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viernes, 3 de julio de 2009

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA


EL 3 DE JULIO DE 1888 NACIÓ EN MADRID RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, TAL VEZ EL MAYOR ILUSIONISTA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA DE TODOS LOS TIEMPOS.
VA ESTE ARTICULILLO QUE PUBLIQUÉ SOBRE ÉL HACE 20 AÑOS.
...Y FELIZ CUMPLEAÑOS EN LA ULTRATUMBA, MAESTRO.



RAMÓN




No son muchas las ocasiones en que una obra literaria presenta apariencia de caleidoscopio: un complicado dibujo cambiante... o, si se prefiere, una baraja de naipes compuesta de piezas dispares, cada una de ellas de formato y de estampa diversos. Naipes que nunca podrían componer un repóquer, sino combinaciones estrafalarias cuya única fortuna fuese la sorpresa de la combinación en sí.

Quizás más que ninguna otra imaginable, la obra de Ramón Gómez de la Serna puede acogerse con toda legitimidad a esta apariencia de caleidoscopio y de baraja sorpresiva y caótica.

Da la impresión de que Ramón Gómez de la Serna se dedicó a escribir porque no servía para ser trapecista, domador de elefantes, organillero de verbena o mago de circo. Un señor orondo y bajito como él sólo podía ejercer con talento de malabarista el oficio literario. Un oficio oscuro que él hizo radiante como una guirnalda de carnaval, atrevido como un salto mortal sobre la cabeza asombrada de los lectores, sorpresivo como una sesión de magia con trampa y cartón.

Cada vez que se ponía a escribir, Ramón acababa sacando un conejo saltarín de un sombrero de copa, porque eso era lo que realmente le gustaba.

Ramón no sólo quiso inventar la greguería, sino también la novela superhistórica y la falsa novela. Fue, además, un vanguardista que practicó el más castizo laísmo.

Sus títulos no deberían venderse en librerías sino en almonedas, en tiendas de artículos de broma, en los kioscos de los cines de barrio o en el almacén de los gigantes y cabezudos; su nombre no debería escribirse en la historia de la literatura, sino en la Gran Historia de no se sabe exactamente qué.

Cuando abrimos un libro de Gómez de la Serna parece que abrimos la puerta, rotulada con luminotecnia, de un cabaret de variedades.

Por cada página de Ramón corretea el fantasma de un arlequín piruetero gastando bromas. Saltan los conejos sacados de la chistera. Y la propia chistera, que funciona con cuerda, sale andando, marcial y circense, si lo pide la ocasión.

(1989)

domingo, 29 de marzo de 2009

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ





LA ELEGÍA JUVENIL DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


(Prólogo a Elejías, Editorial Visor, Madrid, 2007)




El genio suele ser precoz, pero la genialidad suele alcanzarse a su debido tiempo. El ciclo de las Elejías se encuadra en esa fase creativa que Juan Ramón Jiménez redujo a la denominación de “borradores silvestres”; una fase bastante prolongada que acabaría atormentándole -no siempre con fundamento- durante el resto de su vida: su perfeccionismo soportaba mal los trámites ineludibles para alcanzar la perfección.


Da la impresión de que Jiménez quiso nacer enseñado, y es posible que así fuera, pero el caso es que tuvo que aprender, y de ese periodo de aprendizaje, muy fecundo, quedaron bastantes borradores imborrables y de valía muy irregular. Sus tormentos con respecto a esa etapa “silvestre” no sólo fueron de índole estilística, sino incluso también de índole meramente tipográfica: siempre se avergonzó de haber mandado imprimir Ninfeas en tinta verde y Almas de violeta en tinta morada, atrevimiento juvenil que, a su manera, también constituyó un aprendizaje –o tal vez un escarmiento- para quien luego sería uno de los tipógrafos más armoniosos y elegantes de la edición española.


En la obra aforística de Jiménez abundan las pruebas de ese afán de perfección loable o enfermizo, según se mire; o mejor: loable y enfermizo: “Ningún día… sin romper un papel”, o bien: “Mi mejor obra es mi constante arrepentimiento de mi Obra”.


Las Elejías forman un tríptico: Elejías puras, Elejías intermedias y Elejías lamentables. Fueron escritas entre 1907 y 1908, y se publicaron, respectivamente, en 1908, 1909 y 1910, a costa del autor.


Jiménez, al filo de la treintena, compone estos libros en su Moguer natal, adonde ha vuelto tras una estancia madrileña marcada por la vida literaria y por la vida de sanatorio. Tras la muerte de su padre, en 1900, los problemas económicos asedian a la familia, hasta llevarla unos años después a la ruina; mientras tanto, el poeta, seguro de su destino, se debate entre los versos y las crisis nerviosas, entre la tentación del suicidio y el pánico a morirse en cualquier instante, alejado del hervidero estético de Madrid para ir configurando su poética mediante una producción incesante e insaciable, alzando los muros de ese inmenso laberinto textual que es su obra, siempre en proceso, siempre rectificada y reorganizada conforme a una idea de organismo total, aunque no faltan indicios para suponer que el organismo acabó devorando a su creador, que se vio obligado a buscar un punto difícil de equilibrio entre su fertilidad y su sentido de la armonía, entre su deseo de perfección y su escritura apremiante. Él sabría si lo encontró o no. Nosotros podemos alimentar la duda. “Esta ha sido siempre mi vida: dejar y no acabar; el inquieto pase de una cosa a otra, y la ordenada acumulación del atraso”, escribió a Alfonso Reyes en 1937. A fin de cuentas, es posible que a Jiménez le hubiesen hecho falta dos vidas: una para escribir y otra para organizar y revisar lo escrito. Sea como sea, pocos ejemplos tan radicales de vocación pueden hallarse en la poesía española de todos los tiempos como el que representa él, incluso en la medida en que una vocación se convierte en obsesión, quizá porque la vocación verdadera exige ese grado de trastorno.


En sus Elejías, Jiménez se acoge a un único molde estrófico: el serventesio alejandrino, lo que otorga al conjunto un aire monótono, a pesar de los muchos recursos retóricos que despliega el poeta, quizá porque la variedad de los recursos queda neutralizada por la invariabilidad de la fórmula. Son escasos los poemas que presentan una autonomía de sentido, una rotundidad estructural como tales poemas. En realidad, las Elejías pueden leerse como un único poema fragmentado, como un discurso homogéneo en cuanto a tono, imágenes, metro y emocionalidad. Muy pocos poemas de este ciclo elegiaco soportarían el aislamiento: su valor está en función del todo.


El alejandrino –y más después de pasar por las manos de Rubén Darío- es un verso propicio a la ampulosidad, al permitir el recargamiento adjetival y las entonaciones grandilocuentes. Sin embargo, Jiménez recurre al alejandrino para vertebrar un discurso asordinado, sin relieves acentuales, en busca de un fluir apesadumbrado y cansino, aunque sereno, al margen de las caídas ocasionales en el patetismo, que se advierten sobre todo en las Elejías intermedias:

Estoy negro de vicio, de sol y de pereza,
roto para la lira y para los amores…

No podemos olvidar que estamos aún ante un poeta vulnerable a los ecos románticos, exaltados y excesivos, y al que la voz se le ahueca de vez en cuando. Aparte de eso, el autor de estas Elejías es un joven hiperestésico y narcisista, atento al más mínimo achaque de su espíritu para expresarlo. No se trata de un poeta meditativo, sino de un poeta sufriente que no extrae conclusiones de sus sentimientos: se limita a exponerlos. De ahí le viene tal vez al conjunto su fragilidad: su carácter solipsista, ese solipsismo que Antonio Machado, por influencia de Unamuno, señaló como un lastre para la actividad poética en su reseña de Arias tristes: “De todos los cargos que se han hecho a la juventud soñadora, en cuyas filas aunque indigno milito, yo no recojo más que dos. Se nos ha llamado egoístas y soñolientos. Sobre esto he meditado mucho y siempre me he dicho: si tuvieran razón los que tal afirman, deberíamos confesarlo y corregirnos. Porque yo no puedo aceptar que el poeta sea un hombre estéril que huya de la vida para forjarse quiméricamente una vida mejor en que gozar de la contemplación de sí mismo. Y he añadido: ¿no seríamos capaces de soñar con los ojos abiertos en la vida activa, en la vida militante? Acaso, entonces, echáramos de menos en nuestros sueños muchas imágenes, y tal vez entonces comprendiéramos que éstas eran los fantasmas de nuestro egoísmo, quizá de nuestros remordimientos. Lejos de mi ánimo el señalar en los demás lo que veo en mí, pero me atrevo a aconsejar a Juan R. Jiménez esta labor de autoinspección”.


