sábado, 4 de julio de 2020

viernes, 3 de julio de 2020

domingo, 28 de junio de 2020



En situaciones normales, todos parecemos normales.

En situaciones anómalas, todos parecemos lo que somos.


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sábado, 27 de junio de 2020



Se ha producido un cisma doloroso entre facciones conspiranoicas: quienes suponen que los muertos por esto son unas 100 veces más de los que indican las cifras oficiales y quienes dan por hecho que no ha habido ningún muerto por el virus por la sencilla razón de que el virus no existe y es un bulo oficial.

Me alineo, sin dudarlo, con el bando de los segundos.
Igual de majaras, pero más optimistas.

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martes, 23 de junio de 2020

ROGATIVA

(Lo único que le suplico a Bill Gates es que, cuando nos instale el chip, no nos obligue a reiniciarnos cada vez que haya que descargar actualizaciones.)

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lunes, 15 de junio de 2020


El conocimiento científico avanza: Bunbury acaba de sumarse a Miguel Bosé en la consideración de que Bill Gates pretende controlar a la humanidad a través de una vacuna con microchip incorporado.

Ahora, para que el círculo gnóstico se cierre, sólo hace falta que los científicos se dediquen a cantar.

(Por su parte, monseñor Cañizares ha revelado una verdad aterradora: las vacunas contienen moléculas de fetos abortados.)

A la espera quedamos de lo que diga Bertín.

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domingo, 14 de junio de 2020

LA PUGNA


Se supone que la política debe girar en torno a las circunstancias, pero tiende a girar en torno a sí misma. De ahí que tengamos la impresión de que el virus ha desaparecido como tal para convertirse en un pretexto para la controversia parlamentaria: el problema sanitario de todos rebajado a un problema retórico de ellos.

         Hemos soportado un confinamiento estricto gracias en parte a lo que tenía de estupor novedoso, de experiencia anómala, de aventura aterradora para muchos. Era todo tan raro que acabamos aceptándolo como algo normal. A estas alturas, no obstante, nuestra tolerancia colectiva a las restricciones empieza a decaer y se traduce en inquietud, en irresponsabilidad e incluso en hastío.

Una sociedad nerviosa puede acabar siendo una sociedad peligrosa, pero resulta que, cuando más necesitábamos una transmisión de serenidad por parte de los políticos, hemos recibido de ellos una dosis extra de crispación, como si estuviesen sujetos a un guion teatral inalterable, al margen del escenario en que lo interpreten.

         Entiende uno que cualquier ideología política es en esencia una creencia sectaria, proclive al dogma e incapacitada en principio -y por principios- para el consenso,  pero hubiésemos preferido que, por la fuerza de la coyuntura, todos los partidos se acogieran al sentido común antes que al sentir disgregado. ¿Ingenuidad? Sin duda, pero no se trata con exactitud de ser ingenuos ante los mecanismos internos de la política, que son los que son y como son, sino de la necesidad de ser ingenuos para no acabar decepcionados de la política.  Ante la dislocación magnífica de la realidad que ha supuesto esta pandemia, las estrategias partidistas podrían haber entrado, en fin, en fase de suspensión transitoria para hacer frente de forma conjunta a un problema que ningún partido llevaba en su programa electoral y que ningún gobierno podría haber gestionado –quién va a engañarse a estas alturas- de manera intachable, porque en todo experimento hay que equivocarse muchas veces para acertar alguna vez, y estábamos -y seguimos- en pleno experimento.

         Reacios a la concertación, la impresión general que nos han dejado nuestros parlamentarios durante esta crisis es parecida a la que nos dejaría alguien que llegase a una casa tras un terremoto y se dedicara a romper los platos que se habían salvado de la catástrofe.

         La aprobación mayoritaria del salario mínimo vital es una muestra de lo que debería ser la política: el acuerdo razonable y razonado, más meritorio por el hecho de que muchos de los apoyos con que ha contado parten del recelo. (Está por ver que ese logro no acabe usándose como un arma arrojadiza en manos de un sector de la oposición, pues el disentimiento vendrá sin duda por la gestión específica de la medida, aunque no adelantemos acontecimientos.)

         Por lo demás, aquí seguimos, entre informaciones científicas que nos resultan confusas y entre el vocerío espontáneo de los profetas conspiranoicos. Necesitados de algunas certezas. Anhelando un poco de serenidad. Esperanzadamente desalentados.

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martes, 2 de junio de 2020

lunes, 1 de junio de 2020

LA OTRA SABIDURÍA


A estas alturas, empezamos a tener algunas cosas claras, a saber: 1) que este virus fue creado en un laboratorio chino con la intención de diezmar a la población y, más concretamente, de quitarle el sueño a Donald Trump, 2) que el confinamiento ha sido una medida política encaminada a restringir nuestras libertades, con el fin de crear una dictadura comunista o bien capitalista, según las latitudes y, sobre todo, según lo que menos le guste a cada cual, 3) que Bill Gates financia la investigación de una vacuna para poder inyectarnos, de tapadillo, un microchip de control mental que nos induciría a comprar productos de Microsoft y, por otra parte, y dado que ese microchip transmitiría a una central de datos toda la información relativa a sus portadores,  para aplicarnos a distancia y a golpe de botón una eutanasia no consentida, 4) que el nuevo orden mundial estará regido por las corporaciones farmacéuticas, por las logias masónicas –con el papa de Roma entre sus cabecillas- y por los dueños de las redes sociales, 5) que esto es una simple gripe, 6) que todo consiste en una maniobra de los poderes financieros para arruinar a la gente, cabe suponer que para que los multimillonarios, a falta de clientes para sus negocios, no tengan que madrugar y poder disfrutar así de su dinero acumulado, 7) que este virus ha sido propagado por el todo el planeta mediante la fumigación aérea, 8) que el uso obligatorio de mascarilla es una medida encaminada a intoxicarnos de dióxido de carbono, 9) que, en realidad, este virus no existe. Y así sucesivamente.

