietarios, que lo mismo les dan un manotazo mientras duermen encima de la pila de la ropa recién planchada, soñando con quién sabe qué, y a veces padeciendo pesadillas cuya trama constituye un misterio para el resto de la unidad familiar: ¿cuáles serán los terrores oníricos de los gatos? ¿Grandes peces que los devoran? ¿Una habitación fría? ¿Manicuros que les mutilan las uñas? Un filón que se pierde, en definitiva, el psicoanálisis.


Como dato curioso, habría que señalar que a los gatos les gustan mucho el jamón york y las gambas, factores nutricionales que sería curioso comprobar cómo conseguirían si, por cualquier azar adverso, perdiesen su rango centenario de mascota.


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sábado, 21 de agosto de 2010

LA ESTACIÓN RUIDOSA









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El verano es época de alteraciones. Se paraliza la actividad política, por ejemplo, pero se activa casi todo lo demás. Es tiempo oficioso de carnavales, porque todo el mundo tiende a disfrazarse, aunque no con atuendos fantasiosos, sino con una simple gorra de propaganda, con una camiseta de propaganda y con unas chancletas que no suelen ser de propaganda y que es lo único que no sale gratis del conjunto.


En verano, todos decimos que queremos descansar, pero se trata sólo de una verdad a medias, o al menos de una verdad fragmentaria: lo que en realidad pretendemos es descansar de nosotros mismos. Descansar de nosotros mismos aun a costa de nuestro propio descanso y, sobre todo, del descanso del prójimo, porque el verano tiende a convertirse en una democratización del ruido, que, nos guste o no, es la música de la libertad, en vista de que somos una especie animal muy chirriante en cuanto salimos de la jaula.


Por no se sabe qué liberación del subconsciente, un ciudadano modélico –al menos con arreglo a patrones convencionales- puede transformarse durante el verano en una especie de salvaje noctámbulo que no duda en ponerse a cantar de madrugada en plena calle para celebrar que le ha caído bien el tinto con casera, pócima de hechicería que transforma a determinados varones en trovadores tronantes. Por no se sabe qué terapia psicoanalítica espontánea, una señora recatada y pudibunda, dispuesta a escandalizarse a la mínima, admiradora de las santas y de los santos, devota de las buenas costumbres y partidaria de cualquier tipo de martirio, decide ir de pronto al supermercado envuelta en un pareo transparente, como si fuese una bailarina del Oriente exótico.


El verano es una estación curiosa, una especie de experimento sociológico para que comprobemos cómo sería la vida si no tuviésemos que trabajar y anduviésemos todos ociosos por ahí los siete días de la semana. No sería un mundo fácil, desde luego, porque el ocio permanente es un trabajo bastante duro, tanto para el ánimo como para el bolsillo. Y dormiríamos poco, desde luego, o al menos a deshora, porque lo primero que se le ocurre al ser humano en cuanto se siente liberado es hacer ostentación de su libertad, al dar por hecho que una persona discreta y silenciosa no puede ser sino un ente deprimido.


El silencio está desacreditado, al considerarse el antípoda de la diversión. La diversión debe ser sonora, porque el silencio es signo indudable de aburrimiento. Y en eso estamos: cada cual alardeando de diversión con sus gritos felices, con sus cantos de madrugada, con su moto a escape libre, con su moto acuática o con su coche-discoteca. Haciendo del verano un infierno alegre, una estación anómala en la que experimentamos el placer de no ser nosotros mismos mediante la apostasía transitoria de nuestras obligaciones y costumbres. Porque en el fondo se trata de eso: estamos hartos de aguantar y de aguantarnos, cansados de ser quienes somos y cansados de ser quienes nos obligan a ser durante el resto del año, cansados de callar y de acallarnos. Y por eso nos ponemos, en fin, a hacer ruido. Digo yo, no sé.


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viernes, 6 de agosto de 2010

VERANO EN SEPIA
















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La memoria infantil de los veranos constituye una nebulosa específica dentro de la memoria, una entelequia emocional muy definida, un territorio etéreo que podemos pisar con paso firme.


