La mayoría de los libros tiene una vida muy corta.
Este ya vivió la suya.martes, 3 de febrero de 2026
domingo, 25 de enero de 2026
LA TENSA CUERDA FLOJA
El narrador de En busca del tiempo perdido, que es
Proust y que a la vez no es Proust, observador minucioso y divagatorio de la
condición humana, apreció que la sociedad se parece a los caleidoscopios, que,
al girarlos, componen una figura diferente a la que dábamos por inmutable. Y
añade esta apreciación: cuando una sociedad da la impresión de hallarse
inmóvil, imaginamos que permanecerá así y nada habrá de cambiar nunca. La equiparación,
en suma, del presente, que es una confusa evidencia, con el futuro, que siempre
es una incierta conjetura.
Lejos
de disfrutar de la placidez de la inmovilidad, nuestra sociedad de hoy se ve
obligada a lidiar a diario con el vértigo de lo inesperado, con la incertidumbre
ante lo venidero, con la falsificación metódica de la realidad y con las
alteraciones imprevistas de las normas tenidas por civilizadas, por no decir
que a menudo nos vemos obligados a gestionar psicológicamente lo puramente
inconcebible, como por ejemplo el hecho de que el presidente de EEUU invada un
país para saquearlo y que, para redondear la estrategia gansteril, amenace con
apoderarse militarmente de un territorio que pertenece a uno de sus aliados
militares… Y mejor que pasemos por alto la invitación que Trump ha hecho a
Putin para que forme parte de la denominada “Junta de Paz” que supervisará el futuro (¿?) de Gaza, y
quien dice Gaza dice la inmensa escombrera en que el terrorismo de Estado
israelí ha convertido aquella región históricamente desdichada. Por otra parte,
el futuro de la franja no parece que vaya a ser otro que su conversión en un
resort turístico de traza futurista, según ha anunciado el yerno de Trump en el
Foro de Davos. Una lujosa ciudad de vacaciones, en fin, sobre un cementerio.
A este paso,
la rutina mundial será lo inesperado. Lo inconcebible. Lo puramente
disparatado. Por una confabulación de despropósitos, las cuerdas de la realidad
mundial se han tensado tanto, en fin, que da la impresión paradójica de que
andamos sobre una cuerda floja. Porque el caleidoscopio no para de girar, y
todas las imágenes que compone resultan inquietantes, como si fuesen preámbulos
de pesadillas.
Deberíamos
ir haciéndonos a la idea de que el género humano es una especie animal
fracasada como tal especie: hemos tenido en nuestra mano todo aquello que pudo
dignificarnos colectivamente y hemos acabado comportándonos como unos primates embrutecidos,
gracias en buena parte al hecho de haber confiado el destino común a algunos de
los componentes más bestiales, más irracionales y más desequilibrados de la tribu.
Era cuestión
de elegir. Y elegimos.
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jueves, 15 de enero de 2026
sábado, 10 de enero de 2026
EL ENTE PELIGROSO
(Publicado en prensa)
Si en los manicomios se eligiese
al director mediante sufragio entre los internos, no cabe duda de que saldría
elegido el más loco de todos los aspirantes. Tiene su sentido: un medio loco
siempre admirará al loco de remate, a aquel que ha conseguido un grado eminente
de locura.
Dicho esto,
pasemos a otro asunto: Donald Trump fue elegido presidente de EEUU gracias a la
sabiduría innata de la mayoría del pueblo norteamericano, que vio en él la
representación de un botarate bastante chiflado, sí, pero también la de un profeta
esperanzador para los demás botarates chiflados de aquel país: un magnate
rijoso, iletrado y matachín que había fundido en un solo ser al emperador
megalómano y al bufón patoso. ¿Quién se resiste a eso? ¿Quién va a votar a un
mindundi anodino teniendo la posibilidad de poner al frente de la primera
potencia mundial a un divertido majareta?
Trump parece escapado
de la imaginación escabrosa de Stephen King: un anciano de color naranja que
por la noche, por influjo malicioso de la luna, se convierte en un espantapájaros
sanguinario y bailarín que disfruta aterrorizando al vecindario, con la
peculiaridad de que su vecindario es la totalidad del planeta. Algo tiene
también de reencarnación neoyorquina de Nerón, de quien se supone que mandó
quemar Roma por divertirse un poco. Trump, entre cuyas virtudes cívicas no se
cuenta la piromanía, a no ser la ideológica, se limitó a promover el asalto al
Capitolio, aunque no sería extraño que algún día lo veamos tocar la lira en la
azotea de la Trump Tower mientras el mundo arde a su alrededor gracias a sus
políticas alegremente incendiarias.
Todo un
fenómeno artístico, en fin, como quien dice.
Trump duerme
en la Casa Blanca -que él ha transformado en la Casa Dorada a fuerza de
apliques revestidos de pan de oro, vicio que comparte con Luis XIV-, pero lo que le corresponde, en su
calidad de delincuente múltiple, sería compartir celda con Maduro, otro
aficionado a los bailes de salón y al ejercicio de la satrapía. Lo curioso de
esta historieta es que quien pretende presentarse como el superhéroe es a la
vez el supervillano: un matón gansteril que practica la piratería, el crimen de
Estado y el saqueo, que apoya el genocidio en Gaza, que ha dado carta blanca a un ejército de sicarios para la limpieza étnica en su propio país, que amenaza con invadir
países soberanos por indisimulados intereses comerciales, que chulea con
dinamitar la OTAN desde dentro con la invasión militar de Groenlandia y que, al
mismo tiempo, aspira al Premio Nobel de la Paz.
Por si
quedaban dudas, lo ha proclamado él mismo: "No necesito ninguna ley, lo
único que me puede detener es mi moralidad y mi mente". Comoquiera que
moral ha demostrado tener muy poca y que su mente es menos brillante que el
pelo que la recubre, a este no va a haber quien lo pare en su espiral delirante.
En fin, que se
prepare el mundo: el viejo payaso megalómano se ha colocado en el centro del
escenario mundial.
Y tiene un
lanzallamas en cada mano.
Y está loco.
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