         Esta crisis va a tener su secuencia: en un primer momento, el colapso sanitario; a continuación, el colapso económico y, como tercera fase, el colapso mental. La OMS advierte de un “incremento masivo” de los trastornos mentales en los tiempos venideros, aunque se trata de una advertencia que actúa sobre una evidencia: basta con asomarse a las redes sociales para comprobar que esa pandemia de psicopatologías no está por venir, sino que ya ha llegado, y con la misma capacidad de transmisión que el virus. Tampoco es ninguna sorpresa, dada nuestra inclinación a confundir la paranoia personal con la sabiduría universal, la sospecha íntima con la certeza categórica, el disparate privado con la lucidez incontestable. Nadie parece dispuesto, en definitiva, a renunciar a convertirse en oráculo, en profeta redentor del caos, en desvelador de las verdades secretas y maliciosamente ocultadas por… Por quien sea, aunque preferentemente por las altas jerarquías que manipulan y deciden, con afán exterminador, el curso de la humanidad.

         Pues muy bien.

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sábado, 30 de mayo de 2020

martes, 19 de mayo de 2020


En las nuevas ediciones de los diccionarios filosóficos tendrán que incorporar la entrada PENSAMIENTO CACEROLA.

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domingo, 17 de mayo de 2020

FASES Y DESFASES


Tanto el gobierno central como los gobiernos autonómicos están gestionando esta crisis con la misma desenvoltura que un submarinista al que vistiesen de torero y le dijeran: “Venga, maestro. Suerte y al toro”. Es decir: cornada segura, porque esa contingencia laboral no estaba en el guion.

A estas alturas, todos hemos tenido tiempo de desarrollar a placer nuestras psicopatologías, ya sea desde la convicción de que este virus ha salido de un laboratorio para exterminar a la humanidad -como fue el empeño de acreditados sociópatas como Fantomas o Fu Manchú- o desde la negación de la pandemia en sí, interpretada como un invento de los gobernantes para recluir a la población e instaurar de ese modo nada menos que una dictadura. Es lo bueno que tienen los trastornos mentales, tanto los estables como los transitorios: que no necesitan secuenciar una relación de causa-efecto, pues les basta con establecer una causa, sin otra explicación que la causa misma.

Vivimos un momento de nerviosismo colectivo y somos testigos de situaciones pintorescas e inolvidables que más nos valdría olvidar lo antes posible, pues a la normalización sanitaria y a la reconstrucción económica tendrá que seguir un proceso severo de reajuste psicológico: la “nueva normalidad” será más nueva que normal.

Para sugerir un control sobre lo de momento incontrolable, el gobierno ha tenido que recurrir a artificios conceptuales como el de las “fases de desescalada”; es decir, la imposición de un calendario institucional al virus, como si el virus fuese el IVA o el IBI. Entiende uno de sobra que de alguna manera hay que simular un control sobre el caos, pero lo extraño es que se haya optado por un registro no sólo triunfalista, sino también optimista, cuando lo sensato tal vez hubiese sido mantener una actitud alarmista, en consonancia con el estado de alarma. La versión dulcificada supone que, durante el confinamiento, la sociedad española ha demostrado su civismo, y así ha sido, pero hay un factor esencial que ha actuado en alianza con ese civismo: el miedo. Si se empeñan en rebajarnos ese miedo con cifras y porcentajes aterradores que pretenden ser esperanzadores, corremos el riesgo de involucionar: en la llamada fase 1, ya hemos activado ese proceso sociológico y psicológico por el que pasamos del civismo temporal al salvajismo habitual. (¿Quién dijo miedo?)

Ojalá me equivoque, pero creo que, en estos momentos, necesitamos más el miedo que los bares o las peluquerías. Porque el civismo acaba cansándose de sí mismo. Porque la irresponsabilidad siempre es valiente. Porque circula un virus que puede matar y que por desgracia sólo entiende de escaladas. Y, sobre todo, porque no debemos perdernos el miedo a nosotros mismos: igual esto no ha hecho más que empezar.

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sábado, 16 de mayo de 2020

Un equipo de arqueólogos ha llegado a la conclusión de que así era la ciudad de Cádiz en las épocas fenicia y romana: partida en dos por un gran canal como el veneciano.

LAS EVIDENCIAS

A estas alturas, empezamos a tener algunas cosas claras. A saber:

1) que este virus fue creado en un laboratorio chino como continuación del legado sociopático de Fu Manchú

2) que de momento el único tratamiento efectivo consiste en una inyección de desinfectante de uso doméstico


3) que el confinamiento ha sido una medida política encaminada a coartar nuestras libertades, con el fin de crear una dictadura socialcomunista o bien ultracapitalista, según las latitudes


4) que Bill Gates quiere vacunar a toda la población para inyectarle un chip de control mental


5) que el nuevo orden mundial estará regido por la industria farmacéutica, por los dueños de las redes sociales y por las logias masónicas


6) que esto es una simple gripe


7) que la presidenta Ayuso es un androide inspirado en Betty Boop


(Continuará)

lunes, 4 de mayo de 2020


Algunos celebramos ayer el día de la madre.