Decía el poeta Ungaretti que recordar es un signo de vejez. Bueno, sí. Depende. Si anda uno optimista con respecto al paso del tiempo, puede llegar a la conclusión de que recordar es un signo de haber vivido, que es lo mismo que lo del poeta, aunque dulcificado por una formulación eufemística. Creo yo, no sé, que el recuerdo es signo de vejez cuando los recuerdos inciden sobre unas realidades anacrónicas que están ya fuera -para siempre- de la realidad.


Los veranos de la década de los sesenta, pongamos por caso...


Llegaban al pueblo unos cuantos forasteros, siempre los mismos, puntuales como aves migratorias, y formaban una pequeña comunidad de extraños habituales. Año tras año, ibas viendo envejecer a los mayores y crecer a los pequeños, renovarse las muchachas del servicio, si se casaban, o convertirse en solteronas a aquellas que se acogían a las tareas de servidumbre como si se tratase de un voto eclesiástico.


Los abuelos podían estar fumándose un habano bajo el toldo, con guayabera blanca, jugando al dominó, y al verano siguiente llegar en una silla de ruedas, con la mirada perdida en algún limbo. Las ancianas aligeraban el luto perpetuo con blusones negros estampados con tímidas geometrías blancas. Veías cómo una joven madre se convertía de un año para otro en una señora de pelo cano, cómo las niñas se transformaban en mujeres pudorosas de su esplendor repentino, cómo los niños que iban a las rocas a coger camarones y cangrejos se transfiguraban de repente en muchachos que fumaban a escondidas y que hablaban del sexo quimérico de los ángeles con faldas, con el aplomo de unos catedráticos de angeología.


A la caída de la tarde, las calles olían a colonia y a helado de tuttifrutti y los sedentarios se sentaban a la puerta de la casa en butacas de enea para ver desfilar a los paseantes, y todos se saludaban con una parsimonia decimonónica y atenta, en tanto que los niños salíamos para el cine con un bocadillo envuelto en papel parafinado y con un jersey sobre los hombros, así quemara el aire, para ver una película del Enmascarado de Plata, de vampiros sedientos o de Louis de Funes, o lo que echaran.


Las playas de la infancia son infinitas, como infinito era el tiempo. Por la tarde, llegaban los pescadores con sus cajas de boquerones palpitantes, con su pregón ronco de muecín, y allí vendían aquella plata efímera, mientras que las mujeres buscaban por la orilla, con fondo barroco de crepúsculo, las llamadas habitas de la India para engastarlas en oro inmortal.


Las madrugadas eran un silencio sosegado, y se oía el rompeolas a través de los balcones abiertos, o el viento si soplaba, con esa cosa de crujido de crujía de galeón que tiene el sonido del viento cuando le da por romper. Las mañanas templadas eran de café y de churros. Y eran aceras baldeadas con un cubo metálico. Y el guardia municipal, con uniforme blanco y salacot, dirigiendo el tráfico desde su podio con sombrilla, con ademanes de mimo: los cuatro o cinco coches…


Y es que al final va a ser cierto que recordar es un signo de vejez.


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sábado, 31 de julio de 2010

DEPREDADORES DE GUANTE BLANCO









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La prohibición de las corridas de toros en Cataluña puede ser el principio de algo muy grande y muy hermoso, de algo que alivie la vida perra que damos a los animales, excluidos esos perros que viven mejor que millones de humanos.


Podríamos empezar por prohibir, no sé, la venta de mejillones en escabeche, porque mucho me temo que el escabeche es para los mejillones algo así como el cianuro para nosotros: no sé de nadie que haya encontrado un mejillón vivo en una lata de mejillones en escabeche.

