viernes, 12 de junio de 2009

DRÁCULA


La configuración moderna de este antiguo mito del folclore rumano se la debemos a un novelista irlandés: Bram Stoker, de quien se dice que concibió su obra aterradora en medio de las alucinaciones que le provocó una indigestión de cangrejo –así estaría el cangrejo-. Enfermo luego de sífilis, repitió alucinaciones: moribundo en una mísera pensión londinense, se pasó las últimas horas de vida señalando un rincón de su cuarto y repitiendo la palabra “strigoi”, que en rumano significa vampiro. (Mala suerte, Bram. Muy mala muerte.)

Los vampiros están asociados de forma inexorable a la infancia: eran uno de los muchos factores idóneos para meternos el pánico en el centro mismo del ser, por decirlo de algún modo, ya que estaría por ver si ese centro existe. Íbamos al cine y allí aparecía el conde con la cara de Bela Lugosi, de Christopher Lee o de Max Schreck, que era el que tenía peor pinta de todos, y el corazón se nos aceleraba al oír el crujido de los goznes de la tapa de un ataúd, y una fina mano de uñas frías anunciaba el despertar sediento de su alteza irreal el príncipe de las tinieblas. (Y aquellos carruajes sin cochero tirados por caballos negros con penacho negro, a galope tendido por los desfiladeros neblinosos de una Transilvania de cartón piedra. Y las doncellas vampirizadas, con sus ojeras góticas. Y, en fin, los milagros lunares del terror.) Mala gente, en fin, los vampiros.

La vampirología resultaba una ciencia muy simple, y sus secretos estaban al alcance de cualquiera: a partir de los cinco o seis años, el 90% de los niños de mi generación sabía que los vampiros quedaban fulminados si se exponían a la luz del sol, que había que clavarles una estaca en el corazón para mandarlos a ese otro mundo que está más allá del otro mundo, que no se reflejaban en los espejos, que se ponían como locos ante la visión de la cruz y que no soportaban el olor del ajo, que era la peculiaridad más insólita e inexplicable de todas, ya que esa repugnancia introducía en el monstruo un rasgo de remilgo que no casaba del todo con su condición de príncipe del Mal. Sea como sea, el caso es que si el 90% de los niños de mi generación resultaba atacado por el conde Drácula o por uno de sus muchos subalternos en el organigrama piramidal de los cadáveres vivientes, el vampiro en cuestión tenía muchas papeletas para salir perdiendo, pues conocíamos a la perfección sus puntos débiles.

Hay un ingrediente lírico en la figura del vampiro: el mendigo de vida. El necesitado de sangre. El sediento de realidad.

Noctámbulo a la fuerza, pálido de anemia macabra, el vampiro sale cada medianoche de su ataúd allá en lo más recóndito de nuestra niñez: la cripta en que conservamos nuestros terrores incurables. No muere nunca en nosotros el chupasangre, el de los ojos enrojecidos por el crimen tenebroso que le concede el don de la vida, el señor de la capa de vueltas moradas, errante entre la niebla, sombra ojival de los camposantos, a la búsqueda de campesinos desprevenidos y de muchachas en la edad de la gloria terrena, muerto en pie, siempre con su funeral a cuestas, por los campos desasosegantes de los Cárpatos, en los que aúlla el lobo escurridizo y silba el viento su melodía tétrica, entre otras cosas.

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2 comentarios:

Javier Sánchez Menéndez dijo...

También hay mendigos, de la Literatura.

Un saludo.

Alejandro Lérida dijo...

Amena lectura, Felipe. Siempre debe quedar alguna sedd. Un saludo.