Otros celebraron anteayer el del desmadre, apelotonándose para inaugurar con alegría esa fase 0 que es, a la vez, la fase inicial, a pesar de que la lógica nos susurre que una fase 0 es una ausencia de fase.

Se da por hecho que la observancia del confinamiento se ha debido a nuestro espíritu cívico. Sí, vale, pero también al miedo. Ahora parece ser que ese miedo ha sido superado por la claustrofobia, de modo que ¿quién dijo miedo? Calle para todos.

Libertad -esa libertad por la que claman las derechas tanto nacionales como nacionalistas, indignadas por el hecho de que una pandemia exija unas medidas de excepción.

Cuando el pensamiento individual actúa sobre un problema colectivo se corre el riesgo de que el problema colectivo sea precisamente el pensamiento individual.

Y ya veremos -más pronto que tarde- cómo acaba esto.

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domingo, 3 de mayo de 2020

MÁSCARAS Y MASCARILLAS


Estamos en el intento no sólo de interpretar a diario las informaciones –a veces discordantes- que van dándonos sobre la pandemia, sino también intentando asumir que unos datos escalofriantes pueden ser unos datos esperanzadores. A estas alturas, todos hemos tenido uno de esos momentos de debilidad cognitiva en que formulamos una solución instantánea para algo de momento irresoluble. Todos amanecemos con la ilusión de enterarnos de que un medicamento de uso corriente resulta efectivo contra este virus. Todos alimentamos la fantasía de que un científico va a dar con la clave de una vacuna de la noche a la mañana.

Mientras sí y mientras no, pasan los días, idénticos, sometidos como estamos a esta especie de realidad surreal en la que una peluquería puede resultarnos tan peligrosa como Chernóbil.

El desconcierto de los políticos lo consideramos normal, entre otras cosas porque en ningún programa electoral se especifica el protocolo de actuación ante una catástrofe de esta envergadura, pero, en cambio, el que los científicos reconozcan su ignorancia sobre cómo neutralizar de momento al agente de esta pandemia es algo que nos promueve la impaciencia y la desolación, aparte de un sentimiento de fragilidad que afecta tanto a nuestra vida biológica como a nuestra forma de vida.

Aquí, entre tanto, los partidos opositores han mantenido un margen temporal de prudencia pasiva antes de lanzarse de cabeza a la imprudencia activa, convencidos de que lo que más necesitamos es sumar a esta calamidad sanitaria la teatralización de una batalla política. Algo que, en estos momentos, chirría más que nunca: el desplazamiento de un problema al ámbito de la retórica.

La ultraderecha tremendista ha llegado a solicitar la dimisión en pleno del gobierno, lo que, dadas las circunstancias, resulta tan sensato como tirar por la borda al capitán de un barco en peligro de naufragar y poner al mando al clarinetista de la orquesta. La derecha independentista catalana ha sugerido que sus índices de contagiados y de muertos hubiesen sido inferiores en la república liberada. En el PP, por su parte, intentan fingir un equilibrio entre el sentido de Estado –nada menos que eso- y el sentido del oportunismo: cuanto peor salga todo, mejores expectativas electorales.

Resulta curiosa esa nube olímpica en que vaga y divaga la clase política, no sé si por encima o por debajo de la vida de la gente, pero desde luego no al mismo nivel. ¿Está haciéndolo mal el gobierno? Digamos que está gestionando esta crisis de una forma aceptablemente desastrosa. Como lo haría, en fin, cualquier otro gobierno, y quien suponga lo contrario está mintiéndose o mintiéndonos, o ambas cosas a la vez.

         Tarde o temprano, esto se controlará. Pero se abre una perspectiva preocupante: en cuanto recuperemos la actividad económica, volveremos a ejercer una presión insostenible sobre el planeta. Y resulta que contra las consecuencias del cambio climático no sirven de mucho las mascarillas.

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jueves, 30 de abril de 2020

UNA ENTREVISTA

Entrevista trumancapotiana que me hace Toni Montesinos.

http://almaenlaspalabras.blogspot.com/

viernes, 24 de abril de 2020

RESEÑA EN LA REVISTA "ESTADO CRÍTICO"



Más que con un pan bajo el brazo, este libro nació con una pandemia bajo el brazo.

Pero ahí va, como si la vida siguiera dentro de la vida.

jueves, 23 de abril de 2020

martes, 21 de abril de 2020

Andamos todos un poco nerviosos, entre picos de mortalidad y picos de emocionalidad.

Por si faltaba algo, una marca de productos de limpieza ha lanzado este reclamo publicitario: LIMPIAS TU CASA O TU CASA TE LIMPIA A TI.


Es decir, que si pensábamos que el confinamiento nos protegía, resulta que no: que nuestra casa puede matarnos...a menos que compremos esos productos purificantes que nos libran de las amenazas domésticas invisibles, que exorcisan nuestra casa encantada y asesina, entre gótica y gore.


(Dicho sea de paso: si Donald Trump se entera de quién es el autor de ese eslogan, lo contrata como asesor científico.)