Podríamos seguir con las rodajas de merluza, porque, quieras que no, el hecho de que te troceen debe de resultar molesto si constituyes una unidad física y moral, por muy congelado que estés… Y esa es otra: el asunto de la congelación, práctica torturante no sólo para las merluzas, sino también para las gambas, los langostinos, los bueyes de mar e incluso para las croquetas de halibut, entre otros seres desdichados, tanto marítimos como terrestres, e incluso aéreos.


Convendría prohibir cuanto antes la salazón del bacalao, ya que resulta inhumano amojamar a un pobre pez en cloruro sódico, por buena que esté la escalibada con unas tiras de bacalao, de igual modo que resultaría inaplazable la prohibición del pollo al ajillo, porque no hay pollo que resista eso.

¿Y qué decir de los chipirones en su tinta, a los que guisamos en sus propias entrañas negras, como si se tratara de un ritual satánico? Aparte de eso, deberíamos prohibir las chacinas, que, aunque no tienen pinta de cadáver, son más cadáver que cualquier otra cosa, incluido -ay- el espetec: restos de animales descuartizados.

Y, como medida tangencial, deberíamos prohibir que a las salchichas elaboradas con despojos porcinos se las denomine “perritos calientes”, porque tal denominación resulta atentatoria contra la dignidad que los perros han alcanzado en nuestros días como estamento burgués: seres que gozan de asistencia veterinaria, de peluquero, de paseante, de guardería, de empresas alimentarias específicas e incluso de carnet de identidad en forma de chip.


Se podrá objetar que a los mejillones se les zambulle en escabeche cuando ya están hervidos, que las merluzas se trocean cuando ya han pasado a mejor vida, etcétera. Sí, esa es tal vez la cuestión: en nuestra sociedad remilgada hacemos un vacío de conciencia ante el sacrificio de los animales. Sabemos que se les mata, pero no lo sabemos del todo hasta que los vemos morir, y por eso evitamos el espectáculo de su muerte. Nadie paga una entrada -al menos que yo sepa- para asistir a una matanza masiva de pollos o de cerdos. Somos animales carnívoros, pero fingimos que nos marea la sangre. Somos depredadores, pero delegamos en los matarifes.


Y, mientras tanto, algunos políticos jugando a ser san Francisco de Asís, rodeados de alegres pajarillos.

sábado, 24 de julio de 2010

SER O NO SER




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Los grandes dictadores, los grandes asesinos desdoblados en políticos, suelen ser personajes cómicos, lo que no quita que puedan ser personajes aterradores: payasos de manos ensangrentadas, bufones que se han sentado en el trono vacío.


Ernst Lubitsch, en 1942, supo ver que uno de los mayores criminales que había en ese momento en el mundo no era más que un risible mamarracho, una marioneta macabra que no necesitaba caricatura alguna, pues era todo él una caricatura de por sí: Adolf Hitler. Se le criticó en su momento a Lubitsch la supuesta frivolidad de abordar en clave de vodevil una realidad que estaba causando muerte y terror, pero hay que tener en cuenta que la conciencia del buen cómico es premonitoria: adivina el halo de la comicidad allí donde se manifieste, así se manifieste bajo la envoltura de una tragedia real. Lubitsch se vengó anticipadamente de Hitler: lo convirtió en una figura ridícula cuando aún pasaba por ser una figura terrorífica. Esa es, tal vez, la grandeza del cómico: viajar hasta el fondo de nuestra conciencia para revelarnos el lado ridículo de toda solemnidad, de toda grandiosidad, de todo delirio egolátrico.


El falso Hitler de Ser o no ser aparece en medio de una calle de Varsovia y la gente se aglomera en torno a él, estupefacta, porque no acierta a entender qué hace el monstruo allí. Y es que al más sanguinario y vesánico de los redentores ideológicos lo pones en medio de una calle, con su uniforme, con sus medallas, con su bigote geométrico, y se viene abajo, porque no resiste la realidad. Y eso es lo primero que hace Lubitsch: sacar al demente de su espacio de alucinación, de su castillo inexpugnable, y plantarlo en medio de una calle cualquiera. Y te ríes. Y luego te enteras de que ese Hitler es un actor disfrazado de Hitler que no interpreta a Hitler, sino a un actor disfrazado de Hitler. Y comprendes entonces todo: el pequeño dios terrorífico, el pequeño muñeco diabólico, el dueño de la vida y de la muerte no es más que un pobre diablo con bigote carnavalesco. Y allí lo vemos, puesto en mitad de una calle, con su patetismo de caricato suplantado por un cómico.