El diálogo que tiene que establecer el lector con estos poemas resulta complicado por ese flanco que señala Machado, ya que se trata de un diálogo que le obliga a asentir a una formulación cuya única materia es el egocentrismo… ajeno. Y es que si bien es cierto que la poesía parece exigir que detrás de ella haya una conciencia, también lo es que hay conciencias que exigen un primer plano, conciencias que no proponen un coloquio, sino que representan una proclama. De todas formas, Jiménez fue consciente de la necesidad de la huida del yo en beneficio de la trascendencia del yo poético: “El poeta es un condenado a nombrar y su gloria única, que es gloria interior, está en perder su nombre en el de las cosas, el mundo, hasta quedarse anónimo por su incorporación, incorporarse por lo creado al mundo”.


El poeta –el poeta en abstracto y el poeta Jiménez en concreto- está considerado en las Elejías como un ser aparte, como un sujeto anómalo –orgullosamente anómalo- en la jerarquía humana. El poema XXXIV de Elejías lamentables, el que cierra el conjunto, es una afirmación –un poco remilgada tal vez- de la extrañeza intrínseca que representa la figura del poeta en una realidad estructurada en torno al valor de lo concreto:


Hombres en flor –corbatas variadas, primores
de domingo-: mi alma ¿qué es ante vuestro traje?
Jueces de paz, peritos agrícolas, doctores,
perdonad a este humilde ruiseñor del paisaje.

Yo no quisiera nunca molestaros, cantando…
Ved: este ramo blanco de rosas del ensueño
puede hacer una música melancólica, cuando
sonreís con los labios; pero yo no os desdeño.

En las Elejías, Jiménez está, en fin, descubriéndose: alguien que participa a partes proporcionadas de una indefinición de carácter y de un carácter singular, de la ingenuidad y de la astucia retóricas, de los sentimientos blandos y de las emociones rotundas, de las melancolías convencionales y del abismo verdadero, de la poesía de almanaque y de los ecos simbolistas que le han llegado de Francia y que hacen que en sus versos todo tienda a ser violeta, amarillo o de oro.

En Moguer, alejado de tantas cosas, aunque ni por un instante de sí mismo, un joven poeta, al borde de una muerte imaginaria, conversa, en fin, con sus melancolías, y empieza la salmodia:

Dulces rosas de olor, que entre la hiedra verde…


SALVADOR RUEDA


SALVADOR RUEDA, EN EL NAUFRAGIO DEL TIEMPO


(Publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, nº 701, noviembre de 2008)




La figura de Salvador Rueda (1857-1933) resulta menos admirable que enternecedora, a pesar de que nos admire la índole insobornable de su vocación poética. Vanidoso y adánico, torrencial y pretencioso, sus poemas, leídos hoy, quedan relegados al ámbito de lo pintoresco: algo que se ha quedado sin vida, quizá porque nunca la tuvo en realidad, ocupado como estuvo el poeta malagueño en levantar vistosos decorados para declamar ante ellos con voz ostentosa, fascinado por las posibilidades sonoras del lenguaje… y por poco más, sin duda porque aquello le bastaba, aquel alarde, a pesar de tenerse él por poeta de honduras y de cosmovisiones. Lo curioso es que su ideología poética, basada en la artificiosidad, no da la impresión de estar basada en una impostura estética sino en una absoluta fe estética en la impostura, hasta el punto de considerarse a sí mismo un poeta invulnerable al artificio: “Los poetas que no se ajustan para escribir versos a lo que impone rotundamente Dios y a lo que impone la sublime Madre Naturaleza no son, literariamente, hijos de la Gran Madre, sino solamente hijos de la Gran Puta”, según se desfogó en 1906, cuando llevaba acumuladas demasiadas desilusiones con respecto a sus contemporáneos, insensibles en su mayoría al reconocimiento de esa genialidad que el poeta de Benaque se otorgaba a sí mismo.


Admirador vitalicio de Zorrilla y protegido en su juventud de Núñez de Arce, tuvo Rueda una voz poética amplificada, predispuesta a ahuecarse a la mínima, a acampanarse, a buscar la música antes que cualquier otra cosa, siguiendo a rajatabla –tal vez antes de conocerla- la máxima célebre de Verlaine, pero se trataba la suya de una música que tenía muy poco que ver con la del poeta francés y mucho con la trompetería de su maestro vallisoletano. También Rubén Darío, diez años más joven que Rueda, padeció esa característica peligrosa: la voz de sonoridades huecas, la voz fatua que se escucha a sí misma, pero la melancólica verdad es que Rueda compartió algunos grandes defectos con el nicaragüense (la altisonancia, la incontinencia, la insustancialidad, el gusto por el oropel), aunque se quedó lejos de sus grandes logros.


A Salvador Rueda se le suele atribuir la condición de precursor, junto a Manuel Reina y –tal vez en menor medida- Ricardo Gil, del modernismo en lengua española, condición de la que disiente con vehemencia Max Henríquez Ureña en su Breve historia del modernismo, en la que Rueda sale mal parado no sólo como tal precursor, sino incluso como epígono del modernismo, en buena parte porque el crítico dominicano anduvo empeñado en presentar el modernismo como un fenómeno de origen exclusivamente americano y no estaba dispuesto a ceder ni un ápice -así fuese siquiera en el territorio de la mera anticipación- a unos presuntos premodernistas españoles en general y a Rueda en particular.


Para Henríquez Ureña, Salvador Rueda no fue precursor de nada, sino el que “se sumó antes que nadie en España” a “la revolución modernista” que vino de las Américas, con lo cual le escamoteó al pobre Rueda el fundamento de su delirio, que lo fue y no lo fue del todo, ya que puede contemplarse la posibilidad de un “latente modernismo español”, como apreció Pedro Salinas, un clima disconforme con “el casticismo academicista y la vulgaridad prosaica” que ya se manifestaba en algunos poetas españoles antes de la irrupción estelar de Darío.
Sea como sea, el concepto de “precursor” resulta espinoso: es evidente que ha habido poetas que han anticipado algo, pero que no han sido ese algo, y no conviene olvidar que la literatura es un continuum en el que las innovaciones son esclavas –a veces a su pesar- de las tradiciones, de modo que una anticipación estética no representa un fenómeno anómalo, sino la manifestación lógica de un proceso. Para que exista el precursor como tal, resulta indispensable la existencia del sucesor, y no cabe duda de que leemos al precursor en función de la aportación del sucesor: el precursor como indicio a posteriori. Todo precursor, en definitiva, lo crea la posteridad: un fantasma sobrevenido.