Aquí el anuncio en cuestión: https://www.youtube.com/watch?v=DfarKH2GLJE&fbclid=IwAR3xLc6COeCEQNFvlzvCliZLnIvWn1ljD_byrSqcJe3vVdm1BWeIRvMpkJM

lunes, 20 de abril de 2020

EL MAREMOTO


Hay quienes se preguntan, con una perplejidad comprensible, por qué el gobierno permite que abran los estancos –justo cuando estamos bajo la amenaza de un virus que ataca los pulmones- y no las ferreterías o las librerías, entre otros comercios igual de saludables. No hace falta decir que quienes se hacen esa pregunta no son fumadores, ya que un no fumador y un fumador son dos subespecies humanas con un entramado nervioso del todo diferente: encerremos a un no fumador en una habitación cargada de humo de tabaco y, al instante, entrará en coma, al menos en coma psicológico, aunque por fortuna reversible; encerremos en cambio a un fumador en su casa sin un paquete de cigarrillos a mano y lo pondremos al borde de un infarto cerebral.

         Un ateo y un creyente pueden armonizar sus cosmovisiones antagónicas. Un comunista de la vieja escuela y un neoliberal de última generación pueden firmar un acuerdo sindical. Un aficionado al fútbol puede mantener una conversación de asunto deportivo con un jugador de petanca. Pero no esperemos que un no fumador entienda el funcionamiento neurológico de un fumador, y viceversa.

         Tabaco aparte, en la política viene a pasar lo mismo que en las religiones: que los dioses de cada cual no sólo son entes irrefutablemente verdaderos, sino que además son los únicos verdaderos. Si se produce un maremoto, pongamos por caso, todos los políticos estarán más o menos de acuerdo en lo principal: en la evidencia del maremoto, pero ni el gobernante reconocerá sus posibles errores en la gestión de la catástrofe ni el opositor reconocerá los posibles aciertos de la gestión del gobernante, entre otras razones porque la clase política lleva ese defecto de fábrica: el maremoto mental, de manera que el maremoto en sí pasa a ser un asunto secundario para ascender al grado de controversia partidista, que es sin duda lo mejor que puede pasarle a un maremoto.

En estos días, las polémicas entre políticos suenan más que nunca a coloquio bizantino o a concilio de teólogos, ya que debaten sobre un problema de momento irresoluble y que, además, sólo pueden resolver los científicos, no ellos. ¿Puede criticarse la gestión de ese problema? Sin duda, pero el problema en sí es que el problema seguirá siendo un problema por muchas soluciones políticas que se le quieran dar. ¿Se puede acusar al gobierno de improvisación? Sí, pero a ver qué gobierno, fuese el que fuese, no se vería obligado a improvisar frente a un problema que presenta escenarios cambiantes e imprevisibles.

Nuestros políticos han tenido la ocasión de exhibir algo que hasta ahora se limitaba a ser un concepto difuso y un adorno retórico: el célebre "sentido de Estado". Muy lejos de eso, algunos están exhibiendo lo habitual: la falta de sentido del ridículo.

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lunes, 13 de abril de 2020



En estos tiempos de libros sin librerías, esta reseña de Santos Sanz Villanueva en EL CULTURAL.

https://elcultural.com/las-regiones-literarias-de-benitez-reyes?fbclid=IwAR1QqmdVl4qB09Sa8kuMR4JcSY7qpDWGRn7pz3cemTZufZQsZbHXVNrLfc8

viernes, 10 de abril de 2020

ALFONSO FRANCO SILVA, PROFESOR

Ha muerto Alfonso Franco Silva, catedrático emérito de Historia Medieval de la Universidad de Cádiz.

En segundo de carrera, tuve la fortuna -fortuita- de ser alumno suyo en una asignatura optativa.

Sólo éramos cuatro en aquella clase y el primer día nos dijo: "Como somos muy poquitos, vamos a saltarnos el temario y hacer lo que más nos apetezca a todos. Vamos a pasarlo bien con la Edad Media, que ya veréis que es muy entretenida".

Y así fuimos leyendo, estudiando y comentando a Chrétien de Troyes, los ensayos El amor y Occidente, de Denis de Rougemont, y La vida literaria en la Edad Media, de Gustave Cohen, la lírica provenzal...

Y, mira por dónde, aquella clase de historia -que yo había elegido al tuntún para evitar otras asignaturas más áridas- se me convirtió en la más fascinante y entretenida de todas, gracias al humor de Alfonso, a su amabilidad, a su capacidad pedagógica para transmitir el entusiasmo por aquello que le entusiasmaba.

Como muestra de su sentido del humor, un día entré con unos amigos en un bar gaditano cercano a la facultad y allí estaba él con un joven. Lo saludé y me presentó a su acompañante: "Es X., que el curso pasado se licenció en historia". Le dije: "¿Sí? ¿Y cómo termina?". Alfonso soltó una carcajada: "Sólo por eso, ya tienes asegurado el sobresaliente en mi asignatura". (Y así fue.)

Un gran medievalista -autor de muchos estudios acreditados por su inteligencia y su erudición- y un gran tipo.

Es curioso cómo, a la vuelta de los años, te das cuenta de lo mucho que han significado para ti algunos profesores, aquellos que te abrieron una senda que acabaría siendo decisiva -así fuese de un modo tangencial- en tu vida.

Ahora el recuerdo, el buen recuerdo, y el debido agradecimiento.

