En este enlace se pueden leer las primeras páginas de la novela.
(Llegará a librerías el 28 de abril.)
http://static0.planetadelibros.com/libros_contenido_extra/33/32181_El_azar_y_viceversa.pdf
sábado, 2 de abril de 2016
viernes, 1 de abril de 2016
En Los diablos azules, el suplemento de libros del diario Infolibre, leo un poema:
http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/04/01/meditacion_del_tacto_felipe_benitez_reyes_47044_1821.html
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http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/04/01/meditacion_del_tacto_felipe_benitez_reyes_47044_1821.html
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martes, 29 de marzo de 2016
LA HORA ELÍPTICA
El domingo pasado tuvimos que adelantar una hora los
relojes, porque incluso el Tiempo acaba siendo esclavo de las decisiones
políticas, a las que todos nos debemos, seamos personas, seamos ganado ovino o
vacuno o bien seamos abstracciones. No puedo presumir de ser lo que se dice un
especialista en cambios horarios, todo lo contrario más bien, aunque supongo
que existirán tantas razones para adelantar la hora como para dejarla como
estaba, a pesar de que las razones en contra resultan ociosas a estas alturas:
las 11 de la mañana son ya las 12 del mediodía, inexorablemente, hasta que nos
den la contraorden de atrasar los relojes,
allá por el otoño, que es precisamente cuando a uno le gustaría que el
anochecer llegara más tardío, para aplazar un poco el efecto de esa melancolía
sin porqué y sin alivio que suelen inocularnos las tinieblas durante las
estaciones frías.
Vive
uno de repente en una especie de doble régimen temporal, no sólo porque cuesta
habituarse a esta elipsis, a esta hora robada, borrada por decreto y de un
plumazo de la historia general del tiempo, sino porque la pereza nos hace dejar
en la hora antigua ese reloj de pared que queda altísimo, hasta que un día
cojamos la escalera de mano para alguna otra cosa y adelantemos las manillas de
ese reloj recalcitrante, marcador de una hora difunta, rezagado y absorto en su
lógica de mecanismo invariable, ajeno al quita y pon que se traen los humanos
con las horas. También seguirán marcando una hora anticuada esos relojes de
pulsera que apenas usamos y que, no obstante, prosiguen su fiel tictac en el
cajón de una cómoda o en el secreter de la mesilla de noche, y, cuando algún
día saquemos alguno de ellos de su estuche, creeremos al pronto que se nos ha
averiado, pero luego nos acordaremos del cambio primaveral de hora, y
pensaremos en esa hora que jamás existió, y sincronizaremos entonces el reloj
cimarrón con sus colegas vanguardistas.
Los
relojes llamados digitales merecen capítulo aparte, ¿verdad? Porque las
manillas de un reloj de cuerda las movemos con facilidad y sin tener que pensar
siquiera en cómo hacerlo, por un acto reflejo adquirido desde que nos regalaron
nuestro primer reloj ruidoso, pero ¿cómo se adelanta un reloj digital? No creo
que nadie se sepa eso de memoria, de modo que hay que recurrir al manual de
instrucciones, y entonces surge un problema complementario: ¿dónde estará el
manual de instrucciones del reloj? Revuelves media casa y, por fortuna, el
manual aparece antes de verte obligado a revolver la otra mitad. “Estupendo”,
dices, así que abres el manual de instrucciones, que viene en ocho idiomas, y,
al leerlo en español, compruebas que lo mismo te daría leerlo en japonés, por
la simple razón de que el manual instructivo de tu reloj digital de fabricación
taiwanesa parece haberlo traducido un musulmán suní de Tayikistán emigrado a
Kao-hsiung para aprender la lengua de Cervantes en la academia de idiomas
clandestina de un turcumano.
Y es que con el tiempo, en
fin, conviene jugar lo menos posible, por si acaso. Por si acaso le da por
jugar a correr más aprisa.