Según Luis Cernuda, en los libros que Rueda, Gil y Reina publican antes de la salida a escena de Darío “hallamos temas, ritmos y acentos que si difieren en algo de aquellos de los principales poetas modernistas americanos sólo es por pertenecer a otra tierra; no digamos que por pertenecer a otra tradición, ya que la tradición poética casi era la misma todavía en América y en España”. Cernuda señala que la influencia que Darío pudo ejercer sobre esos tres poetas tuvo que ser por fuerza tardía “y sus versos eran ya lo que eran antes de leerle”. Y va incluso más allá cuando indica que se trata de “una coincidencia en el tiempo de dos intenciones poéticas equivalentes, pero independientes una de otra, una americana y otra española; y repárese que digo intenciones poéticas equivalentes, lo cual en modo alguna implica que las crea de valor igual”. Tras de lo cual, Cernuda –que detestaba la poesía de Darío- abre el campo de visión y concluye que “el modernismo, aparte de sus rasgos específicos americanos, también ofrecía otros comunes con el movimiento literario esteticista que se da en muchos países poco antes del fin de siglo y durante el fin de siglo. Y es este movimiento, por razón de su prioridad, y no el modernismo, el que más o menos directamente pudo afectar la obra de los poetas españoles aludidos”; es decir, Rueda, Reina y Gil. Y se pregunta entonces el poeta sevillano: “¿Por qué no reconocer entonces que en España hubo poetas “modernistas” antes de que Darío trajera el modernismo de América a España?”


Al margen de que Cernuda fue un crítico que casi siempre juzgaba la historia literaria en función del grado de simpatía que dispensaba a sus protagonistas (aunque quién no), lo que cabría preguntarse también es si Darío trajo en rigor el modernismo a España o si se limitó a traerse a sí mismo, ya que Darío no era tanto un representante del modernismo americano como el más titánico –digámoslo así- de los poetas hispanoamericanos de su tiempo, aparte de ser –claro está- el más titánico de los poetas modernistas. Y habría que preguntarse asimismo si ha existido alguna vez un gran poeta que no haya sido un depredador no sólo de grandes tradiciones poéticas, sino también de poetas insignificantes, ya que el genio es omnívoro: lo mismo puede devorar para alimentarse a Shakespeare o a Verlaine que a un poeta menor de un pueblo cordobés o malagueño, porque todo gran poeta es una acumulación de factores insospechados e imprevisibles. Y Darío, el relamido y vigoroso Darío, fue sin duda un gran poeta, uno de esos grandes poetas que, más que iniciar algo, llevan una determinada estética a su extenuación: más allá sólo hay ecos. Tras Darío, el modernismo (en Juan Ramón Jiménez, en Manuel Machado, por ejemplo) tiene que reinventarse, precisamente para esquivar el riesgo de convertirse en rudendarismo más que en modernismo.


Por lo demás, es posible que no importe tanto que Rubén Darío fuese el padre y el espíritu mismo del modernismo como el hecho de que fuese su más esplendoroso artífice, quien más alto y más lejos llevó el entendimiento de la poesía como arte suntuaria, como sonoridad pomposa, como juguete verbal, ya que el modernismo no sólo era algo que estaba en el aire en algunos países de América –y digo exactamente eso: en algunos, porque en su primera hora no fue un fenómeno panamericano- y también por supuesto en España, sino que, aparte de eso, el modernismo no tenía a priori, como es lógico, rasgos de escuela, de modo que sólo podía sustentarse, para definirse, en el genio individual. Y ese genio fue Darío. A partir de él, el modernismo, como suele ser normal en cualquier movimiento literario diferenciable, derivó en escuela con la aportación de sus seguidores, y luego con los epígonos de esos seguidores, que son quienes caricaturizan una estética mediante el procedimiento de repetir fórmulas y de convertir así los gestos en muecas, la novedad en rutina y los símbolos en chatarra ornamental.


Ojalá me equivoque, pero me temo que Salvador Rueda, en sus inicios, en los libros que publica a finales del XIX, fue menos un premodernista que un casticista, un autor -como tantos otros- de poemas de registros rancios y previsibles; luego, cuando le dio por “revolucionar”, se aproximó a determinadas pautas modernistas, y algunos de sus poemas son tan banalmente desorbitados como los de Darío, pero, en cualquier caso, la cuestión se reduce a una evidencia decepcionante: Rueda fue un poeta intrascendente, de manera que no sabe uno si estos hilados tan finos merecen la pena. Aparte de eso, en este juego de precursores y renovadores poéticos habría que tener en cuenta la significación de Bécquer, con su poesía tan pegada a la anécdota de la vida, tan asordinada y escueta, invulnerable al hinchamiento retórico. Bécquer es un poeta vestido de paisano, no un poeta disfrazado de sacerdote de una religión estética, lo que le llevó a equiparar el asunto de sus poemas a las preocupaciones del hombre de la calle sin aplicar un rebaje artístico a sus textos. De ahí su modernidad, y de ahí su vigencia entre las generaciones sucesivas. Con este antecedente, en fin, y con arreglo a los resultados y no a los propósitos, Salvador Rueda, más que un poeta revolucionario, se presenta como un poeta reaccionario, descendiente directo de las gallardías verbales de Zorrilla, de las divagaciones melifluas de Núñez de Arce y, por mucho que le doliese, de la orquesta de trombones que llevaba por dentro Darío, que también venía de los dos vallisoletanos, como se encargó de indicar otro vallisoletano, Jorge Guillén: “Hasta 1885, por lo menos, los poetas operantes en el ánimo de Rubén son Zorrilla, Espronceda, Campoamor y Núñez de Arce. Éste le inflama su verbo elocuente. Campoamor le allana la expresión hasta lo prosaico. Espronceda le sugiere ingenuas copias, muy dóciles, de un 1840 sin encanto. Tal vez sea Zorrilla quien le descubra el camino mejor; sobre todo el más conducente al futuro Rubén Darío”. (En una carta de 1904 dirigida a Juan Ramón Jiménez, Darío reconoce que Abrojos, su primer libro, era “muy español, clásico y todo, y zorrillesco y nuñezdearcino”.)


Rueda es un poeta, en fin, que insiste en una poesía altisonante y gesticulante, pretenciosa y artificiosa, atenta a asuntos casi siempre estrafalarios; un poeta que elige la tradición del poeta iluminado y verbalista frente a la tradición del poeta esencial y reflexivo. Una elección en principio inobjetable, claro está -porque no hay tradiciones anacrónicas, sino poetas que revitalizan o bien que parasitan una tradición-, pero que presenta en este caso un inconveniente: Rueda era un poeta de pocos recursos estilísticos, de oído basto además, falto de control sobre sus logomaquias, mientras que Zorrilla y Darío fueron poetas de gran habilidad para la composición y de oído excelente.


Con todo, el pobre Rueda anduvo reclamando, hasta el final de sus días, su ascendencia artística sobre Rubén Darío. Rafael Alberti nos ofrece una estampa de su encuentro con un Rueda envejecido, casi ciego ya, ejerciendo como puede de bibliotecario en Málaga. Cuando Alberti le menciona al nicaragüense, Rueda dice: “¿Rubén Darío? Gran poeta, ¿cómo no? ¿Pero usted cree que hubiera podido existir sin Rueda? Muchos, tanto de aquí como de allá, le deben todo a Rueda, aunque no quieran confesarlo”.


