Tanto el gobierno central como
los gobiernos autonómicos están gestionando esta crisis con la misma
desenvoltura que un submarinista al que vistiesen de torero y le dijeran:
“Venga, maestro. Suerte y al toro”. Es decir: cornada segura, porque esa
contingencia laboral no estaba en el guion.
A estas
alturas, todos hemos tenido tiempo de desarrollar a placer nuestras
psicopatologías, ya sea desde la convicción de que este virus ha salido de un
laboratorio para exterminar a la humanidad -como fue el empeño de acreditados
sociópatas como Fantomas o Fu Manchú- o desde la negación de la pandemia en sí,
interpretada como un invento de los gobernantes para recluir a la población e
instaurar de ese modo nada menos que una dictadura. Es lo bueno que tienen los
trastornos mentales, tanto los estables como los transitorios: que no necesitan
secuenciar una relación de causa-efecto, pues les basta con establecer una
causa, sin otra explicación que la causa misma.
Vivimos un
momento de nerviosismo colectivo y somos testigos de situaciones pintorescas e
inolvidables que más nos valdría olvidar lo antes posible, pues a la
normalización sanitaria y a la reconstrucción económica tendrá que seguir un
proceso severo de reajuste psicológico: la “nueva normalidad” será más nueva
que normal.
Para sugerir
un control sobre lo de momento incontrolable, el gobierno ha tenido que
recurrir a artificios conceptuales como el de las “fases de desescalada”; es
decir, la imposición de un calendario institucional al virus, como si el virus
fuese el IVA o el IBI. Entiende uno de sobra que de alguna manera hay que simular
un control sobre el caos, pero lo extraño es que se haya optado por un registro
no sólo triunfalista, sino también optimista, cuando lo sensato tal vez hubiese
sido mantener una actitud alarmista, en consonancia con el estado de alarma. La
versión dulcificada supone que, durante el confinamiento, la sociedad española
ha demostrado su civismo, y así ha sido, pero hay un factor esencial que ha
actuado en alianza con ese civismo: el miedo. Si se empeñan en rebajarnos ese
miedo con cifras y porcentajes aterradores que pretenden ser esperanzadores,
corremos el riesgo de involucionar: en la llamada fase 1, ya hemos activado ese
proceso sociológico y psicológico por el que pasamos del civismo temporal al
salvajismo habitual. (¿Quién dijo miedo?)
Ojalá me
equivoque, pero creo que, en estos momentos, necesitamos más el miedo que los
bares o las peluquerías. Porque el civismo acaba cansándose de sí mismo. Porque
la irresponsabilidad siempre es valiente. Porque circula un virus que puede
matar y que por desgracia sólo entiende de escaladas. Y, sobre todo, porque no
debemos perdernos el miedo a nosotros mismos: igual esto no ha hecho más que
empezar.
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2 comentarios:
Señor Benitez,quisiera en primer lugar, agradecerle que no publicara un comentario mío escrito hace semanas, redactado quizás en un Estado febril (en general) donde recreaba una vida de renuncia (a pesar de las contradicciones) a las aspiraciones de mi generación (la X) que según la Vanguardia se podrían resumir en una obsesión por el éxito. Siguiendo el orden natural de las cosas, y volviendo a citar a la Vanguardia, nos encontramos con que mi hija pertenece a la generación Z (cuya bandera es definida como la irreverencia), lo que vendría a decirnos que se nos acaban las generaciones, el principio del acabose. Como diría la rara avís el gran Barón de Hakeldama en sus "Huevos Morales" (Ediciones Swan):"El Juicio final, como las cataratas del Niágara u otras cosas desmesuradas,será, más que nada, un acontecimiento turístico" Y para resumir la historia de la humanidad un par de axiomas más de regalo: "Si, es posible que seamos una especie, pero una especie ¿de qué? "; "Si la Historia no se hunde es porque la mierda flota". En fin ahí los dejo, con cariño y socarroneria. Un saludo
Y por no acabar con un mal sabor de boca apocalíptico y como cantaba Lou Reed en NY, un Cargamento de Fe (cada cual elija a su antojo, faltaría más) no nos vendría mal, si ya como personas estamos cosificados (no hay más que leer una póliza de seguros) propongo alargar esto de la humanidad añadiendo cual matrícula de coche una letrita más a esto de las generaciones (Generacion AA los nacidos a partir de la pandemia,cuyo leitmotiv sería no olvidar el marrón heredado). Gracias señor Benítez por permitirme desahogarme por aquí, por hacernos vivir las vidas que nunca habíamos imaginado y por hacernos reir. Salud!!
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