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domingo, 20 de marzo de 2016
DESDE SU YO
(Publicado ayer en prensa)
Para postularse como presidente
de un país hay que tener un concepto muy alto de uno mismo. También cabe la
posibilidad de que se tenga un concepto muy bajo del país, aunque eso suele
mantenerse en secreto. En la valoración positiva de uno mismo hay grados, como
en casi todo: desde la simple autoestima hasta la compleja egolatría, que viene
a ser algo así como la interpretación barroca y sinfónica del yo, pasando por
todos los matices que se nos ocurran, que sin duda no serán escasos. Por ejemplo,
cuando Pablo Iglesias concedió una entrevista televisiva en su casa y recibió
con la melena suelta a la periodista, le dijo: “Muy poca gente me ha visto con
el pelo suelto. Eres una privilegiada”, y ahí delató más cosas de la cuenta. Desde
entonces, ha concedido al país otros privilegios; entre ellos, el de
desmelenarse simbólicamente en el Congreso para tildar de asesino al
expresidente González o el de brindar al tendido de sol un Gobierno mixto con
el PSOE a espaldas del PSOE. Y es que, cuando el ego se amplifica y se desata,
ni siquiera el gestor del ego acierta a controlarlo, al ser su registro natural
el del énfasis y la demasía, con los riesgos que conlleva esa acentuación
orgullosa de la identidad.
Hace
unos días, Iglesias difundió una carta abierta, de entonación apostólica, a los
militantes de Podemos. Su reclamo resultaba tan desconcertante como prometedor:
“Defender la belleza”, que parece el lema de un certamen de Miss Universo o el
título de la proclama estética de un poeta del romanticismo británico. En esa carta
pastoral en versión laica se nos revela la condición de esa “belleza”, a saber:
“Ninguna formación cuenta hoy con el tesoro con el que cuenta Podemos: la
ilusión por la belleza de lo que estamos construyendo”. No sabe uno si la aplicación
del concepto de “belleza” a un proyecto político resulta adecuada. Posiblemente
no, pero, en su carta de tono henchido y a la vez delicuescente, Iglesias tiene
el arrojo –sin duda involuntario- de incorporar a la política un componente
inédito: la cursilería, que es un defecto que los cursis suelen considerar una
virtud. Bien es verdad que algunos políticos nacionalistas tienden a adornar su
discurso con elementos líricos referidos a la patria oprimida, a las
emanaciones telúricas y todo eso, pero la cursilería, ya digo, puede
considerarse una innovación, y les confieso que no me parece mal: el cursi
puede mentir, pero nunca engaña, sobre todo si, como es el caso, acierta a
contrapesar sus empalagos con una actitud de visionario iracundo.
No puede uno
saber si esa especie de bipolaridad responde a una personalidad compleja o a
una personalidad calculada, pero, en cualquier caso, tanto da: la suya es la
antigua fórmula del mesías que promete paraísos a la vez que amenaza con
infiernos, que promueve mensajes edulcorados a la vez que chasquea el látigo
para expulsar del templo a los mercaderes, sin la excepción –si se tercia- de
sus correligionarios. Y es que hay algo de líder religioso en este líder
político, y de ahí tal vez buena parte de su éxito, basado en el prestigio
irracional de la promesa de una redención comunitaria de carácter expeditivo,
sin renunciar siquiera a arrogarse el mayor martirio de todos los posibles: “En
la historia reciente de España, jamás una fuerza política recibió tantos
ataques”, que es algo que no sólo desmentirían las hemerotecas, sino también
otros factores más abstractos: la lógica, la verdad y el sentido común.
Hay
demócratas peligrosos que consideran un peligro democrático a Iglesias y a los
suyos. No. Qué disparate. El peligro sería que la sugestión colectiva, que de
por sí puede ser bastante voluble, cayese del lado de la extrema derecha, que
también promete paraísos, normalmente –y ahí está lo peligroso- sobre las
ruinas de los paraísos frustrados.
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martes, 8 de marzo de 2016
domingo, 6 de marzo de 2016
POLÍTICA CAPILAR
La de político es una profesión
de alto riesgo: incluso un bote de gomina puede convertirse en un enemigo imprevisto.
La noticia es ya antigua, de hace más de una semana, pero les confieso que
sigue rondándome: en un momento de iluminación gubernativa y de dandismo
ingobernable, el alcalde de Zaragoza tuvo la ocurrencia de mezclar la política
con la cosmética y cargó al consistorio el gasto de un bote de gomina, con el
argumento de que tiene que estar “presentable y decente”, sin pararse tal vez a
pensar que la condición de “presentable” es de orden estético y que la
condición de “decente” es un atributo de orden moral que poco tiene que ver la
gomina.
Como no suele
haber desmán sin precedente, al ser nuestro mundo un lugar muy viejo y muy
baqueteado, ya en 1998 el entonces alcalde de León, del PP, endosó al
Ayuntamiento una factura de 13,82 euros por cinco botes de ese mismo producto.
