martes, 8 de septiembre de 2026

EL PARAÍSO VERANIEGO

 

                                                         FIESTA CON DJ EN EL CENTRO DE ROTA (Cádiz)



Salvo para los veraneantes, lo mejor del verano es que se termina.

         Quienes vivimos en un pueblo costero tenemos diversiones no menos excitantes que las cada vez más frecuentes olas de calor. No sé, de repente oyes un chimpampún marchoso y potente que traspasa el climalit -las ventanas las tienes cerradas a cal y canto gracias a las motos a escape libre- y te preguntas: “¿Qué es esto?”. La respuesta es sencilla: una verbena en una plaza próxima, amenizada por una orquesta de tres componentes: una cantante y un cantante que desafinan éxitos de los 80 y los 90 (“¡Qué escándalo!”, etc.) y un teclista que desafina solidariamente en los coros. 

        Comoquiera que la verbena está pensada para el público de la tercera edad, al que se le presupone dureza de oído, tienen la gentileza de poner el equipo a un volumen equiparable al de los Rolling Stones en el Bernabeu. Resulta admirable que tres personas puedan hacer tanto ruido, aunque a la admiración se suma ineludiblemente una preocupación: sometidos a ese volumen, los mayores medio sordos pueden acabar sordos del todo y los medio sanos de oído corren el riesgo de acabar medio sordos. Pero, en fin, nadie ha dicho que la diversión tenga que ser compatible con la salud, y menos aún con la salud auditiva. Si te quedas sordo o medio sordo escuchando un éxito de Karina o de Raphael, disfruta sin rencores de ese privilegio. Sé un sordeta feliz.

Por desgracia, la música ensordecedora se acaba a las 2 de la madrugada. Por suerte, a esa hora atruena el relevo: un dj ameniza una fiesta ibicenca en las inmediaciones, aunque hay personas incívicas que, más que de fiesta ibicenca, la tildan de macrobotellón cutre al estilo Magaluf. Y, bueno, ya no es que el sonido de la música traspase el climalit, sino que lo hace vibrar, y, a pesar de la hora y de tu edad, de repente el cuerpo te pide baile, así la artrosis te reclame prudencia.

Por raro que resulte, esta actividad sociomusical que en principio pudiera parecer insalubre tiene su lado saludable: en el barrio hay enfermos, tanto ocasionales como crónicos, que, gracias a la música tronante, se mantienen en vela durante toda la noche, lo que les permite disfrutar de los beneficios demostradamente curativos de la musicoterapia.

Se trata, en fin, de un evento de gran éxito tanto en su concepción como en su desarrollo, según la valoración imparcial de las autoridades municipales que lo organizan: miles de menores de edad y de adolescentes que se echan unos tragos de refrescos azucarados hasta las 5 de la mañana, que es la hora prevista para que el dj se vaya a dormir. 

Algunos festejantes persisten un poco más, pues el consumo de azúcar les potencia la energía y les retrasa el sueño, de modo que, entre las 5 y las 7 de la mañana, desfilan gradualmente por las calles céntricas del pueblo haciendo las cosas propias de la juventud hiperazucarada y olímpica: mearse en las fachadas, pulsar los telefonillos automáticos, estrellar botellas y vasos en el suelo o en los muros, cantar a todo pulmón coplas regionales o himnos deportivos o bien pelearse un poco si se produce una desavenencia de orden antropológico entre cayetanos y kanis.

En nombre de la libertad de expansión, la policía tiene la deferencia de no interferir en esos esparcimientos socioculturales, hasta el punto de que ni se le ve ni se le espera. Hay vecinos retrógrados que se quejan de no pegar ojo durante toda la noche, pero ¿qué quieren? ¿Dormir, soñar acaso, como se preguntaba el meditabundo Hamlet? Para eso están las épocas de frío.

         Por si fuera poco, disfrutamos del paso –cada 20 minutos- de un alegre trenecito turístico que anima nuestra monotonía con una sirena de ambulancia y con una campana tañida con entusiasmo por el conductor, un hombre muy festivo que, a través de un megáfono, anima a los pasajeros a berrear a la manera prehistórica cada vez que avista a un transeúnte. Si hay suerte, el transeúnte en cuestión corresponde a ese gesto de afecto con otro berrido.

         Y este viene a ser, en esquema, nuestro paraíso veraniego. ¿Quién da más?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo estoy por pedir en mi pueblo que el verano acabe en noviembre, para empalmar con la Navidad. De lo contento que estoy.

Anónimo dijo...

No sé en qué momento se nos fue de las manos pero muchos pueblos y ciudades ya no son de quienes los habitan. Nos hemos convertido en parte de fauna autóctona al servicio del turismo, en monos de feria.