(Publicado en prensa)
Si en los manicomios se eligiese
al director mediante sufragio entre los internos, no cabe duda de que saldría
elegido el más loco de todos los aspirantes. Tiene su sentido: un medio loco
siempre admirará al loco de remate, a aquel que ha conseguido un grado eminente
de locura.
Dicho esto,
pasemos a otro asunto: Donald Trump fue elegido presidente de EEUU gracias a la
sabiduría innata de la mayoría del pueblo norteamericano, que vio en él la
representación de un botarate bastante chiflado, sí, pero también la de un profeta
esperanzador para los demás botarates chiflados de aquel país: un magnate
rijoso, iletrado y matachín que había fundido en un solo ser al emperador
megalómano y al bufón patoso. ¿Quién se resiste a eso? ¿Quién va a votar a un
mindundi anodino teniendo la posibilidad de poner al frente de la primera
potencia mundial a un divertido majareta?
Trump parece escapado
de la imaginación escabrosa de Stephen King: un anciano de color naranja que
por la noche, por influjo malicioso de la luna, se convierte en un espantapájaros
sanguinario y bailarín que disfruta aterrorizando al vecindario, con la
peculiaridad de que su vecindario es la totalidad del planeta. Algo tiene
también de reencarnación neoyorquina de Nerón, de quien se supone que mandó
quemar Roma por divertirse un poco. Trump, entre cuyas virtudes cívicas no se
cuenta la piromanía, a no ser la ideológica, se limitó a promover el asalto al
Capitolio, aunque no sería extraño que algún día lo veamos tocar la lira en la
azotea de la Trump Tower mientras el mundo arde a su alrededor gracias a sus
políticas alegremente incendiarias.
Todo un
fenómeno artístico, en fin, como quien dice.
Trump duerme
en la Casa Blanca -que él ha transformado en la Casa Dorada a fuerza de
apliques revestidos de pan de oro, vicio que comparte con Luis XIV-, pero lo que le corresponde, en su
calidad de delincuente múltiple, sería compartir celda con Maduro, otro
aficionado a los bailes de salón y al ejercicio de la satrapía. Lo curioso de
esta historieta es que quien pretende presentarse como el superhéroe es a la
vez el supervillano: un matón gansteril que practica la piratería, el crimen de
Estado y el saqueo, que apoya el genocidio en Gaza, que ha dado carta blanca a un ejército de sicarios para la limpieza étnica en su propio país, que amenaza con invadir
países soberanos por indisimulados intereses comerciales, que chulea con
dinamitar la OTAN desde dentro con la invasión militar de Groenlandia y que, al
mismo tiempo, aspira al Premio Nobel de la Paz.
Por si
quedaban dudas, lo ha proclamado él mismo: "No necesito ninguna ley, lo
único que me puede detener es mi moralidad y mi mente". Comoquiera que
moral ha demostrado tener muy poca y que su mente es menos brillante que el
pelo que la recubre, a este no va a haber quien lo pare en su espiral delirante.
En fin, que se
prepare el mundo: el viejo payaso megalómano se ha colocado en el centro del
escenario mundial.
Y tiene un
lanzallamas en cada mano.
Y está loco.
.
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