Aparte del propio Rueda, ¿de verdad cree alguien que Rubén Darío, el grácil y superdotado Darío, podía deberle algo al tosco y voluntarioso malagueño? Cuando el nicaragüense publica Azul… en 1888 (aunque los poemas más vehementemente modernistas se incorporarían a la edición ampliada de 1890), el veinteañero Darío supera ya no sólo toda la obra de Rueda habida y por haber, sino también la de la mayoría de los poetas de lengua española de su tiempo. Y no digamos lo que supone la aparición de Prosas profanas, donde ya el fastuoso, el presuntuoso, el virtuoso, el tan precoz y rococó Darío despliega todo el esplendor banal de su arte.
Precursor o no, o en qué medida, que eso al fin y al cabo importa poco, el caso es que Salvador Rueda acabó enfrentado a la insurgencia modernista, tal vez no tanto por cuestiones estéticas como por razones estratégicas: él era partidario firme de una revolución poética en España, pero siempre y cuando se le reconociese la jefatura de esa revolución, ya que poca gracia podía hacerle una revolución que lo dejaba en situación de fantoche lírico, de paleto con ínfulas, de profeta declamatorio de una religión artística anticuada. Frente al exotismo que encandilaba a los modernistas, Rueda defendía una forma peculiar de telurismo, aunque a veces se dejase tentar por las fascinaciones clásicas y por las estampas orientales; frente a Mallarmé (una de sus bestias negras, a quien tildaba de “anti-poeta”, de “padre monstruoso de los lisiados rítmicos” e incluso de clorótico, aparte de acusarlo de escribir “estupideces”, a pesar de que Rueda no sabía ni palabra de francés), él abogaba por Zorrilla; frente al decadentismo de espíritu y de forma de los nuevos poetas, él se jactaba de ser un hombre sin filtros malsanos, apegado a la entraña de la tierra, respetuoso con Dios y atento al ser humano en general, con especial atención a las mujeres, que, según parece, sólo logró admirar a distancia, como admiraba las estatuas del Museo de Reproducciones Artísticas de Madrid cuando trabajó allí de archivero; frente a la torre de marfil, Rueda optaba por la tribuna de cualquier pueblo en fiestas para recitar ripios grandilocuentes; frente al cosmopolitismo, defendía el casticismo; frente a los extranjerizantes, “el genio español”. Y así sucesivamente. El entendimiento, en definitiva, resultaba difícil: para los modernistas, Rueda no representaba un maestro, sino una caricatura.


Juan Ramón Jiménez reconoció la influencia que ejerció Rueda sobre él en sus inicios poéticos, y lo retrata como “un simpático ebanista en domingo. Moreno rubial, ojos leonados, entre tristes y alegres, tupé y bigotes floridos. Andaba con paso lijerito y menudo, y, para saludar en la calle, jiraba todo el cuerpo (…) Tenía sus fobias irreprimibles: no le era posible cruzar una plaza ni pisar las juntas de las aceras. Hablaba meloso y bajito, con muchos suspiros, modismos e interjecciones populares”. En cuanto a la apreciación de su obra, Jiménez, con ese afinamiento tan suyo, tan elusivo como certero, escribe: “Salvador Rueda cantaba, en metros movidos de cuya invención se envanecía, temas nacionales, rejionales, democráticos; y en todos sus cantos tenía estrofas, versos sueltos de rica belleza intuitiva. Era una cigarra sencilla, un auténtico gorrión, salido, no sé cómo, del falso ruiseñor, tenor cantor hueco, de Zorrilla; y anduvo mucho entre los animalillos que luego habían de tentar al granadino Federico García Lorca”. Y añade: “Traía a la poesía española, seca entonces como un corcho, luz, embriaguez, vida; y se emborrachaba verdaderamente de mosto solar y lunar”.


En 1893, en una revista barcelonesa, Rueda publicó por entregas lo que al año siguiente se convertiría en libro: El ritmo (“el origen de la poesía moderna en España”, según el propio Rueda, siempre optimista con respecto a su papel histórico). Se trata de un ensayo en forma epistolar, con afanes de manifiesto, en el que, entre otras cuestiones, proclama la necesidad de un nuevo Zorrilla, “para que estremezca las petrificadas ondas de la poesía”, y en el que asegura que “Todo cuanto se escribe y se habla es ritmo”, acorde con su obsesión por la renovación métrica, que le llevó a declarar la guerra a los que denominaba con menosprecio “los endecasilabistas”, representantes de las viejas pautas. (En una carta que dirige a Eduardo de Ory en 1917, Rueda se refiere a El ritmo en los términos siguientes: “Ahora que al cabo de los años mil leo ese libro, me asombro de ver que soy yo quien lo escribió, no sólo porque en él está en bloque inconmovible el basamento de la poesía moderna y su estética y evolución, sino al ver también la valentía enorme, colosal, que ese libro representa arrojado en el tiempo aquel. ¡Me palpo la ropa a ver si soy yo mismo! Entonces, como ahora, mi estética es la misma, la que está cimentada en las leyes inalterables de la Naturaleza”. Y añade: “Lo demás es… al hombro y francesismo. Bien acaba de decir Dionisio Pérez que Darío se disfrazaba de truculencias decadentes francesas, para disimular que era un acogido a mi estética. Así fue y no hay más verdad que esa”.) Luego vinieron nuevos intentos ensayísticos, como la serie de artículos titulada “Mi estética” –también en forma epistolar-, porque fue Rueda un poeta con vocación teorizante, aunque se tratase de una vocación casi siempre interesada: acercar el ascua a su sardina, que él tenía por leviatán.


En 1884, Rubén Darío elogió sin reparo a Manuel Reina en un poema, en el que de paso citaba a Zorrilla, a Campoamor, a Manuel del Palacio y a Echegaray como los autores que “dan honra y prez” a España. En cambio, en el larguísimo poema que le escribió a Rueda para que sirviera de “Pórtico” a la segunda edición de su libro En tropel (1892), Darío se limitó a dedicar al malagueño algunos elogios protocolarios y a lucirse él con alusiones mitológicas y con versos rimbombantes. Cuando el nicaragüense llega a España a finales de 1898, comisionado por el diario argentino La Nación para escribir unas crónicas, aprovecha una de ellas para hacer una balance de la poesía española del momento, y en ese balance sale mal parado Salvador Rueda, a quien Darío acusa de estar en fase de decaimiento y de haberse despeñado “en un lamentable campoamorismo de forma y en un indigente alegorismo de fondo”. El sumo sacerdote, en fin, ante el altar de los sacrificios.


Rueda nos dejó testimonio –aunque a saber- de un pacto entre las dos grandes potencias de la poesía panhispánica (Darío y él, claro está), previo a la declaración de hostilidades: “…antes también de que él comprendiese que yo era hijo directo de la Naturaleza poliforme y polifónica, hicimos, como buenos camaradas, este pacto: de su parte, renovar nuestro ambiente literario con novedades traídas de París; y de la mía, proseguir mis tareas de revolucionario de la lírica”. Así era Rueda: un pobre diablo empeñado en no bajarse jamás de un podio que él mismo se había construido a su medida. Y, desde ese podio suyo agrietado, la diatriba perpetua, porque era de los que se afilan el colmillo a pesar de su apariencia de no matar ni una mosca: “Será cosa de que (…) los vates de América (salvo rarísima excepción) estén condenados eternamente a ser cacatúas; lo que oyen decir, aquello repiten”, o bien: “Hay que tirar puñados de cloruro de cal antifrancés en derredor del gran suceso y sanear el aire americanizado de imitaciones barriolatinescas”. Y, a propósito de Rubén Darío, escribirá: «Lo traía todo empaquetado y listo de Francia, como las corbatas, y no se desprendió jamás ni para dormir de su Diccionario de la rima, de sus diccionarios enciclopédicos y de sus antologías de poetas raros de Francia. No se asomó jamás con el cerebro, ni a la ciencia ni a la vida, y carece de contenido emocional y de contenido moral”. (Y no dudará en descender a lo que no se debe descender: “Darío era un hombre que ni en su conversación, completamente mate y vulgar, ni en hecho ninguno de su vida revelaba el menor asomo de poeta”.)