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miércoles, 8 de abril de 2020

Siguen saliendo comentarios sobre el libro fantasmal.
Gonzalo Grajera en Zenda:

https://www.zendalibros.com/eclosion-literaria-fe
lipe-benitez-reyes/

martes, 7 de abril de 2020


Las librerías cerradas, los periódicos en funcionamiento y los libros en su limbo. Y uno, desde su otro limbo, hablando de un libro fantasmagórico.

https://sevilla.abc.es/cultura/libros/sevi-felipe-benitez-reyes-si-literatura-fuera-mero-juego-no-hubiese-dedicado-casi-toda-vida-202004062111_noticia.html

sábado, 4 de abril de 2020

LA REALIDAD VACÍA













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Nos preguntamos si nuestro gobierno está gestionando bien o mal esta crisis, aunque se trata de una pregunta estéril, ya que la respuesta no consigue responder nada: está gestionándola como puede, improvisando medidas que simulan un control sobre lo incontrolable, en parte porque ningún gobierno del mundo está preparado para gestionar un dislocamiento total y repentino de las estructuras de nuestra realidad. Como mucho, puede gestionar la incertidumbre, y la gestión de la incertidumbre no ofrece, por definición, demasiadas certezas.

         ¿Ha reaccionado tarde? En este caso, la respuesta admite una extrapolación: si en China o en Italia estrellas un vaso de cristal contra una roca y el vaso se rompe, quiere decir que si estrellas un vaso de cristal contra una roca en cualquier otra parte del mundo, el vaso se romperá. En muchos países, incluido el nuestro, llegamos a pensar que nuestros vasos eran de cristal irrompible. Quizá, no sé, porque no caímos en la cuenta -y era una deducción de las fáciles- de que, en un mundo globalizado, es muy probable que una epidemia ascienda en un abrir y cerrar de ojos al grado de pandemia.

Todos, incluidos los científicos -que aún andan entre el sí y el no al uso generalizado de mascarillas-, nos movemos entre hipótesis, conjeturas y palos de ciego. También entre paradojas: por ejemplo, que el hecho de que en España mueran casi mil personas al día a causa del coronavirus sea una noticia esperanzadora con respecto a la famosa curva, que, a pesar de ser ascendente, resulta ser estable, según los analistas..

Con los políticos podemos ser comprensivos: nos hacemos cargo de que saben poco o nada de este asunto e incluso de los asuntos derivados de él, pero el hecho de que los científicos reconozcan su incapacidad para neutralizar de momento esta pandemia es algo que intranquiliza un poco más: el desbarajuste socioeconómico es algo que todo el mundo asume con un grado variable de fatalismo; en cambio, la indefensión ante una amenaza vírica es algo que percibimos como un factor de alarmismo que no entra en conflicto con la racionalidad.

Por no saber, no sabemos aún si esto es el principio del final de la crisis o el principio de una crisis mayor, pues el día de mañana se nos ha convertido en una caja de sorpresas, de momento tan inquietantes como desoladoras. Estamos en un momento en el que cualquier persona sana es consciente de que, con un poco de mala suerte, puede morir en cuestión de días, y no estamos acostumbrados a plantearnos de manera tan categórica nuestra fragilidad, de ahí que la huella psicológica que va a dejarnos esta coyuntura resulte tal vez incalculable.

No hace falta ser un paranoico para intuir que no están contándonos toda la verdad, y no porque nuestros gobernantes hayan decidido mentirnos, sino porque no tienen más remedio que mentirnos: si anunciaran que nuestro sistema puede derrumbarse y que millones de personas irán directas a la ruina de aquí a unos meses, la crisis ascendería a la categoría de caos. ¿Hasta qué punto podrán paliar el Estado y la UE una quiebra social globalizada? De esa prueba de fuerza dependerán muchas cosas. Tal vez demasiadas.

Ojalá nuestros cálculos pesimistas se vean desmentidos por el curso de los acontecimientos. Pero, hoy por hoy, y por desgracia, el optimismo es un lujo que no nos podemos permitir.

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miércoles, 1 de abril de 2020

RESIDENCIA DE ANCIANOS




Una condensación de tiempo inerte.
Un olor a cerrado y a morfina.
La memoria oscilante. Las manos temblorosas.
El grito que recorre los pasillos.
Un olor a pasado y a morfina.

La muerte que recorre los pasillos.
Los ojos que no miran lo que miran.
La mano temblorosa que modela
recuerdos temblorosos en el aire.
-Y ese olor a penumbra y a morfina...

Un olor a colonia y a morfina.
La boca que se mueve sin palabras.
El miedo que recorre los pasillos.
El ángel que recorre los pasillos
con sus alas de muerte desplegadas.

El ángel depredador.

El tiempo que ha dejado de ser vida.

(F.B.R. del libro Ya la sombra, 2018)

sábado, 28 de marzo de 2020

UN FUTURO INESPERADO


Escribo esto sin ganas de escribir y usted lo leerá, si lo lee, sin ganas de leerlo, porque todos andamos con una inquietud de fondo que nos promueve la apatía justo cuando disponemos de más opciones de ocio. Todos en casa, en fin, extrañados ante esta suspensión repentina de la realidad, matando el tiempo para procurar que no nos mate el virus.

         Esta calamidad que se nos ha venido encima estaba anunciada por los científicos: no se trataba de una conjetura, sino de una evidencia sin fechar, de igual modo que vienen avisando de las consecuencias del cambio climático. Ante ambas advertencias, los gobernantes mundiales suelen responder con recortes en sanidad e investigación o, en el mejor de los casos, con un encogimiento de hombros: el fatalismo de Estado, por así decir.

         Hay epidemiólogos y virólogos que, repartidos por el mundo, vigilan la aparición de nuevos patógenos, aunque resulta imposible combatir lo desconocido hasta que se dé a conocer, de modo que la ciencia está obligada a mantenerse –con recursos por lo general precarios- en una alerta continua, pero no puede saber con exactitud ante qué. De ahí la inevitabilidad de pandemias como la presente y –sí- las venideras. De ahí nuestra fragilidad en esta época de globalización, de la que solemos cantar más sus alabanzas que sus peligros.