Porque la calle, la vida cotidiana, la gente que va y viene a sus afanes representa el triunfo de la realidad frente a esos sueños complicados y aterradores de la realidad que acostumbran tener los peleles que disfrutan de esa cualidad misteriosa -y a veces tan peligrosa- que llamamos carisma.

domingo, 18 de julio de 2010

MI PULPO Y YO















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El Mundial de Fútbol tuvo su componente sobrenatural, representado por el pulpo Paul, ese cefalópodo clarividente que viene a ser una versión marina de los adivinadores televisivos.


Aquí, como estamos acostumbrados a comérnoslos a la gallega, no hemos aprovechado el potencial esotérico que atesoran los pulpos en su cabeza de traza alienígena, y nos limitamos a cocerlos y a espolvorearlos con pimentón. Para ser pionero en algo, me he comprado un pulpo vivo. Se llama Peter.


Gracias a Peter, la semana pasada acerté el pleno de la lotería primitiva, y ya sé los números que saldrán premiados en el próximo sorteo de Navidad y en el del Niño. No es por darles envidia, pero, aparte de eso, conozco los resultados de los partidos de la próxima liga, por no hablar de los números de los cupones de la ONCE que van a ser elegidos por el azar de aquí a 2011. Al lado de mi pulpo Peter, en fin, Nostradamus no era más que un liante, por no hablar de Rappel o de Octavio Acebes.


Ahora bien, que quede clara una cosa: no todos los pulpos poseen facultades adivinatorias. Yo es que he tenido suerte y he dado con uno de los buenos a la primera, pero lo normal es que la gente se vea obligada a probar con varios pulpos antes de encontrar el adecuado. Si te sale malo un pulpo como vidente, tienes el consuelo de poder comértelo, porque todos los pulpos tienen el mismo sabor, ya sean del tipo corriente o del tipo nigromante.


Como voy a tener dinero para vivir a cuerpo de sultán de Brunei de juerga consumista en Dubai, pienso dedicarme a indagaciones ociosas, siempre en colaboración con Peter. Ya sé, por ejemplo, quién será el próximo presidente del Gobierno, qué porcentaje de trabajadores secundará la próxima huelga general, qué penas van a caerles a los de la banda Gürtel, cómo andará el PIB durante el próximo semestre, a cómo estará el Ibex 35 de aquí a dos años, y así. Gracias al pulpo, me he convertido en el hombre que sabe demasiado, y no sé si eso es bueno, porque la ignorancia del porvenir resulta más emocionante que la certeza sobre lo por venir.


He recibido varias llamadas de ministros para hacerme una oferta de compra sobre mi pulpo prodigioso. Les he dicho que el dinero me sobra y que, en cualquier caso, lo normal sería que el presidente del Gobierno crease para Peter un ministerio específico: el Ministerio de Futuribles y Fatalidades, o algo similar.


En este momento, Peter expande sus tentáculos fantasmagóricos sobre dos cajas de metacrilato. Tiene que elegir si nos vamos a la playa o si nos metemos en el jacuzzi de agua salobre, porque los dos vivimos a lo grande. Ya les contaré su decisión.


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domingo, 11 de julio de 2010

ROYAL CINEMA

















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Se hacía la oscuridad, y era el verano
entonces aún más denso: una mezcla
de fruta corrompida y mar caliente.

Pero era también, y sobre todo,
la imagen de jinetes que cruzaban
el oro degradado de un desierto,
o era un bajel en llamas,
con una media luna al fondo,
sobre un mar de artificio.