A falta de otra cosa, a Salvador Rueda le adscriben algunos a un movimiento estético digamos que oficioso: el colorismo, que apenas admite análisis por su vaguedad y que apenas soporta definición por su irrelevancia, por tratarse más de un matiz que de una característica: algo así, no sé, como una especie de parnasianismo castizo y populista, en el caso de que tal cosa sea imaginable.


El profuso Cansinos-Asséns (que equiparó el cromatismo de Rueda con el de Sorolla) también acabó degradando al poeta malagueño cuando, al escribir sobre Antonio Machado, contrapone “la fina línea romana, perenne en los monumentos latinos” de Machado a “la profusa pompa oriental” y “el centelleante cromatismo de los alcázares arábigos que Salvador Rueda erigió últimamente en cánones estéticos”. Y remata Cansinos: “La hipérbole, el color, las metáforas funambulescas son juegos infantiles de alguien que trepa y se encarama sin decoro por las severas columnas del arte”.


Salvador Rueda tuvo, en fin, su momento de gloria y acabó siendo aborrecido por la mayoría de sus contemporáneos, tal vez porque era un poeta débil, aunque disfrazado de gran vate. Con la llegada de los decadentistas, Rueda, que se tenía a sí mismo por poeta de musa “que bebió siempre agua pura”, se siente desplazado, en pugna con el brío trasgresor de los jóvenes, que preferían beber ajenjo, a imitación de los maudits de Francia. Una espiral pintoresca: de presunto precursor del modernismo a detractor enfurecido del modernismo.


Rueda es, en fin, un poeta que padece un mal destino como tal poeta: el de quedarse anticuado en vida, aunque él se rebelará con uñas y dientes –y con una dosis larga de paranoia- contra esa fosilización. En el volumen recopilatorio que tituló Cantando por ambos mundos dice de sus libros publicados a finales del XIX: “En la época en que me tocó la misión, dictada por la Naturaleza, de emprender la revolución de la poesía castellana, produjeron inaudita sorpresa e insólito asombro en el público, el cual, aterrorizado de mi audacia (se llamaba audacia a interpretar a la Naturaleza) pedía mi cabeza a grandes gritos creyéndome loco de atar y digno de la camisa de fuerza”. Y añade: “Literatos miopes hacían a diario toda clase de aspavientos en las revistas y diarios de entonces y saeteábanme (sic) con sus burlas sin sinceridad y sus sátiras sin convicción. Los mismos poetas que se apropiaban de mis innovaciones de estilo me apedrearon, sumándose todos contra mí”. (Gregorio Martínez Sierra, en el prólogo que puso a Piedras preciosas, de 1900, parece contradecir, no sabemos si por amabilidad, ese clima universal de linchamiento: “La grey poética de España, saturada de versos quintanescos, hastiada del artificio, al iniciar él la poesía de la vida, de la verdad, del alma, se lanzó arrebatada en seguimiento suyo como enjambre de mariposas que se precipita sobre la luz”.)


Algunos libros de Rueda se adornaron con prólogos firmados por Gregorio Martínez Sierra, Curros Enríquez, el argentino Manuel Ugarte y Miguel de Unamuno, entre otros. Se produce un episodio curioso cuando Rueda le pide al peligrosísimo Clarín un prólogo para su libro Cantos de la vendimia; curioso, sobre todo, porque pone a prueba la vanidad casi invulnerable de Rueda. En principio, el ovetense se hace de rogar. Ante esa demora, el malagueño adopta una actitud servil y pedigüeña. Finalmente, Clarín se ofrece a prologar el libro, y se lo comunica al interesado mediante una carta versificada que publica en Madrid Cómico: “¿Que si escribo el prólogo? / Sí, señor, lo escribo, / porque algunos versos me gustan muchísimo; / otros son medianos y los hay malitos. / El conjunto puede, corrigiendo el libro, / ser cosa de gusto, discreto, bonito / y honrarse mi nombre con el frontispicio”. Pero el prólogo sigue demorándose, hasta que Rueda tiene que conformarse con poner al frente de su libro una carta abierta de Clarín que ya se había publicado en un diario madrileño y que el asturiano le envía para que haga las veces de prólogo. Se trata de un regalo envenenado, con frases casi inconcebibles con arreglo al protocolo de cortesía que se supone debe respetar un prologuista: “Sobra más de la mitad”, o bien: “Necesitaría yo el tiempo que no tengo para corregir sus versos”. Y Rueda se tragó el sapo. Uno más. (Aunque eliminó el prólogo de la segunda edición del libro.)


Hijo de jornaleros, Salvador Rueda nació en un caserío llamado Benaque, en la provincia de Málaga. Un cura que había sido discípulo de Balmes le enseñó los secretos del latín y le mostró el mapa del tesoro de los poetas renacentistas y barrocos. Tuvo muchos empleos, incluido el de poeta “áulico” al servicio de cualquier entidad pública o privada que tuviese presupuesto para pagarse unos versos ensalzadores. Aparte de su amplísima obra poética, escribió novelas y obras de teatro. En 1908 se dejó coronar en Albacete, lo que le equiparaba en rango a su admirado Zorilla. En 1910, en La Habana, se le coronó como Poeta de la Raza. Por si fuese poco, en la tertulia de Carmen de Burgos, Colombine, se le brindó una coronación privada de la que Cansinos-Asséns dejó testimonio burlesco en La novela de un literato. (En el libro La linterna de Diógenes, del peruano indiscreto Alberto Guillén, Julio Camba cuenta que Rueda se llevó su “corona de lata” a uno de sus viajes a América y que, al tener problemas para pasarla por la aduana -¿?-, el poeta alegó: “Es prenda de mi uso”.) Era tan vanaglorioso, que llegó incluso a renegar de muchas de sus composiciones, que declaraba haber escrito por necesidades económicas: su Musa arrastrada por los mercados. Aquella vanidad suya, tan desatada como en el fondo inocente, le obligó incluso a mostrarse humilde: ni siquiera Salvador Rueda había logrado estar siempre a la altura de Salvador Rueda.

Vista a la luz de la historia, su obra representa un esfuerzo loable por elevar la categoría estética de la poesía española de su época desde la puesta en práctica de un extraño código de motivaciones temáticas pedestres, de mal gusto, de inanidad y de palabrería. ¿Lo consiguió? No, claro está. Porque ¿qué fallaba en Rueda? Tal vez su grado de ambición: un poeta menor que aspiraba a la grandeza. Su mayor virtud acabó siendo su mayor defecto: el afán de escribir una Gran Obra, seguro además de estar escribiéndola cada vez que inclinaba sobre el escritorio su cabeza coronada.

Sus poemas acostumbran tratar asuntos peregrinos: los reptiles, los pájaros fritos, la sandía, la gaita asturiana, la paella, el escarabajo… El gran problema de Salvador Rueda fue tal vez que jamás interiorizó la poesía, que para él no era tanto una categoría estética adscrita al pensamiento y al sentimiento como un arte ornamental y sonoro, dependiente de los acentos, los ritmos, las palabras suntuarias y la maquinaria estilística en general; todo eso, en fin, que es sustento primordial de una composición poética, pero no tal vez su esencia más perdurable. De ahí que sus poemas parezcan, más que otra cosa, un chisporroteo verbal sin demasiado ton y con demasiado son, artefactos propensos a tomar las derivas más imprevisibles y a veces más ridículas, porque se ve que el verbalismo le narcotizaba, lo que, unido a su proclividad a un panteísmo católico y visionario, tiene como resultado algo que no se aleja mucho del puro disparate. Como escribió Rubén Darío, Rueda vivía “en su nube de oro sonoro, de oro irreal”, aunque se trataba más bien de una nube de purpurina.

