lunes, 3 de mayo de 2021

LA HORA DEL VOTO

 

Mañana los madrileños irán a votar y el resto de los españoles descansaremos al fin de una campaña electoral especialmente crispada que, en un plano estrictamente territorial, ni nos iba ni nos venía, pero que se nos coló en casa gracias a ese centralismo informativo que sobrevive a la fragmentación autonómica, hasta el punto de que conocemos mejor a los candidatos de allí que a nuestros respectivos gobernantes regionales.

         De la campaña podemos concluir varias cosas, todas ellas tan desconcertantes como edificantes. Por ejemplo, que los madrileños, según la percepción de quienes se ven como afectados, son víctimas de una creciente madrileñofobia. Y es que si Cataluña disfruta –y nunca mejor dicho- de la catalanofobia, Madrid no podía ser menos: ¿qué región del mundo puede vivir sin una idiosincrasia y sin agravios a su idiosincrasia?

También se deduce, con arreglo a las proclamas de algunos candidatos, que Madrid atesora la esencia milenaria del españolismo, previa incluso a la existencia de España: algo así, no sé, como un bastión irreductible frente a la amenaza del comunismo, al que algunos combaten mediante la defensa de una especie de vitalista anarquismo de derechas, ideología parapolítica que defiende aspectos tan variados como pueden serlo la bajada de impuestos como método para garantizar los servicios públicos o bien el consumo de cerveza, en tiempos de pandemia, como un acto cívico de libertad y rebeldía identitaria. (No en vano la actual presidenta en funciones dejó claro en su día que a Madrid emigra lo mejor de las Españas, mientras que en el resto del territorio se supone que se queda la gleba improductiva y subvencionada, dato que ya conocíamos, no obstante, por boca de algunos líderes catalanes.)

         Por si faltaba algo, entraron en campaña las amenazas de muerte, lo que añadió una dimensión épica a lo que en principio estaba limitado a ser una mera trifulca. Un asunto desagradable, por supuesto, pero todo el mundo sabe –y mejor que nadie los políticos- que el peligro de verdad no está en que te amenacen de muerte, sino en que te maten sin amenaza previa, porque quien tiene decidido matarte, salvo que medie un chantaje previo, no suele practicar la cortesía de avisarte de sus intenciones, aunque ¿quién renuncia –y menos en campaña- al prestigio de lo dramático?

Todos nos llevamos una sorpresa al saber que el único identificado como autor de esas amenazas es un enfermo mental, cuando se supone que deberíamos dar por sentado que ese tipo de acciones las llevan a cabo las personas que están plenamente en sus cabales.

“Nuestra democracia está amenazada”, enfatizaron algunos, elevando la anécdota a categoría con la misma lógica con que podríamos deducir que, tras el atraco a una joyería de barrio, la industria joyera del país está al borde de la extinción.

         En estos casos, en suma, todo vale. Y mañana votarán. Y entonces, pase lo que pase, empezará allí el verdadero lío.


.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Amenazas o autoamenazas ,😂😂😂😂😂