El de Zaragoza en Común ha cargado 15,90 euros por un solo bote, lo que nos da
idea no sólo de lo que ha subido de precio la gomina, sino también de lo poco
que ha subido el sentido común de nuestros gobernantes. Hay que reconocer, en
su descargo, que el alcalde maño ha alegado que ha pagado de su bolsillo el
cepillo de dientes que tiene en las dependencias oficiales, e incluso se ha
mostrado dispuesto a someterse al martirio económico de pagarse el papel
higiénico. Eso está bien, pero no hay que llegar a tanto, siquiera sea para no
mezclar la cabeza con el culo, por mucho que a veces no sepamos de cuál de
ambos sitios ha salido una decisión municipal.
En
un país en que el grado de corrupción se cuenta por miles de millones de euros,
lo del bote de gomina no pasa de ser una humorada, con su punto incluso de
ternura ingenua: la gomina como complemento indispensable de la alcaldía.
(“Porque yo lo valgo”.) Pero hay ocasiones en que la corrupción no se cuenta en
billetes, sino en alteraciones del pensamiento: si un alcalde considera que el
gasto en gomina está “plenamente justificado”, tiene un problema de apariencia
ridícula, pero de esencia grave: ignorar los límites de lo personal y de lo
público. Y ahí suelen empezar los líos, ya sea para cobrar una comisión del 3%
o para cargar como gasto institucional un bote de fijador.
Siempre
será preferible que nuestros políticos nos sisen gomina en vez de carretadas de
dinero, por mucha que sea a estas alturas nuestra resignación con respecto a lo
segundo. Pero sería de agradecer que quienes se postulan como gobernantes lo
hagan desde una reflexión previa, una reflexión en la que lleguen a plantearse,
desde un plano metafísico, si la gomina es o no un componente municipal, y de
ahí para arriba. Y es que, con lo complicada que es la vida de por sí, no
podemos estar alimentando la sospecha cada vez que veamos a un alcalde con el
pelo engominado. Una sospecha incolora y pegajosa. Con su brillo presuntamente delator.
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viernes, 4 de marzo de 2016
(Respuestas a la entrevista que me hizo Lauren García a propósito de la publicación de Las formas de la luna y que se publicó ayer en La Nueva España.)
Con el paso de los años, ¿se le afianza un criterio propio a la hora de
establecer un canon de su poesía?
-El paso del tiempo suele traer menos
certezas que incertidumbres. La relación que uno mantiene con lo que ha escrito
no sólo es conflictiva, sino también inestable. Hay poemas que en principio te
resultaban secundarios y que a la larga potencian su significación privada, y
al revés. Una obra literaria es un organismo cambiante que actúa además sobre
el ente mudable que la escribió.
Podríamos hablar de una primera parte de su poesía más influida por
un corte bohemio….
Bueno, bohemio tal vez sea mucho
decir. Fui un joven que salía mucho de noche, como casi todos. Y me gustaban
los maudits franceses y los modernistas
hispánicos, con su decadentismo y sus cadencias alejandrinas. Pero le aseguro
que nunca llegué a tomar absenta ni a pedir dinero prestado a nadie, y me temo
que eso me inhabilita como bohemio en sentido estricto.
Después fue apareciendo un componente más metafísico y meditativo…
-Eso lo impone la edad, supongo. La
juventud es fundamentalmente acción. La madurez propone pactos más abstractos
con tu pensamiento. Más abstractos y más complejos. Innecesariamente complejos
tal vez, pero inevitablemente complejos. Por una cosa o por otra, en la vida se
avanza poco. Tiene más de espiral que de camino.
¿Sirven las ausencias del mundo editorial para que el autor reflexione y
no se repita?
Repetirse no es malo si la repetición
es buena. Todos los autores tienen derecho de plagiarse a sí mismos, siempre y
cuando el plagio esté a la altura del original; es decir, siempre que el autor
esté a la altura de su rango. Se produce la paradoja de que exigimos a un autor
que sea dueño de un estilo propio y, cuando lo consigue, le exigimos que no sea
esclavo de su estilo. El problema tal vez no sea tanto la reproducción de una
fórmula como la degradación de una fórmula.
¿Qué me puede adelantar acerca de la novela que se publicará en mayo?
Las novelas, si se resumen, siempre
parecen una tontería. La mía trata de lo mismo que el Lazarillo o David Copperfield.
Es decir, la invención de una conciencia a través de la invención de una vida.