Tal vez lo peor que puede decirse de Rueda es que sus poemas aburren -como aburren hoy, por lo demás, tantísimos poemas de Darío-. A poco que el lector de algunos de esos poemas suyos casi interminables baje un poco la guardia, no sabe ya ni qué está leyendo: un sonsonete que se impone al sentido, en el caso optimista de que exista ese sentido. Por si fuese poco, cuando Rueda decide adentrarse en laberintos más o menos metafísicos, lo más que le sale son cosas de esta naturaleza:


¿Y el alma? ¿Vuela libre? ¿Emigra? ¿Se transforma?
¿Si Dios en todo vive y a todo le da norma,
y a Dios vuelve su esencia, pudiera el alma infiel
cambiar, cual la materia, de círculos y escalas,
y ser el don divino que da impulso a las alas,
o la sublime gracia que ríe en el clavel?

Bueno, quién sabe. Pero lo peor de todo es que esta formulación lírica de la posibilidad de la trasmigración del alma se cierra con estos versos:

Yo quiero, cuando muera, seguir viendo ese cielo,
el cielo de la patria que fue mi único anhelo,
tras del cristal que rompa mi fúnebre prisión.
¡Y cuando el Sol de España por el cenit camine,
que en ráfagas de luces mis cuencas ilumine,
y llorará de gozo mi pobre corazón!

Así era Rueda: siempre en sí mismo, siempre fiel a sus simplezas delirantes.
En cualquier caso, si no firme en el fluir del tiempo, porque es un náufrago del tiempo, el voluntarioso, el entusiasta, el meritorio poeta Salvador Rueda -tan defectuoso, tan desproporcionado, tan grotesco a fuerza de aspirar a lo sublime-, merece que hoy, 75 años después de su muerte, nos acordemos durante un rato de él, invocando su fantasma, tan perdido, como el de tantos otros, en la niebla.


viernes, 27 de marzo de 2009

JUAN LUIS PANER0





JUAN LUIS PANERO,
EN EL ESPACIO DE LA FANTASMAGORÍA


(Prólogo para una antología publicada por Renacimiento en 2003)



Las profecías literarias casi siempre acaban siendo chistes futuros, pero me atrevería a pronosticar que la obra poética de Juan Luis Panero tiene pocos visos de envejecer, de convertirse –como tantas otras de su generación- en una pieza de mera arqueología literaria, tal vez porque está hecha de la esencia misma de la poesía: de verdad, de temblor, de misterio. Verdad en cuanto testimonio de una conciencia, temblor ante el arcano insondable de todo destino, misterio que reverbera más allá de las palabras.

Sometida a una especie de engañosa neutralidad estilística, despojada, sin adornos de época, concisa y escueta, jamás tentada por las acrobacias metafóricas, nunca rendida a los halagos confusos de la verbosidad, estamos ante una poesía inequívocamente de hoy que nos habla con una voz de siempre, con una voz liberada desde sus comienzos de las convenciones y modas impuestas en su día por sus coetáneos novísimos, expertos en el ocioso bricolaje lírico y en los juegos literarios de azar. Y, al fondo, el pensamiento poético de alguien que se siente tan fascinado por la vida como horrorizado de ella.

Tanto el mundo como el estilo de este poeta están ya definidos en su primer libro, publicado en 1968. Desde entonces hasta hoy, su fidelidad a ese mundo y a ese estilo resulta una cualidad extraña, acostumbrados como estamos a trayectorias marcadas por una continua especulación estética. No hay diferencias esenciales entre el joven poeta que escribe los poemas de A través del tiempo y el poeta que, cercano a la sesentena, publica Enigmas y despedidas. Entre uno y otro sólo media un mayor grado de desolación, un afianzamiento de las peores sospechas, una confirmación, en definitiva, de aquello que en su primer libro se manifestaba como premonición: la vida como un progresivo afantasmamiento. Afantasmamiento del yo y de la realidad, de los otros, de los lugares, de la memoria. Una envoltura de niebla para la conciencia.

Galería de fantasmas se titula un libro de Juan Luis Panero, y ese título podría servir como emblema para la totalidad de su obra: nos hallamos ante un desalentado ejercicio elegíaco, ante una insobornable introspección de la pérdida, frente a un poeta con mentalidad de superviviente descreído que contempla el pasado como una tierra devastada, deshabitada y estéril, en la que sólo se oyen un viento frío y los pasos sin norte de los difuntos.

Un fantasma en vida conversa, en un espacio brumoso, con sus fantasmas particulares. Un suicida indeciso rememora a unos suicidas decididos. Un bebedor solitario brinda por unos bebedores muertos. Un viajero solitario persigue por el mundo el rastro de su existencia. Un mitómano acaricia sus mitos. Un poeta con mentalidad de perdedor apuesta por sus ilustres antepasados en el arte de la derrota.

Fiel a sí misma, obsesiva tanto en sus temas como en sus recursos, honda y educadamente aterrada, la poesía de Juan Luis Panero nos habla de Juan Luis Panero para acabar hablándonos de nosotros mismos, para acabar haciéndonos cómplices melancólicos de un secreto a voces: todos somos –o seremos al cabo- ese individuo que se mira en un espejo que ya no le refleja, porque es nadie: “la nada en el cristal indiferente de la vida”.

JOSÉ HIERRO

HIERRO FORJADO


(Prólogo a la antología de José Hierro publicada por EL PAÍS)



José Hierro nació en Madrid, lo que no quita que fuese en realidad santanderino ni que tuviese aspecto de caudillo insurgente de Tartaria, imponente y fibroso, como si un purasangre con atalajes de gala le aguardase amarrado a la puerta del bar en el que escribía, entre el bullicio de la clientela, porque no era él de musa quisquillosa. O tal vez su aspecto fuese el de un marciano de película futurista de los 70, con sus orejas picudas, flotante en su aeronave por quién sabe qué limbos ultragalácticos, donde la música de las esferas rima en asonante. O el propio de un bisnieto natural de Gengis Khan. O, como poco, el de un primo carnal de Yul Brinner. O el de un maestro de zen partidario de armonizar el satori con el aguardiente.

José Hierro hablaba siempre como si estuviera dando la orden irrevocable de aniquilar el planeta Tierra, pero no porque estuviese enfadado, pues era hombre de buen talante y de corazón limpio, sino tal vez porque estaba perplejo, y todo ser tendente a la perplejidad suele ser muy tímido de suyo. Tan tímido era José Hierro, que podía decirle a alguien a quien acababan de presentarle, sin distinción de sexo ni estamento: "Cállese usted, imbécil", y quien no le conocía esa broma recurrente se quedaba, en efecto, con cara de imbécil, dando por hecho que el universo es un invento dadaísta y que los poetas en general son individuos de cuidado.
José Hierro, aparte de uno de nuestros maestros líricos, era también el más compulsivo de nuestros dibujantes: compartir mesa con él suponía llevarte luego a casa una resma de dibujos, porque él iba repartiéndolos entre los comensales del mismo modo en que un crupier reparte los naipes inciertos: "Este para ti... Este para aquel... ¿Tú también quieres?". Y te tocaba una barca, o un frutero, o un rostro de muchacha melancólica, o incluso un retrato de Pere Gimferrer.
En los días en que andaba con ganas de performance, José Hierro dibujaba incluso en las servilletas de los restaurantes, ante el terror indisimulado de los camareros, hasta que los camareros se enteraban de que aquel cántabro tartárico que metía el dedo en el vaso de whisky, en el de tinto y en el cenicero para hacer arte orgánico y povera era persona importante, y entonces llegaban los camareros con pilas de servilletas para que les pintase también a ellos alguna cosa. Y Hierro, por supuesto, se las pintaba, y los camareros se quedaban felices, aunque sin servilletas disponibles.