La noche de verano era una espesa
y macerada flor, y en ella había
piratas con pelucas empolvadas
y tipos con pistola, carruajes
tirados por caballos con penacho,
camino del castillo
de un vampiro galante, en Transilvania.

La noche lenta y honda del verano
eran estrellas rotas y fugaces,
un cielo de verbena, y allí estaban
los torvos pistoleros, los comanches,
el hombre de la máscara de plata
y las mujeres que expandían
un grávido perfume de pecado
por el aire sudado de la noche,
cuando se iluminaba la pantalla
y la fantasmagoría
iba tomando cuerpo en un corsario,
en un matón sombrío, en una rubia
platino que dejaba para siempre,
flotando para siempre en nuestros sueños,
un perfume vicioso de flores maceradas,
parecido al olor de los veranos.



(De El equipaje abierto, 1996)

(Por nostalgia crónica de los 7 cines de verano que hubo aquí. No quedó ni uno.)

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domingo, 4 de julio de 2010

VECINOS PECULIARES

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Cae la noche sobre el jardín y un vecino de la urbanización se sirve un trago del vodka que tiene camuflado en una botella de whisky. Con su mechero trucado (ese mechero que también realiza funciones de grabadora, de llave maestra por infrarrojos y de desactivador de alarmas) enciende un cigarrillo de la marca Belomorkanal que disimula en una cajetilla de Marlboro y se asoma a la ventana para contemplar las estrellas y todo cuanto pase por allí, porque él tiene la obligación contractual de estar pendiente de los detalles más insignificantes, de los movimientos más imperceptibles.


En su anillo, cuya piedra semipreciosa alberga una microcámara fotográfica de alta precisión, guarda material reciente: fotos de una manifestación de defensores de las ardillas, de una nueva sede de la asociación de los amigos del rifle, de la matrícula del coche privado de un concejal, de un sheriff meando en un callejón… Mañana redactará un informe cifrado sobre un kebab que han abierto al lado de la Oficina de Correos. De repente llaman a la puerta. Abre. “Venimos a detenerle”. (“¿Por qué?”, etcétera.) Y al talego.


Hace unos días, el FBI detuvo a 11 espías rusos que llevaban una vida apacible en Estados Unidos, todos ellos integrados entre el vecindario como amables patriotas, americanizados en apariencia hasta la médula, porque poco hubieran adelantado en su cometido profesional de haber salido a la calle con un gorro de astracán o de haber adoptado como mascota a un oso siberiano que respondiera al nombre de Stalin o de Breznev.


Supongo que la mayor vergüenza profesional para un espía consiste en que lo pillen, porque es lo mismo que si eres prestidigitador y te ven comprando un conejo en el mercado, pudiendo sacar los que quisieses, y gratis, de tu chistera. El Gobierno ruso ha dicho que estas detenciones le parecen “improcedentes y sin fundamento”, que es lo menos que podía decir, y no sería raro que dentro de unos días detuviesen en Rusia a varios espías al servicio de Estados Unidos, lo que propiciaría un tenso canje de prisioneros en plena madrugada, tal vez en algún paso fronterizo de Canadá o de Kazajstán, según.


Les confieso que estoy preocupado por la suerte de los espías detenidos. Los espías dan bien en las novelas y en las películas, porque allí pueden hartarse de culminar acciones peligrosas y de soltar frases lapidarias, pero en la vida real me temo que lo tienen más difícil, porque no es lo mismo acabar en una cárcel de cartón piedra que en una cárcel de hormigón, y no me atrevo siquiera a imaginar los motes que les pondrán allí, donde no creo que distingan con exactitud a un espía de un chivato.


Sea como sea, y dadas las incertidumbres de nuestro mercado laboral, lo de meterse a espía ruso no representa, en fin, una opción desdeñable. Y no puedo contarles más. Cambio y corto.