¿Ha de partir la buena literatura del ingenio?
Depende de lo que entendamos por
ingenio. Por sí mismo, el ingenio es un factor más, no un factor determinante
de la escritura. Ser ingenioso lo mismo puede ser una virtud que un defecto.
Más que ingenioso, creo que a un autor le conviene ser astutamente imprevisible.
Y muy prudente con respecto al ingenio, que puede provocar hartazgo.
Ha conquistado un humor muy propio en su obra, ¿ha de moldear suavizar el
mundo y la literatura?
Para mí el humor no consiste en hacer
reír, sino en establecer con la realidad una relación razonable y equilibrada.
Una relación de distanciamiento que me permita interpretarla con más cercanía.
La solemnidad te lleva por lo general a la grandilocuencia y al tremendismo. La
vida es fascinante y a menudo puede resultar terrible, pero también es bastante
absurda y ridícula. Si prescindimos del humor, le mutilamos la mitad.
¿Qué postura ha de adoptar el escritor ante la calamitosa realidad actual?
La que cada cual considere oportuna.
Tengo la suerte de escribir artículos de opinión en periódicos. Por ahí me
aplico a ponerme los incidentes de esa realidad en claro, dentro de lo que
cabe, que nunca es mucho.
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jueves, 25 de febrero de 2016
UNIFORMIDAD
debemos a aquel militar desconocido que cayó
en la cuenta de que un militar sin uniforme no iba a ninguna parte. Resulta
lógico suponer que los militares prehistóricos –prehistóricos como tales
militares- vestían la misma ropa con que asaban un mamut o cultivaban la
tierra, de modo que, cuando a un gerifalte le daba por gritar “¡Al ataque!”, la
tropa se quedaba donde estaba, con el espíritu marcial adormecido, pensando:
“Al ataque vas a ir tú, Manolo”. Ahora bien, cuando el gerifalte Manolo –o
quien fuese- decidió ponerse un casco con unos cuernos más largos que los de
los demás, la cosa cambió, y no digamos cuando tuvo la ocurrencia de adornarse con
unas cuantas medallas y de cambiar los cuernos por un penacho. A partir de ese
momento, los soldados se tomaron en serio el grito de ataque, así les costase
la vida, o al menos unos dientes o una oreja, que cualquier cosa puede
desgraciarse en mitad de una batalla. Gracias a unos simples complementos
indumentarios, Manolo pasó de mero Manolo a general glorioso y a paladín
natural de los suyos.
Lo
raro es que los políticos no hayan seguido el ejemplo de los militares y se
conformen con perpetuar el traje chaqueta como uniforme de trabajo… al menos
hasta las pasadas elecciones, en que la moda de los mandatarios se ha
diversificado un poco.
Nos
tomaríamos más en serio a un presidente de diputación, por ejemplo, si tuviese
un uniforme específico, con entorchados y charreteras, con condecoraciones y
por supuesto con un sable, porque sin sable no hay sugestión completa de
autoridad. Nos infundirían más respeto los concejales si se pasearan por el
pueblo con un uniforme acorde con la dignidad consustancial a su cargo, con
todas las variantes autonómicas –eso sí- que fuesen precisas. Entraría en un
bar un teniente de alcalde con su uniforme privativo y todos nos quedaríamos de
repente en silencio, sobrecogidos por la emanación de mando de su persona, que
pediría un café con leche con la misma solemnidad con que Julio César ordenó
conquistar la Galia. Por
no hablar de los ministros y del presidente del Gobierno, que podrían lucir medio
imperiales, con más ornamentos que un rajá.
El
único inconveniente sería, eso sí, que tendríamos casos de corrupción ligados a
los uniformes de los políticos: “Investigado un consejero de cultura por la
compra fraudulenta de mil metros de entorchados”, “Encarcelado un alcalde por
haber encargado los uniformes de la corporación municipal a la sastrería de un
pariente suyo”, “Detenido por prevaricación un presidente autonómico por
otorgar medallas al mérito civil a cinco de sus exconsejeros inhabilitados por
el caso de los yelmos institucionales diseñados por Calatrava”… Y así
sucesivamente.
Pero
¿qué importarían unos cuantos desmanes más a cambio de lo que saldríamos
ganando en etiqueta y distinción?
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lunes, 15 de febrero de 2016
ANTOLOGÍA DE POEMAS
Acaba de salir esto. (Tardará unos días en llegar a librerías. Si alguien
tiene interés, puedo pedirlo directamente a
renacimiento@libreriarenacimiento.com)
Páginas: 244 págs.