Cuando se autorretrataba, Hierro dibujaba a un extraterrestre de orejas extraterrestres. O quizá se tratase más bien de un caudillo soñoliento del Asia. O tal vez de un monje tibetano que antes fue emperador y que acabó desengañado de los fastos del mundo. O quizá, sencillamente, de un poeta de alma temblorosa al que la naturaleza había dado una percha de guerrero aniquilador.
Obligado a hacer una lectura ideológica y estética del pasado literario, todo poeta configura su propia tradición: elige sus orígenes y traza su genealogía. Como es lógico, son muchos los autores que inciden en ese proceso de personalización de la historia poética, algunos en calidad de presencias permanentes y otros con rango de influjo ocasional. En el caso de Hierro (“Todos somos discípulos de todos”, declaró a lo largo de una entrevista), su tradición es esencialmente hispánica, y él señalaba en ella tres nombres decisivos: Lope de Vega, Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez. Con el primero compartía el sentido de la cordialidad: la poesía basada en la efusión, en la naturalidad del sentimiento. Al nicaragüense lo tenía por tronco de la poesía hispánica moderna, y admiraba en especial sus renuevos métricos. A Jiménez lo consideraba un renovador fundamental del lenguaje poético. Junto a ellos, como un maestro de melancolías, Antonio Machado.

Hierro decía que su poesía era “seca”. Pero no: sobria más bien, despojada, inmune a las exhibiciones estilísticas, aunque fuese un poeta de oficio muy seguro, conocedor profundo de los artificios retóricos, hábil a la hora de dosificar los recursos expresivos, a los que él anteponía en importancia la emotividad, que fue el pilar inamovible de su poética.
Adscrita en un principio a la corriente de la llamada “poesía social”, la obra de José Hierro ofrece, en su conjunto, muchos planos: desde la sentimentalidad diáfana de sus inicios hasta el ámbito alucinatorio en que se mueve a partir de la década de 1960, desde el lamento íntimo al himno colectivo, desde el bucolismo al escenario de la megalópolis, desde la espiral abstractiva hasta la estampa social, su poesía implica una indagación de la realidad desde una conciencia fluctuante que se afana en definirse y en clarificarse a través del discurso. (Y siempre esa tendencia narrativa suya: poemas que se expanden, que divagan, que se desvían por atajos imprevistos, creando un discurso caleidoscópico, una trama reflexiva que no renuncia a la expresión del aturdimiento.)

¿La biografía de un poeta son sus poemas? Sí y no, según se mire. En el caso de José Hierro, su biografía ofrece quizá pocos datos de interés público. Nació en Madrid en 1922. Dos años más tarde, su familia se trasladó a Santander. Estudió allí peritaje eléctrico-mecánico. En 1939 ingresó en prisión con una condena de 12 años y un día, acusado de formar parte de una red clandestina dedicada a ayudar a los presos políticos del franquismo. Fue liberado a principios de 1944. En 1947 publicó su primer libro, después de haber hecho rodaje en algunas revistas literarias. Desempeñó trabajos editoriales y fue locutor de Radio Nacional de España. Se le concedieron premios de renombre. Tras la aparición de su último libro, titulado Cuaderno de Nueva York, los lectores hacían cola en las ferias del libro para conseguir una firma del poeta veterano y venerable. Murió en 2002, respetado y querido.

BELMONTE Y CHAVES NOGALES


EL MATADOR Y EL REPÓRTER


(Prólogo a Juan Belmonte, matador de toros, Libros del Asteroide, 2009)


Algunos libros tienen la capacidad de transformarse en algo que no son, de convertirse en algo distinto a lo que pretendían ser. Juan Belmonte, matador de toros es uno de esos libros mutantes, uno de esos textos infrecuentes que se elevan prodigiosamente sobre sí mismos.

Concebido como un “folletín-reportaje”, esta epopeya tragicómica se publicó semanalmente como tal folletín en la revista Estampa a partir del mes de junio de 1935 y, a finales de ese mismo año, apareció en formato de libro. Se anunció como “biografía novelada”, como “novela de la realidad” y como “novela vivida”. Y era todo eso, sin duda: la novela sobre Juan Belmonte que Juan Belmonte no podía escribir y que se encargó de idear –y de inventar como tal novela- su paisano Manuel Chaves Nogales. Gracias a este periodista de talento excepcional, el relato novelado y novelesco de un tramo de la vida de Belmonte adquiere, con el paso del tiempo, la condición fascinante de novela picaresca, desvinculada ya –si así lo queremos- de la biografía del matador de toros sevillano: a un lector de hoy le interesan menos los hechos que cuenta Belmonte como figura del toreo que la dimensión narrativa en abstracto de tales hechos. No es ya, en fin, un libro supeditado a la biografía del ídolo de masas que le sirve de sustento, sino un libro que se cuela de matute en el ámbito de la ficción, un ámbito en el que no cuenta ya el pintoresquismo de lo contado ni su veracidad, esa veracidad que en principio le daba fuerza como anecdotario del héroe y, de paso, como documento sociológico, sino la reverberación y la sugestión puramente literarias, ya digo, que pueden promover estos lances descabellados y tiernos, atroces y conmovedores, que comienzan en la calle Feria y que terminan con el menesteroso ascendido a los círculos de la fama, la riqueza y la gloria.

En la época en que Chaves Nogales lo entrevista para novelarle la vida, Juan Belmonte era una gloria nacional, por así decirlo: alguien que estaba en boca de todos, discutido o admirado. Por aquel entonces, un torero glorioso no era poca cosa, y Belmonte, muerto Joselito, ocupaba desde hacía años el trono de la tauromaquia con el aura de los seres legendarios. Su retirada definitiva de los ruedos se produciría al año siguiente de la publicación del libro de Chaves Nogales, lo que no haría sino acrecentar su condición de leyenda, ya que todo gran torero retirado ingresa en una especie de jerarquía mitológica, y sus hazañas se engrandecen al pasar de boca en boca hasta convertir cualquier detalle banal en acontecimiento, y la anécdota asciende entonces a categoría, y su figura deriva, en fin, hacia lo sobrenatural: algo inexplicable que nadie se resiste a explicar en las tertulias ociosas con la vanidad de quien fue testigo de un milagro irrepetible. Porque no hay que olvidar que los aficionados al toreo viven más en la edad de oro del pasado que en la edad de niebla del futuro: importa más lo que ocurrió que lo que pueda ocurrir.

