El narrador de En busca del tiempo perdido, que es
Proust y que a la vez no es Proust, observador minucioso y divagatorio de la
condición humana, apreció que la sociedad se parece a los caleidoscopios, que,
al girarlos, componen una figura diferente a la que dábamos por inmutable. Y
añade esta apreciación: cuando una sociedad da la impresión de hallarse
inmóvil, imaginamos que permanecerá así y nada habrá de cambiar nunca. La equiparación,
en suma, del presente, que es una confusa evidencia, con el futuro, que siempre
es una incierta conjetura.
Lejos
de disfrutar de la placidez de la inmovilidad, nuestra sociedad de hoy se ve
obligada a lidiar a diario con el vértigo de lo inesperado, con la incertidumbre
ante lo venidero, con la falsificación metódica de la realidad y con las
alteraciones imprevistas de las normas tenidas por civilizadas, por no decir
que a menudo nos vemos obligados a gestionar psicológicamente lo puramente
inconcebible, como por ejemplo el hecho de que el presidente de EEUU invada un
país para saquearlo y que, para redondear la estrategia gansteril, amenace con
apoderarse militarmente de un territorio que pertenece a uno de sus aliados
militares… Y mejor que pasemos por alto la invitación que Trump ha hecho a
Putin para que forme parte de la denominada “Junta de Paz” que supervisará el futuro (¿?) de Gaza, y
quien dice Gaza dice la inmensa escombrera en que el terrorismo de Estado
israelí ha convertido aquella región históricamente desdichada. Por otra parte,
el futuro de la franja no parece que vaya a ser otro que su conversión en un
resort turístico de traza futurista, según ha anunciado el yerno de Trump en el
Foro de Davos. Una lujosa ciudad de vacaciones, en fin, sobre un cementerio.
A este paso,
la rutina mundial será lo inesperado. Lo inconcebible. Lo puramente
disparatado. Por una confabulación de despropósitos, las cuerdas de la realidad
mundial se han tensado tanto, en fin, que da la impresión paradójica de que
andamos sobre una cuerda floja. Porque el caleidoscopio no para de girar, y
todas las imágenes que compone resultan inquietantes, como si fuesen preámbulos
de pesadillas.
Deberíamos
ir haciéndonos a la idea de que el género humano es una especie animal
fracasada como tal especie: hemos tenido en nuestra mano todo aquello que pudo
dignificarnos colectivamente y hemos acabado comportándonos como unos primates embrutecidos,
gracias en buena parte al hecho de haber confiado el destino común a algunos de
los componentes más bestiales, más irracionales y más desequilibrados de la tribu.
Era cuestión
de elegir. Y elegimos.
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