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domingo, 27 de junio de 2010

ÚLTIMAS PALABRAS


Queramos o no, tendemos a imaginar el momento de nuestra muerte con cierta solemnidad, porque no se muere uno todos los días.

Pero lo malo de la muerte es que no sólo suele llegar de manera inesperada, y casi siempre inoportuna, sino que también se permite gastar bromas, lo que es ya el colmo, porque hay cosas con las que no debiera jugarse. Qué sé yo: sales a comprar unas azucenas y te cae en la cabeza una maceta de geranios. Coges el coche para irte de vacaciones a la playa y, en vez de pasarte el día comiendo sardinas y bailando rumbas, acabas oyendo la trompetería celestial de los ángeles.


Nadie piensa, en fin, que va a tener una muerte ridícula. Pero…

Werner Fuld se entretuvo en recopilar un Diccionario de últimas palabras, que aquí publicó Seix Barral. Las últimas palabras de personajes más o menos célebres o de meros mindundis, pronunciadas justo antes de quedarse mudos para toda la eternidad -a menos que, por cualquiera sabe qué razón, alguno de ellos haya decidido ejercer más allá de la muerte de espectro ululante.

Ana Bolena, segunda esposa fallida de Enrique VIII de Inglaterra, al subir al cadalso para ser decapitada, le dijo al verdugo: “No os dará ningún trabajo. Tengo el cuello muy fino”. En el mismo trance, al aristócrata francés Henri de Xavière le ofrecieron un vaso de vino, a lo que respondió: “No, gracias. Cuando bebo suelo perder el sentido de la orientación”.

Según quiere la leyenda, las últimas palabras de Humphrey Bogart fueron las siguientes: “No hubiera debido cambiar el whisky escocés por el martini”. También en el ámbito del alcohol, se cuenta que, un segundo antes de caer acribillado a tiros por unos esbirros de Al Capone –o quizá por Al Capone en persona, según la suposición de algunos-, el periodista Jake Lingle pronunció estas soberbias palabras: “¡En esta ciudad soy yo quien fija el precio de la cerveza!”

No faltan las bromas. Luis José Monge, condenado a muerte por el asesinato de su mujer y sus tres hijos, antes de entrar en la cámara de gas preguntó a los guardias: “El gas no será malo para mi asma, ¿verdad?”Según se cuenta, el poeta Walt Whitman consideraba que las últimas palabras de una persona debían ser una especie de síntesis de toda su vida, y se afanó en tener esas palabras previstas y ensayadas, aunque, en el momento de irse al otro mundo, de su boca salió una palabra que no estaba en el guión: “¡Mierda!”

Pero, en resumidas cuentas, ¿qué más da una cosa u otra? Cuando la muerte se nos acerca, todos somos un animal asustado, o perplejo, o confundido. En ese instante, nada nos diferencia del primer homínido que notó cómo el mundo se le desvanecía alrededor, cómo se le nublaba la vista, cómo se iba disolviendo su conciencia en la inmensidad de la nada, por decirlo de alguna manera.

Últimas palabras, en fin, que nunca pueden expresar una verdad, porque no es buen momento para las verdades. Julie de Lespinasse, dama parisina y dieciochesca, por ejemplo, murió preguntando “¿Estoy viva todavía?” Y esa pregunta me temo que sirve como comodín para cualquiera.

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domingo, 20 de junio de 2010

NEOPOBREZA







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Por lo visto, se acabó la fiesta. Todas las fiestas se acaban, claro está, lo que no impide que todo final de fiesta provoque melancolías más o menos inconcretas.

En España, la fiesta de la prosperidad duró lo suficiente como para que nos acostumbrásemos a la vida fácil, de igual modo que ahora tendremos que ir acostumbrándonos a la vida difícil, porque se ve que esto va como los péndulos. Se acabó la fiesta, ya digo, y ahora vienen las melancolías y las nostalgias.