         ¿Aprenderemos algo de esta lección severa? Tal vez no. Tal vez algo. A esta crisis sanitaria seguirá una crisis económica, y no estaría mal que entrásemos también en una crisis de conciencia individual con respecto a nuestra inconsciencia colectiva: la revisión de nuestra forma de vida, basada en gran parte en una frívola despreocupación por las causas comunes, incluida en esas causas –como principal- nuestro planeta, para el que somos el virus más peligroso. Nos alarman los  microorganismos que nos atacan, pero nos desentendemos de todo aquello a lo que atacamos, sin importarnos que al atacarlo nos ataquemos de rebote a nosotros mismos.

Como agentes preponderantes que somos del envenenamiento de nuestro planeta, podríamos plantearnos, no sé, que no es necesario irnos de vacaciones a 6.000 kilómetros de nuestra casa, a veces sin conocer lo que hay a 200 kilómetros de ella, ya que, gracias en parte a ese espíritu aventurero, son más de 100.00 los aviones que vuelan a diario en todo el mundo. Que no hace falta ir al supermercado en un coche del tamaño de un tanque. Que no es lógico que patatas cultivadas en Almería se consuman en Bélgica, que aquí consumamos las cultivadas en Francia, que en Italia se vendan bananas provenientes de Brasil y que en Brasil se venda queso parmesano. Que no es imprescindible que en Copenhague coman piña tropical ni que en Cádiz comamos salmón noruego, porque esos caprichos gastronómicos tienen un coste de contaminación insostenible: un solo carguero de gran tamaño emite, con su quema de fuelóleo, casi las mismas partículas tóxicas que 50 millones de coches, y se calcula que sólo en Europa el tráfico marítimo ocasiona 50.000 muertes anuales y 60.000 millones de euros en gasto sanitario.

Tampoco es ineludible que la confección de un pantalón vaquero requiera el consumo de 3.000 litros de agua ni que llenemos nuestro armario con ropa de buen precio tras la que hay una mano de obra semiesclavizada. Y sin duda debería ser prioritario el invertir en investigación terrícola y no en el sueño megalómano de viajar a Marte, por ejemplo. Y etcétera.

La vida es metafísicamente complicada de por sí, de acuerdo, pero sus rutinas cotidianas pueden simplificarse, a no ser que estemos convencidos de que este sistema de hábitos delirantes por  el que hemos optado resulte compatible con nuestra sostenibilidad no ya como sociedad, sino como especie.

No se trata de reclamar una vuelta a la aldea ni a la autarquía, sino de fomentar la sensatez y la prudencia, en fin, entre la especie amenazada por sí misma en que nos hemos convertido.

         Y es que quizá nos hemos pasado de optimismo con respecto al progreso. Creíamos estar instalados en el futuro y, de la noche a la mañana, nos vemos en una especie de Edad Media tan hipertecnologizada como sombría.

Porque si un pequeño virus tiene la capacidad de dislocar los engranajes de nuestra civilización, más vale no imaginar lo que puede ocurrir cuando nuestro planeta se ponga en contra de nosotros.

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miércoles, 25 de marzo de 2020

ENTRE VIRUS Y ALUCINACIONES

PANDEMIC
DOUG SHULTZ
(NETFLIX)

WORMWOOD
ERROL MORRIS
(NETFLIX)




PANDEMIC


La serie documental Pandemic (How to Prevent an Outbreak), estrenada justo antes de la identificación y propagación de la Covid-19, ha tenido el mérito de ser tristemente –e inminentemente- profética: la advertencia por parte de los científicos de una pandemia provocada por un agente infeccioso desconocido. No tenían duda alguna de que esa pandemia se produciría. La única duda era la de dónde y cuándo. No se trataba, en fin, de una conjetura, sino de una certeza sin fechar. (Y ahora comprobamos que las películas catastrofistas en torno al efecto masivo de unos virus malignos podían ser poca cosa como tales películas, pero que no eran del todo ciencia-ficción: ya estamos dentro de una de esas películas, en calidad de figurantes atónitos.) Al igual que con respecto al cambio climático, los políticos mundiales llevan décadas sobre aviso, aunque suelen optar por darse por enterados a medias, cuando no con el fatalismo de un encogimiento de hombros.

No creo que pueda decirse que Pandemic sea un trabajo resuelto con brillantez, pues es de ritmo algo lento, con un montaje un tanto desordenado y con tramos inertes, aunque sí muy didáctico, a la vez que desalentador: nuestra vulnerabilidad individual ante un patógeno emergente y nuestra incapacidad colectiva para afrontar una crisis sanitaria desmesurada.

Quizá no sea el momento de promovernos la angustia, de la que vamos sobrado, pero esta docuserie resulta muy útil para que los legos en ciencia no andemos hablando por boca de ganso ante esta pandemia que no sólo ha puesto de manifiesto lo mejor, lo regular y lo peor de la condición humana, sino también las muchas fragilidades de nuestro sistema, así como las consecuencias imprevisibles de la globalización, de la que tendemos a cantar más sus alabanzas que sus peligros. ¿Qué lección aprenderemos de esta especie de suspensión transitoria de nuestra realidad? Tal vez ninguna: que la vida siga su curso. Y hasta la próxima.