No cuesta imaginar el proceso de composición de este libro: Belmonte le cuenta anécdotas a Chaves, éste toma notas y luego las reelabora con arreglo a su pulso estilístico, que era un pulso muy firme, de prosista certero que no renunciaba al adorno. La materia prima, de acuerdo, era excelente, pero esa excelencia no aseguraba la excelencia del resultado, ya que existen libros “de magnetófono” que se conforman con ser un batiburrillo de anécdotas, carentes de estructura narrativa, fatigosos a fuerza de insistir en los aspectos chistosos y chuscos, en las anomalías y descoyuntamientos vitales del protagonista: la exhibición de un pelele, a fin de cuentas. Chaves Nogales, por el contrario, organiza de tal modo el anecdotario de Belmonte, que le sale un relato coherente y articulado: un retrato de cuerpo entero, no una caricatura. No un retrato ornamental, sino un retrato moral: un entendimiento de la vida. Las anécdotas, desde luego, vertebran el relato, pero el relato no se limita a las anécdotas, que suelen valer cuando son el germen de algo más. Frente a la posibilidad de una retahíla de historietas, Chaves opta, en fin, por componer una historia. La historia de un pillastre nacido en la calle Feria y crecido en el barrio de Triana que, siendo aún novillero, recibe en Madrid un homenaje que le organizan Valle-Inclán, Romero de Torres, Julio Antonio, Sebastián Miranda y Pérez de Ayala y que, a los pocos días de tan alta ocasión, le pega un mordisco en la mano al peluquero de un trasatlántico que tiene la ocurrencia desdichada de untarle en el labio un poco de jabón de afeitar.

Al torero Paco Madrid le gustaba contar que Belmonte, desde sus inicios, viajaba con la espuerta de los trastos de torear y con otra espuerta llena de libros, y nos lo retrata como un lector constante y absorto, hasta el punto de que, según él, lo primero que hizo cuando empezó a ganar dinero fue poner un cuarto de baño en su casa y “comprarse” una biblioteca. Y el propio Belmonte nos habla en este libro de su afición juvenil a los folletines, de su proclividad entusiasta a los mundos de fantasía. Tanto era así que, antes de ocurrírsele lo de meterse a torero, alentó la quimera de ser cazador de leones en África, enfebrecido, como Alonso Quijano, por sus muchas lecturas de ficciones de aventureros. Y, al igual que Alonso Quijano, se escapó de casa y se echó a los caminos, rumbo a tierras africanas, aunque la realidad se le impuso y llegó sólo hasta Cádiz.
Se mire, en fin, como se mire, resulta curioso ver a un torero elogiar sin reparos a Guy de Maupassant y poner reparos a Anatole France, pongamos por caso, porque los toreros suelen elucubrar sobre otras cosas. “Todavía creen muchos que los toreros deben andar a cuatro patas para ser buenos toreros”, le decía a lo largo de una entrevista a López Pinillos, alias Parmeno.
Frente al toreo luminoso y grácil de Joselito El Gallo, su rival estratégico y su amigo fraternal, el toreo de Belmonte representaba la oscuridad y el dramatismo. El crítico Gregorio Corrochano (algo así, no sé, como el Edmund Wilson de la tauromaquia) llegó a decir que a Belmonte “dolía verle torear”. Belmonte reconocía no conocer las reglas del toreo, ni tener reglas, ni creer en ellas: “Yo siento el toreo y lo ejecuto a mi modo”. Porque ahí radicaba tal vez su secreto: en tener un modo. “Se torea como se es”, aseguraba, consciente de la dimensión artística de su tarea: algo que se puede aprender y que se puede enseñar, pero que en el fondo no se aprende ni se enseña, sino que se tiene o no se tiene. Y punto. Y que lo explique quien pueda explicarlo.

En El arte de birlibirloque, José Bergamín, que era gallista y que interpretaba el belmontismo como una “decadencia malsana y enfermiza”, se preguntaba: “¿Era Belmonte con traje plata un torero o la armadura de Carlos V?”. Pero no se paró ahí: “Lo más lamentable de Belmonte es que toreó siempre a la funerala: muy despacio y torcido”. Y seguían las estocadas: “Belmonte fue un rencoroso Lutero empeñado en verificar moralmente, tramposamente, lo que es mentira, burla, gracia”. Pero es cierto que la vida da muchas vueltas: medio siglo después, en sus lúcidas divagaciones reunidas bajo el título de La música callada del toreo, Bergamín, en una pirueta puramente bergaminesca, echando mano del recuerdo, rectificando su memoria, enmendándose, califica a Belmonte de torero excepcionalísimo, extraordinario, raro y único.

El final de Belmonte es de sobra conocido, aunque sus prolegómenos admiten versiones: el 8 de abril de 1962, a punto de cumplir 70 años, salió a pasear a caballo por su cortijo, acosó algunas reses, dicen algunos que llegó a torear a un semental por ver si había suerte y lo mataba, y cumplir así lo que le dijo muchos años antes, con bastante malaje, el malaje de Valle-Inclán: que para alcanzar la gloria sólo le faltaba morir en un ruedo; al no haber suerte con la tragedia, volvió, en fin, al caserío y se pegó un tiro en la sien, al parecer sobre la cicatriz de una cornada. El país se puso de luto, y no es exageración. Las mixtificaciones y conjeturas en torno al suceso fueron diversas: ¿hastío del vivir?, ¿la frustración ante un enamoramiento tardío? Quién sabe. Tal vez ni él mismo lo supiera. Tal vez nadie busque la muerte por una razón o por una sinrazón en concreto, sino que la muerte acaba imponiéndole la suya: la urgencia ante la nada, el alivio de la nada.

Manuel Chaves Nogales nació en Sevilla en 1897 y murió exiliado en Londres en 1944, después de huir de París en 1940 ante la inminencia de la invasión alemana. Nunca fue aficionado a los toros, pero su instinto periodístico le llevó hasta su paisano Belmonte para convertirse en su “evangelista”, según ocurrencia de Bergamín. En 1922 se trasladó a Madrid con el equipaje de dos libros publicados y con la vocación periodística muy firme y muy clara. Era la suya una vocación ambiciosa: no aspiraba a convertirse en un plumilla rutinario, de manguito y café con leche, sino en un repórter (era la jerga de la época) de temas internacionales, en un periodista que le sale al paso al mundo y no al contrario: “Andar y contar es mi oficio”.

Fue seguidor y amigo de Manuel Azaña. En 1936, Chaves Nogales era director del diario Ahora, que fue incautado por las Juventudes Socialistas Unificadas, circunstancia por la que se vio ascendido al cargo inesperado de “Camarada director”. En noviembre de ese mismo año, salió del país para no volver: “Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España”.

Manuel Chaves Nogales es una de esas figuras excepcionales de las que la cultura española se da el lujo de prescindir con tanta alegría como impunidad: nos sobran genios, así lo sean de temporada. Su obra lo sitúa entre los grandes del periodismo y entre los buenos de la literatura a secas, aunque no se le divise en ningún podio. Su obra, basada en la actualidad, en lo volandero y mudable, parece confirmar aquella paradoja difícil de Quevedo según la cual sólo lo fugitivo permanece y dura.

Con este libro sobre Juan Belmonte, Chaves Nogales dio una lección de literatura y una lección de periodismo: el periodismo que logra ascender al ámbito de la gran literatura. Porque no estamos ante un libro curioso, sino ante un libro prodigioso. Un libro que parte de unas anécdotas jugosas por sí mismas, desde luego, pero no olvidemos que el mérito literario de una anécdota no depende de la anécdota en sí, sino de cómo se cuente. Y Chaves Nogales supo contarnos con pulso magistral la vida y hazañas de Juan Belmonte, El Pasmo de Triana, aquel niño pobre que toreaba clandestinamente en pleno campo, desnudo, a la luz de la luna y de unos focos de acetileno que robó con su pandilla a un circo húngaro que estaba de paso por Sevilla. Aquel niño pobre que se convirtió en un torero glorioso y rico. Aquel torero glorioso y rico que acabó pegándose un tiro, porque quién sabe lo que pasa por dentro de nadie cuando decide ser nadie.