Nostalgias, por ejemplo, de aquellos tiempos irrepetibles en que los bancos te enviaban cheques que podías hacer efectivos al instante, sin necesidad de avales ni de avalistas, e incluso te proporcionaban sugerencias para gastar el importe: la primera comunión de tu hijo, el crucero que siempre quisiste hacer, la reforma de la cocina… Porque en aquel entonces los bancos parecían no sólo entidades filantrópicas, sino incluso paternales: te ofrecían dinero sin tú pedírselo, y llegabas a pensar que en los consejos de administración de los bancos se habían infiltrado los de Cáritas, los de Intermon y los sobrinos nietos de la madre Teresa de Calcuta, porque aquello era un conceder descompasado, y la imaginación -en su inocencia- te susurraba que los bancos tenían tantísimo dinero, que no les cabía en la caja fuerte, de modo que no les quedaba más remedio que echar fuera el excedente cuanto antes, y a espuertas: allá va.

Nostalgias de aquellos tiempos, cómo no, en que los aristócratas y los terratenientes recibían subvenciones para cultivar sus latifundios o para dejarlos en barbecho, porque había subvenciones para ambas modalidades. Nostalgias de aquellos tiempos en que cualquier vicedelegado, subdelegado o infradelegado tenía un coche oficial a la puerta de su casa para llevarlo a cumplir sus misiones peligrosas. Nostalgias de aquella época en que un lehendakari podía alquilar un avión privado con cargo al presupuesto para dar una conferencia en Irlanda, porque se ve que allí no pueden vivir sin eso. Nostalgias de aquella edad de oro de ley en que, después de cualquier acto institucional, llegaban las gambas y la caña de lomo, el jamón y el tinto de reserva, porque habíamos llegado a tal extremo de prosperidad, que cualquier cosa parecía una boda. Nostalgias de aquellas bodas imperiales que se financiaban con los préstamos personales que regalaban los bancos. Nostalgias de aquellas primeras comuniones que parecían bodas imperiales. Nostalgias.

De ser nuevos ricos, hemos pasado a convertirnos en nuevos pobres. Y cada cosa tiene sus ventajas y sus inconvenientes: ser un nuevo rico es una catetada, pero ser un nuevo pobre es una putada, sobre todo si ya ha pasado uno por la experiencia inenarrable de ser un nuevo rico.
Se acabó la fiesta, en fin, y hemos vuelto a la realidad. Y ante la realidad, cuando viene cruda, no se fantasea: se sobrevive. Y en eso estamos.

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lunes, 14 de junio de 2010

EXCUSAS


El hecho de excusarse por una fatalidad resulta tan raro, que mucho me temo que la mayoría de las veces deberíamos excusarnos por presentar excusas.

Nos vemos obligados, no sé, a aplazar una cita y nos enredamos en explicaciones complicadas, a menudo incomprensibles para su destinatario, que lo que menos suele necesitar en este mundo son explicaciones, porque todos andamos un poco saturados de epopeyas ajenas: “Es que, justo a esa hora, tengo que llevar a mi tía Remedios al cardiólogo y…” ¿Y qué? Allá tú con tu tía Remedios, camarada, y allá tu tía Remedios con su corazón, que es el más privado de todos los músculos. “No puedo ir”, y ya vale, porque la excusa no sólo es siempre divagatoria, y a menudo falsa, sino que implica además una especie de arrogancia rebelde con respecto al azar: si conciertas una cita con alguien, lo normal es que algo acabe impidiéndola, porque el azar es una máquina incesante de contratiempos.

Lo milagroso es que podamos acudir puntualmente a una cita fijada con una quincena de antelación, pongamos por caso, porque en 15 días pueden ocurrir muchas cosas, demasiadas tal vez: desde un dislocamiento de tobillo hasta una invasión extraterrestre. En la fijación de una cita hay, en fin, una dosis imprudente de optimismo, en buena medida porque cualquier actitud optimista con respecto al futuro conlleva una imprudencia: “Nos vemos el viernes para comer”, dices un lunes, sin tener en cuenta la cantidad de imprevistos que pueden surgir entre un lunes y un viernes, porque el fluir del tiempo viene a ser la chistera de un mago burlón y diabólico.