Como no podía ser de otra manera, hay quienes dan por hecho que este coronavirus es un arma biológica creada en un laboratorio de EEUU para exterminar a la población mundial -y cabe suponer que de paso a ellos mismos-, un invento del gobierno chino para paliar un poco su superpoblación o incluso una guerra biológica emprendida por Rusia para desestabilizar Europa. Vale. Bien. Las conspiranoias tienen el privilegio de poder ir en vuelo libre. Pero para ese tipo de conspiraciones devastadoras tendríamos que irnos un poco hacia atrás en el tiempo…

En el caso de que la dejasen ustedes correr cuando se estrenó, me arriesgo a recomendarles Wormwood, un docudrama centrado en la extrañísima muerte de Frank Olson, un bioquímico del ejército de EEUU que fue reclutado por la CIA. En 1953, Olson cayó –digámoslo así- desde la ventana del décimo piso de un hotel de Manhattan. La versión oficial fue concluyente: suicidio. (Como dato curioso, cabe señalar que el manual para los agentes de la CIA de aquella época especificaba el siguiente protocolo: “El accidente más eficaz para un asesinato sencillo es el de una caída desde al menos unos 23 metros de altura sobre una superficie dura”.)

Durante los días previos a la muerte de Olson, sus superiores le administraron, sin su conocimiento, unas altas dosis de LSD como parte de un experimento encaminado a calcular el efecto de las drogas como elementos de uso para el control mental, en una época en que los ensayos psicológicos ocultaban bajo su barniz científico una metodología casi nigromántica. Aquella experiencia psicodélica no consentida le produjo paranoia y una crisis nerviosa severa, imagina uno que porque pensó que estaba perdiendo la razón y que el mundo se le había transformado en una pesadilla multicolor y cambiante, de modo que fue enviado por sus superiores a la consulta de un psiquiatra -que no era tal psiquiatra, sino un pediatra alergólogo aficionado a las fantasías experimentales con la mente humana- que colaboraba con la CIA en el estudio de los efectos psicotrópicos de determinadas sustancias. A falta de mejor remedio, aquel psiquiatra espontáneo y aventurero prescribió a Olson el ingreso inmediato en un manicomio.

En contra de lo que suele ser habitual, la parte dramatizada de Wormwood es excelente, acogida a un inquietante registro sombrío con toques expresionistas. La parte estrictamente documental tiene como protagonista a Eric, hijo de Frank Olson, que traza un coherente relato retrospectivo, fruto de su afán  por aclarar -a lo largo de varias décadas- los motivos, detalles y circunstancias de la muerte de su padre. Él mismo reconoce que ese afán derivó en obsesión, hasta el punto de sacrificar su vida profesional -y buena parte de su salud mental- en beneficio de ese esclarecimiento.

Pero no debo contarles mucho más. Estando por medio la CIA, las escabrosidades más impensables están aseguradas, pues son pocas las instituciones públicas que han alcanzado su grado de criminalidad y de sordidez: un poder descontrolado dentro del Poder, al margen de la ley y del Poder mismo, con el pretexto sagrado de la seguridad nacional. Si a eso añadimos el FBI del abominable Hoover, el macartismo, la guerra de Corea, el cine patriótico y las tensiones de la Guerra Fría, con sus complejas redes de espionaje, pongamos por caso, nos trasladamos al escalofriante escenario sociopolítico en que encontró la muerte Frank Olson, el hombre que quizá sabía demasiado.


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lunes, 23 de marzo de 2020

OÍDO A DEBIDA DISTANCIA


Hoy no he tenido más remedio que salir a la calle, por aprovisionamiento forzoso.

En el pequeño supermercado del barrio, la cajera le comenta a una anciana: "No hace falta que venga usted. Nos llama, nos dice lo que necesita y se lo llevamos. Gratis".

     En la farmacia, a un anciano: "No se tome usted la molestia de venir por su medicación. Nos llama y se la llevamos a casa".

      Y piensa uno que sí, que estos gestos son coyunturales, pero que también responden a un fondo solidario y humanitario que está SIEMPRE ahí, en el núcleo más noble de cada cual. El sentido profundo del amparo colectivo.

   Y piensa uno también que muchos gobernantes, ensimismados en su bucle metapolítico, no aciertan a oír ese latido, ese fondo de bondad que nos dignifica como sociedad y como individuos. Porque a veces no entienden del todo que el complemento básico de la solidaridad espontánea es una justicia social estable. 

      Ese es el punto de partida y a la vez la meta.

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domingo, 15 de marzo de 2020

GLORIAS CATALANAS


(Publicado ayer en la prensa)


El Institut Nova Història lleva a cabo una labor que no sólo resulta asombrosa por sus conclusiones, sino también por la aplicación de un componente mágico a la aridez de la investigación histórica. Según tales conclusiones, Cervantes, Colón, Teresa de Jesús o Hernán Cortés, entre otras eminencias, fueron catalanes, lo que no deja de ser una noticia inmejorable para Cataluña, aunque dolorosa para los lugares que tenían a esos próceres por nativos.

La ilustración –una batalla naval- que encabeza la página web del INH lleva sobreimpresa una cita de Cocteau: "La historia es una combinación de realidad y mentiras. La realidad de la historia llega a ser una mentira. La irrealidad de la fábula llega a ser la verdad". (Cocteau nació en la localidad francesa de Maisons-Laffitte, aunque no debemos perder la esperanza de que en realidad naciera –o de que al menos fuese concebido- en algún lugar del Ampurdán.) La cita revela el espíritu que anima al INH: la denuncia de la prevalencia de la fabulación sobre la verdad. No hace falta decir que, para sus historiadores y parahistoriadores, la verdad es la suya y la fábula es el relato histórico que España lleva siglos manipulando para privar a Cataluña del orgullo legítimo de ser cuna de celebridades.