Medidas: 12×17 cm.
Cubierta: Rústica con solapas, plastificado brillo
ISBN: 978-84-16246-13-4
PVP: 12 €
sábado, 13 de febrero de 2016
CONJETURAS
(Publicado en prensa.)
“Hemos hecho historia, hemos
hecho presente y el futuro es nuestro”. Lo proclamó Pedro Sánchez nada más
conocerse el resultado de las pasadas elecciones generales. Si se tiene en
cuenta que el PSOE había tenido el peor balance de su historia reciente, la
frase podría traducirse al idioma de la realidad de este modo: “Hemos hecho el
ridículo, nos hemos quedado sin presente y mi futuro consistirá en dimitir”.
Pero nunca se ha visto que un político considere un impedimento la evidencia de
un cataclismo para alardear de una victoria imaginaria.
Tras
el fracaso electoral, y ante los asedios internos, Sánchez tenía dos opciones
de supervivencia política de magnitud completamente opuesta: renunciar como
candidato presente y futuro de su partido o bien procurar hacerse con la
presidencia del Gobierno, aunque imagino que muy consciente de que hay
maniobras de supervivencia política que acaban en suicidio político, y
viceversa: Rajoy, sin ir más lejos, ha optado por una simulación de suicidio
como argucia para sobrevivir.
A
estas alturas, el perdedor Sánchez ha asumido, en fin, la teatralidad del
triunfador, y él sabrá.
Ojalá me
equivoque, pero me temo que cualquier gobierno que logre formar Sánchez será
inoperante, extremadamente frágil y sobre todo fugaz, entre otras razones
porque tendrá al enemigo sentado en su consejo de ministros y al Senado a la
vuelta de la esquina. Si alguien cree que Podemos está dispuesto a gobernar
lealmente con el PSOE (un partido al que considera de izquierda cuando le
interesa y un partido de la casta cuando le conviene), merece que se le alabe
la inocencia, pero poco más que eso. No da la impresión de que Pablo Iglesias
esté dispuesto a ser cabeza de ratón ni rabo de león durante mucho tiempo.
Tampoco a resistirse a convertir a sus posibles socios de gobierno en rehenes
de unas exigencias inflexibles, porque en el fracaso inducido de ese gobierno
estará la base de su éxito futuro: “Hicimos cuanto pudimos, pero no hubo
manera”.
Al fin y al cabo, la estrategia esencial de Podemos es muy simple,
porque en política casi todas las maniobras efectivas lo son: asumir y exhibir
la queja colectiva, postularse como el remedio mágico universal y hacerse con
un electorado múltiple, menos unido por unas causas concretas que por unas
cruzadas difusas, a la búsqueda no sólo del votante ideologizado, sino también
del meramente quejoso, vulnerable al discurso de la inmediata redención global,
y de esos van a ir sobrados gracias al historial de gestión de los dos partidos
hasta ahora dominantes. Con un par de jugadas maestras, Podemos logró dar jaque
mate a Izquierda Unida. No hay que ser vidente para adivinar cuál será su
próximo trofeo, en especial si se tiene en cuenta que la de Iglesias tal vez
sería la formación más beneficiada por una nueva convocatoria electoral.
Y es que un país se vuelve preocupante cuando los considerados demagogos empiezan a tener no sólo la sartén por el mango, sino también gran parte de razón.
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jueves, 11 de febrero de 2016
martes, 2 de febrero de 2016
IMPOSIBILIDAD DE PACTO POR CORRUPCIONES AJENAS
Dijo el conde Drácula al Hombre Lobo: "No puedo salir de noche contigo porque siempre acabas liándola".
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DADAÍSMO A LA MANERA HISPÁNICA
El poeta José Hierro haciendo el pino ante la mirada atenta de Caballero
Bonald, ante la mirada más dispersa de Rafael Montesinos y ante la mirada regocijada del colombiano Eduardo Cote, entre otros
testigos no identificados.
lunes, 1 de febrero de 2016
La diferencia entre los aficionados al carnaval y los aficionados a la
semana santa -aunque los hay que combinan- está en que los primeros se
conforman con el presente fugaz y los segundos -más materialistas-
tienen puesta la vista en un futuro eterno.
Ambos coinciden -eso sí- en la necesidad del disfraz como complemento ontológico.
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