La excusa es una forma de cortesía, pero hay quien comete la descortesía de exigirnos la exégesis de la excusa. “¿Por qué no puedes ir?” Y ahí empieza la vacilación, pues todo el que se excusa de forma detallada titubea, tal vez porque las excusas están hechas de una materia lógica muy frágil: ¿quién puede comprender que anules una cita porque tienes que llevar el perro a la peluquería de perros, en la que tardan más en darte número que en la sanidad pública y humana?, ¿quién va a tomarse en serio la excusa de que tienes un ataque de ciática justo el día en que se casa un pariente tuyo en un cortijo decorado al estilo vienés que está a más de 200 kilómetros de tu casa?, ¿quién va a creerse que te ha salido un flemón justo una hora antes de la gala de fin de curso de tus sobrinos?

Todo el que se excusa, en definitiva, miente, por más que diga la verdad. No existen las excusas convincentes: todas son sospechosas. Si no puedes acudir a una comida de negocios o a una cena romántica porque te has muerto, mejor que tus familiares lleven el ataúd al restaurante, porque de lo contrario quedarás fatal.

Cuando nos excusamos por algo, por nimio que sea ese algo, nos sentimos despreciables y débiles, unos antihéroes del destino, unos seres incapaces de sujetar con dominio y valentía las riendas de la realidad, que se nos va de las manos a la mínima, como me ha ocurrido, sin ir más lejos, con esta entrada, en la que pensaba hablar de lo raro que está este mes de junio, aunque luego ha tomado esta deriva absurda, por lo que les presento mis excusas más desconsoladas, aun sabiendo de sobra la efectividad que tienen las excusas.


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lunes, 7 de junio de 2010

FORMULACIONES TAUTOLÓGICAS



Formulaciones tautológicas.
ZUT EDICIONES. Málaga, 2010.
104 páginas. Interior a 2 tintas.
Impreso en papel Gardapat Kyara de 135 gramos.
Formato: 24 x 17
Precio: 18 euros.




NUEVO LIBRO

Acaba de salir en ZUT EDICIONES mi libro Formulaciones tautológicas, una serie de 21 collages no sé si absurdos o tangencialmente surrealistas -o tal vez inevitablemente surrealistas- que me distraigo en componer con recortes de revistas del XIX, acompañados de una especie de microrrelatos (que he preferido denominar "informes") sugeridos por las imágenes.

Perdón por la autopromoción, pero la tirada es corta (para subrayar su condición de libro anómalo y más o menos para coleccionistas... de quién sabe qué, digamos, o para... incondicionales, si los hubiera) y no estará disponible en demasiadas librerías. Si alguien tiene interés, puede pedir información a: zut-ediciones@zut-ediciones.com

Va una muestra:

E L . M A R



Como todos los niños bicéfalos de Baltimore, Leopold, hijo único del magnate Dowson, era un lector empedernido de ficciones. El problema radicaba en que una de sus cabezas era incondicional de Herman Melville, mientras que la otra lo era de Joseph Conrad. De todas formas, ambas cabezas coincidían en su fascinación por la vida marítima y, al cumplir 14 años, Leopold le reveló a su padre su intención innegociable de embarcarse en el primer pesquero que partiese de los muelles.

Ante aquel despropósito, su padre reaccionó como lo haría cualquier padre: encargando la construcción de un mar artificial de tres niveles para disfrute de su hijo.

Leopold se dio por satisfecho y cada tarde, al salir del Liceo Alemán, se disfrazaba de almirante o de patrón de altura, según se sintiera bélico o mercantil, y se entretenía con su juguete líquido.

Hasta que el 3 de febrero de 1914, que fue un año malo para casi todo, se originó en el nivel superior de su mar artificial un maelström artificial y Leopold murió ahogado.

Se le enterró con honores militares artificiales, en atención a su quimera de declararle la guerra a Canadá.






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