Tras laboriosas pesquisas, hay quien ha llegado a la conclusión de que el Quijote –al igual que el Lazarillo- fue escrito originariamente en catalán, aunque la presión españolista –cabe suponer que llevada a cabo por el CNI de la época- la convirtió en la obra escrita en castellano por un alcalaíno. Pero hay más: hay quien da por hecho que Cervantes y Shakespeare no sólo eran catalanes, sino que eran además la misma persona: un alicantino apellidado Sirvent, políglota.

A este historicismo mágico debemos otra revelación importantísima: que Leonardo da Vinci tiene orígenes catalanes, aunque tal vez en este caso la manipulación no se debe a los españoles encargados de falsear la historia, sino a sus homólogos italianos, de lo que puede sospecharse una conjura internacional para restar méritos a los países catalanes como manantial de genios universales. ¿En qué se sustenta la catalanidad de Leonardo? En un detalle contundente: que en algunos de sus cuadros se ven al fondo unas montañas que recuerdan a la de Montserrat, fenómeno orográfico sin igual en el resto del mundo. Por si fuese poco, una investigadora ha demostrado científicamente que los ropajes de la Gioconda son de origen valenciano, aunque de momento no se ha animado a afirmar que la modelo del cuadro fuese asimismo valenciana, extremo que se hubiese dilucidado de haber tenido Leonardo la ocurrencia de pintarla con el atuendo de fallera mayor.

         Todo esto cuesta unos cuantos millones de dinero público. Pero la verdad es que merece la pena.

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sábado, 14 de marzo de 2020


No estoy seguro, pero creo que, en estos casos, la misión de los políticos no consiste en tranquilizar a la población, sino en alarmarla un poco más de la cuenta para evitar una pandemia paralela de irresponsabilidad.

(Y de paso para evitar una paradoja: muchos hospitales colapsados y muchos bares también.)

jueves, 12 de marzo de 2020


Si en Milán, pongamos por caso, arrojas una copa de cristal a un suelo de mármol y se rompe la copa, quiere decir que, en cualquier parte del mundo, si arrojas a un suelo de mármol una copa igual, se romperá.

Todo consiste en cuánto se tarde en entenderlo por parte de quienes están obligados a entenderlo.

(Pero aún hay quien cree en el milagro de la copa irrompible y del mármol amortiguador.)

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miércoles, 11 de marzo de 2020

lunes, 9 de marzo de 2020

domingo, 1 de marzo de 2020

LA PELÍCULA


(Publicado ayer en prensa)

La aparición del coronavirus ha tenido un lado bueno: no ya el de convertirnos a todos en virólogos repentinos, sino sobre todo el de habernos convertido en personajes de una película catastrofista, de esas en las que un patógeno maligno –creado por lo común en el laboratorio de un científico loco- amenaza con destruir a la humanidad, aunque al final las cosas se arreglen, al menos si los guionistas andan con un grado aceptable de optimismo. 

        A estas alturas, cuando las autoridades sanitarias siguen hablando de epidemia en vez de pandemia, aun sospechando que el ascenso de categoría parece estar más que cantado, todos manejamos conjeturas contundentes sobre el origen del virus (esos menús de carne de murciélago, de perro, etc.), e incluso tenemos soluciones tan personales como expeditivas para erradicarlo, ya sea mediante el cierre inmediato de todas las fronteras mundiales o de la interrupción drástica del comercio con China, según. Sorprende, desde luego, nuestra capacidad de sugestión ante las palabras: pensamos que todos los problemas se solucionan por la vía retórica, y mejor si esa retórica se ejerce con el codo apoyado en la barra de un bar.

            Andamos, ya digo, dentro de una película de terrores científicos, con el miedo de que, cada vez que respiramos, el virus exótico pueda entrarnos por la nariz para, desde allí, alojarse dondequiera que ese virus se encuentre a sus anchas dentro de nuestro organismo, pues cada enemigo de nuestra salud tiene sus preferencias en ese particular. (Para que el terror se amplifique, y ahora que ya nos habíamos reconciliado con los pollos, están detectándose nuevos casos de gripe aviaria, que hace unos años nos promovió la aprensión colectiva de morir cacareando.)

En este guirigay paracientífico que nos traemos los legos en medicina, no faltan los relativistas que, con aplomo de eminencias sanitarias improvisadas, quitan importancia al coronavirus al comparar su tasa de mortalidad con la de la gripe común, por ejemplo. Y tienen razón, al menos relativamente: el hecho de que un cáncer de páncreas sea un diagnóstico pésimo no resta gravedad al hecho de que tengan que amputarte las piernas por gangrena, pongamos por caso. Por fortuna, las autoridades políticas actúan como agentes sedantes: “Nuestro sistema sanitario está de sobra preparado para…”. (Quién lo duda.)

En una época en la que el destino de cualquier acontecimiento global es el de acabar siendo materia de memes chistosos, todos estamos viviendo, según decía, dentro de una ficción, como personajes de una película coral en que la verdad es mentira y la mentira es verdad, en que la enfermedad genera risa y a la vez pánico, en que todo es real y al mismo tiempo fantasía. Y así vamos tirando. Muy entretenidos.

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viernes, 28 de febrero de 2020

CLEMENTE EN EL PALMAR DE LAS MARAVILLAS

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Aquí escribo sobre una miniserie documental centrada en el estado papal de El Palmar de Troya.

https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2020/02/28/5e500cdc21